4.7.11

El juego de las antípodas



Las antípodas siempre habían sido simpáticas, hasta que Bardem soltó la parrafada aquella tristona en Los lunes al sol. Por su culpa los niños dejamos de soñar con deslizarnos como bomberos y asomar la cabeza por la otra punta del mundo. Las antípodas, ese columpio mental, el concepto que le daba ligereza al globo terráqueo, quedaban convertidas en quejumbre: la quejumbre de León de Aranoa, que lo más cerca que ha visto a un pobre ha sido desde la ventanilla del taxi. Yo antes estaba todo el día soñando con las antípodas. Me habían dicho que las antípodas de Málaga eran una ciudad de Nueva Zelanda llamada Wanganui, y pensaba llevar un cuaderno en que describiera mi vida en Málaga bajo el título de Mi vida en Wanganui. Yo en realidad era un neozelandés en sus antípodas. Un wanganuiano entre malagueños. Pero se interpuso la quejumbre de Aranoa-Bardem y las antípodas apestaron a selva lacandona, con la sudorosa imagen de Vázquez Montalbán acarreándole chorizos al Subcomandante Marcos... El juego de las antípodas se me había arruinado completamente.

Hasta que he encontrado el Mapa de Antípodas (gracias a Microsiervos) y he podido chorrearme como el niño bombero que siempre fui. Ahora cada cual puede hacerlo y asomar por el lugar exactísimo. Resulta que el punto más alejado de Málaga no era Wanganui, sino Matarangi. Que tampoco está mal.



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PS. Me manda un lector la canción de Krahe, que no conocía. Su conclusión es desalentadora: las antípodas están aquí.