1.4.14

Pasión crítica

Se ha cumplido el siglo del autor de Hombres en su siglo, que murió hace dieciséis años. El siglo de Octavio Paz fue, en todos los sentidos, sobre todo en los que queman, el XX. Y lo vivió ajustándose casi a su definición de “siglo corto”, que suele atribuirse a Hobsbawm pero que al parecer es de John Lukacs. Este historiador estadounidense de origen húngaro, por cierto, es un gran lector de Paz. Como el mexicano, tiene una mirada de largo alcance (aunque no tan amplia), que enfocada hacia el presente capta los signos del fin de la edad moderna.

El siglo XX corto nació, como Octavio Paz, en 1914, el año de la Gran Guerra, cuyo centenario lo está acompañando también. Y terminó en 1989, con la caída (o el levantamiento) del telón de acero. Paz nos dejó en 1998, y esos añitos de más le sirvieron para sedimentar el balance del espejismo comunista. Una de sus observaciones más limpias es la de que el marxismo es la última herejía del cristianismo. Esta caracterización religiosa (que ya señaló Nietzsche en su día) es la única que nos permite comprender el dogmatismo, el fanatismo, la cerrazón, la pulsión por los autos de fe y las purgas, las excomuniones y las demonizaciones tan habituales entre esos autoproclamados ateos. Ahora parece haber una corriente de resurrección (que en España tiene unos rostros concretos y muy desagradables), pero, como dijo en su día Fernando Savater, discípulo de Paz, “no se trata de un comunismo redivivo, sino mal enterrado”.

Pero la crítica de Octavio Paz al comunismo (que profesó en su juventud) es un aspecto particular de su crítica general hacia todos los dogmatismos, incluidos, por supuesto, los puramente religiosos. Y los capitalistas. No fue un equidistante: sabía que la democracia formal, el Estado de derecho, era el camino; y se la jugó en su defensa, llevándose las consabidas amarguras de nuestros países. Pero no estaba ciego ante las degradaciones de la industrialización, la avaricia, la publicidad o el consumismo. Al cabo, era un moralista; de la noble estirpe del moralismo francés, e incluso del romano (con benéficas contaminaciones alejandrinas). Su moralismo estaba aligerado por el escepticismo, la sabiduría oriental, el erotismo (y el amor), la sensualidad (incluida la sensualidad de la inteligencia) y la poesía.

Fue un gran ejemplo, irrepetible quizá, de hombre de la Ilustración contemporáneo. Pero esto lo conjugó con el rescate de lo que la Ilustración trató de ocultar: la tradición subterránea de Occidente, que se mantuvo en las artes por medio del romanticismo, el simbolismo, el modernismo o el surrealismo; y que él mismo practicó como poeta. Esta dialéctica la analizó sobre todo en Los hijos del limo, uno de sus mejores ensayos. Aunque para introducirse en Octavio Paz yo recomendaría el libro con el que me apasioné, Pasión crítica. Está compuesto por entrevistas sobre una gran variedad de temas, de las que se sale con una visión bastante completa (deslumbrada) de su pensamiento. Al que hay que considerar en el contexto de su lujo: por su escasez en nuestro ámbito hispánico, defectuoso y pobre en Ilustración, en pasión por la crítica. Lujo de México que nos sigue irradiando a todos.

[Publicado en Zoom News]