31.12.19

Lecturas 2019

No digo "libros", sino "lecturas", porque algunas no son libros. El orden, como siempre, es cronológico. No incluyo las lecturas abandonadas; sí las terminadas en diagonal (un 10% aprox.), aunque no las especifico. Lo bonito de estas listas es que, al repasarlas, el año me parece más denso.

1. Los años felices. Josefina Vicens.
2. [Divina] Comedia. Dante (tr. J. Mª Micó).
3. Aurora. Friedrich Nietzsche.
4. Uma furtiva lágrima. Nélida Piñon.
5. Poemas. William Carlos Williams (trs. J. Coronel Urtecho y E. Cardenal).
6. La península. Julien Gracq.
7. Primeras personas. Juan Cruz.
8. Poesia I (1902-1929). Fernando Pessoa (ortónimo).
9. Rubayat. Omar Jayyam (trs. C. Janés y A. Taherí).
10. Hola, Melón. Cristóbal Ruiz.
11. Malaherba. Manuel Jabois.
12. Guía de extraviados. Juan Gracia Armendáriz.
13. El tenista argentino. Álvaro García.
14. (Fe)Male Gaze. El contrato sexual en el siglo XXI. Manuel Arias Maldonado.
15. Texto sentido. Sanz Irles.
16. "La gorra". Thomas Bernhard.
17. Diligencias. Andrés Trapiello.
18. L'apprenti dans le soleil. Franck André Jamme.
19. "¿Es una comedia? ¿Es una tragedia?". Thomas Bernhard.
20. "Midland en Stilfs", Thomas Bernhard.
21. La tierra desnuda. Rafael Navarro de Castro.
22. Las tradiciones (1979-1988). Andrés Trapiello.
23. Sábado, domingo. Ray Loriga.
24. "Emma Zunz". Jorge Luis Borges.
25. Ironía On. Una defensa de la conversación pública de masas. Santiago Gerchunoff.
26. Cambiar de idea. Aixa de la Cruz.
27. "Ciudad". Jónatham F. Moriche.
28. Mañana tendremos otros nombres. Patricio Pron.
29. Diario. Hélène Berr.
30. Diario del hombre pálido. Juan Gracia Armendáriz.
31. Piel roja. Juan Gracia Armendáriz.
32. El milagro Spinoza. Una filosofía para iluminar nuestra vida. Frédéric Lenoir.
33. A finales de enero. La historia de amor más trágica de la Transición. Javier Padilla.
34. Descendimiento. Ada Salas.
35. Correspondencia. Spinoza.
36. Tus pasos en la escalera. Antonio Muñoz Molina.
37. Carta florentina. Guillermo Carnero.
38. El Kulterer. Thomas Bernhard.
39. Poética y poesía (F. Juan March). Ada Salas.
40. Poesia II (1930-1933). Fernando Pessoa (ortónimo).
41. El orden del tiempo. Carlo Rovelli.
42. Poesia III (1934-1935). Fernando Pessoa (ortónimo).
43. Ilíada. Homero (tr. F. Gutiérrez).
44. Oriente. José Carlos Llop.
45. Nos vemos en esta vida o en la otra. Manuel Jabois.
46. Por las ramas. Roberto Merino.
47. "Cortejo". Guillaume Apollinaire.
48. La Vida Nueva (versión final). Raúl Zurita.
49. El director. David Jiménez.
50. Homero. C. M. Bowra.
51. Crónicas de la vida que pasa. Fernando Pessoa.
52. Vida y papel. Félix de Azúa.
53. Cronografías. Arte y ficciones de un tiempo sin tiempo. Graciela Speranza.
54. Las mejores palabras. De la libre expresión. Daniel Gamper.
55. Aquí (cómic). Richard McGuire.
56. Revolución. Juan Francisco Ferré.
57. La huida de la imaginación. Vicente Luis Mora.
58. Eneida. Virgilio.
59. Quiero cansarme contigo. Javier Gomá.
60. A mí no me iba a pasar. Laura Freixas.
61. Diario último (2016). Ignacio Carrión.
62. Aquí y ahora. Diario de escritura. Miguel Ángel Hernández.
63. Yo iba a ser Homero (Antología poética bilingüe). Paulo Leminski.
64. Por la parte de Swann. Marcel Proust (tr. C. Manzano).
65. Una cierta edad. Marcos Ordóñez.
66. El final del affaire. Graham Greene.
67. “Poema leído en la boda de André Salmón”. Guillaume Apollinaire.
68. La orgía de los cultos. Leopoldo Alas.
69. Regreso a Reims. Didier Eribon.
70. La muerte de Virgilio. Hermann Broch.
71. Microgeografías de Madrid. Belén Bermejo.
72. España. Manuel Vilas.
73. La isla de los conejos. Elvira Navarro.
74. Historia de España. Julio Valdeón, Joseph Pérez y Santos Juliá.
75. Sur. Antonio Soler.
76. Una temporada con Marcel Proust. René Peter.
77. Conversaciones con Goethe. J. P. Eckermann.
78. Antología poética. Miguel de Unamuno (ed. A. Trapiello).
79. Luz de agosto. William Faulkner.
80. Sartoris. William Faulkner.
81. La hija de la española. Karina Sainz Borgo.
82. El amor loco. André Breton.
83. Debut. Christina Rosenvinge.
84. Un corazón demasiado grande. Eider Rodríguez.
85. La peor parte. Fernando Savater.
86. Dignidad. Javier Gomá.
87. La emboscadura. Ernst Jünger.
88. Blitz. David Trueba.
89. El sol en la cabeza. Geovani Martins.
90. Diarios (ed. completa). Iñaki Uriarte.
91. Lola Vendetta. Más vale Lola que mal acompañada (cómic). Raquel Riba Rossy.
92. El idioma materno. Fabio Morábito.
93. El sueño (1690). Sor Juana Inés de la Cruz.
94. Relaciones y soledades (Aforismos). Arthur Schnitzler.
95. Nueva antología poética. Rainer Maria Rilke (ed. J. Ferreiro Alemparte).
96. Pájaros que se quedan. Eduardo Jordá.
97. Alegría. Manuel Vilas.
98. Lejos de Kakania. Carlos Pardo.
99. Mal que bien. Enrique García-Máiquez.
100. La anomalía catalana. Cristian Campos.
101. El sonido y la furia. William Faulkner.
102. Separatistas ante los ropones. Julio Valdeón.
103. Un juicio sin final. Pablo Ordaz.
104. Muchacha de Castilla. Mercedes Cebrián.
105. Diálogos con Ferlosio (ed. José Lázaro).
106. Tiempo de magos. La gran década de la filosofía: 1919-1929. Wolfram Eilenberger.
107. Poesía completa (1953-1991). Claudio Rodríguez.
108. El mar, el mar. Iris Murdoch.
109. Calle de sentido único. Walter Benjamin.
110. Proust, Premio Goncourt. Thierry Laget.
111. Posibilidades en la sombra. Mariano Peyrou.
112. Praga. Manuel Vázquez Montalbán.
113. Tres o cuatro cosas que sé de cine. Carlos Font.
114. La casa de leer en lo oscuro. Maria Azenha (tr. J. Á. Cilleruelo).
115. La tempestad. William Shakespeare.
116. De vuelta del mar (Poemas). Robert Louis Stevenson (ed. J. Marías).
117. Dante. La novela de su vida. Marco Santagata.
118. Claros del bosque. María Zambrano.
119. La frontera. Pascal Quignard.
120. Sed de lex. Arcadi Espada.
121. Sur Plusieurs Beaux Sujects. Wallace Stevens.
122. Adiós a la época de los grandes caracteres. Abraham Gragera.
123. El optimismo de la voluntad. Conversación con Antoine Spire. Eric J. Hobsbawm.
124. El asco. Thomas Bernhard en San Salvador. Horacio Castellanos Moya.
125. Duchamp en España. Pilar Parcerisas.
126. Pau Brasil. Oswald de Andrade (tr. A. Sánchez Robayna).
127. Lectura fácil. Cristina Morales.
128. Prosa del Transiberiano y de la pequeña Jehanne de Francia / Panamá o las aventuras de mis siete tíos. Blaise Cendrars (tr. E. Molina).
129. Las caridades de Alcipo y otros poemas. Marguerite Yourcenar (tr. S. Baron Supervielle).
130. El sentido de un final. Julian Barnes.
131. Galería de fantasmas. Juan Luis Panero.
132. Vida con mi amigo. Bárbara Jacobs.
133. El revés y el derecho. Albert Camus.

30.12.19

Días históricos

Estos meses no han dado tregua y ni en fin de año la tenemos, pero hoy me quiero tomar la columna para contar cómo viví la caída del Muro de Berlín, antes de que se escape este 2019 del trigésimo aniversario. Mi vivencia no fue excepcional, pero tuvo su gracia.

La madre de Antúnez se había ido de viaje y Antúnez nos invitó a Hormigo y a mí a que pasásemos unos días en su casa. Teníamos veintidós, veintitrés años. Yo había vivido un par de cursos en Madrid, pero en Málaga nunca me había alojado fuera del piso de mis padres. Aquellos días fueron una especie de excursión a mi propia ciudad. Un noviembre extranjerizante, o turístico, en las calles de siempre; un cierto extrañamiento acogedor. Recuerdo las luces y las risas. Una libertad rara.

En la casa, un cuarto piso que daba a la estación de tren y al entonces América Multicines, escuchábamos dos discos de música brasileña, a la que nos acabábamos de aficionar: Totalmente demais, de Caetano Veloso, y O eterno deus Mu dança, de Gilberto Gil (con intervención de Ed Motta, cuyo vozarrón imitábamos). Yo leía a ratos La orgía de los cultos, de Leopoldo Alas, y el libro sobre Goethe que tenía Antúnez de la colección Júcar. En el vídeo nos pusimos Superdetective en Hollywood, El Padrino, el Calígula de Tinto Brass, alguna película de francesitas... Recuerdo las habitaciones desordenadas, el whisky en la terraza con sol de otoño. No sé qué nos hacíamos de comer. Soltábamos nuestras gansadas a toda voz. Nos imaginábamos que la vida era así.

La primera mañana me desperté muy temprano y encendí la tele. En aquel tiempo recuperaban viejos programas de los setenta, que no habíamos vuelto a ver desde niños. Fue una conmoción encontrarse otra vez con Vicky el Vikingo, que había sido mi serie favorita de dibujos animados. De pronto pusieron una muy antigua de Sancho Gracia: Los camioneros. Su sintonía, que yo tenía sepultada, fue un magdalenazo proustiano. Entusiasmado, me puse a aporrear las puertas de mis amigos: “¡Yupiiiii, Los camioneros!”. Eran las siete de la mañana y se pasaron años recordándomelo.

A la vuelta de un paseo por el puerto (aquel viejo puerto de Málaga destartalado, con el silo que ya no existe y las grúas que ya no están), me encerré a darme un baño de Cleopatra con las pociones de la madre de Antúnez. Cuando llevaba un rato en el agua caliente, aturdido por los perfumes, casi hundido en la espuma, me empezaron a aporrear la puerta. Pensé que era en venganza por lo de la mañana. Pero no: era por la caída del Muro de Berlín.

A la mañana siguiente nos hicimos fotos en una especie de malla vertical que había en el Parque. Sacábamos las manos por los resquicios como si fuésemos berlineses saliendo. Todo era juego entonces. También en los días históricos.

* * *
En El Español.

25.12.19

El gran amor de Alfonso Sánchez

En el primer libro del abogado y editor Carlos Font, Tres o cuatro cosas que sé de cine (¡una delicia para cinéfilos!), se cuenta, entre otras muchas, la historia del gran amor del legendario crítico Alfonso Sánchez. Naturalmente, por una actriz: la no menos legendaria, aunque veo que sigue viva, Anouk Aimée.

Cuenta Font que el crítico tenía una cita anual con ella en el festival de Cannes. Cenaban juntos en la clausura y de esa cena él se alimentaba todo el año. El procedimiento amatorio de Alfonso Sánchez era un tanto picaresco: sobornaba a un camarero para que, en la asignación de mesas, lo sentara junto a Anouk Aimée. Ella siempre se sorprendía por la coincidencia, y concluían entre risas que era "el destino". El encuentro, por supuesto, no pasaba de los postres.

Font dice que le oyó la historia al propio Alfonso Sánchez en el documental de quince minutos que le dedicó José Luis Garci en 1980. Está en YouTube y es muy bueno. En él se muestra una masculinidad pasada, delicada, de los feos antiguos: los que miraban a las mujeres, a las bellas mujeres, como diosas inaccesibles. No hay resentimiento, sino adoración; su deseo incumplido es menos frustrado que sublimado. Para los amantes del cine, la sublimación se proyectaba en la pantalla. Una felicidad palpable, pero hecha de anhelo.

El relato de Alfonso Sánchez difiere en algún detalle del de Font, cuyo recuerdo lo había redondeado. El crítico y la actriz se cruzaban todos los años por los festivales, él la miraba embobado y ella se reía; pero fue solo en un festival de San Sebastián cuando sobornaba al camarero para que lo sentase en todas las comidas junto a ella. Hasta que ella lo pilló soltando la propina y le dijo, supongo que en francés: "Así que el destino, ¿no?". "Este es el gran fracaso de mi vida", concluye el crítico.

Me había quedado yo melancólico con el asunto, pensando en esas imposibilidades que se deben a la asimetría ("sapo namorando a lua", cantaba João Gilberto), y me puse a buscar artículos y vídeos sobre Alfonso Sánchez, cuya voz cascada es uno de los sonidos de mi infancia, como ese rostro al que no amó Anouk Aimée. Hay una necrológica preciosa de Diego Galán en El País (Alfonso Sánchez murió en 1981, un año después del documental) y un artículo de Manuel Segura en La Verdad de Murcia, en que aparece una encantadora foto del crítico con la actriz. Pero ha sido viendo su intervención en uno de aquellos programas suyos de TVE cuando he caído en su extraordinario parecido físico con Picasso (minuto 15:55). Es decir, con un hombre que sí tuvo éxito con las mujeres.

Ya sabemos que fue por su fama de artista, por su poder, por su dinero, por su magnetismo... porque no era un hombre gris como Alfonso Sánchez. Pero hoy que estamos en Navidad podríamos imaginar, a modo de cuento, o de película, que Anouk Aimée le corresponde. Y que cuando Alfonso Sánchez dice en el documental "si me llama por teléfono, vamos a la boda en seguida, a las cinco de la tarde", suena en efecto el teléfono y es esa "criatura maravillosa" para decirle que sí.

* * *
En The Objective.

23.12.19

El apedreamiento

Me desayuno el día del sorteo de Navidad con la noticia de que tendremos gobierno antes de Reyes, el peor gobierno posible. No hay que esforzarse mucho para que surjan las metáforas. A los españoles nos ha tocado el Gordo, el gordo Junqueras; con un efecto tan abaratador que resulta punitivo. Ni siquiera equivale a la pedrea, sino que es un apedreamiento. Hemos sido tan malos que los Reyes no esperarán a su noche para dejarnos el carbón. Nos lo dejarán antes. Y con ese carbón seremos apedreados. Un apedreamiento merecido.

Últimamente aflora un orgullito absurdo, muy rebelión de las masas, cuando se les dice a los españoles que votan mal. Pero lo cierto es que en las últimas elecciones votamos fatal; incluido yo, que no voté. Cuando aparece un sujeto como Sánchez, un cuerpo electoral mínimamente sano debería haber tenido su expulsión como prioridad absoluta. La corresponsabilidad de unos rivales de tan poca talla y con tantos errores como Casado o Rivera, más la irredimible sombra de Vox, no ha de enturbiar el juicio. Quizá estemos excusados, pero somos imperdonables.

Sánchez es un cínico sin principios que solo ambiciona el poder, a cualquier precio. En mis rachas neosanchistas, yo fantaseaba con esa falta de escrúpulos puesta al servicio del bien: por carecer de principios, cabía la posibilidad de que Sánchez actuara en favor de los buenos. Naturalmente, si se le obligaba. Por eso defendí el apoyo (con severas condiciones) de Rivera. Pero los números no han dado esta vez y estamos vendidos. El que se haya afianzado "la banda de Sánchez" de que hablaba Rivera no le quita culpa a este, puesto que su omisión la ha promovido. En un reparto de culpabilidades en el que, naturalmente, el culpable principalísimo es Sánchez. Junto a ese partido patético que es ya el PSOE.

En la insistencia obscena de que, si no lo apoyaban (¡gratis!) los constitucionalistas, tendría que echarse en brazos de los anticonstitucionalistas, me he acordado de don Antonio Machado, al que tanto se adoró en el PSOE de otros tiempos: "Entre el hacer las cosas bien y el hacerlas mal está el no hacerlas". No ha habido en nuestra política un político más antimachadiano que Sánchez, al que le da igual hacer las cosas bien o mal, con tal de que las haga Sánchez, en beneficio de Sánchez.

Ahora, como los Estados Unidos de Trump o el Brasil de Bolsonaro, España dependerá de la fortaleza (y la resistencia) de sus instituciones democráticas. Esas que quieren menoscabar o destruir los socios de Sánchez. La última esperanza –no del todo descabellada– es que Sánchez los traicione también a ellos.

* * *
En El Español.

18.12.19

Jot Down 29

En el nuevo trimestral de Jot Down, nº 29, especial Locura, colaboro con el artículo "Cada loco con su tema", en el que divago sobre unas cuantas cosas relacionadas con la locura; más en sus acepciones cotidianas o culturales que en la estrictamente psiquiátrica. La revista, como siempre, se puede comprar en librerías y por la web de Jot Down.

16.12.19

El bolso

Anda Rajoy intentando caer simpático en todas las entrevistas y consiguiéndolo a veces, incluso conmigo. Pero yo ante todo veo un bolso, un bolso irreversible. Y cuando me descuido me obligo a ver ese bolso. El que Soraya dejó en su escaño vacío o vaciado (vaciado por Rajoy, de Rajoy) en el momento clave de la moción de censura.

Aquel Rajoy de piel, tasado en dos mil euros, asistió a la España que se nos venía encima: la de Sánchez con sus socios. Una España peor, en la que tiene muchísima responsabilidad el irresponsable Rajoy. Sus memorias, naturalmente, las titula Una España mejor. No las pienso leer. A mí me da igual lo que escriban los bolsos.

En su retirada discreta de la política, que no ha estado mal (ha sido ordenada como un Brexit ordenado), hubo una excepción sangrante: su comparecencia ante el tribunal de Marchena durante el juicio del procés. Fueron las terceras declaraciones más patéticas; después de, por este orden, las de Marina Garcés y Zoido. Solo que la pobre Garcés no pintaba nada y Zoido y Rajoy pintaban mucho. Asistir a la indigencia político-intelectual de ambos, a su desconcierto de gobernantes chapuceros en el momento más grave de nuestra historia actual, explica bastante lo que nos pasa, que es de todo.

Luego estuvo aquel acto junto a Felipe González en el que los dos pedían altura de miras y pactos de Estado. Y tenían razón, claro, pero daban grima. ¿Con qué autoridad lo pedían? Me hacen mucha gracia esas famas de grandes estadistas de González y Aznar, y ahora de Rajoy (Zapatero jamás ha estado en esa lista). Yo tiendo a creérmelas, porque me gusta lo agradable. Pero lo cierto es que no ha habido ni un solo “gran estadista” en España que no haya dejado el Estado hecho unos zorros.

Escribe Arcadi Espada en la entrevista que le ha hecho a Mariano Rajoy en El Mundo que “este hombre ha cumplido su vocación personal más profunda, que siempre fue la de llegar a ser expresidente”. Tiene razón, aunque habría que precisar que expresidente ya llegó a serlo en sus años de Moncloa. Su carácter póstumo, apalancado, equivalía a una presidencia vacante.

Y sin embargo lo echamos de menos. Porque lo que ha venido después ha sido peor, mucho peor: esta sórdida agua de borrajas de la política española asociada ya al nombre de Sánchez, que desbancará a Zapatero como el peor presidente de nuestra historia reciente. Y eso que aún no ha terminado de arrancar.

De eso se beneficia hoy Rajoy: de no ser Sánchez. No es poca virtud. Pero no se puede olvidar que Sánchez iba dentro de aquel bolso.

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En El Español.

11.12.19

La espuma de las obras

He leído un libro divertidísimo y la mar de instructivo: Proust, Premio Goncourt, de Thierry Laget (Ediciones del Subsuelo). Se ocupa del Goncourt que le concedieron en 1919 a Marcel Proust por A la sombra de las muchachas en flor, segundo tomo de En busca del tiempo perdido (el primero, Por el camino de Swann, se había publicado en 1913, antes de la guerra, y ya estaba casi olvidado).

Lo instructivo es que el premio fue despreciado por la prensa, que prefería la novela del excombatiente Roland Dorgelès, Las cruces de madera. Se ensañó con Proust con una profusión mareante, que prueba que los periódicos de entonces eran tan infectos como las redes sociales de ahora. La novedad es que hoy todos participamos directamente en la infección.

Instructivos son también los entresijos del premio, la cantidad de vanidades de nombres olvidados y de detalles de gusanera. Ocurre lo mismo cada vez que se estudia un episodio de la historia: metes un palo en el hormiguero y se llena de hormigas. La realidad es abigarrada, infinita, y lo que va quedando es una decantación. Retornar a sus complejidades produce aturdimiento. Se nos termina olvidando que todo ha sido siempre un lío.

El propio Proust tuvo que trabajarse el premio, porque nada es gratis: resulta embarazoso leer sus cartas de adulación. Y luego, cuando lo obtiene, el cachondeo sobre él y su obra. Como nosotros mismos con cualquier libro que sale. Recuerdo que en una biografía de Baudelaire se citaban risitas de otros por Las flores del mal; lo ridiculizaban como hoy ridiculizaríamos a Suso de Toro. Con Proust no se ahorran chistes, agotan los juegos de palabras: "Proustitución", "proustatitis"... Parece Twitter por momentos.

Dan ganas de escapar, de consumirse en la inacción. Y sin embargo seguimos, porque sabemos algo más poderoso: todo lo anterior no es más que la espuma de las obras. Son las obras lo que cuenta: lo que se escapa. Al lector que lee A la sombra de las muchachas en flor no le interesa otro mundo. Como no le interesaba a Proust cuando escribió ese tomo, ni cuando continuó escribiendo los siguientes. El mundillo literario puede tener su gracia, pero es otra cosa. Lo mejor del autor está en sus libros.

Tal vez por lo que escribió Aristóteles en un memorable pasaje de su Ética a Nicómaco (1167b y ss.; traducción oral de Lledó): "Todos aman su propia obra más de lo que su obra les amaría a ellos, si llegara a ser animada. Quizá ocurre con los poetas que aman extraordinariamente sus propias obras y las quieren como a hijos. La causa es que el ser es para todos objeto de predilección, y somos por nuestra actividad; y la obra es en cierto modo su creador en acto; y el creador ama su propia obra más que a sí mismo porque ama el ser." Efectivamente: lo mejor del autor.

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En The Objective.

9.12.19

Señoritos feudales

Lo peor de las insistentes repeticiones electorales ni siquiera son los gobiernos que no se forman o se forman a partir de ellas, sino el deprimente espectáculo de las sesiones constitutivas del Congreso, cada una más carnavalesca que la de antes. Todo es ya descomposición y destrucción. De todas las historias de la historia, la de España es la más estúpida, porque termina estúpidamente. Cuando parecía haber acabado con sus demonios, se deja vencer por ellos por pura estupidez.

"No nos representan", era el grito del 15-M contra nuestros representantes políticos. Este grito lo hizo suyo Podemos, y ocho años después sí que nos representan: un tercio del Congreso es (con la connivencia del PSOE) un circo de patéticos impresentables, con sus caprichitos maleducados. Los coros y danzas de los juramentos creativos expresan lo que son quienes los profieren: señoritos feudales, caciques de lo suyo. Muchos se dicen republicanos y de izquierdas, pero son enemigos de la ley común y del Estado: es decir, de lo único que ampara a los débiles; de lo que articula la democracia y garantiza la ciudadanía.

Eso y no otra cosa socavan, movidos por un particularismo egocéntrico y desquiciado. Incapaces de neutralidad institucional, que represente (¡esta vez sí!) a todos, no dejan pasar la ocasión de expresarse mediante sus mojones ideológicos, sus pamplinas, sus tics. Están todo el día predicando contra el individualismo extremo del "neoliberalismo", y cuando les llega su gran momento comunitario sacan, como un guiñol, al "individuo" que llevan dentro.

En el fondo es la acostumbrada religión, en su versión más rudimentaria: la superstición. Se creen que están en la promesa, pero están en el juramento: han reinventado el juramento. Prometer "por el planeta", o "por las Trece Rosas", o "por la democracia y los derechos sociales", no son más que jaculatorias para que no se les tome por pecadores al aceptar el mal, o lo impuro: la Constitución. Y lo mismo los de Vox con sus juramentos "por España", en esta pesada espiral de parodias invertidas.

En todos ellos anida la bellaquería de pensar que la Constitución es incompatible con las Trece Rosas, con la democracia, con los derechos sociales, con España e incluso con el planeta. (Al margen están los independentistas, claro, cuyas monsergas son directamente antidemocráticas: derivaciones hitlerianas del Führerprinzip, por muy cuqui Rosique que se sea.)

Al final todos estos pijos ideológicos, si no pueden imponer cada uno su política por la fuerza, por la guerra, descubrirán aquello que permite la convivencia (resignada, si se quiere) de unos con otros: el parlamentarismo. Después de la destrucción de todo, la reconstrucción deberá traer, con mucho esfuerzo, algo muy parecido a lo que ahora tenemos. Con mucho esfuerzo y con mucha suerte.

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En El Español.

2.12.19

Cercas, novelista maldito

Tuve una mala reacción, instintiva, antigua, al oír el agradecimiento del Rey a Javier Cercas en la entrega del premio Cerecedo. La figura del escritor áulico está históricamente desprestigiada, en general con razón; sobre todo para nuestra sensibilidad moderna, de querencia (¡todavía!) vanguardista. El modelo apreciado es el del escritor contra el poder, o al menos no rendido al poder. Cercas viene de ganar el Planeta (que se percibe como rendición comercial) y verlo acariciado, con un añadido personal incluso, por Felipe VI me provocó ese rechazo automático.

Pero en España conviene desactivar lo automático, porque si no estamos fritos. Nuestro país es tan raro (cada día lo es más) que el discurso institucionalista del jefe del Estado suena a underground, y basta que bendiga a un escritor para arrojarlo al malditismo. En los últimos años nada hay más vitriólico, nada más en contra de lo establecido en nuestra cotidianidad política, que el discurso de Navidad del Rey. Este programa sería el equivalente exacto de La Edad de Oro de los ochenta, en que Genesis P-Orrigde podía estar fumándose un porro y con una botella de whisky en la mano mientras su niño pequeño correteaba por el plató.

En este sentido, las palabras del Rey son dinamita. Dice de Cercas: “huye de la equidistancia entre Estado de derecho y quienes pretenden destruirlo [...] es ajeno a extremismos, sin disculparse por alentar la conciencia cívica y moral”. Y le da las gracias por su “firme defensa de la legalidad democrática y de la libertad” y por su “firme y lúcida defensa de los principios y los valores que representa y simboliza nuestra Constitución”. ¡Un escándalo!

Le agradeció en especial el artículo del 13 de enero de este año en que Cercas respondía a otro anterior de Pablo Iglesias que cuestionaba la monarquía con los acostumbrados argumentos demagógicos y aproximadamente guerracivilistas. Cercas se declara no monárquico, pero acepta la monarquía con convincentes razones históricas y políticas. Como yo mismo y como la izquierda que hizo la Transición. Algo que hoy suena subversivo.

Es pavoroso, pero en España ha desaparecido el voto constitucionalista puro. Al votante del PSOE se le obliga a transigir con Podemos, ERC y hasta Bildu. Al del PP y al de Ciudadanos, con Vox. Yo, por ejemplo, socialdemócrata con simpatías liberales (tal vez eso que ahora llaman “socioliberal”), detestador del sectarismo y esmerado constitucionalista, he sido expulsado del sistema electoral español. Tuve que abstenerme en las pasadas elecciones por una razón simple: no tenía ningún partido al que votar. Mi discurso es casi el discurso de la Corona. Y eso me ha llevado políticamente a la exclusión.

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En El Español.

28.11.19

Mis paraísos artificiales

Me he enterado, con su muerte, de que el creador del pastelillo Pantera Rosa se llamaba desagradablemente Pujol; aunque este, a diferencia del otro y su estirpe, se contaba entre los benefactores. Su obra ha sido como las de la cultura popular: ha rodado anónima, dando alegría, proporcionando placer, otorgando sentido. Y ahora que desaparece físicamente el autor, aparece su nombre: Josep Pujol. Bendito seas.

Hace unos años volví a consumir los pastelillos de mi infancia y fui consciente, ya con el paladar experimentado, del prodigio. Sobre todo el de la Pantera Rosa: ¡qué artificialidad absoluta! ¡Pura invención humana! ¡Un sabor arrancado de la nada literalmente! Estaba entonces pujante la Generación Nocilla –unos literatos adscritos a esa pringue marrón, así fueron sus obras– y caí en que era la Pantera Rosa la que cumplía sus premisas mutantes o afterpops; pero no tuvieron el coraje de llamarse Generación Pantera Rosa. Un vanguardismo achicado.

Vanguardista era la chavalería del baby boom, atiborrada de gloriosa bollería industrial y que esgrimía piezas que prefiguraban El Bulli y que podrían estar en cualquier museo de arte contemporáneo: ¡además de la Pantera Rosa, el Bony, el Tigretón, el Megatón, el Bimbollo, el Bollycao, los Donuts, los Bucaneros, los Tronkitos, los Phoskitos (regalos y pastelitos)! Esos fueron mis paraísos artificiales, tan artificiales (¡sofisticadamente artificiales!) como paradisíacos. Aquellos arrobamientos en el recreo, de aislamiento y viaje interior con las dulzuras demoradas y al mismo tiempo fugaces, chutazos de azúcar ultraprocesada, éxtasis multicolor, navegaciones cerebrales que postulaban un alma, nuestra astronáutica alma infantil.

Decía Borges que todos los viajes son espaciales, y de igual manera todos los sabores son químicos. Pero qué maravillosa la química exenta, como acentuada, de aquellos festines pasteleros que dejaban un rastro de dedos manchados y envoltorios, los plastiquitos crujientes como capas de crisálida. Y junto con los pastelillos, las golosinas y demás manjares de kiosco: el chupachups Kojak, los chicles Kosmos y Bazooka, el Palote, el Drácula, el Lolipop, los Fresquitos, los poloflanes (¡esculturas de hielo, de paleta botticelliana!), y en la cúspide los Peta Zetas y los Gusanitos (¡imprescindible la aportación del glutamato!).

Somos así Prousts estrafalarios, que en vez de la elegante magdalena tenemos todo ese arsenal chillón, puede que poco presentable. Pero de ahí venimos y ahí llegamos cuando nos ponemos a recordar. La Pantera Rosa, que nunca estuvo en la vida hasta que nosotros aparecimos en ella, es nuestro emblema de la vida: un milagro extraterrestre.

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En The Objective.

25.11.19

La corrupción de la corrupción

Estos días hemos asistido en directo a una corrupción quizá más grave que la corrupción: la corrupción que consiste en utilizar políticamente la corrupción. Que es, entre otros factores, lo que fomenta la corrupción o al menos impide que se la persiga o que tenga consecuencias sociales, electorales. De pronto, el conglomerado político-mediático que vociferaba denodadamente contra la corrupción, porque era la ajena, ha pasado de puntillas sobre la propia. Con una coreografía de ejecución admirable.

En estos casos de semáforo ideológico de la indignación, que regula la respuesta no según los delitos sino el partido de quienes los cometen, se aprecia un entrañable efecto de economía psicológica. Un ejemplo: las famosas 169 portadas que –como ha analizado Arcadi Espada– El País dedicó a Francisco Camps, del PP valenciano, absorbían las que ese periódico no iba a dedicar a los ERE del PSOE andaluz. La indignación por los cuatro trajes era tan exagerada porque la engordaba el futuro semisilencio por los 679 millones de los ERE.

Tales son los sórdidos juegos del sectarismo, corruptores de nuestra vida pública. Digamos que hay una indignación global que no se reparte equitativamente, sino que toda se les aplica a los ajenos y ninguna a los propios. Todo es acusación, nada autocrítica. De este modo solo hay censura histérica sin mejora. Lo devastador es la ética que subyace: una ética (o antiética) que juzga no por los hechos sino por lo que se es. El virtuoso lo es por definición, haga lo que haga. Y el culpable también. Lo más barato del asunto es que el juicio ni siquiera lo determina lo que se es personalmente, sino ideológicamente. Estamos en un mundo de buenos y malos ideológicos. Ambos porque sí.

La consecuencia inmediata es, por supuesto, la apetitosa posibilidad de corrupción de quienes estén situados en el lugar adecuado en cada caso. Recuerdo un debate de hace años entre mi amiga Dolores González Pastor, diputada entonces en la Asamblea de Madrid por Ciudadanos, y un joven de Podemos. Ella, que presidía la comisión anticorrupción, hablaba de los controles que había que extremar para luchar contra la corrupción, porque todos podían incurrir en ella. A lo que respondió escandalizado el de Podemos: no todos los políticos son iguales y no a todos se les puede medir por el mismo rasero...

Estaba pensando, por supuesto, en los suyos, virtuosos por definición. Los situados ideológicamente en el lugar adecuado y que tendrán toda la cobertura político-mediática para corromperse. Y para ser excusados si los pillan.

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En El Español.

18.11.19

La incipiente pancita

Ciudadanos es solo el segundo partido que ha muerto después de las pasadas elecciones. El primero es el PSOE. La devastación de Ciudadanos, además, tiene arreglo: podría resucitar. La del PSOE no. Es un partido muerto, pese a las apariencias, pese a haber sido el más votado, pese a que vaya a gobernar. O precisamente porque va a gobernar.

Durante la campaña, una de las opciones que me parecía deseable era la de una mayoría absoluta del PSOE. Eso y rezar: para que el PSOE la aplicara bien. He cambiado de opinión: un PSOE con mayoría absoluta hubiese sido catastrófico. Un partido que no sabe lo que es, un partido acomplejado porque no se ve lo suficientemente de izquierdas, que sostiene a un líder, Pedro Sánchez, que es un tiovivo andante, con un discurso que da vueltas por todas las ideas e inclinaciones posibles, ninguna suya porque lo suyo es el girar. (Si Rivera era una veleta, Sánchez es una veleta loca.)

Por fortuna, Sánchez no podrá gobernar solo. Y eso está bien, porque cualquiera con el que se alíe (insisto: cualquiera) tiene el principio de realidad más asentado que él. Hasta Rufián y Otegi, que serían respectivamente Churchill y Adenauer a su lado. No digamos Aitor Esteban, Revilla o el de Teruel Existe: auténticos guardianes de la realidad regional y provincial. El sólido terruño frente al vaporoso no sé qué.

Todo hemos de fiarlo ahora a Pablo Iglesias, el verdadero ganador de las elecciones. El aclamado en Ferraz (“¡con Iglesias sí!”) por la militancia que ha socavado al PSOE. Esa militancia sin sentido de Estado, identitaria de una “izquierda” y de un “progresismo” nominales, cuya gran preocupación es que nadie la llame “facha”. Para poder llamárselo a los demás.

Pero hay que confiar en Podemos, que con la liquidación del PSOE será el nuevo partido socialdemócrata. Y hay que confiar en Iglesias. Tiene un chalet, tiene tres hijos (no me extrañaría que él e Irene Montero hubiesen encargado el cuarto tras el pacto con Sánchez) y tiene una incipiente pancita que ofrece todas las garantías al Ibex 35, la UE y hasta el FMI.

En el gobierno bicéfalo PSOE-Podemos habrá una cabeza de la que no cabe esperar nada (la de Sánchez) y una prometedora cabeza (la de Iglesias) que es muy bueno que vaya conociendo los entresijos del Estado, su día a día, sus posibilidades y sus límites para gobernarlo con sensatez en el futuro. Su juventud atolondrada quedará atrás. Será el nuevo Felipe González. Y una mañana la pancita (panza para entonces) reclamará su complemento y le será concedido: la eliminación de la coleta.

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En El Español.

13.11.19

Elogio del votante asesino

No deja de haber grandeza en los partidos nuevos, que nacieron de una insatisfacción, de una disconformidad con el sistema de partidos vigente, y que andan en la cuerda floja, haciendo equilibrios entre la existencia difícil y la inexistencia de la que proceden. A esos partidos sus votantes no les perdonan ni una. Si los votaron porque expresaban esa disconformidad y esa insatisfacción, es que eran votantes sensibles a ambas afecciones: afecciones que resurgirán frente a esos partidos a poco que los decepcionen.

Hay adolescencia en la postura, idealismo, esteticismo incluso. Sin duda, un insidioso afán de pureza que es incompatible con la suciedad de la política práctica. Yo, que estaría en este sector, reconozco perfectamente sus límites, sus fallos y hasta sus trampas. Reconozco también sus eventuales efectos negativos: no precisamente en la dirección de la pureza. Pero enfrente está el otro votante, el inamovible, el pancista, el satisfecho hasta la náusea con su partido, al que votará haga lo que haga, por fatal que lo haga, porque votarlo no es una elección política sino un rasgo de identidad. La abominación hacia ese votante me mantiene en mi inestable lugar, pese a las dudas. (Dudas entre las cuales está, por supuesto, el reconocimiento de las ventajas de la estabilización, que les permite a los partidos tener un suelo.)

Puede que el más recomendable sea el famoso swinger voter de los politólogos, que hace que la cosa se mueva: la oscilación al menos del bipartidismo, que sin el swing de ese votante no tendría compás. En la franja de indecisos se cuece el avance; o el retroceso. En ellos se da el compromiso entre la crítica (o el no apego) y la acción, puesto que al final se deciden. Prestan su complemento ocasional a los votantes fijos, y la combinación es fecunda. Así se engendran gobiernos.

Volviendo a los votantes del principio, tras los que se me van los ojitos, aun sabiendo que están condenados a una cierta esterilidad, que se extendería en la medida en que se extendiesen, considero que también resultan benéficos, del modo en que el arte resulta benéfico: simbólicamente. No está mal que haya un núcleo de votantes que no transijan con los errores, para recordarles a los otros que existe la ética de los principios, aunque la deseable sea la de la responsabilidad. Votantes maximalistas del “¡César o nada!”, o del “¡Faisán o hambre!”, que acaben en la nada y en el hambre: las de ellos y las del partido que al final liquidan. Así ha vuelto a ocurrir en las elecciones del domingo.

Lo que no se puede discutir es el buen gusto del votante asesino. Se ha cargado a Ciudadanos, antes se cargó a UPyD. Se carga a los mejores.

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En The Objective.

11.11.19

La exhumación de Vox

El tuitero que firma como Dios dejó un tuit divino en la noche electoral: “Pedro Sánchez ha exhumado a Vox”. Este ha sido, en efecto, su mayor triunfo con la repetición de las elecciones, su único triunfo: el resto ha sido fracaso. Incluso su victoria, con menos diputados de los que obtuvo en abril. Debe de ser terrible para un ego como el de Sánchez saber que tiene un techo, y que ese techo baja. Las aclamaciones con las que soñó no van a producirse nunca. Solo se produjeron dentro de su partido cuando lo eligieron. Y quizá de ahí le venga todo: incapaz de salir del partidismo, atrapado en esa cerrazón. Como la militancia que le aupó y que determina la política del PSOE, no muy dada a convencer a los no militantes.

Esa militancia fue la que gritó aquella noche de abril “Con Rivera no”, la frase más perniciosa de los últimos años (con la de las “155 monedas de plata” de Gabriel Rufián). Aquella frase abortó, o contribuyó a abortar, el oro electoral que había en los resultados de entonces: el de la mayoría absoluta que sumaban el PSOE y Ciudadanos para formar el único gobierno verdaderamente progresista que era posible; las otras posibilidades, digan lo que digan, eran reaccionarias (en la línea de la “izquierda reaccionaria” de la que habla Félix Ovejero). Pero ni la militancia del PSOE ni Sánchez quisieron.

Ni Albert Rivera tampoco. Este siguió obcecado con su idea de desbancar al PP, cuando ya era quimérico. Hoy ha sido Ciudadanos el desbancado por el PP, por Vox, por Podemos y hasta por ERC, en un descalabro solo comparable al de UCD en 1982. Solo Íñigo Errejón ha sido incapaz de desbancar a Rivera, y solo por eso debería ponerle a Más País un nombre nuevo: Menos Errejón. Volviendo al PSOE: algún día tendrá que plantearse, si quiere volver a ser el partido amplio que fue, por qué muchos votantes de Ciudadanos hemos decidido irnos a la abstención en vez de votar al PSOE.

Todo es peor ahora que tras las elecciones de abril. Y los próximos meses serán peores que los que hemos pasado. Los españoles han votado mal, rematadamente mal. La consecuencia es un parlamento áspero, bronco, guerracivilista, que parece haber seguido la lógica nefasta de que, si había extrema izquierda, ¿por qué no iba a haber extrema derecha? A los nacionalistas y a los populistas se les suma ahora los nacionalpopulistas de Vox, que son el único éxito objetivo que han obtenido los otros desde que nacieron. Al fin tienen un rival a su altura (a su bajura); un rival comprensible, con el que enfangarse. La pelea ya está en el mismo plano: el de los gritos, las soflamas, la rigidez energúmena, los escupitajos, el aporrearse con las banderas. Un perezón tremendo, que ojalá se quedara en perezón: además nos irritará, nos desgarrará, nos destruirá.

El PSOE, el PP y lo que queda de Ciudadanos deberían aliarse de una vez para combatirlo, o para pararlo. En compensación al menos por la inmensa responsabilidad que han tenido en este desastre.

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En El Español.

4.11.19

Condenas formales

Ahora que los CDR han puesto de moda a Fraga con lo de "la calle es nuestra" (huyendo del franquismo han caído en la frase más franquista del repertorio), he de decir que yo, al igual que Fraga, tengo el Estado en mi cabeza. Solo que como está: hecho unos zorros. Así, aunque vaya pensando en mis asuntos y disfrutando de lo que veo (generalmente el mar), tengo un runrún incordiando y es el Estado, y también el estado de las cosas.

A veces, de ese alquitrán en la hormigonera emanan configuraciones mentales que quizá ayuden a la comprensión. Son como descubrimientos discretos, que iluminan un poco. El último ha sido el de que los dos problemas más urgentes que tiene hoy el país –el de las broncas de los independentistas y el del bloqueo provocado por los partidos nuevos– responden a un mismo esquema: ambos son la consecuencia de la forma que debían adoptar para existir; digamos que, por una pura cuestión formal, estaban condenados a causar los estropicios que están causando.

Los independentistas porque nacieron contra una democracia, contra un Estado de derecho. El que sostengan que España no es una democracia ni un Estado de derecho no es más que el síntoma que los delata: justo porque saben que lo es, y que a una democracia no se le puede hacer lo que ellos le están haciendo, tienen que sostener que no lo es. Como la premisa es falsa, de ella solo podían seguirse las aberraciones a las que estamos asistiendo: esta espiral de inanidad y ridículo (y violencia soterrada o explícita) a la que estaban formalmente condenados.

De manera semejante, los partidos nuevos están formalmente condenados a entorpecer la unión porque nacieron de la desunión. Antes el PSOE y el PP agrupaban diversas sensibilidades y tendencias. Y sus votantes se guardaban sus particularidades en aras de la fuerza común. Era en parte obligado, por la falta de una oferta variada, pero eso no dejaba de resultar educativo: el votante aprendía que había que prescindir de algunos caprichos para que "su" partido gobernase. La mayor oferta actual le permite, por el contrario, priorizar tales caprichos; es decir, enroscarse en el famoso narcisismo de las pequeñas diferencias. Con la consecuencia de no alcanzar el poder: por el debilitamiento de los dos viejos partidos y por la dificultad de llegar a acuerdos (por aquellas mismas razones) de los nuevos.

La solución no sé cuál sería. Que unos y otros remontaran tal vez las razones que les llevaron a nacer. Yo me limito a ejercer de entomólogo. Un entomólogo del alquitrán.

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En El Español.

30.10.19

Lecturas perfectas

De vez en cuando, súbitamente, uno se reconcilia con la lectura. Este verbo es deliberado, porque aunque uno está todo el día leyendo y lo que más le gusta es leer, la ‘instalación’ en la lectura es monótona en general, agradablemente monótona: es la cotidianeidad que escogimos, pero como toda cotidianeidad está hecha de días grises. Leemos a veces a rastras, con cierta aspereza. Leemos a veces contra lo que leemos, detectando sus carencias, sin terminar de disfrutar. Por eso, cuando de pronto aparece la lectura perfecta entendemos por qué leíamos: lo recordamos. Yo he tenido la suerte de empalmar dos lecturas perfectas estos días: los Diarios completos de Iñaki Uriarte (Pepitas de Calabaza) y El idioma materno de Fabio Morábito (Sexto Piso).

De ambas podría decirse lo que le dije a Uriarte de sus diarios cuando salió el primero para explicarle su aceptación, que a él (coquetamente) le extrañaba: a quienes les guste la lectura no les puede no gustar. Con los dos libros reaparece el placer de leer, esa felicidad específica que solo se manifiesta con la lectura. Con los libros de Uriarte y Morábito entendemos quién es el “lector hedónico” de Borges: nosotros, cuando los leemos (a Borges también).

Con este tomo ‘Diarios’ que reúne los tres publicados anteriormente, más un epílogo de unas cincuenta páginas tan buenas como las otras, Uriarte consigue lo que deseó difusamente cuando vio La tentación del fracaso de Julio Ramón Ribeyro: tener un tomo diarístico así, no más. Pertenece a esa envidiable estirpe de autores cuyas obras completas caben en un solo volumen, el primero de los cuales es su admirado Montaigne. Mi lectura de estos Diarios ha empezado por las páginas nuevas del epílogo, y nada más leer las primeras frases tuve la sensación de entrar en un salón conocido, confortable, con la luz ideal, en la compañía adecuada. Las páginas de Uriarte transmiten esa serenidad que, según cuenta, algunas personas le dicen que su presencia produce. Y lo bueno es que esto sucede sin que Uriarte oculte nada: ni sus aprensiones, ni sus neurosis, ni sus momentos nulos. El secreto está en la escritura limpia, en la perspectiva, en una distancia que no es lejanía. O en cómo cada página es valiosa porque es el fruto de una destilación lenta. El misterio, que se escapa, es cómo consigue ser tan brillante sin pretender ni aparentar brillantez. Me recuerda a este aforismo de Nietzsche: “No todo lo que es oro reluce. El brillo suave es propio del metal más noble”.

Del ‘El idioma materno’ de Fabio Morábito supe por la entrevista que le hizo Manuel Sollo en su Biblioteca Pública de RNE en 2014, cuando el libro salió. Me interesó mucho entonces, pero solo ahora, cinco años después, he tenido el impulso de leerlo. Intuía que me iba a gustar, pero no tanto. El libro lo componen ochenta y cuatro textos de página y media que tienen la virtud asombrosa de que todos son muy buenos y un buen puñado de ellos excelentes. Hacía tiempo que no veía nada así. Como Uriarte, Morábito escribe sin afectación, con una escritura comprensible que acoge –porque los celebra– los aspectos incomprensibles de la vida. El eje de los textos es la vocación literaria, la relación entre las palabras y el mundo, los enigmas del lenguaje, las enseñanzas de la tradición literaria, la magia de la vida común. Su lengua materna es el italiano pero escribe en español (su familia se mudó a México cuando él tenía quince años), y este hecho determina su percepción extraordinaria, su fecunda extrañeza.

Los dos autores, por cierto, nacieron en ciudades incomparables: Morábito en Alejandría y Uriarte en Nueva York.

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En The Objective.

28.10.19

El último Nodo

Lo más significativo de estos días franquistas ha sido el empeño del podemismo y el nacionalismo por ver un “funeral de Estado” donde solo hubo una sobria ceremonia administrativa con un mínimo de dignidad. Es cierto que esta sencillez le confería al traslado de los restos del dictador un carácter recogidamente sagrado, más sagrado en verdad que las alharacas con que fue enterrado y que el estrépito de piedra que representaba el Valle de los Caídos. Pero el podemismo y el nacionalismo no se referían a esto, puesto que la estética de ambos está más cerca de esas alharacas y esos estrépitos que de la sobriedad.

¿A qué se debía entonces la pataleta quijotesca de querer ver gigantes donde solo había molinos? Su malestar ante el cumplimiento de lo que tantas veces habían reclamado era la brecha que mostraba lo que les estaba sucediendo en realidad: la destrucción ante sus mismísimas narices de la coartada en la que han fundado el 95% de su política, de sus argumentaciones. La exhumación y reinhumación de Franco fue además un striptease en el que el podemismo y el nacionalismo se quedaron en pelotas.

El PSOE en cierto modo también, aunque no tanto. Este partido fue el que, por medio del presidente Zapatero, resucitó a Franco y convirtió nuestra vida cotidiana en una inmensa plaza de Oriente. Cierto que para abuchear al caudillo en vez de para aclamarlo, pero esto ha sido secundario con respecto al hecho principal de que hayamos vuelto a tener a Franco hasta en la sopa: un franquismo a la inversa, pero franquismo al cabo.

Sin embargo, gracias a que el PSOE ha comandado la acción de sacar a Franco del Valle de los Caídos, puede dar por cerrada con éxito esa vía argumental. Ha evitado quedarse tan en pelotas como el podemismo y el nacionalismo porque se ha fabricado un nuevo traje: el de su victoria en esta batalla. A tal fabricación se ha dedicado la propaganda socialista sobre el traslado, que ha venido a constituir un último Nodo. Esta vez a beneficio de Sánchez.

En cuanto a los nostálgicos del franquismo que se presentaron en el Valle, con el golpista Tejero como cabeza visible (sin tricornio ya), hay que estar muy ciegos para no ver en ellos a los equivalentes exactos de nuestros nacionalistas vascos y catalanes: la misma obcecación, las mismas maneras, el mismo desprecio por los otros, el mismo mal gusto. El hijo de Tejero parecía Junqueras y todas las señoras eran igualitas a Forcadell. Llevando el ataúd podrían haberse camuflado perfectamente Aitor Esteban y Otegi. Y el castizo Ortuzar podría haber sido uno de los apretaos.

Pero vuelvo a la estética minimal del acontecimiento, porque sí que hizo de él, después de todo, un funeral de Estado. Solo que deconstruido, como las tortillas de patatas que deconstruye Ferrán Adrià. Su elegancia civil fue digna del patriotismo constitucional, que es el único realmente antifranquista que tenemos. Y la culminación en helicóptero enlazaba, por su carácter futurista, con los tortuosos años treinta del pasado siglo. ¡Más bella que la Victoria de Samotracia!

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En El Español.

21.10.19

Espuma de fuego

Por supuesto que hay que diferenciar entre la manifestaciones pacíficas del independentismo catalán y las manifestaciones violentas del independentismo catalán, pero (¡yo también tengo derecho a mi pero!) las segundas no son más que la emanación de las primeras. Una emanación no mecánica, ciertamente; ni siquiera inevitable. Pero dado que el nacionalismo es lo que es, cabría calificar de milagro que hasta ahora la violencia no hubiera ido a mayores. Sigue siendo un milagro, a pesar de los incendios: los que tenemos una visión catastrofista de la historia sabemos cuánto las cosas pueden empeorar.

Al fin y al cabo, lo que defienden esas manifestaciones pacíficas, con sus multitudes sanotas, bien alimentadas, con muchos guapos y guapas entre sus filas, con niños sonrientes (tienen buenas ortodoncias) y con adolescentes lúdicos, es el quebrantamiento de la ley democrática. Esas buenas gentes que tan pacíficamente avanzan tienen el propósito de extranjerizar a más de la mitad de sus convecinos catalanes –con los que no cuentan, contra los que van– y al resto de sus conciudadanos españoles. Una xenofobia buenrollista, que no es afeada lo suficiente como en otras partes del mundo porque en este caso la ejerce gente maja.

El fuego de estos días es su espuma. Y me atrevería a decir que en sí mismo es menos grave que lo que esas multitudes pacíficas representan: una terrible incomprensión de lo que significa ser ciudadanos, de lo que es la ley, de lo que es el Estado de Derecho, de lo que es la democracia misma, por más que la tengan en la boca. Resulta aberrante, de no dar crédito, el enquistamiento en la mentira, en el delirio; en unos agravios que sin duda sienten como verdaderos pero que son falsos. Da miedo ver a multitudes así, embaucadas por la élite política e intelectual más deleznable de Europa en décadas.

La respuesta del independentismo a la sentencia del Tribunal Supremo sobre el procés es el desagüe de cuarenta años de educación en el embrutecimiento nacionalista. Y claro que es un problema político, de primerísima magnitud: porque ha sido la política la que ha construido eso. La única solución política real pasaría por desactivar el nacionalismo, como el que desactiva un explosivo: algo que no se hace con un 155 electoralista y torpe, ni con medidas histéricas de última hora, sino con una política larga, muy larga, con la esperanza de que dentro de mucho se hubiese alcanzado un principio de solución.

Algo por lo que no parece que estén nuestros políticos constitucionalistas, que solo piensan en las elecciones. Entre tanto, lo único que se puede hacer es capear el temporal, aunque sea con las porras pedagógicas de la policía. Sin darles el muerto que estos miserables están buscando.

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En El Español.

16.10.19

Irrupción caprichosa de la historia

El lunes no tenía ganas de día histórico, bastante era empezar la semana. Hasta a mí, que soy un enamorado de la repetición, me aburre la insistencia catalanista. Como cuando se prolonga demasiado una sesión de chistes, ha dejado de ser divertido. Ni cuando ganamos ni cuando perdemos me intereso ya. Aunque es mejor cuando ganamos: mejor para todos. Esa es la cuestión en este asunto irritante. Si perdiésemos, sería igualmente peor para todos. Para ellos también. (“Nosotros” somos los constitucionalistas, por supuesto: los defensores del Estado de derecho y sus pulcros principios. Fuera hay otra cosa, quizá más encendida pero no muy recomendable.)

Lo que me hastía ante todo es la sobreactuación, la pomposidad retórica, el exhibicionismo sentimental, las carretadas de razón: todo lo que estamos viendo tras la publicación de la sentencia del Tribunal Supremo; en un lado (sobre todo en un lado) pero también en el otro. Hay un enfangamiento insoportable ya, del que convendría empezar a salir. Quiénes son los responsables para mí está –por decirlo con un casticismo madrileño– clarinete: los nacionalistas. Pero sin ellos no hay manera de salir. ¿Cómo se arregla esto? Ni idea.

Los que hicieron los independentistas condenados fue muy grave, pero lo que menos me importa es que cumplan o no sus penas. Deberían hacerlo en los términos que diga la ley: pero por la ley, no por ellos, cuyo sufrimiento no se busca ni se busca la venganza (es mentira la representación martirológica que ellos hacen). Lo que está en juego es la ejemplaridad, que en este caso de onirismo nacionalista consiste básicamente en comprender lo que decía el poeta: “que la vida iba en serio”. Comprensión que no se ve en lontananza: ni en los presos, ni en los demás políticos nacionalistas, ni en buena parte de la élite cultural catalana, ni en los futbolistas, ni en los independentistas de a pie, ni en los jóvenes que ven la moda ahí. El problema está en una sociedad mal educada, envenenada durante años, autocomplaciente en sus delirios, dolida por agravios falsos, embarcada en una aberración... Sí, es diáfana la trazabilidad del embrollo.

Ha sido, en este caso, una irrupción caprichosa de la historia. Por decirlo otra vez con las inolvidables palabras de Daniel Gascón en ‘El golpe posmoderno’: “Era algo inédito: una rebelión contra una democracia liberal en una región donde la renta per cápita supera los 25.000 euros”. Embarrados en la pelea corta, corremos el riesgo de perder este estupor. Yo lo recuperé el lunes cuando, entre tantas imágenes que me cansaban y que trataba de eludir, reparé en una pareja de viejecillos orientales: temblaban agarrados a sus equipajes en un banco del aeropuerto del Prat, envueltos en humo, mientras a pocos metros se enfrentaban los mossos y los manifestantes. No entendían nada. Y yo tampoco.

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En The Objective.

14.10.19

Woody, calor y lluvia

Día de lluvia en Nueva York es la película de Woody Allen que tocaba el año pasado, pero las brigadas moralistas lo impidieron. No es de extrañar: esta película contiene todo lo que ellas refutan. El amor a la vida, básicamente. A la vida que se aparta de los catecismos, porque otra no hay. Lo otro es el muermazo que promueven las brigadas moralistas (esos comités de defensa de la reacción con máscara de progresistas), al que la palabra vida le queda ancha: su achicamiento ideológico es el aguachirle que denostaba Cernuda.

Las últimas películas de Woody son milagros crepusculares. Veníamos asistiendo a ellas con la conciencia de que cada una podía ser la última (o la penúltima, pues suele haber otra rodada); saboreando nuestros propios rituales sabiendo que pronto se acabarán. Que se hayan interpuesto esas brigadas histéricas, alterando un disfrute tan suave, tan civilizado, produce una rabia insidiosa... que la propia película de Woody disipa. Todo en ella es levedad, gracia, delicia, encanto: ¡resentimiento cero! Sale uno limpio, por Woody, de toda la basura contra Woody. Solo queda, si acaso, una ligera melancolía: la del día de 2018 en que no la vimos y que hubiera sido tal vez mejor que este.

Yo me acerqué el de la Fiesta Nacional, por la tarde, buscando mi nación en el cine, en mi butaca solitaria, entre los pocos que asistían a esa hora. Fuera hacía un calor de muerte, un calor que destroza octubre, aquel aire ya en el filo del frío de octubre que hemos perdido. Pero en la película llovía y se restituía el otoño, con la apetencia también de hogares cálidos. O mejor: de piano bares como los de la película, para beber y buscarnos, o perdernos aún más. Con peripecias de amor y desamor, sexo y arte, encuentros y desencuentros, hilos biográficos, estupores, dudas, elucubraciones en los paseos como las que yo mismo hice a la salida, hasta llegar al chiringuito Oasis y mirar el atardecer mientras me tomaba una cerveza. El momento era bellísimo, pero nada estaba resuelto y todo por resolver.

Día de lluvia en Nueva York tiene un elemento en común con la última de Tarantino, Érase una vez en... Hollywood: la felicidad del cine, y la autoconsciencia de la película de que es una película y por lo tanto se ve gozosamente forzada al final feliz. Algo que solo ocurre en el cine (“¡si la vida fuese así!”), y por eso es el cine.

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En El Español.

PD. Mis anteriores entradas sobre Woody.
2006: Otra tarde con Woody.
2008: Woody, Rebecca, Almodóvar.
2010: Woody con sudor.
2011: Woody en primavera.
2012: A Woody con Bernhard.
2013: Woody con chica (y palomitas).
2014: Woody de pronto.
2015: Woody y el comenzar.
2016: Woody por dos.
2018: La rueda de Woody.

11.10.19

Homenaje a Romero Esteo

Hay esta tarde en Málaga un homenaje al dramaturgo Miguel Romero Esteo, que murió el pasado 29 de noviembre a los ochenta y ocho años. Contra algunos (por no decir todos) los participantes le oí despotricar. Lo cual no quiere decir que no les tuviera cariño. Yo también despotricaba contra Romero Esteo y le tenía cariño. Y él, que sé que me lo tenía, supongo que despotricaría igualmente contra mí. O quizá no: nunca le oí despotricar, por ejemplo, contra los dos amigos suyos (y míos) a los que más traté, y que naturalmente no participan en el homenaje. Yo quisiera sumarme, a distancia, con las dos entradas de mi diario que narran encuentros con él a principios de los 90. Antes cuento aquí, rápido, uno de los últimos, que debió de ser en 2004 ó 2005. Era la tarde del 24 de diciembre. Nos encontramos por el paseo marítimo. Tomamos una cerveza en una terraza con el último sol del día, junto a los astilleros Nereo. Recuerdo que su frase recurrente (siempre tenía una frase recurrente) era: "¡Operación nostalgia!". Decía, por ejemplo: "Yo ahora he encontrado un sitio en el que venden unas mandarinas muy buenas y muy baratas. Lleno dos bolsas y al llegar a casa las vacío de golpe en la mesa de la cocina. Sube un perfume que es el mismo de cuando yo era niño. ¡Operación nostalgia! En eso estoy yo ahora: ¡Operación nostalgia!". Al despedirnos le pregunté por su Nochebuena, si tenía pensado algo. "Enrique Baena me ha invitado a su casa. Pero lo que voy a hacer es quedarme en la mía, comerme un bocadillo de jamón york y buscar por la parabólica una película de metralletas". Me pareció la Nochebuena ideal.

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Dos encuentros con Romero Esteo

(5-XII-1990) Calles mojadas por la lluvia. Canciones brasileñas. Por la tarde he ido con Curro a ver El cielo protector. Al poco rato ha empezado a dolernos el culo y nos hemos puesto a hacer bromas sobre la “fotografía putamadre” de la película y cosas por el estilo; si nos hemos quedado ha sido sólo con la esperanza de ver otra vez los melones tremendos de la mora.

A la salida seguíamos aún carcajeándonos de Bertolucci y su cargante pedantería cuando hemos visto a Romero Esteo. Iba como absorto por la Alameda, con su habitual gamberro celeste de recogedor de chumbos y su perpetua barba canosa de tres días. Curro, parodiando todavía el histerismo intelectualoide de los cinéfilos, le ha gritado con voz engolada:

–¡Maestro! ¡Pero qué casualidad, maestro!

Romero Esteo, sin reconocernos al principio, ha respondido a nuestro saludo mecánicamente, pero entonces se ha dado cuenta de quiénes éramos y se ha alegrado de veras. Inmediatamente nos ha espetado:

–Bueno, pero decidme, ¿en qué instituto estáis? Tendréis ya vuestro pisito y vuestro cochecito...

Tras recordarle que aún no habíamos sacado las oposiciones, nos ha contado por enésima vez el caso de Gavilán:

–El presidente del tribunal, que era amigo suyo, lo cogió después del examen por el pasillo y le dijo: “Te tenemos que suspender, porque esas cosas que has dicho ¡es que no nos constan!”. Al año siguiente Gavilán, siguiendo mis consejos, hizo una exposición mediocre y aprobó. Está claro: ¡Hay que rebajar el nivel! ¡Si piden algo de COU!

Romero Esteo buscaba un sitio donde sacarle fotocopias a una revista francesa en la que hablan bien de él y su festival de teatro.

–Hago esto por puro marketing cultural, como cuando me pongo traje –se ha excusado con sorna.

Cuando ha terminado nos hemos puesto a buscar por el centro un bar donde tomar algo.

–Mi último gran descubrimiento intelectual –nos ha dicho como confidencialmente, mientras caminábamos– ha sido encontrar en calle Córdoba, justo delante de los Portillo, una confitería en la que venden batatitas malagueñas.

Hemos pasado por otro sitio en el que, según él, vendían también antiguamente limas para la Navidad y ha entrado a preguntar armando un revuelo, pero no tenían. Por fin nos hemos sentado en una terraza de calle Salvago, entre señoras de merienda. Curro quería un machaco, pero ha tenido que conformarse, a regañadientes, con un chinchón. Al yo pedirme un pacharán, ha sentenciado Romero Esteo:

–Para mí otro: me tomo un pacharán y luego me quedo frito.

Un vez sentados, el chisporroteo de Curro, que se había mostrado epatante desde el principio, ha sido ya imparable. Se ha puesto a soltar una gansada tras otra y cada vez que Romero Esteo ha tratado de iniciar un soliloquio (“Pues yo ahora estoy muy desesperado...” o “La atonía de esta ciudad es absoluta...”), Curro lo ha atajado bruscamente:

–¡Claro que sí, maestro! ¡Cómo no, maestro! –y ha seguido con sus propias paridas.

Ante tal panorama, Romero Esteo ha cambiado de estrategia y ha tratado de picarlo con elogios como:

–Curro, eres un lujo para esta ciudad.

O (dirigiéndose a mí mientras lo señalaba):

–Habría que ponerle un magnetofón delante y luego publicárselo todo, sin cambiar una coma.

A lo que Curro ha seguido respondiendo:

–¡Claro que sí, maestro! ¡Cómo no, maestro!

Durante un par de horas, Curro no ha cesado ni un momento en su descomunal despliegue. Parecía una exhibición de energumenismo. Yo, en cambio, me he mantenido callado, con mi sonrisa de circunstancias. En cierta ocasión, mientras oía la cháchara, me ha parecido ver la sombra de Cristóbal asomándose desde el fondo del callejón.

Una de las pocas cosas de las que ha podido hablar Romero Esteo ha sido de la desolación que le produjo una librería de Oxford en la que no habían repuesto los libros que él mismo se llevó el año pasado:

–¡Oxford! ¡Qué catetos!

Más tarde, sin venir a cuento, Curro ha sepultado otra de sus cuñas diciéndole de repente:

–¡Pero cántenos algo, maestro!

Y Romero Esteo, tras dudar unos instantes, y supongo que para no darse por vencido, se ha puesto a canturrear patéticamente un himno de la escuela que venía a decir: “¡Santa María, cúbrenos con tu manto protectooor...!” (curiosamente, como el cielo de la película).

Yo estaba un poco abochornado y por eso he acogido con alivio la propuesta de Curro de levantarnos y buscar una taberna donde sí tuviesen machacos. Ya de pie, tras pagar la cuenta, Romero Esteo ha vacilado unos momentos si seguirnos, pero finalmente ha decidido que no. Antes de retirarse nos ha preguntado si teníamos dinero. Yo, mintiendo, he dicho que sí, pero Curro se ha acercado y le ha pedido abruptamente cinco mil pesetas:

–¡Suelte la pasta, maestro!

Romero Esteo ha sacado un billete de mil y me lo ha ofrecido, pero me ha dado vergüenza extender la mano y ha tenido que cogerlo Curro.

–Si fuese rico –ha dicho Romero Esteo con un deje de melancolía–, os daría un montón para que pudieseis viajar.

A lo que Curro ha respondido, tras guardarse el billete en el bolsillo:

–¡Claro que sí, maestro! ¡Cómo no, maestro!

Una vez solos, Curro y yo nos hemos ido a comer pinchitos a Lo Güeno. Después hemos caminado hasta Pedregalejo y hemos errado por los locales vacíos en busca de machacos. Los atildados camareros nos miraban despectivamente, como a mendigos. Todo estaba húmedo y desolado en la noche invernal. Caminábamos y despotricábamos inmisericordemente: contra Bertolucci, contra Romero Esteo, contra todo el mundo. Ya de vuelta nos hemos sentado un rato en unos escalones fríos junto a la carretera y he aprovechado para mostrarle a Curro mi libro de poemas, que había llevado toda la tarde conmigo, en una carpeta, sin decidirme a sacarlo. Curro lo ha mirado por encima y se ha metido con el primer verso que ha encontrado. No le he dicho que ese verso precisamente se lo había plagiado a su ídolo Rimbaud.

* * *

(16-VI-1992) Explosión de ira tras el almuerzo, por cuestiones domésticas. En estos casos me doy cuenta de lo ridículo de la situación y lo que hago es exagerar histriónicamente mi enfado, para sabotearlo desde su propio esperpento.

Luego me he tropezado con Romero Esteo en la librería del Corte Inglés. Aunque hacía más de un año que no nos veíamos, me ha agarrado inmediatamente del brazo y me ha dicho:

–José Antonio, a ver qué libro te puedo regalar.

Yo le he respondido que gracias, pero que estaba saturado de lecturas, y él, sin hacerme caso, ha cogido uno de la estantería:

–Este está bien. De Bernard-Henry Levi.

–Pero Miguel, ese autor me cae mal –me he excusado.

Y Romero Esteo ha soltado, con su sonrisa de gamberro intelectual:

–Claro, es un autor incómodo para los del PSOE. Lo tienen satanizado porque no es el típico intelectualeta de izquierdas...

–Pero Miguel, si a mí los del PSOE también me caen mal. Son Bernard-Henry Levis que encima se pegan mariscadas...

Pero él ha proseguido sin escucharme:

–Es que ahora lo que impera es una estrategia mezquina para bajar el nivel...

De pronto se ha callado como si hubiese entrado en un terreno peligroso, ha mirado a un lado y a otro igual que un conspirador en posesión de un grave secreto y ha pronunciado, bajando la voz:

–¡Territorialización cultural!

Al ver mi cara de desconcierto ha añadido:

–Sí, sí: ¡territorialización cultural! Ahí está todo. Si está clarísimo: fabricar parcelitas provincianas de saber. Que no circule la cultura, que todo sean Alfarnates... Pero vamos a tomar una cerveza. Te invito.

Ya fuera, nos hemos encontrado un vencejo tirado en mitad de la calle. Parecía muerto y lo he tocado un poco con el pie para ver si se movía. Al ver que, en efecto, estaba vivo, Romero Esteo me ha pedido que lo pusiera a un lado, para que no lo pisara la gente. Entonces ha aparecido una señora que quería lanzarlo a volar y se lo he dado. Ella es la que ha dicho que era un vencejo.

Luego, en la terraza de la Cervecería Alemana, Romero Esteo ha seguido con su repertorio habitual: puyazos contra el PSOE, comentarios sociológicos algo rimbombantes, quejas por la penuria intelectual de nuestra época y anécdotas en defensa de los catetos. Hablaba de todo ello con la sonrisa de un niño travieso, pero un niño que también tuviese el escepticismo y la amargura de un Cioran.

De vez en cuando, al terminar alguna historieta, decía para hacer tiempo, mientras pensaba en la siguiente:

–¿Qué te puedo contar?

O:

–José Antonio, cuéntame algo.

Pero siempre ha seguido hablando él. En cierto momento, mientras lo escuchaba, he visto a otro animal en una triste circunstancia. Se trataba de un perro que deambulaba desconcertado entre el tráfico de la avenida de Andalucía y al que iban a atropellar de un momento a otro. Me preparaba mentalmente para escuchar el golpe y el chasquido de sus huesos, aunque por fortuna no se han producido.

Una de las cosas divertidas que ha contado Romero Esteo ha sido la visita que hizo a las obras de la Expo guiado por algunos capitostes del PSOE. Al final, cuando esperaban sus comentarios admirativos, Romero Esteo se limitó a soltar:

–Muy bonito. ¡Se parece al Tivoli World!

En otro momento me ha dicho:

–Cuando me enteré de que tu familia viene de Almogía, se me abrieron los ojos. José Antonio: olvídate de las finuras intelectuales y vuelve al salvajismo. Escarba en tus orígenes para convertirte en un dinamitero. Ya sabía yo que había algo explosivo en ti. Siempre tan calladito, tan educadito, tan amazacotado... Pero yo me fijaba en tu sonrisa y en ese brillo de tus ojos y pensaba que eras un terrorista en potencia. Te miraba y me decía: “Si se viera en medio de la calle con una ametralladora, se pondría a disparar contra todo el mundo como un cafre. Eso lo salva”.

No cabe duda de que Romero Esteo sabe hacerse querer. Pero su intelectualismo bárbaro, su verborrea sin fin, cansa pronto a los escépticos y decaídos como yo. Siempre repite que le gusta el contacto con los jóvenes para vampirizarles energía... Pero yo, que me siento débil, estoy incómodo a su lado. Sus elogios a esa juventud que no reconozco en mí me producen un sentimiento de culpabilidad.

Al despedirnos me ha animado a que lo llame más a menudo, pues se siente solo ahora que Weil está en Alemania. Y por último ha repetido una vez más, mirando a un lado y a otro y bajando la voz:

–Y mucho cuidado, ¿eh? Hay que estar atentos. Ya sabes: ¡Territorialización cultural!

7.10.19

La ruleta Sánchez

Lo único que se puede hacer ya es votar a Pedro Sánchez y rezar para que, entre todos los Sánchez, caiga el bueno en la ruleta. Y luego, como dice un amigo, romper la ruleta para que Sánchez se quede ahí. Algo que parece imposible, porque Sánchez consiste en rodar y rodar: él mismo es la ruleta. Me hacen gracia ahora los sanchistas (empezando por Sánchez, que es el primer sanchista) riéndose del veletismo de Albert Rivera a propósito de su última torsión, porque por cada torsión de Rivera Sánchez hace cuatrocientas. Ser sanchista es cambiar a toda pastilla sin despeinarse.

Hay un Sánchez para cada español, también para mí. De pronto aparece un Sánchez que me gusta (el Sánchez estadista, concretamente, para lo que tiene percha), pero apenas he decidido mi voto aparece otro Sánchez que no me gusta nada. Hasta varios Sánchez consecutivos ninguno de los cuales me gusta. Mi Sánchez aparece, en verdad, muy de tarde en tarde. A veces le grito: “¡Detente! ¡Eres tan bello!”. Pero ni por el piropo se para. El riesgo de votar a un Sánchez es que después gane otro. Y como hay Sánchez deplorables, el juego puede ser no ya el de la ruleta, sino el de la ruleta rusa.

La debilidad pero también la fortaleza de Sánchez es que es escurridizo, por eso suelen rechinar las críticas e incluso el odio que se le tiene. Sus enemigos se equivocan al tacharlo de malo sustancial. Sánchez no es un malo sustancial (ni un bueno sustancial), porque su mal (y su bien) es la insustancialidad. Una insustancialidad que puede acoger la virtud. Acusar de malo a Sánchez es inútil porque de pronto te puede salir bueno.

Mi sanchismo intermitente (con periodos de abierto antisanchismo: mi vida política hay que medirla con un sismógrafo) hace que otra amiga me haya llamado “el sanchista de Schrödinger”. Pero es que sencillamente mi Sánchez desaparece y me quedo flotando en el vacío, cuando no detestando al Sánchez del momento. Sánchez es un trilero, ante todo un trilero de sí mismo: es él el que está y no está dentro del cubilete. Aunque en realidad nunca no está del todo: siempre hay un Sánchez, algún Sánchez.

Yo abogaba por el pacto Sánchez-Rivera para que este fijara a Sánchez en su posibilidad virtuosa. Y de camino Sánchez hiciera lo mismo con Rivera, que falta le hacía. Pero Rivera, pese a su último movimiento, está ya descartado: levantarle el veto a Sánchez es un acierto crepuscular, que solo sirve para resaltar su error de todos estos meses. Creo francamente que la única solución a estas alturas sería una mayoría absoluta del PSOE y que sea lo que Dios quiera. Pero yo no votaré a Sánchez (ni a nadie). No soy ludópata.

* * *
En El Español.

2.10.19

Gomá contra la decadencia

Habla Javier Gomá en Dignidad (Galaxia Gutenberg) del debate medieval entre la miseria y la dignidad, figuras alegóricas cuyo escenario era el mundo. Yo siento que soy también escenario de ese debate, de esa guerra, casi dos mil años después. Mi tendencia ascendente y mi tendencia descendente se cruzan, o se tironean, haciendo de mí una especie de gallego ético-metafísico: no sé si subo o si bajo en la escala de la valoración vitalista. Quizá las dos cosas simultáneamente. Soy un asno de Buridán de la verticalidad, cuyo resultado es una parálisis que, solo por estar en el punto medio, tiene apariencia de aristotélica.

Me alimento de pesimistas y de nihilistas, de decadentes en suma; pero también de quienes luchan contra la decadencia, a quienes aprecio un montón. Así Gomá, cuyo discurso en favor de la ejemplaridad es performativo: la propia tarea de sostenerlo resulta ejemplar. Como todo filósofo lúcido, Gomá no es ajeno al lado malo de la realidad. Por eso vale el doble su empeño de resaltar el bueno, de apostar por él; apuesta casi pascaliana, puesto que en sí misma mejora la realidad, inclinándola hacia lo bueno. Los decadentes no han de despeñarse tan cómodamente por su ladera, mientras haya ascendentes que la imanten en sentido contrario.

A partir de su celebrada Tetralogía de la ejemplaridad, que era otro proyecto ascendente, Gomá ha venido interesándose cada vez más por el concepto de "dignidad", que está en consonancia y que ya había asomado a lo largo de su obra. Sin ir más lejos, en el prólogo de la Tetralogía escribía: "La ejemplaridad aquí expuesta admite ser contemplada como una meditación sobre la dignidad humana porque su entero propósito se resume en una larga y razonada invitación a una vida digna y bella". Al centrarse en él, Gomá descubre que es un "concepto vacante" en la filosofía, que lo ha utilizado en ocasiones pero sin haberse ocupado de definirlo.

Tras un breve recorrido histórico por los principales autores que han dicho algo de ella (Cicerón, Mirandola, nuestro Pérez de Oliva, Kant), Gomá llega a la conclusión de que "sólo el ser humano posee con pleno derecho, incondicionalmente, la cualidad de incanjeable, no sustituible, fin en sí mismo y nunca sólo medio". La dignidad vendría a ser esa "propiedad íntima al individuo" que resalta dicho carácter insustituible: el principio antiutilitario que impide su cosificación. En una brillante formulación, Gomá dice que la dignidad sería "lo que estorba": el núcleo que se resiste al funcionamiento a toda costa y que por lo tanto entorpece. El libro avanza afrontando aquello que menoscaba la dignidad: la muerte, contra la que se propone el arte de vivir. Se detiene en un análisis de la cultura, fundamental para el ejercicio de este arte y modo humano de trascendencia inmanente (memorables las páginas dedicadas al "estilo elevado", con muestras de la excelsa prosa de Fray Luis de León). Y concluye con una expansión de la dignidad individual a la dignidad colectiva, por medio de la defensa de una política de la concordia.

Un autor al que no me consta que aprecie Gomá pero que está en mi altar privado, André Breton, citaba en Signo ascendente este cuentecito zen: "Por bondad budista, Bashō modificó un día, con ingenio, un haiku cruel compuesto por su discípulo Kikakú. Este había dicho: 'Una libélula roja. Arrancadle las alas. Un pimiento'. Bashō lo sustituyó por: 'Un pimiento. Ponedle alas. Una libélula roja'." Encuentro aquí una síntesis de la propuesta antidecadentista de Javier Gomá.

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En The Objective.

30.9.19

El gatillazo peronista

Podemos estuvo desactivado desde el principio: esto de intentar un peronismo español pero sin nacionalismo español era como pretender salir de un pozo tirándose a uno mismo de los pelos. La gasolina del peronismo argentino es el nacionalismo argentino; de hecho, el peronismo no es sino una variante del nacionalismo. Con el castrismo cubano y el chavismo venezolano pasa igual. El populismo griego estaba rebosante de banderas griegas. Daban cosa las visitas de Pablo Iglesias a Alexis Tsipras, porque Iglesias se presentaba en aquel mar ondulante sin atributos banderiles.

Al final, la República y Franco nos salvaron del populismo de izquierdas. La República por haber cambiado de bandera, dejando a la otra condenada. Franco por consumar la condena. La gran bendición española desde el fin de la dictadura ha sido la desactivación –que se mantiene– del nacionalismo español. Quitando el voxismo y sus alrededores (significativos ya, pero aún minoritarios), la reivindicación de la bandera española ha sido cívica hasta lo exquisito: paradójicamente, una reivindicación ante todo antinacionalista. Las banderas en los balcones de 2017 eran una reacción al golpismo catalanista. La manifestación de aquel 8 de octubre en Barcelona, en que convivían banderas españolas con senyeras y banderas europeas, fue un desbordamiento cordial y cálido del frío patriotismo constitucional.

El discurso ramplón y guerracivilista de Podemos no pudo disponer del combustible nacionalista para incendiar la sociedad. Su propósito de transversalidad, de expansión de los agravios, de movilización visceral de la masa, careció de lo que podía amalgamarlo: esa “nación” que, desde la francesa, ha sido el motor de las revoluciones. Solo nuestros nacionalismos periféricos, teóricamente libres de franquismo pero en la práctica los auténticos restos del franquismo, se envuelven en sus respectivas banderas sin complejos; y ellos sí se han trasladado a Podemos, dándole una imagen menos de diversidad cosmopolita que de cazurro guirigay folclórico.

Todo esto lo ha sabido Íñigo Errejón desde el comienzo, que por eso dicen que es el listo. Y algunos discursos que dio (recuerdo sobre todo uno en la plaza del Reina Sofía) ha sido lo más falangista que ha habido en España desde José Antonio Primo de Rivera. Pero ahora que ha fundado su propio partido se ha echado para atrás. En vez de Más España, le ha puesto Más País (para eso, mejor hubiese sido Más Estado, o Más Estao, o Más el Estao). El nombre en realidad está bien (Más País evoca fonéticamente a Más Madrid), pero la razón de fondo es la que es, porque no podía ser otra.

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En El Español.