8.10.18

8-O: una fecha luminosa

Recuerdo que la convocatoria de la manifestación fue antes del discurso del Rey del 3 de octubre y después de la oscura fecha del 1. La sensación que predominaba era esa: de “noche oscura del alma”. Maldije los empujones de la historia, yo que soy un lírico; que unos papafritas como los indepes me marcasen la agenda. Pero a Barcelona había que ir, a acompañar a mis amigos catalanes (antinacionalistas, por supuesto). La sorpresa fue que lo que se esperaba una jornada de resistencia triste, minoritaria, resultó una jornada luminosa, multitudinaria, alegre, de la que nos hemos pasado hablando todo el año, con agradecimiento y felicidad.

El discurso del Rey no prometía el éxito del 8 de octubre, pero sí dio moral. Hacía falta una reparación, verbal aunque fuese. El presidente Rajoy no tuvo a bien darla. Así que la dio –la tuvo que dar– Felipe VI. Un articulista catalán se quejaba hace poco de aquel discurso “sin perdón ni empatía”. Hasta en pleno golpe de Estado se le pide al Rey que esté empático con los sensibles golpistas. Pero el Rey no estuvo esta vez por el merengue e hizo algo inaudito: tratar a “los catalanes” como adultos. Fue el primero en década que se los tomó en serio, y desde esa seriedad solo cabía regañarles. Porque habían sido malos, muy malos. Habían asaltado una democracia con procedimientos fascistas o fascistoides. Y eso no se le hace a una democracia.

Junto con esto último lo grave (¡nunca me cansaré de repetirlo!) es que los nacionalistas catalanes han ido y siguen yendo –antes que contra los españoles– contra sus convecinos catalanes no nacionalistas. La impresión sorprendente en Barcelona sobre los que se manifestaban el 8 de octubre es que se trataba de una mayoría oprimida. La llamada mayoría silenciosa era, en efecto, una mayoría silenciada, que recuperaba el espacio público arrebatado o cedido. En el libro colectivo Anatomía del ‘procés’ (Debate) se hablaba de en qué se sostuvo la “concordia” catalana de la Transición: en que los no nacionalistas hubiesen aceptado que el poder lo detentasen en exclusiva los nacionalistas. Un equilibrio truculento que se han cargado los propios nacionalistas, por abusones. La respuesta ha sido la emergencia de la Cataluña no nacionalista. Rompiéndoles a lo grande el relato del “un sol poble”. El 8 de octubre se vio en Barcelona a los catalanes contra los que pretendían construir los nacionalistas su “nación”.

Fue una fecha de felicidad política que nos ha alumbrado en todo este año de notable infelicidad política.

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En El Español.

3.10.18

La gallina

Creo que fue Forges el que dijo que para relajarse ante un poderoso –por ejemplo, ante el jefe al pedirle un aumento de sueldo (sí, debía de ser Forges)– lo mejor era imaginarlo con una gallina encima de la cabeza. Esa gallina (no imaginada, sino real) es la que veo yo en la cabeza de nuestros autoproclamados republicanos, que tienen la palabra “República” todo el día en la boca al tiempo que demuestran con cada una de sus palabras y cada una de sus acciones que no tienen ni idea de republicanismo. Son de hecho, hoy, los de conducta menos republicana del país.

A los independentistas catalanes (incluida Talegón e incluido Cotarelo) también les veo la gallina, que viene a ser la misma gallina. “Som tossudament republicans”, decía una pancarta este 1 de octubre, eco del “Tossudament alçats” del tuno Lluís Llach, que hizo suyo ERC. "Tossudament" es la manera catalanista de decir "cipotudamente": o sea, que es su manera de ejercer el empecinamiento español del que se ha ocupado Jorge Bustos. Se dicen antiespañoles y yo les veo la gallina de la más obcecada españolidad encima de la cabeza (en el caso de Llach, concretamente, encima del gorrito).

Mucha "República catalana" y no aceptan ni uno solo de los valores del republicanismo político, empezando por el de la separación de poderes. Cuando los independentistas le piden al Gobierno que suelte a los "políticos presos" lo que están mostrando, por encimísima de todo, es que no saben de qué va el republicanismo, en el que la democracia es inseparable de la ley. Insultan, de hecho, al republicanismo con la mera enunciación de esa expresión falsa en un Estado de derecho, "presos políticos". Mientras escribo estas líneas, el Parlament acaba de aprobar la desobediencia al Tribunal Supremo...

Como el Jueves de Chesterton, el hombre que es Torra ejerce al mismo tiempo de jefe de la policía y de jefe de los que se enfrentan a ella, asaltando, por ejemplo, el Parlament. El puesto que le debe a la ley lo utiliza para violarla: la peor corrupción, y a la vista de todos. En España hay que remontarse a Franco para asistir a aberraciones semejantes. Sí, nuestros antifranquistas también llevan en la cabeza la gallina del franquismo.

Los manifestantes independentistas del 1 de octubre iban muy ufanos: muchísimos jóvenes con caras como de querer libertad, como de estar en el camino democrático. Pero yo les veía la gallina en la cabeza. Una gallina doble: en primer lugar, todo esto se lo están haciendo a una democracia; en segundo lugar, se lo están haciendo antes que a nadie a sus convecinos catalanes. Contra eso se movilizan: contra una democracia y contra sus convecinos. Mucha "República" y bla bla bla. Pero yo les veo la gallina.

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En The Objective.

1.10.18

La putrefacción (catalana)

¡Qué memorable ejercicio leer ahora Contra Catalunya de Arcadi Espada! Y digo leer y no releer porque (¡negligencia en mi arcadismo!) no lo había leído en la edición de 1997, sino que acabo de hacerlo en la nueva de Ariel. Sin duda hubiera estado bien leerlo antes, pero este ha sido el mejor momento. Me permite llegar al aniversario del ominoso 1 de octubre ciertamente oxigenado.

La putrefacción de la sociedad catalana por obra de los nacionalistas es el tema del libro, y produce melancolía (y rabia) ver cómo lo que estaba ocurriendo hace veinte años, y desde veinte años antes de la escritura de esta crónica, haya continuado ocurriendo más de veinte años después. Con un grado de putrefacción creciente. El 1 de octubre de 2017 fue el punto culminante: en él se encontraron la borrachera nacionalista en su cota máxima y la torpeza del Estado tratando de contener en un día el fruto de cuatro décadas de dejadez.

El tema de Contra Catalunya es, en realidad, esa dejadez: la putrefacción debida a esa dejadez. La complicidad casi unánime de los que callaron y dejaron hacer a los nacionalistas, cuando no colaboraron abiertamente con ellos. “Ahora, más de veinte años después –escribe Espada en el postfacio de 2018–, una lectura amable puede concluir que este libro fue un presagio y que advertía con más o menos detalle de la catástrofe moral y política que se iba a desencadenar en Cataluña y en el resto de España. No despreciaré ninguna amabilidad. Pero creo que este libro no era anuncio de lo que iba a pasar sino descripción de lo que ya estaba pasando. Una crónica. Un tipo de enfermedad. Pues lo que estaba pasando entonces es lo mismo que sustancialmente está pasando ahora: la distribución sostenida, envolvente y eficaz de un compacto amasijo de mentiras”.

Uno que lo vio desde el principio fue Federico Jiménez Losantos, al que unos terroristas de Terra Lliure le pegaron un tiro en la pierna en 1981. En 1982 escribió Félix de Azúa en El País su artículo antinacionalista “Barcelona es el Titanic”. Es un artículo justamente célebre. Se ha olvidado, sin embargo, la respuesta que le propinó Carlos Barral: excelente síntoma de los mecanismos de defensa del pudridero, y eso por parte de alguien no nacionalista, de izquierdas y tan sofisticado como Barral. Menos sofisticado fue Manuel Vázquez Montalbán en el artículo –este también célebre– en que salió en defensa de Jordi Pujol cuando el caso de Banca Catalana (1984): “De Pujol se podrá pensar que ha sido un mal banquero, que es de la derecha camuflada o que es feo, pero nadie, absolutamente nadie en Cataluña, sea del credo que sea, puede llegar a la más leve sombra de sospecha de que sea un ladrón”.

Espada sitúa en aquel episodio de 1984 el momento crucial de la rendición de la izquierda ante el nacionalismo: “La tarde de Banca Catalana fue la primera vez que los [nacionalistas] los llamaron [a los socialistas] una y otra vez traidores”. La consecuencia fue rápida y desoladora: “Los primeros que confundieron a Pujol con Cataluña fueron los socialistas de Cataluña. Se trató de una gran desgracia para todos”.

Contra Catalunya era (y es) la expresión con que los nacionalistas han tratado siempre de conjurar e impedir la crítica. No es contra ellos, sino “contra Catalunya”. Arcadi Espada se atrevió a transgredir esa barrera hace veinte años, pagándolo, naturalmente, pero también haciéndose un nombre. Y un hombre: en el libro está cómo se hace. Abriéndose paso en el caparazón de silencio.

Y están además el periodismo y Barcelona. Espada detesta las novelas y no diré esta vez que Contra Catalunya sea una novela, por más que haya disfrutado (incluso novelísticamente) con el libro. Sí diré que si un novelista escribiese sobre aquella Barcelona, en su novela tendría que estar la de Contra Catalunya para que resultase veraz, y tendría que recibir en consecuencia, por parte de los putrefactos, esa misma acusación. Que yo sepa, aún no ha sucedido.

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En El Español.