24.10.13

El teniente Colombo en Estrasburgo

Estos días, con la resolución del tribunal de Estrasburgo en contra de la “doctrina Parot”, las reacciones posteriores y la suelta de la primera etarra, me he acordado del teniente Colombo. Ahora es fácil revisitar los capítulos de aquella serie de los setenta, porque están en internet y además los reponen de vez en cuando. Alguna que otra madrugada insomne me he encontrado en la tele al inolvidable Peter Falk enfundado en su gabardina, y he vuelto a admirar cómo, según cantaba Pepe da Rosa (el padre, por favor), “se mete por el ojo de una aguja, / se fija en una simple tontería / y da con el granuja”.

Pero en estas recuperaciones de adulto he pillado algo que se me escapaba antes. Cuando Colombo desenmascara al asesino, no se alegra. Al contrario, baja o rehúye la vista y se queda como triste; casi se hunde en una pequeña depresión. Se percibe que hay algo más fuerte en él que su triunfo personal y el imperio de la ley (a cuyo servicio está sin ambigüedades): el pesimismo por la condición humana; la constatación de que un ser humano más ha incurrido en el crimen, y que lo ha hecho por una causa indigna. El trabajo de Colombo ha permitido que se esclarezca la verdad, y que la Justicia pueda hacerse cargo a partir de entonces. Pero queda un resto, que ensombrece a Colombo: el hecho mismo de que el crimen se hubiese cometido. La Justicia debe limpiar, pero no lo absorbe todo: siempre queda algo sucio. Y con esto ya no podemos hacer nada.

Este es uno de los equilibrios, difíciles, de la vida democrática. A propósito de la “doctrina Parot” lo han expresado bien Agustín Valladolid y Rafael Latorre (director y subdirector de Zoom News: ¡concuerdo con las alturas!). Este párrafo de Latorre, en concreto, acierta a formular el núcleo de la cuestión: “Entiéndase, lo que yo le deseo a los criminales etarras supera con creces al Código Penal. Pero quiero vivir en un Estado que sea mejor que yo. Es decir, un Estado capaz de ver ciudadanos donde yo solo alcanzo a ver escoria. Y cuya aplicación de la ley no esté condicionada por los deseos, siquiera mayoritarios, de su población”. En ese cruce está, para mí, la salud cívica: en el cruce entre el asco estomacal por el crimen y la defensa cerebral de la ley, que es la que debe predominar. Aunque luego se prolongue en nosotros el asco por los que se precipitan en las celebraciones, manifestando así su desequilibrio.

[Publicado en Zoom News]