6.5.19

PSOE y PP: resurrección y muerte

Los dos peores presidentes de la democracia, Zapatero y Rajoy, dejaron sus partidos en un estado más lamentable aún que el país. Esto demuestra que no tenían nada personal contra el país, sino que el empeorar las cosas formaba parte de su carácter (y carácter es destino).

Milagrosamente, el PSOE ha resucitado, gracias a la audacia de un Sánchez que ha sacado agua de donde no la había. Ahora, tras las elecciones del 28-A, estamos en un momento curioso: esperando que se confirme que Sánchez es peor que Zapatero y Rajoy juntos, o bien que lo desmienta y se revele como un presidente aceptable. Contra esto último van los meses que lleva en el poder. Pero han sido unos meses propagandísticos, cuyo único objetivo era conservar el poder, o alcanzarlo de verdad. ¿Qué hará ahora en que empieza realmente su presidencia? Yo no espero nada de él, pero sí de su ambición: al fin y al cabo, para gobernar un país el primer requisito es que haya país.

El que lo tiene mal es el PP, cuya situación parece irreversible: desangrándose por Vox y por Ciudadanos, y con Casado dando los inequívocos manotazos del que se ahoga. En mi opinión de antivoxista, pasó una cosa buena en las elecciones (junto con otras malas, como el éxito del independentismo y el proetarrismo): que el voto a Vox no haya servido para formar gobierno. En las elecciones del 26-M veremos si sus votantes persisten o se desgajan. Por lo que veo en Twitter, son votantes muy convencidos. Y con graves cuentas pendientes con el PP. Insisten en lo inútil que fue la mayoría absoluta de Rajoy en 2011, o en el patetismo del famoso bolso de Soraya en su escaño el día de la moción de censura. Ni olvidan ni perdonan. Ya veremos hasta cuándo. Por su parte, los votantes más finos del PP se han ido a Ciudadanos, como partido de una derecha más moderna y sin corrupción. El PP es, hoy, un partido del que todos se van y al que nadie llega.

La crisis del bipartidismo se ha resuelto, pues, de manera descompensada. Vox ha dinamitado el espejismo de que la derecha vaya a llegar al poder nacional, mientras dure Vox (pese a Andalucía y a lo que se rasque en las municipales y autonómicas). El PSOE vuelve a ser nuestro PRI durante una buena temporada. Ahora todo depende de Sánchez. Solo un gobierno catastrófico propiciaría que lo sustituyera la derecha catastrofista. (Ni lo uno ni lo otro, por lo demás, está descartado).

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1En El Español.

30.4.19

Por delicadeza

Ha habido una cosa bellísima, puramente española, quijotesca: España estaba dispuesta a suicidarse huyendo de Vox para demostrar que no es un país fascista, sabiendo que en su huída podía caer en manos de los únicos que son más fascistas que Vox. Podría decir lo de Rimbaud: "Por delicadeza, perdí la vida".

Es un país tonto y adorable. Un país noble. Diga lo que se diga, persiste la culpa del franquismo. La culpa de la guerra civil y la culpa de la dictadura: también las víctimas se sienten culpables, por esas tortuosidades de la psicología. Hay una culpa colectiva que se empezó a pagar en la Transición. Aunque fuese injusto en el fondo (hoy se ve con mayor claridad esa injusticia), la bandera española debía ser purgada. Franco, qué le vamos a hacer, la dejó pingando. Era un trapo comprometido. Una de las subtramas de la Transición ha sido la recuperación de la bandera. Y cuando ya la teníamos casi recuperada han llegado los de Vox a devolverla a la casilla de salida. De nuevo, una bandera con connotaciones espurias.

Ha sido bello y absurdo el movimiento de España de huir de lo que no era. Le ha perdonado a Sánchez sus tonteos con el independentismo y su desactivación del bloque constitucionalista (en lo que también hay que contar las torpezas y altisonancias de Casado y Rivera) solo para dejar claro que no, que la ultraderecha no. Durante toda la Transición ha podido votar a la ultraderecha si quería, y nunca ha querido. Solo muy al principio salía Blas Piñar. Aguantó los crímenes del terrorismo etarra y ahora las impresentables agresiones de los nacionalistas catalanes. Y cuando, con Vox, ha asomado una respuesta de la calaña de estos nacionalistas, la mayoría de los españoles ha huído de ahí.

Esta mentalidad, naturalmente, ha abonado ese nacionalismo que la destruye. Contra el fascismo de los Puigdemont, Torra, Rufián y Otegi no parece tener los antídotos que tiene contra el de los Abascal y Ortega Smith. Políticamente es suicida, pero estéticamente (incluso moralmente) es de una belleza conmovedora. Con su punto cruel, como todo lo bello. Qué delicado ese movimiento hacia Sánchez. Qué educadamente ha dejado en evidencia a los Rufián y Otegi, que en la noche electoral la seguían insultando.

Como pegote anticlimático he de decir que habría seguido siendo así aunque hubiesen ganado Casado y Rivera (la propaganda de Sánchez era falsa, y no digamos la de Iglesias). Pero lo estético ha sido el subrayado en la dirección contraria: esa quijotesca coquetería.

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En The Objective.

29.4.19

Justicia poética

Los que pensamos que sería bueno para el país un pacto entre Ciudadanos y el PSOE nos quedamos chafadísimos anoche. Casi se podría añadir: como era previsible. El aliento lo daban al principio los resultados: el PSOE con 123 escaños y Ciudadanos con 57 son los dos únicos partidos que suman mayoría absoluta en el Congreso (excluyendo, naturalmente al PP con sus 66). Pero en seguida se deshizo la posibilidad: con la militancia del PSOE gritándole a Pedro Sánchez que "con Rivera no", y con Albert Rivera arremetiendo contra el PSOE (como en una prolongación de su segundo debate televisivo) y dando por hecho que el nuevo gobierno sería de Sánchez "con Podemos y los independentistas".

Me consta que todavía en estas elecciones ha habido votantes que han votado en Ciudadanos al partido de centro que ya no quiere ser: por inercia lo seguían viendo como la bisagra que promoviese un bipartidismo bueno. Pero Ciudadanos se concibe ahora como un partido de poder, el partido de la derecha; con el pequeño inconveniente de que le queda muchísimo para el poder, si es que llega algún día. Por el momento, su estrategia sí ha sido buena para atraer votos. Mi impresión, sin embargo, es que pese al resultado estupendo Rivera sigue extraviado. Perdió su sitio tras la moción de censura, y por ahí anda.

En el otro lado, como decía, está esa militancia socialista que gritaba contra Rivera. Este es ahora el malo por haberle puesto el "cordón sanitario" al PSOE. Pero en realidad el odio del PSOE a Rivera –y su "cordón sanitario" de facto– era anterior. La discordia, sea como sea, parece insalvable. Yo aún confío en que mi adorado Ibex 35 empuje un poco, pero lo veo difícil.

El batacazo del PP le deja las cosas imposibles a Pablo Casado. Su perspectiva en la legislatura que entra es la de una altisonancia no avalada por los números. Aunque para altisonancia la de Vox, cuyos berridos de ayer se siguen oyendo, primero con Javier Ortega Smith y después con Santiago Abascal: demostrando que lo suyo es el podemismo de derechas. Mientras tanto, Pablo Iglesias, quizá el máximo responsable del embrutecimiento retórico del país, seguía jugando a la moderación: apareció con el mismo jersey y el mismo tono tranquilito del debate, que tanta renta le han dado. Podemos ha perdido casi la mitad de sus escaños, pero acaricia el poder con el PSOE. El partido que empezó yendo a por todas, ha terminado siendo la bisagra de un bipartidismo malo.

Mención aparte merecen los también triunfadores ERC y Bildu (y en menor medida, aunque también en la onda, el PNV): el odio, la rabia, el desprecio, el absoluto egoísmo y la discordia que expresaban los discursos de Gabriel Rufián y Arnaldo Otegi sí que daban miedo, o deberían darlo. Pero España solo está vacunada contra uno de nuestros fascismos.

Le queda ahora a Pedro Sánchez encargarse de la situación. No deja de haber justicia poética en el hecho de que a él vaya a caerle la patata del tema catalán, y todas las demás patatas: la recesión que al parecer se avecina, el incremento del paro, todo lo que le concierne a un gobierno en firme. Era un poco irritante lo que estaba haciendo con solo 84 diputados. Ahora con 123 ya sí podrá decirse que el pueblo español lo ha querido. A mí particularmente eso me deja más conforme. Si vamos a peor, será la democracia. Y si vamos a mejor también.

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En The Objective.

28.4.19

Rivera piensa en el futuro

Los dos triunfadores de la noche electoral, Pedro Sánchez y Albert Rivera, se han pisado en la televisión, porque Sánchez ha empezado a hablar en la sede del PSOE al mismo tiempo que Rivera en la de Ciudadanos. La retransmisión ha tenido que ser por partes. Sánchez aparece en directo, y cuando dice que va a hablar con todos, la militancia responde: "¡Con Rivera no, con Rivera no!". Y luego se ponen victimistas con lo del cordón sanitario...

Hay expectativa ante lo que pueda decir Rivera, porque lo cierto es que sus números sumarían con los de Sánchez para formar un gobierno con mayoría absoluta. La estrategia electoral de Rivera ha tenido finalmente éxito y casi ha doblado sus escaños: de los 32 obtenidos en 2016 ha pasado a 57. Pero esa estrategia ha consistido en decir explícitamente que no pactaría con Sánchez.

Escucho al fin a Rivera y desaparecen las dudas: empieza atacando al PSOE ("nosotros no vamos a rodear el congreso") y a reivindicarse como liberal. En la sede de Ciudadanos hay alegría. Rivera aparece empequeñecido bajo el cartelón electoral, que lo representa a él solo. Abajo, en carne y hueso, está con muchos, entre quienes destacan Inés Arrimadas y Begoña Villacís: la primera ha sido protagonista de las elecciones que acabamos de vivir; la segunda lo será de las municipales que vienen.

Solo habla Rivera. Reivindica a su equipo como el mejor preparado del país y dice de Ciudadanos lo que Alfonso Guerra decía del PSOE: que es el partido que más se parece a España. Habla de un modo acelerado, en el estilo en que lo hizo en el segundo debate electoral: como si quisiera seguir la campaña. Da por hecho que el gobierno va a ser del PSOE con Podemos y los independentistas. Descarta, sin mencionarlo, ese posible pacto con el PSOE que, según dicen, quiere el Ibex 35.

Rivera lo tiene ahora claro. Solo habla de hacer oposición, de liderarla, y de gobernar España en unos años. Esto lo formula en forma de promesa. Los militantes, que aplauden y agitan banderas españolas y del partido, lo aclaman: "¡Presidente, presidente!". Rivera piensa en el futuro. Definitivamente, ya concibe el partido no como bisagra sino como uno de poder. Los números aún están lejos, pero él habla de la progresión: del aumento de un 80%, dice, en pocos años. El hundimiento del PP, con el que aspiraba a gobernar ahora, tal vez lo vea como una posibilidad de crecimiento. El "vamos", que era el lema de la campaña, parece mantenerlo en marcha. Es como si siguiera encarnando el cartelón que tiene detrás.

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En El Español.

24.4.19

El debate final

Antes de que empezara el debate final (segundo y último) me he acordado de esos japoneses que en las corridas de toros se van después del tercero, antes de que los toreros repitan: porque total, ya los han visto. Ayer, total, ya vimos a los cuatro candidatos debatiendo. ¿Para qué otra vez? Pero ha resultado que esta ha sido más entretenida. No ha llegado a cuajar ninguna faena memorable, pero ha habido chispacitos. El formato de Atresmedia era más dinamizador. Lástima que Tele 5 no esté en el grupo, porque el epílogo ideal sería que los candidatos se tirasen con Isabel Pantoja del helicóptero de Supervivientes (una posibilidad que me inspiró un tuit de Maite Rico).

Mi balance intuitivo, sumando los dos debates, sería este: el único que gana votos es Pablo Iglesias; el único que los pierde es Pedro Sánchez; y Pablo Casado y Albert Rivera se quedan como estaban. Estos dos no han conseguido su propósito de noquear a Sánchez, aunque –sobre todo en este segundo debate– lo han tenido tambaleándose varias veces. Pero no han logrado rematar la faena, sobre todo por Rivera: demasiado nervioso y verborreico, con golpecitos histéricos en vez de buenos golpes (aunque algunos ha dado de estos, y entonces sí le ha salido bien). Pero el que más daño le ha hecho a Sánchez ha sido Iglesias: le ha dado el beso de la muerte, un beso vampírico con el que le ha chupado votos.

La gran estrella del debate ha sido el jersey negro de Iglesias, que le ha funcionado muy bien. Por algún motivo, el jersey transmite confortabilidad, confianza hogareña (y si es en Galapagar no digamos). Iglesias ha entrado divinamente en el sistema y el sistema lo quiere. Debería ir a más debates y a menos mítines. Creo que este Iglesias, más tranquilo, más moderado, con el puntito justo de reivindicación, hubiese ganado las anteriores elecciones. Pero claro, le faltaba aún el componente fundamental: ser padre y tener una hipoteca. Aquí se le ha terminado de forjar el carácter. Y en esos meses pasados en la minería del pañal. Lo desconcertante es cómo ha tirado su minuto de oro: el tío ha ido fenomenal durante todo el debate en plan Iglesias nuevo y en el momento decisivo va y saca al Iglesias viejo... Ha sido el único momento del debate en que le ha ido bien a Sánchez: pero se terminaba justo ahí y este se ha quedado sin usufructuarlo.

Casado y Rivera empezaron bastante bien, golpeándole duro a Sánchez, no como ayer sino como adultos, sin aniñamiento. Y Sánchez, a diferencia de ayer, lo acusaba. Durante los primeros minutos parecía que la velada iba a ser una masacre. Pero empezaron a disiparse –sobre todo Rivera, como digo– y la cosa no cuajó. Sánchez se recompuso y tuvo ráfagas presidenciales. Pero él mismo las abortaba pronto: con sus tics, sus resoplidos, su acartonada gestualidad, sus menesterosas dotes de actor. Pero lo peor es cuando se le contraría de verdad y se enfada: entonces le brota sin poder dominarlo el déspota que lleva dentro. Los guapos están muy mal acostumbrados. Con todo, mi impresión es la de ayer: es el único que da como presidente. Casado y Rivera no dan. Aunque tal vez les baste serlo para que den.

En fin, que el perdedor ha sido Sánchez, pero no mucho. Casado y Rivera han estado ahí, manteniéndose (ayer mejor Rivera, hoy mejor Casado). Y ha ganado Iglesias, aunque tampoco mucho, y sin que le vaya a servir para nada.

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En The Objective.

23.4.19

¡Que viva el régimen del 78!

Después de una tarde atroz de dudas sobre si abstenerme o votar el mal menor, ha llegado el debate y les adelanto el resultado: se me va a hacer muy cuesta arriba votar el mal menor. Albert Rivera y Pablo Casado son muy bisoños, no dan como gobernantes. Y para colmo lo tendrían que hacer con Vox. Mi malestar es supremo. Por otra parte, Pedro Sánchez, que sí da como gobernante (tal vez solo ahora, después de serlo), tiene unos tics de caradura realmente heladores.

A pocos minutos de que empezara el debate escribí en Twitter: "Pablo Iglesias sería un genio si apareciera sin coleta y disfrazado de vicepresidente". Ha aparecido con coleta y sin traje... pero asombrosamente vicepresidencial. Ha abandonado el tono de rapero y ha hablado en un tono tranquilo, paternalista, dando instrucciones a los demás y pidiendo moderación (¡él!). Como atrezzo llevaba esa Constitucioncita que ha paseado por los mítines, pero que en televisión da mal: como las pelotas de ping-pong en las retransmisiones de ping-pong. Lo entrañable es que ahora es un predicador que intenta convencer de las virtudes del régimen del 78 a toda una generación a la que él mismo alentó contra el régimen del 78. Los más ortodoxamente marxistas de sus seguidores pensarán que de la infraestructura chaletiana emana la superestructura constitucional...

Pero volvamos brevemente al principio. Si la primera impresión es la que cuenta, Iglesias parecía el sobrinito entre tres tíos: ellos con traje y altos y él en mangas de camisa y más bajo. Pero pronto se vio que solo quería a uno de ellos, el más alto: con el que tenía tanta confianza que se permitía tirarle de vez en cuando de las orejas.

Empezó Rivera y empezó mal: acelerado, poco consistente, nada presidenciable. Luego ha ido mejorando, pero no tanto como para ganar el debate. A la gravedad de las cosas que dice le falta un tono de gravedad. Le falta gravedad en general, sí: es volátil, ligero, poco firme, excesivamente aniñado. Este último ha sido siempre su problema, pero ahora está más aniñado que nunca. Seguramente por el cotilleo que todos conocemos por las revistas del corazón, se siente rejuvenecido. Craso error para su propósito. Su mejor frase la ha dicho cuando hablaba de reformismo y lamentaba los últimos gobiernos del PP y del PSOE: "Hemos perdido una década". Pero me temo que en esta década hemos perdido también a Rivera.

Cuando tomó la palabra Casado, sorprendió una ligera ronquera. Llegué a pensar que era deliberada, justamente por darle un tono más adulto a su también juvenil voz. Aunque luego ha ido entonándose, creo que también para mal. Cuando está cómodo suelta frases hechas que da igual que sean verdad o no (muchas son verdad), porque suenan a hechas, a precocinadas. Ha tratado de hacer memoria histórica de la crisis reciente sufrida por los españoles. Y ha hablado también (como hizo Rivera) del independentismo. Pero no sé, todo sonaba un poco ahuecado.

En cuanto a Sánchez, está de vuelta de todo. No lleva ni un año un año en Moncloa y ya tiene el síndrome. Se le ve la soberbia, el desprecio por el contrario, lo pagado de sí mismo que está, el cinismo. Está muy muy pasado con sus gestos, sus comentarios por lo bajini: "No se puede mentir más", "Qué decepción" (¡esto hasta cinco veces seguidas, con impostación de actor del método!). Puede ser temible y será temible. La única esperanza (¡poca, la verdad!) es que fuese temible con los malos. Pero los malos volverán a ser sus aliados seguramente. Al final, como era previsible, invocó a Vox. Aunque lo cierto es que no le ha hecho tanta falta como se pensaba. De hecho, casi ha usado más "la derecha" que "las derechas".

En resumen, ventaja de Sánchez e Iglesias sobre Rivera y Casado. No definitiva, aunque no parece que estos vayan a remontar. El verdadero interés de este debate está en que es solo el primero de dos consecutivos. ¿Qué pasará en el de mañana? ¿Tendrá efecto, como en el ciclismo, el "cansancio acumulado"? ¿Habrá alguna "pájara"? Me temo que todo sea bastante igual. Pero a ver.

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En The Objective.

22.4.19

La aristócrata

Tiene Cayetana Álvarez de Toledo un envaramiento a veces sin humor, esa cierta pomposidad de quien pronuncia, sin ironía, las grandes palabras; propende a lo retahilesco, que emite desde su hieratismo delgado y rubio, con su dulce acento argentino y un efecto de altivez, exhibicionista de su inteligencia. Pero ante todo tiene razón y está siendo glorioso.

En el momento más bajo de nuestra política ha entrado en campaña una aristócrata, en el sentido etimológico. De la aristocracia española no ha habido nunca nada que esperar, porque a la grosería y la ignorancia ha unido el mal gusto; ha sido una aristocracia muy al nivel del populacho (ha sido, de hecho, nuestro genuino populacho: en el pueblo llano ha habido muchísimos más ejemplos de nobleza). En Cayetana Álvarez de Toledo la genealogía va al revés: es su excelencia personal la que le da brillo al título.

Su choque con la mentalidad demagógica imperante me produce un regocijo no solo estético y político, sino también conceptual. Por la aparente paradoja de que sea la aristócrata la que defiende la ciudadanía común, es decir, la soberanía de cada uno de los ciudadanos, frente a los populistas y los nacionalistas, que con sus andanadas populacheras contra la ley democrática alientan, de facto, una arbitrariedad equivalente a la de los viejos aristócratas revenidos.

Cayetana Álvarez de Toledo está en el PP y defiende los valores de su partido, naturalmente. Pero por encima de ellos defiende la ciudadanía mencionada. No le acopla a esta contenidos espurios como hace Vox (y como hace de vez en cuando el líder de su propio partido, Pablo Casado), sino que sabe distinguir entre sus contenidos ideológicos particulares y la limpia noción de ciudadanía, abierta a todos.

El fenomenal espectáculo esta viniendo por su defensa de esto último, por eso lo disfrutamos y celebramos también los no votantes del PP. Lo deprimente –lo que da idea del embrutecimiento general– es que esa aseada defensa provoque tanto alboroto. Abundan los comentaristas que tachan a Cayetana Álvarez de Toledo de privilegiada, cuando lo relevante no es que lo sea –como lo es, en efecto–, sino que se haya implicado en la lucha por el privilegio esencial de todos los españoles: el de la ciudadanía de los libres e iguales.

Pero todo esto va tan alucinantemente a la contra y veo hacia ella tantos remilgos que me temo que Cayetana Álvarez de Toledo sea una ruina electoral.

En cuanto a los dos debates que se nos vienen encima con los candidatos: volvió la hora de los plebeyos. La de los políticos que rebajan a los votantes y con los que los votantes se sienten a gusto. Aunque hagan aspavientos de disgusto.

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En El Español.

17.4.19

Lisboa, París

Mientras leo Tus pasos en la escalera de Muñoz Molina, ambientada en una Lisboa extraña, ha empezado a arder Notre-Dame de París. Me entero cuando la termino y parece un contagio apocalíptico de la novela. Me acuerdo de ese París lisboeta que encuentro en mi colección de novelas de Simenon en portugués. Un Maigret con algo de Pessoa, aunque activo y felizmente casado. Uno de los aciertos de Tus pasos en la escalera es que no aparece Pessoa, ni casi nada de la Lisboa más transitada. Aparece el Campo de Ourique, los muelles y sobre todo el puente: no a lo lejos como en las postales, sino desde allí mismo. En mi último viaje estuve debajo, oyendo pasar los coches y los trenes y el zumbido del viento. Como un arpa enorme desde unos pasos más allá, como escribe Muñoz Molina. Su novela es un thriller psicológico, sí, con un aire perturbador y onírico a lo Schnitzler, que se resuelve en una crítica petrarquista.

La primera vez que estuve en Lisboa, solo, llevaba recortado un reportaje de Muñoz Molina sobre la ciudad, que leí por la noche en la pensión tras mi primer día de callejeo. Mis impresiones se reforzaron, se tamizaron. Los días siguientes fueron más perceptivos aún. Para los de mi edad Lisboa se hizo imprescindible, en los ochenta, por el Libro del desasosiego de Pessoa, El año de la muerte de Ricardo Reis de Saramago, El invierno en Lisboa de Muñoz Molina y el incendio del Chiado de 1988. Por este comprendimos la fragilidad de la ciudad que apenas habíamos empezado a amar. Una fragilidad que ya había comprendido todo Portugal, y todo el mundo, por el terremoto de 1755.

Mi París, como el de tantos, es el de Baudelaire, el de Breton, el de Truffaut y Rohmer, el de Martín Romaña y, especialmente, el de Jünger: el de sus diarios de la Segunda Guerra Mundial. En este último he vuelto a estar recientemente con una lectura desoladora: la del diario de Hélène Berr, una joven judía que terminó deportada y muerta en un campo de concentración. Ella era parisina y sus últimos años en París fueron los de Jünger. No se conocieron, pero tal vez se cruzaron. Al cabo, eran ciudades distintas. Para Jünger era el París que ocupaba el ejército alemán al que pertenecía. Para Berr era el París en el que debía llevar una estrella amarilla y en el que habían perdido la ciudadanía los judíos, que fueron siendo exterminados allí también. Jünger pertenecía al ejército alemán pero no era nazi. Aunque le avergonzaba el espectáculo de los judíos con la estrella amarilla, no se rebeló: por su idea de fidelidad, antigua, al ejército. Sí pensó en el suicidio. Tampoco lo hizo porque concluyó, como escribe en un célebre pasaje, que "desertemos adonde desertemos, con nosotros llevamos nuestro uniforme congénito; y ni siquiera en el suicidio logramos escapar de él".

He buscado ese pasaje de Radiaciones porque sabía que en él hablaba de Notre-Dame. Así empieza (29 de abril de 1941): "Hôtel de Ville y muelles del Sena; estudiado los puestos. Tristitia. Buscado salidas: las únicas que se ofrecían eran dudosas. Notre-Dame, sus demonios, más bestiales que los de Laon. Estas imágenes ideales contemplan fijamente con una mirada llena de saber los tejados de la gran urbe y al mismo tiempo ven reinos cuyo conocimiento ha desaparecido. El conocimiento, desde luego: ¿pero también la existencia?".

Ahora dejo de escribir para mirar en las noticias si han sobrevivido al incendio esos demonios.

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En The Objective.

15.4.19

Mi modesta Gran Coalición

La precampaña electoral de las generales ha sido más fea que el Fary chupando limón, y la campaña promete superar el hito. Una campaña que es a su vez precampaña de las europeas y de las municipales, más de algunas autonómicas (pero estas en Andalucía nos las quitamos de encima ya). El campo está embarrado, como ha señalado la prensa socialdemócrata. Aunque a la prensa socialdemócrata se le olvida señalar la trazabilidad del embarramiento. Si se critica el tono bronco de "las derechas" pero se olvida que se debe a los impresentables apoyos (con equivalente tono bronco) de "las izquierdas", estamos donde se suele estar desdichadamente en España: en el sectarismo. El único negocio político rentable.

Yo estoy cansado y estoy pesimista, y realmente no tengo nadie a quien votar. Pero en vez de no votar o de escribir alguna gamberrada en las papeletas, que es lo que me pide el cuerpo (aunque para eso ya está Twitter), voy a comportarme como un pequeño estadista: un pequeño estadista inútil. Aprovechando las tres elecciones que tengo por delante, armaré con mis votos la Gran Coalición que nuestros irresponsables tres partidos constitucionalistas no han armado ni armarán. Así, votaré a Ciudadanos en las generales, al PP en las municipales y al PSOE en las europeas. Lo mío es ciertamente una ruina.

Votaré a Ciudadanos en las generales enfadadísimo con Albert Rivera y su estúpida política de alejamiento del centro, cuando es ahora cuando tendría que haberse asentado en él –aun a costa de votos– para no regalárselo a Pedro Sánchez, quien lo había abandonado antes para encontrárselo (¡gratis!) de repente. En el fondo sigo apostando, a falta de Gran Coalición, por el acuerdo postelectoral PSOE-Ciudadanos: una apuesta absurda a estas alturas.

En las municipales de Málaga tenemos la desgracia de que el candidato de Ciudadanos es un coletas: o sea, alguien al que me impide votar no solo mi ideología, sino también mi religión. Al PSOE ya lo voté en las anteriores elecciones, por motivos sentimentales. Ahora, no sin forzarme a mí mismo, votaré al PP. Votaré, concretamente, al veterano Francisco de la Torre, el alcalde con el que Málaga ha pegado el subidón. Un subidón que no siempre me gusta, pero que es un subidón.

Y en las europeas votaré a Josep Borrell, por las alegrías antinacionalistas que nos ha dado (grandes aunque incompletas), y para apoyar al PSOE no sanchista. De paso, me ahorro votar esa lista de Ciudadanos para Europa que se ha permitido prescindir de Teresa Giménez Barbat.

Como ven, ya tengo mi modesta Gran Coalición armada. Sin esperanza y casi sin convencimiento. Y sabiendo que el propósito principalísimo de la campaña en marcha y de la precampaña y la campaña que vienen será que yo me arrepienta y termine no votando a ninguno.

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En El Español.

9.4.19

Escandinavia



Esta tarde a las 20h. se inaugura en Sevilla la exposición Escandinavia, de Miguel Gómez Losada. Estará hasta el 21 de mayo. En la Galería Birimbao, C/ Alcázares, 5. Este es texto de la exposición:

Escandinavia sigue la poética de Detrás de la montaña (2007) y de Una historia rusa (2014), donde el norte es tratado como fantasía espiritual, y la pintura, la manera de darla para la vista; también de Desde aquí se ven los delfines (2018), para llegar a Romanza (2018), una ficción romántica que pudo verse en el CAC Málaga. Desde el sur, Escandinavia es pintura que teatraliza la lejanía, sería un punto extremo del mundo, donde se unen lo que se espera y lo que se recuerda. Escandinavia es pintura del otro lado hecha desde éste, entendida esta distancia como la prolongación amorosa de los días. Se trata de pintar "el tiempo grande", su presentimiento.

Escribía José Antonio Montano: «Entre los cuadros de su exposición Romanza, Gómez Losada trataba de describir su trabajo: "Yo no quiero ocuparme del tiempo chico, el tiempo de la información, el que se pierde todos los días, el que mañana no significa nada, sino del tiempo grande. Quiero que mis cuadros se puedan ver mañana, que no estén lastrados por ningún elemento caduco. Que sean esenciales, que contengan lejanía...". Me parece un modo ejemplar de ser un artista contemporáneo: estar en la punta del tiempo, pero elaborando un tiempo limpio, fijado en la obra. He visto evolucionar a Gómez Losada, desde que nos conocimos a principios de los noventa, y se me ocurre que ha tenido un crecimiento vegetal, orgánico: hay continuidad en su arte, en el que no detecto rupturas sino ganancias, en depuración, en vitalidad, en libertad, en riesgo, en soltura, en ahondamiento, en ligereza. La continuidad ha sido también física: en su esfuerzo y en su dedicación. Aunque suene a tópico (y eso que son escasísimos los casos), ha seguido su camino sin concesiones, de acuerdo con su llamada íntima; en comunicación con el mundo, pero sin dejarse manosear por el mundo. Siendo un perfecto conocedor del arte contemporáneo, el español y el de fuera, él era consciente plenamente de la osadía de lo que estaba haciendo. Una osadía no estrepitosa, sino sutil».

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EL INFINITO

Siempre caro me fue este yermo collado
y este seto que priva a la mirada
de tanto espacio del último horizonte.
Mas sentado, contemplando, imagino
más allá de él espacios sin fin,
y sobrehumanos silencios, y una quietud hondísima.
Tanta que casi el corazón se espanta.
Y como oigo expirar el viento en la espesura
voy comparando ese infinito silencio
con esta voz: y pienso en lo eterno,
y en las estaciones muertas, y en la presente viva,
y en su música. Así que en esta
inmensidad se anega el pensamiento:
y naufragar en este mar me es dulce.

Giacomo Leopardi (Italia, 1798-1837)
(Tr. Antonio Colinas)

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Cansado, cansado,
duerme, duerme, pájaro de pastizal,
acuéstate sobre la tierra blanca.

Canción de cuna, Finlandia.

El catálogo aquí.

8.4.19

La Transición triste

Se sale con una tristeza insoportable de la lectura de A finales de enero. La historia de amor más trágica de la Transición, de Javier Padilla. Pero es una tristeza obligatoria, casi catártica, que nos dice mucho de la vida y de la historia, y del entrecruzamiento de las dos. El libro, que ha ganado el premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias 2019 de la editorial Tusquets, nos muestra el lado oscuro de nuestra historia reciente. El balance de la Transición fue feliz, pero también hubo tristeza; y parece que se la llevaron toda los protagonistas de este libro: Enrique Ruano, Javier Sauquillo y Dolores González Ruiz; sobre todo esta última, Lola, que sobrevivió al asesinato de sus dos amores, pero sin vida (“nos mataron. Yo también digo que nos mataron porque es que realmente nos mataron de alguna manera a todos”).

En la presentación en Madrid, el historiador José Álvarez Junco, presidente del jurado, resaltó el ejercicio provechoso que le había supuesto leer lo que un joven como Padilla (nacido en 1992) había escrito sobre un periodo que este no había vivido y él sí: a partir de aquí podía hacer una proyección sobre los periodos de los que él mismo se ha ocupado sin haberlos vivido. El libro es bueno al margen de la edad del autor; pero esta tiene su importancia ahora: es casi la primera mirada limpia, puramente documental, despojada de vivencias propias (aunque con el hilo aún de las vivencias de familiares, de conocidos y de testigos, y de los ecos que persisten en el país) de la historia de España de las décadas de 1960 y 1970, y algo también de la de 1980. A mí, que lo que viví de esos años fue solo como niño o adolescente, la reconstrucción de Padilla me ha parecido prodigiosa.

Es notable particularmente la reconstrucción, en el contexto de la sordidez de la dictadura de Franco, de las protestas de los grupos de la izquierda universitaria antifranquista, a uno de los cuales, el FLP, pertenecían Ruano, Sauquillo y Lola González (estos dos ingresarían luego en el PCE). El primero fue asesinado por la policía franquista a finales de enero de 1969 (su célebre defenestración, que quisieron hacer pasar por suicidio). El segundo murió en la matanza de los abogados de Atocha ejecutada por pistoleros ultraderechistas a finales de enero de 1977. La tercera, que sobrevivió con graves heridas a esta matanza, murió muchos años después, en 2015, también a finales de enero. Ella era la pareja de cada uno en el momento de su muerte. Y su vida se quedó colgada, rota, ahogada en la fatalidad.

Padilla trata con sumo respeto la tragedia, con una empatía sobria, noble, pudorosa, pero sin esconder nada: el estilo está dominado por el cuidado a los hechos y el propósito de la verdad. La narración va abriendo además vías de reflexión históricas, políticas y existenciales, a las que el autor siempre está atento. Quizá la clave del libro esté en su título: ese “a finales” junto al mes de los comienzos que es “enero”, dándole un tono crepuscular a la aurora. Así tuvieron que sentirlo sus protagonistas, sobre todo ella: apagándose cuando el país despertaba. Una obra necesaria y admirable.

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En El Español.

3.4.19

Yoga con campanas

Joaquín García Weil ha plasmado su sabiduría y su erudición sobre el yoga en un libro impresionante: Dominio de las técnicas específicas de yoga. Su título humilde, de manual, no refleja el tesoro que hay dentro; aunque tiene un valor: prima el aspecto práctico del yoga, que en realidad es el fundamental. La sabiduría y la erudición del autor acompañan a las posturas, los ejercicios, las indicaciones.

Dice en el prólogo con sencillez: “El yoga es un excelente instrumento para sentirte mejor”. Lo que distingue al yoga de otras escuelas es que se funda en una práctica “que abarca lo físico y lo mental; que comprende el organismo y sus funciones fisiológicas, y la mente y sus funciones psicológicas. Y que establece sabiamente el nexo entre posición física, modos de respiración y estados de la mente”.

Fui a recoger el libro a su Yoga Sala de Málaga (calle Moreno Monroy, 5) y, al entrar en su despejado estudio junto a la catedral, recordé los tiempos en que yo asistía. Un elemento solemne, entrañable, eran las campanas de fuera repicando cada cuarto de hora. Era un yoga con campanas. Y con el rumor del centro de la ciudad en aquella burbuja tranquila, vigorosa por la mañana y lánguida al atardecer. Después de la sesión el bienestar era palpable: regresaba a casa pensando que García Weil era como un director de orquesta físicomental, que había hecho (o nos había hecho hacer) lo adecuado.

Empecé a asistir a sus clases en abril de 2005, cuando regresé a Málaga tras años en Madrid. Recuerdo bien aquella primavera, las sensaciones del cuerpo desanquilosándose. Y los meses del invierno posterior, en que el yoga se iba colando, sin yo saber cómo, por los resquicios oscuros, mejorándome casi a mi pesar. Me llamó la atención el ansia con que el organismo acoge las gotas benéficas, como una planta colapsada por la sed.

Fui un discípulo deficiente, con periodos de faltas, y hace mucho que no voy. Pero en las temporadas en que lograba asistir, corroboraba lo que afirma Jünger en este párrafo de La emboscadura, que no se refiere específicamente al yoga pero se le podría aplicar en parte: “El sufrimiento de esos hombres les hace vislumbrar un estado superior. Hay métodos para fortalecerlos en esa dirección y resulta irrelevante que al principio sean ejercitados de manera mecánica. Se asemejan a esos ejercicios destinados a devolver la vida a los ahogados, que también son ejecutados mecánicamente al principio. La respiración y los latidos del corazón llegan después”.

(Existe ahora la amenaza gubernamental de que el yoga sea incluido en la lista de las pseudoterapias. Se han presentado en contra estas alegaciones. García Weil le ha respondido al ministro astronauta con este artículo y con este vídeo.)

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En The Objective.

1.4.19

Contra el chapapote identitario

“¡Qué valientes son!”, dijo uno del público a la salida. Podría haber dicho también (lo digo yo ahora): “¡Qué alegres, qué ligeros!”. La representación de Señor Ruiseñor de Els Joglars en el Teatro Cervantes de Málaga fue un éxito el sábado. Aplaudimos de pie después de haber estado partiéndonos de risa sentados. Partiéndonos a la vez de tristeza, porque la risa es de lo que nos duele. Solo que, dada la realidad dolorosa, la risa alivia, oxigena, revitaliza. Qué papelón el del nacionalismo catalán: ocupa el puesto exacto de aquello de lo que dice huir. Todavía no se da cuenta de todo lo que ha arruinado.

“Esto solo lo podían hacer unos catalanes”, dijo otro del público. No es completamente cierto, pero la verdad que hay en la frase es que la crítica más valiosa es la de lo propio: la que abre brechas en la losa que aplasta la comunidad de la que se forma parte. Una comunidad, la catalana en este caso, que se resiste a la crítica, a la autocrítica. Es una aberración que las obras de Els Joglars casi no se representen en Cataluña. Señor Ruiseñor se ha representado únicamente en Canovellas y apenas tiene previsto que lo haga en dos sitios más: Hospitalet y Tarragona. En Barcelona nada: la gran capital provinciana y enferma.

Recordaba Ramon Fontserè, actual director de la compañía, la amenaza de bomba que sufrieron en Málaga en 1984 cuando trajeron Teledeum, una sátira de la Iglesia. Por aquellos años los ultracatólicos boicotearon también la película de Jean-Luc Godard Dios te salve, María. En mi primera visita a Madrid, además de las tribus de la Movida estaba aquel grupo de arrodillados en la puerta del Alphaville. Pero lo significativo entonces es que tanto estos como los de la amenaza de bomba eran recalcitrantes en remisión. El público no los tenía en cuenta; es más, se complacía en desobedecerles. Hoy los recalcitrantes están en expansión y en muchos sitios tienen la sartén por el mango. Así en Cataluña, donde predomina la obediencia.

Lo bueno para el teatro libre es que recupera su función: ese regocijo liberador frente a dogmatismos opresores. El suave Santiago Rusiñol encarna en esta obra la vitalidad cosmopolita, tolerante, múltiple, amante de la claridad y el color contra el chapapote identitario. Señor Ruiseñor, como se dice en el programa, “es una reivindicación del arte como patria universal, a partir de Rusiñol, contra las patrias identitarias”. Josep Pla (otro de los inolvidables personajes de Fontserè) lo llamó “destructor de fanáticos”. Los catalanes del futuro deberán acogerse a ellos –y a Els Joglars– para poder pensar que no todo fue oscuro y servil en este tiempo peñazo.

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En El Español.

31.3.19

Bomba de relojería

El futuro es la muerte. Como escribe Jünger: “A un hombre podrán fallarle todas las citas que tenga previstas a lo largo de su vida –menos una: la cita con la muerte”. Y Machado: “Al borde del sendero un día nos sentamos. / Ya nuestra vida es tiempo, y nuestra sola cuita / son las desesperantes posturas que tomamos / para aguardar... Mas Ella no faltará a la cita”. Y Heidegger: “El hombre, desde que nace, ya está maduro para morir”. La muerte es el horizonte desde el primer momento. El horizonte, que es un allí por definición, nos puede invadir el aquí ahora mismo. Tarde o temprano, nos lo invadirá.

Es algo abrumador, si uno se para a pensarlo. Por eso habitualmente uno no se para a pensarlo. Sigue su marcha sin pensar: pero es una marcha hacia la muerte. Una marcha que consiste en envejecer. De joven se le resta importancia. Como en el poema de Gil de Biedma, en aquella edad “envejecer, morir, eran tan sólo / las dimensiones del teatro”. Hasta que con el tiempo –exactamente con el tiempo– “la verdad desagradable asoma” y se comprende que “envejecer, morir, / es el único argumento de la obra”.

Lo cual no deja de tener su parte de aventura. Como anota Iñaki Uriarte en su diario tras visitar a un amigo en el hospital: “Esto empieza a ser de verdad escalofriante. Nadie debería lamentarse por llevar una vida gris y sin grandes emociones. Que espere un poco. A partir de cierta edad todos llegamos al Far West. Silban las balas”. Solo que la última, naturalmente, da en el blanco. En la película, el héroe muere. Y el antihéroe. Mueren todos.

En las danzas de la muerte medievales no había nadie que no bailara. La gran igualación, el gran principio democrático, es la muerte. Ella acaba con los pobres, pero también con los ricos. Con los infelices y con los felices. Con los sometidos y con el tirano. Antes de la guillotina, ya les había cortado la cabeza a todos los reyes. Y a todos sus súbditos. Solo no moría Dios. Hasta que Nietzsche certificó también su muerte.

El nihilismo fue para Nietzsche una tarea, pero ante todo fue esa certificación: la de que la construcción de Dios, con su dimensión trasmundana, era un efecto de la desvalorización del mundo; y no solo un efecto, sino a la vez un instrumento para desvalorizarlo. Dado que el mundo es mortal, hay que refugiarse en una instancia inmortal: distinta del mundo y contra el mundo. El dolor y la muerte hacen que el mundo no valga. La solución del cristianismo, y la más pura del budismo, desembocan en la filosofía de Schopenhauer. La propuesta negativa de su maestro le sirvió a Nietzsche para desembarazarse de adherencias pseudoafirmativas: en esto consistió su nihilismo activo. Pero su propuesta fue la contraria: eminentemente afirmativa. Se trataba de afirmar –de reafirmar– el mundo pese al dolor y la muerte. La afirmación de Nietzsche es tan radical que afirma el mundo en su plenitud, con el dolor y la muerte incluidos.

Aceptar la vida supone aceptar una tensión. Como señaló Freud, pugnan Eros y Tánatos. El instinto de muerte está presente en el seno de la propia vida. Vendría a ser una impaciencia ante la muerte inexorable. Ya que toda vida se encamina a su fin, y esta certidumbre resulta eléctrica, el suicida sería el que provoca un cortocircuito. El que no soporta la tensión y se anticipa al aquietamiento de la muerte. Escribe Thomas Bernhard en Corrección: “La tranquilidad no es la vida, así Roithamer, la tranquilidad y la tranquilidad perfecta es la muerte, así Pascal, así Roithamer”. En esta novela la vida es un error que la muerte corrige. Esta es la postura nihilista. Como la de estos versos que un cementerio inspiró al schopenhaueriano Borges: “Equivocamos esa paz con la muerte / y creemos anhelar nuestro fin / y anhelamos el sueño y la indiferencia”.

Esa tranquilidad y esa indiferencia están emparentadas con una noción más o menos acomodaticia de la felicidad. La que Nietzsche rechazó con esta proclama sorprendente: “El hombre superior no quiere la felicidad: ¡quiere obras!”.

Eugenio Trías retoma ese hilo nietzscheano en Filosofía del futuro, libro en el que expone su “principio de variación”, mediante el cual propondrá cambiar el “ser para la muerte” de Heidegger por el “ser para la recreación”. No es este el sitio para explicarlo: queden aquí como expresiones oraculares. Solo apunto que Trías se propone filosofar una vez eliminada la “hipótesis teológica”, tras lo que quedaría una “filosofía pura” cuyo campo sería “el tiempo y el devenir, la creación y la recreación, la muerte, pensada en plural, como condición de recreación”. Y trae a propósito estas frases del Zaratustra: “¡Sí, muchas amargas muertes tiene que haber en nuestra vida, creadores! De ese modo sois defensores y justificadores de todo lo perecedero”.

Trías relaciona ese nietzscheano querer “obras” con la teoría del “eros productivo” de Platón, que da “una respuesta inmanente, en este mundo, al problema de la inmortalidad”. Escribe Platón en El banquete: “La naturaleza mortal busca en lo posible existir siempre y ser inmortal. Y solo puede conseguirlo con la procreación, porque siempre deja un nuevo ser en el lugar del viejo”. En palabras de Trías:
Cada ser singular, en virtud de ese impulso o anhelo a engendrar, sea físicamente, en hijos u obras, sea anímicamente, en hazañas, virtudes o saberes, sea cívicamente, a través de acciones bélicas o políticas, tiene la capacidad de autodesbordarse y de construir, desde sí, un ser otro, diferenciado de sí mismo, hijo, obra o hazaña cívica, saber comunicado a otros mediante pedagogía o mayéutica, de forma que su mismidad se torna extática, se tensa y proyecta hacia el futuro, diferenciándose en lo que deja como legado erótico y poiético, asegurando así el entrelazamiento generacional y cívico entre antecedentes, padres, ancestros y descendientes o herederos. La deuda que se contrae al nacer queda saldada en razón de la poíesis, generación, producción, o parte de un ser otro.
La clave está en ese tensarse y proyectarse hacia el futuro. Es decir, en no anular el futuro, como ocurre en la manifestación contemporánea más transparente del nihilismo: el famoso No future del punk. Así se comprende otra frase del Zaratustra de Nietzsche, que resulta enigmática si no se la percibe como un misil contra el nihilismo: “Si creyeseis más en la vida, os lanzaríais menos al instante”.

La represión del futuro es, en este sentido, signo de decadencia y esterilidad. La cuestión está en no reprimirlo a pesar de que sabemos que el futuro es la muerte y la vida, por tanto, una bomba de relojería. El reto es no quedarse hipnotizado por el tictac.

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Publicado en el trimestral de Jot Down nº 25, especial Futuro Imperfecto.

25.3.19

Las edades de Almodóvar

Pensando en Dolor y gloria, después de haberla visto el día de su estreno, se me ha ocurrido que Pedro Almodóvar podría hacer una buena película sobre Luis Cernuda. No comparten muchas cosas, pero sí lo esencial (aparte de la homosexualidad, que es importante): el empeño en un camino propio, ridiculizado con frecuencia a su alrededor, que han seguido con valentía y con creciente hondura. Almodóvar parece haber sido fiel a aquella frase que le daba impulso a Cernuda tras sus reveses: “Aquello que te censuren, cultívalo, porque eso eres tú”. Como Almodóvar ha hecho justo eso, sus detractores no han encontrado motivos para dejar de serlo; pero sus admiradores hemos ido apreciando cada vez más su valor.

Dolor y gloria es una joyita de madurez: de madurez ya muy adentrada, al borde de la senectud. Es preciosa la mirada desde esta edad a la edad joven, la del alocado Madrid de los ochenta, y más atrás aún a la de la infancia. El arco de las edades se completa con el futuro, que encarna la ancianidad de la madre y su muerte. Queda un homenaje a la vida muy emocionante, aunque expresado con sobriedad: es una película sobria, contenida; incluso –como ha dicho alguien– severa. Pero también dulce. La película destila una extraña dulzura, debida quizá a la mirada desnuda, filosófica. Hay dolor, pero sobre todo reconciliación.

El presente del director (interpretado a la perfección por Antonio Banderas, con el que en ocasiones me he metido) es el de la esterilidad, causada por la depresión, la soledad y las dolencias. Podría resumirse en este verso de Jaime Gil de Biedma: “De la vida me acuerdo, pero dónde está”. Pero en Dolor y gloria la vida reaparece: en el reestreno de su primera película y el reencuentro con el actor, en el amante que vuelve, en los recuerdos de la niñez, en el dibujo que le hizo el albañil al que enseñó a leer y con el que tuvo su “primer deseo”. Como si el pasado acudiera no para acusar sino para rescatar. Aunque también hay culpa: la evocación de la madre que le dice que no ha sido un buen hijo. Pero hasta en esto hay aceptación y el director retoma su vida, es decir, el cine.

Están los artistas que mueren o se acaban jóvenes, en su fulgor. Y están los que van afrontando las edades con su arte, dejándonos el trazado de una vida entera. Casi es un milagro que Almodóvar, que brilló tantísimo, no se lo gastase todo entonces. Así hoy puede ofrecernos una luz más serena (bellísimamente absolutoria) de aquella luz.

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El Español.

20.3.19

Sánchez Zunz

Sánchez da miedo. Es un personaje vacío y sin escrúpulos: un tecnócrata del poder. Paradójicamente, porque la realidad es paradójica, una de las soluciones aceptables de las próximas elecciones generales sería su victoria por mayoría absoluta. Algo muy poco probable, casi imposible: como las demás soluciones aceptables. Lo que se da por hecho es que Sánchez ganará pero solo podrá gobernar si suma con lo peor del congreso: los que ya le apoyaron en la moción de censura que echó a Rajoy.

Lo de Sánchez es espectacular. Se ha labrado una épica impresionante él solito, contra todos. Y ello sin talento, sin inteligencia, sin altura: solo con narcisismo y ambición. Ahora con las listas electorales ha eliminado a todos los que ha querido, que eran casi todos. Sin piedad. Es un samurái maquiavélico.

Casi está llamando a que lo aniquilen los suyos. El problema para los suyos es que ya lo aniquilaron. Y resurgió de su aniquilación. Sánchez es inatacable porque ya fue atacado, ya fue destruido. Da miedo porque lo peor que le podían hacer –matarlo– ya se lo hicieron y no sirvió de nada. Sánchez es inmortal. O mejor: un zombi. Da mucho miedo.

Su asesinato en el Comité Central –es decir, en la Ejecutiva del PSOE– en el otoño de 2016 tuvo una brutalidad inaudita. Era algo mitológico, ancestral, como de Apocalypse Now, o El corazón de las tinieblas. Sánchez es Kurtz (“el Horror, el Horror”) sacrificado y resucitado. El viernes pasado me acordé del soneto de Borges dedicado a César y ese era Sánchez aquel día: “Aquí, lo que dejaron los puñales. / Aquí esa pobre cosa, un hombre muerto / que se llamaba César. Le han abierto / cráteres en la carne los metales”. Lo asombroso es que aún no era César pero le dieron tratamiento de César.

Esto me lleva a otro texto de Borges, el cuento "Emma Zunz". Recordarán que la protagonista hace un montaje falso para llevar a cabo una venganza verdadera. Cumplida esta, concluye Borges: “La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el ultraje que había padecido; solo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios”.

En la ejecución que tuvo lugar en Ferraz aquel día de 2016 todo era cierto menos las circunstancias, menos la fecha. La saña de sus compañeros y compañeras se explica porque no se estaban cargando al Sánchez de entonces, sino al Sánchez de hoy. Este Sánchez al que se cargaron demasiado pronto y ya no se pueden cargar.

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En The Objective.

19.3.19

Entrevista en El Catalán

Entrevista a José Antonio Montano: “Lo más parecido hoy al franquismo es el nacionalismo catalán”

Por Óscar Benítez, 18.3.19

Tras trabajar en el mundo editorial y televisivo, José Antonio Montano (1966) ejerce actualmente como columnista en cabeceras como El Español, Jot Down o The Objective. Cultivado e irreverente, el articulista malagueño desgrana en esta charla su visión sobre el conflicto catalán, del que lamenta tanto el “delirio” de los nacionalistas como el desunión de los constitucionalistas.

Ha afirmado que el problema catalán es una “enajenación colectiva”.

Es una expresión fuerte, pero no encuentro otra más económica. Y lo digo con incomodidad, con tristeza, con desolación incluso. El último episodio ha sido esa comparación que ha hecho Elsa Artadi con Ana Frank. Es un espectáculo muy feo, degradante también para los que lo contemplamos. Los nacionalistas catalanes nos han puesto (a los demás catalanes y al resto de los españoles) en una situación muy violenta: en la de tener toda la razón. Algo inaudito en este tiempo en el que la duda no es solo un imperativo, sino también una coquetería. Esta situación también puede volvernos locos (como empieza a verse en el voxismo), pero de momento somos la única esperanza de los independentistas: que haya alguien (¡nosotros los constitucionalistas!) que pueda ponerle freno a su delirio. Somos la última carta que les queda para su salud mental.

También se ha mostrado escéptico con respecto a la eficacia del “diálogo” con los secesionistas.

Yo no soy escéptico con el diálogo ni con su eficacia: al contrario, soy un firme partidario del diálogo y de su eficacia. El diálogo es la única solución. Pero siempre que sea diálogo. Y lo que proponen o exigen los secesionistas no lo es. Como ha dicho Savater, nuestra ley (nuestra ley democrática) es ya el fruto del diálogo (del diálogo parlamentario). No respetar la ley es, por lo tanto, no respetar el diálogo. Esto para empezar.

El nacionalismo suele quejarse de que la singularidad catalana no ha sido suficientemente reconocida. ¿Le parece cierto?

No sé lo que es “la singularidad catalana” ni demás abstracciones metafísicas. Las singularidades catalanas concretas –culturales, lingüísticas, folclóricas– están reconocidas de sobra, y además forman parte de lo que defendemos los constitucionalistas. Mi generación (la nacida en la década de 1960) se educó en ese reconocimiento, y la generación anterior (como ha escrito Muñoz Molina) aún más. El respeto a la lengua catalana, por ejemplo, formaba parte del conjunto de las libertades que defendíamos y celebrábamos. Por eso nuestra sensación de estafa es monumental.

Autores como Mikel Arteta han denunciado el avance de las políticas nacionalistas en comunidades como Valencia. ¿Es una situación preocupante?

No lo sé. Me imagino que los políticos han visto que ahí hay negocio y van a por ello. El localismo siempre cumple una función para aquellos que están en la lucha por el poder: limitan la competencia. Y las exigencias también.

Recientemente, TV3 emitió un controvertido reportaje en el que vinculaba machismo con constitucionalismo. A su juicio, ¿qué parte de responsabilidad le corresponde al canal autonómico de lo ocurrido en Cataluña?

Altísima. Como arma propagandística y manipuladora, TV3 ha dado con una fórmula letal: Goebbels más disseny. Es el fascismo friendly de los presumidos.

La Constitución catalana planeaba prohibir los partidos que reclamasen volver a formar parte de España. Sin embargo, cierta izquierda sigue sin advertir el carácter autoritario de parte del independentismo. ¿A qué lo atribuye?

A la obediencia a Franco. Esa pseudoizquierda le ha comprado a Franco la idea que este tenía de España. Traicionando, por cierto, a la izquierda de la República, que luchaba por “España” contra Franco (“la guerra de España”, como la llamaban en el extranjero, era esa la lucha; “si cae España”, decía César Vallejo). Las consecuencias de esta traición son aberrantes: esa pseudoizquierda no solo obedece a Franco en su idea de España, sino que simpatiza con lo más parecido al franquismo que tenemos, que es el nacionalismo catalán.

Frente a las propuestas de Ciudadanos y PP para que el castellano vuelva a ser vehicular en la educación catalana, la ministra de Educación, Isabel Celaá, ha asegurado que esta lengua ya es vehicular en las escuelas. ¿Qué opina de la postura del PSOE en el conflicto lingüístico?

Lamentable. Es una de las muchas cuestiones en que nuestros supuestos socialdemócratas se comportan de un modo absolutamente antisocialdemócrata: en contra de la igualdad, perjudicando a los más pobres.

Los comunes han presentado como cabeza de lista a las elecciones del 28 de abril Jaume Asens, un firme partidario de la secesión. ¿Le sorprende la decisión?

No. Ya sabemos lo que son los comunes. Este Asens es el que salió el otro día en un vídeo con Pablo Iglesias diciendo que Albert Rivera era como el nazi Adolf Eichmann. Son respulsivas (¡y empalagosas!) estas proyecciones en los otros de lo que uno es. Se trata de un tipo curioso de narcisismo: soy tan guay que lo asqueroso que soy no me puedo permitir contemplarlo en mí mismo, así que lo contemplo en el de enfrente; y no como si fuera mío, sino como si fuera del de enfrente.

Por su parte, Manuel Valls ha remitido una carta a Sánchez, Casado y Rivera en la que les pide un acuerdo constitucionalista que excluya a separatistas y populismos de izquierda y derecha. ¿Lo suscribe?

Por supuesto. Y el que eso no parezca posible es el resumen exacto de nuestra desastrosa situación.

¿Y cómo valora la candidatura de Valls?

Con simpatía de afrancesado.

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En El Catalán.

18.3.19

Bajo un cielo velazqueño

Qué bonitas las imágenes de la manifestación independentista en Madrid, bajo un cielo velazqueño. Había tanta belleza política como justicia poética: miles de personas prestándose a desmentirse a sí mismas, al clamar contra la falsa democracia, según ellos, del país en el que se manifestaban democráticamente. Era algo así como una automamada ideológica, como viene siendo el independentismo. Aunque con una particularidad admirable: el placer lo recibían otros; nosotros concretamente, los constitucionalistas. Por el espectaculito. Y por su refutación.

Era una tarde de Madrid estupenda, y cómo me acordé viendo la tele de mis tardes estupendas en Madrid. Aquellas tardes tenía que salir de casa o me daba algo. Fuesen cuales fuesen mis obligaciones, no se podía dejar escapar ese oro. Aunque llevase a la ruina. Yo vivía en Santa Cruz de Marcenado esquina Serrano Jover y tenía mi circuito: bajaba por Quintana hasta el paseo de Rosales, me asomaba al templo de Debod, seguía hasta los jardines de Sabatini, pasaba por el palacio Real y la Almudena hasta las Vistillas, y allí me metía por los callejones del Seminario hasta el parque de la Cornisa, subía por la calle del Rosario hasta la basílica de San Francisco el Grande, en la Latina entraba en el jardincito del Príncipe de Anglona, luego tiraba hacia la plaza Mayor, bajaba a Sol, subía por Preciados, me metía a mirar libros en la Fnac (no estaba La Central aún) y volvía a casa por Gran Vía y Princesa. Así echaba mis tardes primaverales, y las buenas de invierno también. Eso cuando iba solo. Con compañía estaba el placer de pasear charlando, por otros circuitos, y el de sentarse en algún café o en las gloriosas terrazas, con la vida de Madrid delante.

El sábado por la tarde se debía de estar de vicio. Pero esos miles de ciudadanos de Cataluña, que habrían sido bien recibidos, como todo el mundo, en las calles, parques y terrazas de Madrid, decidieron pasarla en un empeño desagradable, si bien se mira: el de convertir en extranjeros a más de la mitad de sus convecinos catalanes, que son quienes lo sufrirían de cerca, y al resto de sus conciudadanos españoles. Esas buenas gentes, con sus banderas, sus pancartas y sus efusiones rabiosas y sentimentales, desperdiciaban una tarde por un absurdo con consecuencia de maldad.

Pero Madrid los acogió tranquilamente, los dejó en paz, pese al insulto sustancial de sus prédicas, y encima les regaló una tarde maravillosa. Una tolerancia amparada por la ley, que para colmo se acopla con el espíritu abierto de la ciudad. De Madrid al cielo, aunque algunos opten por el suelo.

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En El Español.

14.3.19

En defensa de Arcadi Espada

"Las declaraciones de Arcadi Espada en un programa de televisión acerca de los progenitores que, a sabiendas de que el embrión presenta anomalías genéticas o es susceptible de un mayor riesgo de trastornos metabólicos o neurológicos, llevan el embarazo a término, han dado lugar a un acoso que excede con mucho de los estándares de crítica que incluso él, un hombre que vive y escribe río arriba, se ve obligado a soportar".

El resto del manifiesto, y sus abajofirmantes, aquí.

11.3.19

Anticapitalismo y jolín

El Día de la Mujer fue el día de todas las mujeres menos la mujer del presidente Sánchez. Para ella fue el Día de la Mujer De. Y allí estaba celebrándolo en cabeza de la manifestación con otras mujeres del PSOE a las que al fin y al cabo también había elegido Sánchez, todas cantando no tanto en favor de las mujeres como en contra del PP: vendiendo el feminismo por un plato de lentejas electorales. Como le gusta a Sánchez.

En vísperas de la jornada, Irene Montero (una mujer muy preparada pero que ocupa el puesto de portavoz de Podemos por ser la pareja del líder de Podemos) justificaba la hinchazón ideológica del manifiesto diciéndole a Ferreras que “este sistema económico es incompatible con la vida”. Lo repitió unas cuantas veces. Como también repitió unas cuantas veces, al hilo de sus efusiones, la expresión “jolín”. Fue maravilloso. Anticapitalismo y jolín: en esa fórmula se cifra todo Podemos.

El capitalismo es incompatible con la vida, y después de decirlo vuelves al chalet de Galapagar. A vivir sin vivir en ti, o muriendo porque no mueres (¡tan alta vida esperas!). El otro día unos amigos columnistas gamberreaban con la situación imposible de los Iglesias Montero. “La única manera que tienen de recuperar la credibilidad revolucionaria es salir y prenderle fuego a la garita de los guardias civiles que protegen el chalet”. Pablo Iglesias es ya un personaje de García Márquez: un general en su laberinto, en pleno otoño del patriarca.

El cartel de su regreso es el de Mambrú volviendo de la guerra de los biberones. Aunque los que vuelven tan apoteósicamente de sus chalets son las estrellas de la canción, que son a las que evocan el cartel. Pablo Iglesias como El Puma (¡pavo real!). En el permiso de paternidad de Iglesias ha habido todo menos normalidad: lo ha vendido con un énfasis embarazoso; para venderse a sí mismo. Mientras tanto, ha salido el vídeo en el que compara a Albert Rivera con el nazi Adolf Eichmann. Recordándonos toda la basura que ha venido arrojando Iglesias desde que llegó. Y no volverá para recogerla, sino para seguir arrojándola. Para nuestra desgracia, tiene que pagarse un chalet.

Otro chalet aproximadamente anticapitalista es el del expresidente Zapatero, quien lo ha comprado por 800.000 mil euros cuando antes de la crisis valía dos millones. Su negación de la crisis, que agravó la crisis, ha terminado siendo el gran negocio de su vida. ¡Jolín!

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En El Español.

10.3.19

Jot Down 26

Sale el trimestral de Jot Down nº 26, especial Mensajes, sobre periodismo y comunicación. Mi colaboración se titula "El columnista de batín". Empieza así:
El columnismo es una manera fácil de ganarse un dinerillo. Antes ese dinero era mucho (un dinerazo), ahora es muy poco. Salvo para unos cuantos, que siguen cobrando bien. Clase alta sigue habiendo. Y clase baja. Lo que ha desaparecido es la clase media. O se gana mucho (unos pocos), o se gana poco (la mayoría). Lo que ya no existe es ganarse la vida aceptablemente solo escribiendo columnas. El único consuelo de quienes cobran –de quienes cobramos– poco es que hay una clase aún inferior a la nuestra: la de quienes no cobran nada. Pero esto nos sirve menos como alivio que como amenaza. Y como recuerdo: bastantes venimos de ahí. Y ahí volvemos cada vez que cierra un medio para el que trabajamos, que suele largarse con una estela de deudas. El último medio a cuyo cierre asistí me dejó debiendo casi tres mil euros: medio año de columnas (dos a la semana, entonces).

Esta miseria, por otra parte, no deja de ser una forma de justicia poética, porque escribir columnas está chupado. Estos tiempos interesantes en que las columnas se escriben solas serían una edad de oro del columnismo si nos las pagasen bien; es decir, si no nos las pagaran como si se escribiesen solas.

6.3.19

Un veto ejemplar

El veto de Ciudadanos al PSOE ha resultado ejemplar, de algún modo inesperadamente. No para Ciudadanos, que ha cometido la segunda mayor torpeza de su historia (la primera fue aquella alianza turbia con Libertas), sino para el PSOE. El gran partido vetante ha sido vetado y no sale de su asombro. La reacción histérica ha sido inaudita. Llevaba meses despotricando contra Ciudadanos, llamándolo derecha extrema, asimilándolo con lo peor, y ahora se muestra dolido de que el despreciado lo desdeñe. El PSOE es un partido narciso, como su líder. Si este veto ha abierto una brecha en la burbuja autorreferencial, habrá sido útil la lección.

Sé más o menos lo que se siente, por una historia que les recordé la otra noche a Luis Sanz Irles y David Jiménez Torres en un restaurante de Madrid llamado (no por azar, lo veo ahora) Narciso.

Tengo conciencia de ser un tío al que la gente quiere ver, aunque yo no siempre tenga ganas de ver a la gente. En Málaga me cruzo a veces con un personaje de la vida cultural al que le tengo aprecio pero que me parece un poco pesado. Cuando lo veo aparecer por la calle y noto que él no me ha visto, me escapo por el primer callejón. Un día fue imposible: estaba al otro lado de un semáforo en una avenida amplia, sin escapatoria. Él no me había visto aún, y para evitar al menos esos incómodos minutos de espera frente a frente, me puse a mirar la pantalla de mi iphone. Mi idea era arrancar en cuanto el semáforo se pusiera en verde, fingir sorpresa ante él en medio del cruce, saludarlo y seguir mi camino. ¡Benditos semáforos que nos impiden pararnos! ¡Mi lugar predilecto para cruzarme con los conocidos! Aunque a veces, ay, también se cruce uno con la transeúnte de Baudelaire...

Cuando el semáforo se puso en verde, levanté la mirada para cruzar, iniciando mi gesto de sorpresa y saludo. Pero el pesado había desaparecido. Sin duda, al verme absorto en mi iphone, había aprovechado para huir. No me lo podía creer: ¡yo era un pesado para el pesado! El mundo fue un lugar distinto entonces: ya no era ese sitio en el que yo escapaba de la gente, sino también un sitio en el que la gente escapaba de mí.

A mí la lección sí que me fue útil: para cuando terminé de cruzar, me encontraba muy mejorado de mi narcisismo.

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En The Objective.

4.3.19

El mismo libro

Aún hay quienes no se han dado cuenta, sobre todo en el mundo literario, de que la gran obra literaria de nuestro tiempo son los diarios de Andrés Trapiello, Salón de pasos perdidos. La paradoja es que su grandeza necesita de esta cierta falta de reconocimiento; o mejor dicho: de consagración. Trapiello no es un autor consagrado –lo que a su edad tiene muchísimo mérito– y esto le permite escribir con libertad, con naturalidad. Sigue vivo cuando muchos están muertos o apelmazados. La clave quizá esté en esto que decía Thomas Bernhard (aunque Trapiello nunca ha hablado de Bernhard ni creo que sea de su gusto; pero en el mío están los dos): “Yo no pertenezco a los escritores. Siempre he sido, en el fondo, un hombre real”.

En Diligencias, que acaba de salir (en Pre-Textos, como siempre), el autor habla de una lectora que le dijo: “Yo he leído todos tus diarios. Sin saltarme una oropéndola”. Yo confieso que alguna me he saltado, pero me gusta que las oropéndolas estén ahí. Con este ya son veintidós tomos. Abruma la cantidad, pero otra paradoja es que hace ya tiempo que la cantidad pasó a formar parte de la calidad de la obra. En algún momento la cantidad empezó a sumar en vez de a restar, incluso para los que creíamos inicialmente lo contrario. Algo que ha sido posible por la calidad de cada una de las páginas. Es la escritura de Trapiello la que lo sostiene todo. Y lo que va naturalmente con la escritura: la mirada, la manera de vivir la vida, los sucesos cotidianos (con algún eco de los históricos y los de actualidad), los pensamientos, la sentimientos.

Entre las cosas de Trapiello están su familia, sus amigos (y sus enemigos), su hipocondría, Madrid, Las Viñas, el Rastro, los libros, los viajes, la ciudad, la naturaleza, los animales, los seres humanos, las obras, los paisajes, los objetos, las peripecias de la vida literaria (con frecuencia paródicas), el paso del tiempo y de las estaciones, las muertes cercanas, las afluencias del pasado, la continua indagación en el gran trauma de la guerra civil (suavizado por la distancia), todo ello con un tono cervantino de humor, jugueteo y piedad; es decir, seriedad con ligereza. Uno de los aforismos de este tomo (abundante en ellos) dice: “Hemos de conducirnos noblemente, en atención al muerto que todos llevamos dentro”. La conciencia de la muerte, que le da valor a la vida. En otro pasaje, tal vez el mejor, Trapiello se encuentra en la calle con una mujer que acompaña a su anciana madre del portal de su casa a la ambulancia, seguramente para no volver. Y escribe sobre la anciana: “No dijo nada, pero antes de que el enfermero la metiera en la ambulancia esparció su mirada alrededor. Lentamente y a la vez sin detenerse en nada; abarcó casas, tiendas, cielo, transeúntes, yo entre ellos. Sin dejar de sonreír, sin soltar la mano de su hija. Cuánto amor a la vida en un instante. Un largo adiós fue su mirada. La historia, una historia de amor, saliendo de aquel portal, empezaba a escribirse en una mañana soleada; el oscuro pasado y sus secretos, allí, delante de todos, presente para quien quisiera descubrirlo y dar testimonio de la vida. De la vida, que nunca se interrumpe”.

Las dimensiones del Salón de pasos perdidos intimidan a los curiosos que quieren asomarse pero no saben por dónde. Es frecuente la pregunta de por qué tomo empezar. La respuesta es sencillísima: por cualquiera. Por ejemplo, por este Diligencias que está ahora en todas las librerías. Los diarios de Trapiello pertenecen todos a un mismo libro, a un mismo libro bueno que va creciendo cada año.

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En El Español.

25.2.19

Las habichuelas sexuales

Después de La democracia sentimental (Página Indómita) y Antropoceno (Taurus), el productivo Manuel Arias Maldonado publica (Fe)Male Gaze. El contrato sexual en el siglo XXI (Nuevos Cuadernos Anagrama), un libro claro y sensato que seguramente será contestado desde el oscurantismo y la insensatez. A su solidez epistémica (con un notable componente empírico) se le opondrá una de las religiones operativas de nuestro tiempo: ese feminismo fundado en la fe ideológica que arrolla a veces como un mamut (¡el mamut feminista!) cuanto se le pone delante. Pero (Fe)Male Gaze, por ser ilustrado, es un libro liberador: tanto para hombres como para mujeres. Por eso es también feminista.

Su tema, para decirlo con mis palabras (¡no siempre académicas!), es el imperativo que hombres y mujeres tenemos de buscarnos las habichuelas sexuales, y las tensiones y conflictos que de ello se derivan; de qué modo los hombres miran a las mujeres y las mujeres a los hombres, y las consecuencias de esas respectivas miradas (la male gaze y la female gaze). Para empezar, cada una supone una intervención en el otro sexo, y en la otra mirada. La relación es dialéctica: hecha de “acordes y desacuerdos”. Si de Ordesa de Manuel Vilas se ha dicho “esta historia te pertenece”, de (Fe)Male Gaze podría decirse “estas reflexiones te pertenecen”, ya que se ocupa de uno de los ejes de toda biografía. El libro es un disparadero de películas personales: con la lectura uno va evocando montones de historias, propias y ajenas.

El libro lo propicia porque, acompañando el elemento analítico del ensayo, el autor incluye multitud de referencias literarias, cinematográficas y de actualidad. Entre estas últimas, parte de los casos de Strauss-Kahn, Weinstein, el movimiento #MeeToo y el contramanifiesto de Catherine Deneuve y Catherine Millet, para ilustrar el momento actual de las relaciones entre hombres y mujeres. Pese a la brevedad del formato, incluye igualmente numerosas voces de estudiosos del tema –en especial de mujeres– que le dan un espléndido aire polifónico, como es habitual en los escritos de Arias Maldonado, de envidiable erudición.

Su recorrido –rápido pero completo– permite que nos hagamos cargo de la complejidad del tema, refractario a reduccionismos. Sin ignorar las dificultades ni garantizar que vayamos a acabar bien, el autor propone “una combinación virtuosa de autoconciencia e ironía; en los hombres tanto como en las mujeres”. El ideal estaría en “respetar a un tiempo la igualdad (moral, jurídica y política) y la diferencia (fenomenológica)”. Se trataría de excluir “toda coerción, pero también todo moralismo”. Quizá entonces, como escribe memorablemente al final, “podamos entendernos mejor sin dejar por ello de enredarnos”.

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En El Español.

20.2.19

Los límites del entrevistador

Conozco de cerca al presentador de televisión, ese espécimen en general lamentable, ya que hace años trabajé para uno. En las sobremesas alcohólicas que nos suministrábamos los guionistas para aguantar, un compañero hablaba siempre del libro que tenía pensado escribir: “El presentador de televisión. Capítulo uno: Sus límites”. No pasaba de ahí, y no hacía falta: porque en realidad ahí estaba ya todo.

Lo recordé al ponerme la entrevista de Risto Mejide a Arcadi Espada, uno de los errores de mi vida. Recordé también lo que decía Salvador Pániker: “Todo entrevistado acaba reducido a los límites mentales de su entrevistador”. El complejo y acerado Espada, pues, reducido a la mente simplona del vendedor de adocenamientos con ínfulas de originalidad Mejide. Este fue publicitario y en su día le encasqueté mi eslogan favorito de todos los tiempos: “El típico ser único”.

Espada sabe que no debe ir a la televisión, pero va. Por dinero, naturalmente. Un día confesó que cuando se ve en vídeo metido en una discusión se horroriza: “¡Me he convertido en Pilar Rahola!”. Quizá lo pensó ante los que le puso Mejide, pero lo disimuló. Mantuvo la compostura durante la reducción a la que fue sometido. Hasta que no pudo soportar la abyecta utilización que hizo Mejide de un padre y un hijo y se levantó y se fue. Aún tuvo la entereza moral de no moralizar, en aquel estudio que Mejide había puesto pingando con su diarrea moralizante.

A Espada le pierden sus pedagogías un tanto abruptas; ese atenerse a las ideas hasta un punto en que parece haber perdido la compasión. Esto en televisión no funciona. Su toque histriónico y su contundencia, que son dos formas de cortesía –puesto que le brinda al espectador la oportunidad de que no se lo tome en serio, es decir, que lo deja libre–, son aprovechados por un patán como Mejide para ponerlo en la picota: abusando así del espectador al que Espada había respetado.

De Espada podría decirse aquello tan bonito que dijo Borges de Oscar Wilde: que nadie había reparado en que, más allá de sus ingeniosidades, su esteticismo y sus escándalos, está “el hecho comprobable y elemental de que Wilde, casi siempre, tiene razón”. Espada es hoy nuestro librepensador más pugnaz, el que se mete en más líos. No por el afán de llevar la contraria, como repetía el reductor Mejide (que sí vive de llevar la contraria, con una previsibilidad tan soporífera como estomagante), sino porque la verdad les viene grande a muchos. Empezando por el entrevistador.

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En The Objective.

18.2.19

La navaja de Ockham del separatismo

No me abandona el estupor ante los catalanes independentistas. Hago esfuerzos por entenderlos, según esa prédica de que hay que entender a “los otros”. Pero lo que me encuentro son dos cosas: que ellos no son los otros sino los mismos, los mismos que nosotros los españoles; y que nosotros los españoles no existimos para ellos, no nos tienen en consideración, nos desprecian. En este sentido sí habrían llegado a ser los otros: pero de un modo artificioso, mediante una tarea de segregación. Son separatistas porque se han separado: se han autoconstituido artificialmente en un “los otros” para nosotros; y un efecto de esa artificialidad es que no nos reconocen. Como son los mismos que nosotros, esto quiere decir que no se reconocen a sí mismos. Se han enajenado.

El problema catalán es un problemón porque consiste en una enajenación colectiva. La solución no es policial, ni judicial ni política, sino psicológica (estoy al borde de decir psiquiátrica, pero me contengo; aunque Ramón de España, que vive allí, ha hablado del “manicomio catalán”). No sé cuál sería el tratamiento. La policía, la justicia y la política solo podrían ayudar en la medida en que tuviesen efectos psicológicos. No parece fácil. Fomentando la enajenación están a destajo los centros de enseñanza y los medios de comunicación (Agustín García Calvo los llamaba “medios de formación de masas”, y aquí está clarísimo). La élite económica, la élite académica, la élite profesional, la élite cultural están en el independentismo de un modo desesperante. Es lo que se lleva, lo sexy, lo guay. Lo que va sin esfuerzo, aunque sea contra la realidad. Porque funciona como realidad paralela.

La enajenación colectiva es lo que me sale si aplico al tema catalán la navaja de Ockham, ese principio según el cual la explicación más simple suele ser la acertada. Acaso así podamos empezar a explicarnos el carácter inaudito de esta “rebelión contra una democracia liberal en una región donde la renta per cápita supera los 25.000 euros”, como escribió Daniel Gascón. O las efusiones sentimentales, los abrazos, los cánticos, las lágrimas, las quejas, las proclamas rebosantes de superioridad moral de unas personas cuyo principal empeño político es convertir en extranjeros a más de la mitad de sus conciudadanos catalanes (y al resto de los españoles).

Pero persiste el estupor. Ante el discurso de Oriol Junqueras en el juicio del procés. Ante las declaraciones de Quim Torra, Pere Aragonès o Elsa Artadi cuando los entrevista Alsina. Ante Carles Puigdemont y Artur Mas. El estupor incesante ante Gabriel Rufián, Pilar Rahola y Núria de Gispert. Ante los desfiles con antorchas, las manifestaciones, las performances por parte de la población adulta. Ante la asimilación de estos privilegiados con los que sufren de verdad en el mundo. El estupor ante las palabras de la escritora Jenn Díaz, de ERC, después de que su partido rechazara los presupuestos de Sánchez: “Nos demonizáis. Nos deshumanizáis. Nos menospreciáis. Calláis cuando nos reprimen. Nos ponéis al mismo nivel que la ultraderecha. Y ahora os sorprendéis de que no aprobemos unos presupuestos a cambio de nada. No es el mercado, amigos. Es la autodeterminación. Y no renunciaremos”.

Esta gente lo está pasando fatal y todo es absurdísimo.

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En El Español.

11.2.19

Un desastre

Me temo que soy el último mohicano del patriotismo constitucional, esa adhesión fría al Estado de Derecho, leal a España pero netamente antinacionalista. Mi situación es insostenible y lo sé. Pero me sostengo, más solo que la una. Mi actitud es ruinosa en todos los sentidos. Al menos me divierto observando a mi alrededor el espectáculo de la prosperidad sectaria. Todos ahí con su modelo de negocio, haciendo como que hablan de las cosas cuando solo están en una lucha desesperada por la salvación personal. Como yo ahora, por otra parte. Tal vez es lo único que se puede hacer.

Estamos en una ratonera absurda, a la que no le veo salida. La manifestación de ayer fue un desastre, pero porque la situación es desastrosa: solo podía ser un desastre. Y si no hubiese habido manifestación, también habría sido un desastre. Todo viene de atrás, desastrosamente; y se encamina, de desastre en desastre, hacia el desastre final.

En realidad, no hay solución desde el momento en que los partidos constitucionalistas han sido incapaces de ponerse de acuerdo para afrontar la crisis catalana: el ataque más fuerte que ha sufrido la democracia española desde la muerte de Franco (lo del 23-F se quedó en un susto, para cuyo ridículo sí tuvo anticuerpos la sociedad). El gran culpable del desacuerdo (¡qué le vamos a hacer!) es el PSOE, con sus pruritos. Pero también este PP tan poco ejemplar. Juntos suman una sucesión deprimente de errores: el penúltimo, el ronroneo de Sánchez con los populistas y los nacionalistas, a los que les debe el poder; el último, la retórica abusiva de Casado, de una irresponsabilidad pasmosa. Ahora con Vox –con la contaminación de Vox– la solución está más lejos que nunca. Me refiero a la solución de verdad.

Sigo siendo nostálgico del pacto PSOE-Ciudadanos, que no pudo ser: un pacto que los habría mejorado a ambos, en vez de andar empeorándose por ahí con las malas compañías. Sobre todo el PSOE, empeoradísimo ya (¡patética su campaña contra los manifestantes, superior al patetismo de estos!). Pero pensar en ese pacto es un puro bucle melancólico, porque se ve lejísimos.

Mientras tanto, los días fluyen maravillosamente en este rincón privilegiado del mundo. Estuve hace un mes dándome un paseo por Barcelona y qué vida estupenda en las calles, junto al mar. También en Madrid y en Málaga. En Madrid sin mar, pero con igual maravilla. ¿Cuándo saltará a la calle el embrutecimiento de la política, si salta? No deja de asombrarme lo vivible que sigue siendo la vida. No deja de asombrarme la coexistencia de la guerra civil mental con el día a día civilizado. “Estamos en el fondo de un infierno, cada instante del cual es un milagro”. Así lo dijo Cioran.

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En El Español.