29.7.19

Sánchez intransitivo

Hace una semana me disponía a escribir esta columna cuando saltó la noticia del pacto entre el PSOE y Podemos. Pedro Sánchez, entonces, no era intransitivo sino transitivo. Desveló un nuevo rasgo de su carácter justo cuando yo iba a escribir sobre su ausencia. Pero el pacto ha resultado ser otro vericueto de su bucle autorreferencial. Carácter es destino y el carácter de Sánchez –como ha recordado Manuel Arias Maldonado– está dominado por el narcisismo. Un amigo nuestro, entendido en temas psicológicos, precisa: "Es un narcisista de piel fina".

Hay narcisistas tan imbuidos de su amor a sí mismos que en realidad los agravios de los otros no les afectan. Serían los narcisistas de piel dura. El narcisista de piel fina, en cambio, se ve afectado por ellos y se los guarda. Esto restringe su maniobrabilidad. Su camino suele ser un camino que se estrecha.

En el caso de Sánchez, su mayor fiscalizador sería el propio Sánchez. Como se ha comentado, no hay acción del Sánchez actual que no haya sido criticada por el Sánchez pasado, que cuando reaparece en Twitter es nuestro mayor antisanchista. Pero en realidad ambos Sánchez responden al mismo principio: decir en cada momento lo mejor para el Sánchez del momento. Debió de ser esto lo que le aplaudieron de pie los diputados socialistas en la sesión de investidura cuando habló de sus convicciones.

Pedro Sánchez es el único político español actual que ha construido su propia leyenda. Pero en su leyenda está su penitencia. Esa "resistencia" en la que él mismo ha hecho hincapié se funda en la cerrazón: una voluntad dura contra el mundo, o al margen del mundo. Conduce a un sitio solitario en el que solo está Sánchez.

Ha señalado David Jiménez Torres con agudeza que el Sánchez que logró ser presidente por la moción de censura que juntó a lo menos recomendable de la cámara contra Mariano Rajoy, y cuyo lema fundacional fue aquel "no es no", estaba condenado a no ser presidente por medio de un acuerdo constructivo. El intransitivo "no es no" dejaría encerrado también a Sanchez.

Su única solución política es la mayoría absoluta. Él, de hecho, no ha dejado de comportarse como si ya la tuviera, para forzar a la realidad a que se la otorgue. Algo no descartable en las próximas elecciones: la suerte –que es la que ha permitido que su narcisismo funcione– le ha puesto delante a unos rivales políticos cuyo nivel no es precisamente superior al suyo y que, en su obcecado antisanchismo, no hacen más que trabajar para Sánchez.

Sería una virtud, quizá la única, de la intransitividad: incapacitado para hacer amigos, Sánchez triunfaría gracias a sus enemigos.

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En El Español.

24.7.19

El Tour como acuario

Me sorprendió cuando un amigo me preguntó que cómo iba el Tour y yo no lo sabía. Me sorprendió porque yo estaba siguiéndolo y habían pasado ya varias etapas. ¿Qué veía yo entonces cuando las miraba? Me di cuenta de que hace ya mucho que tengo el Tour delante como un acuario. Me siento junto al ventilador, me pongo un café solo con hielo o un whisky con mucho hielo, y me quedo embobado contemplando a los peces por el llano o la montaña. Pero los ciclistas son peces éticos, o ético-estéticos, y el espectáculo que ofrecen en su acuario es edificante. Representan un drama: el drama del esfuerzo al límite. Una lección que aprendo para después.

Al principio mi pasión por el ciclismo era más exhaustiva; es decir, absolutamente exhaustiva. En los noventa (¡los tiempos de Indurain!) sí me lo sabía todo y estaba al tanto de todo. Seguía tres publicaciones especializadas: las revistas mensuales Ciclismo a fondo y Bicisport y el semanario Meta 2 Mil. Me conocía al completo el pelotón ciclista internacional y me sabía todas las competiciones y clasificaciones. Cuando se veía a los ciclistas en lontananza era capaz de identificar a bastantes, por su manera de pedalear, por tal gesto del hombro, por la gorrilla... Perseguía por los pocos canales de la época las retransmisiones de las vueltas pequeñas y las clásicas. Me recuerdo metiéndome en la sección de televisores de El Corte Inglés para ver la Flecha Valona. Llegué a rechazar un trabajillo porque me coincidía con la Vuelta. Y a otro me llevé un televisor portátil para ver el Giro. Durante las grandes vueltas desaparecía: atento a las conexiones horarias de la radio, la retransmisión en directo, el especial de la tarde y los minutos que les dedicaban en los programas deportivos nocturnos... Y qué belleza la de los meses de invierno: una pasión no dormida sino a la espera, en que seguían saliendo las publicaciones especializadas. Puro deseo contando las semanas y los días.

Esta intensidad se terminó, pero no la pasión: ahora serena e incluso distraída. He ido perdiendo interés por la competición, aunque no por la estampa de los ciclistas en la carrera: ese avanzar pedaleando con paisajes de fondo. Me emocionan los aspectos competitivos, naturalmente, pero no por lo que tienen de deporte sino por lo que tienen de representación: plástica, teatral. Por eso permito el doping. Para mí un ciclista no es un deportista sino un artista, y por eso puede meterse lo que quiera para ejecutar su arte. Importa el momento, el trayecto estricto de la carrera, que es la obra. Solo cuando esta termina (siempre en su esplendor) llegan los burócratas de la meadita.

Ya en la última semana del Tour, por impregnación, sé quién va ganando, quién va perdiendo, cómo puede quedar el pódium... Pero la pantalla conserva su condición de pecera: de escenario acuático de un tipo sofisticado de placer.

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En The Objective.

22.7.19

El Gobierno que todos querían

Parece que al fin habrá el Gobierno que todos querían. Bueno, menos el Ibex 35 y yo. Se confirmará en las sesiones de investidura de esta semana. Y si por sorpresa no se confirmase, lo esencial de esta columna se mantendría, porque en ella voy a hablar no tanto de la realidad como del deseo. De lo que quieren todos, menos el Ibex 35 y yo (es decir, los ricos y este pobre, una pinza ineficaz).

Pese a que la verdadera mayoría natural (¡de progreso!) salida de las últimas elecciones generales era la absoluta que componían el PSOE y Ciudadanos, ni el PSOE ni Ciudadanos la querían, ni ningún otro. Cada uno por sus razones –apañadas a partir de su propia conveniencia– deseaba el Gobierno que tendremos: el del PSOE y Podemos con el apoyo o la abstención de los nacionalistas, incluidos independentistas y proetarras.

Un tétrico paquete con el que están encantados Ciudadanos y el PP, que ven cómo se les abren las expectativas electorales para la próxima convocatoria. Algo por lo que han luchado con notable denuedo y miseria. Miseria no exclusiva: atañe en primerísimo lugar al PSOE, que consideraba inevitable arrojarse en tales manos si no había otras que lo acogieran. Ambas las constato, resistiéndome al ping-pong partidista que solo ve la miseria de enfrente. (¡Nada se me escapa del espectaculito!)

La realidad es la que es y con estos bueyes hay que arar. Ha triunfado definitivamente el conservadurismo: la idea de que había una necesidad ineludible, una fatalidad. No ha existido acción política que promoviera un panorama nuevo. Ninguna pieza ha sido descolocada. Como dice Ignacio Varela, hemos salido del bipartidismo para caer en algo peor: el bibloquismo. Los que vemos nuestra actualidad política con verdadero susto, por esta división en bloques cerrados, considerábamos que era urgente salir de ahí. Pero Ciudadanos y el PSOE no han querido.

El bucle ha sido absurdo y perfecto. Empezó el PSOE, con su tradicional desprecio por Ciudadanos y su costumbre de llamar “facha” a todo el que lo critica. Siguió Ciudadanos, con su incomprensible promesa electoral de no pactar en ningún caso con el PSOE. El PSOE entonces se rasgó las vestiduras denunciando el “cordón sanitario”. Denuncia que dejaron en evidencia los militantes del PSOE que le gritaron a Sánchez en la noche electoral su particular exigencia de cordón sanitario: “¡Con Rivera no!”. Exigencia de sus enemigos que Rivera ha cumplido escrupulosísimamente...

El resultado va a ser el gobierno más reaccionario que ha habido en España desde el de Arias Navarro. Porque Podemos es eso: pura reacción.

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En El Español.

15.7.19

Una piedad sin esperanza

Dice uno de los aforismos más desoladores de Cioran: “Por las víctimas hay que tener una piedad sin esperanza”. Porque ellas –se deduce– serán las victimarias a su vez, en cuanto puedan. No es una ley automática, pero sí frecuente. Lo suficiente como para que reconozcamos su verdad. Se sustenta en la triste naturaleza humana.

Los mecanismos del odio siguen intactos. Es alucinante cómo se autojustifican –y propulsan– con un ligerísimo barniz de “razones”, que por lo general son falsas. Lo hemos visto estos días con Ciudadanos, con el odio a Ciudadanos. Un odio que este partido ha recibido desde su nacimiento y al que ahora, con la excusa de tales “razones”, se le ha dado rienda suelta.

Mis lectores saben que estoy enfadadísimo con Ciudadanos. Repudio su deriva actual, su renuncia al centro-izquierda, sus melindres con Vox que se traducen en la práctica en un consentimiento (para mí impresentable) de Vox, el cesarismo de Rivera, su obcecación y sus errores. Es un partido que me ha perdido como votante, supongo que irremediablemente. Pero no merece ser objeto de este odio desatado. Más allá de otras consideraciones (y de tantas cosas sobre las que se podría discutir), este odio es el dato.

El colectivo LGTBIQ ha sido históricamente víctima del odio. Lo sigue siendo: las agresiones no pertenecen solo al pasado. Puestos a comparar, lo que sufrió Ciudadanos en la manifestación del Orgullo fue una anécdota. Aunque no irrelevante, sino sintomática. Señala esa respuesta de odio que son capaces de dar también aquellos que lo han sufrido.

En otros tiempos fue la religión la que engrasaba la maquinaria. Hoy lo es la ideología. Me llama la atención el predicamento de la frase “lo personal es político”. Al margen del debate sobre su pertinencia, el uso que suelen hacer quienes la esgrimen es: como no te comportes políticamente como es debido, te vas a enterar en “lo personal”. De aquí, por ejemplo, la hostilidad de ciertos miembros del colectivo LGTBIQ contra aquellos de su mismo colectivo que no tienen las ideas políticas adecuadas. Estos últimos tal vez sean los grandes excluidos de nuestro tiempo...

Al final es lo de siempre: apoyarse en una modalidad del bien para, desde ahí, señalar a los que no comulgan. Lo de “lo personal es político” es otro baremo para que sigan funcionando la culpabilidad y –por encima– la capacidad de culpar, de acusar. Religión también, en el fondo. La ideología es la nueva religión de Occidente. Todo de lo que se adueña es escenario del odio.

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En El Español.

10.7.19

Correr un encierro, conducir un autobús

Me levanto temprano, como un profesional. Me dispongo a leer la prensa como un profesional para escribir mi profesional columna política: algo que no haría si no fuese por profesionalidad y que últimamente rehúyo siempre que puedo con una falta de profesionalidad pasmosa. Esta vez también...

Porque en una ventana del periódico online han conectado con los sanfermines. Son justo las ocho y va a empezar un encierro. Decido pinchar. Hacía años que no los veía en directo, por no exponerme a una cornada tempranera que me desarbolase el día. Pero total, llevamos una racha en que la simple lectura de la prensa ya lo hace. Al menos una cornada es algo digno.

Salen los toros, corren los mozos. Me fijo en que los más valientes se rozan con el animal, le tocan el cuerno. Me acuerdo de lo que dice Dragó: el contacto con lo genesíaco, el contacto con lo telúrico... Y ese sería mi problema si corriese los sanfermines: no pensaría en esas cosas potentes, sino en Dragó. Me estaría jugando la vida con Dragó en la cabeza.

De pronto me viene cómo los veía yo de niño, cómo los veíamos los niños: el puro jolgorio de correr, con los toros detrás como en el pilla-pilla. El tumulto, las caídas, los trompazos, igual que en los tebeos y las películas de Bud Spencer. Un maravilloso juego amoral, nada educativo. Ese sí en contacto íntimo con la vida, y sin Dragó (aunque conmigo ahora).

Tiene que ver con el niño al que le preguntaron por televisión qué le había gustado más de un desfile de las Fuerzas Armadas. Los adultos habían respondido con abstracciones: “la nación”, “España”... Pero el niño lo tenía claro: “¡los caballos y los tanques!”. (Parecía un pequeño Savater.) También una niña dio la respuesta exacta en uno de esos días de la Lengua en que había que escoger la mejor palabra del español. Los tristes adultos se abarataban en “paz”, “amor”, “libertad” “solidaridad”... Hasta que llegó la niña: “¡columpio!”.

El otro día subí al autobús y me senté en el primer asiento, muy cerca del conductor. Observándolo, empecé a angustiarme con su trabajo. Su jornada consistía en dar vueltas y vueltas al mismo circuito de la ciudad, como Sísifo. Entonces vi que, en una curva, el tipo se recreaba en el volante, yo diría que con felicidad. Recordé que de niño soñábamos con ese trabajo. Y jugábamos a él, colocando sillas en fila. Conducir autobuses: ¿cuándo dejamos de quererlo?

El gran juego de la vida: ¿cuándo dejamos de jugarlo?

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En The Objective.

8.7.19

Cuando João Gilberto se encontró a sí mismo

La naturalidad de la bossa nova produce la sensación engañosa de que es eso, un fruto de la naturaleza. Un fruto del paraíso exactamente, por su condición dorada, luminosa y feliz (incluso cuando es triste). Recuerdo que esta percepción se rompió la noche de 1994 en que llegué a casa, puse Radio 3 y me enteré de que había muerto Antonio Carlos Jobim. Sentí por primera vez que el regalo de su música, que parecía inevitable, podría no haberse producido. Era una obra humana, sujeta al azar de la vida y de la muerte. Esta conciencia de su fragilidad le dio aún más valor a aquellas composiciones. Y exigía una primera reacción ante ellas: el agradecimiento.

Ahora ha muerto João Gilberto y es agradecimiento lo que tengo; una memoria larga de felicidad debida a él: tantos momentos de oro, sofisticados, finísimos. Se ha ido de esta vida un hombre que nos hacía príncipes. Tuve la suerte de verlo en directo dos veces, en Barcelona en 2000 y en Málaga en 2003. Las dos en julio, el mes en que ha muerto a los ochenta y ocho años. Cuando tenía veinticuatro, en 1955, se encontraba hundido, “sin dinero, sin trabajo, casi sin amigos” y con “el orgullo acribillado por todos los flancos”, como escribe Ruy Castro en Bossa Nova. La historia y las historias (Turner). Había llegado a Río de Janeiro desde su Bahía natal y no encontraba el éxito como cantante que anhelaba, ni se encontraba a sí mismo. Se largó entonces para buscarse.

Estuvo en Porto Alegre, de nuevo en Río y por fin en Diamantina, una pequeña ciudad de Minas Gerais donde vivía una hermana suya. Allí pasó encerrado ocho meses en 1956, tocando la guitarra sin parar día y noche, en su habitación, en el cuarto de baño, junto a la cuna del bebé de su hermana, obsesionado por algo que atisbaba y no lograba formular. Poco a poco fue dando con su estilo, o creándolo: su batida de guitarra, en que sintetizaba prodigiosamente el samba, y su cantar baixinho. Antes de volver a Río pasó un tiempo en casa de sus padres, en Juazeiro, donde siguió ensayando sin parar. Para disgusto del padre, que era aficionado al bel canto y que, como escribe Ruy Castro, “fue el primero el fulminar la futura bossa nova con nuna definición”. Le decía a su hijo: “Eso no es música. Eso es ñem-ñem-ñem”. Algo parecido a lo que diría un prohombre de la industria musical brasileña cuando lo escuchó por vez primera: “¿Por qué graban ahora a cantantes resfriados?”.

Esto da idea de lo raro que sonaba al principio lo que hoy parece natural: prueba de su arte. La historia que viene después es la del triunfo de João Gilberto: el hechizo que produjo en los músicos de su edad en Río cuando regresó (lo seguían como al flautista de Hamelin, para pillarle el toque de guitarra y la manera de cantar), y el deslumbramiento de los más jóvenes cuando oyeron en 1958 “Chega de saudade” (de Antonio Carlos Jobim y Vinicius de Moraes), la canción con la que nació propiamente la bossa nova. La expansión fue rápida, y en 1962 resultó ya imparable a nivel mundial con “A garota de Ipanema”, que grabó con Stan Getz y su mujer Astrud Gilberto.

Pero hay un momento indeciso que a mí me gusta especialmente. Está a punto de lanzarse el álbum Chega de saudade y, en palabras de Ruy Castro, “en los primeros días de 1959, nadie podría asegurar que algo tan moderno y sofisticado resultase algún día ‘altamente comercial’” (como había escrito Jobim en la contraportada del disco). Ni siquiera estaba seguro João Gilberto, que le decía a un amigo: “No hay nada que hacer. Ellos son muchos”. Ellos, los enemigos de la delicadeza que estaba a punto de ofrecerles. Esta vez la aceptarían, pero no siempre ocurre. Fue un milagro el éxito de tanta exquisitez.

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En El Español.



"Bossa nova: felicidad sin fin".

1.7.19

En busca del tiempo perdido

En la pasada Feria del Libro de Madrid hubo un inesperado aumento de ventas (un 14% más que el año anterior) y un librero exclamó: “¡Vuelve el libro!”. Como no se ha cansado de repetir Antonio Muñoz Molina, el libro es un artefacto tecnológico perfecto, de una extrema sofisticación. El electrónico tiene sus ventajas, y es una opción aceptable. Pero ya puede decirse que convivirá con el de papel. En todo caso, lo que vuelve es el libro en general: vuelve la lectura.

Vuelve la sensualidad de la lectura: su carácter placentero, sensorial, de recogimiento como en el zen. El libro se percibe de nuevo como una casa, como un refugio. Escribe Marcos Ordóñez en Una cierta edad (Anagrama): “Leer por la noche: que al final del día las líneas te recojan como en una red”. Pueden y deben zarandearte también, pero esos meneos interiores son en último extremo reconfortantes. Aunque expresen dolor, es su expresión lograda lo que reconforta. (Qué llevadera se nos ha hecho la desesperación gracias a Thomas Bernhard, a Emil Cioran, a Fernando Pessoa...)

Yo llevo unos años enfrascado en la lectura, en una galopada lectora entre rabiosa y feliz. Como si casi todo fuera un fraude menos eso. En los últimos días, sin saber muy bien por qué, he tomado una decisión que me llevará meses: releer la gran novela de Marcel Proust, En busca del tiempo perdido. Desde hoy mismo, 1 de julio de 2019. Ya leí los siete tomos en 2015, en la traducción de Pedro Salinas y Consuelo Berges (Alianza). Ahora lo haré en la de Carlos Manzano (Debolsillo). Quiero meterme otra vez en ese mundo y parar de algún modo el tiempo.

La seducción de la obra tiene que ver con el título: hay un anhelo de reparación por el tiempo perdido. En sus dos acepciones, como decía Gilles Deleuze: el perdido porque pasó y el derrochado (el malgastado). Relacionado con la segunda acepción está el malestar por el tiempo hecho calderilla que tenemos hoy; el tiempo triturado por las redes sociales, básicamente, con todos sus avisos, pitiditos, temblorcitos, ventanitas, pestañitas, estrellitas, corazoncitos, toquecitos... Esa lucha sin cuartel por la atención de que suele hablar Manuel Arias Maldonado, más sus correspondientes reclamaciones de respuesta (por supuesto, inmediatas). Frente a esa calderilla –lo dije en otro lugar–, está el oro del tiempo, como reza el epitafio de André Breton: “Busco el oro del tiempo”.

De manera que este verano lo pasaré con Proust, no lejos de mi ventilador, de la “fresca brisa” de mi ventilador, que moverá las páginas. Y quitado de las redes sociales todo lo que pueda. No así de los periódicos, que por algún sitio hay que mirar cómo se pierde el tiempo en España y en el mundo. Sobre todo en España, en la segunda acepción.

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En El Español.