28.2.11

La página prometida

La revista brasileña Errática le dedica un especial al gran Augusto de Campos, por sus ochenta. El homenaje incluye piezas de, entre otros, Adriana Calcanhotto, Caetano Veloso o Arnaldo Antunes. Son piezas (poemas) para juguetear con el ratón. La conclusión es que la esforzada tipografía en que se empeñaron los concretistas con sus experimentos, y que practicaron también amigos como Octavio Paz, encuentra en la pantalla electrónica la tierra (la página) prometida. Estuvieron atisbándola décadas, y aquí está.

27.2.11

Viaje a Brasil (y 6)

(7-III-2001) Por la mañana en el Centro: Rua do Ouvidor y Avenida Rio Branco. Librerías. La vitalidad de estas calles que son, literalmente, una Lisboa del trópico; todo lleno de teselitas y arbolitos. Antes, el Pan de Azúcar desde el autobús a lo largo de Botafogo. Al mediodía de nuevo en la playa de Copacabana. El diario O Globo traía hoy las necrológicas por Mário Covas, el gobernador de São Paulo. Al poco de llegar a Brasil apareció la noticia, amortiguada, de su internamiento. Durante todos estos días han ido llegándome flashes, sin que yo les prestara demasiada atención. Ya ayer se veía a la gente conmovida en los noticiarios. Y hoy, las semblanzas del periódico. Parece que era un hombre apreciado, cosa rara en un político de aquí. Me he emocionado leyendo lo que decían de él. Esa figura que consiste en conocer a un hombre justo a raíz de su muerte; el conocimiento viene así impregnado desde el principio de melancolía.

Por la tarde largo paseo solitario. Primero he ido a la Rua Duvivier, para ver el callejón que era el mítico Beco das Garrafas, que he localizado en la Historia de la Bossa Nova que me compré ayer. Las lecturas me van redescubriendo la ciudad. Por el libro sobre Tropicália, por ejemplo, supe que donde está hoy el Shopping Rio Sul había en los setenta un edificio de apartamentos donde vivieron Caetano Veloso, Edu Lobo y Paulinho da Viola, entre otros. Y en la propia Rua Duvivier vivió Chico Buarque. Precisamente el libro que me estoy leyendo ahora es la biografía Buarque: el estímulo de su fertilidad. Una vez en la Avenida Atlântica he subido hasta Le Méridien, y luego he bajado por toda Copacabana hasta Arpoador, donde me he parado un rato. Minutos contemplativos al final de la tarde. Hacia Copacabana, la luz nítida, la tranquilidad de las olas. En sentido opuesto, el Morro Dois Irmãos a contraluz, envuelto en la neblina. He continuado el paseo por Ipanema hasta la Rua Aníbal de Mendonça, que he recorrido hasta desembocar en la Lagoa, que me quedó por ver el año pasado. Deslumbramiento. Eran las seis de la tarde y el lago contenía un tiempo tranquilo, portentoso en su calma. El Redentor en frente, de perfil. Las laderas arboladas y abajo las edificaciones. Regreso ya de noche: luna llena y relámpagos blancos tras las nubes en Copacabana. Encendido de deseo –seguimiento de cuerpos oscuros por el calçadão.

(8-III-2001) Por la mañana de nuevo en el Centro: la iglesia de la Candelária, el Monasterio de São Bento, donde estudió Noel Rosa a principios de siglo; Rua Uruguaiana, Rua Alfândega... He vuelto por las librerías y tiendas de discos de ayer, a hacer más compras. En la librería de viejo del Edifício Marquês do Herval había un ejemplar usado de la antología de Alianza de Luis Cernuda: ¿cómo habrá llegado ahí?

Ultima tarde en Rio. Nádia se ha quedado comprando en unos almacenes de Copacabana y yo me he encaminado a la Avenida Atlântica. En la Rua Santa Clara me he cruzado con Nelson Motta, en el que he creído percibir un aire de felicidad furtiva (por la noche compruebo que estaba de Rodrigues en Rio, porque su mujer Constanza Pascolatto, la Pitita Ridruejo brasileña, sale en la tele "en directo desde São Paulo", jeje). Una vez en el paseo marítimo, me he puesto a caminar hacia Ipanema con el propósito de llegar a Leblon. Pero algo me ha retenido. A la altura del Othon se escuchaba una batucada. Eran nada menos que los tambores de Mangueira, tocando en la playa: “Eu conheço esse bumbo, esse bumbo é da Mangueira...”. Un equipo francés estaba grabando un documental a las órdenes de una treintañera rubia, que debía de ser la productora. Animadas por las cámaras, se han echado a bailar unas cuantas mulatas en bikini sobre la arena. Ha sido como media hora mágica: con los quince o veinte percusionistas ejecutando los ritmos y las mulatas contoneándose como sólo ellas saben hacerlo; un vaivén de tetas, culos, brazos, caderas, cabellos, miradas y piernas que me ha puesto a cien. Después he seguido merodeando por allí, pisando brasas. Ahora escribo subido en la roca más alta de Arpoador. El sol ya se ha puesto tras el Morro Dois Irmãos. Tranquilidad. Me acaricia un vientecito suave; delante y detrás, el oleaje sin tiempo. Una nube se ha entreabierto y resulta que el sol no se había puesto aún (está un poco más arriba del Morro) –resplandores apaciguados tras las nubes y el Morro. Anotaciones al aire libre, como pinceladas de acuarela.

(9-III-2001) Todavía las últimas compras en el aeropuerto. Algo asqueado por llevar tanto disco y tanto libro. Esta mañana: último vistazo a Dois Irmãos desde Arpoador, neblinosos. Lluvia floja por Copacabana. Paisajes difuminados. Rio se desvanece una vez más; pero seguiré viviendo aquí (y en Brasil entero) con la lectura y con la música. En Madrid me aguardan los coletazos últimos del invierno.

(10-III-2001) El viaje en avión. Rio desde arriba. Atravesamos las nubes, y por encima el cielo azul. (Una obviedad en la que no había pensado nunca: el buen día por encima del día nublado.)Montañas, cordilleras de nubes. Claros –el territorio brasileño abajo, selvas, ciudades... Salida al Atlántico, y ya la noche. Nubes grises. Luna llena. La luna en el ala (“en el ala la luna”). Oscuridad. Luces abajo: islas (Cabo Verde, las Canarias). Y al final los trámites prosaicos: el aterrizaje, el ómnibus, la espera de las maletas. Ayer en el avión, antes del despegue, me puse a escuchar “Meu Rio”. Al poco, la azafata me dijo que tenía que apagar el cacharro durante el vuelo. Obediente, le di al stop. Esta mañana, ya aterrizados en Madrid, pulsé el play y la canción prosiguió por donde se había quedado, diez horas y siete mil kilómetros después.

26.2.11

Viaje a Brasil (5)

(2-III-2001) Dos días de turismo por la ciudad, Nádia y yo solos. Resaca general del carnaval, con el desmontaje de los camarotes y las guirnaldas. Hemos callejeado por los mismos lugares de las primeras jornadas, y además hemos conocido otros, como la mítica Baixa do Sapateiro, que me ha parecido una mezcla de calle Mármoles y calle Carretería (y la plaza que hay ante el Mercado Modelo, con el Elevador Lacerda enfrente, tiene por cierto un aire a la plaza de la Marina). Nos hemos prometido no pisar más Stiep si regresamos otro año, por eso nos hemos asomado a un hotelito del Pelourinho que parecía el sitio ideal para alojarse. También nos hemos estado fijando en los apartahoteles de la Barra. Allí me ha alegrado ver un coqueto monumento a Stefan Zweig, en el paseo marítimo. La imagen de hoy, sin embargo, ha sido el atardecer neblinoso en la plaza Castro Alves, desde el autobús. Por lo demás, me paso horas en el cuarto leyendo, y horas durmiendo, y horas en los autobuses y horas escuchando a Nádia. Este mediodía vino el primo de Dagmar para llevarnos a Bonfim, pero al final no fuimos. Nos quedaremos sin conocer el célebre sitio de las cintitas de colores, porque mañana es nuestro último día y hemos decidido ir a Abaeté. Lo más desquiciante, definitivamente, son las vueltas y revueltas del autobús. Nádia y yo ya nos descojonamos cada vez que pasa por el Dique de Tororó.

(3-III-2001) En un chiringuito de Abaeté, aturdido por la cerveza; en la irrealidad que destilan las edulcoradas versiones de clásicos brasileños que canturrea un tipo acompañándose con su Yamaha. A este sonido se superponen tenuemente los de los sintetizadores y altofalantes de los chiringuitos vecinos. La cerveza lima las aristas, endulza el malestar. He escrito nuevas postales: las que escribí inicialmente, en tono entusiasta, las rompí ayer en un arrebato; las de hoy tenían un tono más ligero, más cínico. Antes de sentarnos en el chiringuito hemos estado paseando por los alrededores de la Lagoa. No tan bonita como dicen las canciones: la famosa “areia branca” tenía demasiadas motas negras, y basurilla por aquí y por allá. Al fin, todas esas canciones baianas esbozaban un paraíso autónomo: el paraíso estaba en ellas y no en la realidad. Pero tampoco puedo decir que me haya desilusionado, porque yo (por no hacer mudanza en mi costumbre) venía sin demasiada ilusión. Me ha gustado, sin embargo, estar aquí –pero por los aspectos prosaicos.

La luna en el cielo azul, mediada. Aquí abajo un negro y una negra se han echado a bailar, ella con un ajustado vestido rosa, el estampado estirado sobre sus carnes. Al fondo los trocitos blancos de dunas apareciendo entre la vegetación. Antes sacaron el cuerpo de un negro de la Lagoa; parecía un veinteañero. Precisamente hoy viene en el periódico que hacía un año que no moría nadie ahogado. La cantidad desde los años setenta es de quinientos. Quinientos muertos en treinta años aquí –y la musiquilla sigue, animada; y el aturdimiento cervecero. Y por encima alguna que otra ave de tamaño considerable.

Aves rapaces negras en el cielo. Un aeroplano blanco. La furgoneta blanca que ha venido a recoger el cuerpo negro. Un héroe de dieciséis años: murió por salvar a su hermana. La media luna blanca. Una niña negra ha cogido el micrófono y canta con suavidad –futura estrella (blanca).

Reconciliación al final. De vuelta en el autobús, el atardecer marítimo con canciones de Caymmi (por Rosa Passos) en los auriculares. Las olas largas, luminosas, y los cuerpos al contraluz. Ahora, atardecer desde el mirador que hay junto al Elevador Lacerda. Nádia ha bajado a comprar los últimos regalos en el Mercado Modelo. Desde aquí, el sol coloreando las nubes sobre la isla de Itaparica. (Atardecer interrumpido de vez en cuando por mendigos y vendedores; los vendedores exhibiendo sus tristes productos, los mendigos su triste hambre.)

El puerto con los barquitos, ya sin luz directa. El fuerte redondo ahí enfrente. El rumor sosegado de la tarde. Lejanos tambores, la fuente abajo, débiles voces, automóviles inofensivos. El tiempo leve. (Y mañana estaré lejos de aquí.)

(5-III-2001) Llegada a Rio. Veníamos machacados por las veintiseis horas de autobús, pero hemos salido a pasear nada más dejar el equipaje en el hotel. Tarde neblinosa: visión desvanecida desde Copacabana, también a causa del cansancio. En Ipanema la luz de la tarde se había expandido por la neblina y la atmósfera era rojiza, irreal. Amenazaba lluvia y Nádia ha preferido volverse al hotel. Yo me he quedado mirando discos y libros por la Rua Visconde de Pirajá. Al salir de la última tienda, en la que yo era, sin advertirlo, el único cliente que quedaba, me he encontrado solo en la calle: con todo ya cerrado y a oscuras. Se ha puesto a lloviznar unos minutos. Después, relámpagos secos y silenciosos en el paseo marítimo: truculentos resplandores por detrás del Morro Dois Irmãos y la Pedra da Gávea, que parecían decorados de teatro. Regreso a paso acelerado, con aprensión. Pero el peligro estaba sólo en mí: fuera la noche fluía con suavidad. Las luces nocturnas de Copacabana; la silueta del Pan de Azúcar, que tan bonito hace en el diario. Y ahora, en la tele, tras una una entrevista con Gilberto Gil, empieza el programa de Jô.

(6-III-2001) Anochecer tropical. Enfrente, el Morro Dois Irmãos, con una palmera delante. Las lucecitas de la favela de Vidigal, descendiendo como los adornos de un árbol de Navidad por la izquierda. Me tomo una cerveza mientras espero a Nádia, con un coco junto al moleskine. Habíamos quedado aquí en el calçadão, a la salida de la calle Maria Quitéria, que ha resultado estar un poco más allá del famoso Posto Nove. Iba al dentista. Se retrasa. Me he venido caminando desde Copacabana, mientras caía la tarde. Gratísima jornada de verano, que contrasta con las imágenes del temporal en España (lluvia, viento, frío) que muestran los noticiarios de la parabólica. Esta mañana hemos estado de compras en el Shopping Rio Sul y luego hemos bajado a la playa desde el hotel. Un par de baños en el agua fresquísima; cervezas, salgadinhos; lectura del periódico tumbado en la toalla y, sentado en la silla, contemplación de las olas con Adriana Calcanhotto en los cascos; también, paseo por la arena hasta Leme. Tópico que se cumple: las sorpresas del paisaje. De pronto surge el Corcovado por detrás del Copacabana Palace, y más allá, llegando a Leme, la visión hacia Ipanema de los Dois Irmãos como uno solo, junto a la Pedra da Gávea. El contraste entre Copacabana e Ipanema. Las veintitantas islitas o montañas de Copacabana, incluido el Pan de Azúcar; y aquí en Ipanema la presencia totémica de Dois Irmãos. Antes han caído unos cuantos rayos, pero no por detrás como ayer, sino a la izquierda, ya en el mar. Realmente dá pra viver en la Zona Sul. En sólo este día de reencuentro me han vuelto los deseos de venirme aquí. Tal vez comprar un apartamento cuando pueda, y vivir entre España y Rio. Ya está ahí Nádia, esperando a cruzar el semáforo: su rojo es mi verde para acabar la frase.

[Sigue: Viaje a Brasil (y 6)]

25.2.11

Viaje a Brasil (4)

(26-II-2001) Imágenes por televisión del homenaje de anoche a Dorival Caymmi. En un trío eléctrico van Gilberto Gil, Maria Bethânia, Gal Costa y Caetano Veloso. Fuimos a verlos a Campo Grande, pero la multitud era demasiado virulenta y nos retiramos antes de que pasaran. En la pantalla se les ve algo envejecidos y decadentes, pero me emociono igual; además, como estoy leyendo estos días la historia de Tropicália, siento esa sorpresa vulgar de que los de entonces estaban ahí ayer. A Gal y Bethânia me las perdí definitivamente, pero luego sí pudimos seguir a Gil y Caetano, que iban en el Expresso 2222 junto al gran Ney Matogrosso. Precisamente hoy he leído también cómo a éste le cambió la vida ver por la tele a Caetano, porque en ese instante decidió ser artista. Nos incorporamos desde la Barra y fue una repetición de la felicidad de la otra noche, con el añadido de un momento mágico: cuando Caetano cantaba "Chuva, suor e cerveja" y justo entonces se puso a llover.

Horas en la cama, leyendo. Lo que me gustaría es salir a la ciudad, pero el carnaval lo tiene colapsado todo. Ya he tenido bastante (y con momentos buenos, como el de anoche: que me pareció perfecto para que fuese el último) pero parece que no hay otra cosa que hacer. Estaba ya deseando que llegase el miércoles de ceniza, pero ha salido hoy el pesado de Carlinhos Brown con la monserga de que va a salir también ese día por el centro, en plan transgresor. Tiene una estricta mentalidad de tuno.

En el Shopping Aeroclube. Aquí la vida sigue su curso habitual, entre decorados horteras.

Neblinas del atardecer en Armação. Extensiones de plata –y cielo que azulea hacia Patinir, sin llegar nunca (sin llegar a Laguna Estigia).

Leyendo breves pinceladas históricas sobre Bahia. Los personajes que comparecen ante mí por vez primera, en dos trazos: Diogo Alvares Corrêa, Caramuru, náufrago que fue el primero en casarse con una india; Tomé de Souza, Duarte da Costa, Mem de Sá, primeros gobernadores; Maria Quitéria y Joana Angêlica, heroina y mártir de la Independencia, respectivamente; los ya conocidos Antônio Conselheiro y el padre Antônio Vieira (a quien yo no situaba por aquí)... Me ha llamado la atención lo reciente que es la celebración del carnaval. Y cómo su instauración fue una operación para eliminar una fiesta anterior, el Entrudo, traída al Brasil desde la India en el siglo XVII. Tras múltiples intentos de las autoridades por acabar con el Entrudo, que al parecer era un auténtico despipote, se logró hacerlo confluir con el carnaval en 1884: año del primer carnaval de Bahia. El “lança-perfume”, del que vengo oyendo hablar estos días, llega de Francia en 1910. Y los tríos eléctricos, que son prácticamente el fundamento del carnaval actual, tienen su origen en 1950, cuando salieron por primera vez en un coche con altavoces Dodô y Osmar (acompañados por un tercero que se iba alternando).

Trio elétrico: como un trono de Semana Santa; los ropajes y la melena del cantante movidos por la brisa, como los cristos y las vírgenes; trono con algo de carroza de cabalgata –en realidad es un inmenso baffle, del tamaño de un tráiler, con los músicos encima; la espera de los tríos, como la espera de los tronos –para “ver cómo vienen”, etc. Y entre los tríos, “penitentes” bailando –como juerguistas de feria. También, en cierto modo, la “penitencia” de la diversión. Un poco, sí, “el cachondeo por obligación” de la tuna. Se trata de “aguantar”. Hoy me he librado de nuevo, porque Nádia se ha quedado dormida. Por la tele, los carnavales de Salvador y de Rio –qué pijo parece éste desde aquí. Se me ha ocurrido una comparación: Rio es Sevilla y Salvador Málaga –aunque aquí también hay cargantes “salvadoristas” como en Málaga existe esa estomagante subespecie de los “malagueñistas”. Por cierto, que el tono de los locutores es idéndico: el mismo histerismo sobreactuado aquí y allí.

Los “penitentes de la diversión”. Se habla del carnaval como maratón, de cómo aguantar, etc. Y se alardea de los días que estará uno luego recuperándose –del reposo, de las agujetas, de los reconstituyentes que tendrá que tomar.

Términos: bloco, adabá, pipoca, afoxé, axé; cordão, cordeiro, camarote. Folia.

Torpes anotaciones de pseudo-antropólogo.

Oyendo a Rosa Passos a oscuras, en duermevela. De pronto, una expresión reveladora: de las experiencias pasadas se dice que ya no son de uno, sino del tiempo. Y en la canción esto produce felicidad: "Essas coisas são do tempo / Não importa o que já fiz / Sinto o gosto do momento / Ouço a chuva e sou feliz".

(27-II-2001) Mañana en Itapoã. Luz intensa en el cuarto: eran las seis y media. Ducha, desayuno; salida a las ocho. El autobús nos ha dejado en el paseo marítimo del pueblo. Hemos caminado por la arena hasta el Farol, blanco y rojo. Aquí, en una mesa con sombrilla: chopps y acarajés, escuchando el walkman. Atontamiento por la cerveza, el picante y la música (“Surpresa”, de Caetano Veloso, que me he pasado una y otra vez). Visión de las olas. Cuando veníamos por la playa no quería quitarme la camisa, pero Nádia me ha convencido (por la gracia con que lo ha dicho, sobre todo): “Aqui a barriga é chique, européia”.

Por momentos, las lágrimas como a punto –inminencia de no sé qué.

El amplio horizonte, las nubes lejanas. (El presente dilapidado a kilómetros de aquí.)

Sentimentalismo provocado por al alcohol y la música. Lloriqueos fáciles –que, sin embargo, no terminan de producirse.

Tres acarajés y seis botellones de Brahma después: las olas más grandes.

Epílogo: achicharramiento en Itapoã. (“Caranguejo vermelho”.)

(28-II-2001) Miércoles de ceniza. Melancolía tropical. Tarde en la playa del Jardim de Alah. Frente al océano, en un banquito, las canciones de João Donato por los cascos (justo ahora “Surpresa”, esta vez por Adriana Calcanhotto). Horizonte de nubes: las olas que rompen enérgica y calmosamente en las rocas son como avanzadillas (líquidas) de esas mismas nubes. Sol caliente (ya declinante) y brisa fresca. Desazón por el destino –terminando la historia de Tropicália. En este instante en el Songbook: “meus brinquedos, tantos, esquecidos...”. Juguetes olvidados. Qué hacer. Para cuándo algo grande; o pequeño pero hermoso. La vida. Y los frutos. En estas frases flojas, que son una indicación. Tanta luz –y una comezón por la alegría soterrada. (Cerrar este cuaderno, seguir caminando.)

(1-III-2001) Chaparrones de verano, que nos despiertan intermitentemente. Salimos del sueño y fuera diluvia. Luego nos adormecemos otra vez con lo mismo que nos despertó: el sonido del agua que cae.

[Sigue: Viaje a Brasil (5)]

24.2.11

Viaje a Brasil (3)

(23-II-2001) Anoche empezó el carnaval. En todas partes se venía ya hablando de la Folia y por fin llegó. Volvimos a darnos la inevitable paliza en autobús para ir a la Barra. Allí, más o menos lo esperado: la multitud, los tríos eléctricos. El carnaval es como la Cabalgata, la Feria y la Semana Santa juntas. Las chicas pagaron para entrar en el pijerío de un camarote, que no me gustó nada. Nos encontrábamos frente al Farol da Barra y preferí salir solo un rato. Enfrente, las olas negras con su orla blanca de espumas. Cuando llegó el trío eléctrico de Timbalada, una avalancha de ladrones asaltó a la multitud, empujándola mientras metían las manos en los bolsillos. Fui arrastrado como veinte o treinta metros, que recorrí con el cuerpo en diagonal y dando incesantes manotazos en torno a la cintura. No llevaba dinero (había tenido la precaución de que Nádia lo custodiase), pero me presté al ritual: porque aquel asalto tenía mucho de teatro y diversión. Luego sí entré ya en el camarote y pasé el resto de la velada allí, bebiendo cervezas mientras veía pasar los tríos eléctricos. Estuve hablando un rato con un chaval que me presentó Nádia porque se había enterado de que era de Santo Amaro da Purificação, el pueblo de Caetano Veloso. Ni en los camarotes ni en los blocos hay demasiados negros. Los negros están en la calle, na pipoca, bailando o buscándose la vida. En los blocos sólo hacen de cordeiros (casi todos los cuales son negros). Me llamó la atención el constante movimiento de individuos (generalmente niños) recogiendo del suelo las latas vacías de cerveza: tirabas una y en menos de un minuto ya la habían recogido. Como los carroñeros que, en la Naturaleza, tienen un efecto limpiador. Había también muchos policías, que iban en fila india, marcialmente, en grupos de siete u ocho. De vez en cuando había algún altercado, y ellos intervenían y pasaban luego con los detenidos. Me fijé, con especial cariño, en todos los que vivían el carnaval a contramano. Y en los baianos que pasaban por completo, como los que pude ver desde la ventanilla del autobús sentados en las puertas de sus casas, tranquilos, muy lejos del jolgorio. Si yo viviese aquí, seguramente sería uno de ellos.

El cielo de Bahia. Me he venido fijando en él poco a poco. Extensión azul por la ventana, que observo desde el cuarto o el sofá. Ahora, en la playa, es plena presencia. Este es mi primer paseo solitario. Me encuentro frente al Aeroclube. Hace un rato, luces y transparencias al caminar por la arena con el agua dándome en los pies. Atardece. El diario como anotación de instantes, en el instante.

He estado pensando en el descubrimiento de América por los africanos, mediante la esclavitud. El paraíso fue para ellos lugar de condena: el lugar al que los expulsaron de su paraíso.

La prensa española por internet. Nuevo crimen de los euskonazis. Artículos elogiosos a Savater por parte de Vargas Llosa y Félix de Azúa. Era la primera noticia de España en una semana. El país se hace prescindible desde aquí. (También, vigésimo aniversario del 23-F.)

El cielo de Bahia: una especie de cielo de Velázquez pintado a acuarela, con ciertos toques de Murillo y ribetes de Turner al atardecer –y extensiones de Tintoretto.

(24-II-2001) Felicidad inesperada anoche. Yo no tenía ganas de ir otra vez a la Barra, pero al final fui. Nos metimos en el camarote del bar Caranguejo de Sergipe y nos pusimos a ver los tríos eléctricos desde la barrera. Ya entrada la madrugada apareció, al final de la avenida, el de Gilberto Gil: el Expresso 2222, con neones verdes. Se fue acercando entre la muchedumbre, y yo aguardaba con emoción contenida. Cuando pasó a nuestro lado, saltamos para seguirlo. La alegría era contagiosa: con el trío no iba ningún bloco aislado por cordeiros, sino una multitud libre, de pipoca, y nos unimos a ella. Junto a Gilberto Gil estaban Jorge Benjor, Marina Lima y Margareth Menezes. Fue un gustazo marchar al son de tantas canciones conocidas, interpretadas a un ritmo más marcado y acelerado de lo habitual. Durante dos horas seguimos, bailando y bebiendo cerveza, el recorrido de la otra noche, hasta Ondina. Un cierto estupor al llegar al final y parar, dichosamente agotados. De vuelta en el taxi, inusitado amanecer; mientras yo me recitaba: “Atrás do trio elétrico só não vai quem já morreu”.

Hoy sí hemos decidido descansar de carnaval, aprovechando que Dagmar se ha despertado con dolor de garganta. Ratos de lectura indolente y de televisión en el piso, y ya por la tarde me he venido a esta playa que siempre está casi desierta. Me siento en la arena y al poco salen cangrejitos amarillos que se me quedan mirando. Yo también los observo, inmóvil, pero en cuanto recojo una pierna se esconden en sus agujeros. Algas en el mar. Y en el cielo, un arcoiris sin atisbos de lluvia. Siempre me había tomado el arcoiris de "Tarde em Itapoã" como una licencia poética, pero no: era puro realismo baiano. Hace sol y ahí lo veo: "um arco-íris no ar". Lo asombroso, sin embargo, es el horizonte amplísimo: un panorama hacia el fondo de nubes sin fin. Y la variedad de texturas del vasto cielo: extensiones cambiantes; nublados a lo lejos que al rato se vuelven claros.

(25-II-2001) La playa a la que se sale desde Stiep, pasando por el Centro de Convenções, que es la que he frecuentado estos días, es la de Armação. Me ha impresionado leer en la guía el motivo: en los tiempos de la esclavitud, estaba llena de armazones donde encerraban a los negros antes de venderlos. Tuvo también otros nombres que vienen a indicar lo mismo: Senzala y Chega Nêgo. Es una playa en la que no es recomendable el baño, porque recibe vertidos tóxicos (aunque no se ven). Esa es la razón por la que apenas hay bañistas; y por la que yo mismo, instintivamente, tampoco me he bañado. Lo que hago es caminar por la arena y por el paseo marítimo. Hoy lo he hecho durante dos horas, hasta la playa de los Artistas. Desangelados puestos de agua de coco por el calçadão. Y otro arcoiris no ar.

[Sigue: Viaje a Brasil (4)]

23.2.11

Viaje a Brasil (2)

(20-II-2001) Por la mañana, antes del desayuno, he terminado Elogio de la mentira, que me ha encantado, y he empezado Tropicália: a história de uma revolução musical, de Carlos Calado. Esta costumbre brasileña de despertarse a las siete, porque ya está todo inundado de luz. Yo soy el único hombre en la casa. El resto, un montón de mujeres: casi todas venidas para el carnaval, desde España y desde otros lugares de Brasil. Se apelotonan en las habitaciones. Pero Dagmar nos ha dejado un cuarto sólo para Nádia y para mí, con un colchón de matrimonio en el suelo. Llevaba mucho tiempo pidiéndonos que viniéramos y está encantada con nuestra visita. Se comporta como una perfecta anfitriona. En el fondo, tanto por su parte como por la nuestra, hay como un regocijo de vernos aquí en Bahia, después de tanto Torremolinos. Nádia también es la primera vez que viene. En el anterior viaje recorrimos ciudades que conocía (Rio, Belo Horizonte y Vitória) y era ella la que me guiaba. Hoy ha sido Dagmar la que nos ha guiado a los dos.

Tras el café de manhã y la ducha (¡alegría bajo el chuveiro!), hemos tomado los tres el autobús desde Stiep hasta Campo Grande. Desde aquí, a pie por las calles del centro: Avenida Sete de Setembro, Praça Castro Alves, el mirador de la Praça Tomé de Souza, con el Elevador Lacerda al lado, la Cidade Baixa a los pies y el mar con el Forte de São Marcelo y la isla de Itaparica enfrente, y al fin el famoso Pelourinho, muy repintado en sus tonos pastel y lleno de adornos de carnaval. Aquí, delante de la Fundação Casa de Jorge Amado (donde he decidido no entrar), me han retenido unos capoeristas para que me hiciera una foto. Me han puesto en la mano un berimbau y, sin que me diese tiempo a deshacer la cara de gilipollas (detestaba que me tomaran por lo que al fin y al cabo era: un turista), ellos han posado con profesionalidad y Nádia ha disparado. Desagradable sensación de ser yo aquí el guiri y ellos los malagueños salerosos.

Tras recorrer las callejuelas, nos hemos parado a tomar un chopp en un bar del Terreiro de Jesus. Después, autobús hasta Barra. Mientras Nádia y Dagmar han ido a cambiar dinero, yo me he quedado mirando a los bañistas en la playa, por el pretil. El ambiente aquí es más relajado que en Rio: todo está más suelto y es un poco más cutre. Tiene un aire a Málaga. He pensado que si viviera en Salvador, lo haría junto a la playa y no en el Pelourinho. Luego hemos recorrido el paseo marítimo hasta el Shopping Barra, donde me he comprado Inferno, la última novela de Patrícia Melo. Hemos almorzado en uno de esos deliciosos bares de comida à quilo (que son la mayoría: la mayoría de los bares aquí son deliciosos) y, ya bien entrada la tarde, hemos tomado otro autobús que nos ha llevado por la costa. Más playas, que Dagmar nos iba indicando: Ondina, Paciência, Rio Vermelho, Amarilina, Pituba, Jardim dos Namorados, Jardim de Allah... Nos hemos bajado en ésta y hemos caminado hasta la playa siguiente, que es la de Armação. Desde aquí nos hemos dirigido ya a casa, por el Centro de Convenciones. El pulso de la ciudad en este día de preparativos del carnaval. Estaban terminando de montar los camarotes por las avenidas del circuito.

Y por la noche, otra vez en el Pelourinho para la fiesta de Olodum. Tambores, sudor y cerveza. Primer acarajé. Calentón al ver a las negras bailando y pensar en las posibilidades, de haber venido solo. Pero la melancolía se mantiene en la recámara. Prefiero que haya sido así, como el año pasado, para poder disfrutar del viaje sin que el sexo lo absorba todo.

(21-II-2001) El cafezinho en el Shopping Iguatemi, tras el almuerzo. Las chicas se han ido a comprar y yo me he quedado en una mesita con el café, los periódicos y el moleskine. Me ha encantado el modo en que la camarera ha preguntado "Açúcar ou adoçante?". Me han entrado ganas de pedirle "adoçante", sólo por diluir su acento en mi café; pero le he dicho que azúcar. Esta mañana he seguido con la lectura de Tropicália, en el sofá iluminado (el cielo baiano al fondo): los primeros pasos de Caetano Veloso, Gilberto Gil, Maria Bethânia, Tom Zé... Luego, en el Shopping tras el cansino trayecto en autobús. Las librerías de aquí están menos abastecidas que las de Rio, aunque pertenecen a la misma cadena Sicilíano (la mayor de Rio, no obstante, era la Saraiva). He estado probándome camisetas sin manga, para camuflarme en el trópico. Correos electrónicos y chat rápido en el puesto de Telemar: es divertido decir "saludos desde Brasil" y que no te crean. Y después la comida, gostosa como de costumbre. De haber venido solo mis rumbos serían probablemente otros (no pisaría tanto Shopping, desde luego); pero me dejo llevar. Lo voy observando todo sin demasiada pasión, aunque con agrado. Me vendría a vivir una buena temporada a Salvador, como ya me suponía. Las tetas y las pieles que observo furtivamente, dentro y fuera de casa.

(22-II-2001) Anoche salimos en un bloco pre-carnavalesco por Barra y por Ondina. No me esperaba una fiesta así. Dagmar se había empeñado en que fuéramos, y nos metimos otra vez en el autobús por la noche. En los alrededores de un bar en cuesta se iba acumulando gente. Había expectación por la llegada de "los músicos", que se retrasaban, y aguantamos la espera tomando cervezas. Nos dieron unas camisetas con el nombre del establecimiento: Dibarabar. Casi todos las tenían ya puestas y nosotros nos las pusimos también. Entonces llegaron los músicos. Era una banda de a pie, como de verbena (bombo incluido). Se pusieron a ensayar sambas, todavía con altibajos y desajustes, como calentando motores. Una melodía me resultó familiar, pero no lograba identificarla. Hasta que de pronto caí: era el "Amor I love you" de Marisa Monte. ¡Resulta que esa canción sofisticada era un samba sutil! Me quedé escuchándolo, emocionado. Luego los músicos (tocando ya en serio) iniciaron la marcha, caminando Barra arriba. Y la pequeña multitud del bar salió tras ellos, bailando y bebiendo cervezas. ¿Cuánto estuvimos? ¿Dos, tres horas? Fue algo divertidísimo. Una felicidad espontánea, en paralelo al mar oscuro; todos avanzando con un bailoteo entrañable, cada uno a su bola: lo contrario de un desfile militar.

Me he dado cuenta de qué es lo que me hacía familiar la situación en esta casa: el ambiente es parecido al de las vacaciones en el pueblo, cuando nos juntábamos la familia de tito Juan y la mía, y siempre con primos y conocidos en el salón. También tiene cierta similitud con la casa de Gran Hermano. Somos nueve, y yo el único con polla (por hablar campechanamente). Aparte de Nádia y de mí, estamos ahora “bajo el mismo techo” (expresiva expresión): Dagmar, la dueña del apartamento y vecina nuestra en Torremolinos; su hermana pequeña Dodô, que vive aquí; otras dos brasileñas que también vienen de España y que conocíamos de allí, las hermanas Rúbia y Ríbia; una amiga de éstas que ha llegado desde Belo Horizonte, Juju; y dos chicas del interior de Bahia que están medio viviendo con Dodô: Camila, jovencita delgada y de modales suaves y callados, y Erika, una gorda obtusa que es la amante del primo de Dagmar, quien la tiene instalada aquí en plan barragana. Con ella se ha producido en mí ese efecto desagradable e irracional: la he aborrecido. No puedo verla, ni oírla, su mera presencia me molesta. Sin duda, este sentimiento es el origen de muchas de las barbaries cometidas por el ser humano. Y ahora lo tengo yo: la imparable idea de que estaría mejor sin ella aquí. Este aborrecimiento, que Nádia también siente, hace que ya se empiecen a formar corrillos y conspiraciones en plan Gran Hermano. Pero la situación me sirve de coartada para ponerme los cascos en el desayuno y evitarme así el griterío de por las mañanas. Hoy he estado escuchando el casete con canciones de Noites do Norte y Livro.

Esta zona inhóspita de Stiep, sin un café, sin una plaza, completamente por urbanizar: calles de tierra, edificios modernos juntados al tuntún, entorpeciéndose unos a otros, sin dejar calles paseables. La única opción es atravesar a pie, entre matojos, una larga zona terriza que bordea la carretera, en paralelo a una extensión de chabolas que hay al otro lado, y salir a la playa. Pero lo peor es el complicadísimo acceso desde aquí a los lugares habitables de la ciudad, como el casco antiguo y la Barra. Autobuses que se tiran una hora dando vueltas por sitios feísimos para llegar al centro. Lo que más he visto hasta ahora de Salvador son esos paisajes ariscos y desangelados desde la ventanilla, que me recuerdan a ciertas zonas destrozadas de Málaga, como Carlinda, el Puerto de la Torre o la Carretera de Cádiz. Uno debe pensárselo mucho antes de desplazarse, y siempre llega machacado a su destino.

Hoy Nádia ha tomado como guía a la joven Camila y nos hemos ido los tres a la parte vieja. Yo lo que querría es pasear solo, pero en fin. Estos viajes a Brasil no terminan de germinar precisamente porque no puedo ir a mi aire, con receptividad melancólica y alguna que otra euforia contemplativa. Aunque, ya puestos, tampoco ha estado mal la mañana. Al pasar por la Avenida de Chile, me he fijado en el sitio donde, según el libro de Calado, se conocieron hace cincuenta años Caetano Veloso y Gilberto Gil: justo frente a la farmacia. Hemos echado otro vistazo desde el mirador, con ese panorama precioso en el que destaca el Forte de São Marcelo. Luego, paseo por el Pelourinho, cerveza en el Terreiro de Jesus, almuerzo en una abigarrada casa de comidas (estupenda) y bajada por el Plano Inclinado Gonçalves, que parece una atracción de feria. No puedo dejar de establecer equivalencias con Málaga: las calles de la Cidade Baixa me recuerdan a las de la Alameda de Colón. En el Mercado Modelo, después de caminar entre los puestos de cachivaches, hemos descendido a los sótanos donde almacenaban a los esclavos cuando los desembarcaban. Un minuto de silencio allí, escuchando la respiración del sufrimiento. Finalmente, subida por el Elevador Lacerda y regreso a Stiep tras otra tediosa hora en autobús.

De las cosas que nos ha venido contando Camila, me he quedado con lo que ha dicho de Marisa Monte: que de vez en cuando, sobre todo en carnaval, suele vérsela por aquí drogada, con ojeras, junto a Carlinhos Brown, como una zombi. No sé si será cierto, pero la mera imagen de una diosa (de una venus tropical) como Marisa Monte hozando en el vicio me ha puesto cachondo.

[Sigue: Viaje a Brasil (3)]

22.2.11

Viaje a Brasil (1)



Por estas fechas se cumplen diez años de mi último viaje a Brasil. No estaba demasiado nostálgico; aunque ese vídeo que me ha mandado mi amiga Beatriz ha hecho que se tambaleen mis defensas. Se me ha ocurrido recuperar mis anotaciones de aquellos días, que tuve en el blog hace tiempo pero borré. Saldrán en seis entregas, hasta el domingo. Esta semana voy a estar fuera y lo dejo todo programado: espero que funcione.



(19-II-2001) En un banco del Shopping Iguatemi, de Salvador de Bahia. Llegada ayer a Rio, con los trámites acostumbrados: el prosaico aterrizaje (el leve avión, de repente, es un armatoste que bota), la cola de la aduana, los gestos secos del policía (siempre como de cinema novo), la espera de las maletas en la nave desangelada... todo en el aeropuerto deja una impresión de grisura expectante. Luego, el taxi que pronto se mete por suburbios de atmósfera pegajosa. Nádia siempre les da conversación a los taxistas, y ellos se muestran corteses y resignados: son un observatorio indolente, aunque con un resto tenso, de la ciudad. El año pasado lo primero que hizo Nádia fue preguntarle quién había ganado en el carnaval (nosotros llegamos uno o dos días después) y el taxista dijo: "Beija-Flor". Aquel viaje tuvo su punto y su contrapunto. El punto era mi propio descubrimiento de Brasil (y de América); y el contrapunto el regreso de Nádia después de varios años. Yo, que la había oído despotricar tanto contra su país en España, sentía cómo, desde el principio, se emocionaba con todo lo que iba reencontrando –empezando, sin duda, por la calidez de la gente. Ayer no pudimos ver nada de Rio: fuimos directamente del aeropuerto a la Rodoviária y allí esperamos tres horas la salida del próximo autobús para Bahia. Nos dimos una ducha en el baño público (entrañable el jaboncito que venía en el kit), compré un montón de periódicos brasileños, tomamos unos cartuchos de salgadinhos con cerveza (la primera Antarctica) y luego yo me puse a merodear por la estación mientras Nádia se quedaba vigilando el equipaje. Me pasé un buen rato observando por una barandilla el abigarramiento de abajo en los andenes: un hormigueo humano de novela de Kipling, con el inevitable mulato con un colchón en la cabeza. Después, por la ventana que había en el extremo de un pasillo vacío, descubrí a lo lejos el Corcovado: el único atisbo de postal, con persistencia sosa. A Rio volveremos en los últimos días de nuestra estancia en Brasil, después de estas dos semanas en Bahia que nos aguardan. Y del carnaval. Precisamente, muchos de los que venían en el autobús eran baianos (o baianas, casi todas) que regresaban a su tierra para pasarlo allí. El viaje ha sido de veinticinco horas, pero no se me ha hecho insoportable. El asiento era cómodo y podía transformarse fácilmente en leito, incluso te daban mantitas; sólo tengo el cuello un poco resentido. He pasado el tiempo escuchando música por los cascos, con los ojos cerrados o mirando el paisaje, hojeando los periódicos, leyendo la novela que empecé en el avión (Elogio de la mentira, de Patrícia Melo) y escuchando la conversación de Nádia con las viajeras de los asientos próximos. Uno de los detalles de los que más se sorprenden es de que las tiendas en España cierren al mediodía ("olhe bem, minha filha, pode crer?", dice Nádia con impostado escándalo, "ficam fechadas até as cinco horas!"). Pero todo esto no eran más que intermitencias, rebrotes de vigilia entre los adormilamientos continuos: he descubierto que no hay mejor método para pasar el jet lag que un viaje largo en ônibus. En la estación de Salvador nos esperaba Dagmar, con un pantaloncito que le llegaba a las ingles y una blusa corta. Ella nació aquí, pero ahora es vecina nuestra en Torremolinos. Nos ha recibido con aspavientos de película y nos ha llevado al piso, situado en un barrio feo y aséptico llamado Stiep (pronúnciese "istiépi"), concretamente en la Travessa Arnaldo Lopes da Silva. De Salvador sólo conozco por ahora la Rodoviária, Stiep y este Shopping, al que Dagmar, Nádia y las otras chicas que había en la casa han decidido venir en cuanto nos hemos duchado. El trayecto hasta aquí también ha sido por barrios desarmoniosos. Nada de belleza por ahora –salvo la de las mujeres, que, ciertamente, compensa todas las demás. Sólo en el autobús venían, sin exagerar, diez o doce que me hubiese follado.

Ahora estoy sentado en la mesita de un bar del centro comercial, con mi chopp de Brahma, mientras las chicas siguen con sus compras. Las he acompañado un rato, pero ya estaba deseando volverme a quedar a mi aire, para contemplar, para pensar (no grandes cosas) y para escribir en este moleskine. Sí, me follaría a un buen montón de las que veo –negras, mulatas y morenas claras; esas pieles, esas formas, esas cadencias, esas carnes... Una orgía sólo de mirar.

Ayer en la Rodoviária de Rio, y ahora en el Shopping de Salvador, el mismo sentimiento: todas estas crepitaciones, estos pequeños haces de vida que yo no hubiera visto de no haber estado aquí. Es un pensamiento vulgar, pero que a mí me emociona: la vida que se está manifestando continuamente sin que seamos testigos. El rumor del Shopping y la cerveza me apaciguan.

Más sensaciones del viaje. La comida brasileña en las paradas. La viajera que más me excitaba diciendo "espetinho de frango". Los nombres de las poblaciones del recorrido: Juiz de Fora, Governador Valadares (donde Nádia, nacida en el pueblecito cercano de Itambacuri, pasó su adolescencia), Teófilo Otoni, Vitória da Conquista, Jequié, Feira de Santana... La música en los cascos: los Songbooks completos de Noel Rosa y João Donato, el VivaNoel de Ivan Lins, Rosa Passos cantando Caymmi, Adriana Calcanhotto (Público) y, ya entrando en Salvador (quise que fuese así), Caetano Veloso: "A Bahia, estação primeira do Brasil...". Los paisajes: subidas y bajadas, curvas entre montes al salir de Rio y por toda Minas; luego el trayecto nocturno, por carreteras sin iluminar –negrura en la ventana. Me dormí y, al despertar, el día ya amanecido pero grisáceo. Los horizontes de Bahia; extensos campos que no sé si eran el sertão; algún promontorio rojizo, aislado; nubes altas, cielo, lluvia –poblaciones ralas.

El verano tropical; la panza, pesando. El portugués, con el que siempre tropiezo más de lo que presuponía. Mi problema es estético: me gusta tanto la música con que lo hablan, que cuando me escucho a mí hablarlo me parece un horror y me avergüenzo. He comprado mapas para situarme. Después de todo, no está mal habernos quedado hoy sin conocer realmente la ciudad. Un aliciente para mañana. Me iré dejando llevar. No estoy eufórico, ni feliz, ni siquiera especialmente receptivo. Me siento un poco atontado, como siempre.

[Sigue: Viaje a Brasil (2)]

17.2.11

¿Qué fue de nosotros?



Jorge Sanz siempre me ha dado un poco igual y a David Trueba lo he tenido entre mis (semi)detestados. Me puse a ver ¿Qué fue de Jorge Sanz? por morbo, por echar un rato tontorrón. Pero resulta que es una serie estupenda, deliciosa. Es fresca, está bien hecha, es inteligente, tierna, triste: funciona. Se da eso tan difícil en nuestras filmaciones: la naturalidad. De los seis capítulos, flojea el último; pero los otros cinco son redondos. Las historias son sencillas, sin alardes, con trucos (deliberados) de tebeo. Al principio parece que va a ser un poco impúdica, pero no traspasa el límite. Sanz acepta ser retratado como un perdedor al que todo le sale mal, que envejece, que vivió mejores tiempos, que anda con dificultades. Y esa aceptación es noble, le da grandeza. De pronto nos reconforta que aparezca alguien ironizando sobre sí mismo; y que lo haga no con sarcasmo, sino con dulzura, con suavidad agridulce. Algo insólito en España. Esa actitud se contagia, milagrosamente, a los demás actores que salen con sus nombres: Resines, Galiardo, Larrañaga, Segura, hasta Botto... Se refleja muy bien el mundillo del cine, sus conversaciones, en un tono de comedia melancólica. En cierto sentido, ¿Qué fue de Jorge Sanz? viene a ser una actualización de El viaje a ninguna parte de Fernán Gómez. Se cuenta la vida precaria de los actores. Y se cuenta la decadencia. Esta serie es saludable porque Jorge Sanz se toma con humor su decadencia y, de paso, la de todos nosotros.

* * *
Hay dos elementos sensacionales que no he mencionado: el actor Eduardo Antuña, que hace de representante de Sanz; y la música de la serie, que es la que se suena en el vídeo de arriba. Para más detalles, recomiendo la entrada de Alberto Rey en su blog.

16.2.11

Asistencia

El niño se ha quedado la mañana en casa. No ha ido al colegio porque tiene tos. Ve dibujos animados, juega a la Nintendo. De vez en cuando tose, y lo hace con seriedad, con cuidado de adulto: como demostrándose a sí mismo, y demostrándoles a los demás, que la razón por la que no ha ido a clase era verdadera.

Le asiste la tos. Y él se siente bueno.

14.2.11

De la Iglesia vuelve al underground

Da miedo el establishment cultural de este país. El mercado sería una salida... si existiesen compradores de altura; es decir, si el público hubiese sido desasnado por un buen bachillerato. Medio existía: pero el establishment acabó con él, sin duda por tener el control absoluto. Solo queda, pues, buscarse un sueldecillo por algún lado y dedicarse a escribir al margen. Y eso porque para escribir no hace falta presupuesto. Los cineastas como De la Iglesia lo tienen crudo. Este ya se ha señalado y me temo que no se lo van a perdonar. Anoche en la gala de los Goya la ministra Sinde se presentó con más ministras (Pajín, Salgado) y con Sebastián: resultaba intimidatorio. Durante el discurso de De la Iglesia enfocaron sus caras asesinas y también la de su previsible sucesora, Iciar Bollain. Me sorprendió ver cómo esta se había convertido en Margaret Thatcher. Su pareja es el guionista de Loach, Paul Laverty, azote de la Dama de Hierro. No sé por qué alucinante alquimia ahora la tiene en casa. Ellas van a instaurar un nuevo modo de mandar, decían. Sí: peor.

* * *
PS. [Añado esto que he derramado por esos muros:] Sobre el discurso de De la Iglesia habría bastante que matizar. Como escribió Arcadi Espada, tiene algo de "niño que lo quiere todo"; y también me parece que tendría que haber sido algo más institucional. Pero yo me quedo con su valentía de decir eso ante Sinde y demás ministras dobermans, y ante su sucesora Bollain, a la que se le ha puesto cara de Thatcher. Y también: cómo el verdadero artista se sale del cepo burocrático: para bien y para mal. Y cómo los que no lo son, como Sinde, viven en y para el cepo. / Bueno, yo entiendo el reproche de Arcadi. Y entiendo también a De la Iglesia. Él se vio en la famosa cena de la ministra del lado de "los serios". El único rebelde fue Amador Savater. Yo creo que a De la Iglesia se le creó un conflicto entre sus razones académicas y el romanticismo del rebelde. Y la cosa al final se rompió por este lado. A mí lo que me produce simpatía es que al menos existiese en él esa tensión. Era un signo de inmadurez, pero también de vitalidad... Ya digo: gajes del artista.

PS2. Y la cara que puso la Sra. Ministra Pajín:

11.2.11

Branquias bajo el agua



"Branquias bajo el agua" sigue siendo el límite más lejano al que se ha llegado en España en materia artística y poética. Ha habido otros intentos, anteriores y posteriores, pero demasiado sesudos, con un exceso de deliberación vanguardista y, en fin de cuentas, sin gracia. La gracia, la frivolidad, le permitió a Poch (a Derribos Arias) ir más lejos. La gracia tiene como una de sus condiciones un cierto abandono. Como su nombre dice, ha de darse con una cierta gratuidad. Siempre ha habido demasiado profesor metido a artista, capitalizando el discurso y las remuneraciones. Pero el arte ha estado siempre en la bancada de los alumnos gamberros.

Branquias bajo el agua

Branquias bajo el agua es el baile de actualidad.
Branquias bajo el agua, ideales go-gos.
Siente la tentación de arrojarte de una vez en mi pecera.
¡Cielos! Los peces asustados.

Algas cianofíceas,
algas verdeazuladas,
danzando entre las algas,
branquiando entre las algas.

Branquias bajo el agua es el baile de actualidad.
Branquias bajo el agua, ideales go-gos.
Siente la tentación de arrojarte de una vez en mi pecera.
¡Cielos! Los peces asustados.

Inmersión en la pecera,
inmersión en tu pecera,
inmersión en mi pecera.
¡Listos! para la inmersión.

10.2.11

Rebalanceo del mundo



Por alguna extraña (y supongo que morbosa) razón me alegra ese revolcón al mapa que nos manda a la Cochinchina. Ya estábamos en la Cochinchina mental: es justo que estemos también en la Cochinchina geográfica. Decía Borges que ordenar bibliotecas es un modo menor de la crítica literaria: pues organizar mapas es una manera elegante de ponernos a cada uno en nuestro sitio.

La puesta al día de la movida está en el ciclo que se ha celebrado en la Fundación Juan March sobre los, así llamados, países BRIC: Brasil (que ya mencioné aquí) más Rusia, India y ¡China!

9.2.11

Antes del carnaval



El incendio en la Ciudad del Samba, en Río, ha dejado imágenes bellísimas, como la de los maniquíes quemados que aparece hoy en la portada de O Globo. El carnaval es fuego, y por eso después viene el miércoles de ceniza. Estas cenizas anticipadas son tristes, pero también son puras: porque conservan, intacto, el carnaval perfecto, el que ya nunca tendrá lugar. (Es como si las cenizas no hubieran querido perdérselo, y, al asomarse, lo han destruido.)

8.2.11

Novelas

Le tengo fobia a leer originales. Rechazo todos los que puedo, que son, realmente, casi todos. Pero en ocasiones me cae uno que no puedo eludir, y se convierte en una carga que me estropea largamente la vida. Se juntan muchas cosas: la tensión de una lectura que no es libre sino que está coaccionada por el obligatorio ejercicio de la opinión (una lectura a la que se le ha despojado de la posibilidad de no ir segregando opinión); el que esta opinión deba decírsele luego al autor de las páginas; mi tendencia a figurármelo como un niño de Dickens o Capra al que sería una brutalidad dejarle sin su caramelo; las dudas que me asaltan sobre mi idoneidad como lector, por mi incapacidad para el análisis frío; recordar lo poco que sé de esto y lo poco que amo la literatura; la culpabilidad por mi pereza y por mi falta de generosidad; por supuesto, la melancólica constatación de que todos menos yo logran escribir sus novelas; y, dominando desde arriba, la convicción de que no hacen falta más libros, la pregunta de para qué más libros... El caso es que me tiro meses con los originales antes de poder leerlos. Se integran en mi circuito neurótico.

Pero un día se emprende al fin la tarea, y se termina. Y el libro queda, para mí, como un termómetro espiritual del amigo que lo ha escrito. Traspasada la penosa lectura, me habita ya como experiencia del otro: como campo de observación, como síntoma de lo que lleva dentro. Hace tres años leí la novela de un amigo brillante que me dejó consternado: era una basura. Contenía todos los tics, toda la autocomplacencia, todo el embrutecimiento por el que ese amigo llevaba años despeñándose. En el día a día de la amistad, y con la protección de la amistad, no me había dado cuenta de la absoluta devastación de su espíritu: pero en esa novela estaba. Ahora, en cambio, he terminado otra que ha tenido el efecto contrario: me ha revelado la riqueza interior de un amigo de maneras más romas. Aquel me llevó al patio trasero de su casa y había cucarachas, ratas, estropeada maleza y hasta flores de plástico, y una hamaca; este, en cambio, guardaba un jardín.

7.2.11

Egipticismo

La dañina obscenidad de estos gobernantes, como Mubarak, enroscados en el poder. Uno tiende a establecer un principio moralizador: "No se les cae la cara de vergüenza...". Pero, para cuando uno se lo formula, ellos hace ya mucho que rebasaron el territorio en el que tenía sentido: y por eso están ahora ahí, suscitando nuestra indignación. Es como el criminal al que se le grita "criminal": si tal acusación tuviese la capacidad de afectarle, seguramente no habría cometido su crimen.

Enroscamiento al poder es lo que también ejerce, salvando las distancias guasónicas, nuestro entrañable Zapatero, ese faraón con aspecto de escriba. No pude dejar de pensar en él cuando leí el principio de esta crónica de Enric González desde El Cairo:

El de Hosni Mubarak está siendo un largo adiós. Su era ha terminado, la gran mayoría de la sociedad egipcia se sitúa ya mentalmente en el día después, pero el presidente permanece en su puesto.
La diferencia es que ellos no saben lo que vendrá después pero nosotros sí: Rajoy. Una momia que confirma lo egipciaco de nuestra situación. Cada vez estoy más convencido de que ZP es una desgracia en dos fases: la fase ZP propiamente dicha y la fase Rajoy. Cuando ZP se vaya, Rajoy prolongará por más tiempo este tétrico periodo de la Historia de España. Ya lo está siendo ahora desde la Oposición: una Oposición digna de este Gobierno.

Al comienzo del tercer apartado de Crepúsculo de los ídolos, "La 'razón' en la filosofía", Nietzsche utiliza el término egipticismo:
¿Me pregunta usted qué cosas son idiosincrasia en los filósofos?... Por ejemplo, su falta de sentido histórico, su odio a la noción misma de devenir, su egipticismo.
El traductor Sánchez Pascual escribe una nota al respecto:
Egipticismo: tendencia a la permanencia estática, a la intemporalidad, a la petrificación. Véase el aforismo 323 de Opiniones y sentencias mezcladas: "...Cuando un pueblo tiene muchas cosas fijas, ello es prueba de que quiere petrificarse y de que le gustaría convertirse del todo en un monumento: como ocurrió, a partir de determinado momento, con el mundo egipcio...".
Nietzsche: el intempestivo que nos ilumina sobre la actualidad.

5.2.11

Materiales para una expedición

He aquí un libro recomendable: Materiales para una expedición. Su autor, Pedro Ugarte, me lo envió dedicado por medio de nuestra común amiga Txani Rodríguez. En el libro hay varios textos sobre las tendenciosas frases que se cruzan entre sí los escritores: elogios en espera de elogios y eso. Yo no soy escritor por lo que he escrito, aunque sí, desdichadamente, por los tics, de los que tengo la colección completa. Mi tendencia sería lanzarme a un ditirambo tipo Goytisolo-Fuentes; pero me refrenaré. Diciendo esto cumplo con aquello que recomendaba Connolly de no ocultarle al lector la relación. Ahora hablaré solo de la noche y la tarde deliciosas que he pasado con el libro: noche en la cama, tarde en un banquito al sol, en esta pausa del invierno. Y ofreceré una impresión rápida. En poco más de doscientas páginas se incluyen 161 textos (con numeracion consecutiva y títulos independientes), el más largo de tres páginas y el más breve de dos líneas, la mayoría de una página o menos. Son textos –entre el cuento, la observación y el apunte– que me han evocado a Kafka, a Borges, al Bernhard breve, incluso a Cioran; aunque Ugarte aporta un grado más elevado de compasión y ternura. Es un libro triste, pero cálido; con una herida transparente pero no abandonada a sí misma, porque está protegida por la belleza; y no le falta el humor. Copiaré, sin más, algunos de los textos más cortos, que dan una idea adecuada:

44. Ejecuciones
Se trataba de un sueño.
...Los ojos de unos niños encaminados al patíbulo. Yo anotaba sus nombres, con la larga pluma de oca, en el libro de las ejecuciones. Les preguntaba su nombre y su edad. Y ellos sacaban una mano torpe y levantaban con trabajo tres, cuatro, cinco dedos.

67. El auxilio
Hombres diminutos, que vivían acurrucados bajo las alas de las golondrinas y cuya única misión consistía en socorrerlas cuando estas caían a tierra y ya no podían alzar el vuelo. Los hombres entonces salían de su guarida de plumas, con sus pequeños brazos extendían las largas y aparatosas alas de las aves y las levantaban para que pudieran remontar el vuelo. Pero los hombres quedaban en tierra, incapaces de asirse otra vez a sus protectoras cuando un aletazo las proyectaba hacia las nubes.
.....Ellos, en el suelo, no tardaban en morir de hambre y frío, o devorados por otros animales.

79. Parte del juego
Donde los hombres debían comprar su libertad por cien monedas y para conseguirlas (inútilmente) se vendían los unos a los otros.

96. Un sueño
En esa ciudad, los hombres, colgados de los pies por largas sogas, decoraban las fachadas de las casas, y cuando hacía mucho viento oscilaban pesadamente, como los bambalinas de un teatro.

116. Biografía heroica
No. Yo no soy un fracasado. Guardo dentro de mí la misma energía enorme que asistió a Alejandro Magno o a Julio César. Tampoco yo apago con suavidad las colillas de tabaco: las aplasto casi a golpes contra el cenicero.

124. Nido de águilas
Las águilas depositan dos huevos sobre el nido. Entre uno y otro hay varios días de diferencia. Ese breve espacio de tiempo marca una barrera definitiva, una línea que separa la vida de la muerte, pero también la crueldad de la agonía. Entre los dos polluelos, que rompen el cascarón también en días distintos, el primero tiene la ventaja de empezar a engordar antes y siempre es más corpulento. Consigue más comida de sus padres. Ataca a su hermano a picotazos. Lo hiere hasta morir. Las águilas asisten impasibles a esas luchas fratricidas.
.....Cuando ha muerto el polluelo más joven, las águilas arrastran su cadáver fuera del nido. Pero a veces, si es grande la escasez, alimentan con él al primogénito.

132. Otro modo de ser realista
No pensé que el regreso del joven rey Sebastián fuera imposible porque su desaparición, al mando de un ejército que tragó el mar o el desierto, se hubiera producido hacía casi quinientos años. Todo eso lleva casi quinientos años siendo realmente factible.
.....Pensé que era imposible porque, al no ser portugués, la historia no me había concedido una forma tan poderosa de esperanza.

140. Los libros, los cigarrillos, tu hijo y sus juguetes, el rostro de tu esposa
Estás en casa, y es de noche, y apagas la última luz. Qué extraño: de pronto todo desaparece.

142. Para moverse en el mundo literario
No es tan difícil estar con un escritor del que no se ha leído nada. Hay ciertas preguntas, abstractas, generales, que recibe con placer si vienen recubiertas por una leve pátina de halago (porque también existen formas de halago, abstractas, generales, que a nada comprometen). Por otra parte, existe una curiosa excepción al principio de la visibilidad final de todas las mentiras: un rostro no dice absolutamente nada acerca de si se ha leído un libro o no.
Ese era uno de los textos sobre escritores que mencioné al comienzo. En la web de la editorial, Lengua de Trapo, pueden leerse unos cuantos más; el 127 y el 161, "¡Madame Bovary no soy yo!" y "Un desconocido", están entre mis preferidos. Aunque el que escogería de todo el volumen es este que copio por último:
12. Un mundo de mentiras
Imaginar un planeta en cuya densa atmósfera el sonido se propague lentamente y la luz tarde meses en recorrer unos pocos centímetros. Un planeta en que todo esto dé lugar a inevitables equívocos entre sus habitantes, en que la percepción sea muy difícil y nadie pueda estar muy seguro de lo que le llega por sus ojos. Así, habrá luces que la gente admirará cuando ya se hayan consumido; jóvenes adolescentes se enamorarán de la imagen de elegantes damas que habrán muerto hace ya muchos años, y las familias disfrutarán, por este compasivo fenómeno, de sus seres queridos durante muchos meses después de que hayan desaparecido.
.....A pesar de estas contrariedades, la vida en ese planeta discurriría tranquila. Sólo una inquietud podría atormentar a sus habitantes: la de estar tal vez solos, rodeados de falsas imágenes, en un mundo donde ya todo hubiera perecido.

3.2.11

El mejor libro posible

Me ha dicho un amigo que en su día le regalé el primer tomo de los diarios de Jünger con una dedicatoria en que ponía: "el mejor libro posible". Lo había olvidado completamente. Es una fórmula espléndida. Ahora le he sacado una foto a mi viejo ejemplar, para enseñarla aquí. En la conversación ha salido el pasaje del "uniforme congénito":

Vicennes, 29 de abril de 1941.– Hôtel de Ville y muelles del Sena; estudiado los puestos. Tristitia. Buscado salidas: las únicas que se ofrecían eran dudosas. Notre-Dame, sus demonios, más bestiales que los de Laon. Estas imágenes ideales contemplan fijamente con una mirada llena de saber los tejados de la gran urbe y al mismo tiempo ven reinos cuyo conocimiento ha desaparecido. El conocimiento, desde luego: ¿pero también la existencia? [...] Buscando, en el trayecto que lleva del Pont Neuf al Pont des Arts, la salida a que antes he aludido, he comprendido con toda claridad que únicamente dentro de nosotros mismos está lo laberíntico de la situación. De ahí que sería perjudicial el empleo de la violencia, destruiría muros, cámaras de nosotros mismos – el camino que lleva a la libertad no es ése. Las horas vienen reguladas desde el interior del reloj. Si movemos las agujas, modificamos las cifras, no la marcha del destino. Desertemos adonde desertemos, con nosotros llevamos nuestro uniforme congénito; y ni siquiera en el suicidio logramos escapar de él. Es preciso que nos elevemos, que nos elevemos también a través del sufrimiento; entonces se vuelve más comprensible el mundo.
En su prólogo Sánchez Pascual se había referido a este pasaje:
Sin duda no estará de más indicar que Jünger sigue en estos diarios la máxima de Nietzsche, que dice que las cosas más importantes caminan silenciosamente, "con pies de paloma". La reconocida discreción de Jünger alcanza en estos textos su punto más alto. Cuando las frases, de puro transparente, parezcan no decir demasiado, se puede estar seguro de que allí hay un abismo. Un ejemplo célebre: el 29 de abril de 1941, en París, merodeando por los muelles del Sena, Jünger medita en si, para ser libre en aquella situación, debe suicidarse o desertar. Sólo la palabrita Ausgang ("salida", que aquí tiene el significado de exitus vitae), señala al lector que Jünger está hablando aquí de su propia muerte. Tras angustiosa reflexión, que no deja la menor huella en la tersa prosa, el rechazo del suicidio se expresa en esta frase inaparente: "el camino de la libertad no es ése". Jünger decide "elevarse a través del sufrimiento: entonces se vuelve más comprensible el mundo".

2.2.11

Fórmula antigua

"Buen hombre", me dijo una anciana la otra tarde, "¿me puede ayudar?". Quería bajar un escalón y la ayudé. Luego me quedé pensando en esa fórmula antigua: llamar a un hombre "buen hombre", para que lo sea. Una especie de moralidad infundida.

1.2.11

Estela de frases

El Facebook es feo. Después de La red social sabemos que estamos en el juguete de un niñato que va siempre en chándal y no ha leído un libro en su vida. Tiene algo bonito, pero es cuando te vas: tus frases desaparecen. A diferencia de los otros sitios de internet, tus frases no se quedan luciendo o incordiando sin ti, sino que te acompañan en la desaparición. Como si fueran perritos falderos, fieles. O mejor: partes mismas de tu ser; una estela pegada a ti y, como tú, condenada a la antiposteridad.