11.10.19

Homenaje a Romero Esteo

Hay esta tarde en Málaga un homenaje al dramaturgo Miguel Romero Esteo, que murió el pasado 29 de noviembre a los ochenta y ocho años. Contra algunos (por no decir todos) los participantes le oí despotricar. Lo cual no quiere decir que no les tuviera cariño. Yo también despotricaba contra Romero Esteo y le tenía cariño. Y él, que sé que me lo tenía, supongo que despotricaría igualmente contra mí. O quizá no: nunca le oí despotricar, por ejemplo, contra los dos amigos suyos (y míos) a los que más traté, y que naturalmente no participan en el homenaje. Yo quisiera sumarme, a distancia, con las dos entradas de mi diario que narran encuentros con él a principios de los 90. Antes cuento aquí, rápido, uno de los últimos, que debió de ser en 2004 ó 2005. Era la tarde del 24 de diciembre. Nos encontramos por el paseo marítimo. Tomamos una cerveza en una terraza con el último sol del día, junto a los astilleros Nereo. Recuerdo que su frase recurrente (siempre tenía una frase recurrente) era: "¡Operación nostalgia!". Decía, por ejemplo: "Yo ahora he encontrado un sitio en el que venden unas mandarinas muy buenas y muy baratas. Lleno dos bolsas y al llegar a casa las vacío de golpe en la mesa de la cocina. Sube un perfume que es el mismo de cuando yo era niño. ¡Operación nostalgia! En eso estoy yo ahora: ¡Operación nostalgia!". Al despedirnos le pregunté por su Nochebuena, si tenía pensado algo. "Enrique Baena me ha invitado a su casa. Pero lo que voy a hacer es quedarme en la mía, comerme un bocadillo de jamón york y buscar por la parabólica una película de metralletas". Me pareció la Nochebuena ideal.

* * *

Dos encuentros con Romero Esteo

(5-XII-1990) Calles mojadas por la lluvia. Canciones brasileñas. Por la tarde he ido con Curro a ver El cielo protector. Al poco rato ha empezado a dolernos el culo y nos hemos puesto a hacer bromas sobre la “fotografía putamadre” de la película y cosas por el estilo; si nos hemos quedado ha sido sólo con la esperanza de ver otra vez los melones tremendos de la mora.

A la salida seguíamos aún carcajeándonos de Bertolucci y su cargante pedantería cuando hemos visto a Romero Esteo. Iba como absorto por la Alameda, con su habitual gamberro celeste de recogedor de chumbos y su perpetua barba canosa de tres días. Curro, parodiando todavía el histerismo intelectualoide de los cinéfilos, le ha gritado con voz engolada:

–¡Maestro! ¡Pero qué casualidad, maestro!

Romero Esteo, sin reconocernos al principio, ha respondido a nuestro saludo mecánicamente, pero entonces se ha dado cuenta de quiénes éramos y se ha alegrado de veras. Inmediatamente nos ha espetado:

–Bueno, pero decidme, ¿en qué instituto estáis? Tendréis ya vuestro pisito y vuestro cochecito...

Tras recordarle que aún no habíamos sacado las oposiciones, nos ha contado por enésima vez el caso de Gavilán:

–El presidente del tribunal, que era amigo suyo, lo cogió después del examen por el pasillo y le dijo: “Te tenemos que suspender, porque esas cosas que has dicho ¡es que no nos constan!”. Al año siguiente Gavilán, siguiendo mis consejos, hizo una exposición mediocre y aprobó. Está claro: ¡Hay que rebajar el nivel! ¡Si piden algo de COU!

Romero Esteo buscaba un sitio donde sacarle fotocopias a una revista francesa en la que hablan bien de él y su festival de teatro.

–Hago esto por puro marketing cultural, como cuando me pongo traje –se ha excusado con sorna.

Cuando ha terminado nos hemos puesto a buscar por el centro un bar donde tomar algo.

–Mi último gran descubrimiento intelectual –nos ha dicho como confidencialmente, mientras caminábamos– ha sido encontrar en calle Córdoba, justo delante de los Portillo, una confitería en la que venden batatitas malagueñas.

Hemos pasado por otro sitio en el que, según él, vendían también antiguamente limas para la Navidad y ha entrado a preguntar armando un revuelo, pero no tenían. Por fin nos hemos sentado en una terraza de calle Salvago, entre señoras de merienda. Curro quería un machaco, pero ha tenido que conformarse, a regañadientes, con un chinchón. Al yo pedirme un pacharán, ha sentenciado Romero Esteo:

–Para mí otro: me tomo un pacharán y luego me quedo frito.

Un vez sentados, el chisporroteo de Curro, que se había mostrado epatante desde el principio, ha sido ya imparable. Se ha puesto a soltar una gansada tras otra y cada vez que Romero Esteo ha tratado de iniciar un soliloquio (“Pues yo ahora estoy muy desesperado...” o “La atonía de esta ciudad es absoluta...”), Curro lo ha atajado bruscamente:

–¡Claro que sí, maestro! ¡Cómo no, maestro! –y ha seguido con sus propias paridas.

Ante tal panorama, Romero Esteo ha cambiado de estrategia y ha tratado de picarlo con elogios como:

–Curro, eres un lujo para esta ciudad.

O (dirigiéndose a mí mientras lo señalaba):

–Habría que ponerle un magnetofón delante y luego publicárselo todo, sin cambiar una coma.

A lo que Curro ha seguido respondiendo:

–¡Claro que sí, maestro! ¡Cómo no, maestro!

Durante un par de horas, Curro no ha cesado ni un momento en su descomunal despliegue. Parecía una exhibición de energumenismo. Yo, en cambio, me he mantenido callado, con mi sonrisa de circunstancias. En cierta ocasión, mientras oía la cháchara, me ha parecido ver la sombra de Cristóbal asomándose desde el fondo del callejón.

Una de las pocas cosas de las que ha podido hablar Romero Esteo ha sido de la desolación que le produjo una librería de Oxford en la que no habían repuesto los libros que él mismo se llevó el año pasado:

–¡Oxford! ¡Qué catetos!

Más tarde, sin venir a cuento, Curro ha sepultado otra de sus cuñas diciéndole de repente:

–¡Pero cántenos algo, maestro!

Y Romero Esteo, tras dudar unos instantes, y supongo que para no darse por vencido, se ha puesto a canturrear patéticamente un himno de la escuela que venía a decir: “¡Santa María, cúbrenos con tu manto protectooor...!” (curiosamente, como el cielo de la película).

Yo estaba un poco abochornado y por eso he acogido con alivio la propuesta de Curro de levantarnos y buscar una taberna donde sí tuviesen machacos. Ya de pie, tras pagar la cuenta, Romero Esteo ha vacilado unos momentos si seguirnos, pero finalmente ha decidido que no. Antes de retirarse nos ha preguntado si teníamos dinero. Yo, mintiendo, he dicho que sí, pero Curro se ha acercado y le ha pedido abruptamente cinco mil pesetas:

–¡Suelte la pasta, maestro!

Romero Esteo ha sacado un billete de mil y me lo ha ofrecido, pero me ha dado vergüenza extender la mano y ha tenido que cogerlo Curro.

–Si fuese rico –ha dicho Romero Esteo con un deje de melancolía–, os daría un montón para que pudieseis viajar.

A lo que Curro ha respondido, tras guardarse el billete en el bolsillo:

–¡Claro que sí, maestro! ¡Cómo no, maestro!

Una vez solos, Curro y yo nos hemos ido a comer pinchitos a Lo Güeno. Después hemos caminado hasta Pedregalejo y hemos errado por los locales vacíos en busca de machacos. Los atildados camareros nos miraban despectivamente, como a mendigos. Todo estaba húmedo y desolado en la noche invernal. Caminábamos y despotricábamos inmisericordemente: contra Bertolucci, contra Romero Esteo, contra todo el mundo. Ya de vuelta nos hemos sentado un rato en unos escalones fríos junto a la carretera y he aprovechado para mostrarle a Curro mi libro de poemas, que había llevado toda la tarde conmigo, en una carpeta, sin decidirme a sacarlo. Curro lo ha mirado por encima y se ha metido con el primer verso que ha encontrado. No le he dicho que ese verso precisamente se lo había plagiado a su ídolo Rimbaud.

* * *

(16-VI-1992) Explosión de ira tras el almuerzo, por cuestiones domésticas. En estos casos me doy cuenta de lo ridículo de la situación y lo que hago es exagerar histriónicamente mi enfado, para sabotearlo desde su propio esperpento.

Luego me he tropezado con Romero Esteo en la librería del Corte Inglés. Aunque hacía más de un año que no nos veíamos, me ha agarrado inmediatamente del brazo y me ha dicho:

–José Antonio, a ver qué libro te puedo regalar.

Yo le he respondido que gracias, pero que estaba saturado de lecturas, y él, sin hacerme caso, ha cogido uno de la estantería:

–Este está bien. De Bernard-Henry Levi.

–Pero Miguel, ese autor me cae mal –me he excusado.

Y Romero Esteo ha soltado, con su sonrisa de gamberro intelectual:

–Claro, es un autor incómodo para los del PSOE. Lo tienen satanizado porque no es el típico intelectualeta de izquierdas...

–Pero Miguel, si a mí los del PSOE también me caen mal. Son Bernard-Henry Levis que encima se pegan mariscadas...

Pero él ha proseguido sin escucharme:

–Es que ahora lo que impera es una estrategia mezquina para bajar el nivel...

De pronto se ha callado como si hubiese entrado en un terreno peligroso, ha mirado a un lado y a otro igual que un conspirador en posesión de un grave secreto y ha pronunciado, bajando la voz:

–¡Territorialización cultural!

Al ver mi cara de desconcierto ha añadido:

–Sí, sí: ¡territorialización cultural! Ahí está todo. Si está clarísimo: fabricar parcelitas provincianas de saber. Que no circule la cultura, que todo sean Alfarnates... Pero vamos a tomar una cerveza. Te invito.

Ya fuera, nos hemos encontrado un vencejo tirado en mitad de la calle. Parecía muerto y lo he tocado un poco con el pie para ver si se movía. Al ver que, en efecto, estaba vivo, Romero Esteo me ha pedido que lo pusiera a un lado, para que no lo pisara la gente. Entonces ha aparecido una señora que quería lanzarlo a volar y se lo he dado. Ella es la que ha dicho que era un vencejo.

Luego, en la terraza de la Cervecería Alemana, Romero Esteo ha seguido con su repertorio habitual: puyazos contra el PSOE, comentarios sociológicos algo rimbombantes, quejas por la penuria intelectual de nuestra época y anécdotas en defensa de los catetos. Hablaba de todo ello con la sonrisa de un niño travieso, pero un niño que también tuviese el escepticismo y la amargura de un Cioran.

De vez en cuando, al terminar alguna historieta, decía para hacer tiempo, mientras pensaba en la siguiente:

–¿Qué te puedo contar?

O:

–José Antonio, cuéntame algo.

Pero siempre ha seguido hablando él. En cierto momento, mientras lo escuchaba, he visto a otro animal en una triste circunstancia. Se trataba de un perro que deambulaba desconcertado entre el tráfico de la avenida de Andalucía y al que iban a atropellar de un momento a otro. Me preparaba mentalmente para escuchar el golpe y el chasquido de sus huesos, aunque por fortuna no se han producido.

Una de las cosas divertidas que ha contado Romero Esteo ha sido la visita que hizo a las obras de la Expo guiado por algunos capitostes del PSOE. Al final, cuando esperaban sus comentarios admirativos, Romero Esteo se limitó a soltar:

–Muy bonito. ¡Se parece al Tivoli World!

En otro momento me ha dicho:

–Cuando me enteré de que tu familia viene de Almogía, se me abrieron los ojos. José Antonio: olvídate de las finuras intelectuales y vuelve al salvajismo. Escarba en tus orígenes para convertirte en un dinamitero. Ya sabía yo que había algo explosivo en ti. Siempre tan calladito, tan educadito, tan amazacotado... Pero yo me fijaba en tu sonrisa y en ese brillo de tus ojos y pensaba que eras un terrorista en potencia. Te miraba y me decía: “Si se viera en medio de la calle con una ametralladora, se pondría a disparar contra todo el mundo como un cafre. Eso lo salva”.

No cabe duda de que Romero Esteo sabe hacerse querer. Pero su intelectualismo bárbaro, su verborrea sin fin, cansa pronto a los escépticos y decaídos como yo. Siempre repite que le gusta el contacto con los jóvenes para vampirizarles energía... Pero yo, que me siento débil, estoy incómodo a su lado. Sus elogios a esa juventud que no reconozco en mí me producen un sentimiento de culpabilidad.

Al despedirnos me ha animado a que lo llame más a menudo, pues se siente solo ahora que Weil está en Alemania. Y por último ha repetido una vez más, mirando a un lado y a otro y bajando la voz:

–Y mucho cuidado, ¿eh? Hay que estar atentos. Ya sabes: ¡Territorialización cultural!

7.10.19

La ruleta Sánchez

Lo único que se puede hacer ya es votar a Pedro Sánchez y rezar para que, entre todos los Sánchez, caiga el bueno en la ruleta. Y luego, como dice un amigo, romper la ruleta para que Sánchez se quede ahí. Algo que parece imposible, porque Sánchez consiste en rodar y rodar: él mismo es la ruleta. Me hacen gracia ahora los sanchistas (empezando por Sánchez, que es el primer sanchista) riéndose del veletismo de Albert Rivera a propósito de su última torsión, porque por cada torsión de Rivera Sánchez hace cuatrocientas. Ser sanchista es cambiar a toda pastilla sin despeinarse.

Hay un Sánchez para cada español, también para mí. De pronto aparece un Sánchez que me gusta (el Sánchez estadista, concretamente, para lo que tiene percha), pero apenas he decidido mi voto aparece otro Sánchez que no me gusta nada. Hasta varios Sánchez consecutivos ninguno de los cuales me gusta. Mi Sánchez aparece, en verdad, muy de tarde en tarde. A veces le grito: “¡Detente! ¡Eres tan bello!”. Pero ni por el piropo se para. El riesgo de votar a un Sánchez es que después gane otro. Y como hay Sánchez deplorables, el juego puede ser no ya el de la ruleta, sino el de la ruleta rusa.

La debilidad pero también la fortaleza de Sánchez es que es escurridizo, por eso suelen rechinar las críticas e incluso el odio que se le tiene. Sus enemigos se equivocan al tacharlo de malo sustancial. Sánchez no es un malo sustancial (ni un bueno sustancial), porque su mal (y su bien) es la insustancialidad. Una insustancialidad que puede acoger la virtud. Acusar de malo a Sánchez es inútil porque de pronto te puede salir bueno.

Mi sanchismo intermitente (con periodos de abierto antisanchismo: mi vida política hay que medirla con un sismógrafo) hace que otra amiga me haya llamado “el sanchista de Schrödinger”. Pero es que sencillamente mi Sánchez desaparece y me quedo flotando en el vacío, cuando no detestando al Sánchez del momento. Sánchez es un trilero, ante todo un trilero de sí mismo: es él el que está y no está dentro del cubilete. Aunque en realidad nunca no está del todo: siempre hay un Sánchez, algún Sánchez.

Yo abogaba por el pacto Sánchez-Rivera para que este fijara a Sánchez en su posibilidad virtuosa. Y de camino Sánchez hiciera lo mismo con Rivera, que falta le hacía. Pero Rivera, pese a su último movimiento, está ya descartado: levantarle el veto a Sánchez es un acierto crepuscular, que solo sirve para resaltar su error de todos estos meses. Creo francamente que la única solución a estas alturas sería una mayoría absoluta del PSOE y que sea lo que Dios quiera. Pero yo no votaré a Sánchez (ni a nadie). No soy ludópata.

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En El Español.

2.10.19

Gomá contra la decadencia

Habla Javier Gomá en Dignidad (Galaxia Gutenberg) del debate medieval entre la miseria y la dignidad, figuras alegóricas cuyo escenario era el mundo. Yo siento que soy también escenario de ese debate, de esa guerra, casi dos mil años después. Mi tendencia ascendente y mi tendencia descendente se cruzan, o se tironean, haciendo de mí una especie de gallego ético-metafísico: no sé si subo o si bajo en la escala de la valoración vitalista. Quizá las dos cosas simultáneamente. Soy un asno de Buridán de la verticalidad, cuyo resultado es una parálisis que, solo por estar en el punto medio, tiene apariencia de aristotélica.

Me alimento de pesimistas y de nihilistas, de decadentes en suma; pero también de quienes luchan contra la decadencia, a quienes aprecio un montón. Así Gomá, cuyo discurso en favor de la ejemplaridad es performativo: la propia tarea de sostenerlo resulta ejemplar. Como todo filósofo lúcido, Gomá no es ajeno al lado malo de la realidad. Por eso vale el doble su empeño de resaltar el bueno, de apostar por él; apuesta casi pascaliana, puesto que en sí misma mejora la realidad, inclinándola hacia lo bueno. Los decadentes no han de despeñarse tan cómodamente por su ladera, mientras haya ascendentes que la imanten en sentido contrario.

A partir de su celebrada Tetralogía de la ejemplaridad, que era otro proyecto ascendente, Gomá ha venido interesándose cada vez más por el concepto de "dignidad", que está en consonancia y que ya había asomado a lo largo de su obra. Sin ir más lejos, en el prólogo de la Tetralogía escribía: "La ejemplaridad aquí expuesta admite ser contemplada como una meditación sobre la dignidad humana porque su entero propósito se resume en una larga y razonada invitación a una vida digna y bella". Al centrarse en él, Gomá descubre que es un "concepto vacante" en la filosofía, que lo ha utilizado en ocasiones pero sin haberse ocupado de definirlo.

Tras un breve recorrido histórico por los principales autores que han dicho algo de ella (Cicerón, Mirandola, nuestro Pérez de Oliva, Kant), Gomá llega a la conclusión de que "sólo el ser humano posee con pleno derecho, incondicionalmente, la cualidad de incanjeable, no sustituible, fin en sí mismo y nunca sólo medio". La dignidad vendría a ser esa "propiedad íntima al individuo" que resalta dicho carácter insustituible: el principio antiutilitario que impide su cosificación. En una brillante formulación, Gomá dice que la dignidad sería "lo que estorba": el núcleo que se resiste al funcionamiento a toda costa y que por lo tanto entorpece. El libro avanza afrontando aquello que menoscaba la dignidad: la muerte, contra la que se propone el arte de vivir. Se detiene en un análisis de la cultura, fundamental para el ejercicio de este arte y modo humano de trascendencia inmanente (memorables las páginas dedicadas al "estilo elevado", con muestras de la excelsa prosa de Fray Luis de León). Y concluye con una expansión de la dignidad individual a la dignidad colectiva, por medio de la defensa de una política de la concordia.

Un autor al que no me consta que aprecie Gomá pero que está en mi altar privado, André Breton, citaba en Signo ascendente este cuentecito zen: "Por bondad budista, Bashō modificó un día, con ingenio, un haiku cruel compuesto por su discípulo Kikakú. Este había dicho: 'Una libélula roja. Arrancadle las alas. Un pimiento'. Bashō lo sustituyó por: 'Un pimiento. Ponedle alas. Una libélula roja'." Encuentro aquí una síntesis de la propuesta antidecadentista de Javier Gomá.

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En The Objective.

30.9.19

El gatillazo peronista

Podemos estuvo desactivado desde el principio: esto de intentar un peronismo español pero sin nacionalismo español era como pretender salir de un pozo tirándose a uno mismo de los pelos. La gasolina del peronismo argentino es el nacionalismo argentino; de hecho, el peronismo no es sino una variante del nacionalismo. Con el castrismo cubano y el chavismo venezolano pasa igual. El populismo griego estaba rebosante de banderas griegas. Daban cosa las visitas de Pablo Iglesias a Alexis Tsipras, porque Iglesias se presentaba en aquel mar ondulante sin atributos banderiles.

Al final, la República y Franco nos salvaron del populismo de izquierdas. La República por haber cambiado de bandera, dejando a la otra condenada. Franco por consumar la condena. La gran bendición española desde el fin de la dictadura ha sido la desactivación –que se mantiene– del nacionalismo español. Quitando el voxismo y sus alrededores (significativos ya, pero aún minoritarios), la reivindicación de la bandera española ha sido cívica hasta lo exquisito: paradójicamente, una reivindicación ante todo antinacionalista. Las banderas en los balcones de 2017 eran una reacción al golpismo catalanista. La manifestación de aquel 8 de octubre en Barcelona, en que convivían banderas españolas con senyeras y banderas europeas, fue un desbordamiento cordial y cálido del frío patriotismo constitucional.

El discurso ramplón y guerracivilista de Podemos no pudo disponer del combustible nacionalista para incendiar la sociedad. Su propósito de transversalidad, de expansión de los agravios, de movilización visceral de la masa, careció de lo que podía amalgamarlo: esa “nación” que, desde la francesa, ha sido el motor de las revoluciones. Solo nuestros nacionalismos periféricos, teóricamente libres de franquismo pero en la práctica los auténticos restos del franquismo, se envuelven en sus respectivas banderas sin complejos; y ellos sí se han trasladado a Podemos, dándole una imagen menos de diversidad cosmopolita que de cazurro guirigay folclórico.

Todo esto lo ha sabido Íñigo Errejón desde el comienzo, que por eso dicen que es el listo. Y algunos discursos que dio (recuerdo sobre todo uno en la plaza del Reina Sofía) ha sido lo más falangista que ha habido en España desde José Antonio Primo de Rivera. Pero ahora que ha fundado su propio partido se ha echado para atrás. En vez de Más España, le ha puesto Más País (para eso, mejor hubiese sido Más Estado, o Más Estao, o Más el Estao). El nombre en realidad está bien (Más País evoca fonéticamente a Más Madrid), pero la razón de fondo es la que es, porque no podía ser otra.

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En El Español.

23.9.19

El duelo de Savater

El que está fuera de la pena amorosa está condenado a no entenderla. Al propio Savater le pasaba antes. En una conferencia de hace unos años se reía del que sufre “porque lo ha dejado Maripili”. Yo estaba entre el público y sufría porque me había dejado “Maripili”. Vivía entonces ese cerco que vive ahora Savater y que tan bien explica en La peor parte (Ariel). La muerte de su mujer Sara Torres en 2015 lo ha confinado en un duelo que no quiere ni puede elaborar: un duelo perpetuo, un duelo enquistado, que el tiempo no atenúa. La impaciencia y la incomprensión de quienes rodean al que lo padece –en este mundo de baratijas de autoayuda– dejan al amante doliente en el aislamiento absoluto. Quizá sea el último romántico, el último maldito.

Hay que distinguir entre la pérdida por abandono y la pérdida por muerte. La primera es más amarga, más áspera, deja una historia rota, pero tiene el consuelo (hiriente también) de que la persona amada vive y probablemente es feliz (sin uno). La segunda es más limpia, mantiene la historia intacta, pero en cambio es inconsolable: deja un lingote de pena pura. Esta es la de Fernando Savater, que escribe: “Ese amor no quiere amortiguarse tras la pérdida irreversible de la persona amada, sino que se descubre más puro, más desafiante, más irrefutable al convertirse en guardián de la ausencia”.

Savater, que ha sido nuestro gran alegre, es ahora un hombre triste: “Vivir sin alegría ha sido una experiencia nueva para mí, una ruptura con mi yo anterior”. En La peor parte da cuenta con brillante precisión de esta novedad en su vida: desmenuza su estado, repite lo mucho que llora por su mujer, narra los terroríficos últimos nueve meses con ella, desde que le detectan el tumor cerebral hasta que muere. En este sentido, es un libro tristísimo. Es, sin duda, decididamente tristísimo.

Lo emocionante es que alberga también muchísima alegría. La alegría de la escritura savateriana, ágil, sin grasa, acogedora, punzante, ingeniosa, cordial, que de pronto está más en forma que nunca; y la alegría de la parte central del libro, la más amplia, que recrea la historia de amor y la convivencia con su mujer, a la que logra hacer vivir en esas páginas. Puede que Savater no tenga conciencia de cómo la alegría se le ha colado maravillosamente a pesar de los pesares, probando de nuevo que es “la fuerza mayor”, como la llamaba su amigo el filósofo francés Clément Rosset. Gracias a esto, La peor parte no es un libro de Savater bueno pero diferente de los anteriores, sino que es muy bueno (yo creo que el mejor, su obra maestra, junto a Mira por dónde) y comparte lo principal con los anteriores, con una intensidad que le hace ser su culminación.

Cuando terminé el libro me preguntaron sin en él había esperanza. Dije que para el autor solo hacia el pasado, por lo vivido. Pero que para el lector podía haberla también hacia el futuro: por vivir un amor así.

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En El Español.

19.9.19

El sanchismo universal

El único movimiento de esta minilegislatura, aparte de la barbita de Casado, ha sido la pirueta final de Rivera: un intento desesperado de ponerse también barbita. Pretendía acabar de un plumazo con su maldición lampiña, pero no ha hecho más que prolongarla. Un gran error fue el de Iglesias en julio, cuando rechazó la bicoca que le ofrecía Sánchez. Y otro gran error ha sido el de Rivera, al evidenciar en el último minuto que su empecinamiento desde el primer minuto había sido un error.

Pero hay que ser justos y reconocer que ambos errores, pese a su enormidad, vienen después del error primigenio: el enormísimo error de Sánchez, que consiste básicamente en ser Sánchez. Un ego desmedido, para empezar, que exigía tratamiento de mayoría absoluta (¡de unanimidad incluso!) a lo que no era más que una exigua mayoría. Un ego además condenado a sí mismo, por su incapacidad para conseguir apoyos (solo una anchoa, en total). Sánchez seduce a Sánchez y considera que solo por eso deberían sentirse seducidos los demás. Empezando por los votantes españoles, a los que les pide que en las nuevas elecciones hablen “más claro”: es decir, que tengan la transparencia del agua para que en ella se refleje la cara del narciso Sánchez.

El nacionalismo y el populismo contagiaron la política española con sus baraturas. Todo ha ido a peor desde tal contagio. El sanchismo surge de ese rebajamiento general del nivel, al que ha imprimido un estilo propio. Su característica principal es el presentismo absoluto: decir hoy lo que le conviene con un énfasis solo comparable al énfasis con que decía ayer lo contrario, que era lo que le convenía entonces. Algo que los políticos han practicado siempre, pero no con tanta asiduidad, tanta radicalidad ni tanto descaro. Iglesias, Rivera y Casado han terminado haciendo lo mismo, pero peor: son meros aprendices de Sánchez. Es la ventaja que tiene Sánchez sobre ellos: entre todos los Sánchez, es ‘el’ Sánchez.

Impera su ley: el “no es no”. Una tautología devastadora, concebida para minar. Sobre ese solar que fundó, Sánchez ha pretendido que los otros echaran sus síes. Inútilmente, como se ha visto: todos se enroscaron en sus “noes”. Solo Rivera pudo haber roto esa lógica nihilista, ofreciéndole al principio lo que le ha ofrecido al final (con más seriedad, con más amplitud, con más sustancia). Así Rivera hubiera roto, de paso, aquel “no” de la militancia de Ferraz que le afectaba: “¡Con Rivera no!”. Habría sido un logro tremendo, pero Rivera era ya demasiado sanchista como para hacer jugadas de largo aliento y beneficiosas para el país.

Conclusión: España necesita salir del sanchismo. Aunque sea con Sánchez.

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En The Objective.

18.9.19

Colecciones de septiembre

Vuelven a llenarse los kioscos con las colecciones de septiembre; aunque su presencia es menos avasalladora, porque hay menos kioscos. Grandes pensadores, clásicos griegos o contemporáneos, premios Nobel, músicos, matemáticos, científicos, astronomía, jardinería, ajedrez, costura, cocina, dibujo, lectura rápida, inglés, francés, alemán, meditación, memoria, los secretos de la mente, los secretos del mar, la maqueta del Titanic, esqueletos, minerales, dinosaurios, fósiles... Ahora de vez en cuando y antes a cada paso recordamos lo que nos falta, aquello que nos completaría. Pero la frustración es permanente, porque por cada colección que decidimos seguir dejamos de seguir todas las demás.

Escribió Gonzalo Torné que hay dos tipos de personas, las que se rigen por el año y las que se rigen por el curso. Yo me rijo por los dos, inútilmente. Empiezo el año con pujanza, por el enero reglamentario; pero a la altura de septiembre ya lo tengo disipadísimo. Me doy entonces una nueva oportunidad con el curso: septiembre, o como mucho octubre. Para diciembre ya he vuelto a naufragar, pero ahí está otra vez enero. Soy un pollo dando vueltas en el asador, pero lo llevo con deportividad.

Lo bonito es considerar estas fechas aisladamente. ¡El comienzo del curso! ¡Todo por delante, en cuanto a la actividad, al saber! ¡Un tiempo largo hasta el inhábil verano! Los que no somos profesores (ni padres) mantenemos ese impulso, porque fueron muchos años de adiestramiento escolar. El ritmo está marcado en nuestra carne, en nuestra cabeza. El momento climático acompaña: el apagamiento del verano y a cambio no el invierno todavía, sino una transparencia con fresquito. Más que enero, ¡qué atmósfera auroral la de septiembre, la de octubre! Los días están como lavados, tienen una ligereza adusta. La vida se presenta seria, pero sin excesivo peso aún. Hay ganas de hacer cosas.

Y desde los kioscos las colecciones tratan de infiltrarse en nuestros planes. Componen una red para toda clase de peces, y todos en algún momento hemos picado. Yo me hice mi colección de filosofía, y la de música brasileña (con cedés), y la de inglés cómo no, y alguna de dibujo que dejé pronto... Y está también el truco de comprarse solo las promociones del primer día, dos libros por uno, tochos baratos, o las piedras con el estuche que nunca se rellenará. En el kiosco nos confesamos. Manifestamos no de qué carecemos (porque carecemos de todo), sino qué consideramos prioritario subsanar. Y es esa consideración lo que nos retrata. Es bonito delimitar nuestro fracaso.

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En The Objective.

16.9.19

El único Gobierno de derechas posible

El único Gobierno de derechas posible es el del PSOE. El del PSOE sin Podemos, claro. Pedro Sánchez quizá ha cometido el error de no rematar a Pablo Iglesias, al que ha dejado a punto de caramelo. La tarea solo podría culminarla el votante de derechas, votando en masa a Sánchez. Un PSOE con mayoría absoluta: ese es el único gobierno de derechas factible en este país.

Fue muy celebrado un tuit que puse: nuestras derechas son una mesa de tres patas que cojea. Con Pablo Casado, Albert Rivera y Santiago Abascal no hay nada que hacer. El votante de derechas debería asumirlo con deportividad y votar a Sánchez, como único voto útil de derechas en este momento. Admito que tiene aspectos desagradables para el votante de derechas: subidas de impuestos, más gasto público, tonteo con los nacionalistas, expansión del irritante –os/–as en las declaraciones. Pero que no se ponga fino: nada (salvo tal vez lo último) que no haya hecho ya el PP con su voto. A cambio, tendría un Gobierno sólido (sólido y de derechas) como mal menor.

Le he preguntado a un amigo que votó a Podemos y que confiaba en el Gobierno Sánchez-Iglesias que a quién atribuye la culpa de la desunión. Me dice que la reparte entre ambos: el 100% para Sánchez y el 0% para Iglesias. Y que volverá a votar a Iglesias, naturalmente. Me ha parecido una interesante prospección sociológica, porque la mentalidad de mi amigo se me antoja representativa sobre este particular: el PSOE, sin Podemos, es otro partido de derechas (“la derecha civilizada”, como dijo alguien). Iglesias, al cabo, ha salido bien en cuanto a su izquierdismo inmaculado. No se ha ensuciado, como se hubiera ensuciado inevitablemente de haber entrado en el Gobierno, derechizándose. Esta era la manera más efectiva que tenía Sánchez de acabar con Iglesias, que en las nuevas elecciones podría resucitar.

Siempre me acuerdo de un episodio de la burguesía catalana (de cuando la burguesía catalana era lista; no hace mucho: quince años) que me contó una amiga convergente que tuve. La heredera de una riquísima familia se enamoró de un latinoamericano revolucionario y pobre que andaba por Barcelona. Hubo consejo familiar, sin ella, y se decidió darle un alto cargo al chico en la empresa familiar. Al cabo de un año, él se había convertido en uno de ellos –un burguesote sin el charme revolucionata– y la chica lo dejó. Le dieron entonces la patada al latinoamericano y asunto resuelto.

Sánchez podría haber hecho lo mismo con Iglesias convirtiéndolo, no sé, en un Javier de Paz. Pero no se atrevió. La pelota está ahora en el electorado de derechas, que se encuentra ante su gran momento estalinista: si vota masivamente a Sánchez, le da el pioletazo a Iglesias. Y asunto resuelto.

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En El Español.

9.9.19

Metafísica del esquí

“¿Tú ves? Una melenita como esa sí”, decía un familiar que ya se ha muerto también mientras cantaba en la tele Camilo Sesto. Sería a finales de los setenta y de aquel mundo, que era el nuestro, ya no existe nada. Solo está en nuestra cabeza, como dice el idealismo filosófico que está incluso el presente. Estaban las melenas rockeras, desordenadas, amenazantes, rupturistas, y estaba la melenita de Camilo Sesto, peinada y compatible con el traje. Una manera de ser moderno y formal. Luego se convertiría en el fantasma de la ópera, en nuestro Michael Jackson, en el punki más inquietante que hemos tenido. Y ahora de nuevo la nobleza de la muerte, esa otra formalidad: la estrafalaria imagen de los últimos años es absuelta y queda la pureza de un ser que se ha ido, su hueco blanco.

Me venía acordando estos días de los pocos recuerdos que tengo de Blanca Fernández Ochoa, pero eran recuerdos trepidantes: un par de bajadas en esquí, a las que asistimos con el corazón en un puño, caídas, frustraciones y una medalla de bronce que sabía a oro por cómo se celebró. Matías Prats Jr. ha contado en el tanatorio algo precioso. Cuando ella vio la tristeza que había por su caída en Calgary, en la que perdió el oro, le quitó importancia para que los demás se sintieran mejor. Es lo mismo que hizo Miguel Indurain tras su hundimiento en Hautacam. Los dos comprendieron que los derrotados grandes son los únicos que tienen la llave del consuelo, y esto es más admirable que cualquier victoria.

Las muertes nos dan ganas de vivir, porque en realidad nos recuerdan la vida, nos despiertan (“recuerde el alma dormida”, decía Jorge Manrique): hacen que volvamos a ver este mundo como un escenario transitorio, una auténtica aventura aunque permanezcamos quietos. “Envejecer, morir”, como escribió Jaime Gil de Biedma, son “las dimensiones del teatro” y “el único argumento de la obra”. Hablo de las muertes más o menos ajenas, que nos dan pena pero no un excesivo dolor. Luego están las de los seres queridos, que dejan la vida sin encanto, porque eran la vida. Este otoño van a coincidir dos ejemplos: las “memorias de amor” de Fernando Savater, La peor parte (Ariel), y Señora de rojo sobre fondo gris de Miguel Delibes en el teatro, con José Sacristán (Bellas Artes). Dos resucitaciones (imposibles) de la amada por las palabras.

Con la muerte de Blanca Fernández Ochoa en la sierra de Madrid me vino este soneto (en alejandrinos y sin rima) que escribió el poeta malagueño José Moreno Villa cuando estaba ya cansado y se imaginaba la muerte (el último blanco) como una bajada. Es como una metafísica del esquí. Imagino a Blanca así, y en otra ladera a Camilo, y a todos los muertos elegantes, por la cara lunar de la tierra mientras los demás seguimos todavía en la solar:
Por el silencio voy, por su inmensa ladera,
en un fino deslice veloz y sin cesura.
Si fuese así la muerte... Un patinar en hielo,
entre tierra y celaje, amodorrado y laxo.

Casi pisando voy mi dudoso albedrío.
Los puntos cardinales no me sirven de nada.
Y el tiempo es sólo un vago concepto del espacio
entre las lentas combas del adoptado ritmo.

¿Tengo mi voluntad de la rienda? ¡Quimera!
¿No me será posible dejar algo, un acorde,
un versículo puro en que converjan todos?

Voy en la sorda nube que desdeña el ruido.
No puedo más; dejadme en esta magnitud,
en esta desnutrida esencia del silencio.
* * *
En El Español.

4.9.19

Drama en gente

Decía Fernando Pessoa que su obra constituía un “drama en gente”. Es decir, no un drama dividido en actos, como en el teatro habitual, sino un drama dividido en las personas (las pessoas) en que Pessoa se dividió. Para una visión acertada del conjunto había que tenerlas en cuenta a todas: Pessoa no sería esta o la otra, sino el campo (¡el escenario!) de sus conjunciones y confrontaciones, de sus tensiones y discrepancias. En realidad, esto ocurre con todo escritor que no ahogue sus voces (ese “contengo multitudes” de que hablaba Walt Whitman, maestro de Pessoa). Lo ejemplar de Pessoa es cómo lo extremó, por medio de su didáctico invento de los heterónimos: a cada faceta de sí mismo, le puso un nombre. Fernando Pessoa era Fernando Pessoas.

Siempre me han sorprendido (y admirado en ocasiones; o pasmado) las personas que logran reducirse a una sola voz. Las mejores tienen potencia, puesto que aquello que encarnan lo encarnan del todo: funcionan como un personaje a tope. Esto no deja de ser una cortesía para con los demás, puesto que nos fomentan el espectáculo a sus expensas. Pero el mecanismo autorreductor es un misterio para mí. ¿Es un ascetismo, una obcecación, una incapacidad? En cualquier caso, incluso estas personas, si no a la multitud de voces interiores, se ven obligadas a asistir a la multitud de voces exteriores. Si no a estar atentas a ellas, al menos a que les consten: saben –tienen que saber– que existen más voces que la suya.

Y este es el ejercicio que propongo para la rentrée política: atenderla como un “drama en gente”. No atenerse al encajonamiento sectario o partidista –que es lo más premiado, en España al menos (mientras una de las dos Españas le hiela al sectario el corazón, la otra le está dando carlorcito)–, sino contemplar el conjunto: la pluralidad de voces, el juego entre las voces; cómo se oponen, se complementan, se afirman y refutan todas a la vez, ensuciándolo todo pero dejando limpia la noción de pluralidad, que es la más valiosa.

Santiago Gerchunoff, en su excelente ensayito Ironía On (Anagrama), analiza, entre otras cosas, la capacidad de la ironía para escindir al sujeto y, por lo tanto, hacer presentes en él varias voces (al menos dos). En la prolongación de este impulso en “la conversación pública de masas”, Gerchunoff invita a apreciar “la riqueza de su vulgaridad expansiva, la profunda complejidad de sus dinámicas que fascinan y hacen discutir sin fin”.

Allá quienes opten por encerrarse en una voz o en un discurso, como nuestros entrañables líderes políticos y sus seguidores (más papistas que el papa con frecuencia). Quedarán dentro del espectáculo, que solo se ve bien desde fuera.

* * *
En The Objective.

2.9.19

'Rentrée'

No vi en directo la sesión extraordinaria del Pleno del Congreso el pasado jueves por la tarde. Era todavía agosto y, cuando terminó la etapa de la Vuelta, salí a pasear por la costa. Me he pasado el mes comprobando diariamente desde el balcón que el mar seguía en su sitio y por lo tanto la promesa de la felicidad: esa felicidad azul, flotante, con el sol tendido encima. Y diariamente he bajado a arrimarme, dos o tres veces cada jornada. Éric Rohmer decía que prefería sacar a los personajes de sus películas en vacaciones, para mostrarlos como eran (o serían) libres de las servidumbres del trabajo. En La virgen de agosto, del rohmeriano Jonás Trueba, la protagonista dice que, justo por eso, en agosto no deberíamos abandonarnos, sino esmerarnos más que nunca en ser nosotros mismos. Es el mes del descanso, pero también el mes sin excusas.

Pero ya estamos en septiembre. Para subrayar mi propósito de profesionalidad en la rentrée, y forzarme al otoño, me he puesto el vídeo completo del Congreso. Ahora bien, lo que yo consideraba que iba a ser penitencial, ha resultado una diversión de primer orden. Me ha parecido espectacular: durísimo, tensísimo, entretenidísimo; parlamentarismo del bueno. Estaban representadas ya todas las voces de la sociedad española (bueno, menos la de los estetas como yo, que nos empecinamos en el sueño de la finura; pero somos pocos, una ruina electoral: los partidos hacen bien en no perder ni un segundo con nosotros), en una batalla campal –o guerra civil con varios frentes– encauzada por la cualidad simbólica del enfrentamiento. La lectura optimista es que la sociedad española está vivísima, es un guirigay vibrante. El pesimismo adviene con la conciencia del resultado estéril; o sea, de la falta de resultado. Al final, las tensiones del Parlamento se parecen a las que hay en el taxi y en el bar, o en Twitter.

Había una tremenda energía acumulada y muchas ganas de hablar. Por eso, aunque se habló del Open Arms, que era el tema fijado, se habló de muchas más cosas; en parte abusivamente. Fue una concentración en unas horas de meses de debate político, con una pujanza que hace lamentar en el fondo que este Parlamento sea provisional. Aunque el que salga de las elecciones casi impepinables de noviembre será muy parecido. Me reconcilié, sí, de repente, con nuestros políticos. Quizá porque los líderes no hablaron y hablaron las lideresas. En cualquier caso, sigo empeñado personalmente en la abstención. El espectáculo se vuelve así más puro, más desprendido. La energía que no gastaré en pensar a quién votar, la dedicaré a la observación.

* * *
En El Español.

26.8.19

Dificultades del antisanchismo

Tiene razón David Mejía cuando escribe, en The Objective, que “de Ciudadanos ya no se puede decir que sea un partido primordialmente antinacionalista ni regenerador: Ciudadanos es, ante todo, antisanchista”. Obsesión que le conduce, a mi juicio, a un callejón sin salida. Porque, al ser el sanchismo algo vacío, sin contenido político, el antisanchismo está condenado a serlo también.

Pedro Sánchez no es socialista, es maquiavélico: el poder es lo que le interesa, lo único que le interesa. Está dispuesto a hacerlo todo por conseguirlo, por mantenerlo, por incrementarlo. Con una falta de escrúpulos en cierto modo admirable. Es un cínico, un antisentimental. En este sentido, es lo contrario de Zapatero. Con respecto a este, lleno de contenido político, el antizapaterismo sí estaba lleno también de contenido político.

Sánchez era, en realidad, el hombre que necesitábamos: el hombre que necesitaba el constitucionalismo en este momento imposible. Ya lo ha demostrado por su cuenta, sin ayuda de nadie, al liquidar a Podemos: su deglución de Pablo Iglesias, lenta, implacable, efectiva, ha sido digna de una mantis religiosa. Sánchez podría haber deglutido también a los nacionalistas. Pero Albert Rivera, en su obcecación, no ha querido: no le ha prestado su apoyo. Cuando el programa histórico de Ciudadanos tenía la ocasión de cumplirse casi al 100%, resulta que Rivera tenía otro programa.

La famosa frase de Roosevelt sobre el dictador Somoza (“tal vez sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”) podría habérsele aplicado a Sánchez. Pero Rivera ha impedido que sea “nuestro”. A ver de quién es ahora.

No se me escapa (¡porque nada se me escapa!) que lo anterior implica dar por imposible a Sánchez; ni se plantea la hipótesis de su conciencia. Pero así está la cosa. Esa es la cruda realidad. La realidad con la que tendrían que hacer política los que supuestamente sí tienen conciencia. Esos que, de momento, lo único que hacen es luchar a su vez por su podercillo. Con un maquiavelismo no menos maquiavélico que el de Sánchez, pero sí más torpe.

La situación es desastrosa. Y lo va a seguir siendo. La desmembración del constitucionalismo es una catástrofe sin paliativos. Tampoco se me escapa que la empezó Sánchez, con sus infames alianzas en la moción de censura. Pero que los otros (PP y Cs) hayan decidido seguir por ese camino en vez de corregirlo, confirma que no hay solución. Cuando lleguen al poder, si llegan, va a ser para nada. Para nada de lo importante.

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En El Español.

21.8.19

La barba

Pablo Casado ha dado el gran golpe de efecto de este verano, con su barba o barbita. Con ella les ha robado el protagonismo a la falta de Gobierno, al Open Arms, a los incendios de Canarias, a la listeriosis e incluso a la lampiña Díaz Ayuso, en cuya toma de posesión la lució. No asistió la semana pasada a su sesión de investidura como presidenta de la Comunidad de Madrid y se dijo que estaba de vacaciones, pero no: estaba cultivando su barba. De haberla enseñado entonces hubiera sido catastrófico, como cuando Milikito apareció con barba de tres días para dar imagen de malote.

Y Casado no quiere parecer malote (ni siquiera malote buenote como Milikito), sino aportar gravitas, como ha señalado Jorge Bustos. Albert Rivera debió de intuir por dónde iban los tiros cuando a comienzos del verano salió en el Hola, junto a Malú, con una incipiente perilla. Pero no le terminaba de funcionar y la abortó. La de Casado, que funciona algo mejor, puede que se quede en barba de borrajas (ya veremos si llega a la rentrée), aunque como mínimo seguro que la ha lanzado a modo de barba sonda. A mí me parece que la dirección que marca es la correcta: a falta de ideas nuevas, nuestros políticos tienen pilosidades nuevas que explorar. Aunque el vanguardismo absoluto en este sector ya está ocupado por la ensaimada de Iñaki Anasagasti, el Ferran Adrià de su propia cabellera.

En los tres partidos de la derecha había un inasumible desequilibrio facial: por un lado estaban los afeitaditos Casado y Rivera, iguales como burbujas de Freixenet, y por el otro los barbados Abascal y Espinosa de los Monteros, inclinando la balanza pilosa en favor de Vox. Abascal con una barba entre tercio de Flandes y Abderramán III, y Espinosa de los Monteros con ese barbón babilónico sobre el que Losantos ha soltado chanzas inolvidables. Ahora Casado ha tratado de ocupar con sus pelitos la inmensa estepa que había en medio. Dejando de paso a Rivera en la estacada lampiña: un destino de baby face que deberá compartir con Errejón.

El asunto con Casado es que, más que gravitas, lo que ha logrado de momento ha sido, por un lado, resucitar el rajoyismo en su cara (¡después de tanto esfuerzo por liquidarlo!), y por el otro, como ha clamado Twitter, ser un doble de Alberto Garzón. Problema recíproco en este caso, porque ahora Garzoncito es también un doble del líder del PP. ¡El crepúsculo de las ideologías! ¡Y justo después de que Gillette haya aprendido que, en este campo, los experimentos hay que hacerlos con gaseosa!

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En The Objective.

19.8.19

Madre tatuada con niño de teta

Ya tengo mi imagen del verano. La he visto esta mañana caminando por la costa: una mujer tatuada, alta, fuerte y oriental dándole la teta a su niño. Lo hacía mientras caminaba también, con una parsimonia envidiable; el niño, en su bamboleo, iba seguro, feliz, alimentado. Era bellísima. Y era en aquel momento una especie de madre de todos, una madre sexual. No la he mirado mucho tiempo porque la acompañaba su pareja, un hombre inevitablemente inferior, por la comparación. El más afortunado de los hombres.

El tatuaje le otorgaba distinción. Ocupaba el hombro y todo el brazo con que sujetaba a su hijo. Era como una orla de la teta, su límite oscuro pero vibrante. El niño, entre el tatuaje y la teta, me recordó a aquellos bebés que retrató Alberto García Alix en la Movida, de padres rockeros. ¿Qué habrá sido de ellos? ¿Qué será del de esta mañana? Al menos ha empezado en una cuna pujante. Un bonito reto para su vida será estar a esa altura; vivir con ese estilo, con esa belleza.

Se ven tantos tatuajes que muchos son horribles. Pero a veces se ven unos preciosos. Y a veces se ven mujeres tatuadas con sus hijos, en brazos, en el carrito o de la mano. Hay algo en la combinación que me seduce, quizá un triunfo de la libertad. Pienso que Umbral no habría perdido la ocasión de escribir hoy un libro titulado Las madres tatuadas. Se habla de las ancianas futuras con sus tatuajes, se fantasea con su arrepentimiento. Pero no se habla de los niños que, cuando sean adultos, buscarán pieles con esa manera pictórica de resultar maternales.

La madre de esta mañana, que era una diosa del amamantamiento, plantada en la tierra con una solidez incontestable, aunque sin pesadez, ligera, me ha recordado a las mujeres que daban de mamar con una naturalidad absoluta cuando yo era niño. Me desconcierta la reivindicación actual de dar el pecho en público, cuando entonces (¡y era aún el franquismo!) estaba normalizado. ¿Qué extravío se ha producido en medio?

Los niños nos poníamos morados mirando a aquellas mujeres, con una fascinación que no debía de ser todavía erótica del todo, aunque ese componente existía sin duda. Era un espectáculo formidable, y muy frecuente. Aquellas tetas gordas, nutritivas, con los pezones muy oscuros, hacían de nosotros más unos Fellinis que unos Landas (unos Landitas seríamos poco después, con los primeros top-less). Me doy cuenta, sin embargo, de que su aceptación social era debida a que se imponía, absorbiendo a las otras, la semántica de la maternidad. Y es esa semántica la que cuesta volver a imponer ahora. Como se ve en este artículo.

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En El Español.

18.8.19

Balón de asfixia

Están los balones de oxígeno y está el balón del fútbol, que es un balón de asfixia. Esta cualidad asfixiante no la perciben sus adoradores, en cuya alienación aceptan que el respirar sea algo secundario (¡lamentable servidumbre!); solo la sufrimos los que lo detestamos, minoría selecta y exquisita de la humanidad, la gran víctima de los siglos XX y XXI, la gran vilipendiada, la gran apestada, la receptora de todos los odios, la única aguafiestas en las fiestas del balón: unánimes si no fuera por ella. Cada vez somos menos y cuando desaparezcamos el balón de fútbol se habrá confundido al fin con la Tierra, que es la aspiración totalitaria con la que nació. Chaplin lo vio muy bien en la famosa escena de la pelota de El gran dictador; y lo vio perfectamente Shakespeare, que en El rey Lear (acto I, escena 4) sorprendió con un insulto tremendo y precursor: "¡Vil futbolista!".

En España la ridiculez del fútbol estuvo clara al principio, cuando se le llamó balompié. Pero no tardó en imponerse la voz inglesa, que oculta la ridiculez y da misterio con esas dos sílabas que en español no significan nada: fút-bol. En toda mística hay una fonética enigmática. Al principio hubo cierta resistencia a la actividad futbolística. Cuando yo era niño, en la década de los setenta, todavía los viejos se reían de esos hombres en calzoncillos corriendo detrás de la pelotita. El principio del fin fue el fichaje millonario de Cruyff por el Barcelona, en 1973, que invistió al fútbol con el valor indiscutible del dinero. Al cabo de unos años, ya nadie se reía de aquellos hombres en calzoncillos. Es más, en los ochenta los intelectuales empezaron a salir del armario de esa afición que hasta entonces habían llevado en secreto y lo invistieron también de valor cultural. Los noventa fueron los años definitivos de la consagración, con los intelectuales dedicándose a tope a teorizar sobre el fútbol y erigiendo a Valdano como el intelectual mayor.

Como buen intelectual, o intelectualeta, yo me dejé arrastrar, naturalmente. En uno de mis alardes de falta de personalidad, me rendí a ese deporte que no me gustaba y le eché un montón de horas. Fui un hincha que cantaba goles con el histerismo necesario y me dejaba galvanizar por los berridos de los locutores. Aunque un síntoma de mi desprecio de fondo por el fútbol es que yo realmente no era aficionado de ningún equipo, sino que me definía a la contra: como antimadridista. Sin duda porque entonces vivía en Madrid y le sacaba gusto a llevar la contraria. Las grandes derrotas del Madrid fueron mi alegría de aquella época. Pero no dejaba de ser una pasión triste, y me fui quitando. Sí intentaba convencerme de que me gustaban los partidos de la selección. Y ahí sí que me alegraba cuando ganaba. Pero poco a poco se fue imponiendo la evidencia de que el fútbol me aburre un montón. No soporto un partido entero, pues ahí (y no con las películas de Rohmer) sí que me parece estar asistiendo a cómo crece el césped. Las victorias españolas de la Eurocopa y el Mundial me pillaron ya muy desapegados. Me alegré un poquito, eso es indudable. Pero no mucho más que con los éxitos en el bádminton.

Lo insufrible es el contraste entre mi pacífico desinterés y el achicharramiento ambiente. Para colmo, las nuevas generaciones de futboleros nos llaman haters a los antifutboleros, y nos sueltan unas monsergas en las que descubren el Mediterráneo de "los valores del fútbol"... como si no se hubieran soltado ya en los ochenta y en los noventa, y como si muchos no viniéramos rebotados precisamente de ahí. Los neofutboleros llegan a explicarnos, con cándido adanismo, aquello que nos sabemos de sobra y que está incluido en nuestro desprecio.

El primer delincuente del futbolitismo fue el sobrevalorado Camus, con aquella frase de que "todo cuanto sé sobre la moral y las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol", que les ha permitido creerse campeones de la ética a los presumidos, caprichosos y despiadados futbolistas. Lo que le faltaba a su bestial egoísmo era la coartada de un premio Nobel. En Latinoamérica fueron apóstoles del futbolitismo tipos tan sospechosos como Galeano y Benedetti, y en España el ínclito Vázquez Montalbán. Este, que no percibía lo netamente religioso que era su marxismo, dijo que el fútbol (o el Barça) era el último reducto religioso de su vida. El daño que han causado entre todos (hay muchos más) es incalculable. El fútbol ya era una atosigante moda popular (¡una moda sin esa elegancia última que tienen las modas, que es la de pasar!), con una expansión temible. La literatura era el refugio tradicional de los antifutboleros, con ese emblema enternecedor del niño que se queda leyendo en el recreo mientras sus compañeros se arrean patadas con la excusa de la pelota. Pero esos intelectuales y escritores partidarios del fútbol hicieron que la literatura también se llenase de tan odioso deporte. Con lo que, técnicamente, no queda ninguna salida.

Ya no se puede hacer una vida sin fútbol, del mismo modo que en la Edad Media no se podía hacer una vida sin Dios. Y es que los atributos del viejo Dios son hoy los del fútbol: omnipotencia, omnisciencia, omnipresencia... El fútbol es el nuevo Dios, repartido en los millones de balones de asfixia que pueblan la Tierra y la trabajan para convertirla en el Balón.

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Publicado en Jot Down nº 27, especial Dioses y endiosados.

12.8.19

Las quieren siempre víctimas

Cuando algo se convierte en munición ideológica, no hay nada que hacer. La compleja y tierna realidad queda sepultada bajo el pedrusco abstracto. Un pedrusco duro pero no quieto: se le utiliza como proyectil, con aquella realidad adherida. La finalidad del aplastamiento es que vuele contra los otros.

Lo hemos visto otra vez (no será la última) con la polémica suscitada por la campaña de la nueva Junta de Andalucía contra los “malos tratos”, ilustrada por mujeres sonrientes y con el lema “Pero la vida es más fuerte”. El PSOE, Podemos y sus afines tuitero-mediáticos se han echado encima del engendro producido por el monstruo PP-Cs-Vox: por haber puesto “malos tratos” en vez de “violencia machista”, por haber sacado sonriendo a víctimas del heteropatriarcado y porque estas en realidad solo fuesen modelos.

En la trifulca subsiguiente se ha visto que el PSOE hizo campañas parecidas en el pasado, también con modelos, y que el lema se atiene al Pacto contra la Violencia de Género, que recomienda “mensajes positivos” y que aparezcan “mujeres fuertes y valientes, sin recurrir al cliché de las víctimas”. Pero, como ha escrito Daniel Gascón, en las guerras partidistas el asunto no son las causas, sino la apropiación de ellas: al final el énfasis se pone en el partido que las defiende (contra los demás), no en las causas mismas. No se perdona que estas avancen de la mano del partido equivocado.

Más allá de la lucidez del citado Pacto, cuyas recomendaciones me parecen admirables, detecto en quienes se consideran dueños de la causa la pulsión de pretender que las víctimas no dejen de serlo: al fin y al cabo, es en su condición de víctimas como les resultan rentables. Por eso las quieren siempre víctimas y las quieren siempre suyas.

En este sentido, se ha producido un movimiento de una transparencia asombrosa: colectivos y políticos vinculados al PSOE han llevado a cabo una contracampaña con el trucaje de las fotos, en que las mujeres sonrientes de los carteles aparecen con moratones, heridas, disparos. En el juego de la ficción, han devuelto a la condición de víctimas a las víctimas por las bravas: infligiéndoles ellos mismos los “malos tratos” que habían superado.

La campaña de la Junta de Andalucía es mala, porque no tiene alma. Las fotos son vulgares, planas. El problema no es que las mujeres sonrían, sino que lo hagan sin credibilidad. Deberían haber usado mujeres maltratadas de verdad, o buenas actrices (y buenos fotógrafos), en las que se viera la alegría presente pero también algo del sufrimiento pasado. O sea, que se percibiese de algún modo esa alegría densa, más profunda pero también un poco melancólica, de quien ha sufrido. Que se viese, en fin, la complejidad de la vida, la endiablada lucha de la vida. En refutación de las papillas ideológicas.

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En El Español.

7.8.19

Dos cielos

“Ventaja de las ciudades con mar: tienen dos cielos”. Escribí este aforismo hace algunos años y todavía me viene a la cabeza cuando contemplo el mar, espejo del cielo. Esa doble amplitud acompasada que acoge la mirada perdida.

Ahora estoy en un apartamento prestado (me prestan apartamentos como a Rilke le prestaban palacios) desde el que se ve el mar por la ventana. Tengo tarea este verano, una penosa tarea; pero si alzo la vista veo el mar. Y me demoro en los dos tonos del azul –el de abajo ondulante– y en un velerito blanco que a veces cruza. A mi lado está el fiel ventilador, remedo de la brisa. Y escribo en bañador, sin camiseta y descalzo. Hay una felicidad recóndita, una punzada de alegría al fondo, la punta de un anhelo. Un flexo estudiantil, también azul (azul oscuro), y esta sensación de paréntesis.

Paso muchas horas sentado, esforzándome, pero me concedo tres pausas, a veces cuatro (aparte de las de las comidas, el aseo y el sueño): un paseo por la mañana hacia levante, otro por la tarde hacia poniente, una siestecita lectora (con vencimiento de unos minutos) y a veces una cerveza al mediodía en el mejor chiringuito de la Costa del Sol, con la playa alborotada abajo.

En el paseo de la mañana voy hacia el sol fresco. Es temprano y las playas están vacías. Hay una poética del día de verano que ya da luz pero al que la gente aún no responde. Solo caminantes como yo, esporádicos, con un empeño deportivo pero en realidad estetas. Y unos pocos pescadores con sus cañas repartidos por el malecón. En la loma está la torre quebrada, adjetivo que me lleva (cuando lo formulo) al “corazón quebrado” de Salinger. Pero esa hora no suele ser la de la melancolía.

Al comienzo del paseo de la tarde subo un rato al mirador metafísico, que es como llamo a unos banquitos puestos ante un barandal de tablones con un panorama extraordinario. Hay como más cuerpo de mar desde ahí, y como más cielo; y esa extensión queda contrarrestada –o sujetada– por el golpeteo del agua en las rocas.

Luego sigo hacia el sol que declina, un sol cumplido, denso y a la vez ligero, por una senda con tramos de acantilados y espigas brillantes, por encima de playas con bañistas que se demoran y otros que empiezan a recoger; hay un rumor de últimos chapoteos y risas, lentitudes de cansancio pleno. Me detengo justo cuando el camino va a iniciar el descenso, cuando a lo lejos están a punto de encenderse las luces artificiales que acompañarán a la del faro. Antes de volverme, miro aún desde lo alto el mar ya aposentándose en la noche.

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En The Objective.

5.8.19

El nuevo relato aberrante

No solo tuvimos el crimen, sino también la justificación del crimen, la tibieza con el crimen, la hipocresía con el crimen. Después de cada atentado salía Arnaldo Otegi, de Batasuna, a enjuagarlo, a soltar sus estupideces ideológicas, amenazantes, con el cadáver caliente. Y salían unos cuantos del PNV, Xabier Arzalluz, Joseba Egibar o quien fuera, a reprobarlo sin contundencia al tiempo que se les transparentaban la simpatía por sus chicos (criminales y tal pero vascos, ¿eh?) y los cálculos electorales. El crimen fue la propulsión del nacionalismo vasco, que ahora, ya sin crimen, se ha quedado dando vueltas cómodamente en su órbita. Nuestra memoria histórica es esa para empezar: hemos sido testigos de mucha miseria.

Me acuerdo, por ejemplo, de aquel hombrecillo abertzale, Tasio Erkizia. Había habido un atentado tremendo, una bomba con varias víctimas, y apareció con una tirita en el meñique. El contraste entre el cuidado minúsculo para con el propio cuerpo y la defensa del descuartizamiento de los ajenos era pura obscenidad. Luego me enteré, sin sorpresa, de que había sido cura. Como otro batasuno del momento, Jon Idigoras, había sido torero. Ellos eran la encarnación de la España negra, la que seguía oprimiendo y matando desde presupuestos cerriles, carpetovetónicos. (De Jon Idigoras, por cierto, decía un amigo mío que tras haber fracasado en la fiesta nacional se pasó a la fiesta nacionalista, aún más sangrienta que la anterior.)

Nadie se tomaba en serio a estos tipos, aparte de sus votantes (que practicaban la bellaquería con el voto) y los recogenueces del PNV. Los despreciábamos. Cuando subía Jon Idigoras a la tribuna del Congreso era una especie de pasmarote estilo Gabriel Rufián, pero que ni siquiera emitía frases inteligibles sino directamente orangutanadas (menos cargante, en este sentido, que Gabriel Rufián). Estaba claro que de progresistas no tenían nada. Eran lo más fascista que había en Europa.

No deja de ser sintomático que uno de los efectos de la puesta en cuestión de lo que el podemismo ha denominado “régimen del 78” haya sido la rehabilitación ideológica de los partidarios del crimen. Según el nuevo relato (¡aberrante!), los etarras y los proetarras vienen a ser los únicos que se mantuvieron puros en la lucha antifranquista mientras todos los demás fueron simples prolongaciones del dictador muerto.

Es desolador que el PSOE empiece a consentir –a no combatir– ese discurso. Ahora resulta, dice la vicepresidenta Carmen Calvo, que el “adversario natural” de los socialistas no son esas “izquierdas” que mataron (también) a socialistas sino las “derechas” que no los mataron. Patéticas trampas de la fe partidista. O de algo más cutre: la conveniencia del momento.

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En El Español.

29.7.19

Sánchez intransitivo

Hace una semana me disponía a escribir esta columna cuando saltó la noticia del pacto entre el PSOE y Podemos. Pedro Sánchez, entonces, no era intransitivo sino transitivo. Desveló un nuevo rasgo de su carácter justo cuando yo iba a escribir sobre su ausencia. Pero el pacto ha resultado ser otro vericueto de su bucle autorreferencial. Carácter es destino y el carácter de Sánchez –como ha recordado Manuel Arias Maldonado– está dominado por el narcisismo. Un amigo nuestro, entendido en temas psicológicos, precisa: "Es un narcisista de piel fina".

Hay narcisistas tan imbuidos de su amor a sí mismos que en realidad los agravios de los otros no les afectan. Serían los narcisistas de piel dura. El narcisista de piel fina, en cambio, se ve afectado por ellos y se los guarda. Esto restringe su maniobrabilidad. Su camino suele ser un camino que se estrecha.

En el caso de Sánchez, su mayor fiscalizador sería el propio Sánchez. Como se ha comentado, no hay acción del Sánchez actual que no haya sido criticada por el Sánchez pasado, que cuando reaparece en Twitter es nuestro mayor antisanchista. Pero en realidad ambos Sánchez responden al mismo principio: decir en cada momento lo mejor para el Sánchez del momento. Debió de ser esto lo que le aplaudieron de pie los diputados socialistas en la sesión de investidura cuando habló de sus convicciones.

Pedro Sánchez es el único político español actual que ha construido su propia leyenda. Pero en su leyenda está su penitencia. Esa "resistencia" en la que él mismo ha hecho hincapié se funda en la cerrazón: una voluntad dura contra el mundo, o al margen del mundo. Conduce a un sitio solitario en el que solo está Sánchez.

Ha señalado David Jiménez Torres con agudeza que el Sánchez que logró ser presidente por la moción de censura que juntó a lo menos recomendable de la cámara contra Mariano Rajoy, y cuyo lema fundacional fue aquel "no es no", estaba condenado a no ser presidente por medio de un acuerdo constructivo. El intransitivo "no es no" dejaría encerrado también a Sanchez.

Su única solución política es la mayoría absoluta. Él, de hecho, no ha dejado de comportarse como si ya la tuviera, para forzar a la realidad a que se la otorgue. Algo no descartable en las próximas elecciones: la suerte –que es la que ha permitido que su narcisismo funcione– le ha puesto delante a unos rivales políticos cuyo nivel no es precisamente superior al suyo y que, en su obcecado antisanchismo, no hacen más que trabajar para Sánchez.

Sería una virtud, quizá la única, de la intransitividad: incapacitado para hacer amigos, Sánchez triunfaría gracias a sus enemigos.

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En El Español.

24.7.19

El Tour como acuario

Me sorprendió cuando un amigo me preguntó que cómo iba el Tour y yo no lo sabía. Me sorprendió porque yo estaba siguiéndolo y habían pasado ya varias etapas. ¿Qué veía yo entonces cuando las miraba? Me di cuenta de que hace ya mucho que tengo el Tour delante como un acuario. Me siento junto al ventilador, me pongo un café solo con hielo o un whisky con mucho hielo, y me quedo embobado contemplando a los peces por el llano o la montaña. Pero los ciclistas son peces éticos, o ético-estéticos, y el espectáculo que ofrecen en su acuario es edificante. Representan un drama: el drama del esfuerzo al límite. Una lección que aprendo para después.

Al principio mi pasión por el ciclismo era más exhaustiva; es decir, absolutamente exhaustiva. En los noventa (¡los tiempos de Indurain!) sí me lo sabía todo y estaba al tanto de todo. Seguía tres publicaciones especializadas: las revistas mensuales Ciclismo a fondo y Bicisport y el semanario Meta 2 Mil. Me conocía al completo el pelotón ciclista internacional y me sabía todas las competiciones y clasificaciones. Cuando se veía a los ciclistas en lontananza era capaz de identificar a bastantes, por su manera de pedalear, por tal gesto del hombro, por la gorrilla... Perseguía por los pocos canales de la época las retransmisiones de las vueltas pequeñas y las clásicas. Me recuerdo metiéndome en la sección de televisores de El Corte Inglés para ver la Flecha Valona. Llegué a rechazar un trabajillo porque me coincidía con la Vuelta. Y a otro me llevé un televisor portátil para ver el Giro. Durante las grandes vueltas desaparecía: atento a las conexiones horarias de la radio, la retransmisión en directo, el especial de la tarde y los minutos que les dedicaban en los programas deportivos nocturnos... Y qué belleza la de los meses de invierno: una pasión no dormida sino a la espera, en que seguían saliendo las publicaciones especializadas. Puro deseo contando las semanas y los días.

Esta intensidad se terminó, pero no la pasión: ahora serena e incluso distraída. He ido perdiendo interés por la competición, aunque no por la estampa de los ciclistas en la carrera: ese avanzar pedaleando con paisajes de fondo. Me emocionan los aspectos competitivos, naturalmente, pero no por lo que tienen de deporte sino por lo que tienen de representación: plástica, teatral. Por eso permito el doping. Para mí un ciclista no es un deportista sino un artista, y por eso puede meterse lo que quiera para ejecutar su arte. Importa el momento, el trayecto estricto de la carrera, que es la obra. Solo cuando esta termina (siempre en su esplendor) llegan los burócratas de la meadita.

Ya en la última semana del Tour, por impregnación, sé quién va ganando, quién va perdiendo, cómo puede quedar el pódium... Pero la pantalla conserva su condición de pecera: de escenario acuático de un tipo sofisticado de placer.

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En The Objective.

22.7.19

El Gobierno que todos querían

Parece que al fin habrá el Gobierno que todos querían. Bueno, menos el Ibex 35 y yo. Se confirmará en las sesiones de investidura de esta semana. Y si por sorpresa no se confirmase, lo esencial de esta columna se mantendría, porque en ella voy a hablar no tanto de la realidad como del deseo. De lo que quieren todos, menos el Ibex 35 y yo (es decir, los ricos y este pobre, una pinza ineficaz).

Pese a que la verdadera mayoría natural (¡de progreso!) salida de las últimas elecciones generales era la absoluta que componían el PSOE y Ciudadanos, ni el PSOE ni Ciudadanos la querían, ni ningún otro. Cada uno por sus razones –apañadas a partir de su propia conveniencia– deseaba el Gobierno que tendremos: el del PSOE y Podemos con el apoyo o la abstención de los nacionalistas, incluidos independentistas y proetarras.

Un tétrico paquete con el que están encantados Ciudadanos y el PP, que ven cómo se les abren las expectativas electorales para la próxima convocatoria. Algo por lo que han luchado con notable denuedo y miseria. Miseria no exclusiva: atañe en primerísimo lugar al PSOE, que consideraba inevitable arrojarse en tales manos si no había otras que lo acogieran. Ambas las constato, resistiéndome al ping-pong partidista que solo ve la miseria de enfrente. (¡Nada se me escapa del espectaculito!)

La realidad es la que es y con estos bueyes hay que arar. Ha triunfado definitivamente el conservadurismo: la idea de que había una necesidad ineludible, una fatalidad. No ha existido acción política que promoviera un panorama nuevo. Ninguna pieza ha sido descolocada. Como dice Ignacio Varela, hemos salido del bipartidismo para caer en algo peor: el bibloquismo. Los que vemos nuestra actualidad política con verdadero susto, por esta división en bloques cerrados, considerábamos que era urgente salir de ahí. Pero Ciudadanos y el PSOE no han querido.

El bucle ha sido absurdo y perfecto. Empezó el PSOE, con su tradicional desprecio por Ciudadanos y su costumbre de llamar “facha” a todo el que lo critica. Siguió Ciudadanos, con su incomprensible promesa electoral de no pactar en ningún caso con el PSOE. El PSOE entonces se rasgó las vestiduras denunciando el “cordón sanitario”. Denuncia que dejaron en evidencia los militantes del PSOE que le gritaron a Sánchez en la noche electoral su particular exigencia de cordón sanitario: “¡Con Rivera no!”. Exigencia de sus enemigos que Rivera ha cumplido escrupulosísimamente...

El resultado va a ser el gobierno más reaccionario que ha habido en España desde el de Arias Navarro. Porque Podemos es eso: pura reacción.

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En El Español.

15.7.19

Una piedad sin esperanza

Dice uno de los aforismos más desoladores de Cioran: “Por las víctimas hay que tener una piedad sin esperanza”. Porque ellas –se deduce– serán las victimarias a su vez, en cuanto puedan. No es una ley automática, pero sí frecuente. Lo suficiente como para que reconozcamos su verdad. Se sustenta en la triste naturaleza humana.

Los mecanismos del odio siguen intactos. Es alucinante cómo se autojustifican –y propulsan– con un ligerísimo barniz de “razones”, que por lo general son falsas. Lo hemos visto estos días con Ciudadanos, con el odio a Ciudadanos. Un odio que este partido ha recibido desde su nacimiento y al que ahora, con la excusa de tales “razones”, se le ha dado rienda suelta.

Mis lectores saben que estoy enfadadísimo con Ciudadanos. Repudio su deriva actual, su renuncia al centro-izquierda, sus melindres con Vox que se traducen en la práctica en un consentimiento (para mí impresentable) de Vox, el cesarismo de Rivera, su obcecación y sus errores. Es un partido que me ha perdido como votante, supongo que irremediablemente. Pero no merece ser objeto de este odio desatado. Más allá de otras consideraciones (y de tantas cosas sobre las que se podría discutir), este odio es el dato.

El colectivo LGTBIQ ha sido históricamente víctima del odio. Lo sigue siendo: las agresiones no pertenecen solo al pasado. Puestos a comparar, lo que sufrió Ciudadanos en la manifestación del Orgullo fue una anécdota. Aunque no irrelevante, sino sintomática. Señala esa respuesta de odio que son capaces de dar también aquellos que lo han sufrido.

En otros tiempos fue la religión la que engrasaba la maquinaria. Hoy lo es la ideología. Me llama la atención el predicamento de la frase “lo personal es político”. Al margen del debate sobre su pertinencia, el uso que suelen hacer quienes la esgrimen es: como no te comportes políticamente como es debido, te vas a enterar en “lo personal”. De aquí, por ejemplo, la hostilidad de ciertos miembros del colectivo LGTBIQ contra aquellos de su mismo colectivo que no tienen las ideas políticas adecuadas. Estos últimos tal vez sean los grandes excluidos de nuestro tiempo...

Al final es lo de siempre: apoyarse en una modalidad del bien para, desde ahí, señalar a los que no comulgan. Lo de “lo personal es político” es otro baremo para que sigan funcionando la culpabilidad y –por encima– la capacidad de culpar, de acusar. Religión también, en el fondo. La ideología es la nueva religión de Occidente. Todo de lo que se adueña es escenario del odio.

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En El Español.

10.7.19

Correr un encierro, conducir un autobús

Me levanto temprano, como un profesional. Me dispongo a leer la prensa como un profesional para escribir mi profesional columna política: algo que no haría si no fuese por profesionalidad y que últimamente rehúyo siempre que puedo con una falta de profesionalidad pasmosa. Esta vez también...

Porque en una ventana del periódico online han conectado con los sanfermines. Son justo las ocho y va a empezar un encierro. Decido pinchar. Hacía años que no los veía en directo, por no exponerme a una cornada tempranera que me desarbolase el día. Pero total, llevamos una racha en que la simple lectura de la prensa ya lo hace. Al menos una cornada es algo digno.

Salen los toros, corren los mozos. Me fijo en que los más valientes se rozan con el animal, le tocan el cuerno. Me acuerdo de lo que dice Dragó: el contacto con lo genesíaco, el contacto con lo telúrico... Y ese sería mi problema si corriese los sanfermines: no pensaría en esas cosas potentes, sino en Dragó. Me estaría jugando la vida con Dragó en la cabeza.

De pronto me viene cómo los veía yo de niño, cómo los veíamos los niños: el puro jolgorio de correr, con los toros detrás como en el pilla-pilla. El tumulto, las caídas, los trompazos, igual que en los tebeos y las películas de Bud Spencer. Un maravilloso juego amoral, nada educativo. Ese sí en contacto íntimo con la vida, y sin Dragó (aunque conmigo ahora).

Tiene que ver con el niño al que le preguntaron por televisión qué le había gustado más de un desfile de las Fuerzas Armadas. Los adultos habían respondido con abstracciones: “la nación”, “España”... Pero el niño lo tenía claro: “¡los caballos y los tanques!”. (Parecía un pequeño Savater.) También una niña dio la respuesta exacta en uno de esos días de la Lengua en que había que escoger la mejor palabra del español. Los tristes adultos se abarataban en “paz”, “amor”, “libertad” “solidaridad”... Hasta que llegó la niña: “¡columpio!”.

El otro día subí al autobús y me senté en el primer asiento, muy cerca del conductor. Observándolo, empecé a angustiarme con su trabajo. Su jornada consistía en dar vueltas y vueltas al mismo circuito de la ciudad, como Sísifo. Entonces vi que, en una curva, el tipo se recreaba en el volante, yo diría que con felicidad. Recordé que de niño soñábamos con ese trabajo. Y jugábamos a él, colocando sillas en fila. Conducir autobuses: ¿cuándo dejamos de quererlo?

El gran juego de la vida: ¿cuándo dejamos de jugarlo?

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En The Objective.

8.7.19

Cuando João Gilberto se encontró a sí mismo

La naturalidad de la bossa nova produce la sensación engañosa de que es eso, un fruto de la naturaleza. Un fruto del paraíso exactamente, por su condición dorada, luminosa y feliz (incluso cuando es triste). Recuerdo que esta percepción se rompió la noche de 1994 en que llegué a casa, puse Radio 3 y me enteré de que había muerto Antonio Carlos Jobim. Sentí por primera vez que el regalo de su música, que parecía inevitable, podría no haberse producido. Era una obra humana, sujeta al azar de la vida y de la muerte. Esta conciencia de su fragilidad le dio aún más valor a aquellas composiciones. Y exigía una primera reacción ante ellas: el agradecimiento.

Ahora ha muerto João Gilberto y es agradecimiento lo que tengo; una memoria larga de felicidad debida a él: tantos momentos de oro, sofisticados, finísimos. Se ha ido de esta vida un hombre que nos hacía príncipes. Tuve la suerte de verlo en directo dos veces, en Barcelona en 2000 y en Málaga en 2003. Las dos en julio, el mes en que ha muerto a los ochenta y ocho años. Cuando tenía veinticuatro, en 1955, se encontraba hundido, “sin dinero, sin trabajo, casi sin amigos” y con “el orgullo acribillado por todos los flancos”, como escribe Ruy Castro en Bossa Nova. La historia y las historias (Turner). Había llegado a Río de Janeiro desde su Bahía natal y no encontraba el éxito como cantante que anhelaba, ni se encontraba a sí mismo. Se largó entonces para buscarse.

Estuvo en Porto Alegre, de nuevo en Río y por fin en Diamantina, una pequeña ciudad de Minas Gerais donde vivía una hermana suya. Allí pasó encerrado ocho meses en 1956, tocando la guitarra sin parar día y noche, en su habitación, en el cuarto de baño, junto a la cuna del bebé de su hermana, obsesionado por algo que atisbaba y no lograba formular. Poco a poco fue dando con su estilo, o creándolo: su batida de guitarra, en que sintetizaba prodigiosamente el samba, y su cantar baixinho. Antes de volver a Río pasó un tiempo en casa de sus padres, en Juazeiro, donde siguió ensayando sin parar. Para disgusto del padre, que era aficionado al bel canto y que, como escribe Ruy Castro, “fue el primero el fulminar la futura bossa nova con nuna definición”. Le decía a su hijo: “Eso no es música. Eso es ñem-ñem-ñem”. Algo parecido a lo que diría un prohombre de la industria musical brasileña cuando lo escuchó por vez primera: “¿Por qué graban ahora a cantantes resfriados?”.

Esto da idea de lo raro que sonaba al principio lo que hoy parece natural: prueba de su arte. La historia que viene después es la del triunfo de João Gilberto: el hechizo que produjo en los músicos de su edad en Río cuando regresó (lo seguían como al flautista de Hamelin, para pillarle el toque de guitarra y la manera de cantar), y el deslumbramiento de los más jóvenes cuando oyeron en 1958 “Chega de saudade” (de Antonio Carlos Jobim y Vinicius de Moraes), la canción con la que nació propiamente la bossa nova. La expansión fue rápida, y en 1962 resultó ya imparable a nivel mundial con “A garota de Ipanema”, que grabó con Stan Getz y su mujer Astrud Gilberto.

Pero hay un momento indeciso que a mí me gusta especialmente. Está a punto de lanzarse el álbum Chega de saudade y, en palabras de Ruy Castro, “en los primeros días de 1959, nadie podría asegurar que algo tan moderno y sofisticado resultase algún día ‘altamente comercial’” (como había escrito Jobim en la contraportada del disco). Ni siquiera estaba seguro João Gilberto, que le decía a un amigo: “No hay nada que hacer. Ellos son muchos”. Ellos, los enemigos de la delicadeza que estaba a punto de ofrecerles. Esta vez la aceptarían, pero no siempre ocurre. Fue un milagro el éxito de tanta exquisitez.

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En El Español.



"Bossa nova: felicidad sin fin".

1.7.19

En busca del tiempo perdido

En la pasada Feria del Libro de Madrid hubo un inesperado aumento de ventas (un 14% más que el año anterior) y un librero exclamó: “¡Vuelve el libro!”. Como no se ha cansado de repetir Antonio Muñoz Molina, el libro es un artefacto tecnológico perfecto, de una extrema sofisticación. El electrónico tiene sus ventajas, y es una opción aceptable. Pero ya puede decirse que convivirá con el de papel. En todo caso, lo que vuelve es el libro en general: vuelve la lectura.

Vuelve la sensualidad de la lectura: su carácter placentero, sensorial, de recogimiento como en el zen. El libro se percibe de nuevo como una casa, como un refugio. Escribe Marcos Ordóñez en Una cierta edad (Anagrama): “Leer por la noche: que al final del día las líneas te recojan como en una red”. Pueden y deben zarandearte también, pero esos meneos interiores son en último extremo reconfortantes. Aunque expresen dolor, es su expresión lograda lo que reconforta. (Qué llevadera se nos ha hecho la desesperación gracias a Thomas Bernhard, a Emil Cioran, a Fernando Pessoa...)

Yo llevo unos años enfrascado en la lectura, en una galopada lectora entre rabiosa y feliz. Como si casi todo fuera un fraude menos eso. En los últimos días, sin saber muy bien por qué, he tomado una decisión que me llevará meses: releer la gran novela de Marcel Proust, En busca del tiempo perdido. Desde hoy mismo, 1 de julio de 2019. Ya leí los siete tomos en 2015, en la traducción de Pedro Salinas y Consuelo Berges (Alianza). Ahora lo haré en la de Carlos Manzano (Debolsillo). Quiero meterme otra vez en ese mundo y parar de algún modo el tiempo.

La seducción de la obra tiene que ver con el título: hay un anhelo de reparación por el tiempo perdido. En sus dos acepciones, como decía Gilles Deleuze: el perdido porque pasó y el derrochado (el malgastado). Relacionado con la segunda acepción está el malestar por el tiempo hecho calderilla que tenemos hoy; el tiempo triturado por las redes sociales, básicamente, con todos sus avisos, pitiditos, temblorcitos, ventanitas, pestañitas, estrellitas, corazoncitos, toquecitos... Esa lucha sin cuartel por la atención de que suele hablar Manuel Arias Maldonado, más sus correspondientes reclamaciones de respuesta (por supuesto, inmediatas). Frente a esa calderilla –lo dije en otro lugar–, está el oro del tiempo, como reza el epitafio de André Breton: “Busco el oro del tiempo”.

De manera que este verano lo pasaré con Proust, no lejos de mi ventilador, de la “fresca brisa” de mi ventilador, que moverá las páginas. Y quitado de las redes sociales todo lo que pueda. No así de los periódicos, que por algún sitio hay que mirar cómo se pierde el tiempo en España y en el mundo. Sobre todo en España, en la segunda acepción.

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En El Español.