13.4.13

En paralelo a la vida

Se juntaban dos cosas: la permisividad de los padres y la osadía de los programadores. Aunque ambas eran involuntarias. En realidad, entonces no existía la conciencia de que hubiese que educar. El resultado fue que tuvimos una excelente educación. Excelente y tremenda.

Todavía no doy crédito a aquel lujo. Pero, entre los diez y los dieciocho años, pongamos, pude ver en la tele series como Raíces, Holocausto, Capitanes y reyes, Hombre rico, hombre pobre, Cañas y barro, Fortunata y Jacinta, Los gozos y las sombras, Ramón y Cajal, Sandokán, Poldark, Miguel Strogoff, Marco Polo, Mozart, Yo, Claudio o Retorno a Brideshead. Y antes de los diez una que le helaba la sangre a un niño: Las aventuras de Pinocho, que hoy sería una locura. Y adaptaciones de La isla del tesoro, Los tres mosqueteros, El conde de Montecristo, Los miserables y hasta El idiota de Dostoievski. Había más ficción en la tele de aquel tiempo: las películas clásicas de Hollywood, los dibujos animados o las series de episodios sueltos. Pero las que quiero evocar ahora son “las que seguían”: las que iban contando una misma historia durante muchos capítulos, con muchos personajes y con muchos acontecimientos. Y entre un capítulo y otro (que eran semanales, y a veces diarios) íbamos viviendo. Y se creaba entonces la ilusión (que persiste –incluso reforzada– en la memoria) de que estábamos viviendo dos vidas, en paralelo: la cotidiana nuestra, de niño o adolescente, y la extraordinaria de la serie de turno, que era larga y acelerada, exótica, intensa, tormentosa, exaltante a veces y a veces catastrófica, pero cambiante, siempre cambiante.

Dice Eliot en un famoso verso que “el ser humano no puede soportar demasiada realidad”. Pero mi impresión es que en aquellas series ya la tuvimos toda: tuvimos toda la realidad posible, y fue una gozada. En Cañas y barro ahogaban a un bebé en la Albufera. En Yo, Claudio Mesalina recibía en la cama a decenas de romanos en una noche, y Calígula se acostaba con su hermana, y había una lucha despiadada por el poder. En Retorno a Brideshead había jóvenes que sufrían no se sabía por qué en universidades inglesas, y estropeaban sus vidas de un modo extraño, y había otro (Jeremy Irons) que lo miraba todo con una tristeza impasible. Vivimos bajo la esclavitud en Raíces, y bajo el nazismo en Holocausto, siendo judíos; y ambas cosas las vivimos desde dentro. Conocimos los vaivenes de la fortuna en Capitanes y reyes y Hombre rico, hombre pobre. Y vivimos en el Madrid del siglo XIX con Fortunata y Jacinta, y en la Galicia de la época de la República con Los gozos y las sombras. Y viajamos de verdad con Miguel Strogoff y Marco Polo. Atravesamos continentes y recorrimos vidas enteras, desde que el personaje era niño hasta que era anciano y se moría.

Ahora me parece que, como en El Aleph de Borges, todo lo vivimos ya en las series, cuando aún no habíamos vivido. Y que lo que nos ha pasado después ya nos sonaba. Sexo, amistad, traición, amor, venganza, felicidad, tristeza, exaltación, abatimiento, nacimiento, muerte, prisión, aventuras. Hay un momento, en la primera juventud, que en mi caso se corresponde justo con el periodo en que dejé a ver series (costumbre que retomé, como tantos otros, con Los Soprano) en que la vida empieza a saber a poco. Pero luego los acontecimientos se precipitan, y al final todos vivimos las cosas fundamentales: conforme nuestra vida se va haciendo larga, se va pareciendo más a aquellas series largas.

Ahora se aprecia que el gran protagonista era el tiempo. Hay muchas películas en que el personaje envejece. En el curso de dos horas pasa toda su vida. Impresiona también, por supuesto; pero las series de muchos capítulos cuentan con la ventaja de que el tiempo mismo se mete en ellas. Y más antes, cuando uno no podía darse los –por otra parte gloriosos– atracones de capítulos de hoy, en que nos zampamos una serie entera en pocos días; sino que la historia se iba destilando poco a poco, a lo largo de semanas y meses. Se asistía de un modo más preciso al paso de las edades del hombre, e incluso de las generaciones. Era como asistir a un misterio: el de la propia vida.

Muchas de aquellas series he vuelto a verlas después, pero hay una que no he podido encontrar y que tampoco sé si quiero encontrarla, porque es la que más me emociona en el recuerdo: la sobria Mozart, que emitieron en España en 1984, cuando yo cumplía los dieciocho. Poco después estrenaron en el cine Amadeus, con aquel Mozart loco y con relinchos, pero el Mozart bueno fue el de aquella serie de televisión. Era un Mozart que cuando se tenía que alegrar se alegraba, y que también hacía locuras, como las hacía Mozart; pero que guardaba un cierto prosaísmo melancólico. Tenía algo kafkiano: era un hombre al que la genialidad le había caído encima. El final era demoledor. Cuando va a morir y repasa su vida, lo único que pide es que sus hijos no sean como él. Era el cierre perfecto (sonando el Requiem) para los créditos iniciales que habíamos visto semana tras semana, y que siguen conmocionándome. Suena el segundo movimiento del concierto para piano núm. 23. Desde el fondo de la pantalla oscura se ve a un hombre que avanza hacia cámara. Viste con ropas del siglo XVIII y lleva en sus brazos un niño, vestido como él, no se sabe si dormido o muerto. A medida que se acerca lo reconocemos: es Leopold Mozart, llevando a su hijo Wolfgang Amadeus. Avanza y avanza y en realidad parece que está muerto. No puede ser –porque sabemos que vivió hasta los treinta y seis–, pero el niño está muerto; o quizá solo está muerta su infancia. No se detiene cuando llega a cámara y todo se queda oscuro.

[Publicado en Jot Down en papel 2, especial series]