11.7.13

Una mujer de radio

Concha García Campoy fue una mujer de televisión y de radio, pero para mí fue de radio. La vi primero por televisión, como todos, cuando apareció en el Telediario a mediados de los ochenta. Y me gustaba. Pero con ella se produjo un fenómeno curioso. Tiene que ver en parte con que su camino fuese el contrario del habitual (de la televisión a la radio y no al revés), pero era más que eso. De algún modo, en la radio se cumplía.

Yo he oído muchísimo la radio, y hubo una época en que era difícil encontrar imágenes de los locutores, ni en televisión ni en fotos. Pasé años escuchando a Luis del Olmo, a Jesús Quintero, a José María García, a Javier Ares, a Ramón Trecet o a Carlos Galilea sin conocer sus caras. Sus personalidades estaban construidas por la voz, se desprendían de ella. Había una intriga por saber cómo eran, y esa intriga fomentaba la magia. Pero en cuanto lograba saberlo, y llegó también la época en que se fue sabiendo el aspecto de todos, lo primero que desaparecía era la magia. No dejaba por ello de escucharlos, pero algo se había perdido. Había un elemento nuevo, que estorbaba; que le añadía un peso a la voz, o un enturbiamiento.

Con Concha García Campoy pasó lo contrario. Su voz fundó una magia netamente radiofónica, sin que se interpusiera su imagen ya conocida. Hizo el camino opuesto también en eso: lograba reconquistar la transparencia de la radio después de haber estado en la opaca televisión (que ella, por otro lado, también iluminaba). Me recuerdo escuchándola en una de sus primeras mañanas en la Ser (seguramente fue la inicial) y diciéndome a mí mismo qué buena era. Su excelencia se fundaba en tres virtudes: naturalidad, vivacidad y precisión. Y la seguí, los sábados y los domingos, los años que duró el programa.

Ahora me doy cuenta de que en el título, A vivir que son dos días, ya estaba todo: la llamada a la vida y la conciencia de la cortedad del plazo; o la llamada a la vida precisamente por la cortedad del plazo. Esto último es algo que se nos planta en su crudeza cuando alguien muere tan pronto. Yo no puedo dejar de acordarme de Félix Bayón, que también nos dejó a los cincuenta y cuatro años. Pero cuando se mueren personas tan vivas no hay que perder mucho tiempo en lamentos, sino que hay que darse prisa por imitarlos un poco.

[Publicado en Zoom News]