8.1.13

El último caramelo

Cada muerte es un absoluto, porque con cada muerte el mundo se termina. Pero hay muertes con asociaciones semánticas que las vuelven insoportables; así, “niño”, “cabalgata”, “Reyes Magos”, “carroza”, “caramelo”. La desgracia que ocurrió el sábado en Málaga parece diseñada para conmocionar. Aunque la apariencia de fatalidad –como sabían los trágicos griegos– no deja de resultar catártica, porque insinúa un sentido. Nosotros, sin embargo, apenas percibimos otra cosa que azar. Tragedia exenta. La resquebrajadura súbita, por mala suerte, de nuestras protecciones. El engranaje de la cabalgata, concebido para fomentar las ilusiones de los niños, tritura a uno de ellos.

Solo aquí, desde la existencia, podemos imaginarlo corriendo hacia la carroza, ajeno al peligro. Su atención estaba solo en el caramelo, y por él se salió del mundo, o el mundo lo expulsó. La cabalgata siguió, como sigue la vida. Se procuró que los demás niños se mantuvieran resguardados por la ilusión. Fue duro; pero también compasivo, a su manera. Cuando supe la noticia, me acordé de este aforismo de Nietzsche: “A un niño que está muriéndose se le da todo lo que quiere, terrones de azúcar – ¿qué importa que se estropee el estómago? – ¿y no nos encontramos todos nosotros en la situación de ese niño?”.

Ahora estudian poner vallas a lo largo del recorrido en las futuras cabalgatas, y que no se arrojen caramelos. Rebrota el miedo de Occidente al accidente, según el juego de palabras de Octavio Paz. No se trata de defender la inconsciencia, ni de alentar las temeridades; pero por la pretensión de seguridad absoluta asoma el nihilismo: la neurosis que nos resta alegría. Tales temores parecen inevitables a estas alturas, y creo que poco queda ya sino aceptarlos como síntomas de decadencia. Pero quisiera quedarme hoy con la imagen contraria: la del niño ascendente, sin temor, que va detrás de un caramelo.

[Publicado en Zoom News]