25.7.18

Tratado del esfuerzo puro

Hace dos semanas entré por primera vez en El Escorial y me fui corriendo a la Biblioteca a ver el retrato del Montano bueno, es decir, de Arias Montano, su creador. Un amigo me había avisado de su existencia, pero en la fotito que me mandó no vi el detalle significativo. Junto a la cabeza del sabio hay una pluma y una palabra: "Scribe". Me la tomé a la española, como un imperativo. El día anterior, paseando por el adyacente Jardín de los Frailes, que tiene puerta aparte, encontré y recogí una pluma del suelo, de unos veintitrés centímetros. La puse en Twitter y me dijeron que seguramente sería de cigüeña blanca. Mi pluma era negra, pero negras son las plumas de los extremos de la cigüeña blanca.

Sin duda exagero en mis asociaciones, pero estas no son un trabajo periodístico, sino un trabajo del espíritu. La realidad es la palanca de la imaginación, que tiende puentes. En el viaje de vuelta me puse la conferencia de Juan Pablo Fusi sobre El Escorial, que formará parte de un libro titulado Paisajes prometidos. Fusi se detiene en cuatro momentos: El Escorial como paisaje imperial (Felipe II), como paisaje filosófico (Ortega y Gasset), como paisaje intimista (Azaña) y como paisaje falangista. Este último estropea la progresión, y es lo que hace que El Escorial nos resulte antipático. Aunque la construcción vecina del Valle de los Caídos actuó como desagüe: toda la porquería se fue para allá.

A mí me interesan las palabras que le dedica Ortega, porque convierten El Escorial (aquí mi asociación) nada menos que en el ciclista ético de Duchamp. Fusi cita varios textos de Ortega, el más específico de los cuales es el artículo "Meditación del Escorial", de 1915. Se refiere al Escorial con sintagmas campanudos como "nuestra gran piedra lírica" o "la piedra máxima". Pero lo que me ha evocado al ciclismo es su caracterización como "tratado del esfuerzo puro". Un esfuerzo, así Ortega, así Fusi, "consagrado a un ideal". Además de esfuerzo: querer, voluntad, ansia, ímpetu. Ortega relaciona El Escorial (y España) con el Quijote: "un gran esfuerzo sin propósito cuya consecuencia no puede ser otra que la amargura y la tristeza", y "la vida como naufragio". Ese doble movimiento, en el emblema del Mont Ventoux: ascensión física y desmoronamiento moral. Subir a lo hondo.

Al Escorial fui con la intención de entrar el día en que cumplí veinte años; pero era lunes, día en que cierran los museos: me enteré entonces, a lo grande. Me quedé mirándolo por fuera, con mis propósitos de grandeza achicados. Otras veces he pasado por las carreteras de las inmediaciones y lo he visto al fondo, como paisaje prometido, propiamente. El año pasado estuve con una amiga, una calurosísima tarde de agosto, pero tampoco entramos. Nos quedamos mirando el cisne del estanque y nos asomamos al Jardín, que más allá de los soportales quemaba.

En Madrid sí he pasado mucho por su réplica, el poco aerodinámico Ministerio del Aire, cuyo arquitecto, según dice Fusi, ideó a su vez el edificio negro de la Unión y el Fénix. Jünger estuvo en El Escorial a sus cien años: en 1995 y en julio, que es el mes del Tour. Creo que fue Escohotado el que hizo la crónica. Debían atravesar la gran explanada y le propusieron a Jünger ir bordeando por la sombra. Pero Jünger dijo "¡Soy amigo del sol!" y se lanzó en línea recta.

He recopilado algunas metáforas más sobre El Escorial: “Jardín metafísico” (el de los Frailes), “pedernal gigantesco”, “imagen mental”, “tautología arquitectónica”, “parrilla de granito”, “caverna escolástica” (estas dos últimas de Unamuno), “error grandioso”, “voluntad de piedra” (Cernuda). Me he quedado tocado por El Escorial –por esta parte simbólica, no por la religiosa– y he empezado a pedirme libros sobre El Escorial. Ya tengo el verano resuelto.

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En The Objective.