28.11.18

Leonorismo

Queda descartado, con nuestros republicanos realmente existentes, pensar en una república ahora para España. Pero cuánto nos hubiéramos ahorrado con una república. Sandrine Morel dio una clave en La Térmica: a ojos extranjeros, el encanto de los independentistas catalanes está en que enarbolan la “república”, lo que los emparenta con los republicanos de la guerra civil; asimilando por contraposición a nuestra monarquía con el franquismo. Todo aquel asombro internacional con la transición democrática española parece haberse desprendido, como carne endeble, y queda el hueso anterior: la República y Franco. Y a España le toca ser Franco (¡Francoland!) si los independentistas son la República. ¿Cómo deshacer este endiablado engendro? Si hasta muchos españoles –muchos ‘cotarelos’– lo promocionan...

Cansa repetir otra vez que nuestra monarquía parlamentaria representa más los valores republicanos que los independentistas y los ‘cotarelos’, quienes en esencia están más próximos a Franco, en tanto que nacionalistas y antiliberales; o que el discurso del rey fue democráticamente impecable contra (¡sí!) los golpistas. Pero a este cansancio se le une el de la poca ejemplaridad del emérito, que nos recuerda que la monarquía, aunque sea parlamentaria, se la juega con cada heredero, con cada monarca y exmonarca... Entre una cosa y la otra, los republicanos que aceptamos sin problema la monarquía estamos bastante cansados. Bregando con unos y con otros, sin descanso.

Pero hoy he querido echarme, al menos mentalmente. Y pienso en una república ya para España. Una república que fuese no el régimen sectario que pretenden algunos, sino una democracia para todos: como la monarquía que tenemos. Sería bonito, después de todo, dejarlo aquí: con Leonor a las puertas. Una reina rubia incumplida, perfecta ya para siempre; con un reinado sin errores, porque nunca ocurrió. Surgiría entonces, seguramente, un anhelo de felicidad no vivida, de felicidad posible, siempre futura; una posibilidad infinita, jamás manchada por las contingencias de su realización. Tendríamos un leonorismo como los portugueses tienen su sebastianismo.

Sería, sí, la jugada perfecta. Ojalá viniese esa república ya. Por ella misma –por su política concreta, por su prosaísmo civil, racionalista– y por la emanación luminosa del leonorismo, que sería una especie de manto que la protegiera. Las ventajas serían incalculables, tanto en el orden de la realidad como en el de la fantasía, y cada cual tendría donde acogerse (los más esteticistas, jugando a súbditos de la reina imposible). Pero por encimísima de todo, gozaríamos del bendito silencio: el fin (¡por fin!) de la turra de nuestros “republicanos”.

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En The Objective.

26.11.18

Paradojas andaluzas

El hecho de ser un descastado me protege un poco de la política andaluza. Pero solo un poco: también me afecta, como a todo andaluz. Simplemente intento que no me abrase, o que lo haga por la espalda. A las elecciones les temo como a un nublao, porque me quedo sin excusa. No tengo más remedio que ponerme. El lunes pasado me vi por profesionalidad el debate de Canal Sur y mi conclusión fue que la profesionalidad no está pagada. De ahí el mérito impagable de amigos periodistas como Carlos Mármol, Berta González de Vega, Agustín Rivera, Teodoro León Gross, Rafael Porras, Ignacio Martínez o el siempre añorado Félix Bayón, que sacaba oro del erial.

El nivel fue bajísimo, en consonancia con los, así llamados, cuatro líderes: Susana (en los carteles pone eso), Juanma (como gusta de ser llamado), Teresa (¡no voy a discriminarla dando el apellido!) y Joe Rígoli (a este lo llamo directamente por el caricato al que me recuerda). Creí detectar una acentuación del acento andaluz en todos ellos, supongo que para conectar con el electorado no descastado; aunque el resultado los hizo aptos para series nacionales con personaje autonómico. Fue una paradoja que los ataques más duros se escenificasen entre los dos líderes por un lado y las dos lideresas por el otro, cuando sabemos que los pactos poselectorales serán esta vez entre personas del mismo sexo. Ante todo llamaba la atención el tono mortecino de los cuatro, lo poco que creían en sí mismos. En este sentido, fueron honrados.

El resumen de esta campaña es que no hay nada enfrente de Susana, que también es nada. Los partidos no se han tomado en serio a sus electores, y esto es aún más grave en el PP, Ciudadanos y Podemos que en el PSOE, porque en teoría eran los que debían proponer la alternativa. A los casi cuarenta años de gobierno socialista no se les puede oponer la nada, por más que los socialistas sean en estos momentos la nada también. (La presumible entrada de Vox en el parlamento andaluz prolongará la tendencia: los electores que lo voten buscando algo caerán en otra nada, solo que enfática).

Hay una paradoja más, montada sobre otra paradoja: los líderes nacionales de los autonómicos Susana, Juanma y Teresa querrían su fracaso autonómico para quitárselos de encima (al de Joe Rígoli le da igual, como da igual Joe Rígoli); pero al mismo tiempo necesitan su éxito para afianzarse a nivel nacional. Pero la mayor paradoja es que la inanidad de los cuatro candidatos hace inevitable que estas elecciones autonómicas se voten (¡absolutamente!) en clave nacional.

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En El Español.

19.11.18

Rosalía destruye vuestro mundo

Me he subido al carro del rosaliísmo con un desparpajo que no es normal. Ya se había subido antes que yo toda España, y todo el mundo, pero las masas no me estorban. Estoy hechizado con el fenómeno de Rosalía y en ese fenómeno están las masas. Otra cosa es que yo ahora, con la euforia, me ponga el primero. Hay, sí, euforia: y celebración, admiración, asombro. ¡Todo está siendo más bello que la Victoria de Samotracia!

Para esta columna la alegría debe ser en parte política. Cuando un número indecente de sus conciudadanos catalanes se estaban dedicando a lo más bajo, que es el nacionalismo, ella se dedicaba a lo más alto, que es el arte. Los testimonios hablan de su esfuerzo de años, de su entrega; de su trabajo a partir de su talento. Estaba consagrada a su obra, y esta obra –dicen los entendidos– es una genialidad. Yo, que no entiendo, estoy convencido. Me he dejado convencer también con desparpajo.

Es que el asunto da un morbo tremendo. La Cataluña que los nacionalistas pretenden aplastar de pronto florece en una artista apabullante. Una artista que canta en español y que utiliza elementos típicamente españoles (un tipismo que hoy es una provocación): el flamenco, los toros, los nazarenos... Naturalmente, propulsándolos mucho más allá de su cepo identitario, mezclándolos con influencias internacionales y trayéndolo todo a la punta del tiempo. Por este lado también han protestado los otros puristas: los del casticismo flamenco, gitano, andaluz o español.

Puestos a decir estupendidades, diré una que como andaluz puedo permitirme: hay más respeto por Andalucía en un “quiyo” de Rosalía que en la programación completa de Canal Sur en todos los años de su achicharrante historia. (Y que en toda la campaña electoral autonómica que nos espera, con unos primeros días ya difíciles de batir).

Pero la diversión está, como casi siempre últimamente, en el independentismo. No sabe cómo digerir a Rosalía. Uno le afea que no dijera nada de los presos al recoger sus dos Grammys y dice que lo suyo no es “cultura catalana”. Otro, el mismísimo preso Junqueras, la felicita y enlaza una columna en el que se dice que lo suyo sí es “cultura catalana”. La columna es de la escritora y diputada de ERC Jenn Díaz, que –atrapada en las trampas de la fe– defiende aquello contra lo que milita. Un tal Gat Negre no tarda en llamarla al orden: “Català és tot aquell que lluita per la independència de Catalunya, parli com parli”. Pero la pieza más estrambótica es el artículo que considera un triunfo que Rosalía eludiera pronunciarse explícitamente sobre el procés. Como si no les hicieran la vida imposible a los que osan, si es en la mala dirección...

Ella no quiere entrar en polémica y hace bien. No debe enfangarse (para eso ya estamos los columnistas, que nos la apropiamos). Pero lo que Rosalía representa va contra lo que va y no contra lo otro. Su manera de ser catalana, plural, diversa, bilingüe, sin comunión patriótica, compatible con ser española, destruye el mundo nacionalista. Me he acordado por esto del Luis Cernuda de Los placeres prohibidos: “Abajo, estatuas anónimas, / Sombras de sombras, miseria, preceptos de niebla; / Una chispa de aquellos placeres / Brilla en la hora vengativa. / Su fulgor puede destruir vuestro mundo”. También por el puro esplendor de Rosalía.

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En El Español.

18.11.18

Activa mente

Hace cinco años, en junio de 2013, publiqué en Jot Down el artículo "Una oda de Ricardo Reis". (También aquí). En él daba cuenta del descubrimiento que hice de la corrección en un poema de ese heterónimo pessoano: donde siempre se había publicado "altiva mente" resulta que debía ser "activa mente".



Ahora he visto publicada por primera vez la corrección. En el libro Yo soy una antología. 136 autores ficticios (Pre-Textos):



Aparece aquí:



Y aquí una nota sobre las correcciones en las odas de Ricardo Reis:



(19.11.18) Veo que la edición original del libro en portugués, Eu sou uma antologia. 136 autores fictícios (Tinta da China) se publicó en noviembre de 2013. (Y la edición de bolsillo en mayo de 2016).

14.11.18

Viva el señor don Cristóbal

La retirada en Los Ángeles de la estatua de Cristóbal Colón me ha producido un desagrado no patriótico, ciertamente, sino filosófico, existencial. Una náusea. Ha sido otra manifestación de nihilismo, de individuos que no aprecian su existencia. Los ufanos derribaestatuas no estarían ahí sin Colón. Derribaban una de sus condiciones de posibilidad, quedándose colgados en un limbo obsceno, como fantasmas. No solo avanza el nihilismo: también la necedad. Revestida de puritanismo, como viene siendo costumbre.

Una pesadez, una tristeza, lo está aplastando todo. La vida asusta. Y por lo tanto asusta la historia. Las salvajadas que nos han conducido hasta aquí. No soportamos la carga de materia y sangre que arrastramos, la carga puramente carnal, descarnada. Quisiéramos ser ángeles, y rebañamos aquello de donde venimos, arrasándolo. Nosotros somos los genocidas: los genocidas de quienes nos precedieron.

Frente a esta mentalidad torturada, tan peñaza, qué alivio reencontrarse con la alegría de una canción como “Las tres carabelas” de Augusto Algueró, que los tropicalistas convirtieron en pepsicola, o colacola: la chispa misma de la vida. Me despedí de Brasil, pero ya vuelvo (¡la pasión tira!). Pónganse las “Três caravelas” de Caetano Veloso y Gilberto Gil, con los arreglos jocosos del maestro Duprat, y seguimos.



El “navegante atrevido” que “salió de Palos un día” fue “hacia la tierra cubana”. Y dice luego la canción, deliciosa, guasonamente: “Mira tú qué cosas pasan / que algunos años después / en esta tierra cubana / yo encontré a mi querer”. Acontecimiento ante el que no puede sino exclamar: “Viva el señor don Cristóbal, / que viva la patria mía, / vivan las tres carabelas: / la Pinta, la Niña y la Santa María”.

La felicidad personal, el amor (¡el amor fati!), como aceptación (no necesariamente justificación) de la historia; de la propia biografía y de la historia en su totalidad: no cabe mayor muestra de antinihilismo. La afirmación de la vida, como quería Nietzsche, sin rechazar lo desagradable, lo doloroso, lo oscuro. La afirmación de la vida es tan inequívoca, tan incondicional, que lo acoge. No se anda con los melindres de los moralistas.

El tropicalismo era, al fin y al cabo, una deglución: un ejercicio de antropofagia cultural, en la tradición brasileña (la étnica y la vanguardista), que se apropiaba de todo con ánimo dionisíaco. En el añadido en portugués de la canción (además de “viva Cristóvão Colombo / que para nossa alegria / veio com três caravelas...”) dicen: “Muita coisa sucedeu / daquele tempo pra cá: / o Brasil aconteceu. / É o maior que que há?!”. No hay nada más grande, en efecto, que haber llegado a existir. Y para esto era imprescindible todo lo anterior.

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En The Objective.

12.11.18

La frustración del magnicida

En España todo magnicida posible e imposible está condenado a la frustración. Por grandes que sean sus ambiciones el resultado, aunque consiga llevar a cabo lo que pretendía, será inevitablemente pequeño: no un magnicidio sino, inevitablemente, un pequeñicidio. En algunos casos, incluso, un irrisoricidio.

Hemos de aceptarlo con deportividad: a la política española (e incluyo naturalmente –hasta extremos hilarantes– la catalana) el magnicidio le viene grande. No da la talla para una palabra tan estupenda. Al propio Franco, con cuyo magnicidio se soñó tantas veces, le hubiera sobrado por todos lados. Aún me río al recordar el uniformito de Franco que vi en un museo militar: parecía un traje de primera comunión. Hace unos años una amiga mía muy joven, militante del antifranquismo juvenil, se quedó consternada al ver por primera vez un vídeo del dictador y oír su vocecilla. No es que exculpara entonces su dictadura, sino que se sintió empequeñecida por haberle dedicado tanto ardor a un tío tan pequeño. Esperaba encontrarse un ogro y se encontró con la ridiculez del mal.

Pero el que con nuestros políticos solo cupiese el pequeñicidio no quiere decir que se lo merezcan: ningún ser humano merece ser asesinado, por pequeño que sea. Esta precisión hubiese sido innecesaria hace no tanto. En estos tiempos embrutecidos, sin embargo, hay que pagar el peaje, melancólicamente. Se presupone que el chistoso está deseando que se cumplan sus chistes, incluso los negros.

Curiosamente, los que más escandalera han armado con el magnicidio fracasado del presidente Sánchez (fracasado en un grado anterior a su intento) son los que hace una semana mostraban simpatía no ya por Otegi, sino por el Carnicero de Mondragón y el muy hospitalario pueblo proetarra de Alsasua. La sobreactuación histérica ante un asesino falso acaso pretende perfumar el pestazo de los achuchones con asesinos verdaderos. Y demuestra que para algunos el límite no lo marca la ética, ni los derechos humanos, sino solo la ideología.

En cuanto al magnicida en cuestión: era más pequeño aún que el pequeñicidio que le hubiese salido. De francotirador tenía su franquismo, no la puntería. Dice que se envalentonó para ver si ligaba con una de Vox, que fue la que lo denunció a los Mossos. (Hasta para meterla falló el tiro). Sus proclamas, por lo demás, eran de una estupidez considerable. Exactamente igual que las de los terroristas a los que había que escuchar y tomarse en serio. Solo que estos llevaron su estupidez hasta el crimen.

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En El Español.

5.11.18

Nadie se baña dos veces en el mismo Sánchez

La multiplicación de los Sánchez que efectuó el viernes la vicepresidenta Calvo no fue un milagro, ni siquiera un truco de magia, sino una constatación filosófica. Vuelve la filosofía y vuelve fuerte. Recuerdo que a mi profesor de bachillerato le preguntamos que por qué se hablaba del “primer Wittgenstein” y el “segundo Wittgenstein”. Nos respondió que había filósofos tan inteligentes que eran capaces de concebir dos filosofías distintas a lo largo de su vida. El talento de Sánchez le permite concebir dos filosofías, y las que haga falta, sin echar mano de la inteligencia (o al menos sin que la inteligencia resulte imprescindible).

Entre el Sánchez de mayo y el Sánchez de noviembre hay, según Calvo, un socavón ontológico insalvable. Lo que el ser llamado Sánchez dijo en mayo no lo dijo el ser llamado Sánchez de noviembre. Y no lo dijo “nunca”, según la vicepresidenta. El llamarse Sánchez no otorga continuidad.

Lo curioso es que no se puede generalizar el principio. Por ejemplo, llamarse Franco sí la otorga: una continuidad rígida, que trasciende a la muerte. Incluso llamarse Aznar. Y Rajoy. La revolución filosófica de la vicepresidenta Calvo consiste en nada menos que una ontología dualista de carácter ideológico. El Ser es dos seres: el de derechas, único, igual a sí mismo de manera pétrea, permanentemente culpable e irredimible; y el de izquierdas, múltiple y saltarín, fluido como el agua e inocente como los pajarillos.

En la filosofía presocrática estaban Parménides, el del Ser fijo, y Heráclito, el del Ser mudable. En la filosofía de Calvo están los dos juntos, aunque no revueltos: Parménides rige para los de derechas, y Heráclito para los de izquierdas. Aznar está quieto, y por mucho que corra el tiempo jamás dejará de bañarse en Aznar; para él no hay río, sino estanque. Sánchez, en cambio, fluye incesantemente: por eso no se baña dos veces en el mismo Sánchez. Su vida es un disfrutar del Sánchez de cada instante, sin rendir cuentas de los Sánchez anteriores. A quienes le critican, siempre podrá decirles: “¿No le gusta este Sánchez? ¡Tengo más!”. Se beneficia de un verdadero chollo metafísico: su ser es una carnavalada autoexculpatoria por definición.

En nuestra política los Hernando intentaron un juego parecido, pero para hacerlo necesitaron ser dos; y al final no les salió bien. El prodigio de Sánchez es que hay dos Sánchez, y muchos más, en un solo Sánchez. Estamos rodeados. Si le exigimos “váyase, señor Sánchez” y se va, siempre quedará otro Sánchez.

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En El Español.

1.11.18

Lisboa revisitada



"Otra vez vuelvo a verte –Lisboa y Tajo y todo–,
transeúnte inútil de ti y de mí,
extranjero aquí, como en todas partes".
ÁLVARO DE CAMPOS, Lisbon Revisited

Es el marqués de Pombal, servicial como un mayordomo, el que nos hace pasar a la Lisboa bonita. El taxi que sale de la estación de Sete Rios atraviesa una zona impersonal de la ciudad, con grandes edificios de oficinas que podrían estar en cualquier parte. Pero de pronto aparece la estatua de Pombal y ya sí: la avenida da Liberdade, la praça dos Restauradores, el Rossio, la Baixa... Los sitios que reconoce el que vuelve a visitarla.

Llegamos cuando amanecía, aunque con poca luz: estaba nublado y lloviznaba. La praça do Comércio era muchísimo más espaciosa de como la recordaba de mi anterior viaje. El arco de entrada y la estatua central estaban tapados para su restauración: esto fomentaba la grisura ambiente. En medio había parado un tranvía, cuyas luces, como las de las farolas y las ventanas, se reflejaban en el suelo mojado. Avanzamos hacia la orilla, hasta los dos pilares que acaban en bola, cada una con su gaviota perenne. El agua había subido al último escalón. A lo lejos, el puente 25 de Abril –un trazo japonés en la grisura– parecía una pasarela sobre la nada. Al Cristo de la otra ribera lo envolvía la neblina, como en un aleteo pagano. El mesianismo sebastianista dice que el rey volverá en un día de niebla. Será entonces “la Hora”.

Hacia el este del Terreiro do Paço se ven, mirando arriba, las casitas del barrio de Alfama, la catedral y el castillo de São Jorge. Tomamos un café en el embarcadero. Allí, protegidos de la llovizna, hicimos tiempo en un banco, entretenidos con la gente que cada pocos minutos bajaba del ferry, con ajetreo de metro, rumbo a su jornada laboral. Llegó el momento de ir al hotel. Subimos por la rua Augusta hasta la rua da Vitória, que estaba en obras, con la calzada levantada y montones de adoquincitos a los lados. Cuando volvimos a salir, lo hicimos ya con otra actitud. Soltar el equipaje le devuelve a uno la condición de transeúnte sin más, aunque su mirada sea nueva. Ya puede pasear sin lastre, camuflado.

La impresión por la rua Augusta es de dignidad, de elegancia. Predomina un neoclasicismo con gusto que se muestra señorial con los habitantes. Los edificios, con sus buhardillas, le recordaban París a A. Ella vivió allí un año. Paseando más tarde por el Bairro Alto, dijo que el panorama de tejados solo se diferenciaba del parisino en la ausencia de chimeneas.

En las fachadas altas de la Baixa se notaba la corrosión del océano: como el ataque del Atlántico a la ciudad, con afecciones de barco. Lisboa ha sido comparada con un barco; por ejemplo, en Lisboa. Diario de a bordo de José Cardoso Pires (“te me apareces posada sobre el Tajo como una ciudad que navega”). En la librería Bertrand me compré el libro ideal para completar el viaje en casa: la Biografia de Lisboa de Madga Pinheiro, que aún no está en español. Leyendo sobre el terremoto de 1755 caí en que entonces Lisboa experimentó un naufragio, como el de los navegantes portugueses. Fernando Pessoa escribió: “¡Oh mar salado, cuánta de tu sal / son lágrimas de Portugal!”. Al terremoto le siguió un maremoto y los lisboetas que nunca habían navegado vivieron una tempestad también.

Del imperio portugués me seduce la interpretación metafísica de Pessoa en Mensaje. Como si la conquista no fuera de otras tierras, sino del océano infinito: “Que el mar con fin será griego o romano: / el mar sin fin es portugués”. La vía del navegante es ascética, mística; su navegación es una prueba: “¿Valió la pena? Todo vale la pena / si el alma no es pequeña. / Quien quiere traspasar el Bojador / ha de traspasar el dolor”. Y al final: “Deus ao mar o perigo e o abismo deu, / Mas nele é que espelhou o céu”. Dios le dio al mar el peligro y el abismo, pero fue en él donde reflejó el cielo.

Como si obedeciera justo a esa pauta, el naufragio de la ciudad que constituyó el terremoto tuvo implicaciones filosóficas. Kant se ocupó de él. Y Voltaire, que le dedicó un poema y lo sacó en el Cándido como demostración de que no estamos en el mejor de los mundos posibles. Según escribió Adorno: “El terremoto de Lisboa fue suficiente para curar a Voltaire de la teodicea de Leibniz”. A la larga, la catástrofe produjo una reacción racionalista, ilustrada, con las reformas del marqués de Pombal. Pero los horrores de la destrucción y el fuego, y la iconografía tétrica de las ruinas, supusieron un impulso prerromántico que se extendió a toda Europa.

Como cuenta el arquitecto Juan José Vázquez Avellaneda en Lisboa. La ciudad de Fernando Pessoa, el terremoto se sintió en muchos lugares de fuera de Portugal, entre ellos Sevilla. Las vibraciones hicieron sonar las campanas de la Giralda y, según se consignó en su momento, hubo varios derrumbes en la ciudad que mataron a seis personas. En Lisboa los muertos fueron como mínimo quince mil (algunas cuentas dan más del doble). El epicentro estuvo en el Atlántico, casi a medio camino entre Lisboa y la africana Alcazarquivir, donde tuvo lugar el anterior gran desastre portugués: la batalla de 1578 donde desapareció el rey don Sebastián, con nuestro Francisco de Aldana, militar y poeta.

En Biografia de Lisboa se narra así: “La flota partió para Marruecos con el objetivo de tomar Larache. La ciudad de Lisboa quedó a la espera, pues el viaje no era muy largo. La noticia de la derrota total de don Sebastián en la batalla de Alcazarquivir, el 4 de agosto de 1578, no llegó a Lisboa hasta el 12. Menos de cien portugueses habían logrado llegar a Arzila. Se hablaba también de la muerte del rey. [...] Lisboa estaba inquieta. [...] Los hombres parecían aturdidos y las mujeres lloraban. Habían perdido al rey, a sus maridos, a sus hijos y a sus parientes, además de los bienes que todos ellos se habían llevado a la expedición. En Lisboa no había casi nadie sin algún vínculo con la empresa. [...] Las pérdidas afectaban a las distintas clases sociales. Los comerciantes habían prestado dinero al rey y a los nobles para el equipamiento. Los soldados más pobres habían partido para ganar dinero. Las mujeres de la nobleza lloraban en sus palacios y las otras en las calles. Los nobles recriminaban al rey o a los que le habían dejado partir”. De esta angustia nació el anhelo de que el rey volviera.

En 2008 viví unos meses en Arzila (Asilah), que está cerca de Alcazarquivir. Don Sebastián y sus tropas habían desembarcado en Tánger, pero el capitán Aldana y los soldados castellanos que iban a unirse al rey portugués desembarcaron en Asilah. Los taxis de Marruecos son viejos mercedes de color crema: en ellos se va de Tánger a Asilah, en ellos se puede viajar a Alcazarquivir. En Lisboa hay bastantes. Cada vez que cruzaba uno pensaba que eran avisos, recordatorios de la gran derrota, que solo yo, como una especie de visionario del pasado, percibía.

Por el elevador de Santa Justa subimos al convento do Carmo, a sus ruinas que no se reconstruyeron tras el terremoto. Desde allí arriba, y luego desde el mirador de São Pedro de Alcântara, contemplamos la ciudad. Hermosa, no blanca sino rojiza, colorida. Como desde los demás miradores a que nos asomamos en los días siguientes: el de Santa Luzia, el de Graça (que ahora tiene el nombre de la poeta Sophia de Mello Breyner Andresen), los del propio castillo de São Jorge, el de Santa Catarina... Este estaba en obras, como si el monstruo Adamastor que allí tiene su estatua se hubiese propagado por el suelo.

En el centro del jardín del Príncipe Real hay un ciprés enorme; no por su altura sino por su copa: veintitrés metros de diámetro. No lo había visto en mi primer viaje, pero me lo recomendó mi amigo Josepepe. Su primer nombre fue jardín de Río de Janeiro; aunque con el cambio no perdió la conexión brasileñista: Príncipe Real se llamaba el barco en que la familia real portuguesa se trasladó a Brasil en 1807, con la invasión napoleónica. En esa explanada se instalaron barracas en la época posterior al terremoto: muchos lisboetas, incluidos los reyes, le tomaron miedo a dormir en edificios sólidos. Y en el siglo XX llegó a haber una biblioteca al pie del ciprés, bajo la techumbre de sus ramas.

Además de la inexcusable Bertrand y de la Fnac, en el Chiado, otras librerías recomendables son Letra Livre (calçada do Combro, 139), Centro Cultural Brasileiro (largo Dr. António de Sousa Macedo, 5) y Fabula Urbis (rua Augusto Rosa, 27). Entramos en otra de viejo de la que no recuerdo el nombre, cerca del cementerio dos Prazeres. Por allí había una parcela de restos geológicos con este cartel: “Esto era mar hace veinte millones de años”.

Un buen sitio para comer es la Casa da Índia (rua do Loreto, 49-51), donde lo mejor es el arroz con marisco acompañado por vinho verde. Abajo, cerca del río, hay un bar delicioso para picar: Sol e Pesca (rua Nova do Carvalho, 44), decorado con cientos de latas de conserva de todo tipo, que son lo que se consume. Cerca, subiendo por la rua do Alecrim, por la que Saramago hacía pasar a Ricardo Reis, hay (en el número 19) un local perfecto para tomar una copa: la Pensão Amor, un antiguo burdel cuyo nombre se invita a leer ahora alternativamente como “Pensa o Amor” [Piensa el Amor]. Es confortable y esteticista como el legendario Pavilhão Chinês del Bairro Alto (rua Dom Pedro V, 89). Por el camino, por las ruas Diário de Notícias y Atalaia, y las circundantes, hay montones de tascas rebosantes de erasmus. En una de ellas se anunciaba el “copo da crise” [vaso de la crisis]: medio litro de cerveza por 1,25 €. Para tomar un chupito por la tarde hay que ir a A Ginjinha (largo São Domingos, 8), donde sirven licor de cerezas, o de guindas, ginjas. Y para desayunar o merendar, A Suiça (praça Dom Pedro IV, 96-104).

Pero Lisboa sobre todo es caminar, subir y bajar cuestas y escaleras, pisar el empedrado, con pasos casi trotes. “Ser lisboeta es un deporte”, dijo A. O traquetearse en el tranvía. Aunque el lisboeta es un deportista sin aspavientos, o un antideportista en realidad. Es un filósofo. Me llamó la atención la cantidad de conversaciones reflexivas que cazaba, cuando pegaba el oído. Como si los portugueses fuesen franceses amables; personajes de película francesa que reflexionan sobre la vida.

Hay un manual para que el turista que lo desee se convierta en un personaje de Pessoa, bajo sus órdenes: Lisboa: lo que el turista debe ver, la guía que Pessoa escribió. Cualquiera puede colocarse bajo el imperativo pessoano y seguir el itinerario que se marca en el libro. Los desencajes de aquella Lisboa con respecto a la actual pueden considerarse recursos literarios. Hay un momento particularmente hermoso: “Nuestro automóvil cruza de nuevo el Rossio, sube por la rua do Carmo, por la rua Garrett (más conocida como Chiado) y, volviendo hacia la rua Ivens...”. Pessoa ha narrado nuestro paso por delante de A Brasileira y no ha visto su estatua. La ha eludido limpiamente, en un ejercicio (tan suyo) de despersonalización.

Si me tuviera que quedar con un momento de esos días, quizá fuese el del anochecer del primero. Estábamos en el Cais do Sodré, mirando desde el muelle cómo el sol se ponía (había salido finalmente el sol) más allá del puente, por la abertura de Belém hacia el Atlántico. Yo llevaba el librito de Mensagem que me había comprado en mi primer viaje a Lisboa y le traduje a A. el poema “Prece” [Oración], del que hay una versión musical de Gilberto Gil que me gusta mucho. Dice la segunda estrofa: “Pero la llama, que la vida creó en nosotros, / si aún hay vida, aún no se ha extinguido. / El frío muerto en cenizas la ocultó: / la mano del viento puede aún erguirla”. Y los dos últimos versos: “Y otra vez conquistemos la Distancia; / la del mar u otra, ¡pero que sea nuestra!”. En un momento dado, empezamos a oír a nuestras espaldas un sonido de maderas y como de resoplidos; parecía alguna máquina del puerto que se había puesto a funcionar. Cuando nos dimos la vuelta, vimos que eran unos remeros entrenando en un aparato colocado en el suelo. Lisboa, de nuevo, como barco.

Durante los días posteriores al viaje sentí un dolor en las rodillas, no del todo desagradable: era un dolorcito vigoroso, una especie de agujetas en los huesos de tanto andar por los empedrados. Como estaba además la sensación de que Lisboa me iba creciendo por dentro tras haberla dejado, pensé que se trataba de un “estirón espiritual”. Las rodillas se abrían para elevarme a una condición mejor: la de lisboeta.

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Publicado en Jot Down Smart/El País núm. 3, diciembre 2015.
Y en la web de Jot Down (2018).

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PS. Mis fotos de Lisboa (2013): aquí, aquí y aquí.