25.6.13

Wallenda en el alambre

Menos mal que no supe con antelación que el funambulista Nik Wallenda se proponía cruzar por un alambre el Gran Cañón del Colorado. Lo paso fatal con estas cosas, sobre todo cuando está en juego la altura. Mi vértigo personal es controlable, pero me sucede algo extraño, que debe de estar catalogado en algún sitio: padezco vértigo ajeno. Puedo asomarme a un precipicio sin problema, pero si se asoma alguien a mi lado temo que se pueda caer. O que se pueda tirar. Quizá me venga del miedo que pasé cuando un compañero de Filosofía, aficionado al malditismo, se puso a gritar en lo alto de la noria: “¡Tengo miedo, tengo miedo!”. “Tranquilo”, le dije, “no vas a caerte”. “¡No tengo miedo de caerme! ¡Tengo miedo de tirarme!”.

Nik Wallenda no parece que tuviera miedo de caerse, ni mucho menos de tirarse. Y lo que no tenía, desde luego, es vértigo. Pero objetivamente cada paso que daba podía ser el último. Cada uno de los que damos nosotros también, por supuesto; pero en su caso la metáfora se había hecho carne, y estaba comprimida en unos minutos decisivos que sabían que lo eran. Aun conociendo ya el éxito de la travesía, he visto el vídeo con el corazón en un puño. Y luego me he atrevido a ver el de la muerte de su abuelo, Karl Wallenda, que se cayó en 1978, cuando intentaba pasar entre dos rascacielos de Puerto Rico. Me he acordado de lo que le dice el Zaratustra de Nietzsche al volatinero o funambulista moribundo: “Tú has hecho del peligro tu profesión, en ello no hay nada despreciable. Ahora pereces a causa de tu profesión: por ello voy a enterrarte con mis propias manos”.

Entre abuelo y nieto había otro cable, invisible: la caída del abuelo le daba valor al equilibrio del nieto. Le tendía la demostración de que es un heroísmo sobrevivir.

[Publicado en Zoom News]