16.3.16

El pecado de Borges

En una obra tan pudorosa como la de Jorge Luis Borges, llama la atención “El remordimiento”, un soneto enfático, patético, autocompasivo (cualidades que Borges detestaba) y decididamente confesional:

He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan, despiadados.
Mis padres me engendraron para el juego
arriesgado y hermoso de la vida,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui feliz. Cumplida
no fue su joven voluntad. Mi mente
se aplicó a las simétricas porfías
del arte, que entreteje naderías.
Me legaron valor. No fui valiente.
No me abandona. Siempre está a mi lado
la sombra de haber sido un desdichado.
El poema pertenece al libro La moneda de hierro, de 1976. Fue publicado por primera vez en el diario La Nación, de Buenos Aires, el 21 de septiembre de 1975. Según le dice Borges a Joaquín Soler Serrano en la entrevista de A fondo de 1980, el soneto lo escribió cuatro días después de la muerte de su madre. Leonor Acevedo de Borges murió el 8 de julio de 1975, a los noventa y nueve años. Ella fue, sin duda, la persona más importante en la vida de Borges. No es de extrañar que a su muerte Borges escribiese, pues, su texto más triste. La obra de Borges tiende a ser feliz. Que el lector llegue a ese soneto y se entristezca, o presencie un Borges triste, es un precioso homenaje de Borges a su madre. Dejó esa página marcada.

Su trascendencia viene resaltada por la terminología religiosa: las palabras “remordimiento” y “pecado”, y esa otra latente, “confesión”. El soneto constituye una confesión. Pero he utilizado trascendencia en su acepción de importante, no de trasmundano. Aquí la terminología religiosa está aplicada a la vida y solo a la vida; solo al mundo: al sentido de la tierra. La ética tácita del soneto es que somos engendrados (mediante el acto físico de la copulación) y eso nos trae a la existencia, cuyos ejes son los elementos materiales (“la tierra, el agua, el aire, el fuego”) y el imperativo de gozarlos (“el juego / arriesgado y hermoso de la vida”; que en la primera versión era “el juego / humano de las noches y los días”). El sujeto no tiene que rendir cuentas ante ningún Dios, sino ante sus padres: ante quienes lo ataron al hilo carnal. Todo se queda en el mundo.

Es la muerte de la madre (la del padre ocurrió en 1938) la que le hace recapitular y remorderse. El pacto que se deducía de su nacimiento, de acuerdo con la lógica vitalista, no lo ha cumplido. En lugar de a ser feliz, se ha dedicado “a las simétricas porfías / del arte, que entreteje naderías”. Pero los que además de lectores de Borges lo somos de Nietzsche, recordamos en este punto una de las proclamas de su Zaratustra: “Yo no aspiro a la felicidad: aspiro a mi obra”. Un fragmento póstumo del filósofo alemán dice también: “Compensación del poeta: sus sufrimientos y el placer de expresarlos”. La justificación de una vida puede estar en la creación: engendrar obras es otro modo de integrarse en la corriente vital.

El propio Borges, en realidad, se acompasa más con esta idea la mayoría de las veces. “El remordimiento”, insistimos, es una excepción en su obra. En esta abundan los placeres. No, ciertamente, los placeres intensos del sexo y las pasiones; pero sí los del intelecto, y los de la sensibilidad. Borges logra una combinación sabia, como ya alcanzó Montaigne, de escepticismo, estoicismo y epicureísmo. Y le da una suerte de cuerpo a su sabiduría: el que otorga la literatura. Cabe imaginarlo feliz en sus elaboraciones, como es feliz el lector. Borges se calificaba a sí mismo de “lector hedónico”. Y el hedonismo lector es el estado habitual de los borgianos. El desgarro inmediato de este soneto es la confesión de infelicidad por parte de quien tanta felicidad ha prodigado.

Cuesta aceptar la división entre literatura y vida en Borges. Él la menciona en ocasiones, como en la oposición que establece en este poema entre “el juego / arriesgado y hermoso de la vida” y el “arte, que entreteje naderías”. O en estos versos de El oro de los tigres: “No haber caído, / como otros de mi sangre, / en la batalla. / Ser en la vana noche / el que cuenta las sílabas”. Pero su nostalgia de la épica no impide que la literatura misma constituya una vivencia para él. Al final de El hacedor escribe: “Pocas cosas me han ocurrido y muchas he leído. Mejor dicho: pocas cosas me han ocurrido más dignas de memoria que el pensamiento de Schopenhauer o la música verbal de Inglaterra”. En la citada entrevista de 1980 afirma también: “La biblioteca de mi padre ha sido el acontecimiento capital de mi vida”. En esta consideración de la lectura como algo que le ha ocurrido, como un acontecimiento, quizá se encuentre la clave de la gran paradoja, del misterio de Borges: que prácticamente hable solo de libros y resulte, en cambio, un autor nada libresco. Por la lectura como experiencia y por la vibración sutil de su escritura. Como sostiene Savater: “no hay escritor que tenga menos líneas inertes”.

Por otra parte, ese cierto tremendismo con que se aborda el pecado en “El remordimiento” desentona con la serenidad usual en Borges. Pide, como purga, “que los glaciares del olvido / me arrastren y me pierdan, despiadados”. Pero el olvido no suele ser en él una condena, sino una absolución. En “Fragmentos de un evangelio apócrifo”, de Elogio de la sombra, dice, por ejemplo: “Yo no hablo de venganzas ni de perdones; el olvido es la única venganza y el único perdón”. Ese texto termina con una petición que algunos han considerado irónica, pero que es transparente: “Felices los felices”. Se trata de una celebración de los que han alcanzado la felicidad. Borges mismo la alcanzó muchas veces. “Otro poema de los dones”, de El otro, el mismo, podría considerarse un catálogo feliz. En el prólogo de su último libro, Los conjurados, habla de “la dicha de escribir”, y escribe: “Al cabo de los años he observado que la belleza, como la felicidad, es frecuente. No pasa un día en que no estemos, un instante, en el paraíso”.

De este libro final es el poema “Cristo en la cruz”, en el que el crucificado “sabe que no es un dios y que es un hombre / que muere con el día”. La concepción de Borges es pulcramente agnóstica: el dolor de Cristo le conmueve, pero no es más que dolor. Un dolor inútil: a nadie salva. “¿De qué puede servirme que aquel hombre / haya sufrido, si yo sufro ahora?”. No hay chantaje religioso en Borges. Todo, felicidad y sufrimiento, está en la vida. Hasta que la muerte, como escribe en otro poema de Los conjurados, “nos desate de la triste costumbre de ser alguien y del peso del universo”.

[Publicado en Jot Down en papel 13, especial Pecado]