11.9.14

Doblan por ti

Quienes celebran el fallecimiento de Emilio Botín pasan por alto que, de todas las posesiones del banquero, esa, la de la muerte, la tendrán ellos también. Celebrar una muerte es siempre, tarde o temprano, celebrar la muerte propia. Porque la muerte es la misma. Es la auténtica instancia de la igualdad. El poeta Jorge Manrique sigue siendo el que mejor lo ha expresado en nuestro idioma: "allegados, son iguales / los que viven por sus manos / e los ricos". Sabidurías de la Edad Media que parecen dilapidadas en nuestros tiempos de Twitter.

Todo tuitero es una hiena en potencia. Yo mismo me lancé un poco cuando murió Peret (y me arrepiento). Lo que caracteriza a Twitter es el vacío: un inmenso vacío de pistolas cargadas sobre el que hay que disparar continuamente. Cuando ocurre algo, los disparos van ahí. Sea la declaración de un político, unas elecciones, una manifestación, lo último de Paquirrín, una guerra, un partido de fútbol, la subida de la prima de riesgo, los Goya, Eurovisión, Sálvame o una muerte. La sensación es la de que al fin ha pasado algo, y se va a por ello.

Pero de todo lo que pasa, lo que nos va a pasar a todos es la muerte. Hay un humor escatológico que intenta conjurarla, y entre las reacciones irrespetuosas esta sería la única respetable; porque procede, al cabo, del estupor, del miedo, de la alegría del superviviente o incluso de una suerte de respeto a la contra (de un intento de aligerar algo pesado, que impone). De un tiempo a esta parte, sin embargo, predominan las reacciones zafias dominadas por la ideología. La ideología que es, por su lado, una de las máscaras de la muerte: por lo que tiene de sacrificio de lo real, siempre singular, en aras de la abstracción uniformizadora.

Resulta alarmante de la extrema izquierda en ascenso que no solo no haya aprendido la lección del pasado criminal de lo que defiende, sino que incluso parezca simpatizar con él, o al menos excusarlo. Después de todo lo que se ha matado en nombre del comunismo, cualquier izquierda radical que no quiera terminar en el crimen debería extremar los controles. Empezando por los controles verbales (o tuiteros), que son el primer dique de contención.

Las deyecciones de ciertos personajes parecían escenificar un crimen que ni siquiera habían tenido el valor de cometer: de un modo extraño, se ponían de esbirros de la Naturaleza en su faceta de asesina. Con un histerismo de fondo por que también Botín se les hubiera muerto en la cama. No deja de tener su gracia que Podemos quiera quitar la cabra de la Legión al tiempo que se le escapan variaciones menores del "¡Viva la muerte!" de Millán Astray... Quitarse el franquismo de encima, no de la espuma sino de las profundidades, no es tarea fácil; y para nuestros antifranquistas militantes resulta definitivamente imposible. (Aunque también por ellos doblarán las campanas).

La semana pasada leí una novelita magnífica de Ernst Jünger sobre la Primera Guerra Mundial, cuyo centenario está causando tantas bajas: El teniente Sturm. Un personaje muere en una trinchera y dice el narrador: "Su última sensación fue la de hundirse en el torbellino de una antiquisima melodía". Así todos, y entre ellos (entre nosotros) Botín. Descanse en paz.

[Publicado en Zoom News]