12.6.14

Brasil tiene la pelota

Los que amamos Brasil no estamos eufóricos ante el Mundial que hoy empieza, ni ante el protagonismo que nuestro país favorito va a adquirir durante los próximos treinta días. Estamos preocupados. No pesimistas, porque puede resultar una preocupación vana. Pero sí inquietos. Dependerá de Brasil. Escribo esto justo antes de que empiece a rodar el balón. Porque esa es la incógnita que queda: qué pasará desde ese instante.

Hasta ahora, hasta ayer mismo, ha habido motivos de alarma. Brasil puede tirar por la borda el “futuro” del que nunca ha estado tan cerca. Desde que Stefan Zweig escribió en 1941 Brasil, país del futuro (que editó en España la colección Austral y ahora ha reeditado Capitán Swing), el término ha actuado como un estímulo pero a la vez como una maldición. Los brasileños, pueblo exquisitamente autoirónico, no han dejado de hacer bromas en todas estas décadas sobre ese futuro que se marchita sin haber terminado de nacer. Como decía Caetano Veloso en Verdad tropical, es un futuro que ya es pasado sin haber logrado ser presente.

Ahora, sin embargo, se acercaba con pasos que parecían firmes pero que muestran ser frágiles. El progreso indudable del país, tras las presidencias de Cardoso y Lula, y ahora apuntalado más precariamente por la de Dilma, tiene signos de ser el fruto de una burbuja como la que estalló en España y medio mundo. No sé de economía y soy incapaz de hacer análisis directos, pero observo que quienes saben están alarmados.

En los países ricos en recursos, pero empobrecidos por los malos gobiernos y violentados por las desigualdades, hay siempre motivos para la protesta y razones para la impaciencia. Pero a estas alturas sabemos que las revoluciones solo conducen a un empeoramiento de la situación. El único camino es el del reformismo, porque es el que conjuga los dos factores imprescindibles: el afán de mejora junto con la conciencia de la realidad; es decir, de que esta es compleja, de que tiene su ritmo y de que para cambiarla en la dirección adecuada se requiere habilidad e inteligencia.

El pueblo, por otro lado, se ve presa siempre de un chantaje. Brasil no necesitaba el Mundial para nada. Los recursos que se han destinado a él hacían falta en otros sitios: en sanidad y educación, principalmente. La plutocracia ha impuesto las circunstancias una vez más. Pero ya que el Mundial está en marcha, lo único bueno para el pueblo es que salga bien. Porque si sale mal va ser el primero en pagarlo.

[Publicado en Zoom News]