14.4.12

El formato es el mensaje

Con los depósitos audiovisuales de la red uno puede montarse historias instructivas en un rato. Historias a las que podría haber asistido en su tempo normal, de haber estado pendiente, pero que la compresión refuerza. Yo el jueves me armé una, con piezas que se emitieron el lunes. El protagonista fue Javier Sardá, uno de los individuos que más ha contribuido al envilecimiento de este país (con gran satisfacción de este país). Ahora escribe libros. El nuevo se titula Mierda de infancia y en él refiere los difíciles primeros años de su vida, creo que hasta los treinta. Me enteré por el primero de los dos elementos audiovisuales de esta historia: la entrevista que le hicieron en la Ser Gemma Nierga y Juan Carlos Ortega (este último, por cierto, no un envilecedor, sino un ennoblecedor de todo lo que toca: no hay hoy humorista más fino –ni más culto– que él; su descubrimiento por Sardá hay que restarlo de la labor envilecedora de Sardá). La entrevista es emocionante. Sardá, cobijado por Nierga y Ortega, y por el formato tranquilo, cuenta sus desgracias infantiles, que fueron muchas; aunque sin caer en el lamento: destacando también lo bueno que hubo, sobreponiéndose. Ortega lee un párrafo del libro, cuya escritura es flojita pero que describe una imagen impresionante: el niño Sardá está en un tiovivo; ha perdido a su madre a los ocho años y siente angustia de perder también a su padre; el tiovivo da vueltas y a cada vuelta el niño piensa que el padre no va a estar... Bien, la entrevista termina. Nosotros, oyentes, estamos conmovidos (al fin y al cabo, la historia es verdadera; al fin y al cabo, Sardá es "un gran comunicador"). Sabemos lo importante que este libro es para Sardá. En el curso de la entrevista, este ha contado que se encuentra en Madrid porque esa noche va a estar en la tele, en El hormiguero. Así que después del podcast radiofónico me busco el YouTube televisivo.

Ni Sardá ni el libro son tomados en serio en ningún momento. Dominan el estruendo, el grito, la crispación lumínica, el vaivén. Domina, exactamente, el envilecimiento que entre nosotros hizo triunfar Sardá (tras el pionerismo algo patético, y chapucero, de Pepe Navarro). El resultado es algo así como cuando a un terrorista le explota la bomba que llevaba: de pronto Sardá se da de bruces con su formato. Acude con su libro emotivo y el formato lo tritura. Motos enseña la portada, con la carita del niño Sardá, y el público se ríe. Luego hablan de pedos. Sardá, naturalmente, no se deja apabullar: conoce (¡cómo no!) el medio y se pone gallito, trata de autoironizar, se muestra dinámico, sport; se enrolla. Pero, como acabamos de escucharlo en la radio, sabemos cuál es en ese instante su realidad: la del payaso triste que cuenta sus desgracias y el público se descojona. Mierda de formato.

[Publicado en Jot Down]