Llevo solo diez páginas de relectura de Radiaciones y se confirma mi idea de que es el mejor libro posible. En mis instrucciones para leer a Jünger, que en buena medida eran una relación de cómo yo mismo fui leyendo a Jünger, con algún reajuste fruto de la experiencia, aconsejaba empezar por el "Primer diario de París", porque así lo hice yo. Ahora, sin embargo, he comenzado por el principio, "Jardines y carreteras". En las primeras anotaciones, como señala Sánchez Pascual, Ernst Jünger se refiere "a su 'doble trabajo': en el jardín y en las cuartillas". Consideraciones sobre la tierra y las plantas, sobre los insectos; consideraciones sobre las frases, la alquimia de los sonidos y las letras. En sus párrafos diarísticos suele darse un doble movimiento, simultáneo, de profundización y de elevación. Lo que asombra, por decirlo en términos populares, es el nivel. Por ejemplo, en la anotación del 4 de abril de 1939:
Trabajado mal, lo que era previsible por el modo como he soñado y dormido. No todos los días son jornadas de captura, mas para mí es jornada de caza cada día – quiero decir que me paso la mañana dando forma a frases y desechándolas, cual alfarero que rompe sus cacharros. De esa situación me doy cuenta muy pronto y en realidad podría salir a darme un paseo. Me quedo, no obstante, y eso me hace suponer que también este esfuerzo encierra un significado. Son pocas las cosas que hacemos en balde.
Y en la del 11 de abril, que he leído esta mañana:
Nos falta ante todo una virtud, a la que podemos denominar "el arte de recibir regalos". En esto es preciso seguir siendo niños, la fortuna acude entonces por sí sola. Incluso creo haber observado que el dinero –no me refiero al dinero abstracto, sino al concreto, el de las herencias, el de los obsequios y el de las ganancias– tiene predilección por unos receptores enteramente determinados. Esto no es tan raro como parece, pues todos los que hacen regalos darán preferencia a quienes saben también recibirlos. De ahí que todos hagamos obsequios a los niños.
Volviendo a la del 4 de abril, al párrafo citado sucede otro admirable. Menciona su tarea en el jardín, y que ha leído
El puente de San Luis Rey, de Thornton Wilder. A propósito escribe:
En un pasaje de este libro aduce su autor las señas características del aventurero auténtico – una de ellas es entablar conversación con extraños. Eso podría ser efectivamente un signo de primer rango. Si pasamos revista a las personas que nos son conocidas, aparecerán muy pocas cuyo conocimiento no nos lo haya facilitado un tercero que actuó de intermediario.
Continúa haciendo interesantes observaciones sobre el tema; algunas picantes incluso. Y, hacia el final, una elevación:
Tal como corresponde a seres sociales, en casi todos los grupos humanos ingresamos tan sólo si alguien nos introduce en ellos. El aventurero, que es un ser no social, se las arregla con el talento que le es propio.
Jünger podía haberlo dejado ahí; pero se eleva todavía más:
Como una aventura espiritual cabe considerar también la autoría, y con ello está relacionado el hecho de que cada uno de los autores disponga de un número de conocidos que se ha ganado dirigiéndoles directamente la palabra.
* * *
Avanzo un poco más y doy (al final de la anotación del 18 de abril de 1939) con una idea que no se me ha olvidado en todos estos años y que quizá cifre la ética metafísica de Jünger:
En nuestra condición de humanos disponemos de sellos de soberanía que son difíciles de romper si no los estropeamos nosotros mismos; aun los animales sienten el sortilegio de tales sellos. Lo único que se precisa es saber, como el romano Mario, que somos invulnerables.