11.6.11

Indignado

El hecho es que mi escritor favorito, Fernando Savater, hace años que tiene que llevar escolta y hay días, muchos días, en que no me lo recuerdo. Hoy sí: ha llegado a alcalde de su ciudad un amigo de los que lo amenazan. Los donostiarras lo han votado, haciendo gala de abyección. Resulta incómodo pensar que uno se da un agradabilísimo paseo por San Sebastián y se está cruzando con un montón de nazis, disfrazados de sonrientes transeúntes. Pocas ciudades hay más bonitas que esta mezcla de París y Río vigorizada por el Cantábrico. Pero está podrida. Yo pasé en ella dos días maravillosos, en el verano de 2002. En la cabeza tenía a Savater, cuyo libro sobre San Sebastián llevaba encima, y el ciclista por el que más pasión he sentido, Pello Ruiz Cabestany (pasión de una magnitud inversamente proporcional a las alegrías que me dio). Al minuto uno de pisarla ya aprendí, por impregnación, que quienes no se metían en líos vivían de putísima madre. Y casi todos vivían de putísima madre. Yo mismo, de ser de allí, probablemente viviría de putísima madre. Me di mis buenos paseos, con gran disfrute; pero no quise quitarme de dentro ese resquemor.

4.6.11

El que se mueve no sale en el daguerrotipo



El primer daguerrotipo con presencia humana es este del Boulevard du Temple de París, realizado en 1838. Es conocido, pero yo me lo he encontrado ahora por primera vez, en el blog de Ramón Buenaventura. En la parte inferior izquierda aparecen dos hombres: un limpiabotas con su cliente (en detalle aquí). No eran los únicos que estaban en el bulevar: pero sí los que permanecieron en su sitio el tiempo imprescindible de exposición, que entonces era de diez minutos. Los que se movían en esa franja era como si no hubiesen estado. La fotografía empezó, pues, igual que la filosofía: desdeñando el devenir; saltando por encima.

Hace poco ha sido noticia el primer daguerrotipo de Madrid, datado entre 1840 y 1850. Y este otro es el primero de Barcelona, hecho en 1848. Aquí no se ve a nadie. Se movieron y se perdieron. Pero hay una majestuosa belleza en esa ciudad sin accidentes.

1.6.11

El artista

En Arcadi Espada –al que sigo admirando, y por eso lo observo y analizo (despecho aparte)– he detectado otro elemento del sumo interés (como diría Arcadi Espada, cuando se pone redicho).

Su denostación de lo irracional y lo romántico (¡en sentido alemán, no me abajen!), que le hace trazar esa línea puritana de carácter neopositivista, es una defensa, obviamente, contra su propia sombra. Es “la sombra de la filosofía”, señalada por el “semáforo del saber”, de que hablaba Eugenio Trías en sus dos primeros libros (La filosofía y su sombra y Metodología del pensamiento mágico). Pero esto es viejo.

Lo nuevo que he detectado en el maestro es lo siguiente: el sujeto de su neopositivismo habría de ser un individuo gris y aplacado, analítico sin ínfulas, modoso. Una especie de funcionario de la verdad. Nuestro Espada, por el contrario, se comporta aspaventosamente, con las maneras de un divo. El sujeto Espada es un artista romántico: individualista, caprichoso, intuitivo, lanzador de grandes (y brillantes) síntesis. No es una hormiguita de los datos, sino una cigarra (laboriosa, eso sí) que canta a partir de ellos y que hace buenos manojos con ellos. El histrionismo, el desplante, la venganza: rasgos todos del sujeto artístico.

Con lo que parece claro el conflicto que lo alimenta: su cerco neopositivista no es sólo a sus sombras emocionales (irracionales), sino también al artista que hay en él. No quiere desbocarse por ahí. Es un artista con catecismo antiartístico.

El resultado me parece fascinante. Es un sujeto en tensión. Y lo que hay de admirable en él se debe a esos dos polos, que son los que producen su electricidad.