18.6.13

La segunda inauguración de Franco

El día 30 de abril de 1956, un lunes, los señoritos de la finca en que trabajaba mi padre, en las afueras de Málaga, le dieron unos duros para que se sumase a la multitud que iba a recibir a Franco. El dictador venía para inaugurar el hospital Carlos Haya, cuyo nombre oficial era entonces “Residencia Carlos Haya del Seguro Obligatorio de Enfermedad”. Carlos Haya había sido un aviador franquista, muerto en la guerra civil. Según el Abc del día siguiente, las calles “estaban invadidas de público, que, a la llegada del Jefe del Estado, prorrumpieron en aclamaciones y vítores. El Generalísimo, sonriente y satisfecho, correspondía desde su coche a esta adhesión de los malagueños con cariñosos saludos”. El Nodo también se hizo eco de la visita.

Yo nací en aquel lugar diez años y tres semanas después. Para mi padre “Carlos Haya” sí sería el nombre de un militar de Franco, y aquel hospital el sitio donde tuvo que hacer el paripé ante el caudillo (conociendo de paso lo que había por dentro de la retórica del Abc y del Nodo). Aunque probablemente en sus asociaciones pasaría a ser más importante el hecho de que allí naciera su primer hijo. Para los malagueños de mi edad, en cambio, “Carlos Haya” nunca fue otra cosa que una serie fonética. Jamás supimos, ni nos dijeron, quién era esa individuo. Carlos Haya no era el nombre de nadie, sino el de un hospital. En las peleas infantiles decíamos siempre “te voy a dar un guantazo que te voy a mandar a Carlos Haya” (bueno, “te via da un guantazo que te via mandá a Carloaya”). Y ahora la cursilería ideológica de nuestros nuevos señoritos le ha cambiado el nombre, derramando su mostaza en mi magdalena de Proust.

La erosión del tiempo es fabulosa, y es la que ha acabado siempre con los tiranos. La solemnidad con que el dictador Franco quiso honrar a uno de su cuadrilla, fue limpiamente soslayada por el tiempo. En Málaga llevábamos ya cuarenta años (¡un franquismo!) sin saber quién era Carlos Haya. Lo que Franco pretendió, la vida lo había aplastado. Pero tenían que llegar los verdaderos interlocutores de Franco hoy en día, nuestros serviciales antifranquistas, para desenterrar su discurso y volver a transmitir su mensaje. Le habrán quitado el nombre al hospital, pero lo que han hecho, de facto, ha sido inaugurarlo de nuevo. Aunque no lo veamos en el frontispicio, ya no hay manera de no leer lo que Franco quería.

[Publicado en Zoom News]