4.9.12

Espejismos

Del precioso y demoledor artículo que Diego Manrique escribió sobre Bernardo Bonezzi, me golpeó en especial esta frase, quizá porque se nos puede aplicar a todos: “Adicto a las redes sociales, con sus miles de ‘amigos’, creía que ahí afuera había un considerable público esperándole. Un espejismo”. De pronto me vi, nos vimos, como Bonezzi: fracasados, gordos, solos, muertos. Detrás de los brillos de internet, nada. Los chisporroteos de un cadáver, ya desde antes de morir.

Escucho ahora “Groenlandia” y caigo en que empieza, como la vida de Bonezzi, terminando: “Todas las secuencias han llegado a su conclusión”. Ese verso tiende un puente, como el propio nombre del grupo, Zombies, hacia sus últimas palabras en internet: “I’m fading to black” (negro de Groenlandia). Y hacia las necrológicas de estos días, en las que se repite la expresión “niño prodigio”. Niño prodigio en las necrológicas, sin que apenas haya habido nada enmedio: solo unas cuantas bandas sonoras y la sintonía de una serie de Milikito. Su momento grande en los conciertos seguía siendo el de la música que compuso a los trece años. Como decía Cyril Connolly: “A quien los dioses quieren destruir le llaman prometedor”.

Pero el arte es necrológico, y ahora no puede oírse “Como en un espejo” sin una tristeza insoportable. Está presente el morbo, claro; pero hay algo más. La muerte aporta lingotes. La obra que no tenía potencia por sí sola, y que se encontraba perdida entre las demás, se distingue de repente. La muerte le ha concedido lo que hoy le suele faltar al arte: aura, sacralidad. Por un tiempo esa obra será un ataúd de oro para el artista, para la memoria del artista; aunque también se irá desgastando, hasta que desaparezca la ventaja. Habrá sido, de nuevo, un destello de espejismo. Lo que aporta la muerte caduca: en realidad depende de su proximidad a la vida.

Yo fui un adolescente que seguía la Movida desde la provincia, pero cuando llegué a Madrid no la encontré. Para mí siempre fue un espejismo. Era algo que estaba en La Edad de Oro, en Radio 3, en algunas revistas, en las canciones; también en las historias que se contaban, y en un libro posterior, Sólo se vive una vez: esplendor y ruina de la movida madrileña. Recuerdo que leí este libro de 1991 en 1996. Sus protagonistas ya estaban bastante hundidos, y yo no podía quitarme de la cabeza que aún habían pasado cinco años más. A partir de entonces ya todo han sido necrológicas; y decadencias que, luego, hemos ido rastreando por Google.

Pero confieso que aquel espejismo me animó la vida. Y, diga lo que se diga, fue bueno para el país. En aquellos años se acumularon, en plan cutre, torpezas vanguardistas retrasadas; pegamos un estirón de modernidad, sin mucha sustancia pero con lo que necesitábamos, que era respirar un poco. Era estimulante, por ejemplo, dar en el instituto a los dadaístas y que en la tele salieran tipos que se parecían a ellos. La vocación que hoy predomina es la de quedarse atornillado al pueblo o a la región, y el que tiene que emigrar lo hace a regañadientes. Qué lejos se ha quedado aquel chico de trece años que lo primero que quiso fue irse a Groenlandia. Aquello es ya Groenlandia.

[Publicado en Jot Down]