6.9.11

La piel en estratos

Hace ya varios años que solo piso el cine para ver los estrenos de Woody Allen y Almodóvar, por costumbre entrañable; el resto de mi consumo cinéfilo (que no es excesivo) lo hago en casa. La consecuencia es que esas pocas veces entro en la sala con una cierta melancolía y un toque sentimental; como quien ejecuta acciones de otro tiempo. El lugar de ayer colaboraba, porque fue en el decadente Centro Rosaleda. Lunes de septiembre además, con el otoño encaramado.

La piel que habito habla de transformaciones, y el espectador (el espectador Montano) experimenta una transformación con el metraje. Las primeras noticias de la película no animaban: por la presencia de Banderas (el malagueño es un lobo para el malagueño; pero es que Banderas me parece muy malo) y por el look como de Kika, que es la peor de Almodóvar. Sin embargo, Josepepe fue a verla, en la envidiable Bélgica, y la situó en el centro de su ranking. Eso me decidió a no faltar a mi cita.

Llegué en el estado de receptividad antes descrito; en él, soy un espectador fácilmente conquistable. Pero apareció Banderas y me quedé colgando; y me descolgué del todo cuando llegó ese espantoso personaje disfrazado de tigre, que es de no dar crédito. Me acordé de Josepepe. ¿En el centro? La piel que habito es la tercera por la cola, y solo porque La mala educación y Kika son difícilmente empeorables.

Por fortuna, no tarda en desaparecer el tigre e ingresamos en la parte central de la historia. Elena Anaya y los demás actores cumplen su cometido. Banderas mejora. La visualidad de Almodóvar, su simbología, seducen, abren vetas. La película va dejándose ver. No obstante, sigo fuera, porque el daño causado es irreparable. Así lo continúo pensando; hasta que, de pronto, me doy cuenta de que estoy dentro. Esta es la transformación a que me refería. Todos los elementos en juego de repente funcionan, a tiempo para que la secuencia final resulte un prodigio.

Así que La piel que habito no admite un juicio global, sino varios, por estratos; como si ella sola fuese una escenificación del ranking completo de Josepepe y escalara posiciones dentro de sí misma: patética en su primer tramo, aceptable en el central, buena en el último, y excepcional en la secuencia con que termina.

Este final es oro puro cinematográfico. No desvelaré nada, pero sí anotaré, desde fuera, cómo Almodóvar ha logrado conducir a su personaje a una situación de extrañamiento del mundo. Abismal, y a la vez compasiva. Como la del enfermero que encarnaba Javier Cámara en Hable con ella. Hay muchas risitas con Almodóvar, y bastantes de esas risitas se las merece. Pero en ocasiones lo consigue; y, como su apuesta es grande, el resultado es grande.