22.9.17

Thomas Bernhard, el turista cero

Veinticinco años después del turista un millón y después y antes de muchos millones de turistas llegó a Torremolinos Thomas Bernhard, el turista cero. No buscaba diversión sino retiro: calidez en el invierno, luz, inacción; el mar y la atmósfera del mar, “que dilatan las venas”. Era diciembre de 1988. El domingo 18, según el traductor Miguel Sáenz. Aunque el editor Sigfried Unseld escribe que vio un contrato firmado por Bernhard en Torremolinos con otro editor el martes 13. En cualquier caso Bernhard, que pensaba quedarse varios meses, tuvo que regresar a Austria por un agravamiento de su enfermedad el sábado 30. Murió en su piso de Gmunden el domingo 12 de febrero de 1989.

En España pretendía recuperarse de un ataque al corazón y descansar de su país, donde el 4 de noviembre se había estrenado con escándalo su última obra, Heldenplatz [Plaza de los Héroes]. En ella dice un personaje: “La verdad es que las cosas son hoy realmente / como eran en el treinta y ocho / hay más nazis ahora en Viena / que en el treinta y ocho [...] En Austria tienes que ser católico / o nacionalsocialista / todo lo demás no se tolera / todo lo demás se aniquila”. El canciller Kurt Waldheim, antiguo nazi, calificó Heldenplatz de “grosero insulto al pueblo austriaco”. Al autor lo intentaron agredir al menos dos veces. Un hombre se le abalanzó con un bastón al grito de “¡Habría que matarlo!”, y una anciana quiso pegarle con una muleta. Otros austriacos celebraron la obra, que resultó un éxito.

En el aeropuerto de Málaga –no está claro si al llegar o al marcharse; lo más probable es que al llegar– se encontró con el escritor suizo Max Frisch. A decir de Bernhard, tenía un aspecto horrible, iba mal vestido y fatigado, y cargaba a duras penas un cesto, seguramente de botellas de vino. Bernhard se prestó a ayudarle, sin sospechar lo que pesaba. Se hizo daño, pero lo peor fue que Frisch le preguntara que cuándo iba a estrenarse Heldenplatz. Unseld, que es el que lo refiere en el libro de su correspondencia con Bernhard (ed. Cómplices), concluye: “Una y otra vez volvía sobre Max Frisch y su pregunta de cuándo sería el estreno de Heldenplatz. Así son los autores”. La conversación entre el autor y el editor, que sería la última, tuvo lugar en Salzburgo el 28 de enero, cinco días después de la muerte de Dalí. Bernhard dijo de este que había sido un excéntrico y le preguntó a Unseld si escribiría su necrológica, aunque él, Bernhard, fuese “el más normal de los hombres. Se le acusaba de fomentar los escándalos [...] cuando la verdad era que estaba echado en Gmunden en su casa y ni siquiera podía salir”.

Casi todos los datos (pocos) sobre la estancia de Bernhard en Torremolinos los ofrece Sáenz en su biografía del escritor (ed. Siruela). Viajó con su hermana Susanne Kuhn, se alojó en una habitación amplia con vistas al mar, la 912, del hotel La Barracuda, en La Carihuela, que estaba lleno de ingleses ruidosos. Bernhard quería apartarse pero al mismo tiempo se sentía solo. No lo llamaban su editor ni el director de teatro Claus Peymann. Tenía ganas de hacer declaraciones: habló por teléfono con el propio Sáenz y con la periodista Krista Fleischmann para concertar entrevistas en año nuevo, que no se llegaron a realizar. Según el periodista Lucas Martín, de La Opinión de Málaga, un agente literario esperó varios días en recepción para hablar con él. Lo logró tras repetidos rechazos.

El 24 de diciembre fue a pasar la Navidad con Bernhard una vieja amiga suya: la actriz Marianne Hoppe, de setenta y nueve años. No sabemos si antes o después, hizo la última excursión: a Gibraltar, con su hermana, en el autobús de línea. A la vuelta se pasaron de parada y tuvieron que bajar en plena autopista, en el desangelado camino intermedio entre Torremolinos y Málaga. Se llevó una alegría en el hotel: recibió un paquete de libros con la edición española de Tala, quizá su novela más divertida y demoledora, que en 1984 había producido otro gran escándalo. Pero su estado empeoró de pronto y su hermano y médico Peter Fabjan acudió a recogerlo desde Austria. Bernhard salió por sí mismo, un día antes de fin de año. Apenas se movió ya de su casa de Gmunden hasta su muerte un mes y medio después.

El hotel La Barracuda tiene tres estrellas. En el libro de conversaciones con Krista Fleischmann (ed. Tusquets), Bernhard dice esto del hotel equivalente que entonces, en 1981, ocupaba en Palma de Mallorca: “Este no es un hotel de lujo, creo incluso que solo tiene tres estrellas, pero me produce el efecto de ser el mayor de los lujos”. El jefe de recepción del Barracuda, Francisco Cisneros, le dijo a Sáenz en 1995 que Bernhard “era un hombre tranquilo, serio, con cierta distinción natural. Pálido (aunque sin aspecto de enfermo) y bien vestido. No era exigente”. Y el director de la época, Federico de Lucchi, le dijo en 2009 a Lucas Martín que “no paseaba por la ciudad, se le veía sólo a la hora del almuerzo” y que su trato con los empleados “era correcto, aunque totalmente distante”. Sobre su salud: “Decían que se estaba muriendo y que por eso no quería saber nada de nadie”. Según Sáenz, “la enfermedad mortal de Bernhard fue el llamado morbus boeck o sarcoidosis, de origen desconocido, que le afectó primero el sistema linfático y luego los pulmones, terminando por producirse una insuficiencia cardíaca y respiratoria irreversibles”. Para el doctor Fabjan, hacía diez años que su hermano debería haber muerto y que había sobrevivido por pura fuerza de voluntad. Aunque en su obra abundan los suicidios, los lectores de su pentalogía autobiográfica, donde se narra su resistencia en los sanatorios, sabemos que Bernhard era esencialmente un antisuicida. Su deseo de vivir podría calificarse de feroz.

En “Geografía del frío” (artículo publicado en la revista Clarín), Cristina Sánchez-Andrade analiza la relación de Bernhard con el frío: cómo lo constituye y cómo huye de él hacia el calor. Cita lo que dice el protagonista de Trastorno: “El frío está dentro de mí, de modo que da igual a dónde vaya, el frío entra en mí conmigo. Me congelo de dentro afuera”. En otro texto de Bernhard el frío es el efecto de la lucidez: “Con la claridad aumenta el frío”. Viajó todo lo que pudo a países cálidos: Persia, Egipto, Israel, el Líbano, y después nada más a Italia, España y Portugal. De España le gustaba oír el español sin entenderlo. “Lo que más sentido tiene aquí –le dijo ocho años antes de morir a Krista Fleischmann– es el calor en noviembre, ¿no?, por eso vienen aquí todos esos viejos. Yo también me siento viejísimo. Soy un escritor clásico, viejísimo, y por eso vengo aquí..., a la cálida estufa del Mediterráneo”.

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Publicado en Torremolinos. De pueblo a mito (Litoral, 2017).