10.6.19

Lotería

Tengo un amigo al que le tocó la lotería a los veinticinco años (ochocientos millones de pesetas de 1992) y le arruinó la vida. Mucho tiempo después quiso escribir un libro con consejos de lo que no había que hacer en esos casos. Le propuse el título perfecto: Cómo no ser rico. Pero no lo escribió. Su contraejemplo no me ha disuadido de querer ser rico yo también. Como decía otro amigo: "Ya sé que el dinero no da la felicidad, pero me gustaría comprobarlo personalmente". Así que de vez en cuando juego a la lotería.

El amigo exmillonario vive en otra ciudad y tengo ya poca relación con él. Cuando lo veía a menudo procuraba evitarlo el día en que se jugaba algo gordo. Si tener un amigo al que le había tocado la lotería reducía terriblemente mis probabilidades (ya exiguas de por sí), el haberlo visto el mismo día del sorteo las dejaba en nada. Pero hace años que juego con tranquilidad, porque ya apenas tengo contacto con él. Este viernes, en que había un superbote en los Euromillones, me mandó un maldito wasap por la mañana. Sentí que se me esfumaban los ciento treinta millones de euros. Una lástima, porque a estas alturas yo sí que sabría cómo ser rico.

Iba a jugar de todas formas, por si acaso. Salí de casa a mi hora habitual, pero en vez de tomar la acera izquierda, como hago siempre, tomé la derecha, que es en la que se encuentra el puesto de lotería. A medio camino oí un estrépito en la acera de enfrente: una maceta se había caído de una ventana y se había estrellado contra el suelo. Justo por donde yo tenía que estar pasando. Lo pensé unos segundos, acordándome del Flitcraft de Dashiell Hammett, y seguí. Llegué al puesto de lotería cuando lo acababan de cerrar. Lo maldije, pero al darme cuenta de que por haber ido a echar mi boleto quizá me había librado de morir, lo bendije.

Ese Flitcraft, del que se habla en El halcón maltés y del que se ocupó también Paul Auster en La noche del oráculo, decidió cambiar de vida después de que le pasara algo parecido. Aunque él no lo vio desde la otra acera, sino en sus narices: una viga desprendida le pasó rozando y la esquirla que hizo saltar de una baldosa le hizo un rasguño en la mejilla. En ese momento, escribe Hammett, "sintió como si hubiesen levantado la tapa de la vida, permitiéndole ver su mecanismo". No regresó a su hogar. Se fue de la ciudad, sin decirle nada a nadie.

Yo comprendí que la lotería que me había tocado era la de la vida diaria: la de más días de esa vida. Me sentí en la tarde primaveral, calurosa, luminosa, como en un premio.

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En El Español.