30.6.12

El libro y la película

Lo primero que leí del Libro del desasosiego no fue en libro sino en periódico. Yo tenía diecisiete años y supuso una revelación. Fue en el suplemento literario de El País, que publicó una selección con motivo de la salida de la obra en España. Aquella edición de Seix Barral, con traducción de Ángel Crespo, sería pronto la mía. Hoy tengo otras dos en portugués, una comprada en Lisboa y otra en Río de Janeiro, y sé que Acantilado sacó una traducción nueva en español. La propia Seix Barral ha reeditado el libro con una portada diferente. Pero la que yo leo sigue siendo la de 1984, con Pessoa en su mesita, prototipo del escritor envidiable.

Aunque la revelación, como digo, fue en el periódico. Descubrí aquel día el nombre de Fernando Pessoa y descubrí que se podía escribir así. Yo no lo sabía. Para el adolescente es vital encontrarse con lo que se puede hacer; no me refiero a “lo que está permitido”, sino a “lo que es posible”. Aquello que es posible hacer pero nunca se había imaginado. Yo no sabía que se podía escribir con esa intimidad, con esa transparencia y con esas dudas. Yo no sabía que se podían expresar tan abiertamente las tribulaciones. Ni contar que no se es nadie, y que se está al margen, y que la vida pasa como un río ajeno. Que se podía ser tan original reduciéndose al máximo. Que era posible despojarse de toda retórica positiva. Que se podía escribir sobre el vacío de un modo tan suave y elegante, con tan poca tragedia.

Luego he encontrado a lectores que se sintieron abrumados con el Libro del desasosiego, y que lo rehúyen porque les deprime. A mí me salvó la vida. Para el adolescente es un alivio saber que no hace falta estar completo, ni conocer mundo. Que el mundo que uno ocupa –y constituye– es bastante. Que cuando la voluntad decae, aparece otro territorio que merece exploración: el de la falta de voluntad. Sin agonías. Baudelaire se había puesto histérico con el spleen, pero Pessoa lo habita. O mejor dicho: su semiheterónimo Bernardo Soares, a quien atribuye las páginas del Libro del desasosiego (en Pessoa sí hay histerismo, pero está en Álvaro de Campos). Bernardo Soares es ayudante de contable, que en portugués se dice ajudante de guarda-livros; por lo que el Livro do Desassossego sería aquel en el que lleva la contabilidad (fragmentaria) de sus pensamientos y sus sensaciones.

En una anotación de sus Diarios, cuenta Iñaki Uriarte que cuando leyó por primera vez el Libro del desasosiego llamó “entre las lágrimas y el entusiasmo” a El Correo para decir que “la publicación de ese libro era noticia de primera página”. Yo lo he estado hojeando ahora otra vez y encuentro que todo lo que dice sigue siendo actual. Probablemente no haya leído nunca nada tan actual en una página de periódico como los fragmentos, escritos medio siglo antes, que leí aquel día: como si el “no-ser” que se cuenta en ellos poseyera la fórmula para seguir no-siendo, sin oxidarse.

Había que escoger también una película y me he decantado por una lánguida y hermosa: La vida privada de Sherlock Holmes, de Billy Wilder. Se estrenó en 1970 y fue un fracaso. La película que hay es una sombra de la que soñó Wilder. Para Holmes quería a Peter O’Toole y para Watson a Peter Sellers, y se debió conformar con Robert Stephens y Colin Blakely. Tuvo además que eliminar una hora y veinte, por exigencia de la distribuidora. Según recoge Ed Sikov en su biografía de Billy Wilder, este había concebido la película “en cuatro partes, como una sinfonía: una para el drama, otra para la comedia, una para la farsa y la otra para el romance”; y solo pudo dejar dos. En el fondo Wilder tenía el propósito de autorretratarse, por medio de un “estudio serio” del detective misógino y exacerbadamente cerebral. Quiso hacer su película más propia, pero terminó renegando del resultado.

El caso es que, vista hoy, La vida privada de Sherlock Holmes es una maravilla. Todos los contratiempos han terminado reforzando el tono requerido, que era precisamente el del fracaso. El Holmes de Stephens no se puede comparar al de Jeremy Brett (que es inalcanzable), ni a los de Basil Rathbone o Peter Cushing. Pero es un Holmes perfecto para esta película: con algo menos de brillo y de carácter, autoirónico, vulnerable. Un Holmes en el que se ceba con especial encono el aburrimiento que hay entre caso y caso, en el que el recurso a la cocaína está más justificado y que está ya expuesto a caer en el amor. Como no podía ser menos en una película de Wilder, hay chistes magníficos y una trama estudiada (que se sostiene pese a los cortes); pero el enamoramiento de Holmes, el proceso de su relación con el personaje interpretado por Genevieve Page, es lo que deja poso. Conmueve por la compostura, por la distancia: es una pasión que va por dentro; la pasión del cerebro que se enamora, y entonces pierde.

El arte de Wilder alcanza su mayor finura en cómo convierte a los dos en un matrimonio de mentira que en lo profundo es de verdad. Para la misión en Escocia, Holmes propone que ambos se hagan pasar por unos “señores Ashdown”, y Watson por su valet de chambre. Y con esa ficción queda cifrada la situación auténtica. La pareja tendrá hasta su noche de bodas, en dos literas superpuestas que habrían hecho las delicias de Duchamp: su disposición recuerda a la del Gran Vidrio, solo que en este el elemento femenino está arriba y el masculino abajo. Al término de la película hay una última punzada. Tiempo después, Holmes recibe en Baker Street la noticia de que ella ha sido fusilada en Japón porque la han descubierto en sus tareas de espionaje. Se había hecho pasar por la señora Ashdown. Holmes le pide a Watson que le diga dónde ha escondido la droga. Watson, que ya ha leído de reojo la carta, se lo indica. Holmes la coge y se encierra en su habitación. Pocos finales hay tan melancólicos (¡y bellos!) en la historia del cine.

Esta decisión azarosa de juntar el Libro del desasosiego con La vida privada de Sherlock Holmes me impulsa a jugar con puentes. Bernardo Soares sería el Holmes que se aburre entre caso y caso, pero establecido en ese aburrimiento: sin memoria de casos pasados ni esperanzas de casos futuros. Y también menos torturado, porque en ese impasse que es su vida entera encuentra un motivo de distracción (después de todo, un caso): la del examen del cadáver que es él mismo, deambulando por Lisboa. Por su parte, Holmes, incurriendo en uno de esos anacronismos que tanto divertían a Borges, podría reconocerse en Soares: “La Decadencia es la pérdida total de la inconsciencia; porque la inconsciencia es el fundamento de la vida. El corazón, si pudiese pensar, se pararía”.

[Publicado en Jot Down]

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