31.12.15

Agenda Montaigne

Tiene Jünger una frase espectacular, que vale para todos: “A un hombre podrán fallarle todas las citas que tenga previstas a lo largo de su vida, menos una: la cita con la muerte”. Yo, si esa cita asegurada no se me presenta de improviso, con quien me he citado todos los días de 2016 es con Montaigne.

Cuando terminé En busca del tiempo perdido el 18 de noviembre (aniversario de la muerte de Proust, pero fue casualidad), decidí emprender otra lectura grande: de las que marcan época. Me hice una agenda para leer poco a poco Los ensayos de Montaigne, desde el mismo día siguiente hasta el último día del año que mañana empieza. Así, si 2015 ha sido mi año Proust, 2016 será mi año Montaigne. La idea es, naturalmente, que los tiempos ásperos que se avecinan no se lo coman todo. Hay que ocuparse de la actualidad, y eso haremos: pero también hay que acotarla.

Mi plan es leer cuatro páginas cada día, tras unos primeros en que leí algunas más para hacer el ajuste. Llevo ahora doscientas: del tocho de Vallcorba, por supuesto, que sirve también para hacer bíceps. Es un volumen este de Acantilado perfecto para regalar en navidades. Se editó en 2007, pero no es extraño ver aún compradores en las librerías. Existe la conciencia de que es un regalo bueno, y benéfico.

Últimamente, quien más ha hablado de Montaigne entre nosotros ha sido justo el autor que mejor lo ejemplifica: Iñaki Uriarte, cuyos deliciosos Diarios son tan montaigneanos como uriartianos. Las ganas por Montaigne también se me han venido contagiando estos años con las conferencias que hay en la benemérita web de la Fundación Juan March: las de Argullol, García Gual, Claudio Guillén y Peter Burke. El Montaigne de este último (que debería reeditar Alianza) es la mejor introducción por escrito (¡así funciono: recién llegado y ya introduciendo a los demás!).

Anthony Burgess, que empezó a escribir tarde sus novelas pero que en poco tiempo tuvo ya varias gordas publicadas, confesó una vez el secreto de su fecundidad (cito de memoria): “Es muy fácil. Basta escribir cuatro páginas diarias. Si escribes cuatro páginas diarias, en un año has escrito Guerra y paz. Y si esas cuatro páginas diarias las escribes antes del desayuno, tienes el resto del día libre”. Yo estoy haciendo lo mismo, pero con la lectura. Me terminaré Los ensayos de Montaigne sin despeinarme. Mejor dicho: antes de haberme peinado, porque mis cuatro páginas diarias las estoy leyendo antes de levantarme. Y con el resto del día (¡todo el día!) libre. Vaya que si libre: con la libertad que da Montaigne.

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En El Español.

28.12.15

Péplum

Me he dado a la decadencia en estos días finales. Y, como si me hubiese pillado, el Rey dijo en su discurso la palabra “decadencia”. Advirtió contra la decadencia, pero estamos en decadencia. El palacio mismo donde se sentó era decadente: gloria de otros tiempos. Reforzaba el mensaje (que era bueno, de salud pública), pero la pompa resultaba embarazosa. Nos habíamos habituado a la salita de estar de circunstancias. Aunque, para pomposos, nuestros republicanos de salón: esos que constituyen hoy el principal (¡y real!) argumento contra la III República.

Me he dado a la decadencia. He releído la poesía completa de Cavafis. Releer: verbo decadente. Casi todos los poemas tratan de la larga decadencia del helenismo o de la decadencia (la vejez) del sujeto poético; a veces, de las dos juntas. En ambas hay una memoria dorada: la de la plenitud clásica o la de los placeres de la juventud. Hay una figura imposible: la de Juliano el Apóstata, el emperador romano que intenta inútilmente resucitar el paganismo, con el imperio ya cristianizado.

Esta semana hablaba yo con un amigo de nuestra situación política y soltó: “Bah, yo lo que voy a hacer es leerme la Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano, de Gibbon, pero empezando directamente por la caída”. Su frase no me hizo leer a Gibbon, pero sí ponerme La caída del Imperio Romano, un péplum que se rodó en España. La decadencia de Roma y nuestra decadencia. Marco Aurelio muere y llega Cómodo. Del primero se dijo: “En solo una cosa perjudicó a Roma: en haber engendrado”. La Transición no ha sido tan sabia como Marco Aurelio, pero entre sus hijos hay más de un Cómodo.

Nuestra decadencia es un péplum. Veo que la palabra está en el diccionario: “Película ambientada en la Antigüedad clásica”. El vocablo nos lo han ido pegando los críticos de cine. Uno de ellos, Carlos Boyero, ha escrito un artículo hermosísimo, no sobre cine: “Que puedas seguir leyendo y escribiendo, Savater”. Entre el cariño y la indudable admiración, se desliza una frase: “[aunque] disienta de vez en cuando de las opiniones políticas [de Savater]”. No tiene importancia, ni enfría los elogios; pero resulta sintomática.

Ese tipo de salvedades hoy solo se hacen con unos, y no con otros: se hacen con los que, como Savater, defienden limpiamente la Transición, la Constitución (que nos han dado democracia y prosperidad), y atacan no menos limpiamente los nacionalismos y los populismos (que nos han envilecido y arruinado, o amenazan con hacerlo). Son salvedades estrictamente decadentes: síntomas de adónde hemos llegado, y del declive que nos queda. Casi dan ganas, como mi amigo con Gibbon, de saltar directamente a la caída.

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En El Español.

24.12.15

Frente impopular

Al final el que ha ocupado “la centralidad del tablero” ha sido el PSOE: ahora todo depende de él, al menos hasta las elecciones próximas. Pero es una centralidad desquiciada: sin las virtudes de calma y comprensión y diálogo con sus vecinos de que se beneficia el centro. Se trata esta vez de un centro crispado, que no es un núcleo de serenidad que invita a quedarse y atraer, sino de tensiones que empujan a salir: un centro centrifugador.

La posición imposible del PSOE es la de España. Tenía razón Zapatero: “El PSOE es el partido que más se parece a España”. Tenía tanta razón, que cuando él mismo arruinó España arruinó también el PSOE. Aunque Zapatero, naturalmente, no fue más que un síntoma: había lo que había. Y hay lo que hay.

Las dificultades del PSOE –su muerte o casi muerte– se deben, sí, a su éxito: como todo Estado del bienestar, el nuestro es en buena medida socialdemócrata. Y lo sigue siendo gobierne quien gobierne. Puede variar el grado, se puede poner mayor o menor énfasis en las medidas sociales o puede haber incluso una política antisocialdemócrata: pero el marco en lo esencial es socialdemócrata.

Con el gobierno del PP, por ejemplo, el Estado del bienestar no se ha desmantelado en absoluto: se ha recortado e incluso deteriorado, pero no es lo mismo; y más que por el deseo de Rajoy ha sido por la imposición de la crisis. (Los extremistas que dicen que se ha desmantelado, por cierto, jamás lo defendieron cuando supuestamente no se había desmantelado: ellos estaban en otra cosa, en la higuera de la utopía o la revolución, menoscabando lo que añoran hoy).

Este desbordamiento, podríamos decir, del programa del PSOE más allá del partido ha hecho que nuestros socialistas hayan tenido que buscarse sus rasgos diferenciales en aspectos menores. Aspectos menores en la realidad, pero que en el mercado electoral deben pasar por mayores. Así, se ha construido ese monstruo, “la derecha”, con quien pactar ahora sería un pecado.

Esta es la posición imposible del PSOE, y de España: un falso dilema, de comprensión en origen y con efectos estéticos. Muchos españoles no comprenden que, gobierne quien gobierne, no hay nada más progresista que un Estado del bienestar, que un Estado de derecho que funcione. Y por esta incomprensión se ven feos, se autoperciben menos guays, si pactan con “la derecha”. No quieren verse en un frente impopular, aunque resulte de facto progresista.

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En El Español.

21.12.15

Conciencia de lunes (poselectoral)

El columnista de lunes poselectoral, que debe escribir su columna el domingo (electoral), está condenado a llegar sobrio a una fiesta de borrachos. Cuando el lector lea esto se habrá emborrachado ya del resultado y andará bailando o dándose cabezazos por las paredes, llorando o brindando con cava (o “con champán del bueno”, como decía la Pantoja). Y ahora llego yo, sin haber probado gota, con mi voz antiquísima de ayer tarde.

A nuestro Jaime Gil de Biedma le gustaba citar esta autodefinición del estadounidense Wallace Stevens: “Soy un poeta de domingo con conciencia de lunes”. Vale también para el columnista de domingo. Yo escribo en medio de esta fiesta de todos los españoles con la conciencia de que mañana unos estarán chamuscados y otros no. En mi domingo hay una sombra que se habrá disipado el lunes. Aunque un sol brilla hoy, y seguirá brillando: el de la justicia (¡la anaximándrica justicia, que es para todos pero solo la aprecian los adultos!).

Pase lo que pase, gane quien gane, los votantes se lo habrán merecido, porque serán ellos quienes lo habrán propiciado. Siempre hay gobernantes que pueden engañar al pueblo: pero en estas elecciones solo se habrá engañado el que se haya querido engañar. Las cartas han estado todas bocarriba.

Entre los partidos nuevos, Albert Rivera ha hecho una mala campaña, y eso es malo; y Pablo Iglesias ha hecho una buena campaña, y eso es peor.

Rivera llegaba fuerte: como “candidato del establishment” y “del Ibex 35”; es decir, como candidato institucionalista, que es la mayor heterodoxia en esta España de estetas. Pero se desdibujó en una vaporosidad incomprensible, arrastrado por esa “ilusión” de su lema que nos preocupaba a quienes considerábamos que su fuerte debía ser la “razón”.

Iglesias, por su parte, logró colocar un concepto clave en el momento clave, cuando estaba perdiendo: “remontada”. Con esta palabra lograba dos cosas beneficiosas para él: el reconocimiento (como astuto jugador) de que se encontraba abajo y la llamada a volver a subir. En las encuestas ha funcionado, y el lector ya sabrá si ha funcionado también en las urnas.

Esto último sería preocupante. El lapsus de Iglesias con el título de Kant no era una broma, sino un síntoma: Ética de la razón pura apunta a un inconsciente totalitario. Lástima que nadie mencionara al Kant más pertinente ahora: el que definía la Ilustración como la mayoría de edad de la humanidad. Azufre puro (¡volteriano azufre!) en estos tiempos de infantilismos, de populismos. De domingos sin conciencia de lunes, aunque con lunes.

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En El Español.

17.12.15

El silencio del moderador

La pelea entre Sánchez y Rajoy en el debate del lunes no tuvo nada de extraordinario. Sánchez debía resucitar y resucitó, rastreramente. Supongo que si hubiese podido resucitar elegantemente, habría resucitado elegantemente, porque a todos nos gusta ser elegantes. Pero a estas alturas (o bajuras) de su enterramiento solo le quedaba la opción rastrera.

Hizo bien, porque en realidad respondía a la misma lógica del Nodo de Rajoy en la televisión pública con el cantante de rancheras: se trataba de conseguir a cualquier precio lo que hacía falta electoralmente. Sánchez estuvo antes en ese programa, sí, pero con él daba igual: siguió como enterrado sonriente entre los cojines.

El presidente, en cambio, tenía urgencia por salir del plasma, aunque fuese en la pecera de risas guionizadas de Bertín. Este fue literalmente su partera: lo trajo a la vida, como persona humana. (Autoahorcándose, dicho sea de paso, con el cordón umbilical del bebé de la barba canosa).

El caso es que, una vez metidos en el frenesí de los garrotazos, Sánchez y Rajoy estuvieron vivos: parecían tártaros disfrutando con la sangre, en uno de esos abrazos bélicos que parecen eróticos. Fue entonces cuando destacó el cadáver del que moderaba.

La decrepitud de Campo Vidal me hizo pensar que, contra lo que apunté en una columna anterior, quizá el miedo de Rajoy no era tanto que lo vieran con alguien más joven (Rivera, o el propio Sánchez), como que no lo vieran con alguien más cascado. Rajoy, en fin de cuentas, no quería ser el más cascado de la reunión. Algo que conseguía con Campo Vidal presente. Quizá a un debate de cuatro con Campo Vidal moderando, Rajoy habría dicho que sí...

Campo Vidal, por lo demás, estuvo bien: profesional. Profesional no de los debates políticos sino de la televisión: permitiendo el espectáculo. El silencio que me inquietó fue otro suyo, de hace unos meses.

Quizá recuerden un vídeo de este verano en que aparecía Pablo Iglesias diciendo que en Europa no hay democracia. De sus burradas fueron testigos el prestigioso Manuel Castells y el propio Campo Vidal (era la presentación de un libro del primero, que este moderaba). Castells (¡el prestigioso Castells!) asentía durante la intervención de Iglesias.

Cuando retoma la palabra (m. 56:48 del vídeo completo) dice que comparte “enteramente” su análisis, el prestigioso. Campo Vidal, por su parte, no dice nada al respecto. En una mesa que él modera se dice que en Europa no hay democracia (en esa misma Europa en la que él modera debates democráticos) y el hombre no dice nada. Esa es la cuestión.

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En El Español.

14.12.15

Pena de campaña

Yo creo que nuestros políticos ya se lo han ganado todo en la campaña. Todo lo que manden y mangoneen y roben luego, todo lo que despilfarren y racaneen, será un pago justísimo por el paripé de estos días. Los votantes vemos, como señores, qué patéticamente se arrastran ante nosotros, cómo lloran, se desgañitan y nos piden. Ver a señores adultos (¡y a señoras adultas!) haciendo el ridículo y rebajándose de esa manera es para nosotros un orgullo y una satisfacción.

Al final, esta es una ventajilla indudable de la democracia, y no es moco de pavo: al pueblo soberano, durante un par de semanas, tienen que contentarle los que están arriba; mejor, tienen que contentarle para llegar arriba. Nuestra soberanía, al cabo, estriba en que nos hagan de bufones. Es como esos pasillos que se formaban en las escuelas para darle patadas en el culo al que pasaba por en medio. Los candidatos son los que pasan por en medio. También se pelean entre sí, pero eso es parte del circo, de nuestro circo. La verdadera agresión es la que ellos ejercen sobre sí mismos, para dorarnos la píldora.

Se habla de la “pena de telediario” que sufren los imputados célebres al margen de sus juicios. Podríamos hablar a su vez de la “pena de campaña” que deben sufrir los candidatos a unas elecciones (¡los líderes al menos, que quienes van camuflados en las listas la única pena que sufren es la de obediencia; la de la humillación dentro del propio partido!).

Ver a personas derechas (¡e izquierdas!) gritando merluzadas es muy bueno para la ciudadanía, porque le supone una inyección de autoestima. En esta campaña, además, hemos logrado llevar a los políticos a nuestro terreno: es decir, al de la televisión basura. La política ya se venía basureando por su cuenta, y así llegó a ciertas tertulias (por no hablar de las redes sociales). Hasta que desde hace unos meses nuestros políticos se han puesto a hacer extras colgándose de autogeneradores de energía eólica, cantando, bailando, dando vueltas de campana en un jeep y hasta tonteando con un cantante de rancheras...

Pero no nos alegremos demasiado pronto. Con la manera que tienen los candidatos de dirigirse a nosotros nos están llamando imbéciles. En realidad, nosotros somos su circo. Nos insultan en la cara, nos desprecian, nos tratan como a mendrugos. Y lo peor no es eso: lo peor es que tienen razón. Estos maquiavelines no hacen las cosas porque sí. Las hacen porque les funciona.

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En El Español.

10.12.15

Son duda

Para terminar 2015 he elegido una lectura que contiene un año, aunque no el que acaba sino 2005: Seré duda, el nuevo tomo de los diarios de Andrés Trapiello (¡diecinueve van ya!). El título se inspira en una frase común en el ambiente del fútbol: “Fulanito es duda para el partido de mañana”. Ahora se añade una connotación política, porque Trapiello va como número dos por Madrid en la lista de UPyD para el Senado. Fernando Savater va como número uno. Y son duda.

No parece que vayan a salir, y es una lástima: no habrá candidatos más limpios, auténticos Quijotes en nuestra política menesterosa. Su Sancho Panza sería aquí Gorriarán, quien, por sus coces, pareciera que lleva incorporado al Rucio (todo un centauro). Savater y Trapiello serán los encargados de apagar las luces del partido más ilustrado que teníamos, y yo creo que el mejor. Al menos, era al que yo votaba. Pero se suicidó el año pasado. Estas elecciones son estrictamente póstumas. (Si mi circunscripción fuese Madrid, aún votaría a Savater y a Trapiello para el Senado; no podría no votarles).

Aunque había votantes específicos, excluyentes, de UPyD y Ciudadanos, el ánimo de la mayoría era de confluencia. Yo prefería UPyD, pero estaba en esa confluencia. La existencia de ambos partidos por separado, una vez que Ciudadanos decidió presentarse en toda España, era un desperdicio. En su momento dije que solo cabían tres opciones: la fusión o alianza (que era lo que yo quería), la lucha entre ambos hasta que quedara solo uno, y, si no se producía ni lo uno ni lo otro, el hundimiento de ambos por la dispersión del voto. Lo que no se me ocurrió fue que uno se autodestruyera.

Es una autodestrucción que, a la larga, puede “autodestruir” también a Ciudadanos: porque su carencia de una estructura fuerte en todo el país, que es una de las cosas que hubiese aportado UPyD, es la gran debilidad del partido ante el éxito que se le viene encima el 20 de diciembre. Todavía, a medio plazo, podrán brindar Gorriarán y Rosa Díez, sobre los escombros. La eliminación de su propio partido y el de al lado habrá sido todo un triunfo.

La situación es paradójica, porque es un imposible. Da pena este UPyD con sus disfraces de gallina, en sus postreras convulsiones: pero es verdad que han sido injustamente excluidos de los debates. Trapiello se ha quejado en una carta a El País, y tiene razón. Y Savater ha hecho reflexiones amargas sobre el pasado y el presente de UPyD en las que también tiene razón. UPyD mismo, quitando el absurdo eslogan de Más España, sigue teniendo razón en sus propuestas y en sus denuncias. Ese es el asunto: UPyD se va (con merecimiento: ¡cómo se ha esforzado por matarse!) teniendo razón.

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En El Español.

7.12.15

Eslóganes

Detesto las columnas que empiezan con una definición del diccionario, pero esta la voy a empezar así. Al fin y al cabo, también detesto las fotos en que un autor sale con la mano en el mentón y así es como salgo en las de EL ESPAÑOL. El fotógrafo me pidió que posara en esa postura que violaba todos mis principios fotográficos y obedecí dócilmente: ¡sin personalidad!

Pero ahora noto que me ha venido bien esa cura de humildad, porque reprimo mi risa ante las fotos de los candidatos en los carteles. Cada vez que veo una, me echo para atrás para empezar a troncharme, como Bertín Osborne (aunque, a diferencia de él, en plan antipalanganero), cuando me digo: “¡Pero si en las tuyas estás peor! ¡Ni en Corea del Norte ganarías!”.

Así que he decidido reírme solo de los eslóganes. Y por aquí quería empezar, aunque se me haya ido la mano con el prolegómeno. Según el diccionario de la Academia, eslogan es una “fórmula breve y original, utilizada para publicidad, propaganda política, etc.”. ¡Magnífica definición, con esa vinculación entre la publicidad y la propaganda política! Lo de “breve” va a misa, y más ahora que impera la religión del tuit. En cuando a lo de “original”, no es precisamente en los eslóganes electorales donde abunda...

El eslogan del PP, España en serio, da un poco de risa: entre lo de Cataluña, la corrupción, los incumplimientos del programa electoral, las descoordinaciones del gobierno y la política comunicativa de Rajoy (que incluye sus anacolutos y titubeos, sus plasmas, sus collejas y sus bertines), ha vuelto a ser una frase pertinente la de “este país es un cachondeo”.

El del PSOE, Un futuro para la mayoría, trata de conjurar el gran hándicap del partido: la mayoría de lo que se acuerda mayormente es del pasado con Zapatero. Un pasado que nos dejó el inmediato futuro hecho cisco. Por otra parte, Sánchez dice una frase inquietante en el vídeo electoral: “Quiero gobernar para dar un futuro a la mayoría”. ¿Los políticos dan futuro? Quizá sea la frase más paternalista de la campaña.

Ciudadanos apela a la ilusión: Vota con ilusión. La ilusión transversal, encajada quizá en el contexto navideño. La segunda acepción de ilusión es en el diccionario (¡vuelvo a él!) “esperanza cuyo cumplimiento parece especialmente atractivo”. Pero la primera es “concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por el engaño de los sentidos”. En el cruce entre ambas está el peligro de C’s.

Un país contigo, Podemos es el eslogan de este partido, que se incluye a sí mismo en la receta. Todos lo hacen implícitamente, pero la explicitación es un indicio narcisista. Denota también ansiedad partidista, al ligar a Podemos la suerte del país: un entrometimiento con atisbo totalitario. Todo de buen rollo, claro está, y de ahí el cercano “contigo”.

El eslogan de Izquierda Unida (Unidad Popular) es Por un nuevo país, y sin duda es por subrayar la idea de novedad por lo que en su vídeo aparecen Allende, la revolución de los claveles, Alberti y la Pasionaria: purito futuro.

Convergència se llama ahora Democràcia i Llibertat, con lo que ha empezado igual que terminó: mintiendo con el nombre. Su eslogan, (Im)possible, parece un reclamo para el show catalanista. Su exsocio Unió, por su parte, propone Solucions, aunque sabe de sobra que no tiene arreglo. El de ERC es Defensa el teu vot, y todo el peso del eslogan recae en ese “teu” estreñido, anal (¡en estricta terminología freudiana!).

Pasa lo mismo con el eslogan del PNV: Euskadi es lo que importa. ¡Para qué vamos a andarnos con tonterías! Mientras tanto, a Bildu se le van los ojitos al despiporre de los independentistas catalanes, no entiende cómo han podido montar uno más loco que el que ellos tenían y llama a entrar en el baile: Súmate a decidir.

UPyD, por su lado, se despide del Congreso (y me parece que también, ¡ay!, del Senado, aunque presenta a Savater) con un Más España que no hay por dónde cogerlo. Teniendo en cuenta que el espectaculito español, lo que se dice español, lo están dando hoy nuestros nacionalistas catalanes (¡herederos legítimos de la España negra!), mi reacción a la propuesta de Más España es: no, gracias. Ya nos sobra con la que tenemos.

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En El Español.

4.12.15

Montano en Jot Down

Dos artículos míos en papel:

* Este domingo 6 de diciembre, en el Jot Down Smart que se vende con El País (hay que pedirlo como extra en el quiosco): "Lisboa revisitada".

* En el Jot Down núm. 13, especial pecado (a la venta ya en librerías y por la web): "El pecado de Borges".

3.12.15

El de la corbata

El debate de El País no lo pude ver en directo, porque el lunes a esa hora me encontraba cenando con politólogos. A veces no es posible atender al mismo tiempo a los politólogos y a la política. En lo esencial da igual, porque se ve en diferido luego. Sí nos asomamos por nuestros dispositivos móviles a la puesta en escena, y todos los politólogos comentaron lo mismo: “¡Qué astuto Rivera! ¡Es el único que va con corbata!”.

Albert Rivera les ganó así a Pedro Sánchez y Pablo Iglesias el mensaje institucional, o institucionalista. De los tres, él era el presidenciable. La otra corbata era justo la del presidente. Aunque no estaba allí, en el atril sin nadie, sino en Telecinco. Rajoy fue a su entrevista encorbatado, por supuesto. Hubo en la noche un duelo de corbatas que no se alcanzaron.

Se puede decir que ganó la del primero, porque la del segundo la rehuyó. Ignacio Camacho había dicho en la Cope que lo único que temía Rajoy era que lo viesen debatiendo con Rivera. Los descorbatados le daban igual, y parece que le seguirán dando igual durante el resto de la campaña.

La corbata de Rivera. De algún modo cierra el círculo de su carrera política, que empezó en 2006 con el primer cartel de Ciudadanos, en que aparecía desnudo. En plan Ciut-Adán, como decíamos entonces. Su trayectoria desde aquel Adán no adanista hasta la corbata la desmenuzan Iñaki Ellakuría y José María Albert de Paco en el libro vibrante que acaban de escribir sobre Ciudadanos: Alternativa naranja.

Este repaso de los diez años de historia del partido, con especial atención al candidato, no nos permite saber si Albert Rivera está preparado para gobernar (algo que nunca ha hecho), pero sí para batirse en unas elecciones y quizá ganarlas. Su entrenamiento en Cataluña, en un ambiente hostil que impresiona (y agobia) al presenciarlo todo de golpe, me ha recordado al de los ciclistas que entrenan en altura para que las cumbres les resulten más leves en el Tour.

Ha sido también un aprendizaje, con muchos errores y muchas peleas internas. Más de una vez Ciudadanos ha estado a punto de desaparecer. Los que hemos estado atentos a este partido desde el principio (y también atentos a UPyD, cuya relación con Ciudadanos se pormenoriza en Alternativa naranja), asistimos a su éxito actual con sorpresa, casi como si se tratase de un milagro.

En política las alegrías duran poco. A mí me parece que Ciudadanos es un partido demasiado débil para aguantar todo el poder que se le viene encima. Pero de momento está esa corbata convincente: institucionalista, antipopulista.

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En El Español.