Não se afobe, não No te agobies, no Que nada é pra já que no es para ahora O amor não tem pressa el amor no tiene prisa Ele pode esperar em silêncio puede esperar en silencio Num fundo de armário en un fondo de armario Na posta-restante en lista de correos Milênios, milênios milenios, milenios No ar en el aire
E quem sabe, então Y quién sabe si entonces O Rio será Río será Alguma cidade submersa una ciudad sumergida Os escafandristas virão los buzos vendrán Explorar sua casa a explorar tu casa Seu quarto, suas coisas tu cuarto, tus cosas Sua alma, desvãos tu alma, desvanes
Sábios em vão Sabios en vano Tentarão decifrar intentarán descifrar O eco de antigas palavras el eco de antiguas palabras Fragmentos de cartas, poemas fragmentos de cartas, poemas Mentiras, retratos mentiras, retratos Vestígios de estranha civilização vestigios de una extraña civilización
Não se afobe, não No te agobies, no Que nada é pra já que no es para ahora Amores serão sempre amáveis los amores serán siempre amables Futuros amantes, quiçá Futuros amantes, quizá Se amarão sem saber se amarán sin saber Com o amor que eu um dia con el amor que un día Deixei pra você dejé para ti.
Al mediodía me enteré de que por la noche, a las once, Radio 3 transmitía en directo el concierto de Adriana Calcanhotto en el festival La Mar de Músicas, de Cartagena. Así que salí a dar una vuelta sabiendo que después tenía una cita en mi casa. Estos acomodos solitarios a veces salen bien: en la penumbra del cuarto, con la única luz de la pantalla, una Heineken fría y el ventilador dando un aire como el de las veladas del Conde-Duque. Fue un disfrute más íntimo, intimista, que el de los conciertos en vivo; con una ligera melancolía que potenciaba la percepción. El concierto estuvo muy bien. Adriana Calcanhotto cantó canciones de su último disco, del que yo me había despistado, O micróbio do samba, con una versión despojada de "Vambora" enmedio y, al final, un dueto con Gilberto Gil de "Esses moços", el clásico de Lupicínio Rodrigues. Lupicínio, el cantor de la tortura amorosa, que Adriana Calcanhotto recrea en su disco pero desde el punto de vista de la mujer y sin tanta tortura. Con esperanza sambista.
He recibido fotos de una bernhardiana que está realizando expediciones por Google en busca de escenarios nombrados por nuestro autor. Lo que se ve en la de arriba es el sótano de El sótano, en el poblado salzburgués de Scherzhauserfeld: adonde se llega en la dirección opuesta. La misma lectora me envía también este enlace con más fotos del edificio del sótano y del poblado. Lo que aparece abajo es el cementerio de Grossgmain con el hotel Vötterl detrás, en que se aloja Bernhard, enfermo, en El aliento.
Ayer me hice una radiografía. Acudí con cierta ilusión, porque no me habían mandado ninguna desde adolescente y hace poco leí la preciosa escena de la radiografía de La montaña mágica. Acudí con ilusión y también con preocupación: ¡a ver qué iba a salir! Me la dieron en mano al momento, pero no la miré hasta que no llegué a mi cuarto. Había dos manchitas blancas, circulares, una encima de la otra, justo en la zona en la que me ha estado doliendo. No soy hipocondríaco, pero me inquieté. Guardé la radiografía y no la saqué más. Por la tarde salí a mis asuntos, y cuando se ponía el sol encontré una carta en la acera, bocabajo. La levanté, como hago siempre desde que vi El rayo verde de Rohmer: era el dos de oros.
Esta mañana he ido a llevarle la radiografía al médico. La ha puesto en el panel fluorescente y la ha observado. "Parece que todo está bien". ¿Y las manchas de abajo? Se ha apartado entonces y he podido verla de nuevo. Las dos manchitas, que en mi cabeza las venía visualizando redondas y amenazantes, nítidas, eran apenas dos borrones desvaídos, ni siquiera blancos. No eran nada.
Me envía una lectora el enlace de una primera tanda de fotos del Tour que ha sacado este año también el Boston Globe. Hay varias espléndidas, pero yo me quedo con estas dos, que remiten al juego simbólico sobre el que escribí hace unos meses, tras mi lectura del libro de Ander Izagirre Plomo en los bolsillos. La primera foto, la de los girasoles, naturalmente solar (¡multisolar!); la segunda, saturnal: con el lejano helicóptero surgiendo de entre la niebla.
Tuve que ir a urgencias por un problema menor, aunque fastidioso. Tras determinados trámites pasé a ese pasillo de la fotografía. Me atreví a sacar el iPhone en un momento en que no cruzaba nadie. En los demás cruzaban doctoras: doctoras jóvenes, guapas, con ese morbo de las listillas al que me referí hace unos años. En mi estadística de tres minutos contabilicé cuatro doctoras por un doctor. Un ochenta por ciento. Así viene siendo en las profesiones en que se requiere un mérito real: es decir, en las que no dependen del politiqueo y el enchufe. Abrumadora mayoría de mujeres. Las mujeres se están constituyendo en la aristocracia de la sociedad: las que mejor se preparan, más trabajan y mejor lo hacen. Lástima que cuenten con ese contrapeso plebeyo: el de las petardas de las cuotas. Las inútiles que no han dado un palo al agua y están ahí por demagogia y servilismo. Van a ser una notable rémora de aquí a nada. Su política de la "paridad" será el único asidero que les quede a los hombres, ansiosos por retener su fifty. Estos (me lo repiten mis amigos profesores de instituto) son un subproducto ya en su inmensa mayoría; iguales, pues, a las que buscaron ser iguales.
Se inaugura en Alemania, en el Panorama Museum de Bad Frankenhausen (Turingia), la exposición A la sombra de los sueños. Realismo mágico en España, en que participa con nueve cuadros Marcial Gómez, padre de mi amigo Miguel Gómez Losada. Esta condición, y el hecho de que yo conociera primero la pintura de su hijo, se ha incorporado a mi experiencia de su obra. La primera vez que la vi me emocionó en sí misma, y también por los puentes que aprecié con la de mi amigo. La pintura de cada uno es diferente, tiene su propia personalidad; pero a la vez hay matices comunes: un aire de familia. En ocasiones me he preguntado cómo será la tarea artística teniendo como referencia la figura del padre. Si añade angustia y tensión. No sé cómo habrá sido en Losada, porque nunca lo hemos hablado. Pero sí he observado desde siempre su pulcritud, su rigor: su cuidado por mantener limpia la vía por la que discurre la fecundidad entre las generaciones.
Se habla de la frialdad de Borges y uno se pregunta si los lectores (¡los críticos!) no tienen sensibilidad para captar la calidez. Pocos autores hay más cálidos que Borges, más hospitalarios. Borges cumple ese primer requisito de la hospitalidad de un escritor que consiste en escribir buenas páginas; pero es que además esas páginas son afectuosas. Que su materia sea habitualmente la inteligencia sólo hace más admirable el logro: la inteligencia de Borges nunca está desligada del existir, sino incrustada en él; es una inteligencia, en el sentido noble (no en el profesoral), filosófica. Tampoco hay autor menos libresco que Borges. Su truco no está en apartarse de los libros, sino en tratarlos vitalmente. Los libros son acontecimientos, cosas que le pasan: experiencias. Esto es Borges. Y en algunas ocasiones, incluso, la calidez se extrema e incurre en patetismo. El anciano Borges lo sabía y bromeaba. En Fervor de Buenos Aires, que sigo releyendo poco a poco, hay un poema que es un bolero genuino:
Ausencia
Habré de levantar la vasta vida que aún ahora es tu espejo: cada mañana habré de reconstruirla. Desde que te alejaste, cuántos lugares se han tornado vanos y sin sentido, iguales a luces en el día. Tardes que fueron nicho de tu imagen, músicas en que siempre me aguardabas, palabras de aquel tiempo, yo tendré que quebrarlas con mis manos. ¿En qué hondonada esconderé mi alma para que no vea tu ausencia que como un sol terrible, sin ocaso, brilla definitiva y despiadada? Tu ausencia me rodea como la cuerda a la garganta, el mar al que se hunde.
Las antípodas siempre habían sido simpáticas, hasta que Bardem soltó la parrafada aquella tristona en Los lunes al sol. Por su culpa los niños dejamos de soñar con deslizarnos como bomberos y asomar la cabeza por la otra punta del mundo. Las antípodas, ese columpio mental, el concepto que le daba ligereza al globo terráqueo, quedaban convertidas en quejumbre: la quejumbre de León de Aranoa, que lo más cerca que ha visto a un pobre ha sido desde la ventanilla del taxi. Yo antes estaba todo el día soñando con las antípodas. Me habían dicho que las antípodas de Málaga eran una ciudad de Nueva Zelanda llamada Wanganui, y pensaba llevar un cuaderno en que describiera mi vida en Málaga bajo el título de Mi vida en Wanganui. Yo en realidad era un neozelandés en sus antípodas. Un wanganuiano entre malagueños. Pero se interpuso la quejumbre de Aranoa-Bardem y las antípodas apestaron a selva lacandona, con la sudorosa imagen de Vázquez Montalbán acarreándole chorizos al Subcomandante Marcos... El juego de las antípodas se me había arruinado completamente.
Hasta que he encontrado el Mapa de Antípodas (gracias a Microsiervos) y he podido chorrearme como el niño bombero que siempre fui. Ahora cada cual puede hacerlo y asomar por el lugar exactísimo. Resulta que el punto más alejado de Málaga no era Wanganui, sino Matarangi. Que tampoco está mal.
* * * PS. Me manda un lector la canción de Krahe, que no conocía. Su conclusión es desalentadora: las antípodas están aquí.
Nací en Málaga (España) en 1966. Empecé Filosofía y Periodismo y terminé Filología. He trabajado en la alta cultura (una biblioteca, una editorial) y en la baja cultura (la televisión). He escrito para Kiliedro, Factual, Frontera D, Zut, Boronía o El Malpensante. Ahora lo hago para Jot Down y Zoom News.