17.5.17

Contra el chotis

Amo Madrid, la ciudad más vivible de España, quizá la única ciudad vivible de España. La ciudad a la que todos los españoles no madrileños huimos, o tenemos la posibilidad de huir, desde nuestras ciudades, desde nuestras regiones. Amo Madrid porque es la Antirregión española. La ciudad blanca, la ciudad negra: la que se chupa todas las particularidades, en la absoluta claridad y en la absoluta oscuridad. La ciudad, mejor dicho, multicolor, verdaderamente multicolor: la única que expone todas las particularidades, en glorioso equilibrio.

Qué fastuoso espectáculo cuando insultan a Madrid: ¡no pasa nada! En esta estólida España del histerismo local y regional, en esta insoportable España municipal y espesa, en que si dices algo chungo de cualquier sitio te crucifican y te nombran, muy pomposa y relamidamente, ‘persona non grata’, se puede insultar a Madrid y no pasa nada. ¡En Madrid se respira! ¡Madrid es la única ciudad respirable de España! ¡Madrid es nuestro (¡único!) pulmón nacional!

Pero ya están los políticos intentando municipalizarlo y espesarlo. Ya están arrojándole paletadas de ‘color local’, de folclor. Las fiestas de San Isidro han sido durante lustros casi clandestinas. Yo he vivido miles de 15 de Mayo en Madrid y jamás me he topado con ellas. Pero nuestros políticos, los nuevos y los viejos, corren ahora a disfrazarse de chulapos y chulapas y a bailar chotis, esa sardana o aurresku o sevillana local que solo bailaban cuatro gatos. Han detectado que quedaba un sitio ventilado en España y van a por él.

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En The Objective.

15.5.17

La Europa autonómica

Definitivamente, Europa es eso que cada año sobrevive a Eurovisión. Me refiero a la Europa ideal, por supuesto, que quizá esté por encima de nuestras posibilidades. Aunque, qué diablos, no es solo ideal: hay también una Europa real –la del gran arte y la gran música, la de la gran cultura– muy por debajo de la cual queda el espectáculo de Eurovisión.

Tiene gracia que el gran acontecimiento europeo del año –deporte aparte– sea ese desfile de artistas horteras en decorados retrógrados, presentados por sujetos que oscilan entre el engolamiento y un desenfado que hace añorar el engolamiento. Más que en el escenario que se ve por la tele, Europa, nuestra Europa, está en los comentarios irónicos de los salones; en el cachondeíto –este sí que moderno, o posmoderno– con que se asiste desde las casas. Tales frivolidades, por cierto, tienen un indudable toque gay. De manera que la noche de Eurovisión es la noche en que Europa entera juega a ser gay. Una noche liberadora, en fin.

La papilla internacional que dispensan algunos participantes no es lo peor del evento. Lo peor son los terrones nacionales que dispensan muchos otros. Los elementos étnicos, folclóricos, que introducen hacen que Eurovisión parezca un espectáculo de coros y danzas regionales del franquismo, ese germen de nuestros casticismos autonómicos. Extrapolando, podríamos decir que la Europa que aparece en Eurovisión –justo esa que no queremos– vendría a ser una especie de Europa autonómica: la Europa de los gorritos, las boinas, los chalecos, las faldas y los pañuelos, que son el estiércol nacional del que sale la rosa abstracta, supranacional, de la ciudadanía europea.

No es de extrañar que los más antieuropeos –en ese sentido ideal– que hoy tenemos en Europa, a saber, los nacionalistas catalanes, hayan pedido justo esa semana crear “las Naciones Unidas de Europa”, que sería como trasladar Eurovisión a la política. Que es de donde Europa ha venido huyendo desde las dos guerras mundiales...

Pero este año ha habido final feliz. La canción ganadora es una monada portuguesa, un poco abrasileñada, que el cantante canta con cucamonas entrañables. Ha sido la segunda buena noticia europea en una semana, después del triunfo de Macron, y me gustaría pensar que ambas se insertan en una misma línea de regeneración política y estética de Europa.

Por lo demás, los portugueses estarán encantados de que Portugal haya quedado la primera y España la última. Y los españoles también. Así que felicidad completa en la Península.

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En El Español.

8.5.17

La traición de los Zizeks

Ya estamos hablando otra vez de Slavoj Zizek, que es lo que él busca. Zizek: esa especie de Sostres de izquierdas con lecturitas (aunque no local, sino internacional). Tras el número que montó con Donald Trump, diciendo que el “verdadero peligro” era Hillary Clinton, ahora anima a no ceder a lo que él llama “el chantaje liberal”, que consistiría en votar a Emmanuel Macron por miedo a Marine Le Pen. Se conoce que el hombre se aburre en mitad de su vidorra y quiere que el mundo le entretenga: por medio de catástrofes, que es lo que el mundo tiene más a mano. Naturalmente, no serían a él a quien perjudicarían.

Después del espectáculo que dieron los intelectuales en el siglo XX, en que no hubo ni una sola matanza sin algún intelectual detrás, y con frecuencia incluso delante, se esperaría que hubiese quedado clara la lección. Pero no: el ejercicio de la razón produce más monstruos que su sueño. El libro que denunció esta deriva es La trahison des clercs, en español La traición de los intelectuales. Se publicó en 1927, pero más que de prevención sirvió de programa para todo el siglo; cuyo transcurso atrapó también a su autor, Julien Benda, que se haría estalinista. Se convirtió en uno de los malos de su libro.

Unos pocos seguirían hablando de la traición de los intelectuales, como Albert Camus u Octavio Paz. Este, por ejemplo, cuestionó en estos versos de 1976 su propia juventud: “El bien, quisimos el bien: / enderezar el mundo. / No nos faltó entereza: / nos faltó humildad. / Lo que quisimos no lo quisimos con inocencia. / Preceptos y conceptos, / soberbia de teólogos...”. Teología es, en efecto, lo que hay al final de las convulsiones filosóficas y políticas de Zizek. En el artículo publicado en El Mundo llama la atención que cada línea argumentativa va avanzando de un modo más o menos razonado o matizado, hasta que se topa con el demonio: las palabras liberal o neoliberal, que operan como una pared intraspasable. En ella rebota el pensamiento de Zizek, y en su trayecto hacia atrás se convierte en delirio.

Han pasado noventa años de La trahison des clercs y la observación por enésima vez de tal delirio resulta melancólica, deprimente. No, no se ha aprendido la lección. Zizek termina campanudamente, como no podía ser menos: “No deberíamos olvidar nunca que la gran razón por la que estamos atrapados en el círculo vicioso de Le Pen y Macron es la desaparición de una alternativa de izquierdas viable”. ¿Pero qué alternativa de izquierdas va a ser viable si no empieza por distinguir lo que es extrema derecha de lo que no lo es? La traición de los Zizeks es, en primerísimo lugar, a la izquierda.

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En El Español.

7.5.17

Macron no nos engaña

Con Macron hemos ganado los buenos. Entre los que no están Mélenchon, Zizek, Verstrynge o Echenique, que podrán adornarse ya en la vida de lo que quieran, pero no de antifascistas. Su comportamiento lamentable en estas semanas tampoco nos sorprende, por lo demás: ellos son lo que son. Pobrecillos.

Aunque Emmanuel Macron es voluntarioso y optimista, a él ha ido el voto pesimista. Vale también decir: realista. El que se hace cargo de la complicada realidad y trata de maniobrar de acuerdo con lo que es o puede ser, no con quimeras. El abyecto catastrofismo de Marine Le Pen, en cambio, era optimismo puro. Porque se trataba de un catastrofismo con final feliz según ella, si ganaba ella.

He aquí lo que comparten la extrema derecha y la extrema izquierda: el idealismo de los que componen un engrudo abstracto y luego lo aplastan con la realidad, aplastándola. Análisis falsos, soluciones falsas: promesa de felicidad absoluta con consecuencia segura de infelicidad. El patético espectáculo de los que se dejan engañar, y el repulsivo espectáculo de sus engañadores.

Pero Macron no nos engaña. Me ha venido esta frase al saber que es lector de René Char. Cuando murió este gran poeta surrealista, Octavio Paz le dedicó un poema de título precioso: “René Char no nos engaña”. Aunque a un político no hay que buscarlo en la poesía (¡Dios nos libre!), sino en la prosa. Y es en la prosa de la cruda realidad donde Macron ha ido de frente. Podrá hacerlo bien o mal y salirle mejor o peor, pero él y sus votantes saben dónde pisan.

Y esto, tal y como están las cosas, y después del añito que llevamos, y sabiendo que en la historia solo hay treguas (más o menos frágiles, más o menos breves) ya es prometedor.

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En The Objective.

6.5.17

Jot Down Smart (mayo 2017)

‪En el Jot Down Smart de mayo, ya a la venta con El País, publico el artículo "El reverso de la alegría", sobre Savater y su duelo.‬

3.5.17

Continuidad de las brasas

El error sería considerar que hay un Lluís Llach artista y un Lluís Llach soplón, acusica, represor, que aún no manda y ya está castigando. Castigador ha sido siempre: sus canciones y sus mohínes de ser hipersensible eran ya una tortura, un suplicio insoportable. No hay dos Lluís Llach, sino un único Lluís Llach: entre sus diversas brasas hay una continuidad absoluta, porque todas salen del mismo brasas.

Llevo años en campaña contra los cantautores y no se me ha tomado en serio. He pasado por hombre insensible, cuando lo mío era una pura campaña por la sensibilidad. Campaña cuyo paso previo inexcusable era limpiar del panorama las babas de la pseudosensibilidad. El daño que han hecho los cantautores con su pseudosensibilidad a flor de piel, babosa, repugnante, no se puede cuantificar. Así a ojo, han arrasado generaciones y generaciones de sensibilidades. En términos educativos, han hecho más daño que la Logse.

Y la Logse estaba ya enterita en “Esos locos bajitos”, de Joan Manuel Serrat. Los cantautores empezaron así: afeándoles la conducta a los adultos que regañaban a los niños, marcándose el pegote lúdico y coleguil, y han terminado siendo una mezcla de Tejero y la señorita Rottenmeier. Aunque Serrat, todo hay que decirlo, no ha llegado a tanto (y se le nota avergonzadillo). En la cúspide, como guinda del asqueroso pastel nacionalista, está Lluís Llach.

Me pongo, para calentarme, su concierto en el Camp Nou de 1985 y el exhibicionismo de su emotividad es repulsivo. La cenagosa mermelada no deja margen: es un atrapamoscas del que no te puedes despegar, porque si lo intentas te conviertes en un monstruo. Un monstruo apaleable: ahí está el truco. Es un arte el de Llach (¡un pseudoarte!) pringoso, abusón, mangoneador, en cuyas melifluidades chantajistas estaban ya el odio y el cachiporrazo.

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En The Objective.

2.5.17

El ruedo mental

Cada vez que pienso en los toros, cuando se me pide que piense en los toros, noto que en mi ruedo mental me voy desprendiendo. Y debo resaltar lo de “cuando se me pide”, porque por mi cuenta no suelo pensar en los toros: es una preocupación secundaria en mi vida. Se me pidió también el verano pasado y percibo que me he alejado más. Todavía no defiendo la prohibición, pero ya no peleo con quienes la defienden. Hace solo cuatro años me recuerdo discutiendo acaloradamente con una amiga por las calles de Lisboa y ese ya no soy yo.

No sin sorpresa, observo cómo la civilización va ganando terreno en mí. ¿Será la edad? Ya me cuesta trabajo hasta matar insectos (aunque si hay que matarlos los mato). Se me va imponiendo un resquemor budista, un respeto por todo bicho viviente. Nunca he sido cruel con los animales, pero en el contexto taurino el dolor desaparecía: envuelto en el ritual, en las emanaciones simbólicas o en la simple diversión. Pocas veces contemplaba realmente el toro como ser vivo. Era una metáfora.

De niño, como casi todos los niños de mi generación, jugaba a ser torero. Puedo ver la muletita roja en la cama, cuando me la regalaron mis padres. Pero ni siquiera llegué a convertirme en un aficionado. Las corridas estaban con frecuencia en la tele y a veces me paraba a mirarlas (en blanco y negro primero, en color después). No me hacían daño. Sufría más mi abuelo, al que sí le gustaban. Permanecía callado durante las faenas. Y cuando moría el toro decía, con compasión: “Animalito” (entonación: áni-malito).

Había más amor por el animal en esa palabra que en las proclamas de los animalistas. De eso no me olvido. En mi ruedo mental se mantiene ese tope.

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En The Objective.

1.5.17

Podemos, la salvación del PP

Pasadas las elecciones francesas y neutralizado (¡de momento!) el lepenismo, el único tema de la semana habría sido la corrupción del PP, el fangal en el que se encuentra el partido del Gobierno. No se estaría hablando de otra cosa... de no ser por Podemos. Nuestros populistas no han parado de brindarle asistencia respiratoria a la asfixiada derecha. Uno por uno han corrido a hacerle el boca a boca, en una suerte de reposición simbólica del muerdo de Pablo Iglesias a Xavier Domènech.

Mariano Rajoy se encontraba preventivamente en Brasil, donde la corrupción española –por muy abundante que sea– se queda en anecdótica. Allí el presidente podía aprender impasibilidad (si la necesitara) y caradura de los políticos brasileños. Pero tampoco tuvo que hacer mucho esfuerzo para que las cámaras lo dejaran en paz y se desviaran hacia la puerta de la cadena Ser, en Madrid, donde Irene Montero montaba su numerito. Otros, como Pablo Echenique, manifestaban su equidistancia entre la ultraderecha de Le Pen y el centro de Macron. Y todavía se extrañan de que muchos prefieran seguir votando al PP, aunque sea corrupto...

La amenaza de la moción de censura, más que respiración boca a boca, era todo un depósito de oxígeno. Rajoy tuvo que contenerse para no pedir que lo subieran al Pan de Azúcar a bailar samba. Como han apuntado los analistas, Iglesias no trata de aniquilar al PP, sino al PSOE. El efecto de su ambición sería que Podemos se quedase como único partido de la oposición. Solo que sin posibilidad de gobernar: tendríamos, pues, un neo-bipartidismo en el que ganase siempre el PP, que se convertiría en una especie de PRI a la española. Con una peculiaridad: el tapado sería una y otra vez Rajoy.

Marea la corrupción, pero yo, francamente, no veo alarma social por ningún lado. Al electorado español no le ha importado nunca la corrupción, salvo en algún paréntesis en que ha querido exhibirse como digno. Al PSOE corrupto no han parado de votarlo. Al PP corrupto igual. Los alcaldes corruptos han sido reelegidos sin cesar. Gil y Gil reeditaba en Marbella sus mayorías absolutas...

Hubo un partido que luchó efectivamente contra la corrupción: UPyD. Pero no lo votaban lo suficiente. Su constitucionalismo y su respeto a las leyes les resultaban aburridos a los que luego se han lanzado a votar a Podemos, que vende “soluciones” más vistosas (y dudosamente democráticas). Lo recordé hace poco y lo vuelvo a recordar: los futuros podemitas debutaron en la vida pública boicoteando a Rosa Díez. Es decir: al partido que de verdad estaba luchando contra la corrupción. Luego, además, impidieron que gobernase el PSOE con el apoyo de Ciudadanos. Así que no se pongan estupendos.

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En El Español.

24.4.17

Fantoches como en el 14

Le Pen y Mélenchon: la nueva pareja estrafalaria. Guatemala y Guatepeor (o al revés). Escribo antes de conocer los resultados de la primera vuelta de las presidenciales francesas. Si pasan los dos, el desastre. Si pasa uno solo, aún habrá salida. De momento. El mundo parece haberse convertido en una bomba de relojería. Está como impaciente por no llegar entero al centenario del final de la Primera Guerra Mundial, que será el año que viene. El escarmiento no ha durado ni un siglo (o menos, si contamos la Segunda).

En el centenario del comienzo se publicó el libro de Margaret MacMillan 1914. De la paz a la guerra (ed. Turner), que documenta exhaustivamente los hilos que, desde el siglo XIX y el comienzo del XX, desembocan en la Gran Guerra. Justo en un momento en que Occidente estaba en su esplendor, en pleno progreso y con un optimismo desaforado en el futuro. MacMillan no es determinista: incluye en su análisis la importancia del elemento biográfico, es decir, del papel de los dirigentes, que pueden actuar en una u otra dirección. Una de las virtudes del libro es su galería de retratos: los esbozos, que van saliendo al paso de acuerdo con el relato, de los veinte o treinta personajes que cortaban el bacalao en la época. Eran, por lo general, unos fantoches.

Cuando leí el libro el mundo estaba más alejado que ahora de ese panorama. En menos de cuatro años, se ha aproximado peligrosísimamente: como si, en verdad, al cabo de un siglo se hubiera deshecho algún encantamiento. Los gobiernos democráticos empiezan a saturarse de fantoches también (los no democráticos o los dudosamente democráticos ya lo estaban). Y con una novedad: en la presidencia de la democracia más poderosa hay por primera vez un mamarracho equiparable al zar o el káiser del 14. Y con mayor capacidad ejecutiva de la que tenían estos, por cierto: al fin y al cabo, el pueblo le ha dado el poder.

El papel del pueblo, de los pueblos, en el estallido de la Primera Guerra Mundial es otro de los aspectos inquietantes. Según cuenta MacMillan, los dirigentes estaban acostumbrados a llegar al límite en sus bravuconadas, pero sin traspasarlo en la mayoría de las ocasiones. Hasta que cobró fuerza un actor nuevo: la prensa (con su derivado, la opinión pública), que los empujó a traspasar el límite, sin capacidad de retorno. La combinación del juego de los dirigentes con el empuje de la prensa y la opinión pública resultó letal.

Con todo, cuesta trabajo ser catastrofista. Pese al ascenso de los fantoches, escribo esto con un fondo de optimismo todavía. El dato pesimista es que antes de la Primera Guerra Mundial –como he apuntado– también imperaba el optimismo.

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En El Español.

19.4.17

Qué mono

Con la última monada de Pablo Iglesias, ese tramabús de horrendo nombre, seguro que los poderosos de este país han encargado más cajas de champán del caro. Y hasta habrán pedido que se las lleven en autobús, para hacer juego. Podemos es lo mejor que les ha pasado en los últimos años, un motivo continuo de brindis.

Pablo es el monito de “la casta” o “la trama” (yo prefiero llamarla “nuestra estólida élite”) y, mientras siga dando sus volteretas populistas (de apariencia progresista pero en verdad reaccionarias), todo estará atado y bien atado. Naturalmente, la deleznable casta o trama o estólida élite es mil veces preferible a Podemos. Esa es la cuestión. Entre otras cosas porque con este partido la corrupción se multiplicaría por mil, y encima nos llevaría a la ruina. Es lo que ha hecho el populismo en sus Argentinas y sus Venezuelas. La razón es muy simple: la única solución es la democracia, más democracia; no ponerla en entredicho con aventuras dudosamente democráticas.

Algunos pasitos se han dado en España contra la corrupción. Hace unas semanas acabó en condenas el juicio por las tarjetas black. Recuerdo que en La Sexta se apresuraron a ponerle el micrófono a Pablo Iglesias, tomándolo por paladín contra la corrupción. Pero el juicio se celebró por la denuncia de UPyD: el partido que más eficazmente estaba luchando contra la corrupción y al que Pablo Iglesias, ¡ay!, saboteó en la Complutense, cuando no dejó hablar a Rosa Díez. Una de sus monadas inaugurales.

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The Objective

17.4.17

Vuelve la mariscada

La vez que más cerca he estado de convertirme en activista político fue cuando, al ir a pegarme una mariscada con los amigos (¡el verbo pegar es el correcto aquí!), propuse que llevásemos todos la chapita de “Yo también soy Pepe Barrionuevo”. La chapita la habían sacado unos diputados del PSOE para mostrarle su apoyo al exministro del interior, condenado por los GAL. De aquellos gestos viene también la ruina actual del partido. Debieron de darse cuenta ya entonces (1998), porque la chapita desapareció pronto de la circulación. Nosotros, de hecho, no la conseguimos. Así que tuvimos que pegarnos la mariscada de paisano. (Nuestra mariscada, por cierto, era de oferta, lo que en realidad le quitaba verosimilitud a la chapita).

Ahora, de la mano y del Instagram de Ramón Espinar, vuelve la mariscada. Y ha sido un magdalenazo proustiano. Qué bien nos lo pasamos en los ochenta y primeros noventa con la voracidad mariscadora de los socialistas en el poder. Era un constructo en parte real y en parte ficticio, como una proyección que hacíamos de los chistes de Carpanta pero con bogavantes y centollos. Simbolizaba el afán por el dinero y por la buena vida, y los amigotes, aunque nos reíamos con complicidad y hasta simpatía, guardábamos un fondo puritano de censura. Un argumento que corría para apremiar a que los socialistas se fueran era el de que la derecha vendría ya robada, y se sobreentendía que mariscada. Presunción desmentida luego por el PP. La conclusión es que venir robado no cura de seguir robando.

Durante el zapaterismo hubo un declive de la mariscada. La verdad es que cuando los socialistas volvieron se la dejaron fuera. Es la señal de que el de Zapatero era un socialismo prepodemita: adusto, moralizante, espiritual. El menú favorito era el de la empanada ideológica. El regreso de la derecha con Rajoy, en plena crisis, tampoco ha dado margen para el exhibicionismo. Lo que se hayan comido ha sido en los reservados de los restaurantes. O, como en el caso de Rodrigo Rato, tras el biombo de la tarjeta black.

Así que lo de Espinar ha estado bien, porque recupera una tradición languideciente de los mejores años de la política española. Con Podemos se había agudizado la tendencia –ya existente, como acabo de indicar– de la predicación antihedonista. Y es de agradecer que haya surgido del propio Podemos la iniciativa de sacar la mariscada del armario. Un outing beneficioso para todos, a ver si nos relajamos un poquito.

Prometo que en mi próxima mariscada (¡tampoco me pego tantas, no se crean!) llevaré una chapita en que habré mandado poner “Yo también soy Moncho Espinar”.

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En El Español.

10.4.17

Los tontos del pueblo (vasco)

Un profesor universitario del País Vasco nos contó hace dos años en Málaga el final de ETA. Él no lo llamo así, pero era el final de ETA.

Una mañana muy temprano salió a caminar por un bosque cercano a su pueblo. Cuando se hubo internado, oyó los alaridos de un hombre. Eran alaridos insistentes, desesperados, rabiosos. Se aproximó sin hacer ruido, ocultándose, hasta que lo vio. Era un etarra que había cumplido hacía poco su condena. En el pueblo no lo trataban como a un héroe, sino como a un tonto. Eso le haría comprender –si no lo había comprendido ya en la cárcel– la gran tontería de su vida. Así que se iba de noche al bosque a gritar. Quizá no por sus crímenes, pero sí por él mismo.

En los callejones sin salida de la mente de los etarras se ha ido acabando ETA. Con el empuje indispensable del Estado, de las fuerzas de seguridad y de los ciudadanos que se opusieron (no tantos, por desgracia), que les han prestado un servicio a su autoconocimiento. Aunque este no se ha implantado del todo. En otros pueblos sí son celebrados los terroristas, y los envuelven en la grasa del sentido: un sentido falso, fraudulento. Y a él se agarran porque no tienen nada más, prorrogando su condición de tontos.

Hay que estar entontecido por la ideología (y lo están tantos, por desgracia) para ver épica, e incluso historia, en el chiste de Gila que protagonizaron los gilis de Bayona. Una panda que daba grima, en la que no faltaron los curas de rigor. Lo nauseabundo fueron como siempre las amenazas. De esas no se desarman. Eso de llamar ahora a los demócratas, como hizo Otegi de acuerdo con el comunicado de ETA, “los enemigos de la paz”. Hasta en el último pedo apestan a lo que han apestado desde el principio.

“Tomamos las armas por el Pueblo Vasco”, dice el comunicado de los tontos del pueblo. Con esas mayúsculas compensatorias, tal vez por lo mucho que lo empequeñecieron.

Un rasgo entrañable (y cargante) de los tontos es querer dárselas de inteligentes. Pero cuando la cuestión es simple, hablar de complejidad, de causas, de razones, etcétera, etcétera, es una muestra más de tontería. Y aquí la cuestión era de lo más simple: unos criminales mataban, secuestraban, coaccionaban. Lo único inteligente era no enredarse y verlo con claridad.

Los nacionalistas son siempre los peores de su “nación”. Y los nacionalistas asesinos son los peores de los peores. Asesinaron porque eran los más tontos.

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En El Español.

9.4.17

Carme Chacón: un icono

En cuanto ha muerto Carme Chacón, tan pronto, se ha hecho evidente la imagen por la que será recordada: la de ella como ministra de Defensa embarazada pasando revista a las tropas. Una imagen ya de época y que perdurará. Por mucha fuerza que tenga, un icono solo cuaja a posteriori. Ahora es diáfano.

Fue una operación deliberada de Zapatero, que quería esa imagen. Pero eso no le resta valor: el expresidente se mostró ahí como un artista iconográfico. Al fin y al cabo, esa imagen simboliza su presidencia. En su día fue criticada, y hasta hubo chistes y desprecios. Pero ya no hay duda. Curioso el legado de Zapatero: ha dejado hitos progresistas como ese o como el del matrimonio gay, que han circulado merecidamente por el mundo; por desgracia, también debilitó el Estado de derecho y alentó el nacionalismo, dos cosas reaccionarias por definición.

En este momento se aprecia que Chacón valía más que los políticos que se quedaron cuando ella se fue. Cuando es demasiado tarde. Se postuló como lideresa del PSOE y algunos no lo vimos claro. Pero comparada con los tres candidatos hoy en liza, habría sido mejor con diferencia.

Tienen razón los elogios a los muertos, o la atenuación de la crítica. No es tanto hipocresía como ascenso de nivel: la muerte –y más si es inesperada– sitúa la percepción en un plano más acorde con la realidad profunda, con la realidad verdadera. Siempre me acuerdo de las palabras de Jünger ante el cadáver de un enemigo en la Primera Guerra Mundial: “Allí no había ya ni guerra ni enemistad”. Nuestra política no llega a la guerra, por muy belicosa que se muestre últimamente. Pero la muerte nos recuerda la igualdad esencial; la igualdad en lo que importa.

Ahora, qué paradoja, esta mujer que ha muerto quedará para siempre como emblema de la vida, con su embarazo perdurable ante los militares. Aunque en el icono hay un dolor: ha sido tan rápida su muerte que el hijo que esperaba es un niño aún. Cómo no pensar en él. No hay consuelo, pero él también está en el icono. Un día podrá decir, o decirse, lo que escribió Gil de Biedma ante otra foto de cuando lo esperaban: “Así yo estuve aquí / dentro del vientre de mi madre”.

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En The Objective.

5.4.17

Casetas grises

Esto de que quieran ahora animar la Cuesta de Moyano no me hace mucha gracia, la verdad. Las ciudades han de tener también un sitio para el desánimo, y en Madrid la Cuesta de Moyano cumplía estupendamente la función. Para los escritores, al menos. Allí se asomaban –nos asomábamos– a ver el limbo de todos los esfuerzos: la inutilidad última. Qué mínimo que las casetas fueran grises.

Esta manía de colorearlo y dinamizarlo todo. Eliminando la opción de la grisura y el estatismo. La monotonía apagada convertía la visita en algo ascético; relajado y ascético. Subir y bajar la Cuesta de Moyano, mirando los libros de las casetas y las mesas, constituía una especie de minicamino de Santiago. Al término se tenía una relajación aturdida, y unos cuantos libros en el macuto.

Tales compras eran redentoras. Lo siguen siendo aún. Más que limbo, la Cuesta de Moyano es purgatorio. Los libros purgan el ser viejos, el estar usados y olvidados, el no figurar en una rutilante librería. Pero en cualquier momento un lector puede rescatarlos. Darles el empujón al paraíso.

El propio escritor desanimado puede animarse con el gesto. Pero lo suyo es que la lección ocurra sin estridencias. La decisión de pasarse una mañana o una tarde por la Cuesta de Moyano estaba asociada a esa estética gris. Se trataba de sumergirse en una cierta decrepitud. Toparse con libros de Baroja en un escenario de Baroja. Pero la disidencia tranquila no se tolera. Quieren animar la Cuesta de Moyano.

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En The Objective.

3.4.17

Pániker (y Umbral)

Para mí iban juntos, aunque no parecieran cercanos. Ellos mismos se juntaban: hubo un tiempo en que se echaban piropos en la prensa. Yo empecé leyendo a Francisco Umbral, como todos, y por él empecé a leer a Salvador Pániker, que ahora se ha muerto. Debió de ser después de alguna entrevista o algún artículo, en que Umbral lo definía como “un dandy hindú vestido culturalmente en Oxford por el mejor sastre de Barcelona”. La mirada de Pániker era exactamente la opuesta a la de un nacionalista; es decir, amplia. Hijo de padre indio y madre catalana, una vez le preguntaron si no se sentía raro de ser medio indio, a lo que respondió que en todo caso debería sentirse raro de ser medio catalán, porque indios hay mil millones y catalanes apenas siete.

De Umbral me he acordado estos días a propósito de la condena por los chistes sobre Carrero Blanco. Parece que vuelven a reactivarse asuntos que ya estaban resueltos en 1981. Ese año, en su novela A la sombra de las muchachas rojas, Umbral escribía sin problema: “La gente andaba por la calle mirando para el cielo [...] el cometa Carrero nos tenía a todos con la tortícolis puesta [...] era como volver a ver zeppelines, globos o cometas Halley”. Pániker habló de lo retroprogresivo, pero en un sentido positivo tanto del retroceso como del progreso, que se prestaban virtudes (y virtualidades) mutuamente. Lo que tenemos ahora es una regresión sin más, por infección ideológica.

Una de las liberaciones que reportaba la lectura de Pániker era justo la liberación de lo simbólico: sus palabras ponían entre paréntesis las palabras; las aligeraba de peso metafísico, es decir, de su tendencia al abuso semántico. Lo suyo eran indagaciones verbales, conceptuales, como una búsqueda y también como una música de acompañamiento. Su libro más importante, Aproximación al origen –que casi resume la filosofía de su gloriosa editorial Kairós–, está repleto de sugerencias, de sugestiones: de puentes entre oriente y occidente, entre la ciencia y el arte, entre lo material y lo místico, entre lo biográfico y lo cósmico... La idea más fuerte que aprendí es que nuestra orfandad es mucho más radical de lo que sospechamos cuando nos quejamos: tan radical que deja de tener sentido la noción misma de orfandad, y por lo tanto la queja.

En uno de sus diarios escribió: “A mí la muerte no deja de producirme una cierta ‘exasperación de fondo’, lo cual me invita a trascender el ego. Trascender el ego equivale a que las piezas encajen de otro modo, superando las ingenuas pataletas de Unamuno”. Otra cosa que dijo Umbral de él es que era un pensador apasionante, precisamente por desapasionado. Sofisticado, natural, elegante, civilizado, corporal, racional, narcisista sin ego, místico sin religión, lúdico, lúcido: un raro mundial.

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En El Español.

27.3.17

Risto, el típico ser único

Me hace mucha gracia Risto Mejide con sus alardes de personalidad: tensos, pomposos, envarados y en fin de cuentas previsibles. Podría aplicársele el eslogan de una marca de whisky que se anunciaba antes en la radio: “El típico ser único”. Ahí está todo. Es el ideal publicitario por excelencia, que el publicitario Risto encarna (y vende) a la perfección: una individualidad de escaparate que resulta, en último extremo, adocenada. Rascas un poquito en el “ser único” y está eso: lo típico.

No por ello carece de seducción. Yo mismo, si me topo con Risto en el zapping, me quedo. Su personaje funciona; y de mi entretenimiento forma parte también ese contraste entre su pose y su realidad. Cuando irrumpió hace años en Operación Triunfo hasta resultaba fresco ver a un aguafiestas entre tanto entusiasta. Aunque claro, el fallo estaba cuando dejaba traslucir su ideal estético: los gorgoritos que él propugnaba eran aún más indigestos que los de los concursantes criticados; por no hablar de sus prédicas de autoayuda, propias de un Paulo Coelho malote. Que se tomara todo aquel circo en serio no dejaba de ser la mayor broma...

En la polémica final de Got Talent ha vuelto a presumir de que se toma “muy en serio” su trabajo. Por esa razón abandonó su puesto en el jurado. Se negó a asistir a la “payasada”, dijo, del triunfo de Antonio El Tekila. Puede que todo esté guionizado, como suele ocurrir en la tele; pero yo entro en el juego y me tomo en serio su seriedad, que me pareció –por lo tanto– sumamente irrisoria.

Ahora no hago más que ponerme vídeos del Tekila, y me parto de risa, más que por sus bailes, por la convicción de que es un verdadero artista y lo que ha hecho Risto ha sido rechazar al primer (¡al único!) verdadero artista que se le ha puesto delante en todos sus años televisivos...

El Tekila es un soberbio dinamitador del pseudoarte de cartón piedra de todos estos programas de triunfitos y talentos. Y lo hace no en plan falso y listillo, como aquel revenido Chikilicuatre, sino con alegría genuina, popular. Por entre sus contorsiones se cuela algo primigenio, de abajo. Naturalmente, chirriante. Y con evidente mal gusto. Pero no va a ir uno de un pueblo de Badajoz a bailarle al señorito Risto lo que este considere de buen gusto. El Tekila es un ser único pero no típico. Y mira por dónde ha ido a hacerle a Risto lo que este no ha terminado de hacer nunca verdaderamente (y de ahí su éxito y sus facturaciones): molestar.

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En El Español.

22.3.17

Marca Cataluña

No sé si los nacionalistas catalanes son conscientes de cómo están arruinando la marca Cataluña. Tampoco sé si les importa. Ellos van a lo suyo, en el sentido más cerril de la expresión: como buenos nacionalistas. (Y con un enemigo principal, que no son “los españoles”, sino los catalanes que no son nacionalistas).

Lo de la Marca España tuvo su gracia. El temible nacionalismo español del PP se manifestó así: reduciendo los énfasis apoteósicos y metafísicos del “¡Arriba España!” o el “¡Una, Grande y Libre!” a un asunto civil, comercial; de producto que podría encontrarse en las estanterías del Corte Inglés. Era la constatación de que el patriotismo había pasado a ser algo menor, más asequible: un escohotadiano “amigo del comercio”. La idea principal, higieniquísima, es que a la patria hay que sacarle algún dinerillo.

A lo mejor eso es lo patriótico hoy en día. Y lo nacionalista lo contrario: empodrecer el producto. Esa parte fundamental de la Marca España que es Cataluña la están dejando podrida, invendible. Un perjuicio para ellos mismos –los nacionalistas– y para todos.

Mi generación, la de los que éramos niños en la Transición, se crio admirando a Cataluña. Se nos dio (en la enseñanza pública al menos) una visión no nacionalista y sí crítica de la historia de España. Y en esa visión estaba integrada Cataluña como el lugar de España por el que se salía a Europa y por el que entraba Europa...

Y ahora estos palurdos retrógrados, como salidos del pozo español.

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En The Objective.

20.3.17

¿Juego de tronos? ¡La Transición!

Me ha impresionado revisitar la serie de Victoria Prego sobre la Transición, que está entera en la web de RTVE. Cuando se emitió en 1995 causó impacto. Hoy el impacto es doble, debido a una paradoja: veintidós años después, ha ganado actualidad. Otro de los efectos regresivos de la “nueva política”. Los impugnadores de la Transición no están –contra lo que ellos mismos dicen– desenterrando información, sino escondiendo la que teníamos: simplificando una realidad que era complicada, y que en todo momento se percibió así.

Para el historiador Johan Huizinga (¡habría que citar siempre a Huizinga!) el estudioso de la historia ha de contemplarla desde una perspectiva indeterminista: “Debe situarse constantemente en un punto del pasado en el que los factores aún parezcan permitir desarrollos diferentes. Si se ocupa de la batalla de Salamina, debe hacerlo como si los persas pudieran ganarla aún”. Una de las virtudes de La Transición es que vemos cómo los persas pueden ganar en cualquier momento la batalla; o como mínimo, justo eso: dar batalla.

Lo alarmante de los impugnadores de la Transición es que se sitúan junto a los actores lamentables de entonces, los que metían miedo: Girón de Velasco, los militares franquistas o los asesinos ultras, en un extremo; y los terroristas de la ETA o el GRAPO, en el otro. Es curioso cómo para todos ellos la acusación favorita era la de “traición”. Los “traidores” Adolfo Suárez y Santiago Carrillo, principalmente. Estaban (como sus herederos actuales) a favor de la “autenticidad”: la que había llevado a la guerra civil primero y a la dictadura después.

De la “autenticidad” política se ocupa precisamente José Luis Pardo en el último premio Anagrama de ensayo, Estudios del malestar. La define así: “Esa concepción de la política basada en el antagonismo y no en el pacto, y que no se piensa a sí misma como asentada en los cauces del derecho”. Algo que había sido lo típico en la historia de España hasta entonces. La Transición es el momento en que España se salió de la historia de España. El empeño de los que se oponían entonces era que no se saliera; el de los de ahora, meterla de nuevo: volver a las andadas.

Pablo Iglesias, con esa ignorancia sobrada de que hacen gala algunos profesores, le regaló al rey Felipe la serie Juego de tronos. Para que aprendiera sobre la política española, dijo. El Rey tendría que haberle regalado a cambio La Transición: para que aprendiera él, de verdad.

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En El Español.

19.3.17

Jot Down 18

Ha salido el número 18 del trimestral en papel de Jot Down, especial Armagedón: el fin del mundo y otros finales. Participo con "El tiempo de las moscas", sobre el fin del aburrimento y de los tiempos muertos en la era digital; o el cambio del oro del tiempo (que buscaba Breton) por la calderilla de Twitter, y de todas las redes sociales. Se puede comprar en librerías o por la web de Jot Down.

13.3.17

Virtudes primarias

Le ha costado, pero al fin se ha decidido: Susana Díaz presentará su candidatura a la secretaría general del PSOE. Se ha pasado los últimos años hablando sentimentalmente, con un quiebro en la voz, de “mi tierra”, refiriéndose a Andalucía; pero qué diablos, su tierra también es España. (Si algo tenemos los andaluces es que podemos ponernos sentimentales en estéreo). En las primarias socialistas, por lo tanto, competirán tres: ella, Pedro Sánchez y Patxi López. Díaz, Sánchez y López: pase lo que pase, el PSOE es ya el verdadero partido de la gente. Aunque está por ver que la gente se dé por enterada y vaya a votarlo tanto como cuando estaba González...

Se ha criticado la falta de virtudes de Susana Díaz. Pero, sin rebuscar demasiado, yo le encuentro dos incontestables, monumentales incluso: una, la de no ser Pedro Sánchez; dos, la de no ser Patxi López. Eso es muchísimo. Aunque puede que no le baste. Al fin y al cabo, Pedro Sánchez tampoco carece de virtudes. Destacan, en concreto, dos, no menos incontestables y monumentales: la de no ser Susana Díaz y la de no ser Patxi López. Este, por su parte, lejos de quedar desplazado, también puede presumir de dos virtudes tan incontestables y monumentales como las de los otros: la de no ser Pedro Sánchez y la de no ser Susana Díaz. La cosa está bastante empatada en cuanto a virtudes.

La competición entre estos tres fenómenos, con dos virtudes –y quizá ninguna más– cada uno, le pone la decisión muy difícil a la militancia. Esta podrá darse el gustazo, eso sí, de desdeñar a dos de los candidatos. Pero a un precio tal vez excesivo: el de apoyar al tercero. ¿Merecerá la pena, por ejemplo, desdeñar a Pedro Sánchez y Patxi López a cambio de apoyar a Susana Díaz? Es para pensárselo. (Y de ejemplo valdrían igualmente las otras combinaciones).

Con Díaz, que es la que me pilla más cerca, tengo la curiosidad de si pasará Despeñaperros. En caso afirmativo, serían Sánchez y López los despeñados. Los andaluces pasan (¡pasamos!) Despeñaperros sin problemas, pero en Díaz encuentro un estilo andaluz un tanto abrasivo. Con Felipe González funcionaba, porque lo andaluz era en él un vehículo seductor para otras cosas. En Díaz, sin embargo, creo que lo andaluz se lo come todo: parece un prototipo específico para la política autonómica. Los sanchistas ya han empezado a reírse de esto. Aunque no con la abundancia con que lo hace Canal Sur, que depende de la propia Díaz... Por lo demás, que no se pongan gallitos los sanchistas: que la virtud de Díaz de no ser Sánchez puede que le resulte suficiente.

No sabemos, en fin, si las primarias servirán para ir dándole salida a la crisis del PSOE. Lo que sí podemos adelantar es que la terna misma es una expresión monumental e incontestable de la crisis.

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En El Español.

9.3.17

Catacumbismo masculino

¡A los hombres se nos multiplican los placeres! El último es ese al que le he puesto el nombre de “catacumbismo masculino”. Consiste en un encuentro –por lo general comida o cena– entre amigos: solo hombres, sin ninguna mujer. No tarda en fluir una conversación maravillosamente libre, alimentada por el morbo de que no podría mantenerse en público, tal y como están hoy las cosas. En esas catacumbas se respira el inequívoco airecillo de la libertad: un picor revitalizante, gustoso.

Y que no se precipiten los censores (¡ni las censoras!): no se trata de conversaciones exactamente machistas; sino eso, masculinas. Por lo general son (¡somos!) hombres ilustrados, defensores de la igualdad de derechos. Nuestras conversaciones no son las de los trogloditas de toda la vida, sino conversaciones cultas. Cultas y picantes. No hablamos con la impunidad con que hablan los machistas cuando se juntan –los cuales, por otra parte, no necesitan juntarse solo ellos para ejercer–, sino de algo más sofisticado, o quizá ingenuo: gozar de un rincón de espontaneidad con algo parecido a la travesura.

Alguna broma cargada se suelta, naturalmente: nos complacemos en incurrir en incorrecciones políticas; aunque no exentas de ironía, ante todo con nosotros mismos. Nos domina en general un estupor: el de la constatación biográfica del darwinismo de las mujeres. En algún momento descubrimos lo que dijo Josep Pla: “La mujer es el ser antirromántico por excelencia”. Y en el fondo, al tiempo que nos duele, lo admiramos. Y procuramos que nos haga más sobrios.

No son estas las únicas conversaciones que mantenemos, por supuesto. Mi interlocutora favorita, de hecho, es una mujer. Y los mismos amigos nos lo pasamos igual de bien cuando hay mujeres con nosotros. Solo que la conversación es distinta. El catacumbismo masculino produce una conversación (¡y un placer!) singular.

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En The Objective.

6.3.17

El Barea de la plaza

Preciosa la mañana del sábado en Madrid. Se anunciaba lluvia, pero había un cielo velazqueño. El frío, compacto, cortante, le daba sobriedad al acto. Y el sol un toque cálido, dentro del frío.

Yo no había leído La forja de un rebelde hasta que hace tres años colaboré en la edición en Turner de Hotel Florida, de Amanda Vaill, un libro que cuenta la historia durante la Guerra Civil de –entre otros– Arturo Barea y su esposa Ilsa Kulcsar. Desde entonces siempre que paso por delante del edificio de Telefónica, en la Gran Vía, me acuerdo de ellos: ahí se conocieron mientras trabajaban para la República, expuestos a los bombardeos franquistas. También he evocado a Barea cuando he pasado por el antiguo edificio de las Escuelas Pías, en Lavapiés, donde él estudió de niño. El sábado, al pie de ese edificio, se inauguró la placa con su nombre: Plaza de Arturo Barea.

Había emoción por él, porque fue un hombre ejemplar, y había también un sentimiento de reparación histórica. Era bochornoso que su nombre no lo llevase hasta ahora ninguna calle de su Madrid. La iniciativa, aprobada por el Ayuntamiento, partió de dos vecinas del barrio y fue impulsada por William Chislett, excorresponsal de The Times. En el acto del sábado, además de él y una de las vecinas, intervinieron personalidades como Ian Gibson, Elvira Lindo o la alcaldesa Manuela Carmena. Entre algún que otro lugar común, inevitable, se dijeron cosas que honraban adecuadamente a Barea. Yo me quedo con las de Chislett y las de Lindo. En cualquier caso, la emoción hubiese estado incluso sin las palabas.

Pero en mí, por debajo de la emoción, neta, nítida, aleteaba una inquietud. ¿Estaban todos –intervinientes y asistentes– homenajeando al mismo Barea? ¿O para algunos (tal vez muchos) el Barea de la plaza era un Barea fraudulento, edulcorado, simplificado ideológicamente en su condición de “republicano”?

Lo admirable de Arturo Barea es que fue fiel a la República: se esforzó por ella todo lo que pudo y desde 1938 tuvo que vivir en el exilio, hasta su muerte en 1957. Pero miró horrorizado los crímenes de la zona republicana. Y precipitó su exilio –al que se hubiera visto forzado de todas formas tras la victoria de Franco– porque sospechaba que los comunistas, a las órdenes de Stalin, querían matarlo a él y a su mujer. De Barea podría decirse, al cabo, lo que dijo Manuel Alcántara de Chaves Nogales: “Hace falta tener talento para que te quieran fusilar los dos bandos”.

Y no había equidistancia aquí: ambos eran republicanos. Solo que de la República democrática, que no era exactamente la que querían todos ni la que todos ahora reivindican. Para mí el Barea de la plaza será ese: el Barea real.

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En El Español.

27.2.17

Apaño en el escaño

La nueva política nos remite, en lo político, a los años treinta del siglo pasado como mucho. Y en lo estético al vodevil. El resultado de sus ínfulas de novedad es pues (¿hace falta decirlo?) regresivo en todos los órdenes. Sus líos parecen novelas paródicas de Vizcaíno Casas. Es decir: el producto de una mente franquista.

Colocar a la parienta. El enunciado es chusco: pero la actualidad no nos permite a los columnistas que volemos. Lo que inició Felipe González con Carmen Romero y llevó a un perfeccionamiento notable José María Aznar con Ana Botella, lo ha culminado Pablo Iglesias con Irene Montero. El que el apaño haya sido esta vez en el escaño contiguo –piel con piel, como quien dice– deja la cosa cerrada, simbólica y gráficamente. No se podrá ir más allá... salvo que decidan sentarse uno encima del otro.

Y además no es la primera. A la gente (¡entre la que me incluyo!) se nos partió el corazón al ver a la pobre Tania Sánchez en plan has been en el Congreso, con mirada ida de protagonista de drama sureño, como decía un amigo. A sus espaldas, los puñales de la historia: las miradas de Irene Montero y Pablo Iglesias, la pareja rutilante. No tenemos la culpa de que adonde hayan mandado a Tania Sánchez se le llame “gallinero”; no tenemos la culpa de que la palabra evoque la presencia de un gallito...

Tampoco tenemos la culpa de que a las diputadas les haga tilín el macho alfa de su grupo. Ni ellas deberían preocuparse por ello, puesto que es una conducta natural, evolutiva (léase La evolución del deseo, de David M. Buss). Lo irritante no es la conducta, ni siquiera el beneficio que conlleva, sino las pretensiones de moralizar desde ahí. Una moralización que resultará inevitablemente inquisitorial, por cuanto que tratará de cargar en otro “pecados” propios, y así expiarlos. Y lo pongo entre comillas porque no son pecados objetivos, sino establecidos precisamente por el catecismo de quien acusa. Así Irene Montero cuando llamó a un diputado del PP “machirulo”.

Por cierto, que en el vídeo incluido en la noticia de EL ESPAÑOL se aprecia –como indica un lector en los comentarios– cómo se le ha contagiado a Montero el modo de hablar y la gestualidad Iglesias. Tampoco esto es nuevo: muchos políticos del PSOE imitaban a González, y muchos del PP a Aznar. Aquí lo bonito es el amor, como siempre. Las parejas se contagian, como los perros de sus amos. En Una pena en observación se lamentaba C. S. Lewis, al evocar las exigencias intelectuales de su amada perdida: “Nunca he sido menos estúpido que como amante suyo”. En el caso de Irene y Pablo no se trata de ser menos estúpidos, sino de ser todo lo populistas que se pueda. Y en ese sentido hacen una pareja genial.

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En El Español.

23.2.17

Autobús podemita (o lepeniano)

Sabía que Mariano Rajoy y François Hollande venían a Málaga, a la Cumbre Hispano-Francesa, pero me lo había tomado como una noticia nacional o internacional, no local. Como algo que seguir por la prensa o la tele, por internet, lo habitual con las noticias. Tenía que hacer y me aplacé la información. Dediqué la mañana a mis asuntos. Por la tarde necesitaba despejarme y decidí darme una caminata por el paseo marítimo. Para ganar tiempo, cogí el autobús hasta la plaza de la Merced.

Yo iba entretenido con una conferencia sobre Dante, el Dante del Infierno. Así que no me di cuenta al principio de que llevábamos muchísimo en el autobús, y de que apenas avanzaba. Calle abajo había una hilera interminable de coches echando humo. Me quité los auriculares y en el autobús había un motín: un motín contra Rajoy, principalmente, y secundariamente contra Hollande. El centro estaba colapsado por la visita. Había refunfuños, crispación. Fuera, ruido de cláxones. Aquello era un infierno.

El conductor no nos podía abrir antes de llegar a la parada, de manera que estábamos en una olla a presión. Se repetían los exabruptos contra los mandatarios, con una mezcla de expresiones malagueñas de cabreo y furia de sans-culottes. Si en ese momento nos hubiesen puesto urnas, habríamos votado por Pablo Iglesias, o, de estar en Francia, por Marine Le Pen: lo que más daño (con saña) les hiciera a Rajoy y Hollande, esos impresentables por cuya culpa nos encontrábamos allí encerrados.

Mucho después logré llegar al paseo marítimo, y el oleaje furioso y el azote frío me fueron devolviendo la calma. Hacía una tarde desapacible. Se apreciaban los destrozos del temporal de dos días antes. Pero cómo limpiaba la naturaleza los miasmas del resentimiento. En media hora, estaba ya recuperado para la democracia representativa.

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En The Objective.

20.2.17

Festival Escohotado

Los adictos a Antonio Escohotado corremos a chutarnos los vídeos suyos que aparecen de vez en cuando en la red. Y entonces no podemos ver solo uno, sino que buscamos más, y rascamos en los ya vistos, y nos pasamos horas hasta acabar con una deliciosa sobredosis de lucidez... Al final, en su Historia de las drogas faltaba una: la droga que el propio Escohotado constituye. Aunque, a falta de análisis en el libro, era la que el propio libro nos suministraba. De haberlo conocido Baudelaire (algo que evitaría, entre otras cosas, por no cometer un anacronismo que hubiera sido descubierto a la larga) habría completado su célebre llamamiento: “Embriagaos: ¡de vino, de poesía, de virtud, de Escohotado, como gustéis!”.

En EL ESPAÑOL, nuestro Mariano Gasparet le hizo una memorable entrevista en 2015. Y en cuanto a vídeos, lo último ha sido la no menos memorable serie que le ha hecho Federico Jiménez Losantos para Libertad Digital, a propósito de la culminación de la magna trilogía Los enemigos del comercio. Cada vídeo se ocupa de un tomo (enlaces: primero, segundo, tercero). A quienes aún no los hayan visto, les recomiendo un reajuste previo. Losantos interviene excesivamente, algo que resulta irritante si se tiene en la cabeza el concepto entrevista. Esto se arregla si se cambia por conversación. Aun así, no termina de desaparecer un elemento entrañable: cómo Losantos no deja de caer en la tentación de explicarle a Escohotado su propio libro. Pero el caso es que funciona: después de todo, lo que hace Losantos es manifestar su entusiasmo, que transmite. La entrevista o conversación entra que da gusto: satisface al enganchado.

Y es muy útil en este 2017 en que algunos se disponen a celebrar el centenario de la Revolución Rusa con complacencia: pasando por encima de los datos y los cadáveres; o lo que es peor, justificándolos. De ella y de sus protagonistas –particularmente Lenin– se ocupa el último tomo de Los enemigos del comercio; proyecto cuyo título iba a ser, significativamente, Crítica de la razón roja. Escohotado, como buen librepensador, ha tenido el arrojo de meterse en dos peligrosos avisperos del siglo XX: el de las drogas y el del comunismo. Concretamente, los de la prohibición de las primeras y la defensa del segundo, que comparten un blindaje autoritario, totalitario, ideológico y en último término religioso (es decir, dependientes de fe y de dogmas refractarios a la razón). Contra ambos combate Escohotado, en nombre de la libertad y de la gloriosa soberanía del individuo. Indisociables (¡esto lo vamos aprendiendo!) de la propiedad...

Pero el festival promete no terminarse aquí. Al final del tercer vídeo (34:20), Escohotado anuncia que está preparando un libro “sobre la violencia de género y las relaciones hombre y mujer”. Dicho también: “la tradicional guerra entre los sexos”. ¡Era el avispero que le faltaba!

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En El Español.

17.2.17

La Justicia en pelota

Esta mañana, mientras se esperaba con una ansiedad un tanto plebeya la sentencia sobre el caso Nóos, se coló en Twitter un poeta romántico: Gustavo Adolfo Bécquer. Es que nació un 17 de febrero (de 1836) y muchos se han puesto a recordar sus romanticismos: sus golondrinas, sus lunas, sus “yo no sé qué te diera por un beso”... La compartimentada mente española no retiene que es también el coautor del álbum satírico-pornográfico Los Borbones en pelota. Por eso, cuando ha salido la sentencia, le ha faltado el gancho que lo mantuviese en los trending topics...

Una lástima, porque el trasunto de la mañana era justamente ese: el de dejar a los Borbones en pelota, por medio de la infanta Cristina. Y si la Infanta resultaba absuelta, como ha ocurrido, la que se quedaba en pelota era la Justicia. La banca antimonárquica siempre gana. (Nótese que no se trataba aquí de señalar que la Infanta, o los Borbones, o la Justicia iban desnudos como en el cuento, sino de desnudarlos).

Lo más divertido ha sido la reacción de Miquel Roca, abogado de la Infanta, padre de la Constitución y miembro de un partido nacionalista e independentista (¡que España es mucha España!): ha dicho que estaba “levitando” con la absolución de su defendida. Lo que ha arrojado una sombra en lo que ya estaba judicialmente claro: ¿es que pensaba que la sentencia solo podría serle favorable de un modo milagroso, o místico? En la mañana se ha quedado flotando un ectoplasma de cloaca celestial.

Pero hay que aceptar la sentencia, en sus absoluciones y en sus condenas. Los que no tenemos formación jurídica nos encontramos siempre en estos casos en la misma situación. Por un lado, incapaces de juzgar técnicamente el asunto, y en su defecto dando por bueno el resultado (y aceptando el principio general de que hay que juzgar actuaciones concretas, con pruebas, según la ley, etcétera). Y por otro lado, proyectando impresiones, observaciones o reflexiones que ya caen fuera de lo judicial. Juicios al paso que no tienen que ver, propiamente, con el juicio.

En el caso Nóos, lo abrumador ha sido su carácter sintomático: la corrupción que han podido permitirse quienes optaban por ella en las altas esferas (incluidas las monárquicas, donde estaba el condenado Urdangarin); el dinero que afloraba por estrictas razones de cortesanía; y la extendida conciencia de impunidad. Muchos han estado levitando por encima de sus posibilidades. Ahora, aunque el abogado Roca suba, es el momento de bajar. Pero, ¿volverán las oscuras golondrinas?

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En The Objective.

13.2.17

Mariano Iglesias y Pablo Rajoy

El mejor momento del tumultuoso fin de semana político ha sido cuando de la boca de Javier Arenas –el prometedor Javier Arenas, que tiene tanto futuro por detrás– salió el demonio en forma de lapsus. “José María Rajoy”, se le escapó. Y todos en el congreso del PP rieron nerviosamente. Los congresistas no estaban allí para recordar a Aznar, sino para aclamar a don Mariano. Cosa que hicieron sin sombra de ambigüedad gallega. Luego el Telediario dijo, en plan Nodo, que en el partido que manda en el Telediario se respiraba alegría. Lo triste es que era verdad.

En Vistalegre no hubo tanta al principio. En la antigua plaza de toros había ambiente de circo romano, y los participantes de Podemos parecían decir tácitamente: “Moraturi te salutant”. Aunque por una vez fue el populacho el que cortó el rollo y los gritos de “¡Unidad, unidad!” hizo que los gladiadores se comportasen de un modo menos encarnizado. Menos encarnizado entre ellos, que al “enemigo” ese que está fuera le sacaron los tridentes, las hachas y las bolas de pinchos. El problema siempre es el mismo: si el enemigo está fuera por definición, todo enemigo que surja dentro hay que mandarlo fuera. Suavemente, como en la democracia que detestan; o abruptamente, como en el comunismo que añoran.

El nivel era tan bajo en el PP y en Podemos, que hubiera podido ser un gran día para el PSOE. Por desgracia, a Susana Díaz le dio por intervenir también, abortando ese silencio que sumaba. Los sonrojantes piropos que le echó antes Abel Caballero fueron lo más populista (¡o demagógico!) del sábado. Esta manía de dar por sentado que aparecer es siempre mejor que desaparecer hizo que el PSOE –al menos el PSOE susanista (¡quedan el patxilopista y el sanchista, por PSOEs que no quede!)– resultase el tercer perdedor. Hubo un momento de la mañana en que aquello parecía un Carrusel Deportivo de tercera regional: ¡cerocerismo en el PP, en Podemos y en el PSOE!

Pero, derrota general aparte, de puertas para adentro PP y Podemos tuvieron sus ganadores claros: Mariano Rajoy y Pablo Iglesias; quienes, por lo demás, se benefician mutuamente. A Rajoy le viene bien un Iglesias faltón en Podemos; alguien que haga ruido pero que no represente ningún peligro, como sí lo representaba Íñigo Errejón. Y a Iglesias le viene estupendo seguir teniendo enfrente a alguien como Rajoy, sin carisma pero al fin y al cabo de la Derecha, lo que le excusa de refinar su discurso (algo que se adapta de maravilla a sus aptitudes). Felicitemos pues, forzando el lapsus de Arenas, a Mariano Iglesias y Pablo Rajoy.

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En El Español.

9.2.17

Épica para ridículos

Cuántas ocasiones nos viene dando en los últimos tiempos el nacionalismo catalán para que recordemos el aforismo de Nietzsche: “En las fiestas patrióticas también los espectadores forman parte de los comediantes”. Es desolador cómo el ridículo nacionalismo ha prendido entre una población que en otros ámbitos de su vida acierta a comportarse de un modo menos risible.

En el fondo de mi pesimismo antropológico encuentro, si sigo bajando, un optimismo antropológico que está convencido de que el ser humano en realidad se da cuenta. Una prueba es que a un nacionalista el mayor insulto que se le ocurre es el de nacionalista. Quienes no solo no somos nacionalistas, sino que somos antinacionalistas (antinacionalistas practicantes), estamos acostumbrados a que los nacionalistas no nos crean. Si para ellos el nacionalismo fuese un bien, entonces el insulto que nos dirigirían sería ese: ¡antinacionalistas! Pero no: nos llaman nacionalistas. Nacionalistas españoles, claro está. Pero lo de españoles es secundario: en el fondo saben que el mal está en lo de nacionalistas.

Con lo de la ridiculez pasa lo mismo. Conforme más se va evidenciando el papelón, más se manifiesta el deseo de épica. Como si la épica fuese ya lo único que pudiera salvarles del ridículo. Una alcaldesa de la CUP, Montse Venturós, dijo hace poco esta barbaridad: “Que la gent es prepari perquè aquí hi haurà unes hòsties que pariran terror”. Hasta alguien menos rupestre como Enric Juliana ha tuiteado: “Observo en alguna prensa de Madrid el oscuro deseo de que se use la fuerza en Catalunya”.

Pero el único deseo que yo detecto “en Madrid” no es oscuro, sino transparente: el de que dejen de hacer el ridículo. Y de ser pesados. La épica está descartada. Toda proyección en ese sentido no hace más que incrementar la ridiculez. ¡Qué situación más embarazosa!

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En The Objective.

6.2.17

Los motivados

Los ciudadanos que, en plan familia de Farruquito, acompañen a Artur Mas y sus dos consejeras al Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, con espíritu ligeramente intimidatorio ante el juicio por el 9-N, estarán desplazándose, les guste o no, por la alfombra mamarracha que les ha puesto Donald Trump.

¡Qué gran contextualizador está resultando el nuevo presidente de Estados Unidos! En su toma de posesión ya dejó en evidencia a nuestros populistas con su “hoy devolvemos el poder al pueblo”. Ha desacreditado igualmente a los liberales españoles que, por declararse trumpistas, han dejado claro que liberales no son. Y ahora, para prepararle la semana al independentismo catalán, se ha enzarzado también con la Justicia.

Al juez que ha suspendido su veto migratorio lo ha llamado “supuesto juez”, y a la suspensión misma la ha tachado de “ridícula”. Desde un punto de vista democrático y más o menos respetuoso de Montesquieu no hace falta aclarar quién es de verdad ahí el ridículo, y hasta el supuesto. Y sin duda el abusón. Pues justo en ese espacio se congregarán este lunes, tan pancha y trumpianamente, nuestros nacionalistas...

Da apuro volver a lo mismo, pero a la realidad tozuda solo cabe responderle con tozudez, aunque sea hastiada. Un mes y una semana he aguantado este 2017 sin hablar del nacionalismo. Ya ni entretiene. Esto es una película de Ozores que está resultando demasiado larga... En la primera hora, risotadas; más que por la calidad de los chistes, por su enormidad. Pero el metraje ha seguido horas y horas y uno ya no sabe dónde meterse: mientras, los caricatos siguen (¡incansables!) con su numerito.

Esto es un pulso entre un brazo fofo, el de los no nacionalistas, al que le gustaría estar empleándose en otras cosas, y el brazo firme y motivado de los nacionalistas. Tiene gracia, pero en Madrid (¡en Madrit!) está cuajando motivado como adjetivo desdeñoso. Se cruza uno con un esforzado del correr, resoplando en un día precioso, y dice: “Ahí va un motivado”... Pero hay una tolerancia básica: “Cada loco con su tema”, como cantaba Serrat.

El problema es cuando los motivados se ponen a estropearte la vida. A uno le aburre seguir con la matraca, pero es que se para a pensarlo (¡se para una vez más a pensarlo!) y sigue sin dar crédito: he aquí en la Europa democrática a una facción de individuos empeñados en destruir un Estado de manera desleal, gratuita, caprichosa, impresentable. Y que no pase nada lo envuelve todo en una irrealidad alucinógena. El juicio que hoy empieza es una ocasión para que pase algo. Pero a ver qué pasa.

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En El Español.

31.1.17

Aznar, punki de mayor

Me he sentado a escribir sobre José María Aznar cuando ha llegado la noticia de la muerte de Paloma Chamorro, nuestra benefactora de La Edad de Oro. Y me he acordado de lo que contó hace poco Jesús Quintero sobre la primera entrevista que le hizo a Aznar a principios de los noventa. Quintero le había indicado al cámara que mantuviese un primer plano del entrevistado, y nada más comenzar le espetó: “¿Usted ha sido punki?”. No sé qué se trasluciría en su rostro, pero el futuro presidente pensaría sin duda en mazmorras para el entrevistador...

Lo gracioso es que, si bien a Aznar no nos lo imaginamos punki de joven, ha llegado a ser técnicamente, en muchos aspectos, punki de mayor. Algunos lo han tachado incluso de antisistema. Extremando el juego, ocupa una posición equiparable a la Pablo Iglesias: Aznar vendría a ser hoy para el PP un elemento de presión radicalizadora equivalente al que supone Iglesias para el PSOE. En ambos casos, se trata de un empuje ideologizador –cada uno en su propio sector ideológico, claro está–, en contra de dejadeces más o menos pragmáticas y de tibiezas conceptuales.

¿Qué pretende Aznar, qué busca, qué quiere? Yo creo que dar miedo. Ha escogido como destino personal justo lo que se le reprochaba, como si siguiera el célebre consejo: “Aquello que te censuran, cultívalo, porque eso eres”. Les daba miedo a los contrarios y para completar su vocación ha decidido darles miedo también a los propios. La renuncia a la presidencia de honor de su partido alimenta ese efecto, y el revuelo sobre la posibilidad (poco probable) de que funde un partido propio.

Aznar no es exactamente el jarrón chino que, según Felipe González, no se sabe dónde colocar; sino más bien eso: un punki que se coloca donde más miedo mete. Cuando se lo topan los que hoy mandan en el PP, de Mariano Rajoy para abajo, ponen una cara tan rara como la del joven Aznar cuando recibió la pregunta de Quintero.

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En The Objective.

30.1.17

¿Qué país de las hadas?

Me ha llamado la atención el título del artículo de Pablo Muñoz en EL ESPAÑOL sobre la novela Años felices, de Gonzalo Torné: “Un catalán exiliado para derribar la Transición”. La novela promete ser buena (por el momento solo la he hojeado: sí he apreciado la calidad de la prosa) y el artículo es bueno. Pero me rechina esta obsesión con la Transición, que ya es mía también (¡de rebote!).

Produce un cierto vértigo, y una melancolía notable, haber sido testigo de una época histórica: y ver cómo los más jóvenes la recrean, con acusada fantasía –y fantasmagoría. De mi melancolía forma parte, naturalmente, la deducción sobre mis propias fantasías y fantasmagorías hacia el pasado que no viví. Si la memoria de uno mismo es inestable, la de lo que no vivió (¡la “memoria histórica”!) sí que debe de ser ya una novela...

Muñoz salvaguarda la ambigüedad y la riqueza de Años felices. Pero no puede evitar su cuñita generacional en contra de la Transición, que no sé aún en qué medida está en la obra. Quizá sea un abuso alegórico por parte del reseñista equiparar “el país de las hadas” de la novela (ese Nueva York de los sesenta, “inconcreto y graciosísimo”) con “la España de las burbujas chispeantes de la Transición”. No lo sé.

Sí sé que de “país de las hadas” aquella España tuvo poco. Hace unos días hemos recordado el asesinato, por parte de la extrema derecha, de los abogados laboralistas de Atocha. Hubo otros asesinatos de la extrema derecha. Y más de la extrema izquierda. No se ha resaltado lo suficiente cómo el acuerdo constitucional, pacífico, tuvo en sus bordes esas salpicaduras de sangre, como una escenificación tétrica de lo que intentaba superar: el baño de la guerra civil. Contra la proyección waltdisneyesca de la Transición que se hace ahora, el apaño constitucional fue un logro eminentemente pesimista; en realidad, mira por dónde, gramsciano: pesimista de la inteligencia, optimista de la voluntad.

Para darles prestigio a las obras (iba a escribir productos) culturales, se ha puesto de moda resaltar su carácter político. Suele ser mal síntoma. Porque, en efecto, todo es político: pero justo por ello no es necesario enfatizarlo; al menos no sistemática, neuróticamente. Ese énfasis abarata. Cuando se dice de una obra artística que es política, por lo general se está incurriendo en una simplificación: ideológica, abstractizante. Y se está socavando la función verdaderamente política, civilizadora, de toda obra: la de dar cuenta de la complejidad del mundo; incluso de la complejidad del mundo político, del poder.

“Las cosas no son tan sencillas”, debería ser la conclusión de toda novela posible e imposible. (Y, en la medida de sus limitaciones, de toda columna).

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En El Español.

26.1.17

La nieve cubrirá todas las cosas

No es lo más edificante, pero cuando a un terrorista le estalla en las manos la bomba que pensaba poner, matándolo o mutilándolo a él solo, se produce en las personas normales una alegría irreprimible. Puede que sea un sentimiento vergonzante, para quienes no somos partidarios de la pena capital: ¿nos regocijamos de esa muerte, pero no estaríamos dispuestos a aplicarla...? Por eso no termina de haber moralidad ahí. Pero sí sensación de justicia: de justicia poética. Por un momento pareciera que funcionan en favor del bien, o en contra del mal, los engranajes del mundo...

Pero esos engranajes van por su cuenta, ajenos a los hombres. Y a veces producen lo más doloroso: una injusticia que, por la perfección del daño, resulta poética también. Así la muerte de los que se disponían a salvar a otros. Bomberos, policías, guardias civiles, soldados, socorristas. O vecinos, familiares, incluso desconocidos. Individuos que detectaron a otro en apuros y lo consideraron (a veces sin pensar) su prójimo: arriesgando o dando la vida por él. Ahora ha ocurrido con los seis socorristas del helicóptero en la nieve de Italia.

“La nieve cubrirá todas las cosas”, canta en italiano João Gilberto. Cubrirá también los gestos de nobleza, en este universo indiferente. Yo he asistido a un sacrificio así, justo en Bahía. En la laguna de Abaeté, cercana a Salvador, se ahogó un muchacho que intentó salvar a su hermana. Pusieron su cuerpo negro en la arena blanca. Era absurdo y desazonador, pero también insoportablemente hermoso.

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En The Objective.

23.1.17

La guinda sexual de la Transición

El lío de la “alta personalidad del Estado” y la “vedete” fue procesado con finura y gracia en su momento –cuando don Juan Carlos aún estaba en el trono– con este chiste encantador:

–Diga tres parejas de famosos.
–Carlos y Diana. Paquirri y la Pantoja. Bárbara Rey.

Ahora ya conocemos los detalles sórdidos: engaños, espionaje, chantaje, pagos con dinero público... Pero el comienzo de la era Trump me pide evasión y prefiero enfocar el asunto –al menos hoy– desde una perspectiva frívola, que no anula la otra pero que también forma parte de la (¡inagotable!) realidad.

Y es que leyendo los reportajes de estos días, que han desatado mis evocaciones, he caído en la cuenta de que Bárbara Rey no solo le gustaba al ídem, sino también a los muchachitos de la Transición. Había pues un interesante acompasamiento de pulsiones, que cada cual satisfacía en la medida de sus posibilidades. La alta jefatura del Estado a lo grande, y los adolescentes de entonces echando mano (¡nunca mejor dicho!) de las fotos del Interviú...

Para nosotros (hablo de los muchachitos de entonces; las muchachitas tendrán su propia visión) Bárbara Rey no fue cualquier cosa, sino nada menos que la primera mujer a la que vimos desnuda. Y este es un plural contrastadamente generacional: en las rememoraciones con mis coetáneos aflora siempre ella. Antes estuvo Marisol en el mismo Interviú, pero solo enseñaba los pechos y su belleza era limpia, asexuada casi, entre de Botticelli y Danone. La primera mujer fue Bárbara. Por ella yo tuve, por ejemplo, noticia del vello púbico: sorpresa biográfica de la que aún no me he recuperado.

Se habló mucho de sus largas piernas cuando debutó en Palmarés. Paco Gandía contaba: “Para darle un beso hay que hacer noche en el ombligo”. Ahora es imposible no percibir el machismo, que en aquellos tiempos se confundía con el ambiente. Pero el machismo español era siempre de hombres bajitos y acomplejados revoloteando en torno a gigantas. Tenía mucho de autoparódico (involuntariamente autoparódico), como en la célebre perorata de El Fary –ese Paco Gandía de la canción– contra “el hombre blandengue”.

El habitante de la Zarzuela era alto, aunque hemos ido sabiendo que allí se cocía otra especie de landismo. Triunfador, eso sí: más tipo Puigcorbé, que fue el Landa de la Transición (y que terminaría interpretando a don Juan Carlos). Quizá la democracia consistió en que del Rey para abajo todos estuviésemos viendo a la misma mujer en pelotas. Al final resulta que el patriotismo constitucional no era tan frío.

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En El Español.

16.1.17

El crepúsculo de las estrellas

Pronto pondrán el vídeo en el canal de la Fundación Manuel Alcántara. Estén atentos, porque a los que asistimos el viernes no se nos va la discusión homérica que tuvieron Carlos Alsina y Jesús Quintero en las jornadas sobre periodismo que han organizado en Málaga Teodoro León Gross, Agustín Rivera y María Angulo. En la mesa de Alsina y Quintero –titulada “Cuando el entrevistador es la estrella”– estaban además León Gross, intentando moderar no menos homéricamente, y Fernando Sánchez Dragó, cuyo perfil bajo en la trifulca resultó tal vez lo más homérico.

Hubo un triángulo latente en todas las sesiones, que se acentuó hasta estallar en esa: en un vértice, los periodistas de la época dorada; en otro, los de la nuestra menesterosa; y en el último los asistentes, casi todos alumnos de periodismo, en la encrucijada entre las ganas y las perspectivas. Estos aplaudían sucesivamente a los otros dos, porque los dos tenían razón; cada uno desde su posición distinta: esa era la tragedia. La nobleza de tales aplausos estaba en que se emitían desde el centro mismo de la trituración. Eran aplausos trágicos, también.

Jesús Quintero, El Loco de la Colina, lo fue todo en los ochenta. Yo, que lo seguí desde el primer programa, me quedé abrumado al ver que su discurso era en pasado enteramente. Me sentí arrojado a ese pasado, porque yo había sido testigo de aquellas glorias que nadie parecía comprender. Quintero era como la Norma Desmond de El crepúsculo de los dioses, una estrella incomprensible ya: histriónica y asustada, con el único recurso de la denostación del presente. Me acordé de lo que dijo Arcadi Espada de Michel Houellebecq: que confundía sus crepúsculos personales con crepúsculos colectivos.

Carlos Alsina defendió la prosa gris frente a la poesía multicolor. Dijo que solo aceptaba que le llamaran “estrella” porque así pagaban más. Tachó a los otros de “nostálgicos” y abogó por abrirse paso entre las limitaciones del día a día. Alguien me dijo luego: “Quintero se duele de que el público ya no está; Alsina se preocupa por qué hacer para que vuelva”. Al cabo, era una cuestión de edad: Alsina no puede permitirse aún el catastrofismo. Intenta bregar con el mundo que hay.

Aunque con la edad está el carácter. Quintero ya era catastrofista de joven, desde su gloria. Su esteticismo dejaba entre paréntesis el mundo, en unos años que celebraban a Cioran y Pessoa. Quizá la diferencia esté en que entonces se ganaba dinero con eso y ya no. Lo que se ha perdido es una salida económica para la melancolía.

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En El Español.

(18.1.2017) A partir del 46:50.

12.1.17

Siglo largo, experiencia corta

Puede que nos hayamos precipitado al declarar corto el siglo XX. La fórmula, leo ahora que de Iván Berend, la popularizó Eric Hobsbawm y la ha utilizado también John Lukacs. Los tres son historiadores de ese siglo, por lo que resulta comprensible la pulsión de dar por concluido su objeto de estudio: solo se puede hacer historia de lo que ha terminado.

Pero yo no dejo de ver siglo XX por todas partes. Para mí está resultando un siglo demasiado largo, que se ha comido ya lo que llevamos del XXI. Por un lado nos encontramos en territorio nuevo, sí: en un mundo globalizado y digitalizado, en el llamado capitalismo posindustrial, con los robots en ciernes, etc., etc. Pero por otro no dejan de zumbarnos las moscas del siglo pasado.

En el momento en que escribo, en Twitter España son trending topics La Pasionaria y Carrero Blanco. En Alemania se vende como rosquillas Mein Kampf. Nuestros comunistas se aprestan a celebrar el centenario de la Revolución Rusa con nostalgia y elogios. Y a la presidencia de Estados Unidos acaba de llegar un mamarracho que parece un espadón del siglo XIX. (Solo en eso podría no parecer del XX: en que parece del XIX). El triunfo de Trump, por cierto, ha implicado reabrir la Guerra Fría... para que la ganen los rusos.

Lo corto ha sido la experiencia. Es desolador ver que la Transición la hicieron en España quienes habían sufrido físicamente la Guerra Civil. Y la construcción de Europa quienes habían sufrido las dos guerras mundiales. No ha habido aprendizaje mental, racional. En dos o tres generaciones, en cuanto el dolor de los cuerpos apaleados se ha extinguido, se está volviendo a las andadas. Esto es lo que hay, supongo. Y por eso, supongo, la historia siempre ha sido así.

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En The Objective.

10.1.17

Cuestionario Proust (2017)

Respondo una vez más al Cuestionario Proust. Ya lo hice en 2006 y 2012, pero esta es la primera que lo hago después de haber leído En busca del tiempo perdido (hace dos años). ¡Y desde mis aquilatados cincuenta!

Los principales rasgos de mi carácter
¡Me molesta la pregunta! Y esta molestia es sintomática: estoy un poco cansado de mí, o quizá me ha sobrevenido un ataque de pudor. Digamos que me siento caracterizado por un cruce de alegría y melancolía, o de agitación y estancamiento. Mis rasgos en general resultan poco darwinistas. Así estaría bien, si tuviese dinero.

La cualidad que prefiero en un hombre
A estas alturas, que no dé mucho la lata.

La cualidad que prefiero en una mujer
En una mujer me molesta menos que dé la lata, aunque tampoco es lo deseable. Me gusta que sea lista, incluso listilla. Y si hay posibilidad erótica, me gusta que me guste.

Lo que más aprecio de mis amigos
Que lo sigan siendo. Y esto es una espléndida señal para ellos, puesto que ni uno solo de mis examigos (¡lo digo objetivamente!) ha dejado de revelarse como un gilipollas.

Mi principal defecto
Diré dos: un cierto egotismo y mis problemas con el hacer (con la producción, con la poiesis).

Mi ocupación favorita
Pasear, leer/escribir y estar juntos.

Mi sueño de felicidad
El amor correspondido y la obra lograda. Disponer de años (y días) hábiles.

Lo que para mí sería la mayor desgracia
Acabar en la indigencia.

Quién me gustaría ser
El que quiero. Con ligereza, naturalidad y exitillo económico.

Dónde me gustaría vivir
A quinientos kilómetros como máximo, y con billetes del Ave.

Mi color preferido
El azul mediterráneo.

La flor que más me gusta
El tulipán.

Mi ave favorita
El gorrión.

Mis autores preferidos
Proust (¡lo pongo el primero por cortesía!), Nietzsche, Montaigne, Pessoa, Cioran, Jünger, Bernhard, Borges, Savater.

Mis poetas favoritos
Apollinaire, Cernuda, Aldana, Eliot, Paz, Carnero, Szymborska.

Mis héroes de ficción
El Goethe de Eckermann, el Johnson de Boswell y el Trapiello de sus diarios.

Mis heroínas de ficción
Las protagonistas de las canciones de Adriana Calcanhotto.

Mis compositores preferidos
Bach, Mozart, Schubert, Coltrane, Jobim, João Donato.

Mis artistas favoritos
¡Estoy post-artístico! Así que Duchamp. Y los fotógrafos de lo que hay.

Mis héroes en la vida real
Los de la resistencia antinacionalista en la Cataluña ocupada por los nacionalistas.

Mis heroínas históricas
Rosa Parks (que le daría un bofetón a Garganté).

Los nombres que más me gustan
Los de las musas de Ricardo Reis: Lídia, Cloe, Neera... Los de las musas de Horacio: Glícera, Lice, Barine, Pirra... ¡Y Simonetta Vespucci!

Lo que más odio
El ceporrismo.

Los personajes históricos que menos me gustan
Los demagogos, los tiranos, los sacerdotes de la ideología.

La campaña militar que más admiro
La del general Grant (según la cuenta John Keegan).

La reforma que más aprecio
Apreciaría una reforma educativa de verdad, si se produjera. Por lo demás, aprecio justamente el reformismo. Y la Ilustración.

El don de la naturaleza que me gustaría tener
El de darles belleza a los crepúsculos.

Cómo me gustaría morir
Amado y sin dolor. Con la vida cumplida.

El estado actual de mi espíritu
Con ganas; aunque preocupado por lo que pueda ir deparando esa bomba de relojería que es la edad.

Las faltas que puedo soportar
Las que no se deben a la crueldad, la estupidez o la mezquindad.

Mi lema
"É a Hora!".

9.1.17

Aznar contra la 'pax' de Rajoy

Tengo amigos simpatizantes del PP que simpatizan además con Mariano Rajoy. No hablo de mera aceptación como mal menor, sino de que les resulta simpático. Parece un oxímoron, pero me aseguran que le encuentran la gracia. Hablan de “retranca gallega”, y entonces entreveo una suerte de humorismo regional, como el del catalán –ya fallecido– Eugenio. Aunque a mí personalmente, como dice Carlos Boyero de algunas películas, “no me llega”.

La novedad estas Navidades ha sido que un par de amigos simpatizantes del PSOE y una amiga simpatizante de IU me han soltado, en conversaciones distintas, que Rajoy les cae bien. En parte debe de ser por el cariño que suscita el vencedor. Y en parte por el cansancio tras el año de disputas infructuosas. No es descartable el espíritu propio de las fechas: al fin y al cabo, ningún político tiene más pinta de Papá Noel. Su gran regalo, por cierto, han sido las Navidades mismas; es decir, unas Navidades normales, sin las elecciones que las amenazaban. (Al PSOE le sigue faltando suerte: contribuyó al regalo y solo le han traído carbón).

El estado de los demás partidos es un elemento esencial en la pax de Rajoy, que se alimenta –economía aparte– de las guerras intestinas del PSOE y de Podemos. Estos últimos (¡angelitos!) incluso le han puesto un biombo al próximo congreso del PP, al haber decidido celebrar en los mismos días el suyo, que se augura más animado. Una animación nivel circo romano: gladiadores con piolet. Con todas las cámaras en el congreso de Podemos, el indolente Rajoy cortará y pinchará sin perturbación: de sus pioletazos, si los hubiere, se enterarán los afectados y pocos más.

Toda la Galia está, pues, ocupada por el rajoyismo. ¿Toda? ¡No! Una facción liderada por el irreductible José María Aznar resiste todavía y siempre al sucesor.

Por muy taponadas que estén, hay grietas en la pax rajoyana. En la encuesta que publicó ayer EL ESPAÑOL, el presidente suspende y su gestión solo la aprueba uno de cada cuatro votantes. Rajoy vence, pero no termina de convencer. Junto con los amigos rajoyistas de que hablé al comienzo, tengo otros –también simpatizantes del PP– a los que Rajoy no les hace ninguna gracia: detestan su espíritu acomodaticio, su dejadez ideológica. A estas alturas, quizá sean ellos sus mayores críticos de verdad.

A partir del análisis de los resultados de la encuesta, concluye hoy este periódico que habría sitio para un partido a la derecha del PP, liderado por Aznar. Lo cual tendría su belleza, y hasta su justicia poética: a falta de meneos exteriores, la inmovilidad de Rajoy se vería sacudida por uno interior. Un homenaje al principio filosófico de que nada se está quieto en este mundo inestable: si no te mueves, te mueven. Rajoy lo tiene todo atado y bien atado: menos a Aznar, que se desató de la presidencia de honor del PP, no se sabe si con vistas a echarse un bailecito.

Para los espectadores, sería impagable la guasa de que ese hipotético partido aznarista fuese para el PP lo mismo que Podemos para el PSOE. ¿Habrá algún atisbo en el congreso de febrero? Por si acaso, convendría reservar algunas cámaras.

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En El Español.