1.8.12

Bernhard en el Emperador

Sumergido toda la tarde en la correspondencia de Bernhard, que es básicamente (¡Bernhard no nos engaña!) la correspondencia de un sentimental. El 14 de noviembre de 1967 le escribe a su editor Unseld:

En los últimos tiempos he dudado de si tenía un editor, porque me parecía que nadie se preocupaba de mí. Luego, sin embargo, pensaba en qué es verdaderamente un buen editor, hoy, qué aspecto tiene, y entonces, posiblemente, en contra de mi voluntad, he pensado en usted. Era usted a quien había que tomar en consideración, a nadie más.
Ya el 18 de mayo de aquel año le había escrito:
En mi caja fuerte, que no es imaginaria, guardo como lo más importante la confianza en mí de mi editor, un tesoro maravilloso y natural.
Pero la relación, por supuesto, es más compleja, y de sus vaivenes, para quienes aún no hayan leído las cartas, se habla adecuadamente en el artículo de hace justo un mes en El País, que es bueno salvo en el título: "Domar a la fiera Thomas Bernhard".

Yo aquí solo quiero señalar unos cuantos detalles que completan mi mapa bernhardiano. Por ejemplo, que Bernhard estimaba a Octavio Paz, según una anotación de Unseld de 1980 (p. 248), o que se encontró con Max Frisch en el aeropuerto de Málaga, camino de Torremolinos (p. 333). A Torremolinos llegó en diciembre de 1988 y había cortado con su editor tres semanas antes, por lo que no hay cartas desde aquí. Pero la relación con Unseld se reanudó al final. El editor lo visitó en Salzburgo el 28 de enero de 1989, y por su informe de la visita (pp. 332 y ss.) me entero de otra cosa que ignoraba: que Bernhard no estuvo hospitalizado una vez que se fue enfermo de España. Al contrario, estaba suelto e incluso juguetón. Hablando, entre otras cosas, de la muerte de Dalí, que había ocurrido cinco días antes. Bernhard moriría el 12 de febrero. Otra sorpresa ha sido saber que Bernhard tuvo relación con el hotel Emperador ("y trabajar, como antes en el Emperador"), que es uno de los puntos de mi mitología madrileña y que ahora entra a formar parte también de mi itinerario bernhardiano, como el Barracuda de Torremolinos. Otros dos hoteles que aparecen son el Plaza, que detesta, y el Ritz, que adora: "Probablemente sea el Ritz de Madrid realmente la cumbre de la hotelería actual" (los tres, en la carta del 19 de noviembre de 1984). La foto que he puesto arriba es de la piscina del hotel Emperador, y a lo lejos se ve el edificio del Plaza.

Quisiera despedir con una andanada (¡correctísima!) contra Andalucía, que Bernhard compara con su detestada Carintia austriaca, región de las poetisas Ingeborg Bachmann y Christine Lavant. En un artículo sobre esta última escribe (p. 314):
Un desafortunado efecto andaluz, la Andalucía destructora del alma y embotadora, con su naturaleza aniquiladora de seres humanos, ha producido en la literatura española el mismo efecto que la igualmente destructora del alma, embotadora y aniquiladora de seres humanos Carintia en la literatura alemana.
* * *
(2.8) Añado dos fragmentitos más, estimulantes en lo que se refiere al trabajo de escribir. El primero es de la carta del 14 de diciembre de 1965; el segundo, de la del 16 de marzo de 1968:
Trabajo intensamente para terminar mi novela. Posiblemente no interrumpiré ese trabajo para darme el placer de algún deporte navideño, y en ese sentido resultará afortunada mi renuncia al esquí, una de mis pasiones más antiguas. Me salto con gusto las festividades, que siempre me han resultado enojosas. Cada vez caigo menos en la tentación de esquivar, interrumpir mi trabajo por una diversión mayor, porque veo ahora, con la terrible claridad del egoísta nato, que mi trabajo es mi único placer, mi única alegría, mi mayor lujuria.

Soy un hombre totalmente feliz, en realidad taciturno pero decidido, las irritaciones solo me duran horas, después salgo de casa, leo alguna frase interesante, contemplo como filósofo el retrato de algún mártir alemán o de algún otro país europeo y vuelvo a lo mío.
Una última cosa: según cuenta un testigo, que lo vio durante un viaje a Irán ("a Persépolis") en 1977, la profesión que figuraba en el pasaporte de Bernhard era la de "agricultor" (p. 234).