11.6.13

Política de autoayuda

Rajoy quiere darle un vuelco a la situación, empezando no por la realidad sino por el modo en que se percibe. Después de año y medio de gobierno, la realidad ha demostrado ser tozuda, inhóspita y menos domesticable que el erotismo de Paquirrín. Así que la ha dado por imposible y ha pasado al plan B: tratar de que se la mire con buenos ojos. Los políticos del PP llevaban ya unas semanas intentando colocar un mensaje alentador, y ahora el presidente ha proclamado que “el pesimismo está de retirada”. Sus asesores han cuidado todos los detalles menos uno: el lugar donde lo ha dicho ha sido Peñíscola, famosa por su antiguo festival de cine de comedia. Quizá eso explique el look “casual”, a lo Milikito, de Rajoy. Y la poca gracia de su chiste.

Con el rajoyismo pasa algo inquietante: puede entenderse sin Aznar, pero no sin Zapatero. Al aznarismo se parece poco, lo que ni siquiera nos permite vivir contra Rajoy tan bien como vivíamos contra Aznar. Del zapaterismo, en cambio, apenas se distingue en que no hay ojos azules y en vez de Suso de Toro está Marhuenda. Lo único que quedaba era el sobrio pesimismo conservador, que sustenta sus medidas duras en una aguzada conciencia del mal. Pero eso ya está también liquidado. Ahora tendremos que recibir los ajustes con una sonrisa. Podría resucitarse toda la cartelería de la Unión Soviética, poblada de obreros felices de vivir en el infierno.

En 2008, con la crisis prácticamente encima, Zapatero basó su campaña electoral en el optimismo. El spot que se nos ha quedado en la memoria es el de Defender la alegría, con cuyo visionado dan hoy ganas de gritar: “¡Cierra la muralla!”. Pero hubo otro anterior más interesante: el de No seas él, que se proponía ahuyentar a los “cenizos catastrofistas”. El mensaje tenía poco de subliminal: ese él que no había que ser era el mismísimo Rajoy. A este se le debió de quedar dentro, y ahora ha decidido seguir la recomendación: ya no es él ni el mismísimo. (Puede que incluso utilice el vídeo contra Aznar, que sigue aguijoneando). La llamada del optimismo es irresistible, sobre todo cuando se está en el poder y hay que criticar a las críticas. El procedimiento es ponerles una capa negra y llamarlas pesimismo.

La de Rajoy, en fin, como la de Zapatero, es ya una política de autoayuda: basada en el optimismo y en las buenas intenciones; en el pensamiento mágico que no cambiará la realidad, pero hará que nos sintamos más a gusto: a mal tiempo, el smiley. El problema es que, como sostiene Barbara Ehrenreich en Sonríe o muere. La trampa del pensamiento positivo, es justamente ese pensamiento el que nos metió en la crisis (léase el capítulo “Cómo el pensamiento positivo destruyó la economía”). La política de autoayuda termina siempre en el “¡sálvese quien pueda!”.

[Publicado en Zoom News]