17.7.14

Nacionalista lo será usted

El impecable manifiesto antinacionalista Libres e iguales, que he firmado, resalta por algo poco frecuente en la sociedad española, acostumbrada a caldos más o menos tibios o a sopas con tropezones demasiado rudos: la nitidez de su diagnóstico y el vigor en la defensa, sin esteticismo, de la ley democrática. Algo básico: una mera premisa para todo Estado de Derecho. Pero con eso aquí se arma. Parece que el franquismo ha dejado incapacitados a muchos (justo los que se las siguen dando hoy de antifranquistas) para entender siquiera qué es la libertad y la igualdad.

Siempre hay ejemplos lastimosos, y el de este vez ha sido el de Jordi Gracia en El País, con su artículo “Un manifiesto equivocado”. Es tan lo de siempre que da pereza: dos bandos, nacionalismo español contra nacionalismo catalán, que si patatín que si patatán, y buen rollito como solución balsámica (por encima de la Constitución, por cierto; o por debajo: acuerdos bajo cuerda). A estas alturas, ¿qué responder? Además de pereza, da pena. La simpatía se la capto a Gracia, naturalmente, y sé que podríamos pasar una agradable tarde charlando (al menos yo con él). Pero se ve tan claramente la dejadez civil... la conveniencia y el adorno. Aquello que Fernando Savater identificaba como lo que los intelectuales comparten con las putas: el vivir de gustar.

Parece que en este asunto los antinacionalistas tenemos que resignarnos a ser tachados de nacionalistas. No deja de ser divertido, como señalé en otra ocasión, que lo más grave que se le ocurre a un nacionalista para contraatacar es llamarle al otro lo que él mismo es: nacionalista. En este caso, por lo visto no basta con lo mal que se habla en el manifiesto del nacionalismo:

El nacionalismo antepone la identidad a la ciudadanía, los derechos míticos de un territorio a los derechos fundamentales de las personas, el egoísmo a la solidaridad. Desprecia el pluralismo social y político, y cuando trata de establecer fronteras interiores arrincona como extranjeros en su propio país a un abrumador número de ciudadanos.
Yo, insisto, soy antinacionalista, y considero que el nacionalismo es la peste (o la Pestilencia, como dice Arcadi Espada). Pero si resulta que, a mi pesar, se me ha colado el ser nacionalista, me alegra que este nacionalismo involuntariamente mío, el español, al menos tenga claros los males enunciados en el citado párrafo. Un nacionalismo que sabe que el nacionalismo es una peste (y que hasta lo proclama en manifiestos) es como mínimo mejor que el que no solo no lo sabe, sino que encima presume de ir atufando.

Por eso la equidistancia es falsa aquí. Porque, si hay dos bandos, uno es objetivamente peor que el otro. Y el que quiera equipararlos, como hace Jordi Gracia, está empeorando (¡insultando!) al mejor. Para mí, sí, “nacionalista” es un insulto. Y en este carrusel desquiciante hay una manera muy sencilla de deslindar: ver si el énfasis se pone en “nacionalismo” o en el adjetivo adosado. El nacionalista catalán pone el énfasis en “catalán”, y por eso puede utilizar como insulto lo de “nacionalista” con solo acoplarle “español”. Aquellos que, como Jordi Gracia, entran en el juego y ponen el énfasis en esos elementos (justamente los nacionales: “español”, “catalán”), se han dejado atrapar por la lógica infecta del nacionalismo. De manera que a mí no me insulte, señor Gracia. Nacionalista, en todo caso, lo será usted.

[Publicado en Zoom News]