30.10.11

Tres versiones de João Gilberto

Se me ha ocurrido buscar en YouTube los originales de las dos canciones de João Gilberto en italiano –"Estate", de Bruno Martino, y "Málaga", de Fred Bongusto– y ahí están: deliciosas y con ese toque hortera de la canción italiana. En las versiones de Gilberto se incrementa la delicia y desaparece lo hortera: hay una depuración magistral. La depuración alcanza también a la letra: el verso de queja de Martino contra el verano de su amor ("odio l'estate") lo suprime Gilberto. De este modo la pena queda más limpia y más desconsolada; no la distrae el reproche, sino que permanece absorta. En cuanto a "Málaga", Gilberto elimina todo el folclorismo del original italiano y deja una línea pura que ya quisiera Málaga. (João Gilberto llegó a cantarla aquí.)







* * *
Pero donde más asombra el arte depurador de João Gilberto es en la versión que hizo de "A rã" (o "The frog") de su amigo João Donato. En el libro de Ruy Castro que traduje, Bossa Nova. La historia y las historias, se dice lo siguiente a propósito del álbum João Gilberto en México (1970):

Las novedades del disco, además de los boleros, eran "O sapo", de João Donato, y "Samba da pergunta", de Pingarilho y Marcos de Vasconcellos. La primera, posteriormente conocida como "A rã" –después de la letra que le pondría Caetano Veloso–, formaba parte del único disco reciente de un brasileño que João Gilberto oía mucho en los últimos tiempos: A bad Donato, el gran elepé que su "otro yo" había grabado en California aquel año. Lo sorprendente de esto era que A bad Donato parecía una infernal cacofonía free-jazzística, con una cargadísima percusión afro-cubana, incluso la que sustentaba "The frog": aparentemente nada que ver con João Gilberto. Pero en su disco mexicano pasó el sapo de Donato por la licuadora y destiló esa musicalidad vocal, suave y caudalosa, típicamente João Gilberto.

29.10.11

Maigret en Lisboa

Estoy muy ocupado, pero en la mesilla tengo un libro de Maigret del que a veces bebo sorbos. Son sorbos limpiadores, desretorizantes. Se titula Maigret e o corpo sem cabeça y pertenece a una colección de novelas de Simenon en portugués, editadas en los años cincuenta por la Livraria Bertrand. (Ya hablé de otra aquí.) Sus cubiertas llevan todas el mismo diseño, solo el color va cambiando; recuerdan a los títulos de crédito de Saul Bass para las películas de Preminger o Hitchcock. La repetición del formato es un anuncio de la repetición del placer, como ocurre en las buenas series televisivas. No nos cansamos de acompañar a Maigret, de mirar con sus ojos, compasivos por lúcidos. No nos cansamos de la pulcritud de las frases de Simenon, de su sutil montaje de secuencias: un corte limpio que deja los renglones sin grasa.

Y, en esta ocasión, el gusto añadido del portugués: la transformación que opera en el ambiente. Estamos en París, en sus barrios, en sus muelles; pero a la vez estamos en Lisboa. Se produce una maravillosa superposición de las dos ciudades. Maigret ha tenido siempre algo de pessoano y aquí esa cualidad gana. Hay una melancolía lisboeta en las historias, y el traductor nos ha concedido también la gracia de traducir rue por rua.

28.10.11

Retardo en prosa

Ahora leo a Arcadi Espada con una semana de retraso, porque no me he abonado a Orbyt, el periódico digital de El Mundo. El día correspondiente, pero de la semana posterior, aparece en su blog la columna. Me gusta el efecto. La ola de la actualidad ya ha bajado cuando asoma el último pez: la columna de Espada, que suele ser la mejor. El mar es implacable: con la espuma de la actualidad se lleva a los plumillas. Pocos resistirían ser leídos una semana después: un periódico atrasado siempre envuelve pescado podrido. Espada sí resiste, y, con este retardo, amaga un principio de posteridad.

27.10.11

Estaba repartida

Me fascina el escritor mexicano Xavier Velasco. En España lo descubrimos en 2003, cuando le dieron el Premio Alfaguara de novela. Llegó como enfant terrible, con todo el repertorio del enfant terrible. Fijo en su pose, se esforzaba en las entrevistas, intentando epatar con historias de bajos fondos y de besos en la boca con wasabi. No podía saber que aquí su cara ya estaba repartida: la tenía Milikito.

26.10.11

La Logse que se muerde la cola



El PP quiere cargarse la enseñanza pública, pero llega tarde: ya lo ha hecho el PSOE. Ese trío mortal, Maravall-Rubalcaba-Marchesi, la dinamitaron con la Logse. En 1983 todavía llegó a mi instituto –público– un alumno de la privada que quería más nivel. Hoy eso resultaría risible. Los ricos –incluidos los hijos de los capitostes socialistas– estudian donde quieren; los pobres tienen que comerse la escombrera que les han dejado.

Yo, en tanto socialdemócrata, me opongo a los recortes en Educación, naturalmente. Que el PP, donde ya está pudiendo, haya empezado por ahí es una abyección intolerable. Pero que se organicen manifestaciones solo contra eso me parece una bufonada. Al final los profesores y los sindicatos se movilizan exclusivamente por sus derechos laborales. Me parece muy bien: pero que no se excedan en la matraca. Los sindicatos, por lo demás, con su política de colar a los interinos en las oposiciones frente a los candidatos mejor preparados, están entre los responsables del descalabro educativo.

Y ahora sale el vídeo del PSOE, el de la niñera pobre con el niño rico por esa calle que parece un decorado de Médico de familia. Los tertulianos de todas las cadenas, menos la Ser, repetían anoche que ese niño podría ser el hijo de Blanco o de Montilla. Es verdad, pero a mí me interesa resaltar otra cosa. Ese vídeo supuestamente en favor de la enseñanza pública es la prueba de su hundimiento: ante una población con un nivel cultural decente no podría emitirse, porque lo consideraría un insulto.

Al final el PSOE apela, en ese vídeo, a un doble electorado: al de los restos del analfabetismo franquista, la desdichada población –entre la que se cuentan mis padres– que no pudo acceder a la enseñanza tras la aniquilación de la República; y al de los analfabetos funcionales fabricados por la propia Logse.

[Publicado en Jot Down]

25.10.11

Lemas electorales



Nuestros, así llamados, grandes partidos ya tienen sus lemas electorales. El del PSOE: "No te sumes al cambio". El del PP: "Pelea por lo que no quieres".

23.10.11

Una malísima novela

Me he quedado sorprendido de lo mala que es La muerte viene de lejos, la segunda de las novelas policiacas de José María Guelbenzu; y si lo cuento es por la sorpresa. A mí Guelbenzu me cae bien; en mi mente estaba asumido, de facto, su prestigio como hombre importante de nuestras letras, riguroso, que sabe de literatura. De adolescente leí El mercurio y me gustó; más adelante repetí con La noche en casa y La mirada, de las que lo he olvidado todo pero que me dejaron un buen sabor de boca. No llegó a convertirse en uno de mis escritores preferidos, pero siempre he estado atento a lo que ha dicho, y he leído con gusto sus críticas sobre novela extranjera en Babelia (de una de las cuales llegué a copiar un pasaje). En mi simpatía también contaba el que hubiera sido uno de los antólogos de los primeros poemas de José Emilio Pacheco que leí. Cuando hace diez años empezaron a aparecer sus novelas policiacas, se me despertó el interés. El autor declaraba en las entrevistas que eran un descanso "de género" en sus exigencias, y era justo eso lo que me apetecía en este instante: leer a un buen escritor con las pretensiones rebajadas. Daba por descontado un mínimo de calidad. Por eso la semana pasada no me compré una sola para probar, sino tres de golpe, las que encontré en edición de bolsillo en la librería. No estaba la primera de la serie, No acosen al asesino (2001), así que he empezado por La muerte viene de lejos (2004). Me disponía a pasar una temporadita grata en compañía de la juez Mariana de Marco, pero las otras dos, El cadáver arrepentido (2007) y Un asesinato piadoso (2008), ahora van a tener que esperar.

La sensación de estafa ha sido reconocible: es como la de las películas del cine español, de la que ya hablé. Me he visto con la novela comprada sin que ninguna instancia crítica a lo largo de estos años me hubiese advertido, ni siquiera insinuado, que se trataba de un bodrio. Al contrario: la elogiaron. Busco reseñas de entonces y la aparecida en Letras Libres es un buen ejemplo. Para hallar algo sin mentira hay que irse a un blog. La novela está mal hecha: es banal, chapucera, previsible; su trama es de telefilme barato, sus personajes planos, sus diálogos tópicos; la escritura es descuidada, con las comas mal puestas y todos los "deber de ser" sin la preposición. No tengo ganas de detenerme en el despropósito, ni de analizarlo: no quiero perder más tiempo con este libro. Solo señalaré lo que me ha resultado más curioso, y que es lo único bueno que contiene (rodeado de malo). En ocasiones se insinúa algo –un conflicto moral, una indagación psicológica– que me recuerda a las frases de ese tipo que hay en las críticas de Guelbenzu. En estas uno siente el peso fantasmático de la novela que no ha leído, sustentándolas. En La muerte viene de lejos esas frases resultan sugerentes en sí mismas, pero no se sustentan en ninguna novela: desde luego, no en la que estamos leyendo.

22.10.11

Agua y ceniza

En los últimos tiempos era un fastidio: caía agua desde un piso superior. Alguien regaba. Y fumaba: también caía ceniza. Mi escritorio está pegado a la ventana. A veces el agua me rebotaba a mí, y al ordenador. La ceniza era más dócil: se depositaba en el alféizar. Hace una semana, por una esquela en el portal, me enteré de la muerte de un vecino. Había dejado de verlo hacía años y resulta que estaba encerrado en su apartamento, sin salir. Hace una semana que no cae agua, ni ceniza.

20.10.11

Gadafiana

Sigo sin ganas de escribir, pero la actualidad manda y ya tenía escrito algo apropiado sobre la gran noticia del día (la otra me la tomaré en serio cuando el primer escritor de San Sebastián, Fernando Savater, pueda darse un paseo sin escolta por su ciudad, gobernada por los correligionarios de los criminales que le obligan a llevar escolta). La siguiente "Gadafiana" la escribí hace casi cuatro años, el 16 de diciembre de 2007:

* * *
1. Repugnantísima la cena de Aznar con Gadafi. Gadafi: un tipejo que vale, él solito, por cien Josus Terneras... ¡Y Aznar cenando con él!

2. Abro los periódicos por la mañana, esperando encontrarme ásperas críticas contra Aznar por ello. ¡No las hay! Me malicio por qué y voilà! Es que mañana come también con ZP. (La prensa española chorrea mierda por todos sus flancos, sin remisión.)

3. Me entero luego por el telediario de que Gadafi se reunirá esta tarde igualmente con el SOC. ¡El SOC! ¡El Sindicato de Obreros del Campo, del repulsivo Diego Cañamero!

4. Leo además que Gadafi se pasea por Sevilla en un coche con cristales ahumados, de incógnito. ¿Para qué? Le hubiera bastado con que el Loco de la Colina le prestase alguna de sus ropas... y podría haber paseado por la ciudad tranquilamente, con todo el mundo pensando que era el mismo Jesús Quintero y no Gadafi.

* * *
(21-X) He encontrado una cita de Jünger aplicable. Está en el primer tomo de Radiaciones, en la entrada del 17 de julio de 1939:

Tras haber gobernado tiránicamente muchos años, [el emperador Andrónico] fue derrocado y dejado en manos del populacho de Bizancio; éste estuvo torturándolo a muerte muchos días, pero procurando ansiosamente conservar su vida y su consciencia, igual que se protege una luz de una corriente de aire demasiado fuerte. Los oprimidos arreglaban sus cuentas con el caído como lo haría un enjambre de insectos. Las últimas palabras de Andrónico: "Dios mío, ¿por qué permites que sigan pisoteando sin fin un tallo que ya está roto?". Luego pudo verse que se llevaba una mano a la boca, sin duda para chupar la sangre que allí brotaba de una herida.
El traductor Sánchez Pascual comenta a pie de página: "alusión secreta a Hitler. Jünger se imaginaba que el final de Hitler sería semejante al aquí descrito del emperador bizantino".

5.10.11

Duchamp vive



Pínchese en la imagen de arriba. Además, la instalación del Mont Ventoux. Y abajo, enviada por Chema Cobo, la Mujer Urinario.


3.10.11

Jugada maestra

Ha llegado el momento de hablar –otra vez– de los Diarios de Iñaki Uriarte, cuyo segundo volumen acaba de aparecer. He dudado si hacerlo en Jot Down, ya que Manuel Jabois le dedicó aquí una columna. Pero me he dicho que uno de los dos mejores libros del año bien vale la repetición. El otro, por cierto, es el de Jabois, y ambos están en Pepitas de Calabaza, la editorial que acierta en todo menos en su lema: “con menos proyección que un cinexín”.

Dudaba además si el título general de estas colaboraciones –Desmontes y voladuras– no sería inapropiado para el elogio. Aquí podría esgrimir el precedente de Cioran, que junto con la dinamita publicó sus Ejercicios de admiración. Pero lo cierto es que no hace falta. Elogiar a Uriarte tiene también su lado de crítica destructiva: destructiva de todo lo que no es Uriarte. Su prosa es un desmonte de todas las demás prosas; y su ejemplo es, en la práctica, una voladura de (casi) toda su generación.

Aunque sin deliberación por su parte, biográficamente le ha salido una jugada maestra: ser el último de los de su edad en tomar la palabra; aparecer vivo y coleando cuando el resto está embalsamado o desaparecido. De pronto nos encontramos con un miembro de la generación que tomó el poder en los ochenta que se mantuvo al margen, haciendo su vida, y nos lo cuenta ahora. No se ha envilecido: hay continuidad entre su entonces y su ahora, pese a que sus costumbres hayan cambiado un poco, por sabiduría y por la diabetes.

En una de las entradas de 2004, Uriarte habla bien de la biografía de Jaime Gil de Biedma que escribió Miguel Dalmau. El despellejamiento que sufrió esta obra fue un síntoma de la impostura de la gauche divine y los hippies: sexo y drogas al principio; puritanismo biempensante después, con coartadas en el tránsito. De algún modo, se nos había hurtado un hilo razonable entre la juventud descocada y una madurez no embrutecida. Este hilo se encuentra en los diarios de Iñaki Uriarte. El retardo en su aparición trae distancia, pero a la vez preservación de lo vivido. Cuando aparece el pasado en las anotaciones actuales, lo hace con limpieza: y de tal limpieza se benefician también las anotaciones actuales, que hablan de otro periodo de esa misma vida.

El secreto es la actitud, que en un diario se manifiesta en la voz. Leer a Uriarte es quitarse adherencias. Sus soluciones son simples como las de un maestro zen. Predomina la voluntad antirretórica, tanto en el estilo como en los asuntos. Yo simpatizo con casi todo lo que dice, aunque su arte lo aprecio mejor en aquello con lo que discrepo: ciertas críticas a los antinacionalistas, ciertas ironías sobre Savater (¡siempre Savater!)... que me escuecen pero que, al ser sensatas, reducen mi tendencia a las strong opinions. No dejo por ello de discrepar: pero se dinamiza mi asentamiento. La política, por lo demás, ocupa un lugar secundario en el libro: si aparece es como consecuencia de la naturalidad. Al igual que otro elemento que los autores suelen escamotearnos: sus condiciones económicas.

Uriarte pone en práctica la lección principal de su maestro Montaigne: toda vida puede ser contada sin afectación. La herramienta es una escritura diáfana, cuya depuración me recuerda a la que João Gilberto ha logrado en la música. Cuando hablé de la prosa de Jabois, dije que en ella se daba una “eufonía sin sonajero”. En la de Uriarte nos encontraríamos con una eufonía... sin eufonía. Va limpia y clara, sin efectos. Por renunciar, renuncia hasta al exceso de elipsis; no se queda en el esqueleto, sino que tiene carne: la carne suficiente. A los demás nos sobran trucos: suena la guitarra y nos echamos a bailar. Mientras, Uriarte insiste: “no soy escritor”, “no sé escribir”. Y ahí está la clave.

[Publicado en Jot Down]