28.3.16

Paradojas penitenciales

Siempre que se termina la Semana Santa me acuerdo del jubilado que, paseando por el centro en un lunes como este, le decía a otro: “Ya hemos vuelto a la normalidad”. La ciudad volvía a ser suya, como de todos los que durante esta semana y un día (medida de condena) sentimos que nos la han secuestrado las procesiones. Algunos se van, otros nos quedamos: obligados a circular por las afueras.

El martes o el miércoles, al llegarme la ráfaga de un locutor ufano en una retransmisión, me dije: ¿y si los penitentes auténticos fuésemos nosotros, los que no vivimos la Semana Santa? En ciudades enfáticas como las andaluzas (hablo desde Málaga), más que la penitencia predomina la autosatisfacción. La retórica de los devotos es netamente ombliguista. La pena por los tormentos de Cristo y por su muerte en la cruz no es impostada: solo que va en un contexto de disfrute, de regodeo. Somos los demás los que nos vemos con el pie cambiado, en una incomodidad que ni siquiera lleva una filosofía (y menos una teología) adjunta.

Por otra parte, me parece bien que sea así. No pretendo que mis gustos (ni mis disgustos) tengan efecto legislativo. Hago cuestión de poder expresarme; pero mis críticas no han de traducirse en la aniquilación de lo que critico. Ni siquiera lo anhelo: prefiero mantenerme en esta franja en que se dan juntos aquello que me incomoda y mi incomodidad. Aunque observo que cada vez menos gente acepta situarse en esta tensión: hay una moda narcisista de querer convertirlo todo en espejo. Naturalmente, se trata de otra de las manifestaciones del nihilismo.

Algo se nos contagia, con todo, la simbología imperante. Y es un contagio que no viene solo de los alrededores, sino además del tiempo pasado: de nuestra infancia. Sube como un petróleo de la antigua fe, con un resultado al menos poético. En nuestra huida del centro, por las playas distantes, en el Torremolinos turístico o la lejana Galicia, por los promontorios del extrarradio o las calles ajenas de los suburbios, somos nosotros los que portamos al Cristo muerto, al Dios en el que no creemos; somos nosotros su ataúd y su sudario, en nuestra deriva procesional privada, sin público.

Se da la paradoja de que somos también nosotros, los no creyentes, los que más sentimos a partir del domingo la resurrección. Tras nuestra retirada volvemos al centro, como el jubilado aquel, con la sensación de que lo estamos estrenando: nuestra novedad es la vuelta “a la normalidad”. La coincidencia con el cambio de hora añade este año otra sensación: la de que es al propio día al que le ha resucitado un trozo. Volvemos a una ciudad con menos noche.

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En El Español.

27.3.16

El señor Cruyff


Ilustración: Tomás Serrano

De algún modo, Cruyff fue nuestra sueca. Me refiero a los niños que no habíamos cumplido los diez cuando el futbolista llegó a España. Demasiado pequeños para padecer los retortijones de Landa o Sacristán con las turistas en bikini, la primera persona rubia y extranjera que nos atrajo fue Johan Cruyff. Y por hacer algo que nosotros hacíamos: jugar, jugar al fútbol.

Caigo ahora en que fue también la primera vez que oímos hablar de muchos “millones de pesetas”, en aquel tiempo en que lo máximo que daban en el concurso estrella, el Un, dos, tres, era uno solo; que además se desvanecía al lado del gran premio: “el coche”. Con Cruyff empezamos a pensar en el dinero en metálico, y pagado –aunque no sin cierto capricho, lo que nos lo mantenía inalcanzable– por algo relacionado con la excelencia.

Recuerdo al dueño de la zapatería del barrio, que a la vez que empezaba a vender botas de futbolista como rosquillas se quejaba de la poca hombría de los jugadores en comparación con los toreros. Era comerciante y aún se daba en su cabeza un conflicto entre los viejos valores y el mercado. Cruyff, con sus millones y su figura de ídolo pop, seductor, irresistible, aceleró el proceso.

Yo sé lo que es jugar en un equipo en el que jugaba Cruyff. Al colegio llegó un niño de melenita rubia al que le pusimos ese mote, porque además era muy bueno, y había una convicción mágica de que estábamos seguros. No conozco en aquella época otro contagio de la tele en la realidad. Lo demás eran remedos, pero nuestro “Cruyff” funcionaba. Nos gustaba estar en el campo, con aquel sol moviéndose.

El Cruyff de verdad supo hacerse mayor, envejecer (lo poco que ha envejecido). Mantuvo la elegancia, y cada vez fueron más palpables su personalidad, su inteligencia, ya en el formato prosaico de un señor con traje. Quienes al final no hemos sido aficionados al fútbol ni tenemos conocimiento pudimos hacernos la idea –por las crónicas, por lo que atisbábamos– de que, como entrenador del Barcelona, era una especie de director de orquesta: dirigía y aparecía música en el césped. O un ballet que acababa en goles.

Gracias a El Mundo hemos podido leer un artículo de Josep Pla de 1974, formidable. A Cruyff lo llama “el señor Cruyff” y alaba en él su “decisión de no hacer cosas inútiles, geniales o descabelladas”; y la “mezcla de observación, de inteligencia, de habilidad, y de decisión” que tiene el ser humano “cuando hace una cosa en serio”. Me he acordado otra vez de lo que para Nietzsche era la madurez del adulto: “haber reencontrado la seriedad que teníamos de niños al jugar”. Cuando lo sabíamos llegó, y ahora nos deja.

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En El Español.

22.3.16

Los hechos antes de ser narrados

Habría preferido no escribir sobre los atentados de Bruselas, al menos no tan pronto. Estos días son para los que tienen algo que decir: no opiniones, sino algo sobre los hechos. Pero hoy me tocaba artículo: esta es mi prosaica razón. El periodismo le obliga a uno a contravenirse. Ahora me adorno. Lo digo al menos.

Hace tiempo que estos crímenes arrojan una sombra desdichada de retórica. El sufrimiento y el duelo tienen lugar entre moscas. No llegan a buitres: son moscas. En cuanto salta la noticia acuden a lamer las heridas, para infestarlas. Son moscas, en general, ideológicas. Ocurre en Twitter sobre todo: el medio más rápido para la difusión de las moscas. (También por Twitter vamos conociendo los hechos, sabiendo de las víctimas: tiene lo peor y lo mejor).

Por la mañana temprano me habían invitado a ir a Bruselas en abril y tenía la ciudad en la cabeza. Poco después supe de los atentados. La tarde anterior, en una estación de tren, concurrida, pensé en que de pronto podía estallar una bomba. El pensamiento acude también en el metro a veces. Así se nos va infiltrando la idea. Pero es un pensamiento leve, que no llega a aprensión: es solo la posibilidad. Nuestro estado frágil. Pero, al mismo tiempo, apreciamos el poder de la vida que sigue. El engranaje majestuoso de lo cotidiano.

Lo que no podremos saber cuando se rompa, salvo que nos toque, es eso que escribió Arcadi Espada una vez, a propósito de otra desgracia: “El silencio de los hechos cuando ya han sucedido, pero aún no han empezado a narrarse”. Luego ya viene todo: la verbalización de los supervivientes, la narración de los testigos, de las autoridades y de los periodistas, las deposiciones de las moscas.

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En The Objective.

21.3.16

'Progresista', mantra reaccionario

El PSOE sigue sin comprender lo esencial: que no hay nada más progresista que un Estado de derecho que funcione, que un Estado de derecho efectivo. Y como no comprende lo que es de verdad progresista, su uso del adjetivo solo puede ser fraudulento, cuando no reaccionario. Reaccionario en la medida en que supone, justamente, un obstáculo para el progreso.

Desde las elecciones del 20 de diciembre, Pedro Sánchez repite “progresista”, “de progreso” y “de cambio” con la obsesión del que reza el rosario: más bien parece un ritual mágico para que no se hunda el mundo (es decir, la propia psique, el propio tinglado) que una respuesta racional. Es la repetición de un mantra, de una serie fonética vaciada de significado, como ejercicio neurótico.

El otro motivo plausible es el puramente comercial: Sánchez esgrime lo de “progresista” como etiqueta de marca del PSOE. Según esto, no se trata de ser progresista ni de hacer una política progresista, sino de llevar la etiqueta de progresista. Y para que esa etiqueta sirva de algo electoralmente, es esencial que, además de llevarla el PSOE, tiene que no llevarla el PP. La diferencia entre el PSOE y el PP no sería, al cabo, la de ser o no progresista, sino la de llevar o no la etiqueta de progresista.

Esta perversión ha hecho que Sánchez negara desde el principio al PP, el único partido (con el apoyo de Ciudadanos) con el que podría haber llevado a cabo reformas realmente progresistas en España, en el sentido preciso de mejorar (¡o regenerar!) el Estado de derecho. La misma perversión que le hace no ver incompatibilidad entre la etiqueta de progresista y un partido tan efectivamente reaccionario como Podemos. Señal, una vez más, de que no se estaba hablando de progresismo real, sino de una etiqueta.

La partida que hay en juego la explica diáfanamente José Luis Villacañas en el vídeo de la presentación de su libro Populismo (ed. La Huerta Grande), que hizo en febrero con Fernando Savater: se trata de una lucha por una “democracia de calidad” –el Estado de derecho que decíamos, con el énfasis en la división de poderes, en el cambio de mentalidad, en la pedagogía– o bien por la conquista del poder. (Véase desde el minuto 1:09:06 hasta el final).

De momento parece que el PSOE, y también el PP, están empeñados solamente en lo segundo. Como diría Garcilaso de la Vega: “por no hacer mudanza en su costumbre”. Pese a los zarandeos. De momento.

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En El Español.

20.3.16

Errejón, sin barba que remojar


Ilustración: Tomás Serrano

Yo, que soy poco fino para las disputas teológico-ideológicas de la escolástica marxista, solo alcanzo a distinguir dos facciones en Podemos: la de los arregladitos y la de los otros, a quienes llamaremos para abreviar “los desaliñados”. (Entre las mujeres también se dan los dos tipos, aunque su adscripción no es tan clara).

El arregladito Sergio Pascual, mano derecha (¡no torrentianamente; creo!) del arregladito Íñigo Errejón, ha visto cómo cuidarse la barba se penaliza en el partido: los desaliñados se han permitido terminarle el trabajo que empezó él, mediante un afeitado completo. El inconveniente ahora de Errejón es que no puede poner a remojar la suya porque es lampiño.

Se conoce que el camino para asaltar los cielos carecía de alicientes y se han puesto a asaltarse entre ellos mismos. Había que amenizar la larga marcha con unas purguitas, que además vienen fenomenal para este curso acelerado de años treinta que nos están dando los políticos del futuro. La gente siempre se ha peleado, y ellos, que son más gente que nadie, no iban a ser menos.

El ejemplo habitual del guerracivilismo cotidiano es el de las reuniones de vecinos. Pero hay otro ámbito donde vuelan las navajas, normalmente a espaldas de quienes las reciben: el de los profesores de universidad. El otro día le escuché historietas a un catedrático de la Complutense y comprendí que los que han accedido a una plaza tienen más cicatrices que El Juli. Es un currículum cosido a la piel. No podían tardar en aflorar las puñaladas en un partido de profesores.

El caso es que Sergio Pascual, al que yo veía como un Stalincito, ha sido purgado por ese Polpotito que es Pablo Iglesias. ¡Un Stalincito que no purga sino que es purgado! Me parece que no hay más que alegar en favor de su destitución: no estaba hecho para el puesto y punto. (Puede que ahora, con la depre, se descuide la barba: pero ya será tarde).

En el momento en que escribo estas líneas sigue desaparecido Errejón. Puede que haya reaparecido para cuando el lector las lea, pero da igual: solo quiero resaltar que su desaparición no es inquietante, como lo fue, por ejemplo, la de Nin en aquellos años que Podemos mitifica. Aun en crisis, nuestro capitalismo aburguesado mantiene la inercia de que no mola despellejar a la peña; les quita hierro a los piolets. Pascual y Errejón le deben una.

Pero el que se sobreviva a las purgas no quiere decir que la intención aniquiladora del purgador sea menos implacable. Pablo Iglesias ha remachado el ataúd simbólico de Errejón con un clavo difícil de quitar: Pablo Echenique. El cabecilla de los arregladitos está más enterrado que nunca. La única posibilidad que le queda es aprovechar el tirón del próximo domingo, el de resurrección. Por esa vía, por lo demás, sí que llegaba al cielo.

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En El Español.

16.3.16

El pecado de Borges

En una obra tan pudorosa como la de Jorge Luis Borges, llama la atención “El remordimiento”, un soneto enfático, patético, autocompasivo (cualidades que Borges detestaba) y decididamente confesional:

He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan, despiadados.
Mis padres me engendraron para el juego
arriesgado y hermoso de la vida,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui feliz. Cumplida
no fue su joven voluntad. Mi mente
se aplicó a las simétricas porfías
del arte, que entreteje naderías.
Me legaron valor. No fui valiente.
No me abandona. Siempre está a mi lado
la sombra de haber sido un desdichado.
El poema pertenece al libro La moneda de hierro, de 1976. Fue publicado por primera vez en el diario La Nación, de Buenos Aires, el 21 de septiembre de 1975. Según le dice Borges a Joaquín Soler Serrano en la entrevista de A fondo de 1980, el soneto lo escribió cuatro días después de la muerte de su madre. Leonor Acevedo de Borges murió el 8 de julio de 1975, a los noventa y nueve años. Ella fue, sin duda, la persona más importante en la vida de Borges. No es de extrañar que a su muerte Borges escribiese, pues, su texto más triste. La obra de Borges tiende a ser feliz. Que el lector llegue a ese soneto y se entristezca, o presencie un Borges triste, es un precioso homenaje de Borges a su madre. Dejó esa página marcada.

Su trascendencia viene resaltada por la terminología religiosa: las palabras “remordimiento” y “pecado”, y esa otra latente, “confesión”. El soneto constituye una confesión. Pero he utilizado trascendencia en su acepción de importante, no de trasmundano. Aquí la terminología religiosa está aplicada a la vida y solo a la vida; solo al mundo: al sentido de la tierra. La ética tácita del soneto es que somos engendrados (mediante el acto físico de la copulación) y eso nos trae a la existencia, cuyos ejes son los elementos materiales (“la tierra, el agua, el aire, el fuego”) y el imperativo de gozarlos (“el juego / arriesgado y hermoso de la vida”; que en la primera versión era “el juego / humano de las noches y los días”). El sujeto no tiene que rendir cuentas ante ningún Dios, sino ante sus padres: ante quienes lo ataron al hilo carnal. Todo se queda en el mundo.

Es la muerte de la madre (la del padre ocurrió en 1938) la que le hace recapitular y remorderse. El pacto que se deducía de su nacimiento, de acuerdo con la lógica vitalista, no lo ha cumplido. En lugar de a ser feliz, se ha dedicado “a las simétricas porfías / del arte, que entreteje naderías”. Pero los que además de lectores de Borges lo somos de Nietzsche, recordamos en este punto una de las proclamas de su Zaratustra: “Yo no aspiro a la felicidad: aspiro a mi obra”. Un fragmento póstumo del filósofo alemán dice también: “Compensación del poeta: sus sufrimientos y el placer de expresarlos”. La justificación de una vida puede estar en la creación: engendrar obras es otro modo de integrarse en la corriente vital.

El propio Borges, en realidad, se acompasa más con esta idea la mayoría de las veces. “El remordimiento”, insistimos, es una excepción en su obra. En esta abundan los placeres. No, ciertamente, los placeres intensos del sexo y las pasiones; pero sí los del intelecto, y los de la sensibilidad. Borges logra una combinación sabia, como ya alcanzó Montaigne, de escepticismo, estoicismo y epicureísmo. Y le da una suerte de cuerpo a su sabiduría: el que otorga la literatura. Cabe imaginarlo feliz en sus elaboraciones, como es feliz el lector. Borges se calificaba a sí mismo de “lector hedónico”. Y el hedonismo lector es el estado habitual de los borgianos. El desgarro inmediato de este soneto es la confesión de infelicidad por parte de quien tanta felicidad ha prodigado.

Cuesta aceptar la división entre literatura y vida en Borges. Él la menciona en ocasiones, como en la oposición que establece en este poema entre “el juego / arriesgado y hermoso de la vida” y el “arte, que entreteje naderías”. O en estos versos de El oro de los tigres: “No haber caído, / como otros de mi sangre, / en la batalla. / Ser en la vana noche / el que cuenta las sílabas”. Pero su nostalgia de la épica no impide que la literatura misma constituya una vivencia para él. Al final de El hacedor escribe: “Pocas cosas me han ocurrido y muchas he leído. Mejor dicho: pocas cosas me han ocurrido más dignas de memoria que el pensamiento de Schopenhauer o la música verbal de Inglaterra”. En la citada entrevista de 1980 afirma también: “La biblioteca de mi padre ha sido el acontecimiento capital de mi vida”. En esta consideración de la lectura como algo que le ha ocurrido, como un acontecimiento, quizá se encuentre la clave de la gran paradoja, del misterio de Borges: que prácticamente hable solo de libros y resulte, en cambio, un autor nada libresco. Por la lectura como experiencia y por la vibración sutil de su escritura. Como sostiene Savater: “no hay escritor que tenga menos líneas inertes”.

Por otra parte, ese cierto tremendismo con que se aborda el pecado en “El remordimiento” desentona con la serenidad usual en Borges. Pide, como purga, “que los glaciares del olvido / me arrastren y me pierdan, despiadados”. Pero el olvido no suele ser en él una condena, sino una absolución. En “Fragmentos de un evangelio apócrifo”, de Elogio de la sombra, dice, por ejemplo: “Yo no hablo de venganzas ni de perdones; el olvido es la única venganza y el único perdón”. Ese texto termina con una petición que algunos han considerado irónica, pero que es transparente: “Felices los felices”. Se trata de una celebración de los que han alcanzado la felicidad. Borges mismo la alcanzó muchas veces. “Otro poema de los dones”, de El otro, el mismo, podría considerarse un catálogo feliz. En el prólogo de su último libro, Los conjurados, habla de “la dicha de escribir”, y escribe: “Al cabo de los años he observado que la belleza, como la felicidad, es frecuente. No pasa un día en que no estemos, un instante, en el paraíso”.

De este libro final es el poema “Cristo en la cruz”, en el que el crucificado “sabe que no es un dios y que es un hombre / que muere con el día”. La concepción de Borges es pulcramente agnóstica: el dolor de Cristo le conmueve, pero no es más que dolor. Un dolor inútil: a nadie salva. “¿De qué puede servirme que aquel hombre / haya sufrido, si yo sufro ahora?”. No hay chantaje religioso en Borges. Todo, felicidad y sufrimiento, está en la vida. Hasta que la muerte, como escribe en otro poema de Los conjurados, “nos desate de la triste costumbre de ser alguien y del peso del universo”.

[Publicado en Jot Down en papel 13, especial Pecado]

14.3.16

Mentiras adosadas

El nuevo secretario general del sindicato UGT, Josep Maria Álvarez, nacido en Asturias, ha debutado con una frase abyecta, qué le vamos a hacer. Abyecta y mentirosa: “UGT es la primera organización estatal donde la catalanofobia no funciona”. Mentira cochina, como las que van adosadas al nacionalismo.

La semana iba bien. La lectura de Montaigne la combino ahora con la biografía de Goethe escrita por Safranski y se me estaba contagiando un deseo de elevación. El jueves estuvo en Málaga el filósofo José Luis Villacañas, en el Aula de Pensamiento Político que dirige Manuel Arias Maldonado, e hizo reflexiones hondas sobre los problemas que le provoca a España el hecho de ser una “nación tardía”, como él la llama. Su documentado repaso de nuestra historia, de las angustias existenciales de nuestra historia, nos hizo comprender las pulsiones de nuestros nacionalismos periféricos. Para Villacañas no hay otro arreglo que una reforma de la Constitución que haga de España un estado federal. Nos resultó convincente.

Y entonces llegó este Álvarez a recordarnos lo que es el nacionalismo, empalmando con el espectáculo que dieron Rufián y los otros en el Congreso, y con los agasajos a Otegi. Tener nacionalismo es como tener almorranas: lo máximo que nos podemos permitir son unos días de alivio, por desdicha siempre escasos.

Lo que podrían ser reivindicaciones legítimas o aspiraciones justas, como nos mostró Villacañas, aparecen embadurnadas en falacias, de un modo tan unánime y automático que hace sospechar de la legitimidad o justicia de lo otro.

Como siempre, está el abuso, el impresentable abuso. La contumacia del chantaje. ¿Catalanofobia por qué? Si hay razones para las reivindicaciones nacionalistas, ¿por qué las razones contrarias tendrían que ser fruto del odio? ¿No conciben otro motivo para oponerse? Se trata de un intento retórico tan barato que da pistas contra sí mismo. ¿No será que las razones nacionalistas son falsas, en la medida en que han de apoyarse en esa falacia fundacional? ¿No son pseudorrazones, pues, pringadas de trampa irracional desde el principio? ¿Acaso no hay otra manera de ejercerse sino recurriendo a la mentira?

Y está también el abuso nacionalista, al que me he referido otras veces, de arrogarse el todo desde una parte, por la cara. La apropiación de la Cataluña plural por solo una porción de los catalanes, o decir “los catalanes” cuando deberían decir solo “los nacionalistas”.

En fin, con este Álvarez que se fue a Cataluña con veinte años estamos ante otro fracaso “charnego”: la prueba de que un catalán más nacido fuera no ha encontrado otra manera de prosperar que haciendo suyo el discurso de los que se inventaron esa palabra, charnego, para utilizarla contra él y contra los que eran como él. Otro Montilla.

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En El Español.

13.3.16

Doña Letizia, camino de perfección


Ilustración: Tomás Serrano

Me ha encantado saber, por nuestra Ana Romero, que al carácter impulsivo de doña Letizia su entorno de Zarzuela lo llama “espontaneidad”. Con el propósito de limarlo, o limarla. Al final, lo de meterse a reina era una vía ascética: un camino de perfección para elevarse a la conciencia desde lo incontrolado. En términos de autoayuda, resulta que casarse con don Felipe servía para lo mismo que meterse a carmelita descalza (aunque con autorización para calzar unos Manolo Blahnik) o, a nivel barato, que seguir las instrucciones de Paulo Coelho.

El mensajillo de octubre de 2014 a López Madrid se puede interpretar, en esa gincana de mejoramiento, como un tropezón. La dichosa espontaneidad volvió a brotar, pese a los esfuerzos por domesticarla, y ha terminado llegándonos en este minicaso de letileaks (o, como dice también Ana Romero, de “incontinencia electrónica”). Pero en el mundillo de la autoayuda se sabe que gracias a los errores, trabajando con ellos, se puede alcanzar un grado mayor de perfección. Como hemos conocido después, aquellas palabras al “compi yogui” terminaron siendo de despedida. Se avanzó un paso hacia la solitaria santidad. La Zarzuela como Cartuja.

La filtración no se sabe de quién ha sido. Algunos dicen que detrás está Rajoy, que habría querido vengarse del Rey por mantenerlo en la postura yóguica del cadáver después de haberle permitido a Sánchez hacer sus salutaciones al sol. Pero lo más raro es que la filtración de los mensajes de doña Letizia se ha producido casi a la vez que la de un informe interno de Podemos en que el partido se autodiagnostica “falta de elementos plebeyos” en su merchandising electoral. Los analistas seguramente lo pusieron para adular a su líder; pero el filtrador ha dejado ahí una insidiosa conexión, siquiera estética, entre la Reina y Podemos: como si ella fuese justo lo que este necesita...

Por otro lado, según ha escrito Ferrer Molina, subdirector de EL ESPAÑOL, “lo grave de los SMS es que la gente puede ponerse de puntillas sobre ellos para asomar la nariz en Palacio”. Y justo eso es lo que a mí me ha gustado: olisquear (pese al olorcillo a merde). Siempre me reconforta ver (¡por resentimiento social, sin duda!) las servidumbres de nuestros poderosos en materia retórico-afectiva. Esas jabonosidades que, ciertamente, delatan más la influencia de Paulo Coelho que de Santa Teresa de Jesús: “Sabemos quién eres, sabes quiénes somos. Nos conocemos, nos queremos, nos respetamos”. Hay que celebrar, con todo, que la retahíla no desembocase en “te quiero un huevo”. Una espontaneidad que sí que hubiese resultado irreversible.

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En El Español.

10.3.16

Jot Down 14: especial Amor

Ya se puede adquirir (en librerías o por la web) el número 14 en papel de Jot Down, especial Amor. Yo colaboro con una selección de fragmentos sacados de mis cuadernos y diarios, que presento así:
Para Oscar Wilde “el amor que no osa decir su nombre” era el homosexual. Hoy en día es el amor, sencillamente. Homosexual o heterosexual: el amor en sí. Se habla mucho de él, en abstracto. Pero no se consiente (resulta embarazoso) en su manifestación más cruda: la del amor que es a la vez único y no correspondido. Amar a un ser singular que no te ama. El enamorado entonces no encontrará comprensión en ninguna parte. Se considerará que no es amor lo que siente, sino que padece una tara: masoquismo, o narcisismo; que no quiere curarse y está contento de sufrir. Tiene razón Roland Barthes: “El discurso amoroso es hoy de una extrema soledad”. He ido a mis papeles a sacar fragmentos de mi propio discurso amoroso.

9.3.16

Vida de filósofos ilustres

Profesores buenos y malos ha habido siempre. Lo distinto antes (antes de que los pedagogos los maniataran) es que los buenos podían hacer algo. En cada curso había dos o tres que valían, y con ese azar era suficiente. Ahora, cuando mis amigos profesores me hablan de su impotencia, me acuerdo del que me dio literatura en tercero de bup. “Como este curso no tenemos la presión de la selectividad, vamos a dedicarnos solo a leer”, dijo el primer día. Teníamos entre dieciséis y diecisiete años; él solo diez más. Mi instituto, naturalmente, era público.

Repasando lo que leímos aquel curso me asombro: poemas de Góngora, de Quevedo, de Antonio Machado, de Guillén, de Cernuda, la “Oda a Walt Whitman” de Lorca y su conferencia sobre el duende, “Una carroña” y “Correspondencias” de Baudelaire, “Murallas” e “Ítaca” de Cavafis; los entremeses de Cervantes, “El sueño de una noche de verano” de Shakespeare, “Ubú Rey”, “Esperando a Godot”, “La cantante calva”, “Las sillas”; caligramas de Apollinaire, los manifiestos del futurismo, del dadaísmo y del surrealismo; “Cien años de soledad”, “Pantaleón y las visitadoras”, “La vida exagerada de Martín Romaña”; “Que se mueran los feos” de Boris Vian, “El castillo” de Kafka, “Los mitos de Chutlhu”, “La historia interminable”; páginas de “La corte de los milagros” de Valle-Inclán...

Los poemas sueltos nos los daba en fotocopias y un día trajo uno de Luis Antonio de Villena: “Vida de filósofos ilustres”. Era la primera vez que veía su nombre y esa manera extraña de titular. El poema también era extraño, luminoso: “Aprende que emanan efluvios de todas las cosas nacidas. / Que todo da luz. Que cada cosa inflama al aire de presencia. / El árbol esplende, el mar se irisa, los efluvios se cruzan...”. Era un canto a los deseos (“el hombre debe enredarse en ellos. Arder”) que acababa con Empédocles arrojándose al fuego, o siendo fuego “en la alta cumbre, sagrada y estéril, del Etna”.

De Empédocles también supimos por primera vez aquella mañana, y que el título era por el de Diógenes Laercio. Para entonces ya estábamos dentro del volcán como él, ardiendo entre los libros. Que todas esas lecturas formen parte de mi vida desde los dieciséis años es un lujo impagable. Sin el azar de aquel profesor libre todo habría llegado más tarde, o no habría llegado.

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En The Objective.

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Hoy hablo además de mis lecturas infantiles en el blog Nido de ratones.

7.3.16

La morcilla

El primer efecto de la “nueva política” es que en el parlamento se haya vuelto a hablar como en la década de 1930, con aquellas tensiones, con aquella discordia. Un salto atrás de ochenta años no está nada mal como novedad.

Otra novedad es lo de Otegi. Ha salido de la cárcel con su discurso renovado. Para probarse que molaba, que estaba al día, utilizó en su primer mitin las expresiones que se han puesto de moda en su ausencia: lo de “la casta” y todo lo demás. Pero se produjo algo interesante. Lo que hizo al emplearlas fue envejecerlas. O mejor dicho: probar que habían sido viejas desde el principio. Su intento de exhibir continuidad en lo que había estado pasando dentro de la cárcel, solo probó la continuidad en lo que había estado pasando fuera. Con Podemos.

Otegi es el eslabón entre la “nueva política” y el terrorismo. Una presencia incómoda, delatora. Los “nuevos políticos” bien hubieran podido repudiarla. Pero no: han hecho lo contrario. Han ido a refregarse con él, al igual que los nacionalistas catalanes y algún merluzo andaluz, en busca de la epiquilla de los crímenes pasados. Al cabo, sin esos crímenes, lo que hay es solo impostación y ridículo. Cursilería (¡un saludo, Rufián!).

Venden novedad, pero en el mostrador solo tienen morcilla. La morcilla de las celebradas “Glosas a Heráclito” del poeta Ángel González: “Nada es lo mismo, nada permanece. Menos la Historia y la morcilla de mi tierra: se hacen las dos con sangre, se repiten”. Ha regresado nuestra historia de siempre.

La salida de Otegi ha sido eso: una regurgitación, un eructo. Lo único nuevo es la extensión de la podredumbre. Desde los llenos de la plaza de Oriente, no había habido tanto antidemócrata en España. Al menos manifestándolo. Una pseudoizquierda que no ha purgado su pasado asoma ufana, para repetirlo.

¿Y dónde empieza la “pseudoizquierda”? Me preguntó el otro día un amigo. Y se me ocurrió responderle: exactamente donde acaba Savater. Él lleva treinta años marcando los límites de la izquierda progresista y no reaccionaria; ilustrada y no oscurantista. A cambio lo han acusado de “facha”, que es el galardón que lleva todo izquierdista español presentable: y el que no lo lleva no es presentable.

Qué pena ver a una ciudad tan fina como San Sebastián, la ciudad de Savater, rindiéndole homenaje a Otegi. Empuercando los proetarras el volódromo de Anoeta como han empuercado desde hace decenios las carreteras del Tour. Esto es lo que hay: lo de siempre. La boina cejijunta. La novedad había sido la Transición, sí. O que tuviéramos a alguien como Savater.

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En El Español.

6.3.16

Sánchez, jugar y perder


Ilustración: Tomás Serrano

Pedro Sánchez se lo ha jugado todo porque, como ha escrito cada columnista español, en uno de esos contagios entrañables que se dan en el oficio (faltaba yo, y aquí estoy), solo le cabía ser “César o nada”. Nunca un hombre tan normalito se había visto sometido a opciones tan extremas. Ha intentado ser César, es decir, presidente, y de momento va camino de la nada. Un final heroico, en cualquier caso, para el dueño de ese aspecto de vendedor de enciclopedias (unas enciclopedias en las que no estaba destinado a salir).

Para ser César, Sánchez sí que reunía una de las condiciones: tener un Brutus en ciernes, que en su PSOE es Susana Díaz (por las cosas del género, no tengo ningún inconveniente en llamarla Bruta). Siguiendo con las comparaciones romanas, Sánchez ha jugado a emperador y puede acabar como cristiano en el circo, alimentando a los barones, quiero decir, a los leones. Metáfora gastronómica que me recuerda a la formulación decadentista que, en vez de lo de “César o nada”, prefería Luis Antonio de Villena: “Faisán o hambre”. En el caso de Sánchez, faisán para comer o faisán (o lo que fuere) como comida.

Ha sido el suyo un maquiavelismo de ruleta, o de dados: demasiado encomendado a la fortuna, que es precisamente la parte que, según Maquiavelo, no controla el sujeto. Para la que sí controla, la que depende de su fuerza o virtù, Sánchez no tenía suficientes votos, esa stamina del videojuego político.

Lo más bonito ha sido que, en su desesperación, Sánchez no haya elegido (¡al menos en este primer turno!) la alternativa más desesperada, la de aliarse con Podemos. Algunos en su partido le animaban a ello, empezando por su contrincante en las primarias, Pérez Tapias, ese Talegón talludito, uno de nuestros abuelos rockeros de la ideología. Pero Sánchez escogió a Ciudadanos, quizá porque ha compartido asesora de imagen con Albert Rivera, y eso une mucho en política.

El problema de Sánchez, al cabo, es que para su presidencia razonable habría necesitado el apoyo o la abstención del PP: que fue lo que rechazó desde el principio, por esa superstición de “la derecha” (tic que sí comparte con Tapias). Y en ese rechazo está su contradicción, o su imposibilidad de base: si su propósito hubiese sido no rechazar al PP, al final el que tendría que haber gobernado, con el apoyo del PSOE, era el PP.

Sánchez se queda así como tantas cosas en España: como una promesa volátil, sin pies, sin consistencia, sin posibilidad. Como lo que soñamos para cuando nos toque la lotería o nos beneficie un lance: una jugada en vano.

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En El Español.