26.2.18

El gran momento de Santiago Sierra

El gran momento de Santiago Sierra ha llegado ahora, cuando un poder tontorrón ha picado ante el artista listillo. Le ha costado al hombre. Todavía me mondo con su pantomima de hace unos años.

El poder de entonces no era menos tontorrón que el de ahora, pero estaba más en sintonía con los tiempos, lo que le permitía disimular. Y además tenía franca simpatía por el romanticismo: al fin y al cabo, el romanticismo se había movilizado a su favor con el anuncio aquel de las cejas. Con la mejor de las intenciones le dio a Santiago Sierra el Premio Nacional de Artes Plásticas, exhibiendo su apoyo a las reivindicaciones de este artista reivindicativo. No había caído (más romántico el premiador que el premiado) que con eso le desmontaba al artista su modelo de negocio.

La cosa podría haberse quedado ahí, en un entrañable equívoco. Pero Santiago Sierra no se resignó a pasar por lo que estaba siendo de facto: un artista premiable por el poder. Decidido a mantener su chiringuito, rechazó el premio y le escribió a la ministra una carta risible, de cuya sumisión de apariencia insumisa me ocupé en su día.

Ahora añoramos aquella época en que al artista se le daba su merecido: un premio estatal. Era 2010 y produce escalofríos cómo se ha vuelto todo menos sofisticado. Ahora llegan el rapero con su letrita y el artista con su obrita y, en vez de pasar de ellos o de aplaudirlos como se aplauden los productos culturales, el poder se pone histérico y manda cárcel o censura. Propulsando al rapero y al artista como jamás se hubieran imaginado en lo que de verdad importa: su difusión. Esta vez Santiago Sierra lo ha conseguido.

Lo que cabe seguir admirando es el poder comercial del mundo. Siempre termina triunfando el comercio. Por eso a Escohotado le pone más que cualquier droga últimamente: desde que descubrió su lógica, flipa.

Analizando lo sucedido en Arco desde un punto de vista estrictamente comercial, todo es de una perfección arrolladora. Una obra adocenada, sustentada en una mentira propagandística con el calado de un titular de periódico, ha sido investida como objeto de culto para un sector del público particularmente embrutecido. Entre el que se encontraba un millonario dispuesto a pagar 80.000 euros.

Si la misión de una feria de arte es vender, el presidente de Ifema ha hecho bien su trabajo. A él habría que darle el próximo Premio Nacional de Artes Plásticas.

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En El Español.

21.2.18

Veinte años sin Jünger

Se han cumplido veinte años de la muerte de Ernst Jünger. Murió el 17 de febrero de 1998, cuando le faltaban cuarenta días para alcanzar la edad de ciento tres. Los jüngerianos aún queríamos que hubiese vivido al menos hasta el 2000 y pisase así los tres siglos. Creo que fue W. H. Auden quien dijo que año tras año vamos pasando por el aniversario de nuestra muerte. He repasado los tomos que tengo de Radiaciones a ver qué anotaciones hay de Jünger en ese aniversario suyo.

Son escasas, pero significativas. Justo por esa fecha inicia o concluye sus apartados: el 18 de febrero de 1941 empieza el Primer diario de París; el 17 de febrero de 1943 termina sus Anotaciones del Cáucaso, y dos días después inicia el Segundo diario de París. Las tres únicas anotaciones del 17 de febrero son las de los años 1942, 1943 y 1968.

En la de 1942 es donde se hace esta conocida e importante afirmación: “En lo más hondo el estilo se basa precisamente en la justicia. Solo el hombre justo es capaz también de saber cómo hay que sopesar la palabra, cómo hay que sopesar la frase. Por esta razón a las mejores plumas no se las verá nunca al servicio de una mala causa”.

La de 1943 empieza: “Tras varias semanas de tiempo borrascoso y lluvioso hoy brilla esplendorosamente el sol”. Y termina con aquella emocionante reflexión sobre la conservación de los manuscritos: “Cuando se piensa en lo muy difícil que resulta encontrar un escondite adecuado, causan asombro las cantidades de documentos antiguos que han llegado hasta nosotros a través de las mudanzas de los tiempos”.

Por último, en la anotación de 1968 Jünger refiere un sueño en que es quemado por la Inquisición y anhela que, para presenciar el acontecimiento, se reúna mucha gente, “también fotógrafos y periodistas de revistas sensacionalistas”. Una vez despierto, asiste durante esa jornada a una exposición sobre la Danza de la muerte, y para terminar recuerda un canto de Johann Timotheus Hermes que dice así: “Desde lejos, Señor, / he divisado tu trono...”. En una nota a pie de página, el traductor nos remite a otra anotación anterior, donde Jünger reflexiona sobre este mismo canto y cita algunos más de sus versos: “Desde lejos, Señor, / he divisado tu trono, / y me hubiera gustado / enviar por delante mi corazón, / y me hubiera gustado entregarte a ti, / creador de los espíritus, mi cansada vida”.

Mientras buscaba estos pasajes, me ha estremecido pensar que al autor de diarios le está vedado espigar su obra de ese modo.

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En The Objective.

19.2.18

El centro es una manta corta

Al final el centro va a ser como el fútbol: una manta corta. Aquella frase del futbolista brasileño Tim (“el fútbol es una manta corta”) quería decir, como es sabido, que un equipo no puede cubrir todo el campo a la vez. Si se tapa la cabeza se destapa los pies, y si se tapa los pies se destapa la cabeza.

El centro político español se ha convertido en los últimos años en una extensa cama de la que han huido los dos grandes partidos que pugnaban por ocuparla: el PP y el PSOE. Era tan extensa que los dos nuevos partidos centristas que surgieron encarnaban las dos modulaciones posibles del centro: el centro-izquierda y el centro-derecha; UPyD y Ciudadanos, respectivamente. Tras el suicidio del primero (que sigue existiendo, pero ya sin relevancia) se quedó toda la cama para el segundo. Y me temo que le viene grande.

Los que hablan de Ciudadanos como extrema derecha mienten (y además como bellacos). Es un partido irreprochablemente democrático y sigue estando en el centro, es decir, a la izquierda del PP. El asunto es que, en su disputa con el PP, parece estar desplazándose al borde derechista del centro. Dejando así destapados a sus votantes de centro-izquierda. Y cuánto frío el de estos, pues tampoco les llega la manta del PSOE, que se ha corrido hacia la izquierda en su obsesión con Podemos.

Como he dicho alguna vez, mi idea de Ciudadanos (y de UPyD) era de corrector del bipartidismo: su corrector y no su destructor. No lo he visto nunca como partido de poder, sino como mejorador de los empeoradísimos PP y PSOE. Y el desprecio de estos dos partidos por Ciudadanos (y por UPyD) no era más que el desprecio, o la pereza, por mejorar.

Me doy cuenta ahora de que latía en mí una desconfianza hacia el centro-centro. Lo que yo quería era que el PP y el PSOE se orientaran al centro, desde su derecha y desde su izquierda. El espacio del centro-derecha y el del centro-izquierda debían ocuparlos esos dos partidos. Ellos, por lo demás, sí podían permitirse retirarles la manta a sus votantes más extremos, que no la necesitaban para estar calentitos: tenían la estufa de la ideologización.

El problema de estar de partida en el centro es que desde allí la manta no alcanza a ambos lados. Y cuando Ciudadanos decidió descartar de su ideario la socialdemocracia, quedó sentenciado qué lado iba a quedar descubierto.

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En El Español.

12.2.18

Complejidad de los ochenta

La gran parodia que es Operación Triunfo, con sus pomposidades de autoayuda y sus esforzadas técnicas para emitir gorgoritos, llegó a su culminación cuando la concursante Amaia –que terminaría ganando– cantó “Te recuerdo, Amanda”, de Víctor Jara. ¡La canción protesta por antonomasia en pleno concurso comercial! Y lo que es mejor: cantada con una seriedad... que a Víctor Jara le hubiera encantado.

En mi biografía “Te recuerdo, Amanda” tiene su importancia, porque fue la primera canción seria de la que me despegué con ironía, y ese despegamiento me oxigenó. Fue en tercero de Bup, cuando el profesor de Literatura (el que nos había dado a leer con dieciséis años Ubú Rey, Poeta en Nueva York, Esperando a Godot o La vida exagerada de Martín Romaña) bromeó sobre ella: “¡Es un canto a la docilidad del obrero! ¡Un hi-ho hi-ho silbando a trabajar!”. Me chocó muchísimo, pero pronto le pillé el gusto y yo mismo me puse a soltar cosas parecidas: ¡boutades!

Visto desde hoy, es increíble la cantidad de cosas (mentales) que se podían hacer al mismo tiempo en los ochenta. A mí nunca dejó de dolerme el asesinato de Jara, ni dejé de sentir una repugnancia absoluta por Pinochet, pero a la vez era capaz de bromear con la canción. De igual modo, podía canturrear “Las tetas de mi novia tienen cáncer de mama”, de Siniestro Total, o “Todos los negritos tienen hambre y frío”, de Glutamato Yeyé, y compadecer a una mujer con esa enfermedad o a los etíopes hambrientos.

Y es que se tenía algo que al parecer se ha desvanecido: una noción cabal de lo simbólico. Se sabía muy bien que este era un ámbito superpuesto a la realidad pero que no es la realidad; un ámbito en el que se puede jugar y gamberrear, actividades oxigenadoras justo porque subrayan su carácter de convención. Lo que hacían estas operaciones era liberar a la realidad de esa carga que, cuando se apelmaza, se erige en otra realidad: una realidad falsa que apresa y oprime a la realidad verdadera. (El peligro de este juego posmoderno era que la realidad se disipaba a veces por debajo, por lo que era relativamente fácil caer en el cinismo, es decir, huir de la abrumadora complejidad; pero todo juego tiene su riesgo).

Lo que es asfixiante (¡aplastante!) es el literalismo de hoy, esa “mente literal” de la que ha hablado Daniel Gascón. Hoy que necesitaríamos de la ironía más que nunca, para surfear el aluvión de estímulos, relativizándolos, distanciándonos de ellos, estamos entregados a un histerismo sin fin: cada estímulo nos lo tomamos en serio, lo consideramos digno de una respuesta (en general fiscalizadora), por lo que estamos en un permanente estado de compulsividad.

Y en esto llega Amaia a cantar “Te recuerdo, Amanda”, y toca emocionarse y exhibirlo. Y el que no lo haga es un hater o un troll, cuyo exhibicionismo a la contra es también mecánico... Todo está codificado. Todo es, en el fondo del fondo, aburridísimo. De una simplicidad carcelaria.

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En El Español.

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PD. La parodia de la parodia.

7.2.18

Las tetas de Marisol

Ha cerrado definitivamente Interviú y han vuelto las tetas de Marisol. Al verlas en la portada le he dicho: “¿Qué hace una chica tan limpia como tú en un país tan turbio como este?”. Sí, era limpieza, turbadora limpieza, lo que percibí aquel septiembre de 1976.

Yo tenía diez años. Había ido al quiosco a comprar el Don Miki, como todas las semanas, y allí estaban. La sorpresa fue considerable. Sus películas de niña prodigio solo me habían gustado en la primera infancia, por “Corre, corre, caballito”, pero sentíamos cercana a Marisol no ya por ser malagueña, sino porque su abuela vivía en mi barrio de entonces. A veces corría el rumor de que estaba de visita, pero yo nunca la llegué a ver. Que apareciera allí de pronto, tan bella, con aquel desnudo tan turbador y tan limpio, parecía increíble. Y empleo este adjetivo manoseado a propósito: aquello se salía de la realidad. Pero también se iba imponiendo lo que era verdaderamente: que la realidad daba más juego de lo que nos habíamos creído.

El hecho de que aquel primer desnudo fuese de una mujer que habíamos visto antes vestida, a la que conocíamos incluso desde que era niña, le daba morbo pero sobre todo naturalidad. Y sí, se aceptaba con naturalidad. Había comentarios reprobatorios de algunas mujeres, de las madres; pero eran más bien suaves y con un fondo, me atrevería a decir, de regocijo: insertado en la escalada del “hasta dónde estamos llegando”. Había esa ligera reprobación, pero también curiosidad, asombro.

Visto desde ahora, alcancé a asistir a un momento intermedio en el camino de la liberación de las mujeres españolas. 1975 había sido el Año Internacional de la Mujer, y recuerdo en especial los chistes (por ejemplo, de Pepe da Rosa). Pero aquella guasa de resistencia masculina era a la vez de rendición; o sea, de un comienzo de aceptación.

Cuando yo era niño era todavía raro ver a una mujer fumando o conduciendo. Y las mujeres de la generación de mi abuela (que era de pueblo) llevaban el pelo recogido en un coco. Las que fumaban y conducían y se ponían bikini (o se desataban botones de la blusa para mostrar el canalillo) abrían brecha. Las otras mujeres les decían, entre la censura y la celebración: “Mira qué moderna”. Poco a poco se iba contagiando el júbilo de la libertad. Las pioneras, en verdad, eran admiradas.

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En The Objective.

PD. Un lector perspicaz me ha avisado de que el primer Don Miki apareció en octubre de 1976: ¡justo un mes después! Aquel día de septiembre iría entonces a por el TP o el Pronto, que me mandaban comprar entonces para toda la familia. Un vez que apareció el Don Miki, ya pediría comprarlo para mí, en aquel mismo quiosco. Así va ensamblando sus elementos la memoria...

5.2.18

La gala del 'No al cine'

Ha sido ver en EL ESPAÑOL la foto de Willy Toledo y Alberto San Juan en la gala de los Goya 2003, la del No a la guerra, y que regresase como una bofetada el bochorno de aquella noche. Hace quince años y el bochorno sigue fresquísimo: es un pescado podrido que se mantiene oloroso. El añadido es la mitologización –el falseamiento– de la historia. Parece que a los que hemos vivido ya los años suficientes no nos queda otra que salir de vez en cuando a señalar en plan aguafiestas: “No fue así, no fue así”.

No fue una cuestión de bloques. No fueron los puros angelitos de la izquierda contra los impuros demonios de la derecha. La realidad es más complicada. En mi entorno de izquierda, o al menos de no votantes del PP, la gala resultó patética. Una amiga que detestaba a Aznar dijo sobre el papelón de los actores: “Esos no saben quién paga”. Y se quejó de lo feo y soez que había sido. Yo mismo estaba en contra de la guerra y dos semanas después asistí a la manifestación. Pero daba grima cómo tenía uno que andar frotándose con facciones antidemocráticas (castristas, nacionalistas, proterroristas) cuando mi razón era prioritariamente la democrática. Como dije después: “Estuve en la manifestación haciendo bulto pero también haciendo chistes”.

La gala fue un exabrupto de abusones ideológicos, de niñatos revenidos. Malversaron la causa que decían defender y perjudicaron gravemente la industria en la que trabajaban, que no era solo de ellos. Fue ante todo una gala de No al cine. Echaron a patadas a la mitad de los espectadores posibles. Estos, ciertamente, pasaron a odiarlos. Pero en respuesta al odio anterior de ellos. Me hace mucha gracia esa mentalidad victimista y aprovechona de quejarse solo del odio de los otros, como si este hubiera surgido por generación espontánea y no espoleado por un odio primero, propio, que ahora se escamotea. El truco del que se apresura a pasar por bueno para que el prójimo cargue con toda la maldad.

En cuanto a la rentabilidad de la pegatina, me fijé en Santiago Segura. Se dice que en los días de asfixiante calor hay que mirar dónde se coloca el perro de la casa, porque ese será el lugar más fresco. En cuestiones de beneficio también hay que mirar qué hace Santiago Segura, genio de los negocios. Recuerdo que en la gala no llevó la pegatina. Pero a partir de la gala se la puso y ya no se la quitó durante meses. Y con eso está todo dicho.

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En El Español.