21.11.11

Primera jornada del zapaterismo

Yo estaba entonces con Cristina. La tarde antes de los antentados nos habíamos dado un precioso paseo por el centro, por las calles que hay entre el teatro Albéniz y la plaza Mayor. Iba guapísima y olía a primavera. A la mañana siguiente me alarmé cuando no respondió al móvil. Ella tomaba el cercanías en Atocha para ir a su universidad. Pasé dos horas de angustia, hasta que al fin llamó: estaba bien, en su casa; aquel día no tenía clase y se había quedado durmiendo.

Los días siguientes fueron oscuros, lluviosos. Me recuerdo con el paraguas por el templo de Debod, bajo un cielo opresivo. Se respiraba suciedad. La violación de la jornada de reflexión me pareció abyecta, pero pensé que un cambio resultaría beneficioso: solo por la catarsis del relevo facial. Quizá hubiese votado a Zapatero; pero me encontraba fuera de mi circunscripción.

Cuando el domingo empezaron a salir los resultados, bajé a asomarme a Ferraz, que quedaba cerca. Había poco movimiento aún. Volví a mi casa y el resto de la noche lo pasé con internet y con la tele: primero la programación electoral y luego el programa de libros de Sánchez Dragó, sobre el que escribí al día siguiente.

A Cristina volví a verla aquel lunes. Fui a recogerla a Cuatro Caminos y nos dimos un largo paseo hasta la Fnac. Hacía una tarde espléndida. Caminábamos de la mano, charlando sobre los acontecimientos de los últimos días, como después de un sueño. Se me ha olvidado todo menos eso: su mano, la complicidad, que era una tarde apaciguada, luminosa, y que íbamos charlando.

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Savater-Anasagasti: melancólica conversación (15-III-2004)

No sé cuántos vieron anoche la charla entre Savater y Anasagasti en el programa de Dragó, pero fue el colofón perfecto para una jornada en que el retorno de los socialistas al poder nos dejó en el ánimo una esperanza reticente. Esperanza porque el país sin duda necesitaba un cambio; reticente porque pesan dos sombras: la del pasado del PSOE y la de la inexperiencia de sus actuales dirigentes. Por otra parte el PP asumió la derrota con elegancia, y el propio Rajoy deberá alegrarse de que se haya visto prolongada en cuatro u ocho años su biografía. Así que la jornada desembocaba en la medianoche con una dulzura imprevista, cuando aparecieron Iñaki Anasagasti y Fernando Savater.

El programa, advirtió Sánchez Dragó, había sido grabado el 20 de febrero, de modo que era una conversación como en el limbo, ajena al estruendo electoral. Savater y Anasagasti fueron compañeros de pupitre en la escuela, aunque la vida y la política los separó después. A pesar de las discrepancias queda entre ellos un juego de medias sonrisas y bromas privadas que resulta verdaderamente entrañable (aunque, claro, produce melancolía recordar que uno de ellos lleva una pistola permanente en el cogote). Dijo Savater que le unían más cosas a una persona en sus antípodas ideológicas, pero con la que compartió la infancia, que a un joven que le diese la razón en todo pero con el que no tuviese esas vivencias en común. Cada uno expresó lo que quería sin dogmatismo, en tono suave; contundente pero al mismo tiempo juguetón. Savater se mostró más razonable que nunca. Anasagasti, que pretendía jugar como siempre al victimismo ("yo soy el indio, Fernando el cowboy"), se vio liberado de pronto de sí mismo, de su pesado rollo, y se comportó con una levedad que no le conocíamos. Pensé entonces que los energúmenos se fabrican mutuamente, y que cuando uno que suele serlo tiene enfrente a alguien que no lo es, él mismo deja de serlo y se convierte en una persona con cierto encanto. En cuanto al tema en sí, Savater dijo lo único que puede decirse, y que todos parecen empeñados en emborronar: que diálogo sí, claro; pero que primero han de crearse las condiciones para que tal diálogo sea posible.

Era ya la una y los espectadores habíamos asistido a algo insólito: un encuentro civilizado en la televisión. Faltaban tres minutos de programa y entonces Dragó la cagó sublimemente. Soltó sin venir a cuento una loa a Aznar que, en vista de los resultados electorales, lo llevarán a la cola del paro junto a Urdaci. Fue muy divertido.