29.4.14

Política es fútbol

Ha muerto Boskov, el que nos entregó las tablas con la única ley del fútbol: “fútbol es fútbol”. Yahvé también empezó tautológico: “soy el que soy”. Pero luego le supo a poco y le dio a Moisés los mandamientos, ese listado con las faltas y los penaltis de la vida. La vida se hizo de este modo complicada. Aunque no perdió nunca su vocación por la simplicidad, y en los momentos más difíciles reclama que se corte por lo sano y se sentencie: “así es la vida”. Afirmación que cuenta con otro equivalente futbolístico: “el fútbol es así”.

Billy Wilder, que no siempre era el que era porque a veces lo confundían con William Wyler (“Wilder, Wyler, ¿qué más da?”, decía Billy), encontró en la tautología una manera brillante de salvar la papeleta más engorrosa a la que se enfrenta un director de cine: asistir al estreno de la película de otro director de cine. Por lo general la película no le gustaba (¡y eso que era en Hollywood, imagínense en España!), así que cuando veía a la salida al director, le apretaba la mano con firmeza, le miraba a los ojos y le decía, seguro de no estar siendo un hipócrita: “¡esto es una película!”.

¿Serían aplicables Wilder y Boskov a la política? Lo de Wilder no funciona. Imaginemos que me acerco a Floriano, por ejemplo, y le digo: “¡es usted un político!”. Suena a insulto, o a que tengo ganas de cachondeo. Nuestros políticos no han sabido conservar la limpieza tautológica de su profesión. El mero enunciado, ya huele a chamusquina. Algo similar pasa si se emplea la fórmula de Boskov: “política es política”. Parece que se alude a algo chungo; a una inevitabilidad de chanchullos y chapuzas.

Y sin embargo, el descrédito de la política se debe en buena parte a que no se ha limitado a ser simple política, sino a que ha sido también otras cosas; incluso antes que política. La política no como política, sino como negocio, como agencia de colocación, como instrumento de presión, como sustitutivo de carencias en otro ámbito, como anhelo de irrealidad, como delirio, como religión e incluso como crimen. La política, también, como palanca de sectarismo: como fábrica de hooligans ideológicos (aunque más de siglas que de ideas). Para aproximarse aquí, Boskov necesitaría cambiar solo la mitad de su enunciado: “política es fútbol”.

[Publicado en Zoom News]

24.4.14

Libros basura

Las apologías del libro, así a bulto, sin discriminar, son excesivas. La lectura es buena en sí, pero no los libros. Los inquisidores y los censores tenían este fondo de razón: aunque en su caso eran los libros quemados y prohibidos justamente los buenos. Siempre ha habido libros malos, pero nunca como ahora habían ocupado tanto espacio ni se habían revestido de tanto lujo: nunca como ahora su presencia había sido tan abusiva. En los últimos tiempos ha habido chistes a propósito. Recuerdo dos muy buenos: el de la librería que se anuncia como “especializada en libros”; y el del lector que le pregunta al librero que dónde puede encontrar los libros escritos por escritores.

Decía Borges que hasta el peor libro contiene una línea buena. Pero eso era antes. Hoy existe esa cosa llamada libro basura, que podríamos definir como aquel libro que ni siquiera contiene esa línea buena. Los libros de nuestros políticos pertenecen sin duda a este género. En otra de sus frases felices, dice Borges: “Ordenar bibliotecas es ejercer, de un modo modesto y silencioso, el arte de la crítica”. Las librerías son, en este sentido, un manifiesto. Y el librero deja las cosas claras cuando las memorias de Aznar (22,50 €), Zapatero (21,50 €), Solbes (22,50 €), Felipe González (19,99 €) o Revilla (19,90 €) no las coloca en la estantería de historia, ni en la de pensamiento político, ni siquiera en la de memorias. Las pone en la de novedades comerciales, junto al libro de Belén Esteban (18,90 €; este y los anteriores rebajados ayer un 10%).

Ese, el lugar del bullshit, el de la caca de la vaca o la palabrería hueca, es el lugar que ocupan nuestros gobernantes cuando se deciden a “entrar en la cultura” por la vía de la publicación. Esas memorias que podrían (¡y deberían!) ser una contribución al conocimiento de nuestra historia, un servicio público como todavía alcanzaron a serlo las de Azaña, no son más que un aguachirle prosístico, autocomplaciente y gris, como emanado del autogabinete de prensa y el autogabinete de imagen que el cerebro de cada político nuestro actual constituye. Porque estas basuras en forma de libro son el efecto de una premisa: la de que el político capaz de escribir unas buenas memorias es expelido por nuestra partitocracia en las primeras fases de su vocación. Hay así, en la España de hoy, senderos biográficos que tienen como condición no poder culminar en autobiografía.

[Publicado en Zoom News]

22.4.14

El hielo quema

A Gabriel García Márquez se le entiende políticamente (y quizá se le absuelve) si no pensamos en él como un autor comprometido sino como un frívolo, un esteticista. Su comunismo era acrítico y ramplón: una solución personal para no sentirse solo. También abrazó a Fidel Castro para que lo quisieran. En su repugnante defensa de este dictador –que ha fomentado el atraso de Latinoamérica– había sin embargo un elemento que me enternecía: el de la amistad. Y aquí está quizá la clave: pese a sus adornos ideológicos, García Márquez era un hombre prepolítico. Primaba la calidez humana; pero no comprendía que a la calidez universal solo podemos aproximarnos por medio de la frialdad democrática.

Esta aparición de las temperaturas me lleva, sin haberlo premeditado, adonde yo deseaba: al homenaje al escritor. Yo ya no era lector de sus libros, pero en él descubrí la literatura, y por lo tanto le debo los muchos libros que he leído de otros. Su castrismo, en realidad, no ha perjudicado a mi vida; pero Cien años de soledad la mejoró. De niño me lo pasaba muy bien leyendo tebeos, alguna novela de Salgari y todas las de Agatha Christie; incluso recibí roces de los clásicos en las lecturas escolares. Pero el salto, la pasión, fue con Macondo: aquellas piedras “como huevos prehistóricos” eran también las de mi planeta inaugural. Y cuando José Arcadio Buendía llevaba a su hijo a conocer el hielo, me estaba llevando de paso a mí a conocer la literatura.

El chispazo, tras el deleite de las primeras páginas, fue justo cuando el pequeño Aureliano pone la mano en el hielo y dice: “está hirviendo”. La recuerdo como mi primera emoción puramente literaria: una revelación del mundo gracias a la palabra; una revelación, a la vez, del poder de la palabra y de la maravilla del mundo. Me deslumbró la mezcla de sorpresa y precisión. De entre todas las respuestas de Aureliano, la que menos podía esperarme era la que dio, porque era en principio la más alejada. Pero decirla no resultaba gratuito, sino ajustado: porque, en efecto, el hielo quema. Es una experiencia común, pero que la estabulación del lenguaje nos impedía formular. El arte del escritor es ese: limpiar el idioma del peso muerto para que recobre la vida y vuelva a decir. Una operación en la que también renace la realidad.

Dentro de cien años, Fidel Castro será un nombre más en la masa de “ridículos tiranos” de la América católica. Pero hay lectores que no han nacido aún y que descubrirán en la obra de García Márquez la compañía de la literatura.

[Publicado en Zoom News]

17.4.14

La Semana del Terror

Yo practico el deporte de despotricar contra la Semana Santa, pero con un cierto alejamiento ya, sin implicarme. Y a veces, cuando algún amigo, con el que me enredo en las críticas, manifiesta su sueño de que se suprimiese, me veo de pronto defendiendo su existencia. En mí no hay un hilo directo entre la detestación y el ánimo de aniquilar. Yo detesto cosas a las que les deseo larga vida: para seguir detestándolas. Me va la dialéctica, porque es de donde extraigo gasolina (y fecundas INRItaciones).

Es sin duda una semana hórrida, como la ha llamado Arcadi Espada. Y Félix Bayón se refería a ella, sin abandonar la sonrisa, como la Semana del Terror. En esto no se equivocaba personalmente: porque murió en una. Ante todo, supone una pesadez para los que no estamos en el asunto. Amplias zonas de la ciudad son secuestradas; y desde ellas hay una expansión abusona de tambores. Pero la solución es líquida: irse a otra parte. Yo, que no suelo viajar en estas fechas, aprovecho para pasear por el extrarradio o por la costa. Y la interrupción de la ciudad queda compensada luego, cuando se vuelve a pasear por las calles de siempre con un cierto aire novedoso.

Las blasfemias por estas fechas son un clásico, entre la minoría literata. Haberlas practicado, de un modo más o menos inofensivo, constituye una vacuna saludable. Pero insistir en ellas es también una pesadez: bastante eclesiástica, por lo demás. En la Iglesia siempre ha inquietado más la indiferencia que la blasfemia, por más que a esta la haya combatido y reprimido. El blasmefo es un enemigo que, al fin y al cabo, habla su mismo lenguaje: el religioso. Por eso los católicos listos no dejarán de sentir ternura por nuestras entrañables procesiones de ateos, esas ovejas descarriadas que rinden su tributo al crucificado a su manera: este les ha determinado, para empezar, su plan del Jueves Santo. Además de que contribuyen a su imaginería tétrica.

Los que se escapan hacia el paganismo son los que se han ido limpiamente a la playa sin más. Aquellos para los que estos días solo son unas vacaciones.

[Publicado en Zoom News]

15.4.14

Ya han empezado a cargarse la III República

Parece claro que algún día llegará la III República a España, o a lo que quede de España. Yo repito que soy un republicano sin prisa. Es decir, un republicano que considera que lo innegociable es el Estado de Derecho, y que se puede admitir una Monarquía constitucional en tanto que en ella el Estado de Derecho es posible. La República sería el ideal político racionalista, pero solo resultaría urgente si el monarca de turno no cumpliera con su deber democrático. La falla de esta tranquilidad está, obviamente, en dejar el asunto al albur genético o al de la actuación de esa figura a la que se le confiere irresponsabilidad ante la ley. Es una tranquilidad, en parte, de jugador de póquer.

Hoy por hoy, poco entusiasmo tengo en defender la Monarquía, salvo en que forma parte del pack constitucional, que sí defiendo. (Incluido en ese pack, no hace falta decirlo, el procedimiento de reforma de la propia Constitución). Aparte de esta aceptación formal, el único estímulo que encuentro en su favor es el que tengo en contra de nuestros republicanos más visibles: esos que cargan con la bandera de la II República a todas partes y que salen a manifestarse cada 14 de abril, en favor de una ilusión y en contra de nuestra democracia realmente existente. Si en su oferta estuviese el fortalecimiento del Estado de Derecho, que, como digo, es mi prioridad, quizá los respetase y hasta me uniese a ellos. Pero el Estado de Derecho no puede estar en el programa de quienes tienen como sueño repúblicas más o menos bolivarianas o castristas.

Es cierto que –como dice mi amigo Alejandro González Terriza, que es un republicano ardiente– en el contexto de Europa la República que se instaurase no podría no ser un Estado de Derecho. Pero, para mí, esos individuos del republicanismo folclórico no solo no están abogando en verdad por ella, sino que ya han empezado a cargársela. Su apuesta es por la irrealidad. No aspiran a un Estado que en lo sustancial se parecería al que ya tenemos, en brega y compromiso con lo que hay; sino a un reino (¡paradójicamente!) de Jauja, de cuya tierra manaría leche y miel, y en el que siempre saldría elegido un presidente como Zapatero, Llamazares o el Tuerka y nunca uno como Aznar o Rajoy. Pero como eso no es posible, pronto empezaría el desengaño y el impulso de conspirar, en busca de otra irrealidad más ambiciosa: la Revolución, por ejemplo. Aproximadamente como pasó con la II República.

[Publicado en Zoom News]

12.4.14

Libertinaje mental

El libertinaje en acción me da una pereza enorme; esos esforzados malabarismos de la maquinaria corporal, asuntos de hidráulica y de fontanería. Estar en la cama libertina, in situ, es como estar picando piedra. El cuerpo es el instrumento del placer, pero a la vez es una pesada carga. Para aligerarla hace falta la mente, el deseo. La gasolina para elevarse sobre la gravedad.

En mi panteón personal hay dos dispensadores de ese combustible. Un guionista y director de cine: Billy Wilder. Y un artista, y a la vez no artista: Marcel Duchamp. Distintos el uno del otro pero los dos con una mente sucia. Al decir sucia quiero decir caliente: generadoras de connotaciones sexuales; expendedoras de sexo. Uno se mete en Wilder o en Duchamp, o en los dos a la vez como yo hago, y sale listo para las orgías de la mirada y el pensamiento. Las obras de uno y otro son ejemplos de cómo calentarse. En ambos, paradójicamente, con apariencia fría. Es una operación mental la que calienta. Y es este el punto de partida del libertinaje.

A Billy Wilder le venía en parte de su maestro Ernst Lubitsch. Aunque este era más fino y Wilder lo enguarraba. Alguien definió de un modo exacto la diferencia entre el maestro y el discípulo. Hay una pareja en un banco nocturno, besándose. Se acerca el camión del riego, echando agua justo por el camino en el que ellos están. En una película de Lubitsch, el chorro se interrumpe justo a la altura de los amantes y se reanuda después. En una de Wilder, el camión pasa y los empapa, sin que ellos se inmuten. Pero en Lubitsch ya estaba la energía mental: en su finura hay dinamita. Su humor, el conocido toque Lubitsch, surgió de un cartel que había a la entrada de un club austrohúngaro: “Se prohíbe a los señores socios entrar en compañía de mujeres que no sean sus esposas; salvo que se trate de las esposas de otros socios”. Wilder escribió guiones para Lubitsch, y las obscenidades más explícitas del discípulo pugnan por salir. Pero la fusión se produce fuera de la pantalla, y por obra en realidad de un espectador: el cual había captado, sin duda, de qué iba el juego. Cuenta Wilder que Lubitsch, tras el estreno de Ninotchka, cogió las tarjetas en que los espectadores habían dejado su opinión y las fue leyendo de regreso en la limusina. De pronto, empezó a troncharse con una. Se la pasó a Wilder, que leyó: “Me he reído tanto que me he meado en la mano de mi novia”.

Wilder, naturalmente, tampoco dejó nunca de ser fino; es decir, inteligente. Pero los engranajes de sus películas están cargados: su motor es tórrido. Algo que propiciaba el hecho de que Wilder trabajara para la industria. Se movía dentro de los márgenes permitidos, pero rozándolos, o incluso traspasándolos un poco: y dejando cargado de electricidad lo que quedaba dentro. La primera película que dirigió, El mayor y la menor (1942) es casi un anticipo del Nabokov de Lolita (1955); que cuela por el truco de que la menor en realidad es una mayor disfrazada: pero lo que hace esto, aparte de dejar a salvo la moral, es duplicar el morbo. Creo que era en esta película, por cierto, en la que se le decía esa maravillosa frase a la mujer que llega empapada por la lluvia: “Quítate esa ropa mojada y ponte un martini seco”. (Una frase muy Duchamp).

El engranaje, por ejemplo, de Con faldas y a lo loco (1959), locura de travestismo que acaba como tiene que acabar: en boda, porque “nadie es perfecto”. En esta película Wilder gamberreó con el deseo por el icono sexual de entonces, Marilyn Monroe. El propio Wilder ya lo había sobrecargado en La tentación vive arriba (1955), cuyo título español da en la clave mejor que el inglés (The seven year itch), con la alusión a esa jerarquía vertical mujer-hombre (¡también duchampiana!) que pugna, desde la zona de abajo (la del hombre) por la horizontalidad (sin conseguirlo). Es algo superior al hombre, en realidad, lo que accede a las altas partes bajas de la mujer: el bufido del suburbano, traspasando la rejilla de la acera y subiéndole el vestido, enredándose en las bragas. Las mismas bragas que (en otro ejercicio de tensión, en este caso relativo a las temperaturas) Marilyn había dicho que en verano las guardaba en la nevera. Al comienzo de Con faldas y a lo loco, Wilder retoma esta pasión de los trenes por la actriz, con el vapor que uno le escupe a ella cuando camina (jamonísima) por el andén. Pero el juego en esta película es más perverso. Primero, porque, al ir Jack Lemmon y Tony Curtis disfrazados de mujer, están condenados a ser solo amigas de ella (aunque no deja de flotar en el ambiente la posibilidad lésbica). Segundo, porque Marilyn se muestra activa en su intento de seducción de Tony Curtis, cuando este se disfraza también de millonario. Como decía Wilder: “Solo había algo más excitante que seducir a Marilyn: que te sedujera ella”. Con lo que, por lo demás, se convertía al varón estadounidense (y mundial) de 1959 en el sujeto pasivo de la relación.

O los engranajes de Irma la dulce (1963) y Bésame, tonto (1964). Con los juegos e inversiones de la relación entre la puta y la esposa: la puta-esposa, la esposa-puta, y los sucesivos lugares en que queda el marido o cliente. En Irma la dulce, el hombre que se enamora de la puta se disfraza de un aristócrata que debe acapararla como cliente; pero para ello el enamorado debe deslomarse en el trabajo para pagarla (como un marido) y además siente celos del personaje que ha creado, por lo que lo termina eliminando. En Bésame, tonto, el hombre que contrata a una prostituta para que haga de su mujer y así poder servírsela a Dino –el cantante de éxito, para que compre sus canciones–, le traspasa la moralidad del matrimonio a la profesional que ocupa el puesto de esposa, que al final vive una noche decente; en tanto que la verdadera esposa, despechada, ha terminado haciendo de puta en la roulotte de la otra. Estos circuitos son quizá una denuncia; pero un calentamiento también. Sobre todo un calentamiento. Hacen falta estructuras: la del matrimonio, la de la prostitución. Pera alterarlas y magnetizarlas.

En todos los casos, pues, segregaciones de gas erótico. El gas con el que Duchamp tanto jugaba: calentándolo también. El gas es lo que asciende y lo que se expande; y lo que se inflama. Si el gas es erótico, todo queda impregnado de erotismo; y con la posibilidad de inflamarse. En la obra de Duchamp no se entra tan fácilmente como en la de Wilder; pero en cuanto se tienen las claves necesarias, también se convierte en una orgía: en una incesante emisión de guarradas y gamberradas. Muy finas también, porque son guarradas y gamberradas de la inteligencia. Libertinaje mental. Una de las claves es el gas, la idea del gas. Por ejemplo, el de la lámpara de gas Bec Auer, que aparece en uno de sus primeros dibujos (de 1902), y en su última gran obra, Étant donnés (1946-1966); aquí, sostenida fálicamente por la muchacha desnuda que no se sabe si está muerta o sumida en el posorgasmo, la petite morte. Hay otra obra fría, aparentemente anodina, que es pura rijosidad, puro landismo (avant la lettre) para españoles. Consiste en una caja en una de cuyas caras simplemente se ha pegado una placa de las que había en los edificios franceses con la información: Eau & gaz à tous les étages. Agua y gas en todos los pisos. Lo que con el calentón del artista viene a significar: en todos los pisos hay tomate.

Con el agua, ese agua que hay también en todos los pisos, también jugó Duchamp; mejor si en forma de cascada. En la mencionada obra Étant donnés, junto con la lámpara de gas hay una “caída de agua” en el paisaje, el cual se convierte así en un paisaje activo: sexualmente, por supuesto. Hay una foto que Duchamp mandó hacer en 1965 y que es otra obscenidad, conociéndole. Según Pilar Parcerisas en Duchamp en España (Siruela, 2009), cuando se encontraba con su mujer y otras personas en el Ampurdán, pidió que les hicieran una foto, sin que se diera cuenta ella, mientras estaban sentados a una mesa junto a la cascada llamada La Caula (La Caliente). En la foto la mujer aparece distraída, con el gran chorro a sus espaldas; Duchamp enfrente, mirando en otra dirección con disimulo; y al lado una niña, la única que observa la cascada, la hija de la fotógrafa. Como dice Parcerisas: “La energía de la cascada es la que mueve el molino, la que produce la electricidad amorosa e inflama el gas”. Molino que, por cierto, también tiene connotaciones masturbatorias, abundantísimas en la obra de Duchamp: la famosa Rueda de bicicleta vendría a ser un aparato masturbador, un molino de electricidad amorosa que se mueve con la mano. En esta órbita está también el cuadrito Paysage fautif (Paisaje defectuoso), hecho con el semen del artista; aunque fue una eyaculación secreta, descubierta solo cuando se analizó la sustancia años después. En ambas obras, no obstante, alienta la idea de la copulación (como alienta en las masturbaciones): Paysage fautif era una obra para una examante; y la Rueda de bicicleta puede interpretarse también, como apunta Juan Antonio Ramírez en Duchamp. El amor y la muerte, incluso (Siruela, 1993), como una “máquina copulante”, puesto que la horquilla de la bicicleta está clavada en un taburete.

La relación entre los sexos, y el territorio imantado entre ambos, que es al mismo tiempo de deseo y de separación, es otra de las claves de la obra entera de Duchamp. En Étant donnés hay una gruesa puerta entre la mujer y quien la mira. En el Gran Vidrio una franja separa el ámbito superior de la novia y el inferior de los solteros que tratan de operar con ella mediante sus “tiritos oculistas”. Como estamos hablando también de Billy Wilder es imposible no pensar otra vez en La tentación vive arriba, y la jerarquía vertical entre la Marilyn de arriba, o “colgado hembra” (según la terminología de Duchamp), con su dominio majestuoso, de mantis religiosa, sobre el impotente vecinito de abajo, que podría ser uno de los “moldes machos” (también en terminología de Duchamp). El episodio del vestido que se levanta por el viento del metro evocaría también al ready-made de Duchamp titulado Underwood, que consiste en una funda de la máquina de escribir de esta marca, a modo de falda bajo la cual hay “madera” o “bosque”, o hay tomate. Por arrojar más correspondencias entre Duchamp y Wilder más, el Desnudo bajando una escalera podría ser el de Marilyn bajando (y subiendo) en La tentación vive arriba; o el del tobillo con pulserita de Barbara Stankwyck bajando las escaleras de Perdición. Y Duchamp travestido como Rrose Sélavy podría haberse camuflado entre Lemmon y Curtis en Con faldas y a lo loco.

Hay en Duchamp obviedades pasmosas, casi chuscas (sublimemente chuscas), relativas a “las cosas del meter”: como la obra Portabotellas, con sus falos erectos esperando tan solo a que se pose en ellos el cuerpo con su agujero. Y hay intervenciones sexualizantes. El inocente anuncio de esmaltes que Duchamp titula Apolinère enameled muestra a una niña dándole con el pincel a la cabecera de una cama; y Duchamp ha añadido unas sombritas bajo las patas, de manera que parece que la cama se eleva por la caricia de la niña: entra en erección. Termino estas menciones con el célebre urinario, convertido, más que en obra artística, en obra sexual, por medio del título, Fuente, y la modificación de la postura. Gracias a esta, el que orina es orinado: esa cópula fofa y en suspenso que es mear se transmuta, alquímicamente, en lluvia dorada.

El juego no tendría fin. Esto es solo una muestra, y una invitación a que se prosiga. Las obras de Billy Wilder y de Marcel Duchamp ilustran maneras de proyectar el sexo sobre todo. O de captarlo. Es la lección del autor de teatro Miguel Romero Esteo, que fue profesor mío y que una tarde, mientras estaba con un grupo de sus alumnos y alumnas charlando en el bar, detuvo de pronto la perorata intelectualeta y señaló abruptamente lo que alentaba: “Aquí estamos hablando muy serios de temas elevadísimos, pero lo que hay por debajo de la mesa son coños y cipotes palpitando”. Es pensar eso.

[Publicado en Jot Down en papel 5, especial libertinaje]

10.4.14

Una situación embarazosa

Lo preocupante es el socavón: el desplome del nivel. Hasta hace no tantos años, Cataluña era la vanguardia intelectual de España, lo más parecido que teníamos a Europa; una especie de antesala. El nacionalismo la ha convertido en lo más alejado. Por obra de su amor enfermo, Cataluña es hoy la different. El catalanismo nos roba: nos roba la Cataluña que admirábamos. En su lugar está este bochorno de mermelada que no sabemos dónde meternos.

¿Qué hacer cuando la élite de un territorio, con creciente efecto hacia abajo, se pasa al delirio? Yo ya solo discuto para pasármelo bien, para soltar mis carcajadas sarcásticas, para reírme (bajunamente) con el tonto del pueblo (arrepintiéndome a continuación). ¿Pero dialogar? El diálogo exige una condición previa: el respeto a las palabras, a lo que significan. No se puede dialogar con quienes se dedican a malversar palabras nobles, como “democracia”, a su conveniencia; o no entienden qué es “Estado de Derecho”.

Pero esto es un papelón. Hay situaciones tensas en que se puede llegar a un acuerdo, porque las dos partes están en un estadio mental equivalente y las razones respectivas, aunque no se compartan, resultan comprensibles. No es el caso con los que mandan ahora en Cataluña ni con su inteligentzia (oxímoron de vértigo). Se han convertido en adolescentes con los que es imposible mantener una relación madura. Y ellos solos se han metido ahí, pasmosamente, creando una situación embarazosa para todos.

Es embarazosa para nosotros, los demócratas no nacionalistas, porque de pronto nos vemos por encima de un modo abrumador. Y da un poco de vergüenza verse tan alto sin haber hecho mérito. Porque no hemos hecho nada: es solo que ellos se han despeñado. Y es embarazosa para ellos, porque la única opción que les queda, si no quieren continuar en la locura, es reconocer que se han equivocado; que están en el sótano y que deben subir un montón de escalones para llegar siquiera al suelo. Algo humillante, en verdad: lo que, unido a la indigencia en que se han instalado, lo hace prácticamente imposible

Del debate del martes lo que más me gustó fue que, tras la votación final, los vencedores aplaudieron poco, solo una ráfaga por compromiso. No se quería ofender. Es una encrucijada triste. Los enviados catalanistas daban mucha pena y nuestros constitucionalistas no quisieron escarnecerlos. Se hacen perfectamente cargo de la situación embarazosa. Y me emocioné un poquito, con seca melancolía. Me enorgullece que mis representantes tengan más clase que yo.

[Publicado en Zoom News]

8.4.14

El aguirrismo ha muerto

Debe de ser la bufonada de la que menos me he reído este año, y de la que menos chistes he hecho (aunque alguno se me ha escapado: mi grifo siempre tiene goteras). Pero es que la melancolía se me ha impuesto esta vez, en el ring mental en que combaten la pena y la carcajada. Hablo del incidente protagonizado por Esperanza Aguirre la semana pasada en Madrid, que para mí ha supuesto el fin del aguirrismo: no en sí, sino como esperanza (para quienes la tenían).

Como ocurre cuando hay diferentes versiones de unos hechos, deberán dirimir quienes tengan competencia, y a la Justicia le corresponderá la última palabra. Pero entre tanto hay emanaciones, síntomas, que pueden servir de reflexión sin más demora. Y la gran emanación ha sido el espectaculito, impresentable, dado por los devotos de Esperanza Aguirre. Los conozco bien: algunos son amigos míos.

Tras bastantes charlas, comidas y discusiones con ellos, me había hecho la idea de que, en verdad, representaban una corriente saludable del PP: con su aproximación, sí, al liberalismo; o con su decir con claridad verdades constitucionales (antinacionalistas, por supuesto). Es cierto que la presidencia de Aguirre en la Comunidad de Madrid no ilustraba del todo estas virtudes; pero en nuestras sobremesas sus maniobras, su personalismo o el engendro de Telemadrid (tan achicharrante como Canal Sur o TV-3) podían adjudicarse a las necesidades prácticas de la vida política.

El acelerón de Aguirre en Callao no solo tumbó la moto de un agente de movilidad: también tumbó la credibilidad de mis entrañables aguirristas. Podrían haberse mostrado más distantes en el juzgar, o haber exhibido una cierta desilusión por la conducta de su lideresa. Pero no. La respuesta ha sido la adhesión inquebrantable. La defensa como premisa, y el aplauso incluso. Pueden fingir que lo hacen porque las cosas no sucedieron en realidad así. Pero su precipitación y su obcecación nos indican que lo hubieran hecho de cualquier modo. Tampoco ellos han sabido diferenciarse en la dirección correcta.

Estamos en lo de siempre: si tenemos unos políticos malcriados, es porque sus partidarios los malcrían.

[Publicado en Zoom News]

3.4.14

Zona fantasma

Esta subpolítica de los tuits y de los vídeos es sin duda mala para el país, pero buena para los columnistas. Al menos para los de mi estadio, que es el bajuno. Cuando me levante del sillón, que me tiene crucificada la rabadilla, y regrese a mi ser de ciudadano, volveré a horrorizarme con nuestros políticos. Pero mientras tanto intentaré pasármelo lo mejor que pueda. No sé si los españoles tienen los políticos que se merecen, pero los columnistas de mi calaña desde luego que sí. En vez de dispensarles un manto de silencio que quizá les hiciese rectificar, les damos cuartelillo. En el fondo sabemos que vivimos de que sean así. Si fueran mejores, deberíamos buscarnos otro trabajo (sin duda peor).

De manera que ahora debemos hablar del vídeo que ha sacado el PP (me imagino que apenas el primero, porque en las campañas suelen segregarse sagas) para las elecciones europeas del mes que viene. He decir que se me han hecho cortos sus 48 segundos y que me ha gustado un montón la fotografía. La producción tampoco está mal; aunque, como se trata del partido que está en el poder, me imagino que no le habrá sido difícil encontrar productor (a diferencia de lo que le ocurre a nuestro mejor cineasta, Víctor Erice). Por otra parte, admiro la brillantez con que han resuelto el escollo principal: ¿con qué actor contar, si todos están contra el PP? ¡Con ninguno! ¡Es la primera película española en diez años libre de titiricejas!

Por otra lado, tiene su interés el diálogo que establece con otras piezas audiovisuales de su género. Y no me refiero a los anuncios de frigoríficos (el principal mensaje subliminal que me noto es que debo cambiar el mío), sino a la filmografía del PSOE. A aquella película colectiva, por ejemplo, que se tituló Hay motivo. El vídeo del PP puede considerarse una réplica en toda regla, con su exposición de motivos en contra. También responde al vídeo de la segunda campaña electoral de Zapatero, Defender la alegría. Aquí lo que se trata de defender es la despensa, porque las penas con pan son menos; y se transmite que aquella alegría fue para España (simbolizada en el pisito del anuncio) como una bomba de neutrones.

Aunque, bien mirado, el gran referente es el anuncio aquel que sacó Felipe González contra Aznar: el del dóberman inolvidable. En él se azuzaba el miedo a la derecha franquista y antidemocrática, con ese punto hitleriano que aportaba el perro. Con este del PP se azuza el miedo de “que vienen los rojos” a llevárselo todo y dejarlo vacío. Son conclusiones abruptas y sin matices, propias del procedimiento usado: el del formato propagandístico-publicitario dirigido al cerebro reptil de la población. La guerra de los vídeos es la prolongación de lo más zafio de la política por otros medios (audiovisuales, concretamente).

Pero, ya puestos en el juego, el PP ha cometido un tremendo error de timing al sacar el vídeo ahora. El presidente aún no ha designado candidato para las europeas. A este ser desconocido, ya que urge llamarlo de algún modo, se le conoce como lo que es por el momento: el candidato fantasma. O sea, el habitante de la casa fantasmal del vídeo. En cuanto tome cuerpo, se le echará de más.

[Publicado en Zoom News]

1.4.14

Pasión crítica

Se ha cumplido el siglo del autor de Hombres en su siglo, que murió hace dieciséis años. El siglo de Octavio Paz fue, en todos los sentidos, sobre todo en los que queman, el XX. Y lo vivió ajustándose casi a su definición de “siglo corto”, que suele atribuirse a Hobsbawm pero que al parecer es de John Lukacs. Este historiador estadounidense de origen húngaro, por cierto, es un gran lector de Paz. Como el mexicano, tiene una mirada de largo alcance (aunque no tan amplia), que enfocada hacia el presente capta los signos del fin de la edad moderna.

El siglo XX corto nació, como Octavio Paz, en 1914, el año de la Gran Guerra, cuyo centenario lo está acompañando también. Y terminó en 1989, con la caída (o el levantamiento) del telón de acero. Paz nos dejó en 1998, y esos añitos de más le sirvieron para sedimentar el balance del espejismo comunista. Una de sus observaciones más limpias es la de que el marxismo es la última herejía del cristianismo. Esta caracterización religiosa (que ya señaló Nietzsche en su día) es la única que nos permite comprender el dogmatismo, el fanatismo, la cerrazón, la pulsión por los autos de fe y las purgas, las excomuniones y las demonizaciones tan habituales entre esos autoproclamados ateos. Ahora parece haber una corriente de resurrección (que en España tiene unos rostros concretos y muy desagradables), pero, como dijo en su día Fernando Savater, discípulo de Paz, “no se trata de un comunismo redivivo, sino mal enterrado”.

Pero la crítica de Octavio Paz al comunismo (que profesó en su juventud) es un aspecto particular de su crítica general hacia todos los dogmatismos, incluidos, por supuesto, los puramente religiosos. Y los capitalistas. No fue un equidistante: sabía que la democracia formal, el Estado de derecho, era el camino; y se la jugó en su defensa, llevándose las consabidas amarguras de nuestros países. Pero no estaba ciego ante las degradaciones de la industrialización, la avaricia, la publicidad o el consumismo. Al cabo, era un moralista; de la noble estirpe del moralismo francés, e incluso del romano (con benéficas contaminaciones alejandrinas). Su moralismo estaba aligerado por el escepticismo, la sabiduría oriental, el erotismo (y el amor), la sensualidad (incluida la sensualidad de la inteligencia) y la poesía.

Fue un gran ejemplo, irrepetible quizá, de hombre de la Ilustración contemporáneo. Pero esto lo conjugó con el rescate de lo que la Ilustración trató de ocultar: la tradición subterránea de Occidente, que se mantuvo en las artes por medio del romanticismo, el simbolismo, el modernismo o el surrealismo; y que él mismo practicó como poeta. Esta dialéctica la analizó sobre todo en Los hijos del limo, uno de sus mejores ensayos. Aunque para introducirse en Octavio Paz yo recomendaría el libro con el que me apasioné, Pasión crítica. Está compuesto por entrevistas sobre una gran variedad de temas, de las que se sale con una visión bastante completa (deslumbrada) de su pensamiento. Al que hay que considerar en el contexto de su lujo: por su escasez en nuestro ámbito hispánico, defectuoso y pobre en Ilustración, en pasión por la crítica. Lujo de México que nos sigue irradiando a todos.

[Publicado en Zoom News]