5.10.13

Escuchando a Bernhard

Qué espectáculo lamentable damos los adictos a Thomas Bernhard, cada vez que nos ofrecen unas nuevas migajitas póstumas. Nuestro autor murió en 1989 y hace tiempo que solo quedan retales. Los editores saben de qué somos capaces, hasta dónde estamos dispuestos a rebajarnos, a transigir, y abusan. Lo que viene haciendo Alianza es tensar la cuerda, consciente de que los bernhardianos no la vamos a romper. En los últimos años ha editado en España tres libros delgados, en letra grande, con interlineado generoso, tapas duras y un precio de en torno a dieciséis euros: Mis premios, Goethe se muere y el de ahora, ¿Le gusta ser malvado? Con este culmina la extorsión: oficialmente el volumen (exagerado término para el librito) tiene ciento cuatro páginas, pero sin paja se queda en setenta y nueve. Aun así, hemos ido peregrinando por las librerías hasta encontrarlo. Y luego nos hemos metido en cualquier cubículo para inyectarnos esta hora más de Thomas Bernhard.

¿Merece la pena? Sí, porque es Bernhard. Pero, además de más corto, es inferior a los otros dos libros de conversaciones con el autor: el de Krista Fleischmann, Thomas Bernhard. Un encuentro; y el de Kurt Hofmann, Conversaciones con Thomas Bernhard. Ambos son la mejor introducción posible a Bernhard, sobre todo el primero. ¿Le gusta ser malvado?, en cambio, es solo para los que no tienen ya otra cosa de Bernhard que meterse. Está bien, y ofrece algún matiz nuevo, un atisbo de tono que no conocíamos; pero resulta flojito. A mí me ha servido, en realidad, para releerme los otros dos. De manera que he terminado pasando una semana bernhardiana estupenda.

Lo gracioso es que en el libro de Hofmann hay una referencia a la conversación nocturna de 1977 que ha terminado siendo ¿Le gusta ser malvado?, y que completa, con malevolencia, la advertencia preliminar del entrevistador Peter Hamm. Dice Bernhard:
Se dan los casos más grotescos. Una vez, hace doce o quince años, con Peter Hamm, que era entonces un tipo muy simpático, en aquella época estaba precisamente con la [actriz Marianne] Koch, en lo más intenso de... Y entonces apareció un día con la Koch, con abrigo de piel, gran estrella, borrachera, grabadora, muchas horas. Y entonces hizo que lo pasaran todo a máquina, creo que incluso intervino alguna editorial, y de esa noche resultaba algo así de gordo, y yo dije, naturalmente, que ni hablar del asunto, que era imposible, que de aquella borrachera no se podía hacer un libro. Y él se enfadó. Y desde entonces no ha vuelto. Sin duda tuvo gastos, y el asunto le ocupó semanas, pero a esas cosas hay que decir que no.
La alusión a la borrachera, que también hace Hamm, me resulta llamativa, porque el discurso de este Bernhard supuestamente bebido no es distinto, en lo sustancial, del de las otras conversaciones, en que está supuestamente sobrio. Mi explicación es que lo que se impone es la embriaguez misma de sus palabras: el de Bernhard en estos libros es un discurso suelto y entonado, que se despliega monologuísticamente, con el interlocutor como mero incitador de este despliegue. En cierto modo, da igual lo que dice Bernhard; y justo con esto termina el libro: “porque me da exactamente igual lo que digo, ¿no? Tampoco lo controlo. No tiene ningún sentido. Más no puedo decir”. Pero la emanación de su palabra no es indiferente. Va horadando y liberando. Es como una improvisación musical libre, con una voz parecida a la de sus novelas pero más desembarazada, más juguetona.

El Bernhard oral (aunque esto se aprecia más en las conversaciones con Fleischmann y Hofmann) es un guasón. Como dice el traductor Miguel Sáenz en Thomas Bernhard. Una biografía: “Los que lo conocieron son unánimes: era un hombre alegre, divertido, un maestro en el arte –tan austríaco– del blödeln (‘decir bobadas’, ‘hacer el ganso’)”. Lo cual no lo convierte en uno de nuestros andaluces profesionales, ni en uno de nuestros prestigiados caricatos con contenido: porque su humor no nos lo echa encima como una carga, como hacen estos, que nos aplastan literalmente con sus graciosidades; sino que es a un tiempo arrasador y aligerador. No se trata de endilgarnos doctrina bajo la capa guay, ni de venderse, como ellos, en tanto graciosines. El humor de Bernhard es absolutamente gratuito y nace de la pura desesperación. Y en este último sintagma el énfasis lo pongo en pura. Tiene algo que ver con el humor de Cioran, destructor de equívocos y adherencias. Como sacudirse el polvo del espíritu. Un centrifugado del que uno sale como nuevo.

En estos libros, además de las gansadas, escuchamos hablar a Bernhard de su vida y de la vida, del mundo, de la existencia, del cuerpo y las enfermedades, de la muerte, de las relaciones humanas, del Estado, la Iglesia, los editores, los artistas, algunos filósofos, algunos escritores, de sí mismo como escritor, de sus novelas y sus obras de teatro, de la música, del mar, de algunas ciudades. Pero escuchando a Bernhard de pronto uno se da cuenta de lo que no está escuchando; y de pronto esa conciencia lo llena de regocijo, y comprende por qué sus palabras son aire fresco. En todas las tiradas verbales de Bernhard no hay ni una sola frase pomposa, ni una sola frase pretenciosa, ni una sola frase abstracta, ni cultural, ni artística. Nada de fárrago culturizante ni artistizante ni literaturizante ni programatizante. Su discurso es inmediato, un cara a cara con todo, un cuerpo a cuerpo. Es salvaje y es vital. Esto último lo explica en ¿Le gusta ser malvado?: “La manera en que alguien es capaz de volcar limpiamente sobre el papel lo que es un hombre y su entorno como vida, es decir, precisamente como vitalidad. Y sin diluirla en absoluto. La mayor parte de la gente no escribe lo que es vital o está vivo”.

Hay entre nosotros mucho bernhardiano polvoriento, envarado y tristón; y mucho escritor (aproximadamente joven) esforzándose por su puesto en la Literatura, sin ahorrarnos el numerito de sus ínfulas. Thomas Bernhard (¡como yo!) se aparta de ellos; proclamando (en el libro de Fleischmann) la clave de su poder: “Yo no pertenezco a los escritores. Siempre he sido, en el fondo, un hombre real”.

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PD. Los bernhardianos ya tendrán más que explorado YouTube, donde hay abundantes vídeos de Thomas Bernhard. Casi todos en alemán y por ahora sin subtítulos, pero valen para verlo y escucharlo. Destaco dos ambientados en España, ambos de Krista Fleischmann y cuyo texto está recogido en Thomas Bernhard. Un encuentro: Monologe auf Mallorca (1981) y Die Ursache bin ich selbst [El origen soy yo mismo] (Madrid y alrededores, 1986). Y Drei Tage [Tres días] (Hamburgo, 1970), cuyo texto podemos leerlo en Tinieblas. Por último, y para volver a la lectura, está online la espléndida entrevista de 1987 que publicó Quimera; con poco humor esta, pero con todo.

[Publicado en Jot Down]