31.12.16

Lecturas 2016

2016 ha sido para mí un año lector. Como me dio por anotar los títulos desde el 1 de enero, puedo poner aquí la lista. Van según el orden en que los empecé. Unos los leí del tirón, otros a lo largo de semanas o meses. Hay libros gordos y libros delgaditos. Hay relecturas. De la lista no he terminado aún el de Eckermann ni el de Cabrera Infante. Los que abandoné los taché y no aparecen. Entre los que aparecen, unos cuantos los leí en diagonal (¡modalidad que defiendo!). Incluyo, entre comillas, algunos artículos o capítulos sueltos que me pareció importante consignar. La lectura más larga, la que le ha dado el tono al año, ha sido la de Montaigne, que acabo justo hoy.

1. Los ensayos. Montaigne.
2. Odas. Horacio.
3. Marcel Proust 2. Biografía 1904-1922. George D. Painter.
4. Palomas y serpientes. Enrique García-Máiquez.
5. Diarios. Jaime Gil de Biedma
6. Las personas del verbo. Jaime Gil de Biedma.
7. Como la sombra que se va. Antonio Muñoz Molina.
8. Proust. Samuel Beckett.
9. Proust y los signos. Gilles Deleuze.
10. Proust contra la decadencia. Józef Czapski.
11. Proust. Edmund White.
12. Contra Sainte-Beuve. Marcel Proust.
13. Confesiones. San Agustín.
14. Goethe. La vida como obra de arte. Rüdiger Safranski.
15. The Problems of Philosophy. Bertrand Russell.
16. Una gran profesional. Fernando del Moral.
17. Rubaiyat. Canciones para beber. Fernando Pessoa.
18. Seré un anciano hermoso en un gran país. Manuel Astur.
19. Los idiotas prefieren la montaña. Aloma Rodríguez.
20. Cómo cambiar la vida con Proust. Alain de Botton.
21. Goethe. Eugenio Trías.
22. "Neurosis obsesiva". Sigmund Freud.
23. "El mito individual del neurótico". Jacques Lacan.
24. "Goethe: la deuda y la vocación". Eugenio Trías.
25. El surrealismo. José Luis Giménez-Frontín.
26. ¿Qué es el surrealismo? André Breton.
27. La búsqueda del comienzo. Escritos sobre el surrealismo. Octavio Paz.
28. Pleamargen. Breton/Abeleira.
29. Filosofía del surrealismo. Ferdinand Alquié.
30. La España vacía. Sergio del Molino.
31. Una callada sombra. Luis Sanz Irles.
32. Tulipanes y delirios. Luis Sanz Irles.
33. El pacto ambiguo. Manuel Alberca.
34. Confianza o sospecha. Una pregunta sobre el oficio de escribir. Gabriel Josipovici.
35. Verdad y mentiras en la literatura. Stephen Vizinczey.
36. Una habitación propia. Virginia Woolf.
37. Cocaína. Daniel Jiménez.
38. La muerte del padre. Karl Ove Knausgård.
39. Misión del ágrafo. Antonio Valdecantos.
40. Artistas sin obra. Jean-Yves Jouannais.
41. El libro tachado. Patricio Pron.
42. Hambre de realidad. David Shields.
43. Diario de Kioto. Ernesto Hernández Busto.
44. El sepulcro sin sosiego. Cyril Connolly.
45. Conversaciones con Goethe. Eckermann.
46. Enemigos de la promesa. Cyril Connolly.
47. Varados en Río. Javier Montes.
48. Boquitas pintadas. Manuel Puig.
49. La tarde de un escritor. Peter Handke.
50. Las ilusiones perdidas. Balzac.
51. Instante. Wislawa Szymborska.
52. Alcancía, ida. Rosa Chacel.
53. Alcancía, vuelta. Rosa Chacel.
54. Cae la noche tropical. Manuel Puig.
55. Por qué no he escrito ninguno de mis libros. Marcel Bénabou.
56. Proust. Derwent May.
57. Lo que a nadie le importa. Sergio del Molino.
58. Las flores del mal. Baudelaire.
59. Río de Janeiro, carnaval de fuego. Ruy Castro.
60. Poesía no completa. Wislawa Szymborska.
61. O Rio de todos os Brasis. Carlos Lessa.
62. Vinicius de Moraes, o poeta da paixão. José Castello.
63. Historia mínima de la Guerra Civil española. Enrique Moradiellos.
64. El bosque sagrado/The Sacred Wood. T. S. Eliot.
65. El esplín de París. Baudelaire.
66. Cinco horas con Mario. Miguel Delibes.
67. Señora de rojo sobre fondo gris. Miguel Delibes.
68. Pasados los setenta IV (1986-1990). Ernst Jünger.
69. Veranos de juventud (Letras Libres).
70. "Inconsolable". Javier Gomá.
71. El libro del reloj de arena. Ernst Jünger.
72. El viaje de Nietzsche a Sorrento. Paolo D'Iorio.
73. Un niño. Thomas Bernhard.
74. Autorretrato. Édouard Levé.
75. Una ilusión. Ismael Grasa.
76. Magistral. Rubén Martín Giráldez.
77. "Historial de un libro". Luis Cernuda.
78. Cuatro noches romanas. Guillermo Carnero.
79. Luis Cernuda, poeta, mundo, demonio. Luis Antonio de Villena.
80. "La palabra edificante (Luis Cernuda)". Octavio Paz.
81. El espacio y las máscaras. Introducción a la lectura de Cernuda. Jenaro Talens.
82. Luis Cernuda, el poeta en su leyenda. Philip Silver.
83. La realidad y el deseo. Luis Cernuda.
84. La poesía de Luis Cernuda. Derek Harris.
85. La fuerza del destino. Vida y poesía de Luis Cernuda. Eloy Sánchez Rosillo.
86. Cernuda ante sí mismo. Jaime Rodríguez Sacristán.
87. Luis Cernuda 1. Años españoles (1902-1938). Antonio Rivero Taravillo.
88. Luis Cernuda 2. Años de exilio (1938-1963). Antonio Rivero Taravillo.
89. Si quieres, puedes quedarte aquí. Txani Rodríguez.
90. Molestia aparte 1. Diarios 2001-2005. Ignacio Carrión.
91. Molestia aparte 2. Diarios 2006-2010. Ignacio Carrión.
92. Poemas (Visor). Hölderlin/Cernuda.
93. El oficio de editor. Jaime Salinas/Juan Cruz.
94. La democracia sentimental. Manuel Arias Maldonado.
95. Antología poética (Cátedra). Friedrich Hölderlin.
96. Las voces de Marrakesh. Elias Canetti.
97. Epistolario inédito. Luis Cernuda.
98. Hormigón. Thomas Bernhard.
99. La Habana para un Infante difunto. Guillermo Cabrera Infante.
100. Cuaderno de incertidumbre. Rafael García Maldonado.
101. El mono gramático. Octavio Paz.
102. Rapsodia. Pere Gimferrer.
103. La estación violenta. Octavio Paz.
104. Así habló Zaratustra (manga).
105. Sólo hechos. Andrés Trapiello.
106. Jugaban con serpientes. Francisco Solano.
107. De la primavera al Paraíso. El amor, de los trovadores a Dante. Jaume Vallcorba.
108. El agua siempre encuentra su camino. Alejandro González Terriza.
109. Gato encerrado. Montaigne y la alegoría. Antoine Compagnon.
110. Miseria y compañía. Andrés Trapiello.
111. Antología poética (Cátedra). Philip Larkin.
112. El ciclo de la evaporación. Álvaro García.
113. High Windows. Philip Larkin.
114. Verano inglés. Guillermo Carnero.
115. Espejo de gran niebla. Guillermo Carnero.
116. Fuente de Médicis. Guillermo Carnero.
117. Montaigne. Peter Burke.
118. En mitad de la vida. Poesía completa. Hermann Broch.
119. Huellas. Tras los pasos de los románticos. Richard Holmes.
120. "De las alegorías a las novelas". Jorge Luis Borges.

29.12.16

La brasa islamista

Las terrazas de los bares, las calles, los paseos marítimos, las salas de conciertos, las estaciones, los mercadillos: ahí está hoy el frente.

Nunca nos habían puesto el heroísmo tan fácil. Nuestra misión militar es seguir haciendo nuestra vida, resistiendo –aun con miedo en el cuerpo– en nuestras posiciones descreídas y lúdicas. Tomarse una cerveza o un gin-tonic, ir a escuchar a Bisbal, comprarse una muñeca hinchable, es mantenerse en la trinchera, asumiendo el riesgo de que nos caiga un bombazo o llegue un majara con un camión o una metralleta.

Este es el enemigo, exactamente: un majara con metralleta. Un pesado que mata. Y a lo peor, mientras te mueres o te recompones un miembro o te agarras las tripas, todavía tienes que tragarte la paliza infumable sobre un dios del que se predica grandeza pero que en esos momentos está enanificado hasta lo irrisorio, por el tal individuo que lo grita con rigidez de enfermo.

El yihadista es un jibarizador de su Alá. Del mismo modo que el Dios de los cristianos escupe a los tibios, el de los musulmanes debe de escupir a estos brasas que lo empequeñecen. Y lo aburren. ¡Porque no hay quien los aguante! El espectáculo del fanatismo es soporífero. Si alguno por casualidad llegara al famoso paraíso de las huríes, al momento convertirían aquello en un muermazo.

Esto no es una guerra de buenos y malos, sino una guerra de buenos (¡o regulares, tampoco nos pongamos estupendos!) y pesados. Jamás ha habido unos payasos tan lamentables.

* * *
En The Objective.

26.12.16

Monarquismo punki

No deja de regocijarme verme aquí: defendiendo el Establishment, haciendo de monárquico desde mi republicanismo. Yo (¡como muchos!) quise ser un provocador, un maldito, un enfant terrible. Y esta España desquiciada me permite serlo desde la sensatez, que es lo que pega con mi edad (una sensatez no cipotuda, por cierto, sino cojonuda): quedando como un punki por apoyar al Rey y sus sosos discursos, su apazguatamiento civilizatorio y cortés.

Ya sé que los que están arriba en el Establishment que malamente apuntalo se seguirán llevando la pasta y yo seguiré pobre. ¡Pero qué le vamos a hacer! Con el programa de nuestros pseudorrepublicanos estaríamos peor todos, salvo los que mandan entre ellos, que para eso están haciendo su “revolución” como unas oposiciones. El monarquismo gana hoy ética y sobre todo estéticamente. En el otro bando están los peores y los más feos (¡fealdad interior, en monadas como Ramón Espinar o Rita Maestre!). Al fin y al cabo, unos estamos por la ley democrática y otros por los caprichitos.

En mi Nochebuena empezamos diez ante la tele, seis adultos y cuatro niños. A los cinco minutos quedaba yo solo, y porque me tenía que ver el discurso entero por profesionalidad. Fue soporífero, como siempre. Y esto es lo bueno, lo bonito: el Jefe del Estado hablando romamente, sin intimidar. Ninguna obligación de verlo. Coacción cero. El propio Felipe VI pidió disculpas hacia el final, por estar robándoles tiempo a los españoles. Me enterneció. Nuestros pseudorrepublicanos prefieren las matracas de seis horas (¡y esas sí obligatorias, intimidatorias!) que daba el fallecido Fidel Castro: ese Papá Noel a la inversa, que les robó el regalo de vivir en Cuba a los que no lo aguantaban. Los que critican burdamente al Rey constitucional son los mismos que soltaron sus Orinocos de lágrimas por el dictador...

Gabriel Rufián –que ha logrado ser lo más descacharrado de eldiario.es, desbancando a Suso de Toro–, ha soltado una pieza que da el tono de nuestro republicanismo realmente existente, al que vengo llamando pseudo. Eso sí que es un discurso de rey antiguo, absolutista. Absolutista y absurdo, a lo Ionesco. Muy Ubú también: metiéndonos el palitroque en la oreja. Ese es el asunto: nuestros antimonárquicos son unos abusones del copón, unos protototalitarios. Y el funcionarial Rey (¡no es épico, pero es así!) es el que deja que cada cual haga su vida, porque es el que simboliza la democracia de todos. Con sus indispensables restricciones legales, naturalmente.

“God save the Queen”, cantaban los Sex Pistols. Aquí no tenemos ni que ponernos imperdibles en los mofletes. Nos basta decir modositamente “Viva el Rey” para pasar por punkis. Ante nuestros absolutistas realmente existentes.

* * *
En El Español.

19.12.16

Pelín coral

Ahora se ha puesto de moda hablar en Podemos de “coralidad”, y todo el que lo dice debe disimular las ganas que tiene de llevar la voz cantante él solo. Sobre todo Pablo Iglesias, que es el macho alfa (¡el Aznar!) de Podemos. Decir mucho “coralidad” suena a exorcismo de los propios demonios. O a estrategia para que los demás acaben en el fondo del escenario coreando al solista: en Pablo Iglesias se oculta un Julio Iglesias.

De momento han acordado que en el próximo congreso de Vistalegre se visualice alegremente el trío P-E-A: pablistas, errejonistas y anticapitalistas. Cómo suenen será otra cosa. Yo tengo especial interés, por motivos regionales, en escuchar a Teresa Rodríguez y el Kichi: esa mezcla de Lole y Manuel y los Clinton. Y, ya por amor al arte, a Errejón Garfunkel: ¡su puente sobre aguas turbulentas! Y a Rita Maestre, la Laura Pausini espigada. También espero los gorgoritos, dentro o fuera del escenario, de Juan Carlos Monedero, el gran ruiseñor. Aunque algo está garantizado: por mucho que desentonen en los debates, al final todos cantarán al unísono algo de Quilapayún.

Pero antes que de ningún músico, de quien me acordé cuando el ególatra Iglesias habló de “coralidad” fue del actor Carlos Larrañaga, que de egolatría tampoco andaba corto. Según me contaron (¡fuentes fidedignas!), a finales de los noventa el galán acudió a una productora de televisión para que le hicieran una serie a la medida. “Ante todo que sea coral –exigió–, no quiero todo el protagonismo para mí”. La serie terminó siendo Señor alcalde, que emitió Telecinco. El alcalde, por supuesto, era Larrañaga. Pero empezó mal.

Al leer el primer capítulo se sintió decepcionado y fue a quejarse a los responsables: “Os ha quedado pelín coral, ¿eh? ¡Pelín coral!”. Cuando le dijeron que justo eso había pedido, que fuese coral, respondió: “¡Es que a mí hay que saberme entender!”. Y explicó, guión en mano: “Mirad, esta secuencia del debate en el ayuntamiento, por ejemplo. ¿Por qué habla tanto el de la oposición? Quedaría mejor así. Él se levanta para hablar, pero antes de que abra la boca yo le digo: 'No, no, si yo sé ya lo que me vas a decir. Tú me vas a decir que tal, tal, tal. Pues yo a eso te replico que tal, tal, tal'. Y él vuelve a intentar decir algo y yo lo mismo, vuelvo a cortarle. Y así una y otra vez. ¡No me digáis que no queda muchísimo mejor!”.

Ese va a ser el problema de Pablo Iglesias, o nuestro problema: que no le sabemos entender cuando dice “coralidad”.

* * *
En El Español.

16.12.16

El Río de las postales



El milagro en Río es la superposición: cómo la ciudad mítica, el Río de las postales, se impone a la real. Está siempre con ella, ligeramente por encima: como una sombra de luz, o una aureola. La potencia de la ciudad mental, que lleva el viajero, y también el habitante de Río, condiciona la percepción. No dejamos de advertir sus defectos, pero estos quedan absueltos casi al instante: como si el convencimiento de una alquimia (un dispositivo no premeditado: ¿un autoengaño?) transformase la suciedad en oro. Estar en Río es ser un rey Midas de la mirada. Alguien escribió al llegar: “Nunca pensé que mis ojos valiesen tanto”. Tal vez sea por el amor: Río de Janeiro es una ciudad que enamora y sus amantes ya van tergiversados por su filtro amoroso. Por más que se desplome la ciudad real, la ideal está siempre sustentándola.

Yo mismo, encima del Pan de Azúcar, veía los desperdicios de la playa Vermelha de abajo, o, enfrente del Pan de Azúcar, los de la playa de Botafogo. Toda la bahía de Guanabara es un basurero flotante, al igual que la laguna (la Lagoa) que está al pie del Corcovado. Produce pena y depresión. Pero uno se descubre al momento soslayando las inmundicias. Hay una fuerza que vence: la fuerza de lo que queda de belleza, que es muchísimo.

Está además la delincuencia. En el año 2000 me encontraba en la ciudad cuando estrenaron la película Bossa Nova, una comedia sentimental flojísima de Bruno Barreto, que solo valía por lo bonito que salía Río. El director había optado abiertamente por una estética de postal y la prensa ironizaba. Leí, por ejemplo, que una mujer había quedado con una amiga para ir al estreno. Mientras la esperaba ante su portal de Ipanema, decía, “sentí eso tan familiar para un carioca: el cañón de una pistola apuntándome a la sien”. Le robaron lo que llevaba encima, pero aun así fue con su amiga al cine. Y a la salida comentó que qué ciudad maravillosa la que salía en la película, que era en ella donde le gustaría vivir. Lo bueno era que, con su distanciamiento y todo, ella sabía que estaba viviendo justo en aquella ciudad.

A mí me costó trabajo encontrar Río. Exactamente, media jornada. Llegué un 21 de marzo y en la radio del taxi hablaban del comienzo del otoño, “la estación melancólica de los poetas, de las hojas caídas...”. Pero el sol era radiante y hacía un calor como el del verano en Madrid. Rubem Fonseca se quejaba del eurocentrismo que no tenía en cuenta el calendario tropical: su novela Agosto se editó en Francia como Un été brésilien. Pero al parecer los propios cariocas acogían gustosamente los tópicos del otoño europeo. Mi asiento en el avión me había impedido ver la ciudad desde el aire. Yo me había imaginado una llegada como la del “Samba do avião” de Jobim, pero ni siquiera desde el taxi pude ver nada reconocible. Extensiones de favelas, un callejeo, túneles y la llegada al hotel, en una de las calles interiores de Copacabana. Salimos (yo iba con N., que había vivido allí algunos años), y entre el solazo, el jet lag y los edificios altos del paseo marítimo, me sentí agobiado y con un sentimiento hondo de decepción. “¡Esto es Benidorm!”, no paraba de decirle a N. Luego vi ya el Pan de Azúcar, y asomando por detrás de los edificios el Corcovado, y más tarde la roca de Arpoador, desde la que se veía ya el morro Dois Irmãos y la Pedra da Gávea. Nos tomamos unas cervezas y unos espetinhos de pollo en el bar Garota de Ipanema, donde se compuso la canción, y antes de que se hiciera de noche ya me había enamoriscado de Río.

El enamoramiento de verdad, el flechazo, ocurrió al cabo de una semana. Nuestro plan era estar un día en Río, viajar a Belo Horizonte y a Vitória, donde N. tenía que visitar a su familia y resolver ciertos asuntos burocráticos, y al fin volver a Río, donde pasaríamos casi un mes. En el autobús de regreso estuve leyendo Noites tropicais, las memorias musicales del letrista y productor Nelson Motta, que van desde el nacimiento de la bossa nova con João Gilberto, que frecuentaba la casa de su padre, a finales de la década de 1950, hasta el lanzamiento de Marisa Monte a finales de la de 1980, que dirigió él; en medio, el tropicalismo (Motta, de la generación de Caetano Veloso y Gilberto Gil, fue el periodista que aplicó el término), los festivales, su amor por Elis Regina, la música disco brasileña (Motta montó la primera discoteca de Río, situada en el morro de Urca, el que está al lado del Pan de Azúcar), su amistad con Tim Maia y el rock... En algún momento de mi lectura se produjo el clic y quise llegar a Río cuanto antes, y conocer bien Río, y saborearlo y vivirlo. El primer paseo de aquella noche, tras dejar las cosas en el hotel de Copacabana, fue ya el de un enamorado.

El amor se incrementó con los días en la ciudad, y con las lecturas de después, libros de memorias y biografías fundamentalmente: atisbos de la ciudad a lo largo de los años, en las vidas de otros. La historia de la bossa nova de Ruy Castro, que da cuenta de todo el grupo y en especial de João Gilberto; la biografía de Noel Rosa, de João Máximo y Carlos Didier, que ofrece un magnífico retrato de Río desde 1910 hasta 1937; la historia del tropicalismo, de Carlos Calado; la biografía del periodista y autor teatral Nelson Rodrigues, también de Ruy Castro (una biografía que es al tiempo una historia del periodismo y la política del Brasil del siglo XX; incluye la construcción del estadio de Maracanã y la implantación de las puntuaciones en el desfile del carnaval, en que tuvo mucho que ver el hermano mayor de Nelson, Mário Filho); y las biografías, en fin, de Orlando Silva, Antonio Carlos Jobim, Ronaldo Bôscoli, Nara Leão, Chico Buarque, Tim Maia, Cazuza, Hélio Oiticica, Vinicius de Moraes... Antes de mi viaje había leído otros libros, de Machado de Assis, Clarice Lispector, Rubem Fonseca o las memorias de Caetano Veloso, Verdade tropical; pero aquel Río era aún abstracto, como el de las canciones, las películas, las fotos, los dibujos animados, los anuncios y los documentales. O, más que abstracto, era un Río en avanzadilla, que iba a tomar cuerpo en el de verdad, al tiempo que lo realzaba con la mencionada idealización.

El Río de las postales es el de la rutilante Zona Sur (Flamengo, Botafogo, Leme, Copacabana, Ipanema, Leblon...), el de Lapa, con sus arcos, y el del centro histórico. De la Zona Norte, asfixiada, polvorienta, apenas se cuela el estadio de Maracanã, cerca de Tijuca y Vila Isabel. Chico Buarque se acordó de ese Río postergado en “Subúrbio”, una canción triste y emocionante, en la que, además de repasar los hermosos nombres de esos barrios (Penha, Irajá, Vigário Geral, Nova Iguaçu, Maré, Madureira, Pavuna, Inhaúma, Realengo, Meriti, Pilares...), presenta esta antipostal: “Allí no hay brisa / no hay verdeazules / no hay frescura / ni atrevimiento / [...] Casas sin color / calles de polvo, ciudad / que no se pinta / que no es vanidosa / [...] No hay turistas / no aparece en foto en las revistas / Allí está Jesús / pero de espaldas ”. Y pide: “Desbanca a la otra / esa que abusa / de ser tan maravillosa”.

La denominación de Río como ciudad maravillosa la acuñó en 1912 la francesa Jeanne Catulle-Mendès y se consagró en 1935 con la célebre marcha de carnaval de André Filho, “Cidade maravilhosa”, que se erigió como himno. Como escribe el economista Carlos Lessa en O Rio de todos os Brasis, Río fue de ese modo “la tarjeta de visita del país y el certificado de brasileñidad, en tanto lugar único que combinaba la naturaleza tropical con la modernidad urbana”. Tras las reformas de principios del siglo XX, se la consideró también el París de los trópicos; un París con mucho de Lisboa. Y a finales de ese siglo, con la proliferación de los shoppings y la expansión hacia Jacarepaguá y la Barra da Tijuca (expansión reforzada por estos Juegos Olímpicos de 2016), empezó a escorarse hacia una especie de Miami sudamericana, no del gusto de todos. Gal Costa la cantaba en la década de 1960, con palabras de Caetano Veloso, como “a melhor cidade da América do Sul”.

Pero su carácter más perdurable es el de Río como paraíso tropical. Dice Ruy Castro en Río. Carnaval de fuego que cuando Américo Vespucio llegó en 1502 “vio en Guanabara algo muy parecido a la idea que los antiguos se hacían del Paraíso: un carnaval de montañas, sierras, playas, ensenadas, islas, dunas, restingas, manglares, lagunas y bosques, todo bajo un cielo sin fin. Una obra maestra de la naturaleza, habitada por gente feliz, bronceada y amoral: hombres y mujeres que vivían cantando y bailando al sol, todo el mundo desnudo, fornicando alegremente en matorrales y arenas, durmiendo en hamacas a la luz de la luna o en románticas chozas de paja, y con gran abundancia de frutas, pájaros y peces al alcance de la mano. Nadie tenía necesidad de plantar, solo de recoger, y viva la vida”. Sobre su geología apunta Lessa: “Todo está muy erosionado, con formas redondeadas y pulidas. La sensualidad de los cerros es producto de la antigüedad de los movimientos tectónicos. Son formas que no intimidan, sino al contrario, invitan a abrazarlas y a tocarlas”. Y de nuevo Castro: “Por más que los hombres hayan intentado destruirla en todos estos siglos, Río ha resistido al urbanicidio que ha asolado a otras metrópolis. De las grandes ciudades modernas, es de las pocas que pueden reconocerse fácilmente en mapas y grabados del siglo XVII: ya estaban allí (y estarán siempre) las montañas que forman el skyline carioca”.

Aunque hay excepciones en el aprecio: ya sabemos que el antropólogo Claude Lévi-Strauss detestó la bahía de Guanabara. En Tristes trópicos estropea la postal: “Después de esto me siento aún más embarazado para hablar de Río de Janeiro, que me rechaza a pesar de su belleza tantas veces celebrada. ¿Cómo decir? Me parece que el paisaje de Río no está a la escala de sus propias dimensiones. El Pan de Azúcar, el Corcovado, todos esos puntos tan alabados, se le aparecen al viajero que penetra en la bahía como raigones perdidos en los rincones de una boca desdentada. Casi constantemente sumergidos en la bruma fangosa de los trópicos, esos accidentes geográficos no llegan a llenar lo suficiente un horizonte como para que uno se sienta satisfecho”. En las crónicas del argentino Roberto Arlt desde Río en 1930, recogidas en Aguafuertes cariocas, asistimos a una exasperación creciente, que termina cuarteando la imagen de postal que transmitía al principio. Tampoco Saramago estaba cómodo en Río. Como dice en su diario, se sentía desorientado en la ciudad, “dividida como está, en tres o cuatro partes que se comunican por túneles”. Cuando al fin sube al Corcovado, “localicé los accidentes orográficos perforados por los túneles, tracé mentalmente las vías de comunicación, puse nombre a los barrios, situé las playas, identifiqué las montañas de los alrededores, hice inventario de las favelas y de los barrios lujosos”. Lo aprendió entonces todo, pero “me bastó regresar al nivel del mar y a Copacabana para empezar a desaprender”. También Bioy Casares confesó en Unos días en el Brasil que se encontraba “un poco abrumado en esta ciudad populosa y vertical, sin esperanzas de entenderla topográficamente”.

De esta incomodidad en la “ciudad del paraíso” se ha ocupado recientemente Javier Montes en Varados en Río, donde rastrea las experiencias cariocas de Rosa Chacel, Stefan Zweig, Manuel Puig y Elisabeth Bishop. Son disonancias que, de algún modo, tienden un puente individual con las disonancias colectivas: las de la herencia de la esclavitud, la pobreza, la desigualdad social, la violencia, la del fracaso político. Río de Janeiro es, al cabo, una Cidade partida, como supo ver el periodista Zuenir Ventura en el libro que tituló así. En él estudiaba el Río violento de la década de 1990, con los crímenes del narcotráfico en las favelas y los de los escuadrones de la muerte vinculados con la policía, pero situaba su origen en el Río dorado de las décadas de 1950 y 1960: esbozaba una crónica noir que iba en paralelo a la solar de la bossa nova. Esa crónica, de hecho, ya la fue trazando en aquellos años el cronista Antônio Maria, quien, como señalaba Ruy Castro, escribía en los periódicos sobre el lado oscuro de Copacabana al mismo tiempo que triunfaban las canciones que la mitificaban, como la que llamaba a aquella playa “princesinha do mar”. Pero la división se aprecia en el propio Antônio Maria, que es autor de “Valsa de uma cidade”, otro de los grandes homenajes al Río luminoso: “Rio de Janeiro, gosto de você...”.

Y es que los cariocas, los brasileños en general, tienen el arma para manejarse en esa división: la alegría. La alegría particular de los brasileños, que acoge con naturalidad la tristeza, según proclama el samba. El filósofo francés Clément Rosset llamó a la alegría “la fuerza mayor”. Y esa es la fuerza, en fin de cuentas, que eleva a la ciudad: el contagio de su gente. El visitante que se deja encuentra ahí la verdadera fórmula del Río de las postales.

[Publicado en Jot Down en papel núm. 16, especial América]

PS. Como ilustración musical (al fin y al cabo las canciones sobre Río son auténticas postales sonoras), recomiendo los especiales de Cuando los elefantes sueñan con la música, de Carlos Galilea en Radio 3. Casi todos los años hay alguno. Este 2016 ha habido cuatro, dos en febrero y dos en agosto: Río de Janeiro 1, Río de Janeiro 2, Río de Janeiro 3 y Río de Janeiro 4.

15.12.16

Mi vida seriófila quedó fosilizada

Con las series me pasó algo curioso: me aficioné pronto, en 2005, prediqué el vicio entre mis amigos, casi ninguno de los cuales se había enganchado aún (y se engancharon todos), pero no he visto ninguna desde 2012. Hay una causa concreta: la detención del gordito Kim Dotcom.

Sí, yo las veía por Megaupload, a través de Seriesyonkis. No me engañaba en cuanto a la moralidad (e incluso a la elegancia) del pirateo. Sabía también que, en términos estrictamente realistas, pragmáticos, era el beso de la muerte: eludir el pago de aquello que me gustaba, y que costaba dinero realizar, era contribuir a su merma o desaparición. Pero me abandoné a la facilidad, como tantos: nos servíamos de coartada los unos a los otros. Solo cuando vi quién estaba detrás sentí repugnancia. Por mí mismo también. (Definitivamente, la ética se me activó en este caso por la estética).

No busqué nuevos modos de descargarme series. Y lo hice con tanta determinación, que ni siquiera busqué el modo de acceder a ellas pagando. No por ahorrarme el dinero ya, sino porque me instalé en la inercia de no ver series.

Así, no he visto ni una de las que se ha hablado en estos cinco años. He quedado fuera de miles de conversaciones. Es como si una gota de ámbar hubiese caído en el insecto que fui, y allí me quedé parado: en la sexta temporada de Dexter, en la cuarta de Mad Men. Soy un fósil de hace un lustro.

* * *
En The Objective.

12.12.16

A mí tampoco me gusta la Constitución

“¡No a la Constitución!”. Cada 6 de diciembre, al despertar, recuerdo esa proclama que hizo Agustín García Calvo en la radio un día de la Constitución de finales de los ochenta. Pero la cosa no se quedaba ahí: no era una proclama vulgarmente política. Añadía: “¡A la Constitución del Ser!”. La suya era una revuelta ontológica, contra la petrificación del río de la vida. Al fin y al cabo tradujo a Heráclito, el filósofo del río (y el fuego).

Nadie se baña dos veces, en efecto, en el mismo río. Salvo los españoles en su día de la marmota constitucional, en el que nos bañamos cada año con un ritual férreo del que nadie se sale: los anticonstitucionalistas más obedientes aún a lo prefijado que los constitucionalistas. A veces se introducen pequeñas variantes, como la que han tenido este año los primeros de anunciar que no harían fiesta el 6. No deja de ser bonito que nuestros anti se hayan quedado levantando el país... Pero el sacrificio no ha sido completo: el día de la Inmaculada no se lo ha saltado ni Dios.

Viene otra vez a cuento la más conocida de las “Glosas a Heráclito” de Ángel González: “Nada es lo mismo, nada / permanece. / Menos / la Historia y la morcilla de mi tierra: / se hacen las dos con sangre, se repiten”. Curiosamente, fue gracias a la Constitución –a su aceptación mayoritaria durante estos treinta y ocho años– que una de esas dos repeticiones cesó: la de la sangre de nuestra historia. Aunque se colaron hilos: los de los atentados fascistas, el Grapo, el Gal, Terra Lliure y, sobre todo, Eta. Quizá por eso tampoco estaba para fiestas Arnaldo Otegi, quien tuiteó: “Hoy 6 de Diciembre como no tenemos nada que celebrar, hemos trabajado con normalidad” (no he tocado su puntuación: tan criminal como su panda).

A mí, naturalmente, tampoco me gusta la Constitución de 1978. Yo preferiría que fuera republicana y centralista: ¡jacobina! A ver si nuestros nacionalistas y populistas pejigueras se piensan que los demás no tenemos nuestros propios gustos constitucionales. Según el mío desaparecerían, por ejemplo, sus juguetitos autonómicos. Solo que no quiero imponer mi gusto: acepto las autonomías que me disgustan, y la monarquía, porque entiendo que el texto de la Constitución fue un apaño entre gustos incompatibles y no puede gustar del todo a todos.

Pero el texto de la Constitución se celebra solo en segundo lugar el día 6 de diciembre. En primer lugar se celebra algo más importante: que es una constitución democrática aprobada (¡democráticamente!) por el pueblo español. Por eso el que la desprecia no está despreciando su texto, sino la democracia.

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En El Español.

9.12.16

Jot Down 17: especial Malditismo

Ya está a la venta el trimestral en papel de Jot Down núm. 17, especial Malditismo. Yo colaboro con "Cernuda el apartado", un artículo sobre Luis Cernuda, un maldito peculiar. Él mismo se refirió en uno de sus últimos poemas a su "existir oscuro y apartado". El sumario de contenidos del número puede consultarse aquí, en pdf.

5.12.16

La españolada de Trueba

¡Menudo lío con Fernando Trueba! El relato del boicot a La reina de España es tan potente, tan coherente, tan redondo, que muchos lo han dado por bueno. Pero es malo: el público no ha ido a verla por el boicot, sino por desinterés. Ha sido después, con el lío, cuando algunos nos hemos animado a verla: el relato del boicot ha resultado una excelente campaña promocional tras el fracaso del estreno, en favor de la película. Bien está, si la ha ayudado.

No ha habido boicot, aunque unos pocos lo propusiesen; pero sí ha habido una cascada de columnas y tuits improcedentes contra Trueba. Se ha manifestado el nacionalismo (el patrioterismo) español, ese que –digan lo que digan– habitualmente no se manifiesta, porque está muy atenuado. Pero es una bestia el nacionalismo, y a poco que se lo zarandee espabila. La relajación patriótica en que hemos vivido en España desde la muerte de Franco (salvo en el País Vasco y Cataluña, en que se cambió un nacionalismo por otro: no ha habido allí descanso de banderas) es un lujo que quizá algún día echemos de menos.

Es en este contexto lujoso en el que Trueba dijo que no se sentía español. Que lo dijese es un honor para nuestra España: lo dijo porque lo podía decir. En otros contextos abrasivos –como los de los nacionalismos catalán y vasco– es más difícil decir esas cosas. Pero siempre hay riesgo de que, como temía Nietzsche, retorne “el espíritu de la pesadez”: las brasas catalanas y vascas amenazan con encender de nuevo las brasas españolas... Como prendan, ahí se acabará la superioridad española de hoy: que consiste en admitir tan guapamente declaraciones zumbonas como la de Trueba.

Por lo demás, una cosa son las obligaciones ciudadanas, incluida la lealtad al país, que en la España actual es lealtad a nuestra democracia, y otra lo que cada uno sienta en cuanto a abstracciones como la patriótica. Por apoyar esa “libertad de sentimientos”, y ya también por curiosidad, fui a ver la película. En principio, como he dicho, no me interesaba. Y salí del cine como entré: sin que me terminara de interesar. Pero no es un bodrio. La película se deja ver. La sala estaba casi llena (Vialia Málaga, miércoles 30 de noviembre, sesión de las 19h) y la gente la vio con complicidad y agrado. Es, en lo bueno y en lo malo, una película típica del cine español: académica, conservadora en estética, confortablemente adocenada (pese a sus explicitaciones progresistas).

Al cabo, La reina de España tiene bastante de españolada: lo más gracioso es la escena (eficaz pero chusca) en que le dan por el culo a Jorge Sanz; y cuando Penélope Cruz le dice a Franco (Carlos Areces): “Lo que usted diga yo me lo paso por el coño” (¡esto ha sido un spoiler!). Habría sido mejor para todos que Trueba se sintiera algo más español, a cambio de serlo menos.

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En El Español.

1.12.16

La Habana para

No he estado en La Habana, pero sí en Salvador de Bahía. Me puedo imaginar La Habana. Y por las canciones y los libros (y las fotos, las películas y los documentales). Sobre todo por los libros: los de Guillermo Cabrera Infante, concretamente. La Habana parada en su memoria: andante. La Habana muerta viviendo en su cabeza exiliada en Londres.

El día después de la muerte del dictador, empecé a releer La Habana para un Infante difunto: como homenaje no a la muerte sino a la vida. La leí hace años y pocas lecturas he tenido más placenteras: puro gozo lector, con regocijo erótico; crepitaban las palabras y las carnes. El libro se abre con una cita del guión de King Kong, lo que dice el protagonista ante los nativos: “Parece que las rubias escasean por estos pagos”. Así en La Habana, así en Cuba.

La otra noche dijo la castrista Cristina Almeida: “Que decida el pueblo, pero no esos de Miami”. Esos de Miami, que son cubanos exiliados (por la dictadura que ella defiende), no son “pueblo cubano”: ¡la banca ideológica siempre gana!

Mi amigo Ernesto Hernández Busto, habanero ya barcelonés, poeta y escritor finísimo, se entusiasmó cuando se retiró Fidel y abrió un blog para contarlo: Últimos días. Cuando se comprobó que el dictador seguía respirando en su chándal, tuvo que poner Penúltimos. Han durado diez años, hasta estos días ya posúltimos.

No ha habido exilio más vilipendiado: da vergüenza ajena, que es propia. Vicente Molina Foix recordaba cómo los amigos españoles de Cabrera Infante le reían todo menos el anticastrismo. Exilio doble: exterior e interior. Por eso los libros de Cabrera Infante, y los de Hernández Busto, valen tanto: son la isla paralela que se han hecho. Para vivir ellos, y para festejar a quienes los visiten.

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En The Objective.