13.1.15

La sátira y las tetas

Y cuando París se manifestaba por la libertad, contra el fanatismo, murió Anita Ekberg, las tetas de La dolce vita. Rubia y vikinga en la Fontana di Trevi. También ella ha sido Europa. Ella, ellas: sus tetas no eran solo cuestión de volumen, sino también de sustancia; tenían densidad metafísica, quilates ontológicos. Los fanáticos del Islam esconden a sus mujeres y Occidente las muestra, contoneándose bajo el agua, como Venus con escote. Alianza de Civilizaciones sería que hubiera una fuente con su Anita musulmana en La Meca, y no que una occidental tenga que taparse en Roma porque un cura (o un imán) se lo mande. Civilización solo hay una: abierta a todo el mundo. El Islam cabe en ella si se adapta. Lo que no podemos hacer, por las barbas incaricaturizables del profeta, es adaptarnos nosotros.

La lucha no es contra el Islam, sino contra el Oscurantismo. El Islam es hoy uno de sus focos: en su seno están los peores borricos del momento. Pero la lucha es también contra los oscurantismos occidentales. Más débiles pero no tanto, y con el riesgo permanente de que se fortalezcan. La Historia es un sinvivir. La opción lepenista, por ejemplo, sería rendirse a una suerte de islamismo rubio: Marine Le Pen, la anti-Ekberg sargento. Una Europa vaciada de sí misma, metida por miedo en una tumba antioccidental. (Empleo "Occidente", como puede observarse, de manera alegórica).

Pero hay que ser contundentes: el uso que empieza a hacerse de "islamófobo" es el mismo que aquí se ha venido haciendo de "facha". Una manera de conjurar la crítica (una crítica real, bien argumentada y con razón las más de las veces) por medio de la excomunión (¡religiosa!) del que la emite. Hay, ciertamente, islamófobos; como hay fachas. Pero no suelen ser aquellos que son acusados de tales. De hecho, cuando aparece un islamófobo o un facha de verdad, los denunciamos los mismos: los que no pasamos por la túrmix ideológica la realidad, para luego rechazar o comernos la papilla según su color.

En Occidente se ha alcanzado una alto grado de sofisticación, no apta para todas las cabezas: ni siquiera las occidentales. "Con la claridad aumenta el frío", decía Thomas Bernhard; y el primer impulso es ir a buscarse una estufita. En el universo simbólico no hay nada sagrado. Esa es la sofisticación. Todo es discutible, de todo nos podemos burlar y hacer sátira. El universo simbólico es convención y podemos jugar intelectual y artísticamente con él. Como nos venga en gana. Sin que nos toquen un pelo. Lo respetable es el hombre, cada hombre, no su universo simbólico. El que se apoya en este para agredir o matar es un bárbaro.

La incomodidad ante esta sofisticación está en nosotros mismos, como digo. Cuesta defender tajantemente que cada cual puede decir lo que quiera, atacar con su inteligencia y con su humor lo que quiera. Que es un derecho en sí mismo, y que las consideraciones de carácter estético o moral son legítimas pero vienen después. Cuesta defender tajantemente ese derecho, sin que se cuelen esas consideraciones. El "sí, pero es muy zafio" no vale. El derecho a ser zafio está incluido, como el derecho a la blasfemia. Esto es lo único que hay que respetar.

Los asesinados de Charlie Hebdo estaban dando la batalla en vanguardia por ese derecho, pues la sátira contra los intolerantes constituye la vanguardia. Y los lápices que tanto han dibujado sus colegas estos días (haciéndole un pobre homenaje al oficio, hay que decirlo también) son una empalizada. Protectora pero abierta: en ella caben todos los que escojan la civilización.

[Publicado en Zoom News]