(20-II-2001) Por la mañana, antes del desayuno, he terminado Elogio de la mentira, que me ha encantado, y he empezado Tropicália: a história de uma revolução musical, de Carlos Calado. Esta costumbre brasileña de despertarse a las siete, porque ya está todo inundado de luz. Yo soy el único hombre en la casa. El resto, un montón de mujeres: casi todas venidas para el carnaval, desde España y desde otros lugares de Brasil. Se apelotonan en las habitaciones. Pero Dagmar nos ha dejado un cuarto sólo para Nádia y para mí, con un colchón de matrimonio en el suelo. Llevaba mucho tiempo pidiéndonos que viniéramos y está encantada con nuestra visita. Se comporta como una perfecta anfitriona. En el fondo, tanto por su parte como por la nuestra, hay como un regocijo de vernos aquí en Bahia, después de tanto Torremolinos. Nádia también es la primera vez que viene. En el anterior viaje recorrimos ciudades que conocía (Rio, Belo Horizonte y Vitória) y era ella la que me guiaba. Hoy ha sido Dagmar la que nos ha guiado a los dos.
Tras el café de manhã y la ducha (¡alegría bajo el chuveiro!), hemos tomado los tres el autobús desde Stiep hasta Campo Grande. Desde aquí, a pie por las calles del centro: Avenida Sete de Setembro, Praça Castro Alves, el mirador de la Praça Tomé de Souza, con el Elevador Lacerda al lado, la Cidade Baixa a los pies y el mar con el Forte de São Marcelo y la isla de Itaparica enfrente, y al fin el famoso Pelourinho, muy repintado en sus tonos pastel y lleno de adornos de carnaval. Aquí, delante de la Fundação Casa de Jorge Amado (donde he decidido no entrar), me han retenido unos capoeristas para que me hiciera una foto. Me han puesto en la mano un berimbau y, sin que me diese tiempo a deshacer la cara de gilipollas (detestaba que me tomaran por lo que al fin y al cabo era: un turista), ellos han posado con profesionalidad y Nádia ha disparado. Desagradable sensación de ser yo aquí el guiri y ellos los malagueños salerosos.
Tras recorrer las callejuelas, nos hemos parado a tomar un chopp en un bar del Terreiro de Jesus. Después, autobús hasta Barra. Mientras Nádia y Dagmar han ido a cambiar dinero, yo me he quedado mirando a los bañistas en la playa, por el pretil. El ambiente aquí es más relajado que en Rio: todo está más suelto y es un poco más cutre. Tiene un aire a Málaga. He pensado que si viviera en Salvador, lo haría junto a la playa y no en el Pelourinho. Luego hemos recorrido el paseo marítimo hasta el Shopping Barra, donde me he comprado Inferno, la última novela de Patrícia Melo. Hemos almorzado en uno de esos deliciosos bares de comida à quilo (que son la mayoría: la mayoría de los bares aquí son deliciosos) y, ya bien entrada la tarde, hemos tomado otro autobús que nos ha llevado por la costa. Más playas, que Dagmar nos iba indicando: Ondina, Paciência, Rio Vermelho, Amarilina, Pituba, Jardim dos Namorados, Jardim de Allah... Nos hemos bajado en ésta y hemos caminado hasta la playa siguiente, que es la de Armação. Desde aquí nos hemos dirigido ya a casa, por el Centro de Convenciones. El pulso de la ciudad en este día de preparativos del carnaval. Estaban terminando de montar los camarotes por las avenidas del circuito.
Y por la noche, otra vez en el Pelourinho para la fiesta de Olodum. Tambores, sudor y cerveza. Primer acarajé. Calentón al ver a las negras bailando y pensar en las posibilidades, de haber venido solo. Pero la melancolía se mantiene en la recámara. Prefiero que haya sido así, como el año pasado, para poder disfrutar del viaje sin que el sexo lo absorba todo.
(21-II-2001) El cafezinho en el Shopping Iguatemi, tras el almuerzo. Las chicas se han ido a comprar y yo me he quedado en una mesita con el café, los periódicos y el moleskine. Me ha encantado el modo en que la camarera ha preguntado "Açúcar ou adoçante?". Me han entrado ganas de pedirle "adoçante", sólo por diluir su acento en mi café; pero le he dicho que azúcar. Esta mañana he seguido con la lectura de Tropicália, en el sofá iluminado (el cielo baiano al fondo): los primeros pasos de Caetano Veloso, Gilberto Gil, Maria Bethânia, Tom Zé... Luego, en el Shopping tras el cansino trayecto en autobús. Las librerías de aquí están menos abastecidas que las de Rio, aunque pertenecen a la misma cadena Sicilíano (la mayor de Rio, no obstante, era la Saraiva). He estado probándome camisetas sin manga, para camuflarme en el trópico. Correos electrónicos y chat rápido en el puesto de Telemar: es divertido decir "saludos desde Brasil" y que no te crean. Y después la comida, gostosa como de costumbre. De haber venido solo mis rumbos serían probablemente otros (no pisaría tanto Shopping, desde luego); pero me dejo llevar. Lo voy observando todo sin demasiada pasión, aunque con agrado. Me vendría a vivir una buena temporada a Salvador, como ya me suponía. Las tetas y las pieles que observo furtivamente, dentro y fuera de casa.
(22-II-2001) Anoche salimos en un bloco pre-carnavalesco por Barra y por Ondina. No me esperaba una fiesta así. Dagmar se había empeñado en que fuéramos, y nos metimos otra vez en el autobús por la noche. En los alrededores de un bar en cuesta se iba acumulando gente. Había expectación por la llegada de "los músicos", que se retrasaban, y aguantamos la espera tomando cervezas. Nos dieron unas camisetas con el nombre del establecimiento: Dibarabar. Casi todos las tenían ya puestas y nosotros nos las pusimos también. Entonces llegaron los músicos. Era una banda de a pie, como de verbena (bombo incluido). Se pusieron a ensayar sambas, todavía con altibajos y desajustes, como calentando motores. Una melodía me resultó familiar, pero no lograba identificarla. Hasta que de pronto caí: era el "Amor I love you" de Marisa Monte. ¡Resulta que esa canción sofisticada era un samba sutil! Me quedé escuchándolo, emocionado. Luego los músicos (tocando ya en serio) iniciaron la marcha, caminando Barra arriba. Y la pequeña multitud del bar salió tras ellos, bailando y bebiendo cervezas. ¿Cuánto estuvimos? ¿Dos, tres horas? Fue algo divertidísimo. Una felicidad espontánea, en paralelo al mar oscuro; todos avanzando con un bailoteo entrañable, cada uno a su bola: lo contrario de un desfile militar.
Me he dado cuenta de qué es lo que me hacía familiar la situación en esta casa: el ambiente es parecido al de las vacaciones en el pueblo, cuando nos juntábamos la familia de tito Juan y la mía, y siempre con primos y conocidos en el salón. También tiene cierta similitud con la casa de Gran Hermano. Somos nueve, y yo el único con polla (por hablar campechanamente). Aparte de Nádia y de mí, estamos ahora “bajo el mismo techo” (expresiva expresión): Dagmar, la dueña del apartamento y vecina nuestra en Torremolinos; su hermana pequeña Dodô, que vive aquí; otras dos brasileñas que también vienen de España y que conocíamos de allí, las hermanas Rúbia y Ríbia; una amiga de éstas que ha llegado desde Belo Horizonte, Juju; y dos chicas del interior de Bahia que están medio viviendo con Dodô: Camila, jovencita delgada y de modales suaves y callados, y Erika, una gorda obtusa que es la amante del primo de Dagmar, quien la tiene instalada aquí en plan barragana. Con ella se ha producido en mí ese efecto desagradable e irracional: la he aborrecido. No puedo verla, ni oírla, su mera presencia me molesta. Sin duda, este sentimiento es el origen de muchas de las barbaries cometidas por el ser humano. Y ahora lo tengo yo: la imparable idea de que estaría mejor sin ella aquí. Este aborrecimiento, que Nádia también siente, hace que ya se empiecen a formar corrillos y conspiraciones en plan Gran Hermano. Pero la situación me sirve de coartada para ponerme los cascos en el desayuno y evitarme así el griterío de por las mañanas. Hoy he estado escuchando el casete con canciones de Noites do Norte y Livro.
Esta zona inhóspita de Stiep, sin un café, sin una plaza, completamente por urbanizar: calles de tierra, edificios modernos juntados al tuntún, entorpeciéndose unos a otros, sin dejar calles paseables. La única opción es atravesar a pie, entre matojos, una larga zona terriza que bordea la carretera, en paralelo a una extensión de chabolas que hay al otro lado, y salir a la playa. Pero lo peor es el complicadísimo acceso desde aquí a los lugares habitables de la ciudad, como el casco antiguo y la Barra. Autobuses que se tiran una hora dando vueltas por sitios feísimos para llegar al centro. Lo que más he visto hasta ahora de Salvador son esos paisajes ariscos y desangelados desde la ventanilla, que me recuerdan a ciertas zonas destrozadas de Málaga, como Carlinda, el Puerto de la Torre o la Carretera de Cádiz. Uno debe pensárselo mucho antes de desplazarse, y siempre llega machacado a su destino.
Hoy Nádia ha tomado como guía a la joven Camila y nos hemos ido los tres a la parte vieja. Yo lo que querría es pasear solo, pero en fin. Estos viajes a Brasil no terminan de germinar precisamente porque no puedo ir a mi aire, con receptividad melancólica y alguna que otra euforia contemplativa. Aunque, ya puestos, tampoco ha estado mal la mañana. Al pasar por la Avenida de Chile, me he fijado en el sitio donde, según el libro de Calado, se conocieron hace cincuenta años Caetano Veloso y Gilberto Gil: justo frente a la farmacia. Hemos echado otro vistazo desde el mirador, con ese panorama precioso en el que destaca el Forte de São Marcelo. Luego, paseo por el Pelourinho, cerveza en el Terreiro de Jesus, almuerzo en una abigarrada casa de comidas (estupenda) y bajada por el Plano Inclinado Gonçalves, que parece una atracción de feria. No puedo dejar de establecer equivalencias con Málaga: las calles de la Cidade Baixa me recuerdan a las de la Alameda de Colón. En el Mercado Modelo, después de caminar entre los puestos de cachivaches, hemos descendido a los sótanos donde almacenaban a los esclavos cuando los desembarcaban. Un minuto de silencio allí, escuchando la respiración del sufrimiento. Finalmente, subida por el Elevador Lacerda y regreso a Stiep tras otra tediosa hora en autobús.
De las cosas que nos ha venido contando Camila, me he quedado con lo que ha dicho de Marisa Monte: que de vez en cuando, sobre todo en carnaval, suele vérsela por aquí drogada, con ojeras, junto a Carlinhos Brown, como una zombi. No sé si será cierto, pero la mera imagen de una diosa (de una venus tropical) como Marisa Monte hozando en el vicio me ha puesto cachondo.
[Sigue: Viaje a Brasil (3)]