28.2.12

Descanso sin bajarme del caballo

Saco de una puerta baja y honda del armario un montón de libros que tenía allí desde hacía mucho, y que no frecuentaba por la incomodidad. Entre ellos está mi primera edición del Museo de cera de José María Álvarez, publicado por La Gaya Ciencia en 1974 y que yo adquirí once años después, durante mi primer curso universitario. Lo encontré tras un recital memorable que Álvarez dio en Málaga, en el único bar civilizado que hemos tenido: El Cantor de Jazz. Museo de cera fue de mis libros favoritos, de los que más leí: en esa edición y en la voluminosa que apareció luego. Terminé aborreciéndolo, por exceso; quizá contribuyó el título. Se me ocurre que debería haber sido mejor Palacio de invierno, o algo así. Pero hoy lo he hojeado y los poemas han vuelto a gustarme. No se llega fácilmente al primero. Hay que pasar el título general, el título de parte, el título de capítulo y, tras cada uno de ellos, citas: de Villon, Peter Weiss, Melville, Virgilio, Michel Foucault, Hitchcock, Proust, Cavafis, Lowry; además de la implícita de Dylan Thomas en el título del poema ("Oh, hazme una máscara") y la dedicatoria a Josef von Sternberg. Entonces, solo entonces, aparecen los versos:

Descanso sin bajarme del caballo
El calor destroza cuanto se ve
Ante mí la Frontera
Una voz me dice no cruces nunca esa Frontera
Fumo un cigarro
Sacudo mi uniforme de 35 campañas
Indiferente como un caballero
Que lo ha perdido todo y no espera ganar nada
Cruzo el río.
* * *
Epílogo melancólico. Buscando en Google algún rastro de aquel recital en Málaga, encuentro la noticia de que el dueño de El Cantor de Jazz, cerrado unos años antes, murió abrasado en 2007. No sé qué pensaría Espada de estos artículos, pero lo cierto es que entre uno y otro componen una novela. Báez también lo habló en su blog, copiando un poema del fallecido que termina: "Acaso algún día descubriremos / por qué el cadáver mudo que arrastramos / nos mira, implorando que lo dejemos morir".