23.10.14

El mundo como voluntad y representación

Al pequeño Nicolás –"el Zelig del PP", como me escribe una amiga– le ha faltado cinismo y le ha sobrado impaciencia. Con menos ingenuidad hubiese llegado más lejos; porque ingenuidad es, al fin y al cabo, jugárselo todo al teatro, sin ningún postizo legal, como los otros. Le sería de aplicación lo que se dijo de Gabriel Ferrater: "Le hubiese ido mejor en la vida con los mismos defectos pero con menos virtudes". Hay una honradez de fondo en el impostor que se excede.

Son pertinentes, y saludables, reflexiones como la de Enrique García-Máiquez en el Diario de Cádiz, que observa con media sonrisa, no exenta de preocupación, las risotadas de la sociedad. Pero a mí la cabeza se me ha ido por la síntesis schopenhaueriana de "voluntad y representación" que encarna el individuo. Ambos términos, voluntad y representación, entendidos no en su contexto filosófico sino con su significado literal: la voluntad del que quiere algo y cómo se disfraza y actúa (¡representa!) para conseguirlo. Algo que me subyuga en mi sillón de columnista de batín.

Yo conocí a un pequeño Nicolás, Julio Romero, que tenía su familla en ciertos ámbitos del Madrid de la década de 1990 y parte de la de 2000. Se había propuesto hacerse rico antes de los veinte años, y se suicidó antes de los cuarenta. Esto último, según especulaba un amigo, porque era el último reto que le quedaba. Los anteriores los había alcanzado: aunque de ese modo imperfecto del farsante; menos seguro pero con más vida (hasta la muerte).

Los aspectos legales (o ilegales) me abrumaban: como aquel maletín con los sellos e impresos de todo tipo de instituciones y empresas, públicas y privadas, que mostraba con desparpajo a los amigos. Pero admiraba en él cómo captaba las posibilidades del mundo: las posibilidades reales, más allá de las coacciones de la mentalidad común. La gran lección es que el mundo da más de sí de lo que parece, incluso dentro de la ley. Nos cercenamos la acción por culpa de una limitación previa: la de la percepción. Y Julio Romero, que tenía algo de alucinado, poseía una percepción amplia.

Pondré un ejemplo y terminaré con otro. Una noche estaba él viendo con unos amigos el festival de Eurovisión. Era el momento de las votaciones y el logotipo de TVE, la mosca, tapaba los puntos que llevaba Bélgica. Los amigos se pusieron a teatralizar su indignación, entre risas. Julio Romero les dijo: "¿Queréis que quiten la mosca? Lo puedo conseguir". Y sin más llamó a TVE, se presentó como secretario de la embajada belga en Madrid, logró que le pusieran con un responsable, le echó una bronca por la discriminación que para la colonia belga en España suponía el que no se pudiese ver cuántos puntos llevaba su representante en Eurovisión, y le colgó furioso. Unos minutos después, ante el estupor de los amigos de Julio Romero, el logotipo desapareció de la pantalla.

El otro ejemplo, aún más representativo, también tiene que ver con TVE. Me lo contó el realizador Fernando Navarrete, hijo del mítico realizador Fernando Navarrete. Cuando era niño acompañaba a veces a su padre a Televisión Española. Un día vio a otro niño de su edad deambulando por los pasillos, solo. Se acercaron por si se había perdido, pero no: era Julio Romero. Tenía nueve años, estaba en su casa viendo la tele y de pronto se le ocurrió conocerla por dentro. Cogió dinero, se metió en un taxi, llegó al edificio de Prado del Rey y entró. Así de sencillo.

Con menos de diez años, pues, traspasó la pantalla: vio la representación por dentro. Y se sumó a ella, desde sus trucos. Para un artista o un filósofo el juego podría ser inagotable, pero para un hombre de acción no. Al final, como he dicho, solo le quedó una cosa que hacer: matarse. Dirigir su voluntad hacia el fin de la representación. Le ganó también la impaciencia por traspasar la última pantalla. O por quitarse el último disfraz.

[Publicado en Zoom News]