2.12.19

Cercas, novelista maldito

Tuve una mala reacción, instintiva, antigua, al oír el agradecimiento del Rey a Javier Cercas en la entrega del premio Cerecedo. La figura del escritor áulico está históricamente desprestigiada, en general con razón; sobre todo para nuestra sensibilidad moderna, de querencia (¡todavía!) vanguardista. El modelo apreciado es el del escritor contra el poder, o al menos no rendido al poder. Cercas viene de ganar el Planeta (que se percibe como rendición comercial) y verlo acariciado, con un añadido personal incluso, por Felipe VI me provocó ese rechazo automático.

Pero en España conviene desactivar lo automático, porque si no estamos fritos. Nuestro país es tan raro (cada día lo es más) que el discurso institucionalista del jefe del Estado suena a underground, y basta que bendiga a un escritor para arrojarlo al malditismo. En los últimos años nada hay más vitriólico, nada más en contra de lo establecido en nuestra cotidianidad política, que el discurso de Navidad del Rey. Este programa sería el equivalente exacto de La Edad del Oro de los ochenta, en que Genesis P-Orrigde podía estar fumándose un porro y con una botella de whisky en la mano mientras su niño pequeño correteaba por el plató.

En este sentido, las palabras del Rey son dinamita. Dice de Cercas: “huye de la equidistancia entre Estado de derecho y quienes pretenden destruirlo [...] es ajeno a extremismos, sin disculparse por alentar la conciencia cívica y moral”. Y le da las gracias por su “firme defensa de la legalidad democrática y de la libertad” y por su “firme y lúcida defensa de los principios y los valores que representa y simboliza nuestra Constitución”. ¡Un escándalo!

Le agradeció en especial el artículo del 13 de enero de este año en que Cercas respondía a otro anterior de Pablo Iglesias que cuestionaba la monarquía con los acostumbrados argumentos demagógicos y aproximadamente guerracivilistas. Cercas se declara no monárquico, pero acepta la monarquía con convincentes razones históricas y políticas. Como yo mismo y como la izquierda que hizo la Transición. Algo que hoy suena subversivo.

Es pavoroso, pero en España ha desaparecido el voto constitucionalista puro. Al votante del PSOE se le obliga a transigir con Podemos, ERC y hasta Bildu. Al del PP y al de Ciudadanos, con Vox. Yo, por ejemplo, socialdemócrata con simpatías liberales (tal vez eso que ahora llaman “socioliberal”), detestador del sectarismo y esmerado constitucionalista, he sido expulsado del sistema electoral español. Tuve que abstenerme en las pasadas elecciones por una razón simple: no tenía ningún partido al que votar. Mi discurso es casi el discurso de la Corona. Y eso me ha llevado políticamente a la exclusión.

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En El Español.

28.11.19

Mis paraísos artificiales

Me he enterado, con su muerte, de que el creador del pastelillo Pantera Rosa se llamaba desagradablemente Pujol; aunque este, a diferencia del otro y su estirpe, se contaba entre los benefactores. Su obra ha sido como las de la cultura popular: ha rodado anónima, dando alegría, proporcionando placer, otorgando sentido. Y ahora que desaparece físicamente el autor, aparece su nombre: Josep Pujol. Bendito seas.

Hace unos años volví a consumir los pastelillos de mi infancia y fui consciente, ya con el paladar experimentado, del prodigio. Sobre todo el de la Pantera Rosa: ¡qué artificialidad absoluta! ¡Pura invención humana! ¡Un sabor arrancado de la nada literalmente! Estaba entonces pujante la Generación Nocilla –unos literatos adscritos a esa pringue marrón, así fueron sus obras– y caí en que era la Pantera Rosa la que cumplía sus premisas mutantes o afterpops; pero no tuvieron el coraje de llamarse Generación Pantera Rosa. Un vanguardismo achicado.

Vanguardista era la chavalería del baby boom, atiborrada de gloriosa bollería industrial y que esgrimía piezas que prefiguraban El Bulli y que podrían estar en cualquier museo de arte contemporáneo: ¡además de la Pantera Rosa, el Bony, el Tigretón, el Megatón, el Bimbollo, el Bollycao, los Donuts, los Bucaneros, los Tronkitos, los Phoskitos (regalos y pastelitos)! Esos fueron mis paraísos artificiales, tan artificiales (¡sofisticadamente artificiales!) como paradisíacos. Aquellos arrobamientos en el recreo, de aislamiento y viaje interior con las dulzuras demoradas y al mismo tiempo fugaces, chutazos de azúcar ultraprocesada, éxtasis multicolor, navegaciones cerebrales que postulaban un alma, nuestra astronáutica alma infantil.

Decía Borges que todos los viajes son espaciales, y de igual manera todos los sabores son químicos. Pero qué maravillosa la química exenta, como acentuada, de aquellos festines pasteleros que dejaban un rastro de dedos manchados y envoltorios, los plastiquitos crujientes como capas de crisálida. Y junto con los pastelillos, las golosinas y demás manjares de kiosco: el chupachups Kojak, los chicles Kosmos y Bazooka, el Palote, el Drácula, el Lolipop, los Fresquitos, los poloflanes (¡esculturas de hielo, de paleta botticelliana!), y en la cúspide los Peta Zetas y los Gusanitos (¡imprescindible la aportación del glutamato!).

Somos así Prousts estrafalarios, que en vez de la elegante magdalena tenemos todo ese arsenal chillón, puede que poco presentable. Pero de ahí venimos y ahí llegamos cuando nos ponemos a recordar. La Pantera Rosa, que nunca estuvo en la vida hasta que nosotros aparecimos en ella, es nuestro emblema de la vida: un milagro extraterrestre.

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En The Objective.

25.11.19

La corrupción de la corrupción

Estos días hemos asistido en directo a una corrupción quizá más grave que la corrupción: la corrupción que consiste en utilizar políticamente la corrupción. Que es, entre otros factores, lo que fomenta la corrupción o al menos impide que se la persiga o que tenga consecuencias sociales, electorales. De pronto, el conglomerado político-mediático que vociferaba denodadamente contra la corrupción, porque era la ajena, ha pasado de puntillas sobre la propia. Con una coreografía de ejecución admirable.

En estos casos de semáforo ideológico de la indignación, que regula la respuesta no según los delitos sino el partido de quienes los cometen, se aprecia un entrañable efecto de economía psicológica. Un ejemplo: las famosas 169 portadas que –como ha analizado Arcadi Espada– El País dedicó a Francisco Camps, del PP valenciano, absorbían las que ese periódico no iba a dedicar a los ERE del PSOE andaluz. La indignación por los cuatro trajes era tan exagerada porque la engordaba el futuro semisilencio por los 679 millones de los ERE.

Tales son los sórdidos juegos del sectarismo, corruptores de nuestra vida pública. Digamos que hay una indignación global que no se reparte equitativamente, sino que toda se les aplica a los ajenos y ninguna a los propios. Todo es acusación, nada autocrítica. De este modo solo hay censura histérica sin mejora. Lo devastador es la ética que subyace: una ética (o antiética) que juzga no por los hechos sino por lo que se es. El virtuoso lo es por definición, haga lo que haga. Y el culpable también. Lo más barato del asunto es que el juicio ni siquiera lo determina lo que se es personalmente, sino ideológicamente. Estamos en un mundo de buenos y malos ideológicos. Ambos porque sí.

La consecuencia inmediata es, por supuesto, la apetitosa posibilidad de corrupción de quienes estén situados en el lugar adecuado en cada caso. Recuerdo un debate de hace años entre mi amiga Dolores González Pastor, diputada entonces en la Asamblea de Madrid por Ciudadanos, y un joven de Podemos. Ella, que presidía la comisión anticorrupción, hablaba de los controles que había que extremar para luchar contra la corrupción, porque todos podían incurrir en ella. A lo que respondió escandalizado el de Podemos: no todos los políticos son iguales y no a todos se les puede medir por el mismo rasero...

Estaba pensando, por supuesto, en los suyos, virtuosos por definición. Los situados ideológicamente en el lugar adecuado y que tendrán toda la cobertura político-mediática para corromperse. Y para ser excusados si los pillan.

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En El Español.

18.11.19

La incipiente pancita

Ciudadanos es solo el segundo partido que ha muerto después de las pasadas elecciones. El primero es el PSOE. La devastación de Ciudadanos, además, tiene arreglo: podría resucitar. La del PSOE no. Es un partido muerto, pese a las apariencias, pese a haber sido el más votado, pese a que vaya a gobernar. O precisamente porque va a gobernar.

Durante la campaña, una de las opciones que me parecía deseable era la de una mayoría absoluta del PSOE. Eso y rezar: para que el PSOE la aplicara bien. He cambiado de opinión: un PSOE con mayoría absoluta hubiese sido catastrófico. Un partido que no sabe lo que es, un partido acomplejado porque no se ve lo suficientemente de izquierdas, que sostiene a un líder, Pedro Sánchez, que es un tiovivo andante, con un discurso que da vueltas por todas las ideas e inclinaciones posibles, ninguna suya porque lo suyo es el girar. (Si Rivera era una veleta, Sánchez es una veleta loca.)

Por fortuna, Sánchez no podrá gobernar solo. Y eso está bien, porque cualquiera con el que se alíe (insisto: cualquiera) tiene el principio de realidad más asentado que él. Hasta Rufián y Otegi, que serían respectivamente Churchill y Adenauer a su lado. No digamos Aitor Esteban, Revilla o el de Teruel Existe: auténticos guardianes de la realidad regional y provincial. El sólido terruño frente al vaporoso no sé qué.

Todo hemos de fiarlo ahora a Pablo Iglesias, el verdadero ganador de las elecciones. El aclamado en Ferraz (“¡con Iglesias sí!”) por la militancia que ha socavado al PSOE. Esa militancia sin sentido de Estado, identitaria de una “izquierda” y de un “progresismo” nominales, cuya gran preocupación es que nadie la llame “facha”. Para poder llamárselo a los demás.

Pero hay que confiar en Podemos, que con la liquidación del PSOE será el nuevo partido socialdemócrata. Y hay que confiar en Iglesias. Tiene un chalet, tiene tres hijos (no me extrañaría que él e Irene Montero hubiesen encargado el cuarto tras el pacto con Sánchez) y tiene una incipiente pancita que ofrece todas las garantías al Ibex 35, la UE y hasta el FMI.

En el gobierno bicéfalo PSOE-Podemos habrá una cabeza de la que no cabe esperar nada (la de Sánchez) y una prometedora cabeza (la de Iglesias) que es muy bueno que vaya conociendo los entresijos del Estado, su día a día, sus posibilidades y sus límites para gobernarlo con sensatez en el futuro. Su juventud atolondrada quedará atrás. Será el nuevo Felipe González. Y una mañana la pancita (panza para entonces) reclamará su complemento y le será concedido: la eliminación de la coleta.

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En El Español.

13.11.19

Elogio del votante asesino

No deja de haber grandeza en los partidos nuevos, que nacieron de una insatisfacción, de una disconformidad con el sistema de partidos vigente, y que andan en la cuerda floja, haciendo equilibrios entre la existencia difícil y la inexistencia de la que proceden. A esos partidos sus votantes no les perdonan ni una. Si los votaron porque expresaban esa disconformidad y esa insatisfacción, es que eran votantes sensibles a ambas afecciones: afecciones que resurgirán frente a esos partidos a poco que los decepcionen.

Hay adolescencia en la postura, idealismo, esteticismo incluso. Sin duda, un insidioso afán de pureza que es incompatible con la suciedad de la política práctica. Yo, que estaría en este sector, reconozco perfectamente sus límites, sus fallos y hasta sus trampas. Reconozco también sus eventuales efectos negativos: no precisamente en la dirección de la pureza. Pero enfrente está el otro votante, el inamovible, el pancista, el satisfecho hasta la náusea con ‘su’ partido, al que votará haga lo que haga, por fatal que lo haga, porque votarlo no es una elección política sino un rasgo de identidad. La abominación hacia ese votante me mantiene en mi inestable lugar, pese a las dudas. (Dudas entre las cuales está, por supuesto, el reconocimiento de las ventajas de la estabilización, que les permite a los partidos tener un ‘suelo’.)

Puede que el más recomendable sea el famoso ‘swinger voter’ de los politólogos, que hace que la cosa se mueva: la oscilación al menos del bipartidismo, que sin el ‘swing’ de ese votante no tendría compás. En la franja de indecisos se cuece el avance; o el retroceso. En ellos se da el compromiso entre la crítica (o el no apego) y la acción, puesto que al final se deciden. Prestan su complemento ocasional a los votantes fijos, y la combinación es fecunda. Así se engendran gobiernos.

Volviendo a los votantes del principio, tras los que se me van los ojitos, aun sabiendo que están condenados a una cierta esterilidad, que se extendería en la medida en que se extendiesen, considero que también resultan benéficos, del modo en que el arte resulta benéfico: simbólicamente. No está mal que haya un núcleo de votantes que no transijan con los errores, para ‘recordarles’ a los otros que existe la ética de los principios, aunque la deseable sea la de la responsabilidad. Votantes maximalistas del “¡César o nada!”, o del “¡Faisán o hambre!”, que acaben en la nada y en el hambre: las de ellos y las del partido que al final liquidan. Así ha vuelto a ocurrir en las elecciones del domingo.

Lo que no se puede discutir es el buen gusto del votante asesino. Se ha cargado a Ciudadanos, antes se cargó a UPyD. Se carga a los mejores.

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En The Objective.

11.11.19

La exhumación de Vox

El tuitero que firma como Dios dejó un tuit divino en la noche electoral: “Pedro Sánchez ha exhumado a Vox”. Este ha sido, en efecto, su mayor triunfo con la repetición de las elecciones, su único triunfo: el resto ha sido fracaso. Incluso su victoria, con menos diputados de los que obtuvo en abril. Debe de ser terrible para un ego como el de Sánchez saber que tiene un techo, y que ese techo baja. Las aclamaciones con las que soñó no van a producirse nunca. Solo se produjeron dentro de su partido cuando lo eligieron. Y quizá de ahí le venga todo: incapaz de salir del partidismo, atrapado en esa cerrazón. Como la militancia que le aupó y que determina la política del PSOE, no muy dada a convencer a los no militantes.

Esa militancia fue la que gritó aquella noche de abril “Con Rivera no”, la frase más perniciosa de los últimos años (con la de las “155 monedas de plata” de Gabriel Rufián). Aquella frase abortó, o contribuyó a abortar, el oro electoral que había en los resultados de entonces: el de la mayoría absoluta que sumaban el PSOE y Ciudadanos para formar el único gobierno verdaderamente progresista que era posible; las otras posibilidades, digan lo que digan, eran reaccionarias (en la línea de la “izquierda reaccionaria” de la que habla Félix Ovejero). Pero ni la militancia del PSOE ni Sánchez quisieron.

Ni Albert Rivera tampoco. Este siguió obcecado con su idea de desbancar al PP, cuando ya era quimérico. Hoy ha sido Ciudadanos el desbancado por el PP, por Vox, por Podemos y hasta por ERC, en un descalabro solo comparable al de UCD en 1982. Solo Íñigo Errejón ha sido incapaz de desbancar a Rivera, y solo por eso debería ponerle a Más País un nombre nuevo: Menos Errejón. Volviendo al PSOE: algún día tendrá que plantearse, si quiere volver a ser el partido amplio que fue, por qué muchos votantes de Ciudadanos hemos decidido irnos a la abstención en vez de votar al PSOE.

Todo es peor ahora que tras las elecciones de abril. Y los próximos meses serán peores que los que hemos pasado. Los españoles han votado mal, rematadamente mal. La consecuencia es un parlamento áspero, bronco, guerracivilista, que parece haber seguido la lógica nefasta de que, si había extrema izquierda, ¿por qué no iba a haber extrema derecha? A los nacionalistas y a los populistas se les suma ahora los nacionalpopulistas de Vox, que son el único éxito objetivo que han obtenido los otros desde que nacieron. Al fin tienen un rival a su altura (a su bajura); un rival comprensible, con el que enfangarse. La pelea ya está en el mismo plano: el de los gritos, las soflamas, la rigidez energúmena, los escupitajos, el aporrearse con las banderas. Un perezón tremendo, que ojalá se quedara en perezón: además nos irritará, nos desgarrará, nos destruirá.

El PSOE, el PP y lo que queda de Ciudadanos deberían aliarse de una vez para combatirlo, o para pararlo. En compensación al menos por la inmensa responsabilidad que han tenido en este desastre.

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En El Español.

4.11.19

Condenas formales

Ahora que los CDR han puesto de moda a Fraga con lo de "la calle es nuestra" (huyendo del franquismo han caído en la frase más franquista del repertorio), he de decir que yo, al igual que Fraga, tengo el Estado en mi cabeza. Solo que como está: hecho unos zorros. Así, aunque vaya pensando en mis asuntos y disfrutando de lo que veo (generalmente el mar), tengo un runrún incordiando y es el Estado, y también el estado de las cosas.

A veces, de ese alquitrán en la hormigonera emanan configuraciones mentales que quizá ayuden a la comprensión. Son como descubrimientos discretos, que iluminan un poco. El último ha sido el de que los dos problemas más urgentes que tiene hoy el país –el de las broncas de los independentistas y el del bloqueo provocado por los partidos nuevos– responden a un mismo esquema: ambos son la consecuencia de la forma que debían adoptar para existir; digamos que, por una pura cuestión formal, estaban condenados a causar los estropicios que están causando.

Los independentistas porque nacieron contra una democracia, contra un Estado de derecho. El que sostengan que España no es una democracia ni un Estado de derecho no es más que el síntoma que los delata: justo porque saben que lo es, y que a una democracia no se le puede hacer lo que ellos le están haciendo, tienen que sostener que no lo es. Como la premisa es falsa, de ella solo podían seguirse las aberraciones a las que estamos asistiendo: esta espiral de inanidad y ridículo (y violencia soterrada o explícita) a la que estaban formalmente condenados.

De manera semejante, los partidos nuevos están formalmente condenados a entorpecer la unión porque nacieron de la desunión. Antes el PSOE y el PP agrupaban diversas sensibilidades y tendencias. Y sus votantes se guardaban sus particularidades en aras de la fuerza común. Era en parte obligado, por la falta de una oferta variada, pero eso no dejaba de resultar educativo: el votante aprendía que había que prescindir de algunos caprichos para que "su" partido gobernase. La mayor oferta actual le permite, por el contrario, priorizar tales caprichos; es decir, enroscarse en el famoso narcisismo de las pequeñas diferencias. Con la consecuencia de no alcanzar el poder: por el debilitamiento de los dos viejos partidos y por la dificultad de llegar a acuerdos (por aquellas mismas razones) de los nuevos.

La solución no sé cuál sería. Que unos y otros remontaran tal vez las razones que les llevaron a nacer. Yo me limito a ejercer de entomólogo. Un entomólogo del alquitrán.

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En El Español.

30.10.19

Lecturas perfectas

De vez en cuando, súbitamente, uno se reconcilia con la lectura. Este verbo es deliberado, porque aunque uno está todo el día leyendo y lo que más le gusta es leer, la ‘instalación’ en la lectura es monótona en general, agradablemente monótona: es la cotidianeidad que escogimos, pero como toda cotidianeidad está hecha de días grises. Leemos a veces a rastras, con cierta aspereza. Leemos a veces contra lo que leemos, detectando sus carencias, sin terminar de disfrutar. Por eso, cuando de pronto aparece la lectura perfecta entendemos por qué leíamos: lo recordamos. Yo he tenido la suerte de empalmar dos lecturas perfectas estos días: los Diarios completos de Iñaki Uriarte (Pepitas de Calabaza) y El idioma materno de Fabio Morábito (Sexto Piso).

De ambas podría decirse lo que le dije a Uriarte de sus diarios cuando salió el primero para explicarle su aceptación, que a él (coquetamente) le extrañaba: a quienes les guste la lectura no les puede no gustar. Con los dos libros reaparece el placer de leer, esa felicidad específica que solo se manifiesta con la lectura. Con los libros de Uriarte y Morábito entendemos quién es el “lector hedónico” de Borges: nosotros, cuando los leemos (a Borges también).

Con este tomo ‘Diarios’ que reúne los tres publicados anteriormente, más un epílogo de unas cincuenta páginas tan buenas como las otras, Uriarte consigue lo que deseó difusamente cuando vio La tentación del fracaso de Julio Ramón Ribeyro: tener un tomo diarístico así, no más. Pertenece a esa envidiable estirpe de autores cuyas obras completas caben en un solo volumen, el primero de los cuales es su admirado Montaigne. Mi lectura de estos Diarios ha empezado por las páginas nuevas del epílogo, y nada más leer las primeras frases tuve la sensación de entrar en un salón conocido, confortable, con la luz ideal, en la compañía adecuada. Las páginas de Uriarte transmiten esa serenidad que, según cuenta, algunas personas le dicen que su presencia produce. Y lo bueno es que esto sucede sin que Uriarte oculte nada: ni sus aprensiones, ni sus neurosis, ni sus momentos nulos. El secreto está en la escritura limpia, en la perspectiva, en una distancia que no es lejanía. O en cómo cada página es valiosa porque es el fruto de una destilación lenta. El misterio, que se escapa, es cómo consigue ser tan brillante sin pretender ni aparentar brillantez. Me recuerda a este aforismo de Nietzsche: “No todo lo que es oro reluce. El brillo suave es propio del metal más noble”.

Del ‘El idioma materno’ de Fabio Morábito supe por la entrevista que le hizo Manuel Sollo en su Biblioteca Pública de RNE en 2014, cuando el libro salió. Me interesó mucho entonces, pero solo ahora, cinco años después, he tenido el impulso de leerlo. Intuía que me iba a gustar, pero no tanto. El libro lo componen ochenta y cuatro textos de página y media que tienen la virtud asombrosa de que todos son muy buenos y un buen puñado de ellos excelentes. Hacía tiempo que no veía nada así. Como Uriarte, Morábito escribe sin afectación, con una escritura comprensible que acoge –porque los celebra– los aspectos incomprensibles de la vida. El eje de los textos es la vocación literaria, la relación entre las palabras y el mundo, los enigmas del lenguaje, las enseñanzas de la tradición literaria, la magia de la vida común. Su lengua materna es el italiano pero escribe en español (su familia se mudó a México cuando él tenía quince años), y este hecho determina su percepción extraordinaria, su fecunda extrañeza.

Los dos autores, por cierto, nacieron en ciudades incomparables: Morábito en Alejandría y Uriarte en Nueva York.

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En The Objective.

28.10.19

El último Nodo

Lo más significativo de estos días franquistas ha sido el empeño del podemismo y el nacionalismo por ver un “funeral de Estado” donde solo hubo una sobria ceremonia administrativa con un mínimo de dignidad. Es cierto que esta sencillez le confería al traslado de los restos del dictador un carácter recogidamente sagrado, más sagrado en verdad que las alharacas con que fue enterrado y que el estrépito de piedra que representaba el Valle de los Caídos. Pero el podemismo y el nacionalismo no se referían a esto, puesto que la estética de ambos está más cerca de esas alharacas y esos estrépitos que de la sobriedad.

¿A qué se debía entonces la pataleta quijotesca de querer ver gigantes donde solo había molinos? Su malestar ante el cumplimiento de lo que tantas veces habían reclamado era la brecha que mostraba lo que les estaba sucediendo en realidad: la destrucción ante sus mismísimas narices de la coartada en la que han fundado el 95% de su política, de sus argumentaciones. La exhumación y reinhumación de Franco fue además un striptease en el que el podemismo y el nacionalismo se quedaron en pelotas.

El PSOE en cierto modo también, aunque no tanto. Este partido fue el que, por medio del presidente Zapatero, resucitó a Franco y convirtió nuestra vida cotidiana en una inmensa plaza de Oriente. Cierto que para abuchear al caudillo en vez de para aclamarlo, pero esto ha sido secundario con respecto al hecho principal de que hayamos vuelto a tener a Franco hasta en la sopa: un franquismo a la inversa, pero franquismo al cabo.

Sin embargo, gracias a que el PSOE ha comandado la acción de sacar a Franco del Valle de los Caídos, puede dar por cerrada con éxito esa vía argumental. Ha evitado quedarse tan en pelotas como el podemismo y el nacionalismo porque se ha fabricado un nuevo traje: el de su victoria en esta batalla. A tal fabricación se ha dedicado la propaganda socialista sobre el traslado, que ha venido a constituir un último Nodo. Esta vez a beneficio de Sánchez.

En cuanto a los nostálgicos del franquismo que se presentaron en el Valle, con el golpista Tejero como cabeza visible (sin tricornio ya), hay que estar muy ciegos para no ver en ellos a los equivalentes exactos de nuestros nacionalistas vascos y catalanes: la misma obcecación, las mismas maneras, el mismo desprecio por los otros, el mismo mal gusto. El hijo de Tejero parecía Junqueras y todas las señoras eran igualitas a Forcadell. Llevando el ataúd podrían haberse camuflado perfectamente Aitor Esteban y Otegi. Y el castizo Ortuzar podría haber sido uno de los apretaos.

Pero vuelvo a la estética minimal del acontecimiento, porque sí que hizo de él, después de todo, un funeral de Estado. Solo que deconstruido, como las tortillas de patatas que deconstruye Ferrán Adrià. Su elegancia civil fue digna del patriotismo constitucional, que es el único realmente antifranquista que tenemos. Y la culminación en helicóptero enlazaba, por su carácter futurista, con los tortuosos años treinta del pasado siglo. ¡Más bella que la Victoria de Samotracia!

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En El Español.

21.10.19

Espuma de fuego

Por supuesto que hay que diferenciar entre la manifestaciones pacíficas del independentismo catalán y las manifestaciones violentas del independentismo catalán, pero (¡yo también tengo derecho a mi pero!) las segundas no son más que la emanación de las primeras. Una emanación no mecánica, ciertamente; ni siquiera inevitable. Pero dado que el nacionalismo es lo que es, cabría calificar de milagro que hasta ahora la violencia no hubiera ido a mayores. Sigue siendo un milagro, a pesar de los incendios: los que tenemos una visión catastrofista de la historia sabemos cuánto las cosas pueden empeorar.

Al fin y al cabo, lo que defienden esas manifestaciones pacíficas, con sus multitudes sanotas, bien alimentadas, con muchos guapos y guapas entre sus filas, con niños sonrientes (tienen buenas ortodoncias) y con adolescentes lúdicos, es el quebrantamiento de la ley democrática. Esas buenas gentes que tan pacíficamente avanzan tienen el propósito de extranjerizar a más de la mitad de sus convecinos catalanes –con los que no cuentan, contra los que van– y al resto de sus conciudadanos españoles. Una xenofobia buenrollista, que no es afeada lo suficiente como en otras partes del mundo porque en este caso la ejerce gente maja.

El fuego de estos días es su espuma. Y me atrevería a decir que en sí mismo es menos grave que lo que esas multitudes pacíficas representan: una terrible incomprensión de lo que significa ser ciudadanos, de lo que es la ley, de lo que es el Estado de Derecho, de lo que es la democracia misma, por más que la tengan en la boca. Resulta aberrante, de no dar crédito, el enquistamiento en la mentira, en el delirio; en unos agravios que sin duda sienten como verdaderos pero que son falsos. Da miedo ver a multitudes así, embaucadas por la élite política e intelectual más deleznable de Europa en décadas.

La respuesta del independentismo a la sentencia del Tribunal Supremo sobre el procés es el desagüe de cuarenta años de educación en el embrutecimiento nacionalista. Y claro que es un problema político, de primerísima magnitud: porque ha sido la política la que ha construido eso. La única solución política real pasaría por desactivar el nacionalismo, como el que desactiva un explosivo: algo que no se hace con un 155 electoralista y torpe, ni con medidas histéricas de última hora, sino con una política larga, muy larga, con la esperanza de que dentro de mucho se hubiese alcanzado un principio de solución.

Algo por lo que no parece que estén nuestros políticos constitucionalistas, que solo piensan en las elecciones. Entre tanto, lo único que se puede hacer es capear el temporal, aunque sea con las porras pedagógicas de la policía. Sin darles el muerto que estos miserables están buscando.

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En El Español.

16.10.19

Irrupción caprichosa de la historia

El lunes no tenía ganas de día histórico, bastante era empezar la semana. Hasta a mí, que soy un enamorado de la repetición, me aburre la insistencia catalanista. Como cuando se prolonga demasiado una sesión de chistes, ha dejado de ser divertido. Ni cuando ganamos ni cuando perdemos me intereso ya. Aunque es mejor cuando ganamos: mejor para todos. Esa es la cuestión en este asunto irritante. Si perdiésemos, sería igualmente peor para todos. Para ellos también. (“Nosotros” somos los constitucionalistas, por supuesto: los defensores del Estado de derecho y sus pulcros principios. Fuera hay otra cosa, quizá más encendida pero no muy recomendable.)

Lo que me hastía ante todo es la sobreactuación, la pomposidad retórica, el exhibicionismo sentimental, las carretadas de razón: todo lo que estamos viendo tras la publicación de la sentencia del Tribunal Supremo; en un lado (sobre todo en un lado) pero también en el otro. Hay un enfangamiento insoportable ya, del que convendría empezar a salir. Quiénes son los responsables para mí está –por decirlo con un casticismo madrileño– clarinete: los nacionalistas. Pero sin ellos no hay manera de salir. ¿Cómo se arregla esto? Ni idea.

Los que hicieron los independentistas condenados fue muy grave, pero lo que menos me importa es que cumplan o no sus penas. Deberían hacerlo en los términos que diga la ley: pero por la ley, no por ellos, cuyo sufrimiento no se busca ni se busca la venganza (es mentira la representación martirológica que ellos hacen). Lo que está en juego es la ejemplaridad, que en este caso de onirismo nacionalista consiste básicamente en comprender lo que decía el poeta: “que la vida iba en serio”. Comprensión que no se ve en lontananza: ni en los presos, ni en los demás políticos nacionalistas, ni en buena parte de la élite cultural catalana, ni en los futbolistas, ni en los independentistas de a pie, ni en los jóvenes que ven la moda ahí. El problema está en una sociedad mal educada, envenenada durante años, autocomplaciente en sus delirios, dolida por agravios falsos, embarcada en una aberración... Sí, es diáfana la trazabilidad del embrollo.

Ha sido, en este caso, una irrupción caprichosa de la historia. Por decirlo otra vez con las inolvidables palabras de Daniel Gascón en ‘El golpe posmoderno’: “Era algo inédito: una rebelión contra una democracia liberal en una región donde la renta per cápita supera los 25.000 euros”. Embarrados en la pelea corta, corremos el riesgo de perder este estupor. Yo lo recuperé el lunes cuando, entre tantas imágenes que me cansaban y que trataba de eludir, reparé en una pareja de viejecillos orientales: temblaban agarrados a sus equipajes en un banco del aeropuerto del Prat, envueltos en humo, mientras a pocos metros se enfrentaban los mossos y los manifestantes. No entendían nada. Y yo tampoco.

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En The Objective.

14.10.19

Woody, calor y lluvia

Día de lluvia en Nueva York es la película de Woody Allen que tocaba el año pasado, pero las brigadas moralistas lo impidieron. No es de extrañar: esta película contiene todo lo que ellas refutan. El amor a la vida, básicamente. A la vida que se aparta de los catecismos, porque otra no hay. Lo otro es el muermazo que promueven las brigadas moralistas (esos comités de defensa de la reacción con máscara de progresistas), al que la palabra vida le queda ancha: su achicamiento ideológico es el aguachirle que denostaba Cernuda.

Las últimas películas de Woody son milagros crepusculares. Veníamos asistiendo a ellas con la conciencia de que cada una podía ser la última (o la penúltima, pues suele haber otra rodada); saboreando nuestros propios rituales sabiendo que pronto se acabarán. Que se hayan interpuesto esas brigadas histéricas, alterando un disfrute tan suave, tan civilizado, produce una rabia insidiosa... que la propia película de Woody disipa. Todo en ella es levedad, gracia, delicia, encanto: ¡resentimiento cero! Sale uno limpio, por Woody, de toda la basura contra Woody. Solo queda, si acaso, una ligera melancolía: la del día de 2018 en que no la vimos y que hubiera sido tal vez mejor que este.

Yo me acerqué el de la Fiesta Nacional, por la tarde, buscando mi nación en el cine, en mi butaca solitaria, entre los pocos que asistían a esa hora. Fuera hacía un calor de muerte, un calor que destroza octubre, aquel aire ya en el filo del frío de octubre que hemos perdido. Pero en la película llovía y se restituía el otoño, con la apetencia también de hogares cálidos. O mejor: de piano bares como los de la película, para beber y buscarnos, o perdernos aún más. Con peripecias de amor y desamor, sexo y arte, encuentros y desencuentros, hilos biográficos, estupores, dudas, elucubraciones en los paseos como las que yo mismo hice a la salida, hasta llegar al chiringuito Oasis y mirar el atardecer mientras me tomaba una cerveza. El momento era bellísimo, pero nada estaba resuelto y todo por resolver.

Día de lluvia en Nueva York tiene un elemento en común con la última de Tarantino, Érase una vez en... Hollywood: la felicidad del cine, y la autoconsciencia de la película de que es una película y por lo tanto se ve gozosamente forzada al final feliz. Algo que solo ocurre en el cine (“¡si la vida fuese así!”), y por eso es el cine.

* * *
En El Español.

PD. Mis anteriores entradas sobre Woody.
2006: Otra tarde con Woody.
2008: Woody, Rebecca, Almodóvar.
2010: Woody con sudor.
2011: Woody en primavera.
2012: A Woody con Bernhard.
2013: Woody con chica (y palomitas).
2014: Woody de pronto.
2015: Woody y el comenzar.
2016: Woody por dos.
2018: La rueda de Woody.

11.10.19

Homenaje a Romero Esteo

Hay esta tarde en Málaga un homenaje al dramaturgo Miguel Romero Esteo, que murió el pasado 29 de noviembre a los ochenta y ocho años. Contra algunos (por no decir todos) los participantes le oí despotricar. Lo cual no quiere decir que no les tuviera cariño. Yo también despotricaba contra Romero Esteo y le tenía cariño. Y él, que sé que me lo tenía, supongo que despotricaría igualmente contra mí. O quizá no: nunca le oí despotricar, por ejemplo, contra los dos amigos suyos (y míos) a los que más traté, y que naturalmente no participan en el homenaje. Yo quisiera sumarme, a distancia, con las dos entradas de mi diario que narran encuentros con él a principios de los 90. Antes cuento aquí, rápido, uno de los últimos, que debió de ser en 2004 ó 2005. Era la tarde del 24 de diciembre. Nos encontramos por el paseo marítimo. Tomamos una cerveza en una terraza con el último sol del día, junto a los astilleros Nereo. Recuerdo que su frase recurrente (siempre tenía una frase recurrente) era: "¡Operación nostalgia!". Decía, por ejemplo: "Yo ahora he encontrado un sitio en el que venden unas mandarinas muy buenas y muy baratas. Lleno dos bolsas y al llegar a casa las vacío de golpe en la mesa de la cocina. Sube un perfume que es el mismo de cuando yo era niño. ¡Operación nostalgia! En eso estoy yo ahora: ¡Operación nostalgia!". Al despedirnos le pregunté por su Nochebuena, si tenía pensado algo. "Enrique Baena me ha invitado a su casa. Pero lo que voy a hacer es quedarme en la mía, comerme un bocadillo de jamón york y buscar por la parabólica una película de metralletas". Me pareció la Nochebuena ideal.

* * *

Dos encuentros con Romero Esteo

(5-XII-1990) Calles mojadas por la lluvia. Canciones brasileñas. Por la tarde he ido con Curro a ver El cielo protector. Al poco rato ha empezado a dolernos el culo y nos hemos puesto a hacer bromas sobre la “fotografía putamadre” de la película y cosas por el estilo; si nos hemos quedado ha sido sólo con la esperanza de ver otra vez los melones tremendos de la mora.

A la salida seguíamos aún carcajeándonos de Bertolucci y su cargante pedantería cuando hemos visto a Romero Esteo. Iba como absorto por la Alameda, con su habitual gamberro celeste de recogedor de chumbos y su perpetua barba canosa de tres días. Curro, parodiando todavía el histerismo intelectualoide de los cinéfilos, le ha gritado con voz engolada:

–¡Maestro! ¡Pero qué casualidad, maestro!

Romero Esteo, sin reconocernos al principio, ha respondido a nuestro saludo mecánicamente, pero entonces se ha dado cuenta de quiénes éramos y se ha alegrado de veras. Inmediatamente nos ha espetado:

–Bueno, pero decidme, ¿en qué instituto estáis? Tendréis ya vuestro pisito y vuestro cochecito...

Tras recordarle que aún no habíamos sacado las oposiciones, nos ha contado por enésima vez el caso de Gavilán:

–El presidente del tribunal, que era amigo suyo, lo cogió después del examen por el pasillo y le dijo: “Te tenemos que suspender, porque esas cosas que has dicho ¡es que no nos constan!”. Al año siguiente Gavilán, siguiendo mis consejos, hizo una exposición mediocre y aprobó. Está claro: ¡Hay que rebajar el nivel! ¡Si piden algo de COU!

Romero Esteo buscaba un sitio donde sacarle fotocopias a una revista francesa en la que hablan bien de él y su festival de teatro.

–Hago esto por puro marketing cultural, como cuando me pongo traje –se ha excusado con sorna.

Cuando ha terminado nos hemos puesto a buscar por el centro un bar donde tomar algo.

–Mi último gran descubrimiento intelectual –nos ha dicho como confidencialmente, mientras caminábamos– ha sido encontrar en calle Córdoba, justo delante de los Portillo, una confitería en la que venden batatitas malagueñas.

Hemos pasado por otro sitio en el que, según él, vendían también antiguamente limas para la Navidad y ha entrado a preguntar armando un revuelo, pero no tenían. Por fin nos hemos sentado en una terraza de calle Salvago, entre señoras de merienda. Curro quería un machaco, pero ha tenido que conformarse, a regañadientes, con un chinchón. Al yo pedirme un pacharán, ha sentenciado Romero Esteo:

–Para mí otro: me tomo un pacharán y luego me quedo frito.

Un vez sentados, el chisporroteo de Curro, que se había mostrado epatante desde el principio, ha sido ya imparable. Se ha puesto a soltar una gansada tras otra y cada vez que Romero Esteo ha tratado de iniciar un soliloquio (“Pues yo ahora estoy muy desesperado...” o “La atonía de esta ciudad es absoluta...”), Curro lo ha atajado bruscamente:

–¡Claro que sí, maestro! ¡Cómo no, maestro! –y ha seguido con sus propias paridas.

Ante tal panorama, Romero Esteo ha cambiado de estrategia y ha tratado de picarlo con elogios como:

–Curro, eres un lujo para esta ciudad.

O (dirigiéndose a mí mientras lo señalaba):

–Habría que ponerle un magnetofón delante y luego publicárselo todo, sin cambiar una coma.

A lo que Curro ha seguido respondiendo:

–¡Claro que sí, maestro! ¡Cómo no, maestro!

Durante un par de horas, Curro no ha cesado ni un momento en su descomunal despliegue. Parecía una exhibición de energumenismo. Yo, en cambio, me he mantenido callado, con mi sonrisa de circunstancias. En cierta ocasión, mientras oía la cháchara, me ha parecido ver la sombra de Cristóbal asomándose desde el fondo del callejón.

Una de las pocas cosas de las que ha podido hablar Romero Esteo ha sido de la desolación que le produjo una librería de Oxford en la que no habían repuesto los libros que él mismo se llevó el año pasado:

–¡Oxford! ¡Qué catetos!

Más tarde, sin venir a cuento, Curro ha sepultado otra de sus cuñas diciéndole de repente:

–¡Pero cántenos algo, maestro!

Y Romero Esteo, tras dudar unos instantes, y supongo que para no darse por vencido, se ha puesto a canturrear patéticamente un himno de la escuela que venía a decir: “¡Santa María, cúbrenos con tu manto protectooor...!” (curiosamente, como el cielo de la película).

Yo estaba un poco abochornado y por eso he acogido con alivio la propuesta de Curro de levantarnos y buscar una taberna donde sí tuviesen machacos. Ya de pie, tras pagar la cuenta, Romero Esteo ha vacilado unos momentos si seguirnos, pero finalmente ha decidido que no. Antes de retirarse nos ha preguntado si teníamos dinero. Yo, mintiendo, he dicho que sí, pero Curro se ha acercado y le ha pedido abruptamente cinco mil pesetas:

–¡Suelte la pasta, maestro!

Romero Esteo ha sacado un billete de mil y me lo ha ofrecido, pero me ha dado vergüenza extender la mano y ha tenido que cogerlo Curro.

–Si fuese rico –ha dicho Romero Esteo con un deje de melancolía–, os daría un montón para que pudieseis viajar.

A lo que Curro ha respondido, tras guardarse el billete en el bolsillo:

–¡Claro que sí, maestro! ¡Cómo no, maestro!

Una vez solos, Curro y yo nos hemos ido a comer pinchitos a Lo Güeno. Después hemos caminado hasta Pedregalejo y hemos errado por los locales vacíos en busca de machacos. Los atildados camareros nos miraban despectivamente, como a mendigos. Todo estaba húmedo y desolado en la noche invernal. Caminábamos y despotricábamos inmisericordemente: contra Bertolucci, contra Romero Esteo, contra todo el mundo. Ya de vuelta nos hemos sentado un rato en unos escalones fríos junto a la carretera y he aprovechado para mostrarle a Curro mi libro de poemas, que había llevado toda la tarde conmigo, en una carpeta, sin decidirme a sacarlo. Curro lo ha mirado por encima y se ha metido con el primer verso que ha encontrado. No le he dicho que ese verso precisamente se lo había plagiado a su ídolo Rimbaud.

* * *

(16-VI-1992) Explosión de ira tras el almuerzo, por cuestiones domésticas. En estos casos me doy cuenta de lo ridículo de la situación y lo que hago es exagerar histriónicamente mi enfado, para sabotearlo desde su propio esperpento.

Luego me he tropezado con Romero Esteo en la librería del Corte Inglés. Aunque hacía más de un año que no nos veíamos, me ha agarrado inmediatamente del brazo y me ha dicho:

–José Antonio, a ver qué libro te puedo regalar.

Yo le he respondido que gracias, pero que estaba saturado de lecturas, y él, sin hacerme caso, ha cogido uno de la estantería:

–Este está bien. De Bernard-Henry Levi.

–Pero Miguel, ese autor me cae mal –me he excusado.

Y Romero Esteo ha soltado, con su sonrisa de gamberro intelectual:

–Claro, es un autor incómodo para los del PSOE. Lo tienen satanizado porque no es el típico intelectualeta de izquierdas...

–Pero Miguel, si a mí los del PSOE también me caen mal. Son Bernard-Henry Levis que encima se pegan mariscadas...

Pero él ha proseguido sin escucharme:

–Es que ahora lo que impera es una estrategia mezquina para bajar el nivel...

De pronto se ha callado como si hubiese entrado en un terreno peligroso, ha mirado a un lado y a otro igual que un conspirador en posesión de un grave secreto y ha pronunciado, bajando la voz:

–¡Territorialización cultural!

Al ver mi cara de desconcierto ha añadido:

–Sí, sí: ¡territorialización cultural! Ahí está todo. Si está clarísimo: fabricar parcelitas provincianas de saber. Que no circule la cultura, que todo sean Alfarnates... Pero vamos a tomar una cerveza. Te invito.

Ya fuera, nos hemos encontrado un vencejo tirado en mitad de la calle. Parecía muerto y lo he tocado un poco con el pie para ver si se movía. Al ver que, en efecto, estaba vivo, Romero Esteo me ha pedido que lo pusiera a un lado, para que no lo pisara la gente. Entonces ha aparecido una señora que quería lanzarlo a volar y se lo he dado. Ella es la que ha dicho que era un vencejo.

Luego, en la terraza de la Cervecería Alemana, Romero Esteo ha seguido con su repertorio habitual: puyazos contra el PSOE, comentarios sociológicos algo rimbombantes, quejas por la penuria intelectual de nuestra época y anécdotas en defensa de los catetos. Hablaba de todo ello con la sonrisa de un niño travieso, pero un niño que también tuviese el escepticismo y la amargura de un Cioran.

De vez en cuando, al terminar alguna historieta, decía para hacer tiempo, mientras pensaba en la siguiente:

–¿Qué te puedo contar?

O:

–José Antonio, cuéntame algo.

Pero siempre ha seguido hablando él. En cierto momento, mientras lo escuchaba, he visto a otro animal en una triste circunstancia. Se trataba de un perro que deambulaba desconcertado entre el tráfico de la avenida de Andalucía y al que iban a atropellar de un momento a otro. Me preparaba mentalmente para escuchar el golpe y el chasquido de sus huesos, aunque por fortuna no se han producido.

Una de las cosas divertidas que ha contado Romero Esteo ha sido la visita que hizo a las obras de la Expo guiado por algunos capitostes del PSOE. Al final, cuando esperaban sus comentarios admirativos, Romero Esteo se limitó a soltar:

–Muy bonito. ¡Se parece al Tivoli World!

En otro momento me ha dicho:

–Cuando me enteré de que tu familia viene de Almogía, se me abrieron los ojos. José Antonio: olvídate de las finuras intelectuales y vuelve al salvajismo. Escarba en tus orígenes para convertirte en un dinamitero. Ya sabía yo que había algo explosivo en ti. Siempre tan calladito, tan educadito, tan amazacotado... Pero yo me fijaba en tu sonrisa y en ese brillo de tus ojos y pensaba que eras un terrorista en potencia. Te miraba y me decía: “Si se viera en medio de la calle con una ametralladora, se pondría a disparar contra todo el mundo como un cafre. Eso lo salva”.

No cabe duda de que Romero Esteo sabe hacerse querer. Pero su intelectualismo bárbaro, su verborrea sin fin, cansa pronto a los escépticos y decaídos como yo. Siempre repite que le gusta el contacto con los jóvenes para vampirizarles energía... Pero yo, que me siento débil, estoy incómodo a su lado. Sus elogios a esa juventud que no reconozco en mí me producen un sentimiento de culpabilidad.

Al despedirnos me ha animado a que lo llame más a menudo, pues se siente solo ahora que Weil está en Alemania. Y por último ha repetido una vez más, mirando a un lado y a otro y bajando la voz:

–Y mucho cuidado, ¿eh? Hay que estar atentos. Ya sabes: ¡Territorialización cultural!

7.10.19

La ruleta Sánchez

Lo único que se puede hacer ya es votar a Pedro Sánchez y rezar para que, entre todos los Sánchez, caiga el bueno en la ruleta. Y luego, como dice un amigo, romper la ruleta para que Sánchez se quede ahí. Algo que parece imposible, porque Sánchez consiste en rodar y rodar: él mismo es la ruleta. Me hacen gracia ahora los sanchistas (empezando por Sánchez, que es el primer sanchista) riéndose del veletismo de Albert Rivera a propósito de su última torsión, porque por cada torsión de Rivera Sánchez hace cuatrocientas. Ser sanchista es cambiar a toda pastilla sin despeinarse.

Hay un Sánchez para cada español, también para mí. De pronto aparece un Sánchez que me gusta (el Sánchez estadista, concretamente, para lo que tiene percha), pero apenas he decidido mi voto aparece otro Sánchez que no me gusta nada. Hasta varios Sánchez consecutivos ninguno de los cuales me gusta. Mi Sánchez aparece, en verdad, muy de tarde en tarde. A veces le grito: “¡Detente! ¡Eres tan bello!”. Pero ni por el piropo se para. El riesgo de votar a un Sánchez es que después gane otro. Y como hay Sánchez deplorables, el juego puede ser no ya el de la ruleta, sino el de la ruleta rusa.

La debilidad pero también la fortaleza de Sánchez es que es escurridizo, por eso suelen rechinar las críticas e incluso el odio que se le tiene. Sus enemigos se equivocan al tacharlo de malo sustancial. Sánchez no es un malo sustancial (ni un bueno sustancial), porque su mal (y su bien) es la insustancialidad. Una insustancialidad que puede acoger la virtud. Acusar de malo a Sánchez es inútil porque de pronto te puede salir bueno.

Mi sanchismo intermitente (con periodos de abierto antisanchismo: mi vida política hay que medirla con un sismógrafo) hace que otra amiga me haya llamado “el sanchista de Schrödinger”. Pero es que sencillamente mi Sánchez desaparece y me quedo flotando en el vacío, cuando no detestando al Sánchez del momento. Sánchez es un trilero, ante todo un trilero de sí mismo: es él el que está y no está dentro del cubilete. Aunque en realidad nunca no está del todo: siempre hay un Sánchez, algún Sánchez.

Yo abogaba por el pacto Sánchez-Rivera para que este fijara a Sánchez en su posibilidad virtuosa. Y de camino Sánchez hiciera lo mismo con Rivera, que falta le hacía. Pero Rivera, pese a su último movimiento, está ya descartado: levantarle el veto a Sánchez es un acierto crepuscular, que solo sirve para resaltar su error de todos estos meses. Creo francamente que la única solución a estas alturas sería una mayoría absoluta del PSOE y que sea lo que Dios quiera. Pero yo no votaré a Sánchez (ni a nadie). No soy ludópata.

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En El Español.

2.10.19

Gomá contra la decadencia

Habla Javier Gomá en Dignidad (Galaxia Gutenberg) del debate medieval entre la miseria y la dignidad, figuras alegóricas cuyo escenario era el mundo. Yo siento que soy también escenario de ese debate, de esa guerra, casi dos mil años después. Mi tendencia ascendente y mi tendencia descendente se cruzan, o se tironean, haciendo de mí una especie de gallego ético-metafísico: no sé si subo o si bajo en la escala de la valoración vitalista. Quizá las dos cosas simultáneamente. Soy un asno de Buridán de la verticalidad, cuyo resultado es una parálisis que, solo por estar en el punto medio, tiene apariencia de aristotélica.

Me alimento de pesimistas y de nihilistas, de decadentes en suma; pero también de quienes luchan contra la decadencia, a quienes aprecio un montón. Así Gomá, cuyo discurso en favor de la ejemplaridad es performativo: la propia tarea de sostenerlo resulta ejemplar. Como todo filósofo lúcido, Gomá no es ajeno al lado malo de la realidad. Por eso vale el doble su empeño de resaltar el bueno, de apostar por él; apuesta casi pascaliana, puesto que en sí misma mejora la realidad, inclinándola hacia lo bueno. Los decadentes no han de despeñarse tan cómodamente por su ladera, mientras haya ascendentes que la imanten en sentido contrario.

A partir de su celebrada Tetralogía de la ejemplaridad, que era otro proyecto ascendente, Gomá ha venido interesándose cada vez más por el concepto de "dignidad", que está en consonancia y que ya había asomado a lo largo de su obra. Sin ir más lejos, en el prólogo de la Tetralogía escribía: "La ejemplaridad aquí expuesta admite ser contemplada como una meditación sobre la dignidad humana porque su entero propósito se resume en una larga y razonada invitación a una vida digna y bella". Al centrarse en él, Gomá descubre que es un "concepto vacante" en la filosofía, que lo ha utilizado en ocasiones pero sin haberse ocupado de definirlo.

Tras un breve recorrido histórico por los principales autores que han dicho algo de ella (Cicerón, Mirandola, nuestro Pérez de Oliva, Kant), Gomá llega a la conclusión de que "sólo el ser humano posee con pleno derecho, incondicionalmente, la cualidad de incanjeable, no sustituible, fin en sí mismo y nunca sólo medio". La dignidad vendría a ser esa "propiedad íntima al individuo" que resalta dicho carácter insustituible: el principio antiutilitario que impide su cosificación. En una brillante formulación, Gomá dice que la dignidad sería "lo que estorba": el núcleo que se resiste al funcionamiento a toda costa y que por lo tanto entorpece. El libro avanza afrontando aquello que menoscaba la dignidad: la muerte, contra la que se propone el arte de vivir. Se detiene en un análisis de la cultura, fundamental para el ejercicio de este arte y modo humano de trascendencia inmanente (memorables las páginas dedicadas al "estilo elevado", con muestras de la excelsa prosa de Fray Luis de León). Y concluye con una expansión de la dignidad individual a la dignidad colectiva, por medio de la defensa de una política de la concordia.

Un autor al que no me consta que aprecie Gomá pero que está en mi altar privado, André Breton, citaba en Signo ascendente este cuentecito zen: "Por bondad budista, Bashō modificó un día, con ingenio, un haiku cruel compuesto por su discípulo Kikakú. Este había dicho: 'Una libélula roja. Arrancadle las alas. Un pimiento'. Bashō lo sustituyó por: 'Un pimiento. Ponedle alas. Una libélula roja'." Encuentro aquí una síntesis de la propuesta antidecadentista de Javier Gomá.

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En The Objective.

30.9.19

El gatillazo peronista

Podemos estuvo desactivado desde el principio: esto de intentar un peronismo español pero sin nacionalismo español era como pretender salir de un pozo tirándose a uno mismo de los pelos. La gasolina del peronismo argentino es el nacionalismo argentino; de hecho, el peronismo no es sino una variante del nacionalismo. Con el castrismo cubano y el chavismo venezolano pasa igual. El populismo griego estaba rebosante de banderas griegas. Daban cosa las visitas de Pablo Iglesias a Alexis Tsipras, porque Iglesias se presentaba en aquel mar ondulante sin atributos banderiles.

Al final, la República y Franco nos salvaron del populismo de izquierdas. La República por haber cambiado de bandera, dejando a la otra condenada. Franco por consumar la condena. La gran bendición española desde el fin de la dictadura ha sido la desactivación –que se mantiene– del nacionalismo español. Quitando el voxismo y sus alrededores (significativos ya, pero aún minoritarios), la reivindicación de la bandera española ha sido cívica hasta lo exquisito: paradójicamente, una reivindicación ante todo antinacionalista. Las banderas en los balcones de 2017 eran una reacción al golpismo catalanista. La manifestación de aquel 8 de octubre en Barcelona, en que convivían banderas españolas con senyeras y banderas europeas, fue un desbordamiento cordial y cálido del frío patriotismo constitucional.

El discurso ramplón y guerracivilista de Podemos no pudo disponer del combustible nacionalista para incendiar la sociedad. Su propósito de transversalidad, de expansión de los agravios, de movilización visceral de la masa, careció de lo que podía amalgamarlo: esa “nación” que, desde la francesa, ha sido el motor de las revoluciones. Solo nuestros nacionalismos periféricos, teóricamente libres de franquismo pero en la práctica los auténticos restos del franquismo, se envuelven en sus respectivas banderas sin complejos; y ellos sí se han trasladado a Podemos, dándole una imagen menos de diversidad cosmopolita que de cazurro guirigay folclórico.

Todo esto lo ha sabido Íñigo Errejón desde el comienzo, que por eso dicen que es el listo. Y algunos discursos que dio (recuerdo sobre todo uno en la plaza del Reina Sofía) ha sido lo más falangista que ha habido en España desde José Antonio Primo de Rivera. Pero ahora que ha fundado su propio partido se ha echado para atrás. En vez de Más España, le ha puesto Más País (para eso, mejor hubiese sido Más Estado, o Más Estao, o Más el Estao). El nombre en realidad está bien (Más País evoca fonéticamente a Más Madrid), pero la razón de fondo es la que es, porque no podía ser otra.

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En El Español.

23.9.19

El duelo de Savater

El que está fuera de la pena amorosa está condenado a no entenderla. Al propio Savater le pasaba antes. En una conferencia de hace unos años se reía del que sufre “porque lo ha dejado Maripili”. Yo estaba entre el público y sufría porque me había dejado “Maripili”. Vivía entonces ese cerco que vive ahora Savater y que tan bien explica en La peor parte (Ariel). La muerte de su mujer Sara Torres en 2015 lo ha confinado en un duelo que no quiere ni puede elaborar: un duelo perpetuo, un duelo enquistado, que el tiempo no atenúa. La impaciencia y la incomprensión de quienes rodean al que lo padece –en este mundo de baratijas de autoayuda– dejan al amante doliente en el aislamiento absoluto. Quizá sea el último romántico, el último maldito.

Hay que distinguir entre la pérdida por abandono y la pérdida por muerte. La primera es más amarga, más áspera, deja una historia rota, pero tiene el consuelo (hiriente también) de que la persona amada vive y probablemente es feliz (sin uno). La segunda es más limpia, mantiene la historia intacta, pero en cambio es inconsolable: deja un lingote de pena pura. Esta es la de Fernando Savater, que escribe: “Ese amor no quiere amortiguarse tras la pérdida irreversible de la persona amada, sino que se descubre más puro, más desafiante, más irrefutable al convertirse en guardián de la ausencia”.

Savater, que ha sido nuestro gran alegre, es ahora un hombre triste: “Vivir sin alegría ha sido una experiencia nueva para mí, una ruptura con mi yo anterior”. En La peor parte da cuenta con brillante precisión de esta novedad en su vida: desmenuza su estado, repite lo mucho que llora por su mujer, narra los terroríficos últimos nueve meses con ella, desde que le detectan el tumor cerebral hasta que muere. En este sentido, es un libro tristísimo. Es, sin duda, decididamente tristísimo.

Lo emocionante es que alberga también muchísima alegría. La alegría de la escritura savateriana, ágil, sin grasa, acogedora, punzante, ingeniosa, cordial, que de pronto está más en forma que nunca; y la alegría de la parte central del libro, la más amplia, que recrea la historia de amor y la convivencia con su mujer, a la que logra hacer vivir en esas páginas. Puede que Savater no tenga conciencia de cómo la alegría se le ha colado maravillosamente a pesar de los pesares, probando de nuevo que es “la fuerza mayor”, como la llamaba su amigo el filósofo francés Clément Rosset. Gracias a esto, La peor parte no es un libro de Savater bueno pero diferente de los anteriores, sino que es muy bueno (yo creo que el mejor, su obra maestra, junto a Mira por dónde) y comparte lo principal con los anteriores, con una intensidad que le hace ser su culminación.

Cuando terminé el libro me preguntaron sin en él había esperanza. Dije que para el autor solo hacia el pasado, por lo vivido. Pero que para el lector podía haberla también hacia el futuro: por vivir un amor así.

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En El Español.

19.9.19

El sanchismo universal

El único movimiento de esta minilegislatura, aparte de la barbita de Casado, ha sido la pirueta final de Rivera: un intento desesperado de ponerse también barbita. Pretendía acabar de un plumazo con su maldición lampiña, pero no ha hecho más que prolongarla. Un gran error fue el de Iglesias en julio, cuando rechazó la bicoca que le ofrecía Sánchez. Y otro gran error ha sido el de Rivera, al evidenciar en el último minuto que su empecinamiento desde el primer minuto había sido un error.

Pero hay que ser justos y reconocer que ambos errores, pese a su enormidad, vienen después del error primigenio: el enormísimo error de Sánchez, que consiste básicamente en ser Sánchez. Un ego desmedido, para empezar, que exigía tratamiento de mayoría absoluta (¡de unanimidad incluso!) a lo que no era más que una exigua mayoría. Un ego además condenado a sí mismo, por su incapacidad para conseguir apoyos (solo una anchoa, en total). Sánchez seduce a Sánchez y considera que solo por eso deberían sentirse seducidos los demás. Empezando por los votantes españoles, a los que les pide que en las nuevas elecciones hablen “más claro”: es decir, que tengan la transparencia del agua para que en ella se refleje la cara del narciso Sánchez.

El nacionalismo y el populismo contagiaron la política española con sus baraturas. Todo ha ido a peor desde tal contagio. El sanchismo surge de ese rebajamiento general del nivel, al que ha imprimido un estilo propio. Su característica principal es el presentismo absoluto: decir hoy lo que le conviene con un énfasis solo comparable al énfasis con que decía ayer lo contrario, que era lo que le convenía entonces. Algo que los políticos han practicado siempre, pero no con tanta asiduidad, tanta radicalidad ni tanto descaro. Iglesias, Rivera y Casado han terminado haciendo lo mismo, pero peor: son meros aprendices de Sánchez. Es la ventaja que tiene Sánchez sobre ellos: entre todos los Sánchez, es ‘el’ Sánchez.

Impera su ley: el “no es no”. Una tautología devastadora, concebida para minar. Sobre ese solar que fundó, Sánchez ha pretendido que los otros echaran sus síes. Inútilmente, como se ha visto: todos se enroscaron en sus “noes”. Solo Rivera pudo haber roto esa lógica nihilista, ofreciéndole al principio lo que le ha ofrecido al final (con más seriedad, con más amplitud, con más sustancia). Así Rivera hubiera roto, de paso, aquel “no” de la militancia de Ferraz que le afectaba: “¡Con Rivera no!”. Habría sido un logro tremendo, pero Rivera era ya demasiado sanchista como para hacer jugadas de largo aliento y beneficiosas para el país.

Conclusión: España necesita salir del sanchismo. Aunque sea con Sánchez.

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En The Objective.

18.9.19

Colecciones de septiembre

Vuelven a llenarse los kioscos con las colecciones de septiembre; aunque su presencia es menos avasalladora, porque hay menos kioscos. Grandes pensadores, clásicos griegos o contemporáneos, premios Nobel, músicos, matemáticos, científicos, astronomía, jardinería, ajedrez, costura, cocina, dibujo, lectura rápida, inglés, francés, alemán, meditación, memoria, los secretos de la mente, los secretos del mar, la maqueta del Titanic, esqueletos, minerales, dinosaurios, fósiles... Ahora de vez en cuando y antes a cada paso recordamos lo que nos falta, aquello que nos completaría. Pero la frustración es permanente, porque por cada colección que decidimos seguir dejamos de seguir todas las demás.

Escribió Gonzalo Torné que hay dos tipos de personas, las que se rigen por el año y las que se rigen por el curso. Yo me rijo por los dos, inútilmente. Empiezo el año con pujanza, por el enero reglamentario; pero a la altura de septiembre ya lo tengo disipadísimo. Me doy entonces una nueva oportunidad con el curso: septiembre, o como mucho octubre. Para diciembre ya he vuelto a naufragar, pero ahí está otra vez enero. Soy un pollo dando vueltas en el asador, pero lo llevo con deportividad.

Lo bonito es considerar estas fechas aisladamente. ¡El comienzo del curso! ¡Todo por delante, en cuanto a la actividad, al saber! ¡Un tiempo largo hasta el inhábil verano! Los que no somos profesores (ni padres) mantenemos ese impulso, porque fueron muchos años de adiestramiento escolar. El ritmo está marcado en nuestra carne, en nuestra cabeza. El momento climático acompaña: el apagamiento del verano y a cambio no el invierno todavía, sino una transparencia con fresquito. Más que enero, ¡qué atmósfera auroral la de septiembre, la de octubre! Los días están como lavados, tienen una ligereza adusta. La vida se presenta seria, pero sin excesivo peso aún. Hay ganas de hacer cosas.

Y desde los kioscos las colecciones tratan de infiltrarse en nuestros planes. Componen una red para toda clase de peces, y todos en algún momento hemos picado. Yo me hice mi colección de filosofía, y la de música brasileña (con cedés), y la de inglés cómo no, y alguna de dibujo que dejé pronto... Y está también el truco de comprarse solo las promociones del primer día, dos libros por uno, tochos baratos, o las piedras con el estuche que nunca se rellenará. En el kiosco nos confesamos. Manifestamos no de qué carecemos (porque carecemos de todo), sino qué consideramos prioritario subsanar. Y es esa consideración lo que nos retrata. Es bonito delimitar nuestro fracaso.

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En The Objective.

16.9.19

El único Gobierno de derechas posible

El único Gobierno de derechas posible es el del PSOE. El del PSOE sin Podemos, claro. Pedro Sánchez quizá ha cometido el error de no rematar a Pablo Iglesias, al que ha dejado a punto de caramelo. La tarea solo podría culminarla el votante de derechas, votando en masa a Sánchez. Un PSOE con mayoría absoluta: ese es el único gobierno de derechas factible en este país.

Fue muy celebrado un tuit que puse: nuestras derechas son una mesa de tres patas que cojea. Con Pablo Casado, Albert Rivera y Santiago Abascal no hay nada que hacer. El votante de derechas debería asumirlo con deportividad y votar a Sánchez, como único voto útil de derechas en este momento. Admito que tiene aspectos desagradables para el votante de derechas: subidas de impuestos, más gasto público, tonteo con los nacionalistas, expansión del irritante –os/–as en las declaraciones. Pero que no se ponga fino: nada (salvo tal vez lo último) que no haya hecho ya el PP con su voto. A cambio, tendría un Gobierno sólido (sólido y de derechas) como mal menor.

Le he preguntado a un amigo que votó a Podemos y que confiaba en el Gobierno Sánchez-Iglesias que a quién atribuye la culpa de la desunión. Me dice que la reparte entre ambos: el 100% para Sánchez y el 0% para Iglesias. Y que volverá a votar a Iglesias, naturalmente. Me ha parecido una interesante prospección sociológica, porque la mentalidad de mi amigo se me antoja representativa sobre este particular: el PSOE, sin Podemos, es otro partido de derechas (“la derecha civilizada”, como dijo alguien). Iglesias, al cabo, ha salido bien en cuanto a su izquierdismo inmaculado. No se ha ensuciado, como se hubiera ensuciado inevitablemente de haber entrado en el Gobierno, derechizándose. Esta era la manera más efectiva que tenía Sánchez de acabar con Iglesias, que en las nuevas elecciones podría resucitar.

Siempre me acuerdo de un episodio de la burguesía catalana (de cuando la burguesía catalana era lista; no hace mucho: quince años) que me contó una amiga convergente que tuve. La heredera de una riquísima familia se enamoró de un latinoamericano revolucionario y pobre que andaba por Barcelona. Hubo consejo familiar, sin ella, y se decidió darle un alto cargo al chico en la empresa familiar. Al cabo de un año, él se había convertido en uno de ellos –un burguesote sin el charme revolucionata– y la chica lo dejó. Le dieron entonces la patada al latinoamericano y asunto resuelto.

Sánchez podría haber hecho lo mismo con Iglesias convirtiéndolo, no sé, en un Javier de Paz. Pero no se atrevió. La pelota está ahora en el electorado de derechas, que se encuentra ante su gran momento estalinista: si vota masivamente a Sánchez, le da el pioletazo a Iglesias. Y asunto resuelto.

* * *
En El Español.

9.9.19

Metafísica del esquí

“¿Tú ves? Una melenita como esa sí”, decía un familiar que ya se ha muerto también mientras cantaba en la tele Camilo Sesto. Sería a finales de los setenta y de aquel mundo, que era el nuestro, ya no existe nada. Solo está en nuestra cabeza, como dice el idealismo filosófico que está incluso el presente. Estaban las melenas rockeras, desordenadas, amenazantes, rupturistas, y estaba la melenita de Camilo Sesto, peinada y compatible con el traje. Una manera de ser moderno y formal. Luego se convertiría en el fantasma de la ópera, en nuestro Michael Jackson, en el punki más inquietante que hemos tenido. Y ahora de nuevo la nobleza de la muerte, esa otra formalidad: la estrafalaria imagen de los últimos años es absuelta y queda la pureza de un ser que se ha ido, su hueco blanco.

Me venía acordando estos días de los pocos recuerdos que tengo de Blanca Fernández Ochoa, pero eran recuerdos trepidantes: un par de bajadas en esquí, a las que asistimos con el corazón en un puño, caídas, frustraciones y una medalla de bronce que sabía a oro por cómo se celebró. Matías Prats Jr. ha contado en el tanatorio algo precioso. Cuando ella vio la tristeza que había por su caída en Calgary, en la que perdió el oro, le quitó importancia para que los demás se sintieran mejor. Es lo mismo que hizo Miguel Indurain tras su hundimiento en Hautacam. Los dos comprendieron que los derrotados grandes son los únicos que tienen la llave del consuelo, y esto es más admirable que cualquier victoria.

Las muertes nos dan ganas de vivir, porque en realidad nos recuerdan la vida, nos despiertan (“recuerde el alma dormida”, decía Jorge Manrique): hacen que volvamos a ver este mundo como un escenario transitorio, una auténtica aventura aunque permanezcamos quietos. “Envejecer, morir”, como escribió Jaime Gil de Biedma, son “las dimensiones del teatro” y “el único argumento de la obra”. Hablo de las muertes más o menos ajenas, que nos dan pena pero no un excesivo dolor. Luego están las de los seres queridos, que dejan la vida sin encanto, porque eran la vida. Este otoño van a coincidir dos ejemplos: las “memorias de amor” de Fernando Savater, La peor parte (Ariel), y Señora de rojo sobre fondo gris de Miguel Delibes en el teatro, con José Sacristán (Bellas Artes). Dos resucitaciones (imposibles) de la amada por las palabras.

Con la muerte de Blanca Fernández Ochoa en la sierra de Madrid me vino este soneto (en alejandrinos y sin rima) que escribió el poeta malagueño José Moreno Villa cuando estaba ya cansado y se imaginaba la muerte (el último blanco) como una bajada. Es como una metafísica del esquí. Imagino a Blanca así, y en otra ladera a Camilo, y a todos los muertos elegantes, por la cara lunar de la tierra mientras los demás seguimos todavía en la solar:
Por el silencio voy, por su inmensa ladera,
en un fino deslice veloz y sin cesura.
Si fuese así la muerte... Un patinar en hielo,
entre tierra y celaje, amodorrado y laxo.

Casi pisando voy mi dudoso albedrío.
Los puntos cardinales no me sirven de nada.
Y el tiempo es sólo un vago concepto del espacio
entre las lentas combas del adoptado ritmo.

¿Tengo mi voluntad de la rienda? ¡Quimera!
¿No me será posible dejar algo, un acorde,
un versículo puro en que converjan todos?

Voy en la sorda nube que desdeña el ruido.
No puedo más; dejadme en esta magnitud,
en esta desnutrida esencia del silencio.
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En El Español.

4.9.19

Drama en gente

Decía Fernando Pessoa que su obra constituía un “drama en gente”. Es decir, no un drama dividido en actos, como en el teatro habitual, sino un drama dividido en las personas (las pessoas) en que Pessoa se dividió. Para una visión acertada del conjunto había que tenerlas en cuenta a todas: Pessoa no sería esta o la otra, sino el campo (¡el escenario!) de sus conjunciones y confrontaciones, de sus tensiones y discrepancias. En realidad, esto ocurre con todo escritor que no ahogue sus voces (ese “contengo multitudes” de que hablaba Walt Whitman, maestro de Pessoa). Lo ejemplar de Pessoa es cómo lo extremó, por medio de su didáctico invento de los heterónimos: a cada faceta de sí mismo, le puso un nombre. Fernando Pessoa era Fernando Pessoas.

Siempre me han sorprendido (y admirado en ocasiones; o pasmado) las personas que logran reducirse a una sola voz. Las mejores tienen potencia, puesto que aquello que encarnan lo encarnan del todo: funcionan como un personaje a tope. Esto no deja de ser una cortesía para con los demás, puesto que nos fomentan el espectáculo a sus expensas. Pero el mecanismo autorreductor es un misterio para mí. ¿Es un ascetismo, una obcecación, una incapacidad? En cualquier caso, incluso estas personas, si no a la multitud de voces interiores, se ven obligadas a asistir a la multitud de voces exteriores. Si no a estar atentas a ellas, al menos a que les consten: saben –tienen que saber– que existen más voces que la suya.

Y este es el ejercicio que propongo para la rentrée política: atenderla como un “drama en gente”. No atenerse al encajonamiento sectario o partidista –que es lo más premiado, en España al menos (mientras una de las dos Españas le hiela al sectario el corazón, la otra le está dando carlorcito)–, sino contemplar el conjunto: la pluralidad de voces, el juego entre las voces; cómo se oponen, se complementan, se afirman y refutan todas a la vez, ensuciándolo todo pero dejando limpia la noción de pluralidad, que es la más valiosa.

Santiago Gerchunoff, en su excelente ensayito Ironía On (Anagrama), analiza, entre otras cosas, la capacidad de la ironía para escindir al sujeto y, por lo tanto, hacer presentes en él varias voces (al menos dos). En la prolongación de este impulso en “la conversación pública de masas”, Gerchunoff invita a apreciar “la riqueza de su vulgaridad expansiva, la profunda complejidad de sus dinámicas que fascinan y hacen discutir sin fin”.

Allá quienes opten por encerrarse en una voz o en un discurso, como nuestros entrañables líderes políticos y sus seguidores (más papistas que el papa con frecuencia). Quedarán dentro del espectáculo, que solo se ve bien desde fuera.

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En The Objective.

2.9.19

'Rentrée'

No vi en directo la sesión extraordinaria del Pleno del Congreso el pasado jueves por la tarde. Era todavía agosto y, cuando terminó la etapa de la Vuelta, salí a pasear por la costa. Me he pasado el mes comprobando diariamente desde el balcón que el mar seguía en su sitio y por lo tanto la promesa de la felicidad: esa felicidad azul, flotante, con el sol tendido encima. Y diariamente he bajado a arrimarme, dos o tres veces cada jornada. Éric Rohmer decía que prefería sacar a los personajes de sus películas en vacaciones, para mostrarlos como eran (o serían) libres de las servidumbres del trabajo. En La virgen de agosto, del rohmeriano Jonás Trueba, la protagonista dice que, justo por eso, en agosto no deberíamos abandonarnos, sino esmerarnos más que nunca en ser nosotros mismos. Es el mes del descanso, pero también el mes sin excusas.

Pero ya estamos en septiembre. Para subrayar mi propósito de profesionalidad en la rentrée, y forzarme al otoño, me he puesto el vídeo completo del Congreso. Ahora bien, lo que yo consideraba que iba a ser penitencial, ha resultado una diversión de primer orden. Me ha parecido espectacular: durísimo, tensísimo, entretenidísimo; parlamentarismo del bueno. Estaban representadas ya todas las voces de la sociedad española (bueno, menos la de los estetas como yo, que nos empecinamos en el sueño de la finura; pero somos pocos, una ruina electoral: los partidos hacen bien en no perder ni un segundo con nosotros), en una batalla campal –o guerra civil con varios frentes– encauzada por la cualidad simbólica del enfrentamiento. La lectura optimista es que la sociedad española está vivísima, es un guirigay vibrante. El pesimismo adviene con la conciencia del resultado estéril; o sea, de la falta de resultado. Al final, las tensiones del Parlamento se parecen a las que hay en el taxi y en el bar, o en Twitter.

Había una tremenda energía acumulada y muchas ganas de hablar. Por eso, aunque se habló del Open Arms, que era el tema fijado, se habló de muchas más cosas; en parte abusivamente. Fue una concentración en unas horas de meses de debate político, con una pujanza que hace lamentar en el fondo que este Parlamento sea provisional. Aunque el que salga de las elecciones casi impepinables de noviembre será muy parecido. Me reconcilié, sí, de repente, con nuestros políticos. Quizá porque los líderes no hablaron y hablaron las lideresas. En cualquier caso, sigo empeñado personalmente en la abstención. El espectáculo se vuelve así más puro, más desprendido. La energía que no gastaré en pensar a quién votar, la dedicaré a la observación.

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En El Español.

26.8.19

Dificultades del antisanchismo

Tiene razón David Mejía cuando escribe, en The Objective, que “de Ciudadanos ya no se puede decir que sea un partido primordialmente antinacionalista ni regenerador: Ciudadanos es, ante todo, antisanchista”. Obsesión que le conduce, a mi juicio, a un callejón sin salida. Porque, al ser el sanchismo algo vacío, sin contenido político, el antisanchismo está condenado a serlo también.

Pedro Sánchez no es socialista, es maquiavélico: el poder es lo que le interesa, lo único que le interesa. Está dispuesto a hacerlo todo por conseguirlo, por mantenerlo, por incrementarlo. Con una falta de escrúpulos en cierto modo admirable. Es un cínico, un antisentimental. En este sentido, es lo contrario de Zapatero. Con respecto a este, lleno de contenido político, el antizapaterismo sí estaba lleno también de contenido político.

Sánchez era, en realidad, el hombre que necesitábamos: el hombre que necesitaba el constitucionalismo en este momento imposible. Ya lo ha demostrado por su cuenta, sin ayuda de nadie, al liquidar a Podemos: su deglución de Pablo Iglesias, lenta, implacable, efectiva, ha sido digna de una mantis religiosa. Sánchez podría haber deglutido también a los nacionalistas. Pero Albert Rivera, en su obcecación, no ha querido: no le ha prestado su apoyo. Cuando el programa histórico de Ciudadanos tenía la ocasión de cumplirse casi al 100%, resulta que Rivera tenía otro programa.

La famosa frase de Roosevelt sobre el dictador Somoza (“tal vez sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”) podría habérsele aplicado a Sánchez. Pero Rivera ha impedido que sea “nuestro”. A ver de quién es ahora.

No se me escapa (¡porque nada se me escapa!) que lo anterior implica dar por imposible a Sánchez; ni se plantea la hipótesis de su conciencia. Pero así está la cosa. Esa es la cruda realidad. La realidad con la que tendrían que hacer política los que supuestamente sí tienen conciencia. Esos que, de momento, lo único que hacen es luchar a su vez por su podercillo. Con un maquiavelismo no menos maquiavélico que el de Sánchez, pero sí más torpe.

La situación es desastrosa. Y lo va a seguir siendo. La desmembración del constitucionalismo es una catástrofe sin paliativos. Tampoco se me escapa que la empezó Sánchez, con sus infames alianzas en la moción de censura. Pero que los otros (PP y Cs) hayan decidido seguir por ese camino en vez de corregirlo, confirma que no hay solución. Cuando lleguen al poder, si llegan, va a ser para nada. Para nada de lo importante.

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En El Español.

21.8.19

La barba

Pablo Casado ha dado el gran golpe de efecto de este verano, con su barba o barbita. Con ella les ha robado el protagonismo a la falta de Gobierno, al Open Arms, a los incendios de Canarias, a la listeriosis e incluso a la lampiña Díaz Ayuso, en cuya toma de posesión la lució. No asistió la semana pasada a su sesión de investidura como presidenta de la Comunidad de Madrid y se dijo que estaba de vacaciones, pero no: estaba cultivando su barba. De haberla enseñado entonces hubiera sido catastrófico, como cuando Milikito apareció con barba de tres días para dar imagen de malote.

Y Casado no quiere parecer malote (ni siquiera malote buenote como Milikito), sino aportar gravitas, como ha señalado Jorge Bustos. Albert Rivera debió de intuir por dónde iban los tiros cuando a comienzos del verano salió en el Hola, junto a Malú, con una incipiente perilla. Pero no le terminaba de funcionar y la abortó. La de Casado, que funciona algo mejor, puede que se quede en barba de borrajas (ya veremos si llega a la rentrée), aunque como mínimo seguro que la ha lanzado a modo de barba sonda. A mí me parece que la dirección que marca es la correcta: a falta de ideas nuevas, nuestros políticos tienen pilosidades nuevas que explorar. Aunque el vanguardismo absoluto en este sector ya está ocupado por la ensaimada de Iñaki Anasagasti, el Ferran Adrià de su propia cabellera.

En los tres partidos de la derecha había un inasumible desequilibrio facial: por un lado estaban los afeitaditos Casado y Rivera, iguales como burbujas de Freixenet, y por el otro los barbados Abascal y Espinosa de los Monteros, inclinando la balanza pilosa en favor de Vox. Abascal con una barba entre tercio de Flandes y Abderramán III, y Espinosa de los Monteros con ese barbón babilónico sobre el que Losantos ha soltado chanzas inolvidables. Ahora Casado ha tratado de ocupar con sus pelitos la inmensa estepa que había en medio. Dejando de paso a Rivera en la estacada lampiña: un destino de baby face que deberá compartir con Errejón.

El asunto con Casado es que, más que gravitas, lo que ha logrado de momento ha sido, por un lado, resucitar el rajoyismo en su cara (¡después de tanto esfuerzo por liquidarlo!), y por el otro, como ha clamado Twitter, ser un doble de Alberto Garzón. Problema recíproco en este caso, porque ahora Garzoncito es también un doble del líder del PP. ¡El crepúsculo de las ideologías! ¡Y justo después de que Gillette haya aprendido que, en este campo, los experimentos hay que hacerlos con gaseosa!

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En The Objective.