25.2.14

Salir de la crisis a martillazos

Cuando me matriculé en Periodismo, por uno de esos impulsos míos profesionalmente suicidas, decidí no leer periódicos, ni atender a los informativos de radio ni televisión. Volví a seguirlos más tarde, por supuesto, pero sostuve el capricho unos meses. En ellos descubrí que para las noticias importantes no hace falta la prensa: se entera uno de todas formas. Y casi esa podría ser la definición de “noticia importante”: aquella de la que uno se entera aun sin la prensa.

Nadie habría dejado de enterarse de la crisis en estos años. Y yo creo que me he enterado (¿en primicia?) de que la crisis se ha terminado, o se va a terminar. Ha sido por los martillazos. Son los primeros desde 2008, en mi edificio. Y en los alrededores del barrio hay dos solares que se han pasado todo este tiempo vacíos y en los que ya han empezado las obras. Las grúas y las hormigoneras parecen ahora dinosaurios o mamuts surgidos del deshielo.

Pero para mí, en casa, es una mala noticia. Mis vecinos, en cuanto les fluye el crédito, se ponen a hacer obras. El silencio de la albañilería a partir de 2008 me hizo calibrar la locura de sus estruendos de antes. La burbuja inmobiliaria no consistió solo en la edificación de pisos (y su compra y su venta), sino también en las reformas en que se embarcaba todo el mundo de puertas para adentro. Cada propietario se convirtió en el Calatrava o el Pocero de la república independiente de su casa. Era una moda, un delirio. Como si el dinero quemara en los bolsillos. Puede que también para que los vecinos supieran; porque, si se hace obra, los vecinos desde luego que saben.

Que me lo digan a mí, que por mi trabajo intelectual (¡permítanme la exageración!) necesito silencio. Silencio que, antes de 2008, era quebrantado por los martillazos con una frecuencia aterradora. Cada noche, uno podía consultar el pronóstico del tiempo del día siguiente, pero no el pronóstico de las tormentas domésticas. De pronto, con el desayuno, se desataban las mazas. Y el día ya estaba fastidiado.

Ahora han vuelto. Justo en unos días en que necesito silencio más que nunca, porque se me ha echado encima un plazo. Tecleo mientras escucho los porrazos, y maldigo la falta de civismo. Con qué desfachatez un individuo puede montar este jaleo, sin plantearse siquiera su atrocidad. Leí que en no sé qué país ultracivilizado, cuando alguien va a pintar su fachada, le pregunta al vecino de enfrente qué color prefiere: porque al fin y al cabo será el vecino de enfrente el que la vea todos los días. Algo que aquí es literalmente impensable.

Así que, señores, la crisis se ha terminado, o se va a terminar. La agencia Moody’s le ha subido la nota a España, según la prensa; pero yo lo estoy sufriendo en los nervios, en los oídos. Atruena el teletipo desquiciado de los martillazos.

[Publicado en Zoom News]