19.11.12

El nacimiento de una pasión

Le han dado a Fernando Savater el premio Octavio Paz, y esta conjunción que aparece en la prensa se dio también en mi vida. Es curioso cómo suceden las cosas. A Savater llegué solo, con quince o dieciséis años. A Paz llegué por Savater, con veinte. Paz no resultaba atractivo para un joven nietzscheano como yo. Su imagen era la del escritor oficial hispanoamericano, enchaquetado y con una retórica que no desentonaba en el programa de televisión 300 millones. Eso bastaba para hacérmelo invisible, y mudo. Solo recuerdo haberle prestado atención una vez, en una entrevista radiofónica en que distinguía entre el amor y la amistad: la manera nada moralista en que hablaba del amor me sorprendió. Otra sorpresa fue que Martínez Sarrión lo citara en el prólogo a su traducción de Las flores del mal, de Baudelaire. Fueron atisbos favorables, pero no suficientes.

El clic, como digo, se produjo por Savater. Es una tontería, pero la cuento porque con tonterías así comienzan las grandes pasiones. Tuvo lugar con sol, una mañana de lectura feliz en un césped de la Complutense. Yo aún no era brasileñista, pero mi recuerdo cromático se corresponde con la bandera de Brasil: el amarillo del sol, el verde del césped y los árboles, el azul claro del cielo de marzo. (Faltaban el orden y el progreso, pero en Brasil también). El libro que me proporcionaba felicidad es uno de los menos conocidos de Savater, pero que para mí está, desde aquella mañana, entre los mejores: Sobre vivir. Se publicó en 1983, en Ariel, y recogía artículos de la época de la Transición, creo recordar –no lo tengo a mano– que desde 1978 hasta 1981. Este último fue el año en que yo había empezado a leer periódicos, por lo que todo lo anterior constituía una masa oscura. Penetrar en ella resultaba excitante, aunque las emociones que suscitaba eran múltiples y entre ellas estaba la melancolía. Aquel formato del “libro de artículos”, que descubrí entonces, se veía afectado por la colisión entre la rapidez que latía en los textos y el reposo a que invitaba el libro. Era un juego con el tiempo. Suponía una primera sedimentación de lo aún reciente.

En uno de los artículos, Savater explicaba las razones por las que había asistido a una recepción del Rey. Se las explicaba a otro republicano que le había afeado la conducta. Con estas pedagogías se hizo la Transición, y recuerdo que en 1987 emocionaba todavía el esfuerzo. Una de las razones era, por cierto, la inconveniencia de dejar al Rey exclusivamente en manos de los monárquicos. Se me ocurre a propósito que con la República deberíamos hacer igual: no dejarla exclusivamente en manos de los “republicanos”; refiriéndome con ello (de ahí las comillas) a quienes hoy vociferan a su favor, que constituyen para mí el único argumento real contra la República. Si no fuera por ellos (es decir, por quienes la conciben como un régimen sectario y no como un marco institucional en el que quepan todos), yo la querría ya.

Octavio Paz aparecía mencionado al principio de aquel artículo. Antes de ponerse a desgranar las razones políticas, Savater confesaba una razón personal: la de que, si no hubiera ido a aquella recepción, no habría podido ver a su amigo Paz en su paso por España. Esa sencilla referencia la tomé como un aval hacia el autor mexicano: es frívolo, pero así funciono. Al final de aquella misma mañana saqué dos libros suyos de la biblioteca de Letras: la antología de la editorial Júcar y el volumen de entrevistas Pasión crítica, en Seix Barral. El incendio fue inmediato. Leí después Vuelta, y a continuación el tomo de los Poemas (1935-1975); y en prosa Los hijos del limo, El arco y la lira, La búsqueda del comienzo (sobre el surrealismo), Conjunciones y disyunciones, Las peras del olmo, Corriente alterna o Cuadrivio. En este se incluía el valiente ensayo sobre Luis Cernuda, "La palabra edificante", que rimaba con su poema “Luis Cernuda”, cuyo final es un buen resumen de lo que me estimulaba: “Con letra clara el poeta escribe / sus verdades obscuras / Sus palabras / no son un monumento público / ni la Guía del camino recto / Nacieron del silencio / se abren sobre tallos de silencio / las contemplamos en silencio / Verdad y error / una sola verdad / Realidad y deseo / una sola substancia / resuelta en manantial de transparencias”.

Pasé meses en estado de imantación, con una receptividad como pocas veces he tenido. Me deslumbraba la simultaneidad, o la veloz alternancia, de las grandes ideas y las observaciones concretas; la combinación de la crítica acerada y la afirmación sensual: un pensar que no solo no descuidaba los sentidos, sino que combatía en su favor. La luminosidad en todas las direcciones: sobre el oscurantismo (religioso e ideológico), para desmoronarlo; y sobre el cuerpo, para despejarlo. Un No que liberaba espacio para el Sí: justo lo que un joven nietzscheano necesitaba. La heterodoxia de ambas vertientes en nuestro ámbito hispánico, no hacía sino acrecentar mi pasión.

Ahora, al leer la noticia del premio Octavio Paz a Savater, me permito el juego egótico de contemplar la carta que el primero le envió al segundo y que inició la amistad entre ambos, amistad que sería mencionada (recepción del Rey mediante) en aquel artículo de Sobre vivir, como la siembra involuntaria de un futuro lector apasionado. O el momento en que un autor, con unas pocas líneas, termina conquistando a un lector para todas sus líneas.

[Publicado en Jot Down]

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(28.12.12) Otra pasión (con Savater): la del hipódromo.