18.8.19

Balón de asfixia

Están los balones de oxígeno y está el balón del fútbol, que es un balón de asfixia. Esta cualidad asfixiante no la perciben sus adoradores, en cuya alienación aceptan que el respirar sea algo secundario (¡lamentable servidumbre!); solo la sufrimos los que lo detestamos, minoría selecta y exquisita de la humanidad, la gran víctima de los siglos XX y XXI, la gran vilipendiada, la gran apestada, la receptora de todos los odios, la única aguafiestas en las fiestas del balón: unánimes si no fuera por ella. Cada vez somos menos y cuando desaparezcamos el balón de fútbol se habrá confundido al fin con la Tierra, que es la aspiración totalitaria con la que nació. Chaplin lo vio muy bien en la famosa escena de la pelota de El gran dictador; y lo vio perfectamente Shakespeare, que en El rey Lear (acto I, escena 4) sorprendió con un insulto tremendo y precursor: "¡Vil futbolista!".

En España la ridiculez del fútbol estuvo clara al principio, cuando se le llamó balompié. Pero no tardó en imponerse la voz inglesa, que oculta la ridiculez y da misterio con esas dos sílabas que en español no significan nada: fút-bol. En toda mística hay una fonética enigmática. Al principio hubo cierta resistencia a la actividad futbolística. Cuando yo era niño, en la década de los setenta, todavía los viejos se reían de esos hombres en calzoncillos corriendo detrás de la pelotita. El principio del fin fue el fichaje millonario de Cruyff por el Barcelona, en 1973, que invistió al fútbol con el valor indiscutible del dinero. Al cabo de unos años, ya nadie se reía de aquellos hombres en calzoncillos. Es más, en los ochenta los intelectuales empezaron a salir del armario de esa afición que hasta entonces habían llevado en secreto y lo invistieron también de valor cultural. Los noventa fueron los años definitivos de la consagración, con los intelectuales dedicándose a tope a teorizar sobre el fútbol y erigiendo a Valdano como el intelectual mayor.

Como buen intelectual, o intelectualeta, yo me dejé arrastrar, naturalmente. En uno de mis alardes de falta de personalidad, me rendí a ese deporte que no me gustaba y le eché un montón de horas. Fui un hincha que cantaba goles con el histerismo necesario y me dejaba galvanizar por los berridos de los locutores. Aunque un síntoma de mi desprecio de fondo por el fútbol es que yo realmente no era aficionado de ningún equipo, sino que me definía a la contra: como antimadridista. Sin duda porque entonces vivía en Madrid y le sacaba gusto a llevar la contraria. Las grandes derrotas del Madrid fueron mi alegría de aquella época. Pero no dejaba de ser una pasión triste, y me fui quitando. Sí intentaba convencerme de que me gustaban los partidos de la selección. Y ahí sí que me alegraba cuando ganaba. Pero poco a poco se fue imponiendo la evidencia de que el fútbol me aburre un montón. No soporto un partido entero, pues ahí (y no con las películas de Rohmer) sí que me parece estar asistiendo a cómo crece el césped. Las victorias españolas de la Eurocopa y el Mundial me pillaron ya muy desapegados. Me alegré un poquito, eso es indudable. Pero no mucho más que con los éxitos en el bádminton.

Lo insufrible es el contraste entre mi pacífico desinterés y el achicharramiento ambiente. Para colmo, las nuevas generaciones de futboleros nos llaman haters a los antifutboleros, y nos sueltan unas monsergas en las que descubren el Mediterráneo de "los valores del fútbol"... como si no se hubieran soltado ya en los ochenta y en los noventa, y como si muchos no viniéramos rebotados precisamente de ahí. Los neofutboleros llegan a explicarnos, con cándido adanismo, aquello que nos sabemos de sobra y que está incluido en nuestro desprecio.

El primer delincuente del futbolitismo fue el sobrevalorado Camus, con aquella frase de que "todo cuanto sé sobre la moral y las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol", que les ha permitido creerse campeones de la ética a los presumidos, caprichosos y despiadados futbolistas. Lo que le faltaba a su bestial egoísmo era la coartada de un premio Nobel. En Latinoamérica fueron apóstoles del futbolitismo tipos tan sospechosos como Galeano y Benedetti, y en España el ínclito Vázquez Montalbán. Este, que no percibía lo netamente religioso que era su marxismo, dijo que el fútbol (o el Barça) era el último reducto religioso de su vida. El daño que han causado entre todos (hay muchos más) es incalculable. El fútbol ya era una atosigante moda popular (¡una moda sin esa elegancia última que tienen las modas, que es la de pasar!), con una expansión temible. La literatura era el refugio tradicional de los antifutboleros, con ese emblema enternecedor del niño que se queda leyendo en el recreo mientras sus compañeros se arrean patadas con la excusa de la pelota. Pero esos intelectuales y escritores partidarios del fútbol hicieron que la literatura también se llenase de tan odioso deporte. Con lo que, técnicamente, no queda ninguna salida.

Ya no se puede hacer una vida sin fútbol, del mismo modo que en la Edad Media no se podía hacer una vida sin Dios. Y es que los atributos del viejo Dios son hoy los del fútbol: omnipotencia, omnisciencia, omnipresencia... El fútbol es el nuevo Dios, repartido en los millones de balones de asfixia que pueblan la Tierra y la trabajan para convertirla en el Balón.

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Publicado en Jot Down nº 27, especial Dioses y endiosados.

12.8.19

Las quieren siempre víctimas

Cuando algo se convierte en munición ideológica, no hay nada que hacer. La compleja y tierna realidad queda sepultada bajo el pedrusco abstracto. Un pedrusco duro pero no quieto: se le utiliza como proyectil, con aquella realidad adherida. La finalidad del aplastamiento es que vuele contra los otros.

Lo hemos visto otra vez (no será la última) con la polémica suscitada por la campaña de la nueva Junta de Andalucía contra los “malos tratos”, ilustrada por mujeres sonrientes y con el lema “Pero la vida es más fuerte”. El PSOE, Podemos y sus afines tuitero-mediáticos se han echado encima del engendro producido por el monstruo PP-Cs-Vox: por haber puesto “malos tratos” en vez de “violencia machista”, por haber sacado sonriendo a víctimas del heteropatriarcado y porque estas en realidad solo fuesen modelos.

En la trifulca subsiguiente se ha visto que el PSOE hizo campañas parecidas en el pasado, también con modelos, y que el lema se atiene al Pacto contra la Violencia de Género, que recomienda “mensajes positivos” y que aparezcan “mujeres fuertes y valientes, sin recurrir al cliché de las víctimas”. Pero, como ha escrito Daniel Gascón, en las guerras partidistas el asunto no son las causas, sino la apropiación de ellas: al final el énfasis se pone en el partido que las defiende (contra los demás), no en las causas mismas. No se perdona que estas avancen de la mano del partido equivocado.

Más allá de la lucidez del citado Pacto, cuyas recomendaciones me parecen admirables, detecto en quienes se consideran dueños de la causa la pulsión de pretender que las víctimas no dejen de serlo: al fin y al cabo, es en su condición de víctimas como les resultan rentables. Por eso las quieren siempre víctimas y las quieren siempre suyas.

En este sentido, se ha producido un movimiento de una transparencia asombrosa: colectivos y políticos vinculados al PSOE han llevado a cabo una contracampaña con el trucaje de las fotos, en que las mujeres sonrientes de los carteles aparecen con moratones, heridas, disparos. En el juego de la ficción, han devuelto a la condición de víctimas a las víctimas por las bravas: infligiéndoles ellos mismos los “malos tratos” que habían superado.

La campaña de la Junta de Andalucía es mala, porque no tiene alma. Las fotos son vulgares, planas. El problema no es que las mujeres sonrían, sino que lo hagan sin credibilidad. Deberían haber usado mujeres maltratadas de verdad, o buenas actrices (y buenos fotógrafos), en las que se viera la alegría presente pero también algo del sufrimiento pasado. O sea, que se percibiese de algún modo esa alegría densa, más profunda pero también un poco melancólica, de quien ha sufrido. Que se viese, en fin, la complejidad de la vida, la endiablada lucha de la vida. En refutación de las papillas ideológicas.

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En El Español.

7.8.19

Dos cielos

“Ventaja de las ciudades con mar: tienen dos cielos”. Escribí este aforismo hace algunos años y todavía me viene a la cabeza cuando contemplo el mar, espejo del cielo. Esa doble amplitud acompasada que acoge la mirada perdida.

Ahora estoy en un apartamento prestado (me prestan apartamentos como a Rilke le prestaban palacios) desde el que se ve el mar por la ventana. Tengo tarea este verano, una penosa tarea; pero si alzo la vista veo el mar. Y me demoro en los dos tonos del azul –el de abajo ondulante– y en un velerito blanco que a veces cruza. A mi lado está el fiel ventilador, remedo de la brisa. Y escribo en bañador, sin camiseta y descalzo. Hay una felicidad recóndita, una punzada de alegría al fondo, la punta de un anhelo. Un flexo estudiantil, también azul (azul oscuro), y esta sensación de paréntesis.

Paso muchas horas sentado, esforzándome, pero me concedo tres pausas, a veces cuatro (aparte de las de las comidas, el aseo y el sueño): un paseo por la mañana hacia levante, otro por la tarde hacia poniente, una siestecita lectora (con vencimiento de unos minutos) y a veces una cerveza al mediodía en el mejor chiringuito de la Costa del Sol, con la playa alborotada abajo.

En el paseo de la mañana voy hacia el sol fresco. Es temprano y las playas están vacías. Hay una poética del día de verano que ya da luz pero al que la gente aún no responde. Solo caminantes como yo, esporádicos, con un empeño deportivo pero en realidad estetas. Y unos pocos pescadores con sus cañas repartidos por el malecón. En la loma está la torre quebrada, adjetivo que me lleva (cuando lo formulo) al “corazón quebrado” de Salinger. Pero esa hora no suele ser la de la melancolía.

Al comienzo del paseo de la tarde subo un rato al mirador metafísico, que es como llamo a unos banquitos puestos ante un barandal de tablones con un panorama extraordinario. Hay como más cuerpo de mar desde ahí, y como más cielo; y esa extensión queda contrarrestada –o sujetada– por el golpeteo del agua en las rocas.

Luego sigo hacia el sol que declina, un sol cumplido, denso y a la vez ligero, por una senda con tramos de acantilados y espigas brillantes, por encima de playas con bañistas que se demoran y otros que empiezan a recoger; hay un rumor de últimos chapoteos y risas, lentitudes de cansancio pleno. Me detengo justo cuando el camino va a iniciar el descenso, cuando a lo lejos están a punto de encenderse las luces artificiales que acompañarán a la del faro. Antes de volverme, miro aún desde lo alto el mar ya aposentándose en la noche.

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En The Objective.

5.8.19

El nuevo relato aberrante

No solo tuvimos el crimen, sino también la justificación del crimen, la tibieza con el crimen, la hipocresía con el crimen. Después de cada atentado salía Arnaldo Otegi, de Batasuna, a enjuagarlo, a soltar sus estupideces ideológicas, amenazantes, con el cadáver caliente. Y salían unos cuantos del PNV, Xabier Arzalluz, Joseba Egibar o quien fuera, a reprobarlo sin contundencia al tiempo que se les transparentaban la simpatía por sus chicos (criminales y tal pero vascos, ¿eh?) y los cálculos electorales. El crimen fue la propulsión del nacionalismo vasco, que ahora, ya sin crimen, se ha quedado dando vueltas cómodamente en su órbita. Nuestra memoria histórica es esa para empezar: hemos sido testigos de mucha miseria.

Me acuerdo, por ejemplo, de aquel hombrecillo abertzale, Tasio Erkizia. Había habido un atentado tremendo, una bomba con varias víctimas, y apareció con una tirita en el meñique. El contraste entre el cuidado minúsculo para con el propio cuerpo y la defensa del descuartizamiento de los ajenos era pura obscenidad. Luego me enteré, sin sorpresa, de que había sido cura. Como otro batasuno del momento, Jon Idigoras, había sido torero. Ellos eran la encarnación de la España negra, la que seguía oprimiendo y matando desde presupuestos cerriles, carpetovetónicos. (De Jon Idigoras, por cierto, decía un amigo mío que tras haber fracasado en la fiesta nacional se pasó a la fiesta nacionalista, aún más sangrienta que la anterior.)

Nadie se tomaba en serio a estos tipos, aparte de sus votantes (que practicaban la bellaquería con el voto) y los recogenueces del PNV. Los despreciábamos. Cuando subía Jon Idigoras a la tribuna del Congreso era una especie de pasmarote estilo Gabriel Rufián, pero que ni siquiera emitía frases inteligibles sino directamente orangutanadas (menos cargante, en este sentido, que Gabriel Rufián). Estaba claro que de progresistas no tenían nada. Eran lo más fascista que había en Europa.

No deja de ser sintomático que uno de los efectos de la puesta en cuestión de lo que el podemismo ha denominado “régimen del 78” haya sido la rehabilitación ideológica de los partidarios del crimen. Según el nuevo relato (¡aberrante!), los etarras y los proetarras vienen a ser los únicos que se mantuvieron puros en la lucha antifranquista mientras todos los demás fueron simples prolongaciones del dictador muerto.

Es desolador que el PSOE empiece a consentir –a no combatir– ese discurso. Ahora resulta, dice la vicepresidenta Carmen Calvo, que el “adversario natural” de los socialistas no son esas “izquierdas” que mataron (también) a socialistas sino las “derechas” que no los mataron. Patéticas trampas de la fe partidista. O de algo más cutre: la conveniencia del momento.

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En El Español.

29.7.19

Sánchez intransitivo

Hace una semana me disponía a escribir esta columna cuando saltó la noticia del pacto entre el PSOE y Podemos. Pedro Sánchez, entonces, no era intransitivo sino transitivo. Desveló un nuevo rasgo de su carácter justo cuando yo iba a escribir sobre su ausencia. Pero el pacto ha resultado ser otro vericueto de su bucle autorreferencial. Carácter es destino y el carácter de Sánchez –como ha recordado Manuel Arias Maldonado– está dominado por el narcisismo. Un amigo nuestro, entendido en temas psicológicos, precisa: "Es un narcisista de piel fina".

Hay narcisistas tan imbuidos de su amor a sí mismos que en realidad los agravios de los otros no les afectan. Serían los narcisistas de piel dura. El narcisista de piel fina, en cambio, se ve afectado por ellos y se los guarda. Esto restringe su maniobrabilidad. Su camino suele ser un camino que se estrecha.

En el caso de Sánchez, su mayor fiscalizador sería el propio Sánchez. Como se ha comentado, no hay acción del Sánchez actual que no haya sido criticada por el Sánchez pasado, que cuando reaparece en Twitter es nuestro mayor antisanchista. Pero en realidad ambos Sánchez responden al mismo principio: decir en cada momento lo mejor para el Sánchez del momento. Debió de ser esto lo que le aplaudieron de pie los diputados socialistas en la sesión de investidura cuando habló de sus convicciones.

Pedro Sánchez es el único político español actual que ha construido su propia leyenda. Pero en su leyenda está su penitencia. Esa "resistencia" en la que él mismo ha hecho hincapié se funda en la cerrazón: una voluntad dura contra el mundo, o al margen del mundo. Conduce a un sitio solitario en el que solo está Sánchez.

Ha señalado David Jiménez Torres con agudeza que el Sánchez que logró ser presidente por la moción de censura que juntó a lo menos recomendable de la cámara contra Mariano Rajoy, y cuyo lema fundacional fue aquel "no es no", estaba condenado a no ser presidente por medio de un acuerdo constructivo. El intransitivo "no es no" dejaría encerrado también a Sanchez.

Su única solución política es la mayoría absoluta. Él, de hecho, no ha dejado de comportarse como si ya la tuviera, para forzar a la realidad a que se la otorgue. Algo no descartable en las próximas elecciones: la suerte –que es la que ha permitido que su narcisismo funcione– le ha puesto delante a unos rivales políticos cuyo nivel no es precisamente superior al suyo y que, en su obcecado antisanchismo, no hacen más que trabajar para Sánchez.

Sería una virtud, quizá la única, de la intransitividad: incapacitado para hacer amigos, Sánchez triunfaría gracias a sus enemigos.

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En El Español.

24.7.19

El Tour como acuario

Me sorprendió cuando un amigo me preguntó que cómo iba el Tour y yo no lo sabía. Me sorprendió porque yo estaba siguiéndolo y habían pasado ya varias etapas. ¿Qué veía yo entonces cuando las miraba? Me di cuenta de que hace ya mucho que tengo el Tour delante como un acuario. Me siento junto al ventilador, me pongo un café solo con hielo o un whisky con mucho hielo, y me quedo embobado contemplando a los peces por el llano o la montaña. Pero los ciclistas son peces éticos, o ético-estéticos, y el espectáculo que ofrecen en su acuario es edificante. Representan un drama: el drama del esfuerzo al límite. Una lección que aprendo para después.

Al principio mi pasión por el ciclismo era más exhaustiva; es decir, absolutamente exhaustiva. En los noventa (¡los tiempos de Indurain!) sí me lo sabía todo y estaba al tanto de todo. Seguía tres publicaciones especializadas: las revistas mensuales Ciclismo a fondo y Bicisport y el semanario Meta 2 Mil. Me conocía al completo el pelotón ciclista internacional y me sabía todas las competiciones y clasificaciones. Cuando se veía a los ciclistas en lontananza era capaz de identificar a bastantes, por su manera de pedalear, por tal gesto del hombro, por la gorrilla... Perseguía por los pocos canales de la época las retransmisiones de las vueltas pequeñas y las clásicas. Me recuerdo metiéndome en la sección de televisores de El Corte Inglés para ver la Flecha Valona. Llegué a rechazar un trabajillo porque me coincidía con la Vuelta. Y a otro me llevé un televisor portátil para ver el Giro. Durante las grandes vueltas desaparecía: atento a las conexiones horarias de la radio, la retransmisión en directo, el especial de la tarde y los minutos que les dedicaban en los programas deportivos nocturnos... Y qué belleza la de los meses de invierno: una pasión no dormida sino a la espera, en que seguían saliendo las publicaciones especializadas. Puro deseo contando las semanas y los días.

Esta intensidad se terminó, pero no la pasión: ahora serena e incluso distraída. He ido perdiendo interés por la competición, aunque no por la estampa de los ciclistas en la carrera: ese avanzar pedaleando con paisajes de fondo. Me emocionan los aspectos competitivos, naturalmente, pero no por lo que tienen de deporte sino por lo que tienen de representación: plástica, teatral. Por eso permito el doping. Para mí un ciclista no es un deportista sino un artista, y por eso puede meterse lo que quiera para ejecutar su arte. Importa el momento, el trayecto estricto de la carrera, que es la obra. Solo cuando esta termina (siempre en su esplendor) llegan los burócratas de la meadita.

Ya en la última semana del Tour, por impregnación, sé quién va ganando, quién va perdiendo, cómo puede quedar el pódium... Pero la pantalla conserva su condición de pecera: de escenario acuático de un tipo sofisticado de placer.

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En The Objective.

22.7.19

El Gobierno que todos querían

Parece que al fin habrá el Gobierno que todos querían. Bueno, menos el Ibex 35 y yo. Se confirmará en las sesiones de investidura de esta semana. Y si por sorpresa no se confirmase, lo esencial de esta columna se mantendría, porque en ella voy a hablar no tanto de la realidad como del deseo. De lo que quieren todos, menos el Ibex 35 y yo (es decir, los ricos y este pobre, una pinza ineficaz).

Pese a que la verdadera mayoría natural (¡de progreso!) salida de las últimas elecciones generales era la absoluta que componían el PSOE y Ciudadanos, ni el PSOE ni Ciudadanos la querían, ni ningún otro. Cada uno por sus razones –apañadas a partir de su propia conveniencia– deseaba el Gobierno que tendremos: el del PSOE y Podemos con el apoyo o la abstención de los nacionalistas, incluidos independentistas y proetarras.

Un tétrico paquete con el que están encantados Ciudadanos y el PP, que ven cómo se les abren las expectativas electorales para la próxima convocatoria. Algo por lo que han luchado con notable denuedo y miseria. Miseria no exclusiva: atañe en primerísimo lugar al PSOE, que consideraba inevitable arrojarse en tales manos si no había otras que lo acogieran. Ambas las constato, resistiéndome al ping-pong partidista que solo ve la miseria de enfrente. (¡Nada se me escapa del espectaculito!)

La realidad es la que es y con estos bueyes hay que arar. Ha triunfado definitivamente el conservadurismo: la idea de que había una necesidad ineludible, una fatalidad. No ha existido acción política que promoviera un panorama nuevo. Ninguna pieza ha sido descolocada. Como dice Ignacio Varela, hemos salido del bipartidismo para caer en algo peor: el bibloquismo. Los que vemos nuestra actualidad política con verdadero susto, por esta división en bloques cerrados, considerábamos que era urgente salir de ahí. Pero Ciudadanos y el PSOE no han querido.

El bucle ha sido absurdo y perfecto. Empezó el PSOE, con su tradicional desprecio por Ciudadanos y su costumbre de llamar “facha” a todo el que lo critica. Siguió Ciudadanos, con su incomprensible promesa electoral de no pactar en ningún caso con el PSOE. El PSOE entonces se rasgó las vestiduras denunciando el “cordón sanitario”. Denuncia que dejaron en evidencia los militantes del PSOE que le gritaron a Sánchez en la noche electoral su particular exigencia de cordón sanitario: “¡Con Rivera no!”. Exigencia de sus enemigos que Rivera ha cumplido escrupulosísimamente...

El resultado va a ser el gobierno más reaccionario que ha habido en España desde el de Arias Navarro. Porque Podemos es eso: pura reacción.

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En El Español.

15.7.19

Una piedad sin esperanza

Dice uno de los aforismos más desoladores de Cioran: “Por las víctimas hay que tener una piedad sin esperanza”. Porque ellas –se deduce– serán las victimarias a su vez, en cuanto puedan. No es una ley automática, pero sí frecuente. Lo suficiente como para que reconozcamos su verdad. Se sustenta en la triste naturaleza humana.

Los mecanismos del odio siguen intactos. Es alucinante cómo se autojustifican –y propulsan– con un ligerísimo barniz de “razones”, que por lo general son falsas. Lo hemos visto estos días con Ciudadanos, con el odio a Ciudadanos. Un odio que este partido ha recibido desde su nacimiento y al que ahora, con la excusa de tales “razones”, se le ha dado rienda suelta.

Mis lectores saben que estoy enfadadísimo con Ciudadanos. Repudio su deriva actual, su renuncia al centro-izquierda, sus melindres con Vox que se traducen en la práctica en un consentimiento (para mí impresentable) de Vox, el cesarismo de Rivera, su obcecación y sus errores. Es un partido que me ha perdido como votante, supongo que irremediablemente. Pero no merece ser objeto de este odio desatado. Más allá de otras consideraciones (y de tantas cosas sobre las que se podría discutir), este odio es el dato.

El colectivo LGTBIQ ha sido históricamente víctima del odio. Lo sigue siendo: las agresiones no pertenecen solo al pasado. Puestos a comparar, lo que sufrió Ciudadanos en la manifestación del Orgullo fue una anécdota. Aunque no irrelevante, sino sintomática. Señala esa respuesta de odio que son capaces de dar también aquellos que lo han sufrido.

En otros tiempos fue la religión la que engrasaba la maquinaria. Hoy lo es la ideología. Me llama la atención el predicamento de la frase “lo personal es político”. Al margen del debate sobre su pertinencia, el uso que suelen hacer quienes la esgrimen es: como no te comportes políticamente como es debido, te vas a enterar en “lo personal”. De aquí, por ejemplo, la hostilidad de ciertos miembros del colectivo LGTBIQ contra aquellos de su mismo colectivo que no tienen las ideas políticas adecuadas. Estos últimos tal vez sean los grandes excluidos de nuestro tiempo...

Al final es lo de siempre: apoyarse en una modalidad del bien para, desde ahí, señalar a los que no comulgan. Lo de “lo personal es político” es otro baremo para que sigan funcionando la culpabilidad y –por encima– la capacidad de culpar, de acusar. Religión también, en el fondo. La ideología es la nueva religión de Occidente. Todo de lo que se adueña es escenario del odio.

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En El Español.

10.7.19

Correr un encierro, conducir un autobús

Me levanto temprano, como un profesional. Me dispongo a leer la prensa como un profesional para escribir mi profesional columna política: algo que no haría si no fuese por profesionalidad y que últimamente rehúyo siempre que puedo con una falta de profesionalidad pasmosa. Esta vez también...

Porque en una ventana del periódico online han conectado con los sanfermines. Son justo las ocho y va a empezar un encierro. Decido pinchar. Hacía años que no los veía en directo, por no exponerme a una cornada tempranera que me desarbolase el día. Pero total, llevamos una racha en que la simple lectura de la prensa ya lo hace. Al menos una cornada es algo digno.

Salen los toros, corren los mozos. Me fijo en que los más valientes se rozan con el animal, le tocan el cuerno. Me acuerdo de lo que dice Dragó: el contacto con lo genesíaco, el contacto con lo telúrico... Y ese sería mi problema si corriese los sanfermines: no pensaría en esas cosas potentes, sino en Dragó. Me estaría jugando la vida con Dragó en la cabeza.

De pronto me viene cómo los veía yo de niño, cómo los veíamos los niños: el puro jolgorio de correr, con los toros detrás como en el pilla-pilla. El tumulto, las caídas, los trompazos, igual que en los tebeos y las películas de Bud Spencer. Un maravilloso juego amoral, nada educativo. Ese sí en contacto íntimo con la vida, y sin Dragó (aunque conmigo ahora).

Tiene que ver con el niño al que le preguntaron por televisión qué le había gustado más de un desfile de las Fuerzas Armadas. Los adultos habían respondido con abstracciones: “la nación”, “España”... Pero el niño lo tenía claro: “¡los caballos y los tanques!”. (Parecía un pequeño Savater.) También una niña dio la respuesta exacta en uno de esos días de la Lengua en que había que escoger la mejor palabra del español. Los tristes adultos se abarataban en “paz”, “amor”, “libertad” “solidaridad”... Hasta que llegó la niña: “¡columpio!”.

El otro día subí al autobús y me senté en el primer asiento, muy cerca del conductor. Observándolo, empecé a angustiarme con su trabajo. Su jornada consistía en dar vueltas y vueltas al mismo circuito de la ciudad, como Sísifo. Entonces vi que, en una curva, el tipo se recreaba en el volante, yo diría que con felicidad. Recordé que de niño soñábamos con ese trabajo. Y jugábamos a él, colocando sillas en fila. Conducir autobuses: ¿cuándo dejamos de quererlo?

El gran juego de la vida: ¿cuándo dejamos de jugarlo?

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En The Objective.

8.7.19

Cuando João Gilberto se encontró a sí mismo

La naturalidad de la bossa nova produce la sensación engañosa de que es eso, un fruto de la naturaleza. Un fruto del paraíso exactamente, por su condición dorada, luminosa y feliz (incluso cuando es triste). Recuerdo que esta percepción se rompió la noche de 1994 en que llegué a casa, puse Radio 3 y me enteré de que había muerto Antonio Carlos Jobim. Sentí por primera vez que el regalo de su música, que parecía inevitable, podría no haberse producido. Era una obra humana, sujeta al azar de la vida y de la muerte. Esta conciencia de su fragilidad le dio aún más valor a aquellas composiciones. Y exigía una primera reacción ante ellas: el agradecimiento.

Ahora ha muerto João Gilberto y es agradecimiento lo que tengo; una memoria larga de felicidad debida a él: tantos momentos de oro, sofisticados, finísimos. Se ha ido de esta vida un hombre que nos hacía príncipes. Tuve la suerte de verlo en directo dos veces, en Barcelona en 2000 y en Málaga en 2003. Las dos en julio, el mes en que ha muerto a los ochenta y ocho años. Cuando tenía veinticuatro, en 1955, se encontraba hundido, “sin dinero, sin trabajo, casi sin amigos” y con “el orgullo acribillado por todos los flancos”, como escribe Ruy Castro en Bossa Nova. La historia y las historias (Turner). Había llegado a Río de Janeiro desde su Bahía natal y no encontraba el éxito como cantante que anhelaba, ni se encontraba a sí mismo. Se largó entonces para buscarse.

Estuvo en Porto Alegre, de nuevo en Río y por fin en Diamantina, una pequeña ciudad de Minas Gerais donde vivía una hermana suya. Allí pasó encerrado ocho meses en 1956, tocando la guitarra sin parar día y noche, en su habitación, en el cuarto de baño, junto a la cuna del bebé de su hermana, obsesionado por algo que atisbaba y no lograba formular. Poco a poco fue dando con su estilo, o creándolo: su batida de guitarra, en que sintetizaba prodigiosamente el samba, y su cantar baixinho. Antes de volver a Río pasó un tiempo en casa de sus padres, en Juazeiro, donde siguió ensayando sin parar. Para disgusto del padre, que era aficionado al bel canto y que, como escribe Ruy Castro, “fue el primero el fulminar la futura bossa nova con nuna definición”. Le decía a su hijo: “Eso no es música. Eso es ñem-ñem-ñem”. Algo parecido a lo que diría un prohombre de la industria musical brasileña cuando lo escuchó por vez primera: “¿Por qué graban ahora a cantantes resfriados?”.

Esto da idea de lo raro que sonaba al principio lo que hoy parece natural: prueba de su arte. La historia que viene después es la del triunfo de João Gilberto: el hechizo que produjo en los músicos de su edad en Río cuando regresó (lo seguían como al flautista de Hamelin, para pillarle el toque de guitarra y la manera de cantar), y el deslumbramiento de los más jóvenes cuando oyeron en 1958 “Chega de saudade” (de Antonio Carlos Jobim y Vinicius de Moraes), la canción con la que nació propiamente la bossa nova. La expansión fue rápida, y en 1962 resultó ya imparable a nivel mundial con “A garota de Ipanema”, que grabó con Stan Getz y su mujer Astrud Gilberto.

Pero hay un momento indeciso que a mí me gusta especialmente. Está a punto de lanzarse el álbum Chega de saudade y, en palabras de Ruy Castro, “en los primeros días de 1959, nadie podría asegurar que algo tan moderno y sofisticado resultase algún día ‘altamente comercial’” (como había escrito Jobim en la contraportada del disco). Ni siquiera estaba seguro João Gilberto, que le decía a un amigo: “No hay nada que hacer. Ellos son muchos”. Ellos, los enemigos de la delicadeza que estaba a punto de ofrecerles. Esta vez la aceptarían, pero no siempre ocurre. Fue un milagro el éxito de tanta exquisitez.

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En El Español.



"Bossa nova: felicidad sin fin".

1.7.19

En busca del tiempo perdido

En la pasada Feria del Libro de Madrid hubo un inesperado aumento de ventas (un 14% más que el año anterior) y un librero exclamó: “¡Vuelve el libro!”. Como no se ha cansado de repetir Antonio Muñoz Molina, el libro es un artefacto tecnológico perfecto, de una extrema sofisticación. El electrónico tiene sus ventajas, y es una opción aceptable. Pero ya puede decirse que convivirá con el de papel. En todo caso, lo que vuelve es el libro en general: vuelve la lectura.

Vuelve la sensualidad de la lectura: su carácter placentero, sensorial, de recogimiento como en el zen. El libro se percibe de nuevo como una casa, como un refugio. Escribe Marcos Ordóñez en Una cierta edad (Anagrama): “Leer por la noche: que al final del día las líneas te recojan como en una red”. Pueden y deben zarandearte también, pero esos meneos interiores son en último extremo reconfortantes. Aunque expresen dolor, es su expresión lograda lo que reconforta. (Qué llevadera se nos ha hecho la desesperación gracias a Thomas Bernhard, a Emil Cioran, a Fernando Pessoa...)

Yo llevo unos años enfrascado en la lectura, en una galopada lectora entre rabiosa y feliz. Como si casi todo fuera un fraude menos eso. En los últimos días, sin saber muy bien por qué, he tomado una decisión que me llevará meses: releer la gran novela de Marcel Proust, En busca del tiempo perdido. Desde hoy mismo, 1 de julio de 2019. Ya leí los siete tomos en 2015, en la traducción de Pedro Salinas y Consuelo Berges (Alianza). Ahora lo haré en la de Carlos Manzano (Debolsillo). Quiero meterme otra vez en ese mundo y parar de algún modo el tiempo.

La seducción de la obra tiene que ver con el título: hay un anhelo de reparación por el tiempo perdido. En sus dos acepciones, como decía Gilles Deleuze: el perdido porque pasó y el derrochado (el malgastado). Relacionado con la segunda acepción está el malestar por el tiempo hecho calderilla que tenemos hoy; el tiempo triturado por las redes sociales, básicamente, con todos sus avisos, pitiditos, temblorcitos, ventanitas, pestañitas, estrellitas, corazoncitos, toquecitos... Esa lucha sin cuartel por la atención de que suele hablar Manuel Arias Maldonado, más sus correspondientes reclamaciones de respuesta (por supuesto, inmediatas). Frente a esa calderilla –lo dije en otro lugar–, está el oro del tiempo, como reza el epitafio de André Breton: “Busco el oro del tiempo”.

De manera que este verano lo pasaré con Proust, no lejos de mi ventilador, de la “fresca brisa” de mi ventilador, que moverá las páginas. Y quitado de las redes sociales todo lo que pueda. No así de los periódicos, que por algún sitio hay que mirar cómo se pierde el tiempo en España y en el mundo. Sobre todo en España, en la segunda acepción.

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En El Español.

26.6.19

Cs se mmmuere

“Mejor la destrucción, el fuego”, como terminaba Cernuda un poema. Sigue latiendo ese impulso. La tentación del cortocircuito. Hay un alivio de fondo en volver a la abstención (¡las manos limpias!), porque el no votar a Ciudadanos no se va a traducir en votar a los demás partidos, que me siguen pareciendo lamentables. Hay como un frenesí destructivo ahora, de colaborar en el hundimiento de lo que se está hundiendo; pero molesta ver a otros que empujan también y que son peores, mucho peores. Claman por una dignidad que nunca tuvieron; celebran ejemplaridades ajenas y ni se plantean las propias... Quienes elogian a Valls por haberse negado a Vox y por haberle cortado el paso a ERC, por ejemplo, bien podrían criticar a Sánchez por apoyarse en Bildu. Pero esperaremos sentados.

Le dije a una amiga: “Cerramos partidos como quienes cierran bares”. Todo esto ya lo vivimos con UPyD. Y no deja de tener su gracia que Martínez Gorriarán esté ahora en Twitter comentando la jugada y recomendando su libro sobre el hundimiento de UPyD, que se titula La democracia robada pero que viene a ser El asesinato de Rogelio Ackroyd de la política.

Lo cierto es que Cs se mmmuere, como el Goethe del relato de Bernhard, según el cual las últimas palabras del gran clásico alemán no fueron Mehr Licht! (¡más luz!), sino Mehr nicht! (¡más nada!). Lo que quería al morir no era más iluminación, sino que se acabara de una vez el asunto. Cs como partido seguirá, de todas formas. El que muere o mmmuere es el Cs que conocíamos: el Cs al que votábamos. Roldán lo formuló bien en su despedida: es Cs el que ha cambiado. Rivera ha decidido prescindir del votante específico de Cs (ese que de Cs se irá a la abstención, que es donde estaba antes) y quedarse con el que vota a Cs como podría votar al PP e incluso a Vox.

Escribió Nietzsche (¡hoy estoy citón!): “El lector de periódicos dice: con tal error ese partido se arruina. Mi política superior dice: un partido que comete tales errores está acabado –ya no posee su seguridad instintiva”. Todos los errores que viene cometiendo Ciudadanos tienen su origen en esa disipación. Dejó de ser aquel delicioso partido ondoyante (¡pero que sabía perfectamente adónde no se tenía que acercar con sus ondulaciones!) y se ha convertido en un plomo que no se mueve (¡no se mmmueve!), y encima en el lugar equivocado.

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En The Objective.

24.6.19

El sonajero

La noticia soy yo, para mí mismo, porque hacía mucho que no se me saltaban las lágrimas. Y esto lo tengo que contar, aunque sea insignificante comparado con la verdadera noticia. ¿Qué tiene la foto del anciano con el sonajero que le guardó su madre? Se lo guardó en un lugar seguro: la tumba sin nombre en que la metieron tras fusilarla en la guerra civil. Lo llevaba en el bolsillo izquierdo y ahí ha aparecido dócilmente, junto al hueso izquierdo de la cadera. Ha servido para identificarla. Ahora tengo miedo de hacer literatura, aunque solo puedo hacer literatura. Y un poco de filosofía. Sé que el periodismo es aquí más noble, más limpio. Pero esta mañana se me saltaron las lágrimas y tengo necesidad de escribir.

Es ese salto en el tiempo, y son los colorines del sonajero. Lo dice todo pero está mudo: “le falta la canica o bolita que, batiéndolo, producía el sonido característico de estos objetos”. El sonajero no suena, como le sonó a este anciano que lo sostiene hace ochenta y tres años, cuando tenía nueve meses. La contracción del tiempo. Me he acordado inconvenientemente del sarcasmo de Thomas Bernhard: una madre piensa que ha tenido un bebé y ha tenido un anciano que va meándose por las esquinas. Pero aquella madre hubiera sido feliz de ver a su bebé anciano con el sonajero. Feliz y triste, amargamente triste: por su vida perdida y por la orfandad de su bebé (y de sus otros tres hijos, de los que solo vive una hija de noventa y cuatro años).

La contracción del tiempo, sí. Miro la foto del anciano (me da cosa decir su nombre, como si me aprovechara de él) y pienso en todos sus años, uno por uno, en su orfandad y en su vida entera en esta España terrible. Y pienso, cómo no, en la tentación del aprovechamiento ideológico. En las elucubraciones históricas que aplastarían su caso, que le darían un sentido a costa de rebajar su sufrimiento. Hay que rescatar de las cunetas, de las fosas comunes y de las tumbas sin nombre a los asesinados por los fascistas; pero hay que callarles también la boca a los que están deseando sacar esos muertos para echárselos en la cara a sus rivales políticos de hoy, buscando guerra.

Las lágrimas, al final, se me saltaron por la vida, por los hilos de la vida, por la tragedia de la vida, puteada por la historia. Por ese sonajero y sus colorines ochenta y tres años enterrados en una tumba y un niño que se fue haciendo mayor hasta llegar a esa edad para tenerlo. Ese dolor y esa ternura; esa impotencia. Como cuando leíamos a César Vallejo (“Niños del mundo, / si cae España –digo, es un decir– / si cae [...] / ¡qué pronto en vuestro pecho el ruido anciano! / qué viejo vuestro 2 en el cuaderno!”), sabiendo que España cayó.

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En El Español.

17.6.19

Bisagra del PP (y Vox)

Da rabia lo de Ciudadanos porque este era el momento. Por primera vez desde su fundación puede alcanzar el objetivo para el que fue creado, gracias a la mayoría absoluta que sumaría con el PSOE en el Congreso si los dos partidos pactaran. Es un chiste que Ciudadanos haya llegado a este momento cuando su objetivo ya era otro: no ser un partido bisagra del constitucionalismo sino el primer partido de la derecha. Lo que hace que el chiste sea encima malo es que ese otro objetivo no lo va a alcanzar nunca. De manera que estamos asistiendo a un bucle absurdo, con una impotencia descomunal.

Lo triste es que, aunque al final Ciudadanos permita una nueva presidencia de Pedro Sánchez por medio de la abstención, como dicen que terminará haciendo, su debilidad será ya irreparable. Nada que ver con la fuerza que hubiese tenido de haber planteado un pacto desde el principio. Es cierto que este pacto no lo podía plantear sin ser incoherente con lo que Albert Rivera prometió en la campaña electoral, y con su discurso de los últimos meses. Pero es que esa promesa y ese discurso estaban ya equivocados. El error viene de atrás.

Su trazabilidad es reconocible desde la moción de censura de Sánchez, que dejó descolocado a Rivera. Hasta entonces Ciudadanos iba el primero en las encuestas. Sánchez le robó la cartera y parte del discurso. Para cuando se vio que Sánchez solo se había puesto la careta de centro, sin ser el centro, Rivera ya había dejado el centro libre. Para Sánchez. Inmediatamente después las culpas de Sánchez quedaron absueltas de cara al electorado por la emergencia de Vox. Sánchez solo lo pagó un poquito en Andalucía: y en su enemiga Susana Díaz, lo que también le vino fenomenal. Luego se recompuso. Por Vox, a Sánchez le han salido gratis sus tonteos con los independentistas.

Estoy de acuerdo con la reconvención de Francesc de Carreras a Rivera. Es cierto que en su carta hay una frase sintomática, como ha señalado el agudo Rafa Latorre: ese “por tu culpa arrojas al PSOE a pactar con Podemos y con los nacionalistas”. Pero es síntoma no tanto de que excuse las responsabilidades del PSOE como de darlo por imposible. Es devastador para el PSOE, en realidad. El sentido del pacto era justo ese: mejorar al PSOE (¡e incluso salvarlo de sí mismo!). Y mejorar al propio Ciudadanos, que sale muy empeorado de sus tonteos (y encima remilgados) con Vox.

Ciudadanos era un partido único: su envidiable condición de bisagra le permitía pactar con el PP y con el PSOE. Esa era su singularidad. Ahora, fracasado su intento de sorpasso al PP, solo puede pactar con el PP (calderillas municipales y autonómicas aparte). Se ha convertido en una mera bisagra del PP. Una puerta que solo da a un lado. Y que llega hasta el fondo oscuro (¡Vox!) de ese lado.

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En El Español.

12.6.19

El discurso libre

Una de las alegrías de esta primavera ha sido la concesión del premio Anagrama de Ensayo al filósofo Daniel Gamper por Las mejores palabras, que se acaba de publicar. A Gamper le debo la escritura de mi “Autobiografía brasileñista”, y consideré emblemático que participara con una entrevista a Rüdiger Safranski en un librito de este muy importante para mí: Sobre el tiempo (Katz/CCCB). Tiene otras entrevistas en la misma colección a Zygmunt Bauman, Judith Butler, John Gray o Martha C. Nussbaum, ha traducido a pensadores como Friedrich Nietzsche, Max Scheler o Jürgen Habermas, y ha publicado en Trotta La fe en la ciudad secular.

Las mejores palabras es un libro elegante, civilizado (civilizatorio) sobre el ejercicio de la libre expresión y sus implicaciones existenciales, morales y políticas. Es suave y al mismo tiempo contundente, como el autor anuncia en la primera página: “Entiendo este texto como una especie de cascanueces que debe combinar la fuerza con cierta delicada habilidad para lograr sacar el fruto sin herirlo”. Su manera sutil de proceder me ha recordado el aserto de Nietzsche: “Los grandes pensamientos avanzan con pasos de paloma”. Los veintitrés ensayitos que componen el libro van avanzando así en su abordaje del tema, sumando facetas que se van completando, y en ocasiones tensionando, en sus reflexiones sobre la búsqueda (y recepción) de “las mejores palabras”; reflexiones que incluyen las interferencias del contexto ruidoso y de “las peores palabras” que se les oponen.

Sobre esto último Gamper, apoyándose en John Stuart Mill, dice algo que me ha parecido lo más estimulante del libro, y que en cierto modo lo vertebra. Más que el concepto de “libertad de expresión”, que pone su acento en el sujeto que se expresa, prefiere el de “palabra libre” o “discurso libre”, que implica a los oyentes, o a la sociedad en su conjunto: “Lo que se protege, a fin de cuentas, no es el derecho a hablar sino el derecho a escuchar. Se protegen las palabras y sus consecuencias y no a los hablantes o sus opiniones. Se protege, en definitiva, el intercambio a lo largo del cual se acaban discerniendo las mejores palabras”. Lo cual implica, entre otras cosas, “que sea obligación de los oyentes exponerse a la manifestación de las ideas que más detestan”.

Sirva solo como avance de este libro que recomiendo y que incluye además consideraciones sobre la verdad y la mentira, la conversación, la comunidad, la autenticidad, la lengua del Tercer Reich, la represión, la censura, la educación, la política, la democracia, las instituciones, la lengua común, la libertad, el silencio, la risa, las redes sociales, el periodismo, el miedo, la tortura, el amor, la calidez de los mamíferos y hasta una defensa aristotélica del botellón.

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En The Objective.

10.6.19

Lotería

Tengo un amigo al que le tocó la lotería a los veinticinco años (ochocientos millones de pesetas de 1992) y le arruinó la vida. Mucho tiempo después quiso escribir un libro con consejos de lo que no había que hacer en esos casos. Le propuse el título perfecto: Cómo no ser rico. Pero no lo escribió. Su contraejemplo no me ha disuadido de querer ser rico yo también. Como decía otro amigo: "Ya sé que el dinero no da la felicidad, pero me gustaría comprobarlo personalmente". Así que de vez en cuando juego a la lotería.

El amigo exmillonario vive en otra ciudad y tengo ya poca relación con él. Cuando lo veía a menudo procuraba evitarlo el día en que se jugaba algo gordo. Si tener un amigo al que le había tocado la lotería reducía terriblemente mis probabilidades (ya exiguas de por sí), el haberlo visto el mismo día del sorteo las dejaba en nada. Pero hace años que juego con tranquilidad, porque ya apenas tengo contacto con él. Este viernes, en que había un superbote en los Euromillones, me mandó un maldito wasap por la mañana. Sentí que se me esfumaban los ciento treinta millones de euros. Una lástima, porque a estas alturas yo sí que sabría cómo ser rico.

Iba a jugar de todas formas, por si acaso. Salí de casa a mi hora habitual, pero en vez de tomar la acera izquierda, como hago siempre, tomé la derecha, que es en la que se encuentra el puesto de lotería. A medio camino oí un estrépito en la acera de enfrente: una maceta se había caído de una ventana y se había estrellado contra el suelo. Justo por donde yo tenía que estar pasando. Lo pensé unos segundos, acordándome del Flitcraft de Dashiell Hammett, y seguí. Llegué al puesto de lotería cuando lo acababan de cerrar. Lo maldije, pero al darme cuenta de que por haber ido a echar mi boleto quizá me había librado de morir, lo bendije.

Ese Flitcraft, del que se habla en El halcón maltés y del que se ocupó también Paul Auster en La noche del oráculo, decidió cambiar de vida después de que le pasara algo parecido. Aunque él no lo vio desde la otra acera, sino en sus narices: una viga desprendida le pasó rozando y la esquirla que hizo saltar de una baldosa le hizo un rasguño en la mejilla. En ese momento, escribe Hammett, "sintió como si hubiesen levantado la tapa de la vida, permitiéndole ver su mecanismo". No regresó a su hogar. Se fue de la ciudad, sin decirle nada a nadie.

Yo comprendí que la lotería que me había tocado era la de la vida diaria: la de más días de esa vida. Me sentí en la tarde primaveral, calurosa, luminosa, como en un premio.

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En El Español.

6.6.19

El columnista de batín

El columnismo es una manera fácil de ganarse un dinerillo. Antes ese dinero era mucho (un dinerazo), ahora es muy poco. Salvo para unos cuantos, que siguen cobrando bien. Clase alta sigue habiendo. Y clase baja. Lo que ha desaparecido es la clase media. O se gana mucho (unos pocos), o se gana poco (la mayoría). Lo que ya no existe es ganarse la vida aceptablemente solo escribiendo columnas. El único consuelo de quienes cobran –de quienes cobramos– poco es que hay una clase aún inferior a la nuestra: la de quienes no cobran nada. Pero esto nos sirve menos como alivio que como amenaza. Y como recuerdo: bastantes venimos de ahí. Y ahí volvemos cada vez que cierra un medio para el que trabajamos, que suele largarse con una estela de deudas. El último medio a cuyo cierre asistí me dejó debiendo casi tres mil euros: medio año de columnas (dos a la semana, entonces).

Esta miseria, por otra parte, no deja de ser una forma de justicia poética, porque escribir columnas está chupado. Estos tiempos interesantes en que las columnas se escriben solas serían una edad de oro del columnismo si nos las pagasen bien; es decir, si no nos las pagaran como si se escribiesen solas.

Aunque es fácil cuando ya se ha pillado el oficio. Al principio cuesta un poco: tanto escribir (pensar) en palabras contadas como que esas palabras estén dispuestas en el plazo marcado. El columnista cuenta palabras como el sonetista cuenta sílabas. Y las escribe bajo la espada de Damocles del plazo. Unas columnas curiosas son aquellas que el plazo nos quitó de las manos: uno no las había terminado propiamente, pero las tuvo que entregar. Sobre la corrección incesante dijo el poeta Paul Valéry que "las obras no se acaban, se abandonan". Y Jorge Luis Borges que "se publica para dejar de corregir". El caso de las columnas –como el del periodismo– es peculiar: la obra no se abandona, sino que se da, como muy tarde, cuando el plazo vence. En las ocasiones extremas, el autor (y quizá también el lector) puede percibir los rasguños que esa premura produce en algunos lugares de la columna: una frase no terminada de perfilar, una idea que hubiese podido ser mejor, alguna rugosidad que hubiese podido limarse con solo un minuto más. Esta agresión exterior en el estilo propio no deja de tener su encanto.

Y le concede un poco de aire al estilismo asfixiante. Ha sido muy celebrada la frase de Valle-Inclán: "La prensa avillana el estilo y empequeñece todo ideal estético". Yo mismo la llevaba en mi carnet de estudiante de Periodismo, por epatar. Hoy me parece bien solo a medias. La apruebo como defensa frente al periodismo, que tiende a avasallar y a inundarlo todo con su imperativo de la actualidad rabiosa. Pero el periodismo sirve a su vez de defensa frente al estilismo estéril, del que la realidad se ha disipado. Al final estoy (o quiero estar) a medio camino entre una cosa y otra. Estoy en el periodismo, pero con un pie fuera. Y estoy en el estilismo, pero con el otro pie en el periodismo. Lo cierto es que no soy periodista –la carrera no la terminé y nunca he trabajado en una redacción–, sino un lector de prensa que escribe en la prensa. Así es como me gusta definirme en este campo.

Yo soy, en fin de cuentas, un columnista de batín. Esta es últimamente una figura denostada. La estrella hoy es el reportero: el periodista que sale a la calle y se enfanga en las noticias. El periodista de redacción tampoco está mal visto, como obrero de la información. El malo de la película es el columnista que está en su casa escribiendo de lo que quiere y enfundado en un batín (o en un pijama o un chándal, o casi en pelotas si es verano). Yo soy el malo de la película. Leyendo periódicos y escribiendo en los periódicos desde mi cómodo gabinete, a veces con música brasileña de fondo o el clavecín de Bach. Y con internet –es decir, con el mundo entero– en la misma pantalla en la que escribo. El nombre completo de la figura (¡del figura!) es en verdad columnista de batín e internet. ¡Ese soy yo! Con babuchas en invierno y en verano con chanclas. La antiépica del oficio.

Un animal tan decadente y antievolutivo solo puede existir, naturalmente, en un contexto en que haya periodistas de verdad; o sea, tipos serios, que son los otros. El columnista es el lujo (acepto que se diga la excrecencia) de un periódico que no puede estar hecho por columnistas. La opinión depende de la información, y esta debe estar en manos de profesionales. La opinión sí se permite que esté en manos de amateurs. De hecho, casi es mejor que sea así. La opinión como lujo del periódico y zona fronteriza: allá donde el periódico empieza a dejar de serlo.

Decía el filósofo Salvador Pániker que “todo entrevistado acaba reducido a los límites mentales de su entrevistador”. A la actualidad le pasa igual, con respecto al columnista. Mientras que el periódico es (o ha de ser) completo, el columnista es insuficiente. Yo, por ejemplo, solo escribo de lo que más o menos sé, o sobre lo que más o menos puedo aportar algo, o sobre lo que me produce alguna idea, alguna broma o alguna sensación: quedan libres de mi radio extensísimas estepas de la actualidad. La columna que mantengo ahora en El Español lleva como título genérico Zona de confort. En parte es por el contraste irónico con la turbulenta actualidad, esa carnicería nada confortable. Pero sobre todo es por la aceptación de mis límites, o la resignación ante ellos. La actualidad pasada por mí (¡por mis limitaciones!) es lo que hay en mis columnas. Al final, una inevitable papilla. Aunque intento darle un poco de vida, que sea una papilla con burbujas al menos, con vibraciones, con una cierta electricidad: una papilla animada.

Un insidioso aspecto de la actualidad es su propensión a repetirse. Quizá sea su estrategia suprema contra la crítica: al quinto desmán idéntico, el columnista tiende a no volver a mencionarlo, por no hacerse pesado (para empezar, ante sí mismo). Ese reparo no lo tengo yo: no solo no me importa repetirme, sino que me encanta repetirme. Por la compulsión a la repetición que diagnosticó Freud, y porque me gustan los artistas de la repetición como Thomas Bernhard o el brasileño Nelson Rodrigues. Me repito además en defensa propia: si me ocupo de la actualidad y esta se repite, ¿por qué no habría de repetirme yo? Me recuerda un poco a aquel aforismo memorable de Cioran: “Mi misión es matar el tiempo, la suya matarme a mí. Se está perfectamente a gusto entre asesinos”.

Aunque una cierta variedad hay, por restringida que sea la zona de confort de cada uno. Los mismos políticos y personajes de la actualidad en general –por parecidos que sean entre sí– son varios. Cuando llega el día de escritura de la columna, el columnista debe decidir de cuál ocuparse. En esta situación, con frecuencia los he visualizado como los patitos que dan vueltas en la caseta de tiro de la feria. Se tiende a un cierto equilibrio: a no dispararle dos semanas seguidas al mismo, sino ir diversificando los disparos. El columnista tiende a repartir el juego dentro de su limitado mundo. Salvo en casos excepcionales (últimamente no lo son tanto) de personajes insistentes que se presentan como dianas perpetuas. El columnismo es una forma de caricaturismo.

De igual manera que se dice que la obra de un editor es el catálogo de los libros que ha editado, se podría decir que el discurso del columnista es el que conforma el conjunto de sus columnas. Debido a la limitación del espacio, no se puede decir todo en todas. Pero en conjunto se equilibran entre sí, o van sumando facetas, o recovecos, o matices. Cada columna dispone una contundencia en determinada dirección. Si esa columna fuese la única del mundo, sería la locura. La ventaja de las columnas es que nunca son las únicas: están las demás de ese columnista, y las demás de todos los columnistas del mundo. Se podría decir del columnismo lo que del río Ganges: que por sus aguas corren todos los venenos y todos los antídotos. Por lo que uno puede bañarse sin problema en él.

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Publicado en Jot Down nº 26, especial Mensajes.

3.6.19

Un rey que no nos merecemos

Esta especie de segunda abdicación del rey Juan Carlos que supone su abandono de la vida pública, cinco años después de su abdicación real, me ha recordado el comienzo de la novela de Jabois, Malaherba (en Alfaguara): "La primera vez que papá murió todos pensamos que estaba fingiendo". Ahora los periódicos vuelven a llenarse de evocaciones de su figura, como si hubiera muerto de nuevo. Cuando ocurra de verdad no va a haber nada que escribir. Pero a don Juan Carlos le queda ese infrecuente privilegio: asistir en vida al balance de su vida, dos veces.

"Tenemos un rey que no nos merecemos" fue una de las frases más repetidas de la Transición. Yo la recordaba en boca de locutores, insistentemente (hasta yo la pronuncié, en mi adolescencia imitativa). Ahora veo que se le ocurrió a Umbral. Era una frase literata. Lo bueno es que albergaba ambigüedad, como lo sabe hacer la literatura. Al rey de los últimos años tampoco nos lo merecíamos, en el otro sentido. O probablemente sí, como nos merecemos todo lo que nos pasa...

Buscando sobre la frase me he encontrado una joyita de Savater, el artículo "Lotería primitiva" (El País, 17-X-1987). Dice sobre lo del no merecimiento: "precisamente ese es el problema, que a los reyes no se los merece uno nunca, ni a los buenos ni a los malos. Por eso algunos Estados optan por la fórmula republicana, para votar de arriba abajo los cargos de la nación y tener ni más ni menos que lo que se merecen". Luego habla de la lotería de la monarquía y hace otras consideraciones que tenían mucho mérito en 1987, por las cuales era nuestro ídolo Savater. Como lo sigue siendo hoy, en que apoya más decididamente a Felipe VI. Este encarna (cosas de la lotería) los valores del republicanismo como no aciertan a hacerlo nuestros ruidosos republicanos oficiales.

El balance histórico del reinado de Juan Carlos I será positivo, claro: el paso de una dictadura a una democracia, pese a los lastres. Pero hemos aprendido una lección relacionada con el oscurantismo. La ausencia absoluta de crítica (más aún, el halago continuo) de que gozó durante años hizo que se abandonara, que se corrompiera. Su famosa irresponsabilidad ante la ley, cuyo objeto era protegerlo, tenía la contrapartida tácita de que su conducta debía ser ejemplar. Sin embargo, no fue un modelo de lo que predica Gomá precisamente. Tal vez, si se hubiera ido aplicando la crítica de un modo razonable no se hubiera desbocado en el aquelarre final, en que los críticos parecían estar conjurando sus cortesanías pasadas.

Lo racional, en efecto, es la República. Aunque también por esas cosas de la lotería nos han tocado unos republicanos que hoy la hacen inviable. Podríamos formularlo así: tenemos unos republicanos que no nos merecemos. En el otro sentido.

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En El Español.

2.6.19

Jot Down 27

Ya está a la venta el trimestral núm. 27 de Jot Down, especial Dioses y endiosados. Yo colaboro con un artículo sobre (contra) el endiosado fútbol: "Balón de asfixia". Empieza así:
Están los balones de oxígeno y está el balón del fútbol, que es un balón de asfixia. Esta cualidad asfixiante no la perciben sus adoradores, en cuya alienación aceptan que el respirar sea algo secundario (¡lamentable servidumbre!); solo la sufrimos los que lo detestamos, minoría selecta y exquisita de la humanidad, la gran víctima de los siglos XX y XXI, la gran vilipendiada, la gran apestada, la receptora de todos los odios, la única aguafiestas en las fiestas del balón: unánimes si no fuera por ella.
La revista puede comprarse en librerías y en la web de Jot Down.

29.5.19

Evasión pessoana

Escribo esto mientras los ciclistas suben el Mortirolo en el Giro y sufro una pájara política. En el peor momento: cuando tengo que escribir una columna, que convendría que fuera política. Pero he terminado de colapsar, después del extenuante ciclo que el domingo concluyó. Me pilló en Madrid (voté, pero por correo) y el lunes, volviendo a Málaga en el Ave, leí un libro rápido: Crónicas de la vida que pasa, de Fernando Pessoa (Hermida Editores). Fue un principio de desintoxicación.

Políticamente estoy abstencionista: apático, cansado, con una soterrada desesperación (sin aspavientos ya). Me esfuerzo por ver la lucha política en plan entomológico, como Spinoza veía cómo se devoraban las arañas. De mi percepción se esfuman los componentes morales, incluso los ideológicos, y priman los teatrales. Todo es un teatrillo, despiadado pero enternecedor. No por ello caigo en el cinismo. Si fuera cínico me pondría a operar con esta nueva premisa, no a explicarla. Le pasó lo mismo a Maquiavelo, que por no ser maquiavélico fracasó.

"Sabio es el que se contenta con el espectáculo del mundo", escribió Ricardo Reis, el heterónimo más pasivo de Pessoa. Está en consonancia con lo de André Breton: "La historia cae fuera, como la nieve". El mundo y la historia tienen la capacidad de triturar al individuo, pero este no ha de darles la victoria de antemano. Se puede arrogar el gesto dandy de despreciarlos, hasta que le llegue el golpe. La peste de nuestro tiempo es el exceso de politización: cómo la política se ha metido en sitios en los que nunca debería haber entrado. Urge un repliegue helenístico o alejandrino: lo que les corresponde a los periodos de descomposición. (Tener en cuenta la política y observarla; pero sin caer en las emociones políticas).

Las Crónicas de la vida que pasa son unas cuantas columnas que Pessoa escribió en 1915, jugueteando. Hasta que lo echó el periódico que se las publicaba, por juguetear. Jugueteaba con paradojas, como el propio Pessoa reconoció: "Soy un pobre recortador de paradojas". Tomaba asuntos de la actualidad y les daba la vuelta, con estilo pessoano. Por ejemplo, defiende a un coronel ruso traidor a su patria en la Primera Guerra Mundial, que fue condenado a muerte. "Un traidor es simplemente un individualista", escribe Pessoa, "una criatura que, por dinero u otro interés personal, compromete los intereses de la patria". Pero los condenados tendrían que haber sido los estadistas que llevaron al país a la guerra, porque "estos comprometen a toda la patria, de una sola vez". La guerra, por cierto, la define de este modo espléndido: "es una sustitución, en la moral y en la acción, del criterio inhibidor por el criterio expansivo".

Como son pocas crónicas las que lleva el librito, no voy a desvelarlas todas, para preservar la delicia (la introducción es buena pero las desvela todas, por eso aconsejo leerla al final). Sí hay que mencionar la primera porque habla del oficio de opinar, jugueteando a tope: "La continua transformación de todo se da también en nuestro cuerpo, y se da en nuestro cerebro consecuentemente. [...] Ser coherente es una enfermedad, un atavismo tal vez". Y manifiesta falta de educación: "Es una falta de cortesía con los demás ser siempre el mismo a la vista de éstos; es machacarlos, afligirlos con nuestra falta de variedad". Y luego: "Una criatura de nervios modernos, de inteligencia sin cortinas, de sensibilidad despierta, tiene la obligación cerebral de cambiar de opinión y desde luego varias veces en el mismo día". Llegados a este punto, casi podría yo escribir lo contrario de lo que acabo de escribir en la presente columna (incluso la columna política que he rehuido).

Mientras me deslizaba por ella los ciclistas han terminado de subir el Mortirolo. Ciccone y Hirt han pasado primero. Ahora bajan también, porque allí no estaba la meta.

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En The Objective.

27.5.19

¡Qué descanso!

Que el cielo exista aunque mi lugar sea el infierno, dijo Borges. Los españoles nos hemos ganado un cielo sin elecciones por una buena temporada (salvo algunas autonómicas pendientes) aunque para muchos los resultados de las últimas sean un infierno. Al final el haberlas acumulado, que tan penoso ha sido, va a tener al menos esta compensación.

Qué descanso, pero ahora les toca trabajar a los ganadores. Y a los perdedores.

El ganador en todos los frentes Sánchez tiene un tiempo despejado para demostrar que es un gobernante además de un tecnócrata del poder. En estrictos términos de poder, lo que ha hecho desde la moción de censura (inclusive) ha sido una proeza. Hasta la arriesgada operación de colocar las elecciones generales antes de las municipales, las autonómicas y las europeas le ha salido bien. Ahora viene lo difícil. Todavía no sabemos si está preparado para ello. Ni siquiera si está dispuesto. Lo veremos.

Su éxito ha contado con la inestimable colaboración de los partidos rivales, que no han acertado, cada uno en su lugar del espectro ideológico.

El PP sigue mal, pero resiste como segunda fuerza; tanto en las elecciones europeas como en las autonómicas y en las municipales, con gobiernos (si se dan los pactos) en comunidades y ayuntamientos. Los más importantes: los de Madrid. Lo que Casado obtiene con ello es una nueva oportunidad, esta vez menos apretada.

Ciudadanos se queda lejos de su objetivo de desbancar al PP como principal partido de la derecha. La estrategia de Rivera, pues, se ha demostrado fallida. Se diría que ha perdido para nada aquello que lo distinguía (y que le hacía ser propiamente de centro): la capacidad de pactar (también) con el PSOE. ¿La recuperará en el periodo de pactos que se avecina?

El chaparrón de Vox, por su parte, se queda en llovizna. Aunque sus votos sirvan para que la derecha gobierne en la Comunidad y en el Ayuntamiento de Madrid, su función global ha sido mermar electoralmente a la derecha (fruto de una culpa, cierto, que le corresponde al PP). Del mismo modo que Podemos fue lo mejor que le pasó a Rajoy, Vox es lo mejor que le ha pasado a Sánchez. Bueno, lo segundo: lo mejor que le ha pasado a Sánchez es ser Sánchez.

El resultado de Unidas Podemos, insuficiente y a la baja, deja a Iglesias en la posición de conserje de Sánchez: con poca capacidad para decidir y a expensas de lo que Sánchez decida. El morbo ya no es si Iglesias será ministro, sino si alcanzará a ser subsecretario.

En cuanto a Cataluña: sigue su decadencia, también en Barcelona. La metáfora del fracaso de Valls ha sido perfecta: este era el alcalde ideal de la Barcelona que ya no existe. Ha llegado cuando el nacionalismo había hundido el Titanic.

Ahora queda disfrutar de lo votado. O sufrirlo. Lo que no sufriremos por cuatro años serán otras elecciones.

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En El Español.

20.5.19

Desastre electoral

Mi vida electoral es un desastre: nunca he tenido a quién votar. Habría votado al González de 1982, pero me faltaban dos años para poder hacerlo. Cuando cumplí los dieciocho el PSOE ya no me convencía. Soy de ese tipo remilgado que se ha pasado la vida esperando al PSOE, pero el PSOE no ha comparecido. Se habla mucho de los huérfanos electorales, pero no hay mayores huérfanos electorales aquí que los de la socialdemocracia. Naturalmente, un partido que se ha cargado el bachillerato (se me olvidó mencionar este grave baldón cuando escribí sobre Rubalcaba) y que ha tonteado con los nacionalistas no es socialdemócrata.

Me hizo gracia la cosa aristocratizante del CDS y fantaseé con votarlo. "Con el Duque de Suárez", les decía a mis amigos, dandísticamente. Pero la broma se quedó en eso: no me llevó a las urnas. Me mantuve en la abstención hasta que apareció Anguita y voté a Izquierda Unida un par de veces. Solo yo sé con qué falta de convicción y con qué falta de comunismo. Mi sueño, en realidad, era un partido reformista, que aseara la estructura democrática, el entramado institucional. Hasta me interesó aquello de Foro que no sé si llegó a fundar Punset (¡Punset!).

Mi práctica del abstencionismo no era incoherente con mi idea de fondo: la de que no hay nada más progresista que un Estado de Derecho que funcione, y que, comparado con eso, el gobierno de tal o cual partido es un dato menor. Este dato menor se convierte en mayor, por supuesto, cuando el partido que gobierna socava el Estado de Derecho. El PSOE y el PP venían haciéndolo casi en igual medida, por lo que no tenía mucho sentido votar a uno u otro; y lo cierto es que los demás eran peores. Sí me parecía que estaba bien la alternancia, aunque no contribuí a ella con mi voto. Hasta hoy ningún voto mío ha servido para formar gobierno en la nación.

Me sacó de la abstención Ciudadanos, y pronto UPyD. Hubo incluso unos años en que había que optar por uno u otro. Yo optaba por UPyD. Ni a Rivera ni a Díez los veía (ni quería) como gobernantes, sino como actores que empujaran en una determinada dirección. UPyD se suicidó y quedó solo Ciudadanos. Ahora este se ha convertido en otra cosa: una cosa legítima y que no merece los escraches ni el acoso (ese odio sintomatiquísimo de que siempre ha sido objeto Ciudadanos), pero que ya no es la mía. Vuelvo, pues, a la abstención. Aquello que me propuse de "mi modesta Gran Coalición" queda sin efecto. Aún votaré a Ciudadanos en las europeas, porque va Savater en la lista. Pero en las municipales ya me abstendré, y así seguiré hasta nuevo aviso.

El desastre electoral soy yo, supongo.

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En El Español.

15.5.19

Otro regalo de Jabois

Mañana llega a las librerías una novela de Manuel Jabois, Malaherba (Alfaguara), y los que ya la hemos leído somos conscientes de nuestro privilegio. Es ni más ni menos que otro regalo de este periodista y escritor rebosante de dones. Se ha citado mucho la frase de Stevenson, pero si no se cita una vez más para Jabois, ¿para quién se va a citar? "El encanto es la virtud sin la cual todas las demás son inútiles". Estamos cansados de ver a autores que nos arrojan piedras, empeñados en el esfuerzo inútil de escribir sin encanto. Jabois escribe con gracia y ligereza, con un encanto irresistible pero cortés, porque no intimida (salvo que uno se sienta menoscabado por su talento). Y en el entramado de su prosa va la vida, con el placer y el dolor, con el amor, la rabia, el desconcierto y el ansia de conocer.

Esto se aprecia con un alto grado de pureza en Malaherba, porque sus protagonistas son niños. Uno de ellos cuenta la historia en primera persona, desde después. La realidad es entre cotidiana y salvaje, y el narrador va tanteando en sus elementos como un presocrático: afrontándolos a pelo, sin el filtro de la experiencia, con una mezcla de sorpresa y miedo, ordenándolos a su manera y dejando mucha parte en la sombra. El niño, que se ha encontrado con el mundo de golpe, se va encontrando también de golpe con las zonas del mundo que le faltaban: las que empiezan a asomarse a la edad adulta, en una suerte de adolescencia precoz, por medio de la muerte, la violencia, el amor, el sexo...

Estas cosas abstractas de que hablo para no destriparle al lector la historia no aparecen así en Malaherba, sino, como en toda buena novela, con una concreción admirable. Aparece un mundo preciso en sus páginas, vivo, tangible, situado geográfica y temporalmente: la Pontevedra de finales de la década de 1980, el colegio Campolongo. La mitología infantil se nutre de referencias específicas de su momento, que transmiten su emoción incluso a quienes no las vivieron justamente por la potencia de su mitologización. Aquí están, por ejemplo, los clicks, Double Dragon II, Magic Johnson o Franco Battiato, cuyo Mr. Tamburino es el nombre con el que se hace llamar el niño protagonista.

Malaherba tiene algo de Salinger, de Delibes, de El señor de las moscas (aunque con ternura), de Vida de este chico y de la película La noche del cazador (asociación a la que invita la portada). Aunque como sé que El gran Gatsby es la novela que más admira Jabois, también he encontrado mucho de ella: como un Scott Fitzgerald que se ocupara de la infancia. Hay muchas frases memorables en Malaherba, algo habitual en Jabois. La editorial ha resaltado acertadamente una: "Bien sabe Dios que es más peligrosa la pena que el odio, porque el odio puede destruir lo que odias, pero la pena lo destruye todo".

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En The Objective.

13.5.19

Primera imagen de Rubalcaba

Para cuando Rubalcaba ha muerto yo ya le tenía cariño, como todo el mundo. Y siempre se lo tuve en el fondo, aunque con frecuencia se me interponía el juicio moral. Me perturbaba su carácter de fontanero del poder, en contacto con fuerzas subterráneas. Había admiración ahí también, con estupor. El cariño lo suscitaban, naturalmente, su manera de hablar, su tono de voz, su sonrisa, su figura; ese aire de actor español feo y ameno, buen conversador, seductor en fin.

Dos imágenes contradictorias, o quizá complementarias. Una es la de su golpe de mano tras los atentados de Atocha de 2004, cuando dijo lo de "los españoles se merecen un gobierno que no les mienta"; frase maquiavélica y electoralmente eficacísima que, al ser pronunciada en la jornada de reflexión, suponía un grave quebranto institucional. Había que tener cuajo para decirla en aquel momento, y Rubalcaba lo tuvo: frialdad y altura de miras... pero para el objetivo bajuno del poder. La otra imagen es la de su discurso cuando se debatió en el Congreso el plan Ibarretxe, en 2005: un discurso perfecto, elevadísimo, de una pulcritud democrática e institucional admirable. La conclusión es que conocía cabalmente la teoría; algo fundamental, aunque luego no se sea estricto en la práctica.

Pero mi primera imagen de Rubalcaba es otra. Me había acordado hace poco, cuando leí en el libro de Javier Padilla A finales de enero (Tusquets) que Rubalcaba decidió implicarse en la política cuando la policía franquista mató a Enrique Ruano en 1969. Tiene gracia, pensé. Para recrear en mi cabeza las asambleas y manifestaciones estudiantiles de la década de 1960 que describe Padilla, me apoyaba en mis recuerdos de finales de 1986 y principios de 1987. Yo me asomé a alguna asamblea en mi Facultad de Ciencias de la Información de la Complutense, y fui en aquella manifestación que se hizo famosa por el Cojo Manteca. La realidad era distinta, ya no estábamos en una dictadura sino en una democracia; pero el esquema invitaba a recrear lo que había vivido la generación anterior. Y entonces apareció el malo, el equivalente al poder franquista en tal esquema: el burócrata (así aparecía) Alfredo Pérez Rubalcaba, secretario de estado de Educación. Logró persuadir a los estudiantes: su primera fontanería fue con ellos.

El duelo de estos días, las inesperadas colas y las muestras de dolor, han sido quizá algo teatrales, pero no hipócritas. Todo el mundo sabe la verdad esencial: que la vida –y no digamos la vida política– es una representación. Se venera el instante sagrado en que cae la máscara.

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En El Español.

6.5.19

PSOE y PP: resurrección y muerte

Los dos peores presidentes de la democracia, Zapatero y Rajoy, dejaron sus partidos en un estado más lamentable aún que el país. Esto demuestra que no tenían nada personal contra el país, sino que el empeorar las cosas formaba parte de su carácter (y carácter es destino).

Milagrosamente, el PSOE ha resucitado, gracias a la audacia de un Sánchez que ha sacado agua de donde no la había. Ahora, tras las elecciones del 28-A, estamos en un momento curioso: esperando que se confirme que Sánchez es peor que Zapatero y Rajoy juntos, o bien que lo desmienta y se revele como un presidente aceptable. Contra esto último van los meses que lleva en el poder. Pero han sido unos meses propagandísticos, cuyo único objetivo era conservar el poder, o alcanzarlo de verdad. ¿Qué hará ahora en que empieza realmente su presidencia? Yo no espero nada de él, pero sí de su ambición: al fin y al cabo, para gobernar un país el primer requisito es que haya país.

El que lo tiene mal es el PP, cuya situación parece irreversible: desangrándose por Vox y por Ciudadanos, y con Casado dando los inequívocos manotazos del que se ahoga. En mi opinión de antivoxista, pasó una cosa buena en las elecciones (junto con otras malas, como el éxito del independentismo y el proetarrismo): que el voto a Vox no haya servido para formar gobierno. En las elecciones del 26-M veremos si sus votantes persisten o se desgajan. Por lo que veo en Twitter, son votantes muy convencidos. Y con graves cuentas pendientes con el PP. Insisten en lo inútil que fue la mayoría absoluta de Rajoy en 2011, o en el patetismo del famoso bolso de Soraya en su escaño el día de la moción de censura. Ni olvidan ni perdonan. Ya veremos hasta cuándo. Por su parte, los votantes más finos del PP se han ido a Ciudadanos, como partido de una derecha más moderna y sin corrupción. El PP es, hoy, un partido del que todos se van y al que nadie llega.

La crisis del bipartidismo se ha resuelto, pues, de manera descompensada. Vox ha dinamitado el espejismo de que la derecha vaya a llegar al poder nacional, mientras dure Vox (pese a Andalucía y a lo que se rasque en las municipales y autonómicas). El PSOE vuelve a ser nuestro PRI durante una buena temporada. Ahora todo depende de Sánchez. Solo un gobierno catastrófico propiciaría que lo sustituyera la derecha catastrofista. (Ni lo uno ni lo otro, por lo demás, está descartado).

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En El Español.

30.4.19

Por delicadeza

Ha habido una cosa bellísima, puramente española, quijotesca: España estaba dispuesta a suicidarse huyendo de Vox para demostrar que no es un país fascista, sabiendo que en su huída podía caer en manos de los únicos que son más fascistas que Vox. Podría decir lo de Rimbaud: "Por delicadeza, perdí la vida".

Es un país tonto y adorable. Un país noble. Diga lo que se diga, persiste la culpa del franquismo. La culpa de la guerra civil y la culpa de la dictadura: también las víctimas se sienten culpables, por esas tortuosidades de la psicología. Hay una culpa colectiva que se empezó a pagar en la Transición. Aunque fuese injusto en el fondo (hoy se ve con mayor claridad esa injusticia), la bandera española debía ser purgada. Franco, qué le vamos a hacer, la dejó pingando. Era un trapo comprometido. Una de las subtramas de la Transición ha sido la recuperación de la bandera. Y cuando ya la teníamos casi recuperada han llegado los de Vox a devolverla a la casilla de salida. De nuevo, una bandera con connotaciones espurias.

Ha sido bello y absurdo el movimiento de España de huir de lo que no era. Le ha perdonado a Sánchez sus tonteos con el independentismo y su desactivación del bloque constitucionalista (en lo que también hay que contar las torpezas y altisonancias de Casado y Rivera) solo para dejar claro que no, que la ultraderecha no. Durante toda la Transición ha podido votar a la ultraderecha si quería, y nunca ha querido. Solo muy al principio salía Blas Piñar. Aguantó los crímenes del terrorismo etarra y ahora las impresentables agresiones de los nacionalistas catalanes. Y cuando, con Vox, ha asomado una respuesta de la calaña de estos nacionalistas, la mayoría de los españoles ha huído de ahí.

Esta mentalidad, naturalmente, ha abonado ese nacionalismo que la destruye. Contra el fascismo de los Puigdemont, Torra, Rufián y Otegi no parece tener los antídotos que tiene contra el de los Abascal y Ortega Smith. Políticamente es suicida, pero estéticamente (incluso moralmente) es de una belleza conmovedora. Con su punto cruel, como todo lo bello. Qué delicado ese movimiento hacia Sánchez. Qué educadamente ha dejado en evidencia a los Rufián y Otegi, que en la noche electoral la seguían insultando.

Como pegote anticlimático he de decir que habría seguido siendo así aunque hubiesen ganado Casado y Rivera (la propaganda de Sánchez era falsa, y no digamos la de Iglesias). Pero lo estético ha sido el subrayado en la dirección contraria: esa quijotesca coquetería.

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En The Objective.

29.4.19

Justicia poética

Los que pensamos que sería bueno para el país un pacto entre Ciudadanos y el PSOE nos quedamos chafadísimos anoche. Casi se podría añadir: como era previsible. El aliento lo daban al principio los resultados: el PSOE con 123 escaños y Ciudadanos con 57 son los dos únicos partidos que suman mayoría absoluta en el Congreso (excluyendo, naturalmente al PP con sus 66). Pero en seguida se deshizo la posibilidad: con la militancia del PSOE gritándole a Pedro Sánchez que "con Rivera no", y con Albert Rivera arremetiendo contra el PSOE (como en una prolongación de su segundo debate televisivo) y dando por hecho que el nuevo gobierno sería de Sánchez "con Podemos y los independentistas".

Me consta que todavía en estas elecciones ha habido votantes que han votado en Ciudadanos al partido de centro que ya no quiere ser: por inercia lo seguían viendo como la bisagra que promoviese un bipartidismo bueno. Pero Ciudadanos se concibe ahora como un partido de poder, el partido de la derecha; con el pequeño inconveniente de que le queda muchísimo para el poder, si es que llega algún día. Por el momento, su estrategia sí ha sido buena para atraer votos. Mi impresión, sin embargo, es que pese al resultado estupendo Rivera sigue extraviado. Perdió su sitio tras la moción de censura, y por ahí anda.

En el otro lado, como decía, está esa militancia socialista que gritaba contra Rivera. Este es ahora el malo por haberle puesto el "cordón sanitario" al PSOE. Pero en realidad el odio del PSOE a Rivera –y su "cordón sanitario" de facto– era anterior. La discordia, sea como sea, parece insalvable. Yo aún confío en que mi adorado Ibex 35 empuje un poco, pero lo veo difícil.

El batacazo del PP le deja las cosas imposibles a Pablo Casado. Su perspectiva en la legislatura que entra es la de una altisonancia no avalada por los números. Aunque para altisonancia la de Vox, cuyos berridos de ayer se siguen oyendo, primero con Javier Ortega Smith y después con Santiago Abascal: demostrando que lo suyo es el podemismo de derechas. Mientras tanto, Pablo Iglesias, quizá el máximo responsable del embrutecimiento retórico del país, seguía jugando a la moderación: apareció con el mismo jersey y el mismo tono tranquilito del debate, que tanta renta le han dado. Podemos ha perdido casi la mitad de sus escaños, pero acaricia el poder con el PSOE. El partido que empezó yendo a por todas, ha terminado siendo la bisagra de un bipartidismo malo.

Mención aparte merecen los también triunfadores ERC y Bildu (y en menor medida, aunque también en la onda, el PNV): el odio, la rabia, el desprecio, el absoluto egoísmo y la discordia que expresaban los discursos de Gabriel Rufián y Arnaldo Otegi sí que daban miedo, o deberían darlo. Pero España solo está vacunada contra uno de nuestros fascismos.

Le queda ahora a Pedro Sánchez encargarse de la situación. No deja de haber justicia poética en el hecho de que a él vaya a caerle la patata del tema catalán, y todas las demás patatas: la recesión que al parecer se avecina, el incremento del paro, todo lo que le concierne a un gobierno en firme. Era un poco irritante lo que estaba haciendo con solo 84 diputados. Ahora con 123 ya sí podrá decirse que el pueblo español lo ha querido. A mí particularmente eso me deja más conforme. Si vamos a peor, será la democracia. Y si vamos a mejor también.

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En The Objective.