16.1.13

Hipócrita escritor

Me ha pasado ya varias veces que, leyendo el comentario a un artículo mío, me he dado cuenta de que el comentarista no lo había leído entero. Lo elogiaba o lo criticaba, da igual: el caso es que, por algún detalle (por ejemplo, la recomendación de algo que ya estaba en el artículo), se veía claramente que se había lanzado a comentar antes de haberlo terminado. En tales casos, yo me he lanzado a replicarle a mi vez, para señalar su falta. Solo me ha retenido, al empezar a escribir, la autoconsciencia de que estaba haciendo lo mismo: iba a contestar a su comentario sin haberlo leído entero.

Esto me ha hecho pensar en la enojosa palestra que es internet: constituida por individuos que no leemos, solo escribimos. El “hipócrita lector” de Baudelaire ya no existe. No porque haya dejado de ser hipócrita, sino porque ha dejado de ser lector, solo lector: ahora es, ante todo, escritor. De manera que lo de “hypocrite lecteur, mon semblable, mon frère” podría ampliarse así: “hipócrita lector, mi semejante, mi hermano... tanto, que también eres escritor”. La lectura ya no es más que una palanca para la escritura. Lo leído no penetra, sino que rebota. Es una excusa para reaccionar: el texto es solo pretexto.

Hace una o dos generaciones todavía se prestigiaba al lector. Castellet publicó La hora del lector; Gil de Biedma respondía a la pregunta de por qué había dejado de escribir con aquello de “al fin y al cabo, lo normal es leer”; Borges declaraba “que otros se enorgullezcan por lo que han escrito, yo me enorgullezco por lo que he leído”; y Savater suele repetir que jamás habría escrito si le hubieran pagado por leer... Estos lectores han sido también escritores, y por eso los conocemos: pero su escritura nacía de la lectura; rodaba, por decirlo así, por el asfalto de la lectura. Nuestra escritura, en cambio, se desliza en una suerte de aquaplaning: va por encima de textos que no terminamos de leer, en los que no terminamos de aterrizar.

Si “lo normal es leer”, esta sobreabundancia de escritura supone una anormalidad, una aberración. Por una razón autoconcluyente: se trata de escritura que no se lee. Toda lectura corrobora que el circuito se ha completado, porque es siempre lectura de algo que se ha escrito. La escritura, en cambio, no basta por sí sola: es una mera invitación de baile, que se queda en nada si nadie la acoge. O en peor que en nada: en un ademán ridículo. La solución rápida es la de ponerse a bailar con uno mismo, que es lo que casi todos hacemos; de ahí que nuestro panorama resulte eminentemente masturbatorio. El filósofo Berkeley pensaba que la realidad se sostenía por las percepciones de los sujetos (y, por encima de ellos, por la percepción de Dios). Borges consideraba que esa misma era la naturaleza de los textos: realidades que solo se sostienen por la percepción de los lectores. La ausencia de estos transmuta los textos en entidades fantasma (naturalmente, descreemos de la existencia de un Lector).

Pero aún existen lectores que no escriben: yo conozco a algunos en persona (no hay otro modo de conocerlos) y constituyen una genuina aristocracia. Son sabios como Ricardo Reis: se contentan con el espectáculo del mundo –esto es, de internet–, y no incurren en la debilidad de escribir. Voluntariamente o no, cumplen lo que proponía Nietzsche: “Aprender a ver – habituar el ojo a la calma, a la paciencia, a dejar-que-las-cosas-se-nos-acerquen; aprender a aplazar el juicio, a rodear y a abarcar el caso particular desde todos los lados. Esta es la primera enseñanza preliminar para la espiritualidad: no reaccionar enseguida a un estímulo, sino controlar los instintos que ponen obstáculos, que aíslan”. Lo que solemos hacer el resto, empezando por nosotros, los opinadores profesionales, es justo lo contrario.

[Publicado en Jot Down]