31.8.11

La radio horrísona

Qué suplicio este fin de semana. El sábado, en la playa, a la hora de la Vuelta, busqué en la radio la retransmisión de la Vuelta, pero no había Vuelta: en todas las emisoras (¡en todas!), locutores chamuscados porque no les dejaban entrar en los campos de fútbol. Ahora les piden que paguen por la narración de los partidos, y ponían toda su artillería verbal en criticar la exigencia. Tenían razón, naturalmente: los equipos solo aportan sus mastuerzos con la pelotita; a partir de ahí, es el rapsoda radiofónico el que hace la épica, el que lo hace todo. Elabora un estadio paralelo que se sostiene solo en sus palabras, y es en ese estadio –y solo en ese– en el que pasan cosas. Pero a mí el fútbol me importa un pimiento: yo buscaba la Vuelta y no había Vuelta. Al final la dejaron asomar apenas en el sprint.

La melancolía por el eclipse del ciclismo daría para otro artículo –para otra andanada–, pero hoy sigo bajo los efectos de mi exposición radiofónica. El recorrido por el dial me hacía caer, a cada tramo, en boquetes gritones. El más espeluznante fue el de la Ser, con la tralla que le han puesto a Carrusel deportivo, en un intento explícitamente desesperado por reflotarlo. Había un tal Ponseti (¡Ponseti!) con un optimismo a prueba de bombas; pero él mismo era una bomba. Al tercer berrido, ya anhelaba yo extirparme los tímpanos, para impedir toda posibilidad futura de Ponsetis. Es la escuela de Pepe Domingo Castaño –“¡anima Pepe Domingo Castaño!” es un grito que siempre me ha dejado el ánimo hecho trizas–, que se pasó a la Cope con los demás excarruseles. Se ve que la temporada pasada el duelo se saldó con el fracaso de los otros, que ahora intentan triunfar metiendo más ruido. Probablemente lo consigan.

Digámoslo sin tapujos: el fútbol es lo peor. Es la cloaca de la sociedad, y lo que lo rodea es lo peor de cada sector de la sociedad: sus dirigentes son los peores facinerosos –por usar la expresión favorita del mayor facineroso que hubo–, sus deportistas y entrenadores son los más horteras y descerebrados, su público es el más zafio, y los periodistas que lo cubren son los únicos que están por debajo de los del corazón. Cuando llega el fútbol, se termina todo. Y en la radio es donde mejor se aprecia. Una cadena más o menos elegante como la Ser, pierde los estribos en cuanto aparece el fútbol. Esta temporada además, con la diseminación de los encuentros, la devastación se ha diseminado también: por morbo, seguí ya sintonizando y hubo fútbol el domingo por la mañana, el domingo por la tarde-noche –“¡Ponseti, hoy nos toca estar hasta las doce, Ponseti!”, gritaba su colega a las tres– e incluso el lunes. Ponías la radio a cualquier hora, y solo había jaleo.

Ciertos intelectuales –curiosamente, todos de izquierda y castristas: Vázquez Montalbán, Benedetti, Galeano...– lograron prestigiar el fútbol. Supongo que, como no había pan en los regímenes que propugnaban, querían dejar al menos el circo. Ya va siendo hora de iniciar una reacción elitista. Hay que recuperar, como alguna vez ha propuesto Savater, el insulto que profiere Shakespeare en El rey Lear (acto I, escena 4): “¡Vil futbolista!”; extendiéndola, por supuesto, a los locutores futbolísticos. Hay que reconstruir Europa (¡el mundo entero!) a partir de ese insulto.

[Publicado en Jot Down]

18.8.11

Jeanne Duval y el Papa

La última vez que el Papa fue a Madrid yo vivía en Madrid. Evité sus hordas, obviamente. Esa invasión histérica de felicidad: una especie de tuna-boy scout compuesta por quinientos mil cantautores, todos con la cara de Milikito. Era en mayo de 2003 y pinché en la tele por ver, más que nada, el aspecto de mi querida plaza de Colón. Me regocijaba que a no más de cien metros se encontraba (no sé si se encuentra todavía) el mayor burdel de Madrid: el Hot Girls, en el local de la antigua discoteca Bocaccio. Por la época había salido una columna (bastante papal, por cierto) de Manuel Vicent lamentando la deriva de aquel sitio mítico de la noche progresista madrileña: cómo ahora iban a follar allí los ejecutivos, donde antes había reinado la intelectualidad. Como si la intelectualidad no hubiera ido allí exactamente a lo mismo; como si lo que ellos daban a cambio de follar (disfrazado de teorías e ingeniosidades) no fuera también dinero.

El caso es que mi regocijo pudo ser completado, porque unos días después, todavía con los restos del escenario en la plaza, acompañé a un amigo al Hot Girls. Y digo acompañé porque yo (también bastante papalmente) no quise recurrir a los servicios de ninguna cortesana. Era mi amigo el que iba a lo que iba. Nos tomamos una copa, luego mi amigo entró con una chica y yo me quedé esperándolo, entretenido con el paisaje. De algún modo me pareció más limpio aquel trasiego de ejecutivos y putas que imaginarme a Vicent o a Umbral babeando ante una poetisa engatusada con la Visa Oro de ellos, que en aquel tiempo era el carnet de El País. Pero yo (¡ay!) pertenezco a ese deleznable sector intelectual. Por eso, cuando se me acercaba alguna a proponerme “travesuras sanas”, yo le respondía con boutades, como si me encontrase en el mismísimo Bocaccio. Me dio por soltarles que si aquellos días habían recibido visitas de las autoridades eclesiásticas, ávidas de pecar un poco antes de confesarse; si habían ido por allí obispos, cardenales... e incluso Su Santidad. La reacción de las putas era indefectiblemente la misma: el escándalo. Me regañaban y me daban la espalda, sus culitos de lencería. Me acordé de la Jeanne Duval de Baudelaire, la cortesana negra que se escandalizaba cuando el poeta la llevaba a ver los desnudos del Louvre.

De vuelta ya con mi amigo por la noche madrileña pensé con ternura en las chicas del Hot Girls. Seguro que algunas (eso se me olvidó preguntarlo) habían salido a ver al Papa. Se mezclarían con los histéricos boy scouts, con las hordas de fervorosos Milikitos: todos gritando hacia el escenario sin saber que a su lado estaba la salvación.

[Publicado en Jot Down]

11.8.11

Como la seda

Al fin llegó Irse a Madrid a Málaga, y su tortuoso viaje me ha recordado al que había que hacer para irse a Madrid a mediados de los ochenta: en aquel expreso Costa del Sol que se tiraba toda la noche para recorrer la mitad de la península. Siempre pasaba lo mismo: de madrugada ya no podías más, pero el tren llegaba a la siguiente estación y era Linares-Baeza. Todavía Linares-Baeza. La buena noticia para Manuel Jabois es que no es tan fácil salir de la provincia. Aquella primera vez los que nos escapábamos de Málaga éramos dos, mi compañero de Filosofía y de vocación literaria Cristóbal Ruiz y yo. Nos pasamos la noche hablando de Nietzsche, Baudelaire, Rimbaud, los dadaístas, William Beckford, Cioran: queríamos dar en Madrid con una buena nomenclatura iconoclasta. En el compartimento había un señor que nos miraba, y nosotros reforzábamos nuestras alusiones para epatarlo. Por la mañana, cuando el tren llegaba a Madrid y ya aguardábamos en el pasillo con las maletas, prestos para el abordaje, el señor se atrevió a preguntarnos: "¿A qué seminario vais? Porque sois seminaristas, ¿no?". El buen hombre supo ver lo que realmente éramos: clercs. No, no es tan fácil salir de la provincia...

Aunque Jabois, ciertamente, no necesita Madrid para nada. Para que le leamos no, desde luego: porque, además de este libro, está su blog, que es nuestra capital columnística. En cuanto a las vivencias: las que yo buscaba, que eran las de Martín Romaña, a mí no me pasaron en Madrid; pero a Jabois sí le han pasado en Pontevedra. Si hago balance, lo mejor fue cuando en la primera librería pedimos La vida exagerada de Martín Romaña, para que la leyera mi amigo, y el dependiente gritó: "¿Tenemos La vida exagerada, de Martín Romaña?". Aquella súbita corporeización del personaje creó un efecto precioso, que es el que tenemos desde el principio con Irse a Madrid, de Manuel Jabois.

El libro ha sido ya abundantemente comentado (*), por lo que no lo desmenuzaré. Sí quiero destacar lo que me parece más admirable: la calidad de la prosa. Su prodigio podría caracterizarse así: eufonía sin sonajero. Estamos acostumbrados a que se le llame "escribir bien" a los sobrecargados mazacotes que escriben, por tomar un ejemplo de cada lado ideológico, Montero Glez o Juan Manuel de Prada. Esas tiradas prosísticas atiborradas de alfajores. Mérito tienen, desde luego; pero es el esforzado mérito de la bollería pesada. Para mí el canon del "escribir bien" es el que marca una prosa como la de Jabois, que resulta eufónica sin que se note y posee las tres cualidades más corteses: la ligereza, la precisión y la fluidez. Es una prosa que va como la seda, tersa, sin una arruga. Despertando a su paso la sonrisa (y la carcajada), la melancolía, el destello lúcido, el quiebro o la emoción.

Leyendo Irse a Madrid de corrido (y casi corriéndome) he pensado que en él se cumple lo que le pedía Baudelaire a un libro de poemas en prosa: “¿Quién de nosotros, en sus días de ambición, no hubo de soñar el milagro de una prosa poética, musical, sin ritmo y sin rima, flexible y sacudida lo bastante para ceñirse a los movimientos líricos del alma, a las ondulaciones del ensueño, a los sobresaltos de la conciencia?”. El propio Baudelaire lo logró en su Spleen de París. El problema es que pronto pasó por "prosa poética" lo que no era más que una exacerbación del "escribir bien" que mencioné antes, con el resultado de que casi todos los libros de poemas en prosa posteriores han sido indigestos. Irse a Madrid sería un libro de poemas en prosa en el sentido original de Baudelaire: sus textos son poemas preservados por el hecho de que son artículos; son poemas en tanto que son artículos.

* * *
(*) Entre otros, por Arcadi Espada, Elvira Lindo, Txani Rodríguez (hacia el minuto 41), Conde-Duque o Guille Ortiz. (Este último dice la que quizá sea la frase más penetrante sobre Jabois: "Cuando escribe, no está pensando en más consecuencias que las estéticas". Estéticas en el sentido noble, por supuesto: que es el inmoralista.)