3.10.11

Jugada maestra

Ha llegado el momento de hablar –otra vez– de los Diarios de Iñaki Uriarte, cuyo segundo volumen acaba de aparecer. He dudado si hacerlo en Jot Down, ya que Manuel Jabois le dedicó aquí una columna. Pero me he dicho que uno de los dos mejores libros del año bien vale la repetición. El otro, por cierto, es el de Jabois, y ambos están en Pepitas de Calabaza, la editorial que acierta en todo menos en su lema: “con menos proyección que un cinexín”.

Dudaba además si el título general de estas colaboraciones –Desmontes y voladuras– no sería inapropiado para el elogio. Aquí podría esgrimir el precedente de Cioran, que junto con la dinamita publicó sus Ejercicios de admiración. Pero lo cierto es que no hace falta. Elogiar a Uriarte tiene también su lado de crítica destructiva: destructiva de todo lo que no es Uriarte. Su prosa es un desmonte de todas las demás prosas; y su ejemplo es, en la práctica, una voladura de (casi) toda su generación.

Aunque sin deliberación por su parte, biográficamente le ha salido una jugada maestra: ser el último de los de su edad en tomar la palabra; aparecer vivo y coleando cuando el resto está embalsamado o desaparecido. De pronto nos encontramos con un miembro de la generación que tomó el poder en los ochenta que se mantuvo al margen, haciendo su vida, y nos lo cuenta ahora. No se ha envilecido: hay continuidad entre su entonces y su ahora, pese a que sus costumbres hayan cambiado un poco, por sabiduría y por la diabetes.

En una de las entradas de 2004, Uriarte habla bien de la biografía de Jaime Gil de Biedma que escribió Miguel Dalmau. El despellejamiento que sufrió esta obra fue un síntoma de la impostura de la gauche divine y los hippies: sexo y drogas al principio; puritanismo biempensante después, con coartadas en el tránsito. De algún modo, se nos había hurtado un hilo razonable entre la juventud descocada y una madurez no embrutecida. Este hilo se encuentra en los diarios de Iñaki Uriarte. El retardo en su aparición trae distancia, pero a la vez preservación de lo vivido. Cuando aparece el pasado en las anotaciones actuales, lo hace con limpieza: y de tal limpieza se benefician también las anotaciones actuales, que hablan de otro periodo de esa misma vida.

El secreto es la actitud, que en un diario se manifiesta en la voz. Leer a Uriarte es quitarse adherencias. Sus soluciones son simples como las de un maestro zen. Predomina la voluntad antirretórica, tanto en el estilo como en los asuntos. Yo simpatizo con casi todo lo que dice, aunque su arte lo aprecio mejor en aquello con lo que discrepo: ciertas críticas a los antinacionalistas, ciertas ironías sobre Savater (¡siempre Savater!)... que me escuecen pero que, al ser sensatas, reducen mi tendencia a las strong opinions. No dejo por ello de discrepar: pero se dinamiza mi asentamiento. La política, por lo demás, ocupa un lugar secundario en el libro: si aparece es como consecuencia de la naturalidad. Al igual que otro elemento que los autores suelen escamotearnos: sus condiciones económicas.

Uriarte pone en práctica la lección principal de su maestro Montaigne: toda vida puede ser contada sin afectación. La herramienta es una escritura diáfana, cuya depuración me recuerda a la que João Gilberto ha logrado en la música. Cuando hablé de la prosa de Jabois, dije que en ella se daba una “eufonía sin sonajero”. En la de Uriarte nos encontraríamos con una eufonía... sin eufonía. Va limpia y clara, sin efectos. Por renunciar, renuncia hasta al exceso de elipsis; no se queda en el esqueleto, sino que tiene carne: la carne suficiente. A los demás nos sobran trucos: suena la guitarra y nos echamos a bailar. Mientras, Uriarte insiste: “no soy escritor”, “no sé escribir”. Y ahí está la clave.

[Publicado en Jot Down]