Otra para mi harén baudeleriano
Poco a poco voy montándome un harén de desconocidas (¡passantes de Baudelaire!) y el martes hice mi última adquisición. Recuerdo otras que anoté: la del perro, las de la pista de atletismo, la china popular... La del martes apareció en Torremolinos. Fui a tomar notas para un artículo, con un gin-tonic; la tarde era grisácea. Antes me di un paseo hasta el mirador. En un semáforo surgió ella: delgada, como en los treinta, con ese look hippy pero sofisticado que adoptan algunas mujeres; falda larga de vuelo caro, una bolsita con ropas de boutique. Y en la otra mano la correa (extensible) de su perro. Yo no sé de perros pero sí sé de tamaños: este era pequeñito. Llevaba en la boca, como un bebé, un cocodrilo de goma verde; verde eléctrico. Al morderlo, el cocodrilo chillaba. Era una estampa que en sí misma ya valía: la mujer atractiva (le vi el perfil al pasar y tenía una sonrisa larga, como de ironías interiores, un poco crueles) y el perrito con su cocodrilín que chillaba. Pero ocurrió eso: que se acompasaron nuestros pasos, ella delante y yo detrás, y pude estar observándola con demora. El cuadro se enriquecía, mejoraba con el movimiento. El perrito de pronto soltaba el cocodrilo, y la elegante mujer le daba a este una patada para que el perrito fuera a buscarlo. Ese era el juego. El perrito corría, mordía el cocodrilo, que chillaba, y unos pasos más adelante lo volvía a soltar. La mujer entonces, que caminaba con sofisticada compostura, soltaba otra patada seca, la obra maestra de todas las patadas. Yo estaba encantadísimo. Embelesado con la escena, aunque sin forzar mi seguimiento. Tan solo mantenía mi rumbo, con la fortuna de que el de ella parecía ser el mismo. Al cruzar una calle el perrito se demoró y yo me adelanté. Tuve entonces la misma estampa pero por detrás, y solo acústica; su acústica inconfundible: pasos de mujer y pasitos de perro, chillido de cocodrilo, y de vez en cuando patadón. Llegamos a esa calle que he puesto en la foto (que saqué a mi vuelta). Ahí el azar nos dispuso en paralelo. Ella iba por la acera de los banquitos azules y yo por la otra. Ambos en la misma dirección. Yo atendía a los sonidos y de vez en cuando echaba una mirada a la derecha. Ella se dio cuenta y me miró también un par de veces. Pero seguía igual. No se cortaba (¡los dioses la bendigan!) al dar el patadón.
