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4.3.19

El mismo libro

Aún hay quienes no se han dado cuenta, sobre todo en el mundo literario, de que la gran obra literaria de nuestro tiempo son los diarios de Andrés Trapiello, Salón de pasos perdidos. La paradoja es que su grandeza necesita de esta cierta falta de reconocimiento; o mejor dicho: de consagración. Trapiello no es un autor consagrado –lo que a su edad tiene muchísimo mérito– y esto le permite escribir con libertad, con naturalidad. Sigue vivo cuando muchos están muertos o apelmazados. La clave quizá esté en esto que decía Thomas Bernhard (aunque Trapiello nunca ha hablado de Bernhard ni creo que sea de su gusto; pero en el mío están los dos): “Yo no pertenezco a los escritores. Siempre he sido, en el fondo, un hombre real”.

En Diligencias, que acaba de salir (en Pre-Textos, como siempre), el autor habla de una lectora que le dijo: “Yo he leído todos tus diarios. Sin saltarme una oropéndola”. Yo confieso que alguna me he saltado, pero me gusta que las oropéndolas estén ahí. Con este ya son veintidós tomos. Abruma la cantidad, pero otra paradoja es que hace ya tiempo que la cantidad pasó a formar parte de la calidad de la obra. En algún momento la cantidad empezó a sumar en vez de a restar, incluso para los que creíamos inicialmente lo contrario. Algo que ha sido posible por la calidad de cada una de las páginas. Es la escritura de Trapiello la que lo sostiene todo. Y lo que va naturalmente con la escritura: la mirada, la manera de vivir la vida, los sucesos cotidianos (con algún eco de los históricos y los de actualidad), los pensamientos, la sentimientos.

Entre las cosas de Trapiello están su familia, sus amigos (y sus enemigos), su hipocondría, Madrid, Las Viñas, el Rastro, los libros, los viajes, la ciudad, la naturaleza, los animales, los seres humanos, las obras, los paisajes, los objetos, las peripecias de la vida literaria (con frecuencia paródicas), el paso del tiempo y de las estaciones, las muertes cercanas, las afluencias del pasado, la continua indagación en el gran trauma de la guerra civil (suavizado por la distancia), todo ello con un tono cervantino de humor, jugueteo y piedad; es decir, seriedad con ligereza. Uno de los aforismos de este tomo (abundante en ellos) dice: “Hemos de conducirnos noblemente, en atención al muerto que todos llevamos dentro”. La conciencia de la muerte, que le da valor a la vida. En otro pasaje, tal vez el mejor, Trapiello se encuentra en la calle con una mujer que acompaña a su anciana madre del portal de su casa a la ambulancia, seguramente para no volver. Y escribe sobre la anciana: “No dijo nada, pero antes de que el enfermero la metiera en la ambulancia esparció su mirada alrededor. Lentamente y a la vez sin detenerse en nada; abarcó casas, tiendas, cielo, transeúntes, yo entre ellos. Sin dejar de sonreír, sin soltar la mano de su hija. Cuánto amor a la vida en un instante. Un largo adiós fue su mirada. La historia, una historia de amor, saliendo de aquel portal, empezaba a escribirse en una mañana soleada; el oscuro pasado y sus secretos, allí, delante de todos, presente para quien quisiera descubrirlo y dar testimonio de la vida. De la vida, que nunca se interrumpe”.

Las dimensiones del Salón de pasos perdidos intimidan a los curiosos que quieren asomarse pero no saben por dónde. Es frecuente la pregunta de por qué tomo empezar. La respuesta es sencillísima: por cualquiera. Por ejemplo, por este Diligencias que está ahora en todas las librerías. Los diarios de Trapiello pertenecen todos a un mismo libro, a un mismo libro bueno que va creciendo cada año.

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En El Español.

25.2.19

Las habichuelas sexuales

Después de La democracia sentimental (Página Indómita) y Antropoceno (Taurus), el productivo Manuel Arias Maldonado publica (Fe)Male Gaze. El contrato sexual en el siglo XXI (Nuevos Cuadernos Anagrama), un libro claro y sensato que seguramente será contestado desde el oscurantismo y la insensatez. A su solidez epistémica (con un notable componente empírico) se le opondrá una de las religiones operativas de nuestro tiempo: ese feminismo fundado en la fe ideológica que arrolla a veces como un mamut (¡el mamut feminista!) cuanto se le pone delante. Pero (Fe)Male Gaze, por ser ilustrado, es un libro liberador: tanto para hombres como para mujeres. Por eso es también feminista.

Su tema, para decirlo con mis palabras (¡no siempre académicas!), es el imperativo que hombres y mujeres tenemos de buscarnos las habichuelas sexuales, y las tensiones y conflictos que de ello se derivan; de qué modo los hombres miran a las mujeres y las mujeres a los hombres, y las consecuencias de esas respectivas miradas (la male gaze y la female gaze). Para empezar, cada una supone una intervención en el otro sexo, y en la otra mirada. La relación es dialéctica: hecha de “acordes y desacuerdos”. Si de Ordesa de Manuel Vilas se ha dicho “esta historia te pertenece”, de (Fe)Male Gaze podría decirse “estas reflexiones te pertenecen”, ya que se ocupa de uno de los ejes de toda biografía. El libro es un disparadero de películas personales: con la lectura uno va evocando montones de historias, propias y ajenas.

El libro lo propicia porque, acompañando el elemento analítico del ensayo, el autor incluye multitud de referencias literarias, cinematográficas y de actualidad. Entre estas últimas, parte de los casos de Strauss-Kahn, Weinstein, el movimiento #MeeToo y el contramanifiesto de Catherine Deneuve y Catherine Millet, para ilustrar el momento actual de las relaciones entre hombres y mujeres. Pese a la brevedad del formato, incluye igualmente numerosas voces de estudiosos del tema –en especial de mujeres– que le dan un espléndido aire polifónico, como es habitual en los escritos de Arias Maldonado, de envidiable erudición.

Su recorrido –rápido pero completo– permite que nos hagamos cargo de la complejidad del tema, refractario a reduccionismos. Sin ignorar las dificultades ni garantizar que vayamos a acabar bien, el autor propone “una combinación virtuosa de autoconciencia e ironía; en los hombres tanto como en las mujeres”. El ideal estaría en “respetar a un tiempo la igualdad (moral, jurídica y política) y la diferencia (fenomenológica)”. Se trataría de excluir “toda coerción, pero también todo moralismo”. Quizá entonces, como escribe memorablemente al final, “podamos entendernos mejor sin dejar por ello de enredarnos”.

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En El Español.

18.2.19

La navaja de Ockham del separatismo

No me abandona el estupor ante los catalanes independentistas. Hago esfuerzos por entenderlos, según esa prédica de que hay que entender a “los otros”. Pero lo que me encuentro son dos cosas: que ellos no son los otros sino los mismos, los mismos que nosotros los españoles; y que nosotros los españoles no existimos para ellos, no nos tienen en consideración, nos desprecian. En este sentido sí habrían llegado a ser los otros: pero de un modo artificioso, mediante una tarea de segregación. Son separatistas porque se han separado: se han autoconstituido artificialmente en un “los otros” para nosotros; y un efecto de esa artificialidad es que no nos reconocen. Como son los mismos que nosotros, esto quiere decir que no se reconocen a sí mismos. Se han enajenado.

El problema catalán es un problemón porque consiste en una enajenación colectiva. La solución no es policial, ni judicial ni política, sino psicológica (estoy al borde de decir psiquiátrica, pero me contengo; aunque Ramón de España, que vive allí, ha hablado del “manicomio catalán”). No sé cuál sería el tratamiento. La policía, la justicia y la política solo podrían ayudar en la medida en que tuviesen efectos psicológicos. No parece fácil. Fomentando la enajenación están a destajo los centros de enseñanza y los medios de comunicación (Agustín García Calvo los llamaba “medios de formación de masas”, y aquí está clarísimo). La élite económica, la élite académica, la élite profesional, la élite cultural están en el independentismo de un modo desesperante. Es lo que se lleva, lo sexy, lo guay. Lo que va sin esfuerzo, aunque sea contra la realidad. Porque funciona como realidad paralela.

La enajenación colectiva es lo que me sale si aplico al tema catalán la navaja de Ockham, ese principio según el cual la explicación más simple suele ser la acertada. Acaso así podamos empezar a explicarnos el carácter inaudito de esta “rebelión contra una democracia liberal en una región donde la renta per cápita supera los 25.000 euros”, como escribió Daniel Gascón. O las efusiones sentimentales, los abrazos, los cánticos, las lágrimas, las quejas, las proclamas rebosantes de superioridad moral de unas personas cuyo principal empeño político es convertir en extranjeros a más de la mitad de sus conciudadanos catalanes (y al resto de los españoles).

Pero persiste el estupor. Ante el discurso de Oriol Junqueras en el juicio del procés. Ante las declaraciones de Quim Torra, Pere Aragonès o Elsa Artadi cuando los entrevista Alsina. Ante Carles Puigdemont y Artur Mas. El estupor incesante ante Gabriel Rufián, Pilar Rahola y Núria de Gispert. Ante los desfiles con antorchas, las manifestaciones, las performances por parte de la población adulta. Ante la asimilación de estos privilegiados con los que sufren de verdad en el mundo. El estupor ante las palabras de la escritora Jenn Díaz, de ERC, después de que su partido rechazara los presupuestos de Sánchez: “Nos demonizáis. Nos deshumanizáis. Nos menospreciáis. Calláis cuando nos reprimen. Nos ponéis al mismo nivel que la ultraderecha. Y ahora os sorprendéis de que no aprobemos unos presupuestos a cambio de nada. No es el mercado, amigos. Es la autodeterminación. Y no renunciaremos”.

Esta gente lo está pasando fatal y todo es absurdísimo.

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En El Español.

11.2.19

Un desastre

Me temo que soy el último mohicano del patriotismo constitucional, esa adhesión fría al Estado de Derecho, leal a España pero netamente antinacionalista. Mi situación es insostenible y lo sé. Pero me sostengo, más solo que la una. Mi actitud es ruinosa en todos los sentidos. Al menos me divierto observando a mi alrededor el espectáculo de la prosperidad sectaria. Todos ahí con su modelo de negocio, haciendo como que hablan de las cosas cuando solo están en una lucha desesperada por la salvación personal. Como yo ahora, por otra parte. Tal vez es lo único que se puede hacer.

Estamos en una ratonera absurda, a la que no le veo salida. La manifestación de ayer fue un desastre, pero porque la situación es desastrosa: solo podía ser un desastre. Y si no hubiese habido manifestación, también habría sido un desastre. Todo viene de atrás, desastrosamente; y se encamina, de desastre en desastre, hacia el desastre final.

En realidad, no hay solución desde el momento en que los partidos constitucionalistas han sido incapaces de ponerse de acuerdo para afrontar la crisis catalana: el ataque más fuerte que ha sufrido la democracia española desde la muerte de Franco (lo del 23-F se quedó en un susto, para cuyo ridículo sí tuvo anticuerpos la sociedad). El gran culpable del desacuerdo (¡qué le vamos a hacer!) es el PSOE, con sus pruritos. Pero también este PP tan poco ejemplar. Juntos suman una sucesión deprimente de errores: el penúltimo, el ronroneo de Sánchez con los populistas y los nacionalistas, a los que les debe el poder; el último, la retórica abusiva de Casado, de una irresponsabilidad pasmosa. Ahora con Vox –con la contaminación de Vox– la solución está más lejos que nunca. Me refiero a la solución de verdad.

Sigo siendo nostálgico del pacto PSOE-Ciudadanos, que no pudo ser: un pacto que los habría mejorado a ambos, en vez de andar empeorándose por ahí con las malas compañías. Sobre todo el PSOE, empeoradísimo ya (¡patética su campaña contra los manifestantes, superior al patetismo de estos!). Pero pensar en ese pacto es un puro bucle melancólico, porque se ve lejísimos.

Mientras tanto, los días fluyen maravillosamente en este rincón privilegiado del mundo. Estuve hace un mes dándome un paseo por Barcelona y qué vida estupenda en las calles, junto al mar. También en Madrid y en Málaga. En Madrid sin mar, pero con igual maravilla. ¿Cuándo saltará a la calle el embrutecimiento de la política, si salta? No deja de asombrarme lo vivible que sigue siendo la vida. No deja de asombrarme la coexistencia de la guerra civil mental con el día a día civilizado. “Estamos en el fondo de un infierno, cada instante del cual es un milagro”. Así lo dijo Cioran.

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En El Español.

4.2.19

Me quedo contigo

He encontrado al fin la manera de ver los Goya: no viéndolos. Es decir, no viéndolos en directo, sino picoteando después en los resúmenes, en los vídeos aislados, o en todo caso en el vídeo completo pero con el dedo encima del botón de fast forward, presto a apretar en cuanto se ponen pesados. En realidad, les aplico a los Goya mi política con casi todo lo audiovisual, cuyas emisiones rehúyo. La emisión es esa tiranía de la pantalla contra el espectador desprovisto de su arma de defensa fundamental: el botón de avance rápido.

Así que mi impresión de los Goya 2019 ha sido por primera vez bastante buena. He cambiado una interminable noche de sábado en que no pasaba nada (como cuando uno salía a ligar) por un rato de la mañana del domingo en que lo esencial me lo he liquidado en media horita.

De la gala destaco, pues, lo que destacan los resúmenes. El discurso más articulado (y emocionante) fue el del actor de Campeones Jesús Vidal. El gesto más bonito, más noble, el del ganador del Goya a la mejor dirección, Rodrigo Sorogoyen, diciendo que la mejor película era la de Isaki Lacuesta. Los presentadores Silvia Abril y Andreu Buenafuente no estuvieron mal, aunque tampoco vi que se salieran (sobre todo no se salieron de la equidistancia). Lo mejor fueron los chistes sobre la ubicuidad de Antonio de la Torre. Pero tenía un fallo el chiste de que el director de Campeones había decidido llamar a actores sin experiencia para que no se le colara Antonio de la Torre: porque se le coló Javier Gutiérrez, el otro ubicuo.

Pillé dos predicaciones feministas, sobreactuadas: la de la directora Arantxa Echevarría y la de la actriz Eva Llorach, que pidió a todas las mujeres presentes que se levantaran. Pero se levantaron muy pocas y lo gritó: “¡Sois muy pocas!”. (Las que no se levantaron no tenían por qué ser machistas: quizá simplemente no aceptaban que les impusieran el modo de exhibirlo). En un intento desesperado por demostrar que el cine español no es el espectáculo más atorrante invitaron al escenario a una tuna y a una batucada: la demostración fue un éxito. Uno de los productores premiados hizo algo inédito: les agradeció a los contribuyentes la parte de sus impuestos que van al cine. Como dijo Fray Josepho, por ahí se empieza. El homenaje a Chicho Ibáñez Serrador, merecidísimo, me recordó una de sus frases más atinadas: la Audiencia es un adolescente de catorce años. Me temo que el Electorado también.

Lo importante para el cine español es que he salido de mi visionado supersónico con ganas de ver unas cuantas películas de las premiadas y nominadas, sobre todo Entre dos aguas, El reino, La enfermedad del domingo (¡gran título!) y Carmen y Lola. Porque a mí, contra lo que pudiera parecer, hace falta muy poco para convencerme para que vea cine español. Casi lo único que pido es que no me echen.

Y Rosalía.



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En El Español.

28.1.19

El lastre de Podemos

El lastre de Podemos han sido esos regímenes que sus dirigentes apoyan; empezando, claro, por el de Venezuela: un país al que han contribuido activamente a hundir, y al que siguen empujando hacia abajo en estos momentos críticos. Esos regímenes han arrojado su sombra vieja sobre lo que ellos llamaban “nueva política”: una novedad quizá entre nosotros, pero con un fracaso contrastado en todos los sitios (y las épocas) en que se probó. El lastre de Podemos es que, no habiendo gobernado, se conocen de sobra los efectos que tendría su gobierno.

Íñigo Errejón, que es el listo, ha borrado ahora sus tuits de apoyo a la tiranía de Maduro. Hace nada hablaba de las tres comidas al día de los venezolanos. Debe de ser el listo por lo rápido que ha aprendido la lección. Es cierto que después de casi todo el mundo, y muchísimo después que los sufridos venezolanos. Pero en comparación con los que le rodean es el listo. También como listo es el primero de Podemos que, con respecto al “régimen del 78”, empieza a llegar poco a poco, con enormísimo esfuerzo intelectual y tras un tortuoso proceso interior, desgarrador sin duda, a unas conclusiones parecidas a las que el españolito medio llegó hace cuarenta años sin despeinarse.

Esos tuits maduristas, ha debido de pensar Errejón, eran un lastre para él. Como también lo eran Pablo Iglesias y (técnicamente) Podemos. Ramón Espinar es el último que se ha marchado. Antes lo hicieron muchos otros. La idea que va cundiendo es que Podemos es el gran lastre de Podemos. Cabría la esperanza de que, con la marcha de todos, Podemos se convirtiese en un partido puro: en el partido perfecto. Quizá entonces me animaba yo a votarlo. Pero hay dos que no se irán: Pablo Iglesias e Irene Montero. Tienen que pagarse un chalet y dependen de Podemos para pagarlo.

Me obsesiona Pablo Iglesias, la situación en que ha quedado. Oigo a Íñigo Errejón y a Carolina Bescansa hablar con ilusión del Podemos de antes, del Podemos del principio. De sus palabras se deduce que el que se lo ha cargado ha sido Iglesias. Empieza a transparentarse el pensamiento de que la única reactivación que tendría Podemos (aunque fuese sin su nombre) pasaría por depositar todos sus males en Iglesias –unos males que se deben a Iglesias solo en parte; en su mayor parte se deben al roce con la realidad– y eliminarlo. Entonces advendría la purificación. Sería un proceso sacrificial de libro (de libro de René Girard, concretamente, que tan bien ha estudiado entre nosotros el filósofo Juan Antonio Horrach).

Produce un cierto escalofrío constatar que Iglesias se ha ido cargando (él solito, podríamos decir) con los atributos del chivo expiatorio: su liderazgo unipersonal, los agraviados que ha dejado por el camino, su arrogancia de macho alfa (con sus parejas aupadas o defenestradas según su relación sentimental con ellas), el error de su mansión, incluso su repliegue por la baja de paternidad... Aislado ahora como un personaje de Shakespeare, casi está convocando al cuchillo.

Al cuchillo simbólico, no físico afortunadamente. Porque esta es otra que le deben los podemitas a su denostado “régimen del 78”: todo esto acabará sin muertos. No como en las épocas (y los sitios) que les gustan.

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En El Español.

21.1.19

Arriba y abajo (y en medio)

Como homenaje póstumo a Podemos me gustaría rescatar aquella idea suya de que no hay izquierda y derecha, sino arriba y abajo. Esta semana se ha cumplido por fin y Podemos se ha venido abajo al tiempo que el PP se venía arriba. Vox también está subidito, como lo estaba Podemos cuando hablaba de los de abajo desde arriba, que es desde donde gusta hablar. Ahora que podría hablarles de tú a tú ya no van a hacerle caso, porque a los de abajo les gusta votar a los que suben.

Me he acordado del gran Juan Cueto, que nos acaba de dejar. Con su lucidez vitriólica de los ochenta, el hombre que se autodefinía como “feo, catódico y sentimental” (lo primero por coquetería, porque era guapo) dijo cuando Serrat sacó el disco El sur también existe que lo que faltaba ahora que nos habíamos librado del chantaje ideológico era que nos cayese encima el chantaje geográfico. Él, que tanto norte nos dio con su revista Los Cuadernos del Norte. Pero de mi recuerdo lo que destaca es aquel hablar del chantaje ideológico en pasado... ¡Aquella dulzura de vivir!

Yo veo lo que está pasando en Podemos como un gran canto al “régimen del 78”: si en lugar de en este “régimen” que desprecian viviesen en alguno de los que adoran, estarían matándose físicamente. Pero el capitalismo también impone su coacción: hoy todos nos preguntamos cómo van a pagar Pablo Iglesias e Irene Montero su chalet si se les hunde el modelo de negocio. Mi pesimismo antropológico me hace no descartar que entre las motivaciones de Íñigo Errejón para apuñalar a Iglesias y liquidar Podemos esté ver a su amiguito del alma en la indigencia. La entrañable foto de los dos juntos de chavales no debe llevarnos a engaño: jugaban a la política y por lo tanto eran dos maquiavelines. El fallo de timing de Iglesias es que en el momento clave tiene que andarse con biberones en vez de con navajas.

El PP, mientras tanto, ha dedicado la semana a la trompetería autopromocional: primero con la presidencia de la Junta de Andalucía y luego con la Convención del finde. Entre una cosa y otra, se ha situado arriba y empieza a cundir la sensación de que pueda ir en serio. Aunque para los votantes seguirá el lastre de la corrupción, y pueden verse frenados por los mensajes contradictorios de Rajoy y Aznar (con esos malabarismos para que no se cruzaran). Los muy de derechas que no se lo terminen de creer seguirán con la idea de votar a Vox, incluso para decantar el PP que prefieren.

En cuanto a Ciudadanos, se ha quedado compuesto y sin Vargas Llosa. Ni arriba ni abajo: en medio. También en el centro de la vertical.

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En El Español.

14.1.19

Qué cambio

La palabra cambio ha vuelto a triunfar, después de aquel cartel –insuperado– de Felipe González en las elecciones generales de 1982, cuyo lema era Por el cambio. El del candidato del PP que va a ser presidente de la Junta de Andalucía ha sido Garantía de cambio. Quién nos iba a decir que muchos años después el cambio sería echar a los socialistas.

El cambio está bien: cambiar a un partido que llevaba treinta y seis años en el poder era una cuestión de ventilación democrática; lo venía siendo desde hacía mucho. Pero el que hasta ahora no haya podido ser no se ha debido solo al clientelismo y la potencia propagandística del PSOE andaluz: es que el PP andaluz no ha dado la talla. La cuestión es que ahora va a llegar al gobierno (con el apoyo de Ciudadanos y, ay, de Vox) habiéndola dado menos que nunca. El PP andaluz nunca ha tenido un candidato más flojo que Juan Manuel Moreno Bonilla, el hombre anteriormente conocido como Juanma.

Por eso me rechina todo el aparato emotivo asociado a la palabra "cambio", que el PP está propulsando con una retórica muy parecida a la de sus detestados socialistas. Estamos viendo (los que tenemos la desdicha de verlo) que el problema en Andalucía no era tanto el del partido en el poder como el de la clase política andaluza, de una mediocridad arrasadora (incluso por debajo de la media nacional, que tampoco es para tirar cohetes).

De manera que me parece bien el cambio en la Junta (aunque sea con el apoyo, ay, de Vox), pero no participo del entusiasmo con que lo envuelven. El González de 1982 si transmitía ese plus, con su mirada soñadora y el cielo claro de aquel cartel. El pobre Juanma, sin embargo, queda como sobrepasado por la palabra, y algo parecido le ocurre al que será su vicepresidente, Juan Marín, el hombre anteriormente conocido como Joe Rígoli.

Otra cosa es que el trabajo que se les viene encima sea ciertamente hercúleo. Desmontar un sistema de poder como el del PSOE en Andalucía va a ser complicado. Tampoco sé si de verdad va a ser desmontado o simplemente ocupado por los nuevos. Pero aunque fuese solo esto, ya resultaría saludable en sí mismo. Me carga, como digo, la retórica. Pero es que admite poca retórica el cambio tal como lo veo en Andalucía: un higiénico "cambiarle el agua a las aceitunas".

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En El Español.

7.1.19

Vox, marcando paquete

Vox ha venido a compensar el panorama político español, tensándolo hacia el otro extremo. Hasta su irrupción estaba desequilibrado: con la tensión solo hacia uno. Este reequilibrio basado en dos extremismos no es apacible, pero al menos es más limpio geométricamente. Y no deja de contener cierta justicia: Vox es la respuesta a los que se pensaban que los consensos de la Transición los iban a romper solo por un lado.

Ese tironeo irresponsable lo inició Zapatero. De hecho, el primer libro de historia en el que apareció, la Historia mínima de España de Juan Pablo Fusi (2012), decía de su presidencia que supuso “la ruptura de consensos básicos vigentes, tácita o explícitamente, desde la Transición”. Y añadía: “El PSOE parecía identificar ahora democracia con izquierda y nacionalismos; la idea parecía ser que, treinta años después de la muerte de Franco, las circunstancias españolas ya no eran las circunstancias de la Transición”. Pues ahí lo tienen.

Por otra parte, en esto estuvieron siempre los nacionalistas. Y los podemitas, desde que surgieron. Tras el éxito de Vox en las elecciones andaluzas, algunos afines a Podemos se lamentaban de que había alcanzado representación política lo que hasta entonces eran conversaciones de bar. Faltaba responderles que hasta que no lo han sacado del bar no han parado. Como ya apunté, no se dan cuenta de que su énfasis de ahora los desenmascara: si según ellos PP y Ciudadanos ya eran “fachas”, ¿a qué esta alarma novedosa con Vox? Tratan de salvar los muebles (y de autojustificarse) mediante la asimilación de estos partidos con Vox. Pero no cuela. Como no cuelan los ataques súbitos de antifascismo en quienes llevan años consintiendo con nuestro fascismo realmente existente. (O lo que más se le parece, en todo caso: más incluso que Vox, que aún no ha sacado ninguna antorcha).

Los nacionalistas llevan cuarenta años jugando con la ventaja de no estar luchando contra sus opuestos, sino contra los que ya les habían concedido mucho. Luchaban contra el fruto del diálogo, que fue el Estado de las autonomías; y por eso, por mucho que tengan la palabra “diálogo” en la boca, sus exigencias van contra él. Ahora con Vox tienen a sus verdaderos oponentes: los que quieren centralismo y (ahora sí) nacionalismo español.

Está uno tentado de soltar una humorada equivalente a la de aquel ateo que defendía la religión católica frente a las demás porque al menos era la verdadera. En esta asfixiante guerra de nacionalismos, la ventaja del español para los que nos consideramos antinacionalistas es que al menos es el verdadero. Pero, claro, el nacionalismo es lo que tiene: no la aséptica ciudadanía, sino una enojosa adscripción a contenidos espurios. En el pack (¡en el paquete!) de Vox van demasiadas cosas adosadas a “España”: la familia tradicional, la caza, los toros, la xenofobia, el montar a caballo como señoritos, la rigidez antiondulante y un cierto poner los cojones encima de la mesa.

Este es el gran momento de la visualización del centro, pero me parece a mí que el centro es el que tiene todas las de perder: el reequilibrio no se traducirá en tranquilidad, sino en bronca. Volvemos a un bipartidismo, pero en bruto.

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En El Español.

31.12.18

¡Otra vez!

Otra vez acaba el año, otra vez comienza. Y lo hace envuelto en luces, porque los días de Navidad son los días de las luces. Serían perfectos –también por los abrazos, las buenas palabras, la comida, la bebida y hasta las compras calefactoras (el consumismo nos da genuino calor humano)– si no fuera por la parte acústica: los horrendos villancicos, la espeluznante música que nos ponen en los especiales de televisión (¡y los petardos!). El vals de mañana no compensa.

Hace nada, el 1 de enero, recordaba que, según Borges, la mañana nos depara “la ilusión de un principio”. ¿Por qué la tarde o la noche no habrían de depararnos la ilusión de un final? Hay un cierto tremendismo en los propósitos: todo comienza el 1 de enero, todo acaba el 31 de diciembre. En cierto modo es verdad, pero hay algo que permanece: la ilusión, lo ilusorio. También sabemos que el año es un círculo, una noria; aunque no el tiempo, que es el que nos hace envejecer. Damos vueltas a las estaciones, cada vez con más edad. La gracia del almanaque es que el número de un día, una fecha, puede suscitarnos emoción.

Nietzsche hablaba del eterno retorno, que tenía una deducción ética, una especie de imperativo nietzscheano: vive tu vida de tal modo que quisieras volver a vivirla. Según su doctrina, la volveremos a vivir igual; lo que está en nuestra mano es quererlo; o vivir la vida –vivir el instante– como lo que es: una eternidad.

Este 2018 se ha publicado una biografía del filósofo que es uno de los mejores libros del año: Vidas de Nietzsche, de Miguel Morey (Alianza). Cuando la terminé tuve ganas de releer la que escribió Rüdiger Safranski, Nietzsche: biografía de su pensamiento (Tusquets), de mucha altura. Me dio una cierta pereza al principio, por la repetición de los mismos avatares biográficos; pero entonces caí en que era justo eso y me dije: ¡otra vez! Hasta el punto de que volví a una más: la de Fernando Savater, Conocer Nietzsche y su obra (Dopesa), una joyita de hace cuarenta años.

Morey explica muy bien esa percepción invertida del eterno retorno, que debería ser la nuestra: la que lo contempla desde el instante. Habla Morey de esos instantes plenos en los que “uno aceptaría incluso la repetición de la vida entera y de todo su pasar anterior, porque son precisamente los que ahora la redimen y más allá de cualquier posible cálculo”.

Recuerdo mi 2018 y sí, junto a ciertas negruras hubo momentos que las redimen a ellas y a todo el año. Este será un buen propósito para 2019: sembrar momentos.

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En El Español.

24.12.18

Pedagogías de la Transición

No se suele resaltar el esfuerzo pedagógico de la Transición, cómo se educó –profunda, machaconamente– en los valores de la democracia, tanto en la escuela pública como en la prensa, la televisión y la radio. Sobre todo en la radio. Yo me aficioné a escucharla con trece años, en 1979, gracias a una enfermedad que me tuvo en la cama un mes, que se me hizo cortísimo porque descubrí el programa de Luis del Olmo. A partir de entonces fui testigo de un montón de horas al día durante años, y puedo decir que no se dejaba pasar ni una: no hubo afirmación antidemocrática que no fuera reconvenida; no hubo falta de respeto que no fuera afeada; abundaban (¡sobreabundaban incluso!) las verbalizaciones en defensa de la tolerancia, de la pluralidad de opiniones, del antidogmatismo, de la libertad en general y de la libertad de expresión en particular. Aquello era, lo veo ahora, la Constitución en ejercicio. Predominaba un esmero por mantener limpio, despejado, el marco formal.

Seguía habiendo recalcitrantes, pero la corriente general iba contra ellos, y ellos mismos se fueron apaciguando. También por la insistencia pedagógica de los demás, con la que se topaban. Para mí fue significativo un episodio que he contado alguna vez. En un concierto de Joan Manuel Serrat al que asistí en Málaga en 1983 ó 1984, algunos lo abuchearon cuando cantó una canción en catalán, después de haber cantado muchas en castellano. No había nadie más querido que Serrat entonces. Lo sería incluso para quienes lo abuchearon, que al fin y al cabo habían ido a escucharle. Aun así, la inercia ceporra persistía; restos del franquismo sociológico. Durante años me abochornó este recuerdo, por vergüenza hacia mis paisanos. Hasta que no hace mucho, ya en plena crisis catalana, recordé algo que mi bochorno había sepultado: los abucheadores, una minoría, fueron abucheados por la mayoría; por mí también, naturalmente. Estábamos por que Serrat cantase en catalán y no permitíamos que fuera abucheado por ello. Y esto, y no lo otro, había sido lo significativo.

Pero ha pasado el tiempo y la verdad desagradable asoma: ahora son otros los que abuchean a Serrat... por cantar en castellano. La inercia ceporra y los restos del franquismo sociológico están hoy donde están (aunque ahora también estén regresando por donde desaparecieron: acción-reacción). Y están ahí, sin duda, por las antipedagogías del nacionalismo, que empezaron a funcionar al mismo tiempo, y en la dirección contraria, que las pedagogías de la Transición.

En fin, solo me queda decirles una cosa: esta noche háganle caso al Rey. El discurso de la Corona (¡quintaesencia del columnismo constitucionalista!) siempre ha tenido razón. ¡Feliz Navidad!

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En El Español.

17.12.18

¿Qué fue de la izquierda progresista?

Un efecto inesperado que me ha producido la lectura de La deriva reaccionaria de la izquierda de Félix Ovejero (Página Indómita) ha sido la reconciliación con la izquierda progresista. Ha desaparecido del mapa y no recordaba cómo era; no recordaba el entusiasmo que producía –aunque fuera a veces desesperanzado–, con su racionalismo universalista y su afán de igualdad y liberación. Hacía mucho que nuestros autoproclamados izquierdistas eran (son) los nuevos curas, los nuevos inquisidores: exactamente, como dice Ovejero, unos reaccionarios.

Yo recomendaría este libro como lectura navideña (para que procurase un poco de calor) a los nostálgicos de la izquierda progresista, a los que se sientan de esta especie más amenazada que el lince. Y a los que quieran, sin nostalgia, con cabezonería, persistir en ella. Agustín García Calvo recomendaba abandonar sin más las palabras que hubiesen sido tomadas por “el enemigo”. Y sería plausible, ciertamente, abandonar la palabra “izquierda”, porque a estas alturas ya sabemos el significado que se le da y qué género de personajes se la arrogan. Pero a algunos no nos da la gana, sencillamente. Seguiremos aquí, como los últimos terrones del café molido. Lo nuestro sí que es resistencialismo y lo demás son tonterías. Aunque no carece de compensaciones morales: les aseguro que es un gustazo llamar “fachas” a quienes suelen llamar “fachas” y hacerlo desde la izquierda.

Un colega de Ovejero comentó que La deriva reaccionaria de la izquierda lo iban a comprar, por lo atractivo del título y la idea que expresa, lectores que luego no lo iban a poder leer, por su complejidad. Es verdad solo en parte, porque el libro también tiene páginas (bastantes páginas) para el lector más apresurado o menos especializado. Empezando por la larga introducción, que por sí sola justifica el libro, y en la que están concentradas con soltura, brillantez y vivacidad las ideas básicas. Luego vienen los capítulos hechos para el lector paciente y con ganas de profundizar y desmenuzar los conceptos: un espectáculo intelectual –el de tales profundización y desmenuzamiento por parte de Ovejero– fascinante. He ahí a un racionalista en acción.

Junto con el relato, convincente, de que la izquierda (la progresista) es la que ha impulsado la democratización desde la Revolución francesa, Ovejero analiza cómo hoy la izquierda (la reaccionaria) es cómplice de casi todo aquello contra lo que luchó: los particularismos, las identidades, el nacionalismo, el infantilismo, la religión, la superstición, el sentimentalismo. Naturalmente, nuestros izquierdistas reaccionarios llaman a Ovejero “facha”. Y esta es la prueba irrefutable de su progresismo.

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En El Español.

10.12.18

Se acabó la dulzura de vivir

Con el éxito de Vox de acabó definitivamente la dulzura de vivir: el lujo del que hemos disfrutado los españoles desde la muerte de Franco hasta hace nada; hasta antes de Vox, pero que con Vox se confirma. La relajación patriótica de estar años y años sin bandera, con una irrelevancia casi absoluta de la bandera. Con dos excepciones españolas: el País Vasco y Cataluña, que no disfrutaron del lujo porque en cuanto murió Franco se les vino encima el franquismo alternativo de sus nacionalismos. Después de España, tuvieron hasta en la sopa a sus Españitas, como las llamaba inolvidablemente el ácrata Agustín García Calvo. Pero fuera de esas regiones atosigantes: ¡qué dulzura! De esa dulzura ya pasada tendremos que alimentarnos el resto de nuestra vida... Una vida que se presenta políticamente atosigante también.

Me acuerdo con frecuencia de una anotación mía de 1991, que documenta aquel descanso. Pertenece a mi diario Oficio pasajero, que aún no he querido publicar. Yo andaba estudiando unas oposiciones de Literatura y escribí esto: “Impregnación de abulia al seguir con el tema de la generación del 98. Qué mediocridad hay en nuestros abatimientos actuales: ya todo este marasmo, esta zozobra de la voluntad la vivieron nuestros bisabuelos. Es cierto que la época ha podado en nosotros el ‘tema de España’ (¡y menuda poda!), pero en las cuestiones morales seguimos con lo mismo –si se quiere, de un modo más chic (aunque esto ya también lo hacían por entonces los modernistas)”.

Aquello era vida: andar abatido y sumido en la “zozobra de la voluntad”, pero sin presión patriótica. Qué ligereza se percibe ahora. Y exactamente dulzura. El “tema de España” sonaba a chino: estaba resuelto. Ni un roce cotidiano. Ahora se percibe también lo que había de dejadez, y quizá irresponsabilidad, en ello: ¡pero que nos quiten lo no patrioteado! La conclusión es melancólica a tope: aquel lujo era insostenible. Por nuestra ausencia de bandera se colaron –y con cuánta pesadez, algunas chorreando sangre– las otras banderas. Parece que el ser humano, animalito, no puede estar sin bandera: si atenúa elegantemente la suya, lo aplastan con otras. Parece que hay que ser patriota de algún modo, en legítima defensa; me refiero a un patriotismo más caliente que el constitucional. Aunque a algunos nos pilla ya muy viejos.

Los nacionalistas vascos y catalanes, y nuestros populistas, querían un espejo y ya lo tienen: Vox. Pero deben seguir trabajando, hasta que Vox haya cometido, si las comete, algunas de las aberraciones ultraderechistas (¡o ultraizquierdistas!) que todos ellos han cometido ya. Hasta las heces.

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En El Español.

3.12.18

Elecciones generales: primer asalto

Aunque en estas elecciones andaluzas ha imperado como nunca el tipismo, con una campaña y unos debates a los que solo les ha faltado que los presentase Juan y Medio, el voto ha sido inevitablemente en clave nacional. La inanidad de los candidatos –como dijimos– no solo invitaba a ello, sino que casi lo exigía. Era el único aliciente: o votaba uno en clave nacional, o se quedaba en casa. Muchos andaluces han optado por lo segundo.

Hay una acusada politización, pero también un cansancio de la política. La situación de bloqueo, por otra parte, hace que esto sea una guerra de trincheras. Se duda de que el voto individual pueda servir para algo. A muchos también los habrá retenido la convicción de que estas autonómicas no son más que el primer asalto de las elecciones generales. Yo particularmente he ido a votar en clave nacional de un modo tan descarado, y hasta desvergonzado, que temía que no me dejaran echar la papeleta.

Había que poner la mirada de Despeñaperros para allá, porque de Despeñaperros para acá el votante estaba condenado a ser un damnificado. Para votar a Susana había que taparse la nariz, para votar a Juanma había que taparse el oído, para votar a Joe Rígoli había que taparse los ojos y para votar a Teresa había que taparse el entendimiento. Tampoco se escapaba el votante de Vox, que huyendo del podemismo de izquierdas cae en el podemismo de derechas: damnificado, pues, por asimilarse a lo que supuestamente odia. (Como el ser humano es un animal agónico, este votante era el más motivado).

Vox, que se pone de largo en Andalucía tras Vistalegre, es un gran triunfo de la izquierda reaccionaria, que al fin tiene su partido de extrema derecha español. Llevaba años luchando por él, inventándoselo en partidos que no eran de extrema derecha: invención que ahora queda desenmascarada por el énfasis con que señalan al partido de extrema derecha de verdad. Un énfasis delator.

La fuerte caída del PSOE en Andalucía es por Sánchez, por supuesto. Y también por su enemiga Susana: me temo que estos dos tienen la prodigiosa habilidad de restarle votos al PSOE simultáneamente. Ahora se rasgarán las vestiduras por Vox, cuando gobiernan en España con el apoyo de los únicos partidos peores que Vox, y que han atacado la Constitución de un modo en que Vox todavía no lo ha hecho.

Resultado pues: Sánchez sale grogui del primer asalto. Me parece que nos iremos al domingazo electoral del 26 de mayo. Y hasta entonces vamos a ver a Sánchez envolverse en la bandera de España como cuando sacó la gigante en Cataluña. Caerá amortajado en ella, que ya conocemos al personaje.

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26.11.18

Paradojas andaluzas

El hecho de ser un descastado me protege un poco de la política andaluza. Pero solo un poco: también me afecta, como a todo andaluz. Simplemente intento que no me abrase, o que lo haga por la espalda. A las elecciones les temo como a un nublao, porque me quedo sin excusa. No tengo más remedio que ponerme. El lunes pasado me vi por profesionalidad el debate de Canal Sur y mi conclusión fue que la profesionalidad no está pagada. De ahí el mérito impagable de amigos periodistas como Carlos Mármol, Berta González de Vega, Agustín Rivera, Teodoro León Gross, Rafael Porras, Ignacio Martínez o el siempre añorado Félix Bayón, que sacaba oro del erial.

El nivel fue bajísimo, en consonancia con los, así llamados, cuatro líderes: Susana (en los carteles pone eso), Juanma (como gusta de ser llamado), Teresa (¡no voy a discriminarla dando el apellido!) y Joe Rígoli (a este lo llamo directamente por el caricato al que me recuerda). Creí detectar una acentuación del acento andaluz en todos ellos, supongo que para conectar con el electorado no descastado; aunque el resultado los hizo aptos para series nacionales con personaje autonómico. Fue una paradoja que los ataques más duros se escenificasen entre los dos líderes por un lado y las dos lideresas por el otro, cuando sabemos que los pactos poselectorales serán esta vez entre personas del mismo sexo. Ante todo llamaba la atención el tono mortecino de los cuatro, lo poco que creían en sí mismos. En este sentido, fueron honrados.

El resumen de esta campaña es que no hay nada enfrente de Susana, que también es nada. Los partidos no se han tomado en serio a sus electores, y esto es aún más grave en el PP, Ciudadanos y Podemos que en el PSOE, porque en teoría eran los que debían proponer la alternativa. A los casi cuarenta años de gobierno socialista no se les puede oponer la nada, por más que los socialistas sean en estos momentos la nada también. (La presumible entrada de Vox en el parlamento andaluz prolongará la tendencia: los electores que lo voten buscando algo caerán en otra nada, solo que enfática).

Hay una paradoja más, montada sobre otra paradoja: los líderes nacionales de los autonómicos Susana, Juanma y Teresa querrían su fracaso autonómico para quitárselos de encima (al de Joe Rígoli le da igual, como da igual Joe Rígoli); pero al mismo tiempo necesitan su éxito para afianzarse a nivel nacional. Pero la mayor paradoja es que la inanidad de los cuatro candidatos hace inevitable que estas elecciones autonómicas se voten (¡absolutamente!) en clave nacional.

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En El Español.

19.11.18

Rosalía destruye vuestro mundo

Me he subido al carro del rosaliísmo con un desparpajo que no es normal. Ya se había subido antes que yo toda España, y todo el mundo, pero las masas no me estorban. Estoy hechizado con el fenómeno de Rosalía y en ese fenómeno están las masas. Otra cosa es que yo ahora, con la euforia, me ponga el primero. Hay, sí, euforia: y celebración, admiración, asombro. ¡Todo está siendo más bello que la Victoria de Samotracia!

Para esta columna la alegría debe ser en parte política. Cuando un número indecente de sus conciudadanos catalanes se estaban dedicando a lo más bajo, que es el nacionalismo, ella se dedicaba a lo más alto, que es el arte. Los testimonios hablan de su esfuerzo de años, de su entrega; de su trabajo a partir de su talento. Estaba consagrada a su obra, y esta obra –dicen los entendidos– es una genialidad. Yo, que no entiendo, estoy convencido. Me he dejado convencer también con desparpajo.

Es que el asunto da un morbo tremendo. La Cataluña que los nacionalistas pretenden aplastar de pronto florece en una artista apabullante. Una artista que canta en español y que utiliza elementos típicamente españoles (un tipismo que hoy es una provocación): el flamenco, los toros, los nazarenos... Naturalmente, propulsándolos mucho más allá de su cepo identitario, mezclándolos con influencias internacionales y trayéndolo todo a la punta del tiempo. Por este lado también han protestado los otros puristas: los del casticismo flamenco, gitano, andaluz o español.

Puestos a decir estupendidades, diré una que como andaluz puedo permitirme: hay más respeto por Andalucía en un “quiyo” de Rosalía que en la programación completa de Canal Sur en todos los años de su achicharrante historia. (Y que en toda la campaña electoral autonómica que nos espera, con unos primeros días ya difíciles de batir).

Pero la diversión está, como casi siempre últimamente, en el independentismo. No sabe cómo digerir a Rosalía. Uno le afea que no dijera nada de los presos al recoger sus dos Grammys y dice que lo suyo no es “cultura catalana”. Otro, el mismísimo preso Junqueras, la felicita y enlaza una columna en el que se dice que lo suyo sí es “cultura catalana”. La columna es de la escritora y diputada de ERC Jenn Díaz, que –atrapada en las trampas de la fe– defiende aquello contra lo que milita. Un tal Gat Negre no tarda en llamarla al orden: “Català és tot aquell que lluita per la independència de Catalunya, parli com parli”. Pero la pieza más estrambótica es el artículo que considera un triunfo que Rosalía eludiera pronunciarse explícitamente sobre el procés. Como si no les hicieran la vida imposible a los que osan, si es en la mala dirección...

Ella no quiere entrar en polémica y hace bien. No debe enfangarse (para eso ya estamos los columnistas, que nos la apropiamos). Pero lo que Rosalía representa va contra lo que va y no contra lo otro. Su manera de ser catalana, plural, diversa, bilingüe, sin comunión patriótica, compatible con ser española, destruye el mundo nacionalista. Me he acordado por esto del Luis Cernuda de Los placeres prohibidos: “Abajo, estatuas anónimas, / Sombras de sombras, miseria, preceptos de niebla; / Una chispa de aquellos placeres / Brilla en la hora vengativa. / Su fulgor puede destruir vuestro mundo”. También por el puro esplendor de Rosalía.

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En El Español.

12.11.18

La frustración del magnicida

En España todo magnicida posible e imposible está condenado a la frustración. Por grandes que sean sus ambiciones el resultado, aunque consiga llevar a cabo lo que pretendía, será inevitablemente pequeño: no un magnicidio sino, inevitablemente, un pequeñicidio. En algunos casos, incluso, un irrisoricidio.

Hemos de aceptarlo con deportividad: a la política española (e incluyo naturalmente –hasta extremos hilarantes– la catalana) el magnicidio le viene grande. No da la talla para una palabra tan estupenda. Al propio Franco, con cuyo magnicidio se soñó tantas veces, le hubiera sobrado por todos lados. Aún me río al recordar el uniformito de Franco que vi en un museo militar: parecía un traje de primera comunión. Hace unos años una amiga mía muy joven, militante del antifranquismo juvenil, se quedó consternada al ver por primera vez un vídeo del dictador y oír su vocecilla. No es que exculpara entonces su dictadura, sino que se sintió empequeñecida por haberle dedicado tanto ardor a un tío tan pequeño. Esperaba encontrarse un ogro y se encontró con la ridiculez del mal.

Pero el que con nuestros políticos solo cupiese el pequeñicidio no quiere decir que se lo merezcan: ningún ser humano merece ser asesinado, por pequeño que sea. Esta precisión hubiese sido innecesaria hace no tanto. En estos tiempos embrutecidos, sin embargo, hay que pagar el peaje, melancólicamente. Se presupone que el chistoso está deseando que se cumplan sus chistes, incluso los negros.

Curiosamente, los que más escandalera han armado con el magnicidio fracasado del presidente Sánchez (fracasado en un grado anterior a su intento) son los que hace una semana mostraban simpatía no ya por Otegi, sino por el Carnicero de Mondragón y el muy hospitalario pueblo proetarra de Alsasua. La sobreactuación histérica ante un asesino falso acaso pretende perfumar el pestazo de los achuchones con asesinos verdaderos. Y demuestra que para algunos el límite no lo marca la ética, ni los derechos humanos, sino solo la ideología.

En cuanto al magnicida en cuestión: era más pequeño aún que el pequeñicidio que le hubiese salido. De francotirador tenía su franquismo, no la puntería. Dice que se envalentonó para ver si ligaba con una de Vox, que fue la que lo denunció a los Mossos. (Hasta para meterla falló el tiro). Sus proclamas, por lo demás, eran de una estupidez considerable. Exactamente igual que las de los terroristas a los que había que escuchar y tomarse en serio. Solo que estos llevaron su estupidez hasta el crimen.

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5.11.18

Nadie se baña dos veces en el mismo Sánchez

La multiplicación de los Sánchez que efectuó el viernes la vicepresidenta Calvo no fue un milagro, ni siquiera un truco de magia, sino una constatación filosófica. Vuelve la filosofía y vuelve fuerte. Recuerdo que a mi profesor de bachillerato le preguntamos que por qué se hablaba del “primer Wittgenstein” y el “segundo Wittgenstein”. Nos respondió que había filósofos tan inteligentes que eran capaces de concebir dos filosofías distintas a lo largo de su vida. El talento de Sánchez le permite concebir dos filosofías, y las que haga falta, sin echar mano de la inteligencia (o al menos sin que la inteligencia resulte imprescindible).

Entre el Sánchez de mayo y el Sánchez de noviembre hay, según Calvo, un socavón ontológico insalvable. Lo que el ser llamado Sánchez dijo en mayo no lo dijo el ser llamado Sánchez de noviembre. Y no lo dijo “nunca”, según la vicepresidenta. El llamarse Sánchez no otorga continuidad.

Lo curioso es que no se puede generalizar el principio. Por ejemplo, llamarse Franco sí la otorga: una continuidad rígida, que trasciende a la muerte. Incluso llamarse Aznar. Y Rajoy. La revolución filosófica de la vicepresidenta Calvo consiste en nada menos que una ontología dualista de carácter ideológico. El Ser es dos seres: el de derechas, único, igual a sí mismo de manera pétrea, permanentemente culpable e irredimible; y el de izquierdas, múltiple y saltarín, fluido como el agua e inocente como los pajarillos.

En la filosofía presocrática estaban Parménides, el del Ser fijo, y Heráclito, el del Ser mudable. En la filosofía de Calvo están los dos juntos, aunque no revueltos: Parménides rige para los de derechas, y Heráclito para los de izquierdas. Aznar está quieto, y por mucho que corra el tiempo jamás dejará de bañarse en Aznar; para él no hay río, sino estanque. Sánchez, en cambio, fluye incesantemente: por eso no se baña dos veces en el mismo Sánchez. Su vida es un disfrutar del Sánchez de cada instante, sin rendir cuentas de los Sánchez anteriores. A quienes le critican, siempre podrá decirles: “¿No le gusta este Sánchez? ¡Tengo más!”. Se beneficia de un verdadero chollo metafísico: su ser es una carnavalada autoexculpatoria por definición.

En nuestra política los Hernando intentaron un juego parecido, pero para hacerlo necesitaron ser dos; y al final no les salió bien. El prodigio de Sánchez es que hay dos Sánchez, y muchos más, en un solo Sánchez. Estamos rodeados. Si le exigimos “váyase, señor Sánchez” y se va, siempre quedará otro Sánchez.

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29.10.18

Zumbándole a Sánchez

En una situación política tan grave como la de España, es un desastre la agresividad de Casado y Rivera contra Sánchez y la de Sánchez contra Casado y Rivera, como se vio el pasado miércoles en el Congreso. Tres partidos que deberían estar gobernando en coalición contra los nacionalistas y los populistas –al coste electoral que fuese– se están peleando entre ellos; uno en alianza con los nacionalistas y los populistas. La bajura de miras de nuestros políticos clama al cielo.

A los que no nos gusta la política nos resulta obscena la lucha por el poder. Ese acarreo de infamias con propósitos rastreros. El desprecio de la coherencia. La utilización de todos los recursos, hasta los más bajos, sin pudor. El barrer para casa con descaro. El destripamiento de los hechos y de las palabras para sacarles algún beneficio, por pequeño que sea, y tirarlos a la basura –los hechos y las palabras– cuando ya no sirven (como sirvientes). Ese manoseo.

Hay que carecer de escrúpulos –y tener estómago– para estar aliado, como lo está Sánchez, con los nacionalistas y los populistas: haber pasado esa línea, haberse metido en esa congregación de impresentables, en la que no falta ni el proetarra de turno. Estar atendiéndoles y masajeándoles (solo) por el poder.

Y hay que ser un irresponsable, como lo fue Casado, para malversar la palabra “golpista” en un momento de batalla dialéctica crucial sobre ella. De lo dicho en el anterior párrafo, con ser grave, no se deduce que el presidente sea “partícipe y responsable” del golpe de Estado de los separatistas. Sánchez está jugando con fuego, y a mi juicio con dejadeces notables y complicidades chungas (que aún no sabemos hasta dónde llegarán), pero no es ni partícipe ni responsable del golpe de Estado. El año pasado estuvo donde había que estar en el momento decisivo. En la actualidad hay gravedades verdaderas suficientes que achacarle a Sánchez como para tener que recurrir a una falsa: que debilita el cuestionamiento general. En su lucha particular por el poder, Casado perjudicó a los constitucionalistas.

Por lo demás, la agresividad de Casado y Rivera contra Sánchez se la merece Sánchez: fue la misma agresividad que él empleó contra Rajoy. Estamos en ese tétrico momento político de acción-reacción. Un momento malo. El populismo ha impuesto su estilo. A los que no nos gusta la política todo esto nos da bastante repelús. Y una insondable pereza. Mi única ventaja es que tengo que escribir sobre ello, y aquí sí me lo paso bien.

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22.10.18

El albondigón

Encuentro en el libro Benet. La ambición y el estilo (el original homenaje de Rafael García Maldonado a Juan Benet en el veinticinco aniversario de su muerte) que Mercedes Formica llamaba “el Albondigón” a la mezcla de partidos fascistas, tradicionalistas y conservadores que formó Franco para sostenerse. No sé si es porque Sánchez ha ligado ya su nombre al del dictador –y nos acordaremos de Sánchez más que del dictador cada vez que pasemos por los alrededores de la Almudena– por lo que, al leer lo del albondigón, he pensado automáticamente en Sánchez.

En efecto, los partidos que apoyaron la moción de censura del PSOE contra Rajoy forman, con el PSOE, un genuino albondigón: una enorme bola de carne picada con los sanguinolentos desechos ideológicos del siglo XX, y aun del XIX. El PSOE se ha ofrecido como base para hacerlos comestibles, a riesgo de que el propio PSOE se vuelva incomestible.

Esa es la tensión que existe en el seno del albondigón. La posibilidad buena, que es la que está cantando la prensa socialdemócrata con un entusiasmo poco hipotético, es la de que los ingredientes nacionalistas y populistas oscilen hacia la comestibilidad desde su incomestibilidad casi consustancial. La posibilidad mala es la indicada anteriormente: que tales ingredientes hundan al PSOE en la incomestibilidad. Ojalá ocurra lo primero; pero en cuestiones de comida suele suceder lo segundo. El cocinado mismo del albondigón me parece una mala señal, porque ha sido meter en la olla ingredientes que deberían estar, si no en la basura, por lo menos fuera de la mesa. Aunque intento animarme con la posibilidad positiva, me resulta muy difícil de digerir.

El espectáculo de los Presupuestos Generales del Estado se está desarrollando de acuerdo con esta lógica. La lógica del albondigón. Lo acordado entre el Gobierno y Podemos debe seguir rodando para que se le adhieran el PNV, el PDeCAT, ERC y hasta Bildu. Los Presupuestos se plantean, así, como un Frankenstein cuyas condiciones de existencia son los vicios y deformidades que ha de contener. Ser un monstruo o no ser. Un pecado original que está en el nacimiento mismo del Gobierno: Sánchez se apoyó, contra Rajoy, en quienes eran peores que Rajoy.

Ahora Pablo Iglesias va –con el consentimiento del Gobierno– por cárceles, despachos y escondrijos mendigando la carne que falta para la bola, en una peregrinación ciertamente nauseabunda. Al final lo peor de los Presupuestos es que sabemos cómo se han hecho, cómo se están haciendo.

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En El Español.