30.10.14

Historia mínima de un siglo corto

He tenido la suerte (¡el privilegio!) de traducir un libro para la colección Historias mínimas de la editorial Turner, que ya tiene varias obras maestras en su aún breve catálogo: la Historia mínima de España, de Juan Pablo Fusi; la Historia mínima del País Vasco, de Jon Juaristi; y la Historia mínima de la literatura española, de José-Carlos Mainer. Son como meterse en un cofre de tiempo comprimido: mucho tiempo en poco espacio. Los autores logran atinadas síntesis, y a la vez consiguen abrirse algo de sitio para ensayar. En el libro en cuestión, la Historia mínima del siglo XX, de John Lukacs, estas cualidades se dan acentuadas.

John Lukacs, estadounidense de origen húngaro (nació en Budapest en 1924), sin parentesto –que yo sepa– con el filósofo marxista Georg Lukács (al que una hermana de nuestra Magdalena Álvarez citó en un congreso de filosofía como "George Lucas"), comparte con Hobsbawm la idea de que el siglo XX fue un siglo corto, que empezó en 1914 y terminó en 1989. Incluso se plantea si no fue más corto aún y terminó realmente en 1945. Para Lukacs los dos acontecimientos definitorios del siglo XX son las dos guerras mundiales, y la guerra fría (de 1945 a 1989) no sería más que un epílogo.

Su mirada de larga perspectiva percibe que nos encontramos en el final de la edad moderna. Una de las cualidades de esta edad es precisamente la conciencia histórica. El título de su admirado Huizinga, El otoño de la Edad Media, no hubiera sido entendido por los medievales; en cambio los modernos sí tenemos conciencia de este "otoño de la Edad Moderna". Para Lukacs, la Edad Moderna es sinónimo de Edad Europea. Y una de las características del corto siglo XX es que las dos guerras mundiales, cuyo escenario principal fue Europa, se resolvieron con la intervención de Estados Unidos: demostración de que el siglo marcaba, en la práctica, el final de la Edad Europea. La edad que vendrá después de este siglo de transición, ni Lukacs ni nadie puede saberlo aún.

El libro da para mucho en sus 267 páginas, y no puedo ocuparme aquí de sus originales consideraciones sobre la Unión Soviética, China o el llamado "Tercer Mundo", por ejemplo. Pero sí debo señalar que durante las semanas que pasé traduciéndolo y revisándolo, la actualidad española ofrecía sus propias ilustraciones preocupantes; por medio, naturalmente, del nacionalismo. Anteayer dijo Arcadi Espada en Málaga, en un acto organizado por el Círculo Mercantil en el que intervinieron también Cayetana Álvarez de Toledo y Teodoro León Gross (se trataba de explicar en qué consiste la plataforma Libres e Iguales): "La Unión Europea se ha construido sobre ochenta millones de cadáveres, la mayoría de los cuales, por no decir todos, se han debido al nacionalismo".

Lukacs establece una interesante distinción entre el patriotismo y el nacionalismo, a partir de la sintomática frase de Adolf Hitler con que titula el capítulo que le está dedicado: "Yo era nacionalista, pero no patriota". Escribe Lukacs: "El nacionalismo podía ser (como de hecho era habitualmente) agresivo y, al menos en potencia, revolucionario; el patriotismo, en cambio, era defensivo, anticuado y tradicionalista". Y termino con la frase definitiva, con nuestros nacionalistas catalanes y vascos en la cabeza (¡qué le vamos a hacer!), como podrían estar los franquistas: "Cuando el nacionalismo sustituyó a las versiones antiguas del patriotismo (todo patriota tiene algo de nacionalista, pero pocos nacionalistas son verdaderos patriotas), se buscó enemigos entre los conciudadanos".

[Publicado en Zoom News]

28.10.14

Desayuno continental de corrupción

Esta semana Zoom News cumple dos años, y también esta sección mía de A ver qué pasa. Decía Borges que el periodismo se funda en la superstición de que cada día pasa algo nuevo. Y el columnista a veces se pone a mirar qué ha pasado, para escribir sobre ello, y no encuentra nada. Lo peor es que tiene que escribir de todas formas. El gran Iñaki Uriarte, que escribe solo cuando quiere, y poco, nos ve con piedad a los que estamos en este brete de escribir sobre lo que nos echen, y más cuando no nos echan nada. (Por cierto, que sí hay una noticia uriartista: en primavera saldrá el tercer y último tomo de sus Diarios, en Pepitas de Calabaza, como los anteriores).

Hoy (por ayer, como se decía antes) me he levantado en esa situación de no saber de qué escribir. Pero ha sido abrir internet y encontrarme con que la actualidad me tenía en la bandeja un auténtico desayuno continental: redada anticorrupción con cincuenta detenidos. Entre ellos dos figuras importantes del PP: el presidente de la Diputación de León (poco a poco se va despejando aquello que tanto intrigaba al padre de Joaquín Sabina en su lecho de muerte: "¿para qué sirven las diputaciones?") y Francisco Granados, ex número dos de Esperanza Aguirre en la Comunidad de Madrid y tertuliano. Esto de que la policía haya empezado a entrar en las tertulias sí me ha parecido esperanzador.

Lo novedoso esta vez ha sido la abundancia de golpe, porque el producto ya lo conocemos de sobra, hasta el extremo de que nos tiene saturados. Yo me he pasado estos dos últimos años viendo el estupendo programa de Jorge Lanata en la televisión argentina, Periodismo Para Todos, y repitiendo aquí, con humor amargo: "Me refugio de los problemas de España en los de Argentina". Pero cada vez se parecen más ambos países. Ahora, de hecho, la diferencia más notable que veo es en favor de Argentina: en España no tenemos un Jorge Lanata. (En cuanto a la ilusión con los incorruptibles de Podemos: me limito a señalar que uno de sus modelos es justamente esa Argentina corrupta...).

Al final queda la denuncia, y el convencimiento de que el mal es la currupción y no denunciarla. Que si existe debe ser castigada. Y que ocultarla, como dice Savater, es de entre todas las opciones la más desmoralizadora. Para rearmarnos moralmente, aunque nos coma la moral, debemos concluir que no hemos vivido por encima de nuestras posibilidades: por encima de nuestras posibilidades les hemos estado pagando la vidorra a un montonazo de vivos. Algo colectivamente grandioso, después de todo: como levantar pirámides.

[Publicado en Zoom News]

23.10.14

El mundo como voluntad y representación

Al pequeño Nicolás –"el Zelig del PP", como me escribe una amiga– le ha faltado cinismo y le ha sobrado impaciencia. Con menos ingenuidad hubiese llegado más lejos; porque ingenuidad es, al fin y al cabo, jugárselo todo al teatro, sin ningún postizo legal, como los otros. Le sería de aplicación lo que se dijo de Gabriel Ferrater: "Le hubiese ido mejor en la vida con los mismos defectos pero con menos virtudes". Hay una honradez de fondo en el impostor que se excede.

Son pertinentes, y saludables, reflexiones como la de Enrique García-Máiquez en el Diario de Cádiz, que observa con media sonrisa, no exenta de preocupación, las risotadas de la sociedad. Pero a mí la cabeza se me ha ido por la síntesis schopenhaueriana de "voluntad y representación" que encarna el individuo. Ambos términos, voluntad y representación, entendidos no en su contexto filosófico sino con su significado literal: la voluntad del que quiere algo y cómo se disfraza y actúa (¡representa!) para conseguirlo. Algo que me subyuga en mi sillón de columnista de batín.

Yo conocí a un pequeño Nicolás, Julio Romero, que tenía su familla en ciertos ámbitos del Madrid de la década de 1990 y parte de la de 2000. Se había propuesto hacerse rico antes de los veinte años, y se suicidó antes de los cuarenta. Esto último, según especulaba un amigo, porque era el último reto que le quedaba. Los anteriores los había alcanzado: aunque de ese modo imperfecto del farsante; menos seguro pero con más vida (hasta la muerte).

Los aspectos legales (o ilegales) me abrumaban: como aquel maletín con los sellos e impresos de todo tipo de instituciones y empresas, públicas y privadas, que mostraba con desparpajo a los amigos. Pero admiraba en él cómo captaba las posibilidades del mundo: las posibilidades reales, más allá de las coacciones de la mentalidad común. La gran lección es que el mundo da más de sí de lo que parece, incluso dentro de la ley. Nos cercenamos la acción por culpa de una limitación previa: la de la percepción. Y Julio Romero, que tenía algo de alucinado, poseía una percepción amplia.

Pondré un ejemplo y terminaré con otro. Una noche estaba él viendo con unos amigos el festival de Eurovisión. Era el momento de las votaciones y el logotipo de TVE, la mosca, tapaba los puntos que llevaba Bélgica. Los amigos se pusieron a teatralizar su indignación, entre risas. Julio Romero les dijo: "¿Queréis que quiten la mosca? Lo puedo conseguir". Y sin más llamó a TVE, se presentó como secretario de la embajada belga en Madrid, logró que le pusieran con un responsable, le echó una bronca por la discriminación que para la colonia belga en España suponía el que no se pudiese ver cuántos puntos llevaba su representante en Eurovisión, y le colgó furioso. Unos minutos después, ante el estupor de los amigos de Julio Romero, el logotipo desapareció de la pantalla.

El otro ejemplo, aún más representativo, también tiene que ver con TVE. Me lo contó el realizador Fernando Navarrete, hijo del mítico realizador Fernando Navarrete. Cuando era niño acompañaba a veces a su padre a Televisión Española. Un día vio a otro niño de su edad deambulando por los pasillos, solo. Se acercaron por si se había perdido, pero no: era Julio Romero. Tenía nueve años, estaba en su casa viendo la tele y de pronto se le ocurrió conocerla por dentro. Cogió dinero, se metió en un taxi, llegó al edificio de Prado del Rey y entró. Así de sencillo.

Con menos de diez años, pues, traspasó la pantalla: vio la representación por dentro. Y se sumó a ella, desde sus trucos. Para un artista o un filósofo el juego podría ser inagotable, pero para un hombre de acción no. Al final, como he dicho, solo le quedó una cosa que hacer: matarse. Dirigir su voluntad hacia el fin de la representación. Le ganó también la impaciencia por traspasar la última pantalla. O por quitarse el último disfraz.

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21.10.14

Podemos huele a viejo

Cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer (así la crisis, según Gramsci), puede colarse como lo más nuevo aquello que, en realidad, es más viejo que lo viejo. Así Podemos. Crisis, sí, es oportunidad: sobre todo para los vendedores de cuentos de hadas. Cuando la generación mejor preparada de la historia se prepare de verdad aunque sea medianamente (quizá llegue el día) aprenderá qué viejo es lo que ve como nuevo. Aunque para entonces el cuento de hadas, si se ha cumplido, se habrá transformado en cuento de terror; de ruina y de terror.

Da melancolía comprobar que la Historia es un almacén de errores de los que no se aprende. Solo cuando están calientes en la piel, como tras la guerra y el franquismo, la gente se comporta con la sensatez de un perro apaleado. La Transición, cada vez estoy más convencido, fue una simple consecuencia fisiológica del sufrimiento. La memoria carnal del dolor tiró de los delirios hacia abajo, para que no volvieran a liarla. Y asombrosamente salió bien. La novedad absoluta, en nuestra historia, han sido estos casi cuarenta años seguidos de democracia. Ese consenso de 1978 que los de Podemos, tan viejos, consideran la peste.

Las cosas van mal, pero no estoy dispuesto a aceptar el chantaje de que, para acabar con lo malo, tengamos que entregarnos a lo peor. La rabia contra el PP y el PSOE –por inútiles, por impresentables, por ser los auténticos culpables (¡irresponsables!) del desprestigio del sistema; y de su derrumbe, si se produce– ha de quedarse cortocircuitada en la idea fija de que el único camino es el Estado de derecho, democrático y occidental. Y si se hunde nos hundiremos con sus cascotes. Sin haber soñado ni un segundo en caudillismos de carácter latinoamericano como el que pretende encarnar Pablo Iglesias, el supuesto anticasta nacido de la más abyecta y repulsiva de nuestras castas: la universitaria. Y que propugna "asaltar el cielo" como los profetas del año de la pera.

(La aceleración se debe a que he combinado este finde la Asamblea de Podemos con la lectura del nuevo libro de Thomas Bernhard, En busca de la verdad. En él se recoge el discurso de la obra de teatro Con la claridad aumenta el frío, contra los cuentos de hadas. Aunque no solo el frío: aumentan también los calentones).

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16.10.14

El proceso mortadelista

En mis tiempos de guionista, cuando nos abandonábamos y un guión caía en lo fácil, con acciones gruesas y chistes baratos, nos advertíamos en el equipo: "¡Cuidado, que se nos va al Mortadelo!". A Artur Mas la historia que está trazando, o emborronando, se le ha ido definitivamente al Mortadelo. Aquello parece ya uno de los gloriosos álbumes de Ibáñez, de la serie Magos del Humor: El sulfato atómico, La máquina del cambiazo, El cochecito leré o El crecepelo infalible (este un guiño al ensaimado capilar Anasagasti, nacionalista hermano).

La cosa es ya tan patética que no puede decirse nada serio sin resultar patético también. Me he acordado del referéndum que un diputado de IU por Málaga, Antonio Romero, montó en su pueblo hace años. Invitaba a se votase (con efecto "no vinculante", eso sí) entre Neoliberalismo y Humanidad. Ganó Humanidad por abrumadora mayoría. Es cierto que no dejaron votar a los animales (ni a los marcianos), pero no hay que ponerse tiquismiquis. Lo mejor fue la sugerencia de Teodoro León Gross desde su columna en el diario Sur: que se hiciera otro en que los electores pudiesen escoger entre Humanidad y un apartamento en Roquetas.

El proceso secesionista siempre ha sido en verdad mortadelista. Ha sido meterse en un follón de tebeo. Y todo para vivir peor que hasta ahora, o con mucha suerte igual. Aparte de Ibáñez, está el elemento Disney, que le ha venido dando un acabado friendly a elementos inequívocamente reaccionarios (como en el propio Disney, por otra parte). La propia elección de la fecha, el 9 de noviembre, aniversario de la Noche de los Cristales Rotos, revela la insensatez con que nuestros nacionalistas están jugando con fuego: hacen sonar sus matasuegras en las heridas apenas remendadas de Europa.

Al final, de la declaración del presidente de la TIA, quiero decir de la Generalitat, se deduce que de lo que se trata ahora el 9-N es de matar el gusanillo. Hacer una escenificación, como cuando los trabucaires. Trajes de época, urnas de cartón, papeletas de guasa y votaciones sin censo ni ley, ni tampoco recuento: como jugar al Monopoli en el patio de Monipodi (por emplear otra agudeza de León Gross). Cataluña será ese día, por obra de quienes dicen amarla, el gran parque temático del simulacro. Un sitio donde podrá verse en directo lo que era la historia de España antes de la Constitución de 1978: una astracanada que, cuando no movía a llanto, movía a risa. Mortadelo y Arturón.

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14.10.14

Nuestra élite paleta

El momento tierno de la semana ha sido cuando algún escritor y alguna editora se han puesto a rastrear los gastos de las tarjetas black en busca de libros. No encontraron nada, aunque les dio cierto ánimo ver que había compras en la Fnac ¡y a lo mejor! Yo por mi parte pensaba que quizá los libros los adquirían con el mismo cash que se sacaban para putas y (¡u!) otros gastos vergonzantes. Aunque mirando mejor he encontrado que el de CCOO sí gastaba en librerías; concretamente en la librería Benedetti, que visitaría ya puestos y como quien va a confesarse. (¡Al menos un rasguillo diferencial de la izquierda, qué diablos!).

Conviene no olvidar que una de las primeras medidas que, al llegar a Caja Madrid, tomó Rodrigo Rato (ese individuo que, como escribe Manuel Alcántara, "por poco nos gobierna") fue la de quitarle la subvención a la prestigiosa Revista de Libros. Eso revelaba ya una mentalidad hortera y cutre, propia del que luego se gasta pastizales en lujos baratos. Lo llamativo de los gastos de nuestra élite es que no se diferencian en nada de los que hubiera tenido cualquiera del populacho de haber dispuesto de las mismas cantidades. Nuestra élite, de hecho, no es mas que eso: populacho con pasta. Los becerros a los que les ha tocado el Gordo socioeconómico, eructando entre descorches de champán (con la etiqueta del precio).

Más allá de las cuestiones legales, e incluso de las morales, son las estéticas las que trazan aquí la radiografía. Las tarjetas black son la caja negra de nuestra clase dirigente. Aunque no son opacas, sino de una transparencia angelical: no nos dicen nada que no saltase a la vista. España se ha caracterizado por la asfixiante mediocridad de sus élites, compuestas por unos individuos que no son más que paletos con poder y por lo tanto patanes. Algo que es fruto (o emanación) naturalmente del sistema, o del país, o de la sociedad, o de lo que sea: puesto que solo unos cazurros capaces de gastarse el dinero de un modo tan adocenado son los que pueden rebañarlo aquí. Los finos de verdad, los que hubieran podido hacer gastos grandiosos (¡un Luis Antonio de Villena!), están tiesos.

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9.10.14

Días en Madrid (y2)

Nos quedamos en el Hay Festival de Segovia, sobre el que Anna Maria Iglesia, a la que me encontré allí, ha escrito una completa crónica. Mis acompañantes y yo, sin embargo, no asistimos a ningún acto más. Y mientras Vargas Llosa, Le Clézio y otros escritores sin el Nobel estaban en sus cubículos impartiendo sus charlas, nosotros nos dedicamos a disfrutar de la ciudad. Un "¡nada cultural!" redivivo, que se interrumpió con la visita a la Casa-Museo de Antonio Machado. Emocionante.

Pero quería seguir hablando de periodismo, para enlazar con la mesa redonda de Arcadi Espada y Alfonso Armada. Durantes mis días en Madrid he estado de comida y copas con bastantes periodistas, unos de redacción, otros freelance, de medios de papel y medios digitales. Hay una preocupación generalizada por la falta de dinero y la precariedad. Y unanimidad sobre un asunto: jamás ha habido mayor presión sobre el periodismo por parte de un gobierno como con este del PP. ("Ni con el PSOE", insistían, en conversaciones distintas, columnistas de derechas). Los nombres que salían: el del presidente Mariano Rajoy, el de la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría y el de la secretaria de Estado de Comunicación Carmen Martínez de Castro. "Hoy, para conseguir una columna en papel tienes que arrastrarte ante Martínez de Castro", dijo un columnista digital que le dijo un columnista de papel (¡fuentes bien informadas!). "¡Es que no hay dinero!", sentenció otro, como explicación de los males de la prensa.

Esto no me pilla de nuevas, naturalmente. Y en Andalucía pasa lo mismo con las presiones del PSOE, me lo cuentan mis amigos periodistas andaluces y me sé la historia de Félix Bayón con la Junta. En estas luchas lo novedoso es el debilitamiento de una de las partes. Y lo novedoso ahora es la tremendo debilitamiento de la prensa. La ventaja, no monetarizable, es que ha vuelto el sarcasmo a las conversaciones. Los encuentros han sido todos pródigos en carcajadas. (La Orquesta del Titanic emite, de momento, risas).

Lo que no deja de sorprenderme es el impulso antidemocrático que se le manifiesta al que pilla un poquitín de poder. El lobo de Hobbes está al acecho, y la conclusión es que no hay que esperar nada de los poderosos (y poderositos), sino reforzar los controles sobre ellos, que tengan antagonistas y contrapesos. Yo pensaba que una mayoría absoluta del PP sería buena, para desmontar el zapaterismo. Pero no hay nada que hacer. La premisa aquí es que toda tropa es impresentable. Y que lo que va en la masa de la sangre de hunos y de hotros no es la democracia. Otro ejemplo de estas jornadas: la presentadora de televisión que llama al director de un periódico para que "tome medidas" contra el periodista que ha escrito contra ella... El nivel es bajo: todo el que tiene un telefonito, lo usa. (Hay selfies de la propia imagen social que se esculpen a machetazos).

En esos días dimitió Gallardón, murió Boyer y declaró en el juzgado Esperanza Aguirre. Gallardón presentó la semana siguiente la nueva novela de Juan Manuel de Prada, del que me habían contado que una vez llamó a una emisora de radio para protestar por que no habían dado la noticia de que le habían otorgado el Garbanzo de Plata... (Noticia que yo sí hubiera dado, sin lugar a dudas). A propósito de Boyer, yo me acordé mucho de los de Podemos: porque Boyer fue una especie de podemista en su día, y cabe pensar que algunos podemistas acabarán pareciéndose a Boyer. Una evolución que será tan positiva como regocijante.

Un amigo profesor de instituto de la Comunidad de Madrid, por cierto, me contó una escena reveladora. El día de la dimisión de Gallardón, una profesora del PSOE y otra de Podemos aparecieron en el mismo pasillo, cada una por una punta. La del PSOE, al ver a la otra, levantó los brazos haciendo uves con los dedos y le gritó alegre: "¡Hemos ganado, hemos ganado!". La de Podemos ni se inmutó. Ni esbozó media sonrisa, dejando a la otra colgada de sus intentos de confraternización. "Ellos están en otra cosa –dijo mi amigo–. Los del PSOE todavía se piensan que aquí hay un bacalao que repartir, pero en lo único que piensan los de Podemos es en despreciarlos y en cortarles la cabeza".

Me hablaron también de interioridades de una gran empresa multinacional, de un partido político y de un gran club de fútbol. El esquema siempre es el mismo: maniobras, traiciones, enchufismo y compras; intento de callar las voces críticas, y recompensa para el que calla o aplaude. Escribo esto y de pronto me veo como Paco Martínez Soria sorprendido con la capital. No es nada nuevo, ya lo sé: la lucha por la vida de toda la vida. Pero llama la atención conocer los detalles: ponerles caras, saber los procedimientos exactos. Uno de los atractivos de Madrid es esa sensación de que se da un extra de realidad. Acongoja un poco, pero también electrifica, y revitaliza.

Y es esa energía la que me gusta traerme a Málaga. Es bonita también su estela, ya en los días malagueños: el mar con vibración de Gran Vía; las terrazas con crepitación de Malasaña; las ganas de hacer cosas, atravesando el futuro inminente de indolencia.

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7.10.14

Días en Madrid (1)

He pasado casi dos semanas en Madrid, viendo a mucha gente, contra mi costumbre, y tomándole otra vez el pulso a la ciudad en la que me gustaría vivir si pudiera permitírmelo. Ya lo hice en tres periodos (1985-1987, 1993-1994 y 1999-2005; más unos meses de 2007) y volver a ella es volver también a mi vida.

El grito de guerra en mis viajes suele ser "¡Nada cultural!", porque prefiero callejear antes que meterme en catedrales y exposiciones: no la vida embalsamada sino la que corretea. Pero esta vez me he terminado metiendo mis buenas dosis de cultura; quizá porque en Madrid a los dos días ya me he instalado en un cierto ritmo cotidiano. Los días que estoy la habito, al cabo, como si viviera aquí siempre. Con un pelín más de intensidad, eso sí.

He ido dos veces al cine, a los Ideal, para ver El hombre más buscado (la despedida de Philip Seymour Hoffman: una de las más bellas y desoladas de la historia del cine) y El niño (con la sala llena pese a ser cine español: el espectador solo busca no dormirse, y que no le prediquen). El último día estrenaron Torrente 5, del genio de los negocios Santiago Segura; pero a esa hora yo tenía teatro: la obra montada con textos de Thomas Bernhard Con la claridad aumenta el frío, que es un pastelito para los bernhardianos y un estímulo para los que quieran serlo (seguirá en el teatro de la Abadía hasta el 19 de octubre).

He ido a tres exposiciones, mientras pasaba de largo ante la de El Greco-Picasso, que venía a ser el Torrente de la pintura. En el museo Lázaro Galdiano asistí a la inauguración de Enrique Marty, evento patrocinado por los productos de Castilla y León, que pusieron un contrapunto de charcutería de la buena a los cuadros y esculturas. Una mañana de diario, tras darme un agradable paseo por el Retiro, vi la espléndida exposición del afroamericano, como se dice ahora, Kerry James Marshall en el palacio de Velázquez. Y luego la de Richard Hamilton en el Reina Sofía, que está muy bien y sobre todo contiene un documental sobre su relación con Marcel Duchamp y su reproducción del Gran Vidrio.

Estuve en dos presentaciones de libros: la de Lo que a nadie le importa, de Sergio del Molino, que hizo el cantautor Víctor Manuel (¡cierra la muralla!) en la librería Tipos Infames; y la de El compromiso del creador, de Félix Ovejero, que hizo Andrés Trapiello en La Central del Reina Sofía. A mi lado se sentó la M. de los diarios de este último, que resultó ser la persona que hace la pregunta larga de todas las conferencias. Tuvo su gracia este acto, porque en el AVE a Madrid me había estado leyendo precisamente el volumen de homenaje a Trapiello Vidario, cuyos dos mejores textos son el de Ovejero y el de ella (Miriam Moreno). Me leí además durante mi estancia el dietario Escaramuzas, de Antonio Martínez Sarrión, "el mejor poeta de Albacete", según su examigo José María Álvarez (que es de Cartagena): de un ideologicismo ramplón pero de deliciosa lectura. Y la última novela de Javier Marías, Así empieza lo malo, que se puso a la venta cuando llegué a Madrid y que a los mariístas acérrimos nos ha parecido sobrante.

A caballo entre las actividades culturales y lo que quiero contar el próximo día, estuvo la mesa redonda del Hay Festival de Segovia, con Arcadi Espada, Alfonso Armada y el excorresponsal en España (creo que entendí ex) del Frankfurter Allgemeine, Paul Ingendaay. Este empezó alertando de que su periódico estaba retirando a sus corresponsales de bastantes sitios, y la conversación siguió por el tema de la doble crisis del periodismo: la debida a la crisis económica general, y la debida a la crisis de formato por la irrupción de internet. Mientras filosofaban agradablemente, con mi asentimiento, caí en la cuenta de que he trabajado tanto para Espada (en Factual) como para Armada (en Frontera D), y que de ninguno de ellos recibí un céntimo por mi trabajo. Si bien es cierto que el segundo nunca lo prometió.

(Continuará)

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5.10.14

¡Cierra la muralla!

La palabrita ya se las trae: ¡cantautor! Es tan fea, que ni a ellos les gusta. Pero si alguien se merece ser llamado cantautor es precisamente un cantautor. Lo que hacen es justo lo contrario de la canción ligera, esa expresión tan preciosa. Lo de los cantautores es la canción pesada. Y ellos son los pesados de la canción, los pesados de la música.

En sentido estricto, hay muchos tipos de cantautores. Hay muchos cantantes del rock y del pop, y de otros géneros, que escriben sus propios temas. Pero a ellos, cuando son buenos, cuando no dan la tabarra, el público soberano no les llama nunca así. Cantautor es solo el personaje que se nos representa en la mente cuando decimos cantautor. El público soberano parece que se reserva el término para apedrearlo con él, para vengarse un poquito. Igual que solo utiliza tuno para humillar a un tuno. (Aunque algunos espíritus sofisticados utilizan tuno para humillar también a un cantautor).

Aquí en España los cantautores forman parte el paisaje del franquismo. Da igual que en teoría se opusieran a él: son un elemento de su estética. Hoy el famoso concierto de Raimon en la universidad de Madrid se confunde con los discursos de Franco en la plaza de Oriente. Multitudes del no y multitudes del sí, orilladas por el tiempo. Raimon vendría a ser la otra cara de la misma moneda; concretamente el águila, en el reverso de la cara de Franco. Esta última no “al vent”, sino al sol. Con la camisa nueva. A diferencia de la de Raimon. Y no digamos de la de Paco Ibáñez.

El aporreador de guitarras Raimon, y el sudador de camisas Paco Ibáñez. Y tendríamos también a Serrat, el asesino de poetas. Franco mató a Lorca, pero Serrat ha matado a Machado y a Miguel Hernández. Dos a uno. Con una diferencia: Franco mató al hombre, pero dejó limpia la obra. Hoy podemos leer a Lorca entero sin que se nos cuele Franco. A Machado y Miguel Hernández, en cambio, es imposible leerlos sin que nos asalte Serrat, la musiquilla de Serrat, el sonsonete de Serrat, el trémolo de la garganta de Serrat, ese pronunciar con la boca horizontal de Serrat. Hay zonas de la obra de Machado y Miguel Hernández absolutamente intransitables, porque por los recodos de sus caminos te asalta el bandolero Serrat.

El mito de que son grandes letristas, los cantautores. Como si no bastara el estropicio que hacen con los versos de los que sí son buenos poemas. La relación de estos señores con la poesía es de destrucción. Si no entienden la ajena, si no saben respetarla, ¿qué puede esperarse de cuando son ellos los que se ponen a (¡oh oh!) escribir? Les salen más tópicos por centímetro cuadrado que a un locutor deportivo. El truco se les huele a la legua: esa sensibilidad a flor de piel que trasluce una sensibilidad de piedra pómez; esas metáforas trilladas; esas reivindicaciones de funcionarios de la reivindicación; ese desenfado de monaguillos esforzándose por desenfadarse... Y en un momento dado de sus trayectorias, todos, en un alarde de originalidad, tienen la brillante idea de escribir una canción cuyos versos terminen en esdrújula.

¡Y el mito del compromiso! Alguno tienen, claro. Pero ha de ser un compromiso muy masticadito y nada conflictivo; un compromiso adocenado en el fondo, que no disguste a la afición con cosas raras. Contra malos objetivos, sobre los que no haya discusión, como Franco o Pinochet; o contra entidades diabólicas cuya denostación concuerde con la ideología que se profesa: el imperialismo yanqui, el capitalismo, el consumismo... Pero si de pronto aparece un dictador como Fidel Castro, el compromiso ya se tuerce. Como se tuerce, ante su uniforme (o ante el uniforme del Che Guevara o el de Hugo Chávez), el supuesto antimilitarismo. El compromiso del cantautor está regido por un riguroso semáforo ideológico. La canción protesta solo protesta cuando se enciende la verde. En tanto se mantiene la roja, comulga con ruedas de molino.

Es muy gracioso, por lo demás, cómo se adornan en las entrevistas. Pese a sus simplificaciones, hablan siempre de la complejidad del mundo. Pese a lo clarito que lo tienen todo, se exhiben como seres que dudan. Esta es del tipo de la que yo llamo duda cosmética. Una duda de pose, porque se imaginan que debe de combinar con las sandalias. Pero ni en ellos ni en sus letras hay duda en absoluto. Estas trazan un mundo riguroso, implacable, de buenos y malos; en el que los buenos son gente muy parecida a ellos. Hablan de abrir la muralla y de cerrar la muralla; siempre ellos con la llave y la voz, y sin que se les ocurra ni por un momento que a lo mejor es a ellos, a los cantautores, a los que querríamos darles con la muralla en las narices.

[Publicado en Jot Down en papel 7, especial desmontando mitos]

2.10.14

La oportunidad perdida

A Joan Manuel Serrat, con lo que era Serrat, con lo que se le quería, lo abuchearon en Málaga cuando cantó una canción en catalán. Debía de ser 1983 o 1984, en el teatro Alameda. Yo estaba allí. Y abucheé a los abucheadores. No fue un gesto mío solitario. Formaba parte de la mayoría. La inmensa mayoría del público abucheó a los abucheadores, que eran muy pocos. Tales eran las pedagogías de la Transición.

Durante años me he acordado de aquel abucheo al catalán, con vergüenza por mis conciudadanos malagueños. Hasta que un día caí en que lo revelador de aquella velada no fue el abucheo de los palurdos que, como escribió Antonio Machado, "desprecian cuanto ignoran". Lo revelador fue el abucheo que recibieron ellos. La defensa activa, que la mayoría hizo de Serrat y su canción.

Recuerdo también a una compañera del instituto, hija de un guardia civil, que decía con naturalidad Euskadi. Y al profesor de tercero de BUP leyéndonos un poema en gallego de Rosalía de Castro. Y un concierto en euskera de Mikel Laboa en el Johnny de Madrid, en 1985 o 1986, en que todo fueron aplausos. De nuevo en Málaga, en la universidad, otro profesor nos leía poemas de Joan Margarit, Pere Rovira o Gabriel Ferrater... Yo mismo me aficioné a las ediciones bilingües de poetas catalanes, en especial las de Visor, con sus libros negros: Gimferrer, Joan Brossa, J. V. Foix, del que adoraba el título Sol, i de dol (Solo, y dolido).

Los nacionalistas no se dan cuenta de la oportunidad que han perdido. Durante aquellos mismos años estaban fomentando el ceporrismo en sus zonas. Mientras la España monolingüe se abría (arrastrando a la mencionada minoría recalcitrante), ellos cerraban sus lenguas, las imponían en la medida de su poder, las convertían en chiringuitos. La lástima es que el franquismo fue una gran vacuna antinacionalista solo en las regiones que no contaban con un nacionalismo de repuesto. Donde este existió, ha terminado pareciéndose al franquista, porque el nacionalismo es lo que es.

También en los años ochenta estaban todo el tiempo en la televisión y de gira por España las compañías catalanas de teatro. Por Málaga pasaban con frecuencia Els Comediants, Els Joglars, La Fura dels Baus, Dagoll Dagom... Ahora uno de esta última compañía, el individuo Joan Lluís Bozzo, ha evacuado en Twitter, a propósito de la suspensión cautelar del referéndum secesionista por parte del Tribunal Constitucional: "La decisió del TC recorda les codemnes a mort del franquisme: ja venien signades abans que es reunis el tribunal". Esto era un país que se estaba civilizando pero que contenía brutos que lo embrutecían.

[Publicado en Zoom News]