29.5.15

Ramoncín nos une

Los resultados electorales han dejado contentos a unos y descontentos a otros, pero la división provocada por la política la ha reparado Ramoncín: su anuncio de que no volverá a cantar hasta que le exculpen del caso SGAE ha alegrado (y aliviado) a todos por igual. Al final la transversalidad no era Ciudadanos, sino el Rey del Pollo Frito. Al españolito que viene al mundo le helará el corazón una de las dos Españas, pero se lo calentará Ramoncín. Gracias a estas unanimidades somos una nación. Una nación que hoy reza por la lentitud de la Justicia.

Por su inmutabilidad facial a lo largo de las décadas, iba a escribir que Ramoncín era el Jordi Hurtado del rock. Pero hace ya mucho (justamente décadas) que Ramoncín tiene menos que ver con el rock que con la tele, por lo que es en realidad otro Jordi Hurtado. Ambos se conservan en el formol electrónico de las pantallas. Ramoncín llegó hasta a tener su concurso: aquel Lingo que podría haber presentado Jordi Hurtado perfectamente. (Este, por su parte, siempre tuvo algo de pollo, aunque quizá algo crudo).

Ramoncín llamó la atención al principio cuando apareció disfrazado de punk, creo que el primero del país. A mí me pilló con diez o doce años y el que más se le parecía era el payaso aquel que se pintaba de blanco la cara con rombos en los ojos. Había en él algo demasiado forzado, deliberado, sin ironía, sin humor, sin ligereza: por eso al cabo resultaba una variedad estrambótica de cantautor. La liberación nos llegaría con la Movida, que acabó con los cantautores. (Estos siguieron sacando discos, e incluso triunfando; pero eran ya discos y triunfos de otra época, por más que las fechas coincidiesen).

Pero lo que más sorprendió fue que hablara tan bien. Lo recuerdo desde muy pronto opinando sobre temas de actualidad, primero en la radio y luego en la televisión, en Moros y cristianos o Crónicas marcianas. Hablaba bien pero adocenadamente, con opiniones del montón solo que propulsadas –además de por la correcta sintaxis– por el ademán chulesco. Lo propulsó también Umbral, que lo sacaba en sus columnas de El País. Estos lametones de prestigio incrementaron el ego de Ramoncín, que por una época se vio incómodo con el diminutivo y trató de relanzarse como Ramón Solo. Pero no cuajó.

El momento más bajo de su carrera fue cuando me lo encontré en una ferretería, en el Madrid de los noventa. Por fortuna, él no se enteró. Siempre pensé que había una contradicción esencial entre sus inicios punks y su carrera posterior de tertuliano. Hasta que en estos últimos tiempos he comprendido que los tertulianos son los auténticos punks. Coherencia máxima, pues, y encima ahora sin cantar.

[Publicado en Zoom News (Montanoscopia)]